DEVOTO AMOR
Nota aclaratoria. Todos los personajes del anime y el manga de Candy Candy no me pertenecen, son propiedad de Kyoko Mizuki, de Yumiko Igarashi quien con su arte los plasmo en papel y de Toi Animation Co. Que llevo la serie a la televisión.
Chicas esta historia es de mis primeras. No está editada. Agradezco a todas por su lectura. Subiré 5 capítulos diarios. También estará en Wattpad. Allá podré ponerle música.
Saludos!
Moon.
Cuando se hubo retirado, inmediatamente puso su mirada sobre George, quien sin pronunciar si quiera palabra alguna, entendió perfectamente que necesitaba privacidad con la pecosa, así que en silencio salió de la habitación. Cuando escuchó que la puerta se cerraba tras de sí, caminó hasta la ventana en donde una Candy en silencio, observaba el ir y venir de todos los sirvientes, quienes ajenos a lo sucedido dentro de la mansión continuaban afinando los últimos detalles para su enlace. Entonces, la abrazó delicadamente por la espalda mientras le decía un poco más relajado, pues finalmente todo había terminado.
-Jamás, en toda la vida que tengo de conocerte te había visto tan enojada.
Ella con gusto recibió su abrazo, pero de inmediato se dio vuelta. Albert seguía rodeándola con por su cintura, mirándola con un dejo de asombro y orgullo, pero ella ruborizada casi hasta los cabellos le contestó.
-Disculpa mi comportamiento…
-Nunca me habías hablado de esa manera, me dijiste William… eso
-Sé que mi comportamiento no fue para nada el de una dama, pero ella se lo buscó Albert. –Lo interrumpió con su mirada clavada en el piso-
Entonces él tomando su barbilla delicadamente, la hizo mirarlo a los ojos.
-No vuelvas a decir eso. Tú eres una dama y ella… -Suspiró- Ella ya no importa, aunque te confieso, que me gusto ver que me defendieras. –Dijo ahora con cierto brillo en sus ojos-. ¿En serio piensas todas esas cosas de mi?.
Candy se puso aún más roja si era posible, pero le contestó.
-Todo es cierto.
El mirando con infinito amor a la mujer que tenía enfrente, le dijo mientras la abrazaba de nuevo.
-Te amo Candy… eres única y mi complemento perfecto.
-Yo también te amo Albert, pero ahora debemos darnos prisa, pues no sé qué usaré como vestido, creo que tengo algo blanco en el guardarropa, además tu smoking está destruido. –Dijo preocupada-
-Por mi no te preocupes princesa. Yo tenía desde un inicio la idea de utilizar mi kilt como un bello recordatorio de cuando nos conocimos, pero como nunca lo mencionaste yo tampoco lo hice, pero siempre lo tengo listo en otra habitación por si se necesita.
En ese momento escucharon que llamaban a la puerta.
-Creo que nos hemos demorado más de lo normal preciosa. Cambia esa carita. A mi no me importa lo que utilices. Quiero casarme contigo no con el vestido, con lo que te pongas serás una preciosa novia.
Así que después de regalarle un tierno beso en la frente, se encamino para abrir la puerta. Cuando lo hizo, todos inmediatamente entraron a la habitación. No hacía falta explicaciones, pues escucharon claramente todo lo sucedido desde el corredor. Fue entonces cuando Emily se acercó a Candy y le dijo.
-Anda amiga, vamos a ponerte más bella de lo que ya eres.
Su comentario tan fuera de lugar logró sacar una ligera risa de los labios de la rubia, mientras le contestaba.
-jaja Ay Emily… no sé cómo lo haremos si no tengo un vestido, pero ya algo encontraremos dijo resignada.
-¿Por qué no nos acompañas a nuestra habitación, creo que nuestro regalo va a gustarte? –Le respondió la regordeta hermana mientras sonreía-
-Es que tenemos el tiempo justo y yo creo…
-Anda Candy no desobedezcas. –Le dijo Anne, quien ya se había enterado de todo por boca de las hermanas mientras esperaban en el pasillo- Yo las alcanzo pronto porque también voy por tu regalo.
-Está bien… vamos rápido y luego me acompañan a buscar algo en mi habitación… bueno…si es que quedó algo…
-Claro Candy, pero primero obedece y por supuesto que ustedes también nos acompañaran. –Dijo mirando a la hermana María y a la señorita Pony-
-Sí. –Contestaron evidentemente emocionadas-
-Anda amor. Yo iré a cambiarme también. Archie pasara por ti a la habitación de la hermana Melanie y Emily.
-Sí amor.
Así fue como las cinco mujeres caminaron rumbo a la pieza mencionada, pero cuando la rubia iba a abrir la puerta se escuchó la voz de Emily decir.
-¡No la abras!. Primero cierra los ojos.
-¿Pero cómo voy a entrar si no veo por dónde voy? –Dijo con una ligera sonrisa-
-Yo le tapo los ojos dijo Melanie.
Cuando lo hizo comentó.
-Listo. Yo te guio Candy no tengas miedo.
Melanie entró con la rubia, pero no descubrió sus ojos hasta que todas estuvieron en la habitación. Cuando la hermana María y Emily terminaron de acomodar el precioso objeto sobre la cama, se escuchó decir a la señorita Pony.
-Ya puedes abrir los ojos mi niña.
En ese momento, Candy abrió sus grandes ojos, tanto, que éstos casi se salen de su órbita, pues frente a ella se encontraba un precioso vestido tan blanco como la nieve, tipo corsé, con capas y capas de vaporosa tela, de finos encajes bordados a mano en hilos de plata y preciosas incrustaciones de perlas, parecía tal cual sacado de un cuento de hadas, con un delicado corsé con escote corazón bordado de la misma inmaculada forma, con tirantes de seda satinada en un tono gris muy pálido, que contrastaba hermosamente con los hilos de plata. Después miró a un lado y observó un bellísimo velo de mantilla española. Fue en ese momento, que atraída como un imán, no pudo evitar acercarse a la cama y tocar finamente con sus dedos la delicada prenda, mientras unas tiernas lágrimas de agradecimiento brotaban de sus verdes ojos. Entonces, tratando de recomponerse volteó a mirar a la señorita Pony, pues ella fue quien le dijo que abriera los ojos y le preguntó por demás maravillada.
-Pero… ¿Cómo hicieron esto?
La señorita Pony tan natural como podía ser, le contestó.
-Esta vez no es a nosotras a quien tienes que agradecer, recuerda que el regalo era de Emily mi niña.
Ella volteó inmediatamente a mirar a las dos religiosas, pues sabía que una no hacía nada sin la autorización de la otra.
-Es un regalo hermoso… es el vestido de novia más lindo que he visto en mi vida. –Dijo mientras abrazaba a las damas- Pero explíquenme: ¿Cómo es que traían un vestido de novia con ustedes?. ¿Por qué?. No entiendo.
-Bueno… verás… -se aclaró un poco la garganta Emily- La religiosa aquí presente, a veces tiene… mmmm….¿Cómo decírtelo sin que te espantes?. –Comentó rascándose la cabeza-
Entonces, la voz de la hermana Melanie intervino.
-A veces sueño cosas Candy…
Ella la miró extrañada, entonces tan impresionada como podía estar, le cuestionó.
-¿Cómo?. ¿Quiere decir que usted sabía que todo esto de la tía Elroy y esa mujer iba a pasar?.
-No, ni que fuera bruja Candy. –Dijo Emily entre risas-
-No hija. No fue tal cual así. Sólo soñaba ansiosa. Muchos días sólo era tu mirada cargada de pesadas lágrimas y otras tantas si vi un vestido blanco, aunque no precisamente de novia. Era una escena rara, pero, era como entrar a una habitación oscura que sólo se iluminaba por la luz que irradiaba la prenda. Yo me sentía ahí, pero no me podía ver, ni tocar, pero en un intento desesperado, siempre que trataba de alcanza esa pequeña luz, el vestido se alejaba de mi por cada paso que me acercaba, hasta que finalmente aunque yo me detuviera, él se alejaba ante mis ojos hasta desaparecer. Comencé a soñarlo desde el primer día en que partiste del convento. Recuerdo perfectamente que esa noche tuve esas dos premoniciones, por decirle de alguna manera. Entonces hablé con Emily y le propuse la idea de que junto con las hermanas del taller de costura, confeccionáramos este traje para ti. Te confieso que la mayor parte es reconocimiento de las otras religiosas, pero tanto Emily como yo, también aprendimos a bordar y colaboramos lo mejor que pudimos.
-Así es Candy, no tienes idea de las pinchadas de dedo que me metí. –Dijo sincera la religiosa-
-Me siento como en un cuento…
-Y lo estás Candy. –Dijo Emily al acercarse a ella y tomarla de su brazo- Te casas con un príncipe muy guapo.
-Emily… -La corrigió Melanie-
-Déjala Melanie. Sabes que tiene razón. –La corrigió la hermana María con una sonrisa algo traviesa- Y ustedes son sus hadas madrinas. Es más, Emily se apellida Spring así que ya está. Ella es "Primavera" y tú eres "Flora" pues siempre andas de pleito con ella. Sólo les falta fauna. –Terminó de decir ya riendo abiertamente por su analogía-
La regordeta hermana con esa usual espontaneidad le contestó.
-¡Pues entones que la señorita Pony sea Fauna y ya estamos las tres!. ¡Total, ya trae al caballo en el sobrenombre! –Dijo con una amplia y descarada sonrisa-
-¡Emily!. ¡Deja de decir incoherencias! –La reprendió Melanie-
La señorita Pony quien observaba callada toda la escena, no pudo contener más la risa y así le contestó.
-No seas tan severa Melanie, no pelees con ella, sólo dice la verdad… Realmente yo podría ser fauna jaja.
-mmm… Yo no me ando peleando con Emily, es ella quien se equivoca todo el tiempo y debo corregirla.
-¡Yo!. Si como no… señorita perfección. –Repeló la regordeta morena de intensos ojos azules-
-Está bien, está bien… mejor enfoquémonos en poner bella a Candy que tenemos corto el tiempo. –Habló la hermana María arrepintiéndose de provocar a ese par de malcriadas-
En eso se escuchó la voz de Anne entrando al cuarto.
-¡Qué bueno que aún no la visten!. Aquí traigo tu regalo Candy. –Dijo al entregarle la pequeña y delicada caja que traía entre sus manos- Pero no sé si sea prudente que lo muestres enfrente de las hermanas. –Comentó con cierta pena-
-¿Por qué Anne?. –Contestó la rubia al momento en que sacaba el obsequio de su envoltura-
-¡No Candy no! –Se escuchó la voz de la morena-
Pero ya era demasiado tarde, pues todas las mujeres en la alcoba pudieron ver el delicado "negligee blanco" que la rubia sostenía. Es por demás, decir que cuando Candy lo vio el sonrojo fue inevitable, pues aunque ella había mantenido ya intimidad con su adorado rubio, jamás había utilizado algo como eso y el sólo imaginarlo la abochornaba, pero con lo que no contaba, es que todas las damas presentes se encontraban igual o peor que ella, así que rápidamente guardo la exquisita prenda e inmediatamente escuchó la voz de Anne decirle.
-Mejor anda a bañarte Candy. Voy por Dorothy.
Las religiosas y la señorita Pony no dijeron nada, pero tampoco podían borrar un discreta sonrisa de sus labios, pues todas imaginaron que el sonrojo de la pecosa era producto de todo aquello que momentos atrás le mencionó tan decidida a la "señorita Connor".
Así pasó rápidamente el baño y mientras las señoritas entradas en edad se retiraron de la habitación, entre Dorothy y Anne ayudaron a Candy a colocarse adecuadamente el negligee y posteriormente el vestido. Mientras tanto las cuatro damas, -dos de las cuales habían tomado antes de salir ropas limpias- se cambiaron a la habitación de la hermana María y la señorita Pony.
Cuando regresaron, la imagen ante sus ojos era la de una princesa de cuento, pues Candy portaba orgullosa la preciosa e inmaculada prenda y parecía "casi una virgen" con aquel velo de mantilla española. Dorothy la había maquillado discretamente acentuando sus labios rosa, con tonos café con rosa en las en las sombras de sus ojos, con un delineado discreto, pero que resaltaba divinamente el color verde de su mirada. Su peinado en un recogido bajo, permitía que el encaje de la mantilla enmarcara su bello rostro, resaltando su "casi virginal pureza" y si a todo le sumamos unos discretos tacones, la rubia se miraba perfecta y como salida de una portada de revista, pues se observaba claramente más alta y estilizada de lo que ya era.
-Te ves hermosa Candy. –Comentó Anne, llevándose la mano al pecho por la emoción-
-Dios te bendiga siempre mi niña. –Dijo la hermana Maria y la señorita Pony casi al mismo tiempo, mientras depositaban un cálido beso en sus mejillas-
-Gracias. Ustedes. Las quiero mucho, saben que siempre serán mis madres y que mi casa siempre será su casa. –Respondió con una delicada sonrisa-
-Candy… -Dijo la hermana Melanie- Te deseamos toda la felicidad que Dios pueda ofrecerles.
-Si amiga. Que tus actos se rijan siempre con el precepto de "no hacer a nadie lo que no quieras para ti o para tu familia". Que tu matrimonio sea abundante en amor, en comunicación, en complicidad, en amistad, en seguir apreciando lo hermoso en las cosas sencillas que Dios nos regala y que tu corazón bondadoso cultive el amor en tu esposo, para que juntos, formen una hermosa y unida familia.
La rubia estaba a punto de llorar por aquellas sensibles palabras, cuando la voz de Anne se pronunció.
-¡No llores que arruinarás la obra maestra de Dorothy!
-Tienes razón Anne. –Dijo abanicándose con sus manos para contener sus lágrimas-
En eso el llamado a la puerta las interrumpió.
-¡Ese debe de ser Archie! –Aseguró la morena emocionada, mientras se dirigía a la puerta-
Cuando la abrió, en efecto, el guapo castaño se encontraba de pie como había prometido, listo para entregar a la novia en el altar. Pero antes de eso le dijo a Anne.
-Toma querida, pasé por la habitación de Candy y observé que éste pequeño se salvó. Mi tío ya había mandado a hacer otro con "dulce Candy", pero creo que es mejor éste, pues me ha contado lo significativo de las orquídeas para él y su analogía con Candy. ¿Puedes dárselo?.
-Claro amor, pero pasa.
-No, no . Yo aquí espero. –Dijo sereno-
-Como quieras, en un segundo sale.
Candy, quien no había querido entrar en su alcoba desde que escuchara a Katie decir que había destrozado su vestido, jamás imaginó que su ramo se salvaría de todo aquel arranque, así que emocionada lo tomó y volvió a pensar en lo hermosas que lucían las orquídeas junto a las rosas blancas. Segundos después se encaminó a la puerta y al encontrar a su primo, una radiante sonrisa se instaló en sus labios rosa.
Archie tuvo que tragar seco, pues aquella mujer vaya que había cambiado desde que la conociera aquella mañana en Lakewood, pues era ante sus ojos la novia más bella que hubiera visto, pero evitando cualquier pensamiento inadecuado, respiró profundo, le ofreció galantemente su brazo y juntos bajaron las escaleras rumbo al jardín, en donde un bastante nervioso rubio, junto a unos cien invitados, la esperaban en el quiosco que fungiría como altar.
El rubio, se encontraba ansioso, pues la novia ya había tardado un poco más de lo esperado, pero ante todo lo vivido durante la mañana, no podía pedir puntualidad. En los caballeros todo siempre era más sencillo, pues no había maquillaje, ni peinados elaborados o cosas parecidas, pues un rápido baño, una delicada loción a menta y maderas, su cabello recogido perfectamente hacia atrás, su kilt de gala y ya estaba listo. En esos momentos, mientras la esperaba, recordó cómo al quedarle un poco de tiempo en su arreglo se miró en el espejo, evocando su reflejo del pasado, cuando vestido exactamente de la misma manera conoció a su "pequeña llorona".
Se encontraba en esa reflexión, cuando la vio del brazo de su sobrino al inicio de la alfombra que servía como camino al altar. Todos los presentes se levantaron y él tan gallardo como siempre se irguió cuan alto era.
Mientras comenzaba con su lento recorrido, Candy pensaba que Albert seguiría siendo por el resto de su vida su "príncipe de la colina" y el observarlo tan apuesto con ese elegante kilt, la ponía más nerviosa de lo que ya estaba, pues ante sus ojos, el siempre sería sumamente atractivo. Todo en él le gustaba: su altura, su porte, sus fuertes brazos, esa espalda en "v", sus manos firmes y delicadas a la vez, su grave y seductora voz, sus hermosos ojos igual de azules que el cielo veraniego más despejado y ese olor de su loción que le embriagaba por completo los sentidos. De pronto sintió como las piernas le fallaban y trastabillando un poco, se aferró más al brazo de Archie, el cual, preocupado le preguntó.
-¿Estas bien Candy…?
Después de unos segundos la rubia le contestó.
-Sí... sólo que no he comido nada desde la mañana y creo que me maree, es todo.
Siguieron caminando y en cada paso que daba, Albert podía observar con mayor detalle, lo bella que se encontraba su prometida. No sabía de donde había sacado ese precioso vestido, pero parecía un verdadero ángel en él. La sabía hermosa, pero en esos momentos era la personificación de la pureza y sensualidad al mismo tiempo. Se aceptaba nervioso, pues moría porque el sacerdote los casara y que la fiesta terminara para poder escaparse con ella y amarla sin restricciones. Ella notó la mirada fija de su prometido y una placentera sensación recorrió electrizante el cuerpo del rubio, pues un evidente sonrojo se asomaba en sus mejillas. Le fascinaba provocarla y ponerla nerviosa, así que le regaló una de esas irresistibles sonrisas ladeadas, provocando que la novia se sonrojara más.
Cuando finalmente llegaron al altar, Archie con un nostálgico nudo en la garganta entregó a la novia con un beso en su mejilla, después se dirigió a su tío en una firme oración.
-Cuídala mucho.
No es que el castaño no amara a Anne, pero pese a todo, ser él quien la entregara a su futuro esposo, era una forma radical de decirle finalmente "adiós" a ese bello amor platónico de su vida, pero después de unos segundos, cuando regresó sobre sus pasos y notó la mirada radiante de su morena prometida, comprendió que la vida es como debe ser y que él también tenía a su lado a una extraordinaria mujer.
Mientras tanto en el altar, Albert y Candy escuchaban atentos todas las palabras del sacerdote y cuando llegó el momento de pronunciar sus votos él comenzó diciendo.
-Yo William Albert Andrew, te tomo a ti Candice White como mi legítima esposa. Prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida. Prometo apreciarte y honrarte a partir de hoy hasta mi último aliento. Mi alma y mi corazón te pertenecen para toda la eternidad y cómo símbolo de todas estas promesas, te entrego este anillo para recordarnos siempre lo que significa nuestro amor. –Terminó de profesar, colocando suavemente la argolla en su delicado dedo anular-
Candy quien lo miraba con sus hermosas esmeraldas cristalizadas, le respondió.
-Yo Candice White, te tomo a ti William Albert Andrew como mi legítimo esposo. Prometo serte fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, para amarte y respetarte todos los días de mi vida. –Después lo miró más fijamente- Albert, cuando te vi por primera vez fuiste un "momento de impacto en mi vida", un destello de gran intensidad que la cambió por completo. A partir de ese momento jamás deje de pensar en ti. Prometo ayudarte a amar la vida, a tratarte siempre con ternura y tener la paciencia que se requiere para hablar cuando sea necesario y a compartir el silencio cuando no. Hagamos de nuestras manos una sola, de nuestros corazones un solo latido. Hagamos de nuestros juramentos el último juramento, pues aquí ante Dios como testigo, prometo que sólo la muerte nos podrá separar. –Termino de hablar, deslizando el anillo sobre su dedo-
Todos los presentes incluyendo al sacerdote se encontraban asombrados por tal demostración de amor, pues se notaba, eran una pareja que se casaba por convicción y no por un enlace de conveniencia.
De pronto entre los invitados, una religiosa comenzó a sentir un olor rancio cerca de ella y cuando volteó a mirar a su compañera casi se muere del infarto cuando lo identificó, pues estaba más que segura que la hermana Emily traía puesto sobre la cabeza un pedacito de cebolla, pero lo cubría con su velo. Entonces sin ocultar su molestia por aquel comportamiento irreverente, le dijo lo más disimulada que pudo. –Según ella-
-Por Dios Emily. ¿Cómo pudiste ponerte eso?
La regordeta hermana, quien tenía sus ojos cristalizados le respondió conteniendo sus lágrimas.
-Es que aunque estoy muy contenta por Candy, no quería llorar…
-¡Pero estas loca!. ¿Cómo cebolla? –Dijo en un cuchicheo-
-¿Qué tiene de malo Melanie?. Ay contigo –Dijo recomponiéndose un poco- ¿Qué no ves que es lo que ocupo en la cocina para no llorar? –Le espetó sincera-
-Sí… pero eso es para no llorar cuando "cortas cebolla".-Suspiró-. ¡Ay Dios mío dame paciencia!. Mira… ya me imaginaba que saldrías con alguno de tus comportamientos poco ortodoxos, así que a ver dame esa cebolla. –Dijo extendiendo la mano-
-Pero no quiero llorar. –Le reclamó ya medio molesta la otra-
-Tú dámela. –Le exigió-
-Está bien…
Entonces Emily, discretamente, sacó de su velo el diminuto y aromático pedazo de verdura y se lo entregó a su superiora, la cual, después de guardarlo dentro de un pequeño bolso que llevaba consigo, sacó medio limón partido y lo colocó en la regordeta mano de la revoltosa hermana.
-¿Y esto para qué? –Replicó Emily con sus cejas fruncidas-
-Es para que no llores. Infórmate. Los cítricos también sirven.
Emily lo observó parido por la mitad y su lógica le indicaba llevárselo a la boca. Pero Melanie al verla le dijo.
-¡No!. No es para comer. Solamente tienes que exprimir tantito para que su olor te tranquilice.
De pronto todo quedó en un sepulcral silencio. Entonces las dos hermanas que se encontraban en la primera banca, se dieron cuenta de la mirada retadora que el sacerdote les obsequió. En esos escasos segundos ambas mujeres tragaron seco, pues estaban tan metidas en su alegato que no notaron que sus voces subieron ligeramente de tono hasta llegar a los oídos del padre, quien después de reprimirlas con sus ojos grises evidentemente incómodo, muy serio les preguntó directamente.
-¿Podemos continuar…?
Las dos damas, solamente movieron la cabeza en afirmación y volvieron a comportarse como las religiosas que eran. –Según ellas-
Mientras todo esto pasaba, el par de rubios estaba perdido mutuamente en sus miradas. Albert acariciaba la delicada mano y ella correspondía el gesto de la misma manera. De pronto el carraspeo del sacerdote –quien les regaló una mirada y sonrisa cómplice- los trajo de regreso de su mundo de ensueño, para pronunciar las tan anheladas palabras que todos deseaban escuchar.
-Ustedes han declarado su consentimiento ante la iglesia. Que el "señor" en su bondad fortalezca su amor para colmarlos de bendiciones y que permita que lo que en su gracia los ha unido, jamás los separe el hombre. Así que por medio del poder que me confiere la iglesia, yo los declaro marido y mujer.
-Puedes besar a la novia hijo. –Dijo sonriente al nervioso y feliz novio-
Albert agradeció e inmediatamente, volteó para tomar entre sus manos aquel delicado rostro, que ese día brillaba con las esmeraldas más verdes que jamás había visto en la mirada de Candy. Entonces, se tomó el tiempo de contemplarla unos segundos provocando un ligero sonrojo en ella. Acarició con suma ternura su mejilla con su pulgar y después fue acercando su rostro despacio hasta tomar sus preciosos labios rosa, en un beso tierno y cargado de amor. Ella correspondió tímidamente a su gesto y comenzaba a perderse en el sabor de sus labios, cuando de pronto, los aplausos de todos los presentes los regresaron a la realidad. Entonces tomando la mano de su ahora esposa, comenzaron a caminar por el largo corredor en medio de los hermosos arcos florales lleno de "rosas blancas y orquídeas". No había un solo lugar en el jardín que no se encontrara exquisitamente decorado, pues el par de rubios se encargó de transformarlo en un pequeño pedacito de edén.
Cuando finalmente salieron del camino, Albert volteó hacia arriba mirando el gran ventanal que sólo reflejaba una pequeña sombra a lo lejos. Supo de inmediato que su tía había visto todo y por unos segundos pidió al cielo que con el tiempo cambiara. De inmediato bajó su rostro, encontrándose con la hermosa mirada de su esposa, pensaba estrecharla entre sus brazos y darle un beso como correspondía, pues ya poco le importaba que un ciento de invitados los observaran, su "pequeña llorona" era suya. Fue acercando su cuerpo al de ella, pero su deseo fue interrumpido por múltiples personalidades que deseaban felicitarlos. Así que suspirando y regalándose mutuamente una mirada de comprensión, comenzaron a recibir todas y cada una de las felicitaciones.
Después de un rato, la pareja de recién casados entraba –entre aplausos- al gran salón principal de la mansión Andrew, el cual se encontraba ese día en todo su esplendor, pues el lujo y el buen gusto de los anfitriones hacía gala en cada detalle de la decoración, ya que todo, desde los hermosos arreglos florales, la impresionante cristalería fina, las copas de champagne de cristal cortado, los cubiertos de plata perfectamente pulidos, la bajilla de porcelana francesa con decorados en tonos rosa pálido , la gran orquesta que tocaba música instrumental de fondo, y la maravillosa iluminación que le regalaban los dos impresionantes candelabros de cristal con sus destellos tornasol, era el perfecto escenario para una "boda de ensueño".
Cuando hubieron tomado asiento y se encontraban disfrutando del delicioso banquete, la voz de cierto moreno francés se pronunció, llamando así la atención de todos los presentes. Así que después de regalar a su esposa una mirada de cariño, regresó su atención a los novios y comenzó a decirles.
-Quisiera proponer un brindis.
Dijo levantando su copa y una vez que se hizo silencio en el salón, prosiguió.
-Es muy grato para mí estar aquí frente a ustedes presenciando su unión y la representación de su amor. Me entusiasma verlos como dos muchachitos enamorados, como si el tiempo no hubiera pasado; su devoto amor, su ilusión, sus sueños siguen intactos y sé que los acompañarán en esta nueva vida de casados que hoy inician. Les deseo de corazón que éste sentimiento tan puro sea eterno. Felicidades y salud por esta nueva pareja de esposos. ¡Por los novios! –Terminó levantando su copa de champagne, invitando a los demás para hacer lo mismo-
-¡Por los novios!. –Se escuchó al unísono-
Momentos después, Albert tomaba de la mano de Candy para guiarla al centro de la pista de baile. Entonces, la orquesta comenzó a tocar una bella y lenta canción, la cual, aunque no era precisamente un vals, marcaba unos compases cadenciosos y suaves. Él la tomó por la cintura, acercándola lo más que pudo a su cuerpo para comenzar a bailar lentamente con ella. La rubia sólo se dejaba llevar por los perfectos movimientos de su esposo, mientras le recitaba algunas de las estrofas más significativas de la canción
Pronto, después de más aplausos para los recién casados, las demás parejas comenzaron a incorporarse en la pista de baile. Toda la fiesta transcurrió sin más contratiempos y cada uno de los invitados disfrutó de tan elegante evento, así que más pronto de lo que pensaba, mientras la pecosa rubia se encontraba platicando con Annie, Albert se acercó a ella para apartarla de su amiga unos instantes y cuando por fin encontraron un momento de privacidad, le dijo discretamente al oído.
-Es momento de raptarte princesa.
Ella, abriendo sus grandes ojos emocionada le contestó.
-¿Ya?. Pero habrá que despedirnos de todos…
-Por lo invitados no te preocupes. Todos saben que los novios después de algún tiempo desaparecen.
-¡Entonces que esperamos! –Dijo con sus ojos chispeantes-
-Sólo te esperaba a ti. Te vi tan entretenida platicando con Anne que no quise interrumpir, pero creo que si las dejo nunca terminarían de hablar y ya muero por estar a solas contigo, así que anda, el carro ya está esperando.
Entonces, lo más discretamente que pudieron, fueron escabulléndose del evento hasta que sólo escuchaban a lo lejos el sonar de la música. Albert ayudó a Candy a subir a su inseparable Rolls Royce y después tomó su lugar de conductor. Ella no preguntó nada, pero cuando notó el camino conocido indagó curiosa.
-¿Vamos a Lakewood?.
El tomó su mano y la besó rápidamente sin dejar de mirar al frente.
-Si preciosa. Hubiera querido llevarte a otro lugar, pero me he ausentado demasiado tiempo y no puedo alejarme de nuevo de las empresas por el momento, pero prometo compensártelo en cuanto pueda. ¿Me perdonas? –Dijo con su voz un poco preocupada, pues todas sus palabras eran ciertas-
Ella se acercó y dándole un pequeño beso en su mejilla le respondió.
-No tengo nada que perdonarte. Entiendo todo lo que dices y primero Dios tendremos mucho tiempo para viajar juntos. Lo que me importa es estar contigo, para mi Lakewood es perfecto. –Dijo con una sonrisa-
-Además, vamos a llegar a muy buena hora para nadar un rato, hace un poco de calor y la temperatura del agua estará perfecta.
-Me parece una muy buena idea, ya no soporto el corsé. El vestido es precioso, pero la verdad estoy algo cansada.
-Por cierto… tengo mucha curiosidad. ¿Cuál de tus madres te regaló el vestido?.
Ella recordando todo, con una sonrisa le contestó.
-No fueron ellas, sino Melanie y Emily.
Entones, el rubio de inmediato entendió cuando semanas atrás, George le dijo que iba a ser necesario programar otro donativo para el convento de Santa María, pues las necesidades de ese año habían cambiado un poco. Fue así como una velada sonrisa se instaló en su rostro.
-Pero… ¿Por qué regalarte un vestido?.
-Pues Melanie tuvo una especie de premonición. Es muy largo de explicar amor, pero les quedó maravilloso.
-Ay que agradecerles bonita, hoy pareces una verdadera princesa de cuento. Esas mujeres valen su peso en oro.
Así pasaron todo el trayecto hasta llegar al pequeño poblado, entre risas y pláticas y cuando menos lo pensaron llegaron a Lakewood cerca del ocaso. Albert siguiendo la tradición, traspasó el umbral de la mansión con su esposa en brazos y pese a los ruegos de Candy porque la bajara, la llevó así hasta su habitación. Cuando entraron, la depositó suavemente en el piso y sin dejar de tomarla por la cintura, recargó un poco su peso sobre la puerta hasta que ésta hubo quedado completamente cerrada.
Ella había subido por inercia sus manos al cuello, mientras él la miraba con sus preciosos ojos azules oscurecidos, delineando cada parte de su rostro, de su cuello y de ese escote que llevaba provocándolo por varias horas. Así que acercándose a ella con pequeños besos en la blanca piel de su terso cuello, le dijo casi al oído con su voz enronquecida.
-Eres mía Candy… siempre has sido mía.
-Te había extrañado tanto Albert… -Dijo despacio y con su respiración suavemente entrecortada-
Sin más preámbulos Albert tomó sus labios en un beso anhelado e increíblemente cargado de deseo, pues una semana sin ella, sin sentir su cuerpo y sus caricias casi lo vuelven loco. Por su parte Candy lo besaba, mientras aun con sus ojos cerrados comenzaba a despojarlo de sus vestimentas tan pronto, que en sólo algunos momentos, el rubio se encontraba desnudo de la cintura para arriba, colmando de deseo a la mujer frente a sus ojos, pues podía admirar a placer aquel tonificado torso y sus fuertes brazos. Pero Albert, quien seguía recargado en la puerta, al notar que su esposa tenía demasiada ropa encima, le dijo mientras hacía una pausa en sus besos y la sujetaba por la cintura.
-Me parece injusto que no estamos en igualdad de condiciones princesa… y si mal no recuerdo, ayer me hiciste una promesa… -Dijo con una seductora sonrisa-
-Puede hacer conmigo lo que usted quiera señor Andrew. –Dijo recordando su conversación-
-¿Estas segura? –Respondió comenzando a aflojar los listones del corsé que mantenían el vestido en su lugar-
Candy casi desfallece cuando sintió como la prenda caía pesadamente al suelo, pues jamás había utilizado una lencería como la que Anne le había obsequiado.
Por su parte Albert, tragó seco ante la visión que tenía frente a él, pues su princesa, de pronto se había convertido en la más seductora de las musas con aquel negligee blanco de seda que se ajustaba a su pequeña cintura y resaltaba todos sus atributos, pero tratando de controlar todas sus pasiones - que aún no era tiempo de soltar-, se agachó despacio para ayudarla a deshacerse de la pesada prenda, acariciando suavemente a su paso cada una de sus largas piernas que se encontraban envueltas en unas delicadas medias blancas. Cuando finalmente terminó con la tarea, fue reincorporándose, mientras que a su paso recorría con sus manos cada centímetro de la tersa piel. Candy al notar lo evidentemente perturbado que se encontraba su rubio esposo, decidió abandonar la pena y torturarlo un poco, así que cuando él comenzó a buscar ansiosamente sus labios, ella apartándose un poco, le habló lo más seductoramente que pudo, mientras lo repasaba con la mirada y se mordía un labio para provocarlo.
-Es su turno señor Andrew… aún tiene demasiada ropa.
Dijo acercándose a su cuello mientras lo besaba con sus carnosos pero delicados labios, haciendo que el rubio cerrara los ojos, disfrutando a placer cada caricia, cada roce, sintiendo claramente las cálidas manos de la rubia bajar por su marcado abdomen, hasta llegar a los botones del faldón escoces que lo cubría, soltándolos tan lentamente que la espera parecía interminable y dolorosa. Cuando por fin la insufrible tela cayó al suelo, Candy tomó los labios del rubio en un beso suave, húmedo y lento, mientras con sus manos bajaba lentamente el elástico de la prenda íntima de su esposo, quien se dejaba deshacer en manos de ella, pero cuando se sintió completamente desnudo abrió los ojos y con una sensual sonrisa le dijo.
-¿Confías en mi…?.
-Siempre…
Entonces Albert cambió de posición con ella, girando y haciéndola quedar de espaldas a él. Casi se muere de la impresión, pues lo que había visto del negligee no era nada, ya que ante sus ojos, una tela semitransparente cubría su espalda y era sostenida por una hilera de botones que exquisitos y sensuales delineaban el escultural cuerpo de su mujer. Entonces, besando su cuello, comenzó a acariciar sus senos, provocando al instante que los suaves suspiros de la rubia comenzaran a fluir. Esto lo desbordó, provocando que le dijera mientras mordía despacio uno de sus lóbulos.
-No te haré daño princesa…confía en mi.
Ella así lo hizo y en una entrega total se dejó llevar. Albert deslizó ambas manos por los aterciopelados brazos y cuando llegó a sus manos, las levantó hasta juntarlas, después las recargó sobre la puerta y le dijo con esa voz arrebatadoramente grave.
-No bajes las manos Candy…
Pero la rubia no decía nada, pues la excitación de su cuerpo y la creciente necesidad de sentirlo se lo impedía. Entonces él, al no obtener respuesta le preguntó.
-¿Comprendes amor…?. Este es mi deseo…
Entre respiraciones desacompasadas la rubia sólo pudo decir algo parecido a un "si", apenas audible y entendible. Fue entonces, cuando Albert comenzó a liberar lentamente aquellos botones con su boca, mientras a su paso daba pequeños y seductores mordiscos en su espalda y aunque reconocía que aquello era una verdadera tortura para ambos, lo estaba disfrutando al máximo, pues era indescriptible el sentir la respiración increíblemente agitada de ella, junto con lo estimulante de sus suspiros, que llegaban incesantes al sentir el contacto de sus húmedos labios sobre su piel cada vez más desnuda. Candy sentía que el calor en su vientre creía y como no hacerlo, si estaba a punto de estallar con las caricias de aquel hombre que recorrían su cuerpo con maestría. Cuando Albert terminó de liberar todos los botones, su torso quedó enteramente expuesto. Pretendió darse la vuelta, pero él no se lo permitió, pues antes de darle tiempo de bajar las manos, le dijo mientras se aseguraba de que las mantuviera en el mismo lugar.
-Abre las piernas princesa…
Ella casi se muere en ese momento, pero obediente, así lo hizo e inmediatamente sintió como Albert comenzaba a despojarla del resto de sus ropas. Su cuerpo se estremecía con cada roce de su lengua, de sus labios, de sus manos inquietas que sobre sus piernas deslizaron despacio cada media y acariciaron y besaron a placer su "derriere". Podía sentir fieramente la excitación de su varonil cuerpo rozando el suyo por momentos y cuando no pudo más, le dijo agitada y aun en la misma posición.
-Me estás enloqueciendo… te necesito.
Esas fueron las palabras que Albert necesitaba escuchar, pues al instante y tan efusivo como pudo, la giró hacia a él y tomándola en brazos la llevó hasta la espaciosa cama, mientras que ella gustosa lo recibía sobre su cuerpo mientras la besaba, pues esa noche, él no se cansó de adorarla y repasar a detalle con su boca cada rincón de su sedosa piel. El comenzaba a bajar por su talle en dirección a su sensible y delicado centro, cuando de pronto, ella se levantó un poco y atrayéndolo hasta su rostro, después de tomar sus labios, le dijo al momento de hacerlo cambiar de posición para que ella quedara a horcajadas sobre de él.
-No tan rápido cariño… déjame disfrutar tu cuerpo un momento más.
El rubio no tuvo tiempo de pronunciar palabra, ya que Candy comenzó a besar su cuello una y otra vez. Sentía como su cálido aliento le erizaba toda la piel y la sensación de saberla recorriendo su cuerpo con pequeños y sensuales mordiscos por su pecho y por su abdomen lo excitaban cada vez más. En definitiva, aquella mujer sabía cómo alterarlo. Moría por beber el dulce sabor de los senos que sentía presionados contra su piel. Quiso levantarse pero ella no lo dejó, pues aun en la misma posición, le dijo al pasar sus manos muy lentamente, delineando su marcado torso.
-Tienes un cuerpo maravilloso Albert… -Dijo con su mirada completamente oscurecida y su voz cargada de un incontenible deseo-
El rubio se estremeció ante la deliciosa caricia y por unos segundos se deleitó con la imagen de ella completamente desnuda y con esos senos de locura divinamente expuestos. Segundos después prosiguió con sus caricias, dejando la humedad de su contacto en cada poro de su esposo, tocando y disfrutando a placer todo su ser. Lo escuchaba y sabía que cuanto hacía le gustaba, pues sus roncos jadeos lo delataban. Era extaciante para la rubia escucharlo, pues era ella quien provocaba que su pasión estuviera al límite de desbordarse, sin embargo, continuó bajando, besando su ingle, sus muslos y las impresionantes y fuertes piernas. No había casi ninguna parte de su cuerpo que no hubiera palpado, tomado, besado o mordisqueado, sólo una faltaba. Así que lentamente volviendo a instalarse en sus muslos, dando pequeños y desquiciantes besos llegó a su por demás evidente excitación, entonces, sin más preámbulos lo probó por primera vez, haciendo que Albert se sobresaltara un poco, pues jamás le había hecho tal cosa, pero después de unos escasos segundos se relajó y permitió que su rubia continuara haciendo con él lo que quisiera. Ella lo besó una y otra vez, recibiéndolo en el húmedo interior de su boca, escuchando los maravillosos jadeos masculinos que tanto le gustaban, pero llegó un momento, en que mientras ella seguía disfrutando del placer que se recibe al brindar placer a la persona amada, Albert no pudo más y dijo con su bella y grave voz fascinantemente entrecortada.
-Por favor preciosa… para ya.
Candy al escucharlo, regresó hasta su rostro y e inocentemente le preguntó.
-¿Estás bien…?
Y el, más que enardecido por el deseo corriendo por todo su cuerpo le contestó.
-Estoy perfecto, pero es suficiente. Necesito sentirte mía… no tienes idea de cuánto te deseo. –Declaró y en un movimiento rápido, la rubia ya se encontraba de nueva cuenta debajo de él. Así que él, tan deliciosamente expuesto como estaba, se acomodó entre sus piernas y lentamente entró en ella a profundidad, provocando al instante que Candy lo rodeada de la cintura con sus piernas y levantara sus caderas para sentirlo aún más cerca si eso era posible. Así comenzaron con ese cadencioso vaivén, a veces rápido, a veces lento, en donde ella no se cansaba de recibirlo, ni él de amarla y poseerla tan intenso, tan cargado de pasión y deseo, que se manifestaba en los constantes sonidos y excitantes jadeos, que ambientaban el idílico lecho de amor de la pareja. Después de un largo rato de regalarse el uno al otro en explícitas caricias, terminaron recostados en la cama frente a frente, con sus cuerpos de lado. Albert acariciaba la curva de la cintura desnuda de Candy, mientras ella, disfrutaba haciendo pequeñas figuras con sus femeninos dedos sobre su pecho. Cuando sintió que la mano del rubio se detenía, ella levantó la mirada y le preguntó.
-¿Qué sucede…?
Él con una mirada pícara le contestó.
-Vamos al lago.
-¿A ésta hora? –Pregunto impresionada-
El tomó su rostro y le dijo con total naturalidad.
-¿Por qué no?
Un tanto nerviosa le contestó.
-Pues… porque ya es de noche, bueno… no tan noche, pero…
-¿Pero qué…?
-Es que con todo lo que sucedió, no recuerdo si le dije a Dorothy que empacara mi traje de baño.
Albert sólo pudo reír con aquel comentario.
-¡No te rías que es verdad lo que te digo!
Lo regañó pucherosa y en un intento por levantarse de la cama sintió como los fuertes brazos que tanto adoraba la atraían hacia él, entonces, arropándola protectoramente le dijo al oído, muy despacio.
-Nademos desnudos…
Ella impactada le respondió.
-Alguien puede vernos Albert…
-No hay nadie en la mansión hermosa… estamos completamente solos. –Contestó rozando con su aliento la suave piel de su oído-
Ella se volteó a mirarlo y después de un beso le dijo.
-Estás completamente loco… pero así te amo. Vamos.
Así fue como ambos rubios se pusieron sus respectivas batas y salieron tan naturales como nunca rumbo al lago de la propiedad. En aquella atrevida pero romántica ocasión, la luna cómplice de su amor, les regalaba su luz sobre un cielo perfectamente despejado y el pequeño lago brillaba incansable con el reflejo del claro lunar, haciendo que sus cristalinas aguas parecieran un bello espejo plateado. El primero en deshacerse de su bata fue Albert, quien invitaba a Candy con una mirada inquieta a que lo acompañara. Ella así lo hizo, pero después de acercarse lo suficiente a la orilla para sentir con su pie la temperatura del agua, le dijo con cierto recelo.
-mmm… no lo sé Albert…el agua esta "demasiado fresca"
-Ah no señora Andrew… usted me prometió que hoy haría conmigo lo que fuera. –Le contestó-
-Estas aprovechándote de mi situación… -Dijo con una velada sonrisa, mientras retrocedía dos pasos-
Albert al notarlo, avanzó como león al acecho hacía ella.
-No te vas a escapar de entrar al agua conmigo…
Candy notando sus obvias intenciones, le contestó retrocediendo un poco más.
-No… ni lo sueñes Albert. Esa agua está muy fría.
-Si me atrevo...así que ni intentes correr porque te doy alcance enseguida, ya lo sabes. –Dijo acercándose-
-¡Pues alcánzame si puedes! –Dijo ya con una abierta carcajada y pegando carrera hacia la mansión-
Albert sonrió y después de regalarle un poco de ventaja, –pues seguía siendo un caballero-comenzó a correr tras de ella, logrando así alcanzarla casi al instante.
-¡Te atrapé! –Dijo mientras la levantaba en brazos y comenzaba su caminata de regreso al lago-
Candy solamente reía pues le encantaba jugar con él, pero cuando se dio cuenta de que se dirigían a la antigua roca que utilizaban de "trampolín", le comenzó a decir.
-¡No Albert desde lo alto no!
Pero el rubio en respuesta, solamente le dio una palmadita en su derriere, pues no importaba cuánto repelara la inquieta rubia estaba decidido a meterla al agua, así que continuó su camino hasta subir a la cima de la roca, mientras que Candy no dejaba de moverse inquieta sin lograr zafarse. Se encontraban justo en la orilla, a unos dos metros del agua, cuando escuchó claramente que Albert le advertía.
-Respira profundo princesa.
Entonces ante lo inminente, lo único que ella pudo pronunciar fue:
-¡No Albert el bebé!
Pero fue demasiado tarde, pues el rubio ya había saltado con ella en brazos directo al agua. A los pocos segundos, él salió a flote y poco después lo hacía Candy a su lado, por lo que en completo shock le dijo respirando agitado.
-Bebé… ¿Cuál bebé…? -
Ella, que apenas estaba recuperándose –pues se encontraba en las mismas condiciones- le respondió.
-Mis días nunca llegaron amor…
-¿Estas embarazada…? –Dijo completamente asombrado, pues según ella se estaban "cuidando"-
-Si amor… vas a ser padre. Tengo poco más de una semana de atraso y eso jamás me pasa. No hay que ser médico para darse cuenta de lo obvio. –Dijo con su preciosa sonrisa-
-Un pequeño…un hijo nuestro. –Dijo acercando su cuerpo a la rubia para darle un suave beso- Gracias hermosa…gracias por éste precioso regalo. Te prometo ser el mejor padre. Ya quiero verte con tu pancita de embarazo, vas a ser la mamá más hermosa del mundo. –Dijo soltando una risa por la alegría de la noticia-
-Espero que digas lo mismo cuando parezca un inmenso globo. –Respondió también riendo-
El volvió a tomar sus labios
-Claro que si Candy. Me casé contigo y no por tu cuerpo sino por tu corazón, pero mejor regresemos, está refrescando y no quisiera que te enfermes. De hoy en adelante tendrás que cuidarte más.
Ella no pudo evitar reír.
-Estoy embarazada, no enferma amor.
-Pues no importa, igual por favor vas a cuidarte. Dime: ¿Cuándo iremos a ver al doctor?.
-¿Iremos? –Dijo extrañada-
-Claro que iremos. No pienso perderme ninguna cita para saber cómo está creciendo mi bebé.
-Bueno… –dijo pensando- Supongo que cuando cumpla dos meses de atraso. Ahora es muy pronto.
-¿Pero estás segura de que si hay bebé…? –Dijo un poco consternado-
-Claro que lo hay amor. Puedo casi firmártelo en un papel. No tienes nada de qué preocuparte.
El solo volvió a sonreír para después juntos nadar hasta la orilla.
Así pasó la semana en la que la pareja estaría de Luna de Miel. No hubo lugar en donde no se demostraran su amor, pues prácticamente expresaron cuán grande era su deseo en todas las habitaciones de la gran mansión, en la sala de costura, el cuarto de música, la cocina y tanto era su ímpetu, que ni el precioso comedor de madera fina –el cual llevaba por lo menos dos generaciones en la familia- se salvó de ser adorado por las musas del amor.
Cuando finalmente regresaron a la mansión de Chicago, lo primero que hizo Albert fue cerciorarse con George, de que efectivamente su tía hubiera sido trasladada a la "casa de asistencia" y pudo descansar, cuando éste le informó que al día siguiente de su enlace él mismo, junto con la guardia que había solicitado la llevaron al lugar. Después se instalaron en la "Nueva habitación Principal", pues no quería llegar con su esposa, al lugar en donde pocos días antes había ocurrido tanto drama. Ambos necesitaban de un lugar nuevo y sin contaminación.
Las semanas comenzaron a pasar lentamente para el rubio, quien no entendía, como era que su esposa se encontraba tan tranquila, mientras que él sentía que cada minuto pasaba lento, pues ya quería saber todo sobre su hijo, pero como el tiempo jamás se detiene, la espera llegó a su final y como lo prometió ese día acompaño a Candy a su revisión médica. Es por demás decir, que durante toda la consulta y auscultación de la pecosa, Albert sólo observaba atento y se mantenía callado, pero su sonrisa fue inevitable cuando escuchó las palabras del médico, que sentado frente a ellos, les decía pacientemente.
-Pues los felicito jóvenes. En siete meses aproximadamente se convertirán en padres. –Después se dirigió al emocionado esposo- Aquí le entrego la receta, ahí vine explicado las vitaminas que su señora debe tomar. No ponga esa cara. Ella se encuentra saludable, pero es parte de nuestra rutina que las tomen. Ahora con su permiso me retiro.
-Muchas gracias doctor. –Dijo feliz al despedir al médico de su habitación-
-No tiene porque. En un mes regresaré para la próxima revisión.
-Claro que sí. Yo la cuidare muy bien mientras tanto.
-Estoy seguro de eso. –Respondió sonriente el caballero de mediana edad-
Así fue como un par de rubios enamorados, comenzó con la anhelada espera de aquel pequeñito o pequeñita, que llegaría para alegrar aún más la vida de sus futuros padres. Pronto Albert había comprado junto con Candy todos los muebles para decorar la habitación del bebé, así como pintado las paredes de un tono beige completamente neutro, pues todavía no sabían el sexo, pero tremenda sorpresa se llevaron, cuando en la visita del médico al cuarto mes de embarazo de la pecosa, les avisó que no esperarían a uno sino a dos pequeñines. La noticia hizo que el futuro padre -completamente agradecido con Dios por la doble dicha- comenzara a duplicar todo en la habitación de sus futuros hijos, mientras que Candy, solamente se dejaba consentir por él, quien amoroso y protector como siempre, le cumplió cada uno de sus antojos, los cuales pudieron variar desde los gustos más sencillos, hasta las ocurrencias más alocadas para su paladar. Y aunque ambos rubios tuvieran un día pesado, siempre se iban a la cama entre caricias y demostraciones de amor y pasión, que conforme fueron avanzando los meses de gestación, cambiaron un poco, pero no por eso desaparecieron, pues el deseo entre ellos seguía intacto y demandante.
…..
Después de un tiempo…
Albert se encontraba paseando por el pasillo, tan evidentemente desesperado como si fuese un león enjaulado. Miraba su reloj y el tiempo avanzaba rápidamente. Candy ya tenía más de tres horas en labor de parto y él aun no sabía nada, pues por más que preguntaba a las enfermeras que veía pasar, ninguna parecía apiadarse de su condición, ya que siempre le respondían que "averiguarían algo", pero jamás regresaban. Cuando finalmente se desesperó espetó casi en un reclamo:
-¡Soy William Albert Andrew!. ¿Por qué nadie me puede dar información sobre mi esposa? –Dijo sentándose junto a su bigotudo amigo, mientras pasaba las manos por sus cabellos-
George lo miró por un segundo y después de darle algunas palmadas sobre su espalda le dijo tranquilo.
-Calma William… Pareciera que es la primera vez que pasas por esto. Sabes que la señora Candy es muy fuerte. Seguramente pronto traerán noticias buenas.
El rubio suspiró pesadamente.
-Tienes razón George, pero nunca dejaré de preocuparme por ella. Mi corazón y mi vida entera le pertenecen… sólo quiero que estén bien.
-Y lo estarán. Ten paciencia.
En ese momento, llegaron tres torbellinos varones prácticamente de la misma edad. Dos de ellos cual copia fiel de su padre, quienes al igual que Albert cuando niño eran sumamente inquietos. Todos los confundían pues eran gemelos, sin embargo los rubios, ubicaron un par de lunares en sus respectivos rostros, que permitieron distinguirlos bien. De repente el menos "travieso de los dos" le habló al rubio.
-Papá, papá.
-¿Qué sucede William? –Dijo a su pequeño retoño, sin levantarse de su asiento para estar a su altura-
-Aiden está molestando al pequeño Stear diciéndole que no es hijo de mi tío Archie y mi tía Anne porque no se parece a ninguno y yo siento muy feo. –Se quejó acongojado, pues él quería mucho a su primo-
Al escuchar aquello, Albert se dirigió a su otro hijo con toda la paciencia que tenía para explicarle.
-Acércate Aiden.
Cuando lo tuvo frente de él, lo miró sereno y con un tono suave le comenzó a decir.
-Aunque eres muy pequeño, tu madre y yo les hemos explicado a ti y a tu hermano que tu tía Anne no puede tener bebés, pero eso no debe importarte y no es correcto que hagas sentir mal a tu primo por ser adoptado, pues todos lo queremos como lo que es: un miembro más de ésta familia. Por favor, te pido que recapacites y no vuelvas a decir nunca cosas como esa, pues lastimas tanto a tus tíos como a tu madre y a mi, pues ella también fue adoptada de niña. ¿Entiendes lo que te digo pequeño?.
Aiden miró a su padre arrepentido de todo lo que había dicho, pues realmente quería a su primo pero le gustaba molestarlo.
-Tienes razón papá. Te prometo que no lo volveré a decir jamás.
En esos momentos llegó un Archie notoriamente cansado por cuidar al inseparable trío. Pero después de sentarse le preguntó al rubio.
-¿Cómo va todo?
-Pues aún no hay noticias. –Contestó preocupado- Por cierto muchas gracias porque Anne se quedó en casa cuidando a Noah y a James. Creo que sin su ayuda me hubiera vuelto loco.
-No agradezcas nada tío, ellos aún no son tan traviesos como esta tercia. –Dijo mirando a su hijo y a los gemelos-
-Es que apenas tienes dos años… -Dijo suspirando- Mis primeros torbellinos ya tienen cinco.
-Por cierto, nosotros estamos pensando en adoptar otro bebé, pues creemos que aunque tiene muchos primos, Stear necesita un hermanito. –Externó sincero-
-Hacen bien Archie. Creo que si lo necesita, porque esos lazos bien sabes son irrompibles. –contestó haciendo referencia a su difunto hermano-
En eso una enfermera, finalmente llegó para decirle al rubio.
-Señor Andrew, su esposa se encuentra en perfectas condiciones y si se apura, aun la puede encontrar despierta, pues la verdad está algo cansada por el parto. –Dijo seria-
Albert mirando a su sobrino le pidió.
-¿Te los encargo un momento?.
-Claro tío, ve con ella.
Así fue como siguiendo a la enfermera, llegó rápidamente a la habitación de la rubia, quien al mirarlo entrar por la puerta se le iluminó completamente el rostro. Él se acercó lentamente y después de darle un pequeño beso en sus labios le dijo.
-Te ves hermosa aun con lo cansada que estas princesa. ¿Cómo están?.
-Obsérvalo tú mismo amor.
-¡Niñas!.¡Finalmente niñas!. –Dijo haciendo referencia a las bebés que sostenía en cada brazo su esposa-
Entonces, las miró detalladamente y después de besarlas le comentó admirado.
-Son iguales a ti…
-Pero con tus ojos amor… son hermosas.
-Gracias pequeña… gracias por reglarme la gran familia que siempre quise.
-No hay nada que agradecer amor, sabes que yo también soñé con ésto. Pero dime –dijo bostezando- ¿Cómo están los gemelos?.
-¿Cuáles hermosa? Porque tenemos tres… -Dijo sin evitar sonreír-
Con una débil sonrisa cómplice le contestó.
-Eso es completamente tu culpa.
Un ligero sonrojo se asomó en la cara de maduro rubio, pero después de aclarar un poco su garganta le contestó.
-Todos están bien. William y Aiden están con Achie y Noah y James todavía no han vuelto loca a Anne.
-Mis niños… -pronunció apenas audible la rubia-
-No sabes lo feliz que me hará escuchar a estas princesas decirme: Papá. Pero dime, ¿los nombres siguen en pie?.
-Claro amor. Serán Rose y Emma. –Respondió prácticamente con los ojos cerrados-
-Descansa hermosa. Yo regreso en un momento. –Le externó mientras con la mano llamaba a la enfermera, para que fuera por las niñas-
….
Meses después…
Toda la familia se encontraba de fin de semana en Lakewood en un día de campo a orilla del lago familiar. Albert nadaba junto con Archie enseñando a flotar a los pequeños Noah y James, mientras que los gemelos William y Aiden hacían competencia con el pequeño Stear –un año menor que ellos- para ver quien llegaba más rápido a la orilla contraria.
Desde la distancia Anne Cargaba a la pequeña Emma y Candy a la inquieta Rose. Entonces en un despliegue de sinceridad, la morena le dijo.
-¿Sabes Candy…?. No me arrepiento de no haber podido tener bebés de forma natural. La vida me recompensó con un amoroso esposo y un hijo maravilloso.
-Lo sé Anne… me alegró mucho por ustedes. El pequeño Stear es un niño precioso.
-Gracias. Por cierto no tardamos en darle un hermanito. –Dijo sonriente- Pero esta vez no será un recién nacido, sino un chiquito de dos años, para que tengan la misma edad como Archie y su hermano de pequeños.
-¡Eso es maravilloso!. Seremos una gran familia. –contestó emocionada-
En ese momento Albert las interrumpió, pues salía del agua con Noah. El niño al mirar a su tía, salió corriendo a su encuentro y al notar que cargaba a su hermanita se sentó tranquilo a su lado, admirando curioso a la pequeña criatura. Al observar esto, Albert extendió sus manos para que la rubia le diera alcance , así que Candy se levantó con cuidado - pues tenía a Rose en sus brazos- y cuando llegó frente a su esposo, éste le dio un pequeño beso mojado a su nena, provocando que unos tiernos ruiditos salieran de su garganta.
-Hermosa…
-Es nuestra y sólo por eso ya lo es. –Dijo acariciando suavemente la rosada mejilla de su hija-
-Tú eres hermosa, quise decir… Me parece maravilloso que después de tres partos y seis niños, sigas teniendo un cuerpo perfecto.
Ella completamente ruborizada le contestó.
-No soy perfecta Albert…
-Claro que lo eres. Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida y lo sabes perfectamente, pues no hay noche que no aproveche para hacerte mía… -Dijo cerca de su oído y por lo bajo, en ése tono que Candy tanto adoraba- Es más… estaba pensando que… -Dijo con un aire de misterio-
-¿Qué tramas Albert…? Conozco esa mirada y algo traes entre manos.
El regalándole esa sonrisa cautivadora que era solo para ella le contestó.
-¿Por qué no dejamos a los niños encargados con sus tíos y nos vamos de viaje tú y yo?
-¿Dejarlos? –Dijo abriendo sus grandes ojos. ¡Cómo crees Albert son seis niños!
-Les dejaremos dos nanas hermosa. Sé lo que tengo y jamás dejaría a mi sobrino y a Anne con el "batallón Andrew" –Aclaró risueño- ¿Qué dices preciosa?. ¿Nos vamos de Luna de Miel?.
Ella ladeó su cabeza y con una efusiva sonrisa le contestó.
-Contigo hasta el fin del mundo mi "príncipe".
Y así fue que con un tierno beso, ambos rubios sellaron un nuevo pacto de amor, de devoto amor, pues sin importar los problemas que les pusiera la vida, ellos jamás volverían a separarse.
FIN
