El destino del heredero
Ino bajó el arreglo que tenía en las manos, temiendo que lo iba a soltar en cualquier momento.
Las noticias de las seis, que se sintonizaban religiosamente en la florería todos los días, anunciaban la muerte del líder del grupo radical Akatsuki, Izuna Uchiha, abatido durante un enfrentamiento armado contra las fuerzas militares de la alianza de las Cinco Naciones.
Debió sentarse en la silla al escuchar que se presuponía que el liderazgo del grupo lo heredaba su sobrino, Sasuke Uchiha, lugarteniente hasta entonces.
Sintió que se habría un hueco enorme en su estómago. Cerró los ojos tan solo queriendo imaginar cómo estarían recibiendo la noticia sus amigos, en especial Naruto y Sakura, que le profesaban un afecto extraño y que no creía correspondido, por parte de Sasuke.
Como muchas otras veces, en los ocho años que habían pasado desde abandonó el País del Fuego junto con su tío, sintió que quería llorar, que quería correr y abrazarlos, o cuando menos saber cómo habían sobrellevado el terrible año que supuso lograr el cese al fuego en las fronteras.
Konoha estaba geográficamente ubicada lejos de ellas, pero al ser el centro administrativo y económico, a veces tenía pesadillas con bombardeos, en los que ninguno de los simulacros que habían hecho en la escuela podía asemejarse remotamente a lo que pasaría en la realidad.
Mientras tanto, ella estaba lo suficientemente lejos de cualquier conflicto, en un país neutral en el que ni siquiera existía la extradición para ninguna otra nación.
Debió apagar el televisor, necesitaba asimilar lo que acababa de escuchar.
Sin embargo, no tuvo tiempo siquiera de llorar, la campanilla de la entrada anunciaba la llegada de alguien así que se pasó el dorso de la mano por los ojos para borrar todo rastro, y se giró para recibir al cliente.
—Ino-chan.
Saltó en su sitio, mirando fijamente al hombre; pese a la conveniente política exterior del País del Hierro, su tío había insistido en usar nuevas identidades, por lo que, hacía mucho tiempo que no escuchaba su nombre, y hacerlo, solo podía significar problemas.
El hombre se quitó el gorro de lana gris, sonriendo de medio lado.
—Perdone, creo que esta confundido, ¿en qué puedo ayudarlo?
—Mi nombre es Genma Shiranui, estuve bajo el mando de tu papá mientras serví en el departamento de inteligencia de investigaciones especiales de Konoha.
Recelosa, Ino inclinó levemente la cabeza. Miró de soslayo su teléfono móvil, necesitaba mandarle un mensaje a su tío para que no volviera. Sin embargo, el hombre notó ese movimiento.
—Fū Yamanaka me llamó —dijo —. Te he estado buscando por mucho tiempo.
—¿Por qué?
Genma no le permitió reaccionar a nada más, se acercó a ella, usando otra silla disponible en la recepción que había montado para atender normalmente a novias que buscaban presupuestos y opciones.
Dejó su gorro al lado del biombo que mantenía en exhibición una extraña planta que jamás le habría pasado por la cabeza que encontraría en un lugar como ese. Toqueteó el cristal con delicadeza y luego volvió su atención a la muchacha.
—Porque le prometí a tu papá que te llevaría a casa.
Ino sintió esa declaración como el golpe fulminante a su cada vez más frágil determinación a quedarse ahí, sin embargo, sabía también lo que le esperaba a su tío, lo que la llevó a preguntarse qué tan cierto era que él mismo le había llamado, o cuál era el motivo para eso si por ocho años habían conseguido mantenerse seguros.
Se quedaron en silencio un rato, ella no hizo el menor intento por siquiera ofrecer un té o alguna otra comodidad, y al cabo de unos minutos, Fū Yamanaka entraba a la tienda.
Dejó escapar un suspiro al ver la escena, se quitó su propio gorro y aseguró la puerta con un modesto pestillo, girando el letrero a cerrado.
—¿Ya le dijiste? —preguntó, tomando la tercera silla de la mesa redonda.
—No —respondió Genma.
Fū extendió la mano para enlazar sus dedos con los de su sobrina, algo que la hizo reaccionar al momento, dándose cuenta de que era tiempo de más conversaciones que preferiría no tener.
—Vuelve a casa con él —le dijo —. Te he robado tu juventud y tu felicidad.
—Me has mantenido a salvo —respondió ella enseguida —. Lejos de la guerra.
—La guerra ha terminado —continuó diciendo su tío —, el desarme es oficial, incluso Jūbi. Sé que quieres irte desde hace tiempo, lo que puedo hacer, es que tengas un regreso seguro. Genma es un hombre de toda confianza, se hará cargo de los detalles.
En ese momento, Ino ya no pudo controlar las lágrimas, y acabó por soltar la mano de su tío para levantarse, excusándose con necesitar un pañuelo, para ir a la trastienda, si bien, el sonido de sus pasos subiendo las escaleras les dejó en claro que se había ido a encerrar a su habitación.
—Debo confesar —dijo Fū al cabo de un rato—, que creo que nunca entendí del todo lo que era el Jūbi. Siempre creí que era un arma.
—Lo es —respondió Genma—, pero no fue eso para lo que lo crearon. La persona que desarrolló ese programa, tenía la intención de prever y controlar catástrofes naturales. Qué irónico, ¿no?
—Así es la política.
—El consejo que decidió el asesinato de Minato Namikaze por no querer usarlo en la guerra, está muerto. No puedo creer que le hayan traicionado así.
—Así es la política —repitió Fū —. Vi en las noticias que Kakashi ganó las elecciones.
—Es él quien está garantizando que no hay ningún problema con el regreso de Ino.
—¿Qué hay de mí?
—Lo mismo de siempre, si vuelves te van a ejecutar.
Fū dejó escapar un suspiro, pasándose una mano por entre el pelo.
—Voy por Ino —repuso tras un largo rato en que se quedaron en silencio.
.
Hacía ocho años habían llegado a la casa de seguridad que originalmente debía servir de escondite a Danzō. La encontraron en un estado adecuado pese al abandono en una zona con clima tan extremo, nevado la mayor parte del año.
Requirieron de algunas remodelaciones para poder montar la florería.
Aun se encontraban lejos del alcance que Inoichi había logrado, con sus inmensos invernaderos definiendo su silueta en el horizonte, pero al cabo de un año, finalmente obtuvieron la forma que deseaban, con un negocio estable y la vida tranquila a la que Fū se había negado por tanto tiempo.
—¿Puedo pasar? —preguntó tras llamar a la puerta.
—Está abierto —respondió Ino.
Fū encontró a Ino sentada al pie de la cama, con la postura desgarbada, mirando nada en particular.
—No estoy tratando de deshacerme de ti —le dijo, sentándose a su lado.
—No dije que lo estuvieras haciendo.
—Pues deberías al menos pensarlo. Hace ocho años te arrastré aquí porque no quería estar solo.
—Dijiste que era porque no querías abandonarme. Y somos familia.
—Vas a cumplir veinticinco, me parece que es razonable que entiendas que soy una persona bastante egoísta.
Ino casi se rio por eso.
—¿Por qué ahora?
—Porque todos los viejos están muertos. Lo jóvenes están tomando posiciones importantes, puede sonar utópico, pero es tiempo de que se reconstruya lo que echamos a perder.
—¿Y para qué sería útil una florista?
—Sabes tan bien como yo que puedes volver a la escuela si así lo quieres, y Konoha hizo sobrevivir su nivel educativo en estos años.
Ino era adulta, una mujer atractiva, y avispada pese al exilio al que la había sometido en un sitio que apenas le gustaba.
Pasó la mano por su pelo, tan suave y brillante.
La pequeña ciudad en que se había convertido el pueblo, la adoraba por su perspectiva única de hacer girar un evento en torno a las flores; había hecho que las bodas tradicionales se tornaran en verdaderas celebraciones, abriéndose camino entre el inclemente clima y la apatía original de los habitantes.
Su modesta fama había trascendido lo suficiente como para incluso ser solicitada por parejas de las zonas aledañas.
A veces pensaba que había elegido las bodas por su padre, porque fue el último trabajo que, de alguna manera, planearon juntos, o quizás soñaba con la suya.
—Yo no podré volver jamás —le dijo —. Y te he visto mirar todas las noticias sobre Konoha. Sé que quieres volver.
Ino suspiró, entrecerrando los ojos.
—Lo siento.
Fū se inclinó sobre de ella, besándole la frente.
—No te disculpes.
—¿Tiene que ser ahora?
—No creo que Genma tenga todo el tiempo del mundo.
—No quiero dejarte —sollozó, echándole los brazos al cuello.
—Pero tienes que hacerlo.
.
Genma miró un instante a Fū antes de cerrar la puerta del taxi.
Ese ruido sobresaltó a Ino, que súbitamente giró en el asiento para ver por la ventana trasera al hombre, y la florería.
—¿De verdad no pueden tocarlo aquí? —preguntó.
Genma asintió quedamente.
—No es que no tengan ganas de ponerle la mano encima, es que, de todos los problemas, es el menor. Por raro que parezca, considerando para quién trabajaba y lo que hizo.
De pronto, ni bien el auto se ponía en marcha, Ino bajó la ventana del auto, asomando casi medio cuerpo.
—¡Para la boda de Keiko-san, no la dejes hacer su ramo con gerberas! ¡Hay que sembrar la espuma blanca porque me la acabe en la boda de Chieko-san! ¡Y no te olvides de darle de comer a las venus!
Genma la dejó dar un montón de indicaciones, aunque estaba seguro de que Fū hacía rato que no la escuchaba, la nieve y la distancia habían sofocado su voz. Ella solo necesitaba gritar, sacar de dentro de ella todo lo que fuera que sentía al respecto de un nuevo cambio abrupto en su vida.
En algún momento ella misma comprendió que no había nada más que hacer, y volvió a entrar al auto.
—Perdiste tu gorro —observó el hombre.
Ella se llevó las manos al pelo, revuelto y húmedo, dándose cuenta de que era verdad.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó.
—Lo que quieras que pase.
—Haces que suene tan fácil.
.
El aeropuerto no se parecía de nada a lo que recordaba de la vez que acompañó a Sai para despedirlo en un viaje de su escuela.
Los recuerdos la sobrecogieron al punto de obligarla a encogerse en su asiento, tomando la manga de Genma por instinto, como si temiera perderse en ese lugar.
¿Y si sus amigos la rechazaban por haberse escapado mientras que ellos debieron pasar todos esos años ahí?
¿Realmente aún tenía lugar ahí en Konoha?
—Tranquila— susurró el hombre palmeando su mano.
El proceso completo debió tomar al menos dos horas, aunque ya se había hecho parte del trámite debido a la irregular situación por la que, en primer lugar, la chica había salido del país siendo menor de edad, usando un nombre falso en el extranjero y por lo mismo, prácticamente reingresando sin documentos de identidad.
Y cuando por fin salieron, el radiante sol de Konoha la recibió, obligándola a cerrar los ojos.
Se quedó de pie, tan solo mirando ese sol que, de ninguna manera, podría ser el mismo disco pálido al que se había acostumbrado. Tan cálido, brillante y extraño.
—Te reserve una habitación de hotel —dijo Genma —. Mientras decides lo que quieres hacer.
Ino se giró para verlo.
—¿Podemos ir a la casa?
—¿Estás segura?
—Realmente quiero hacerlo.
Él asintió, y le abrió la puerta del acompañante del auto, recorriendo todo el camino en silencio.
No hubo necesidad de anunciar lo cerca que estaban, aun con todo lo que había cambiado: las casas que ya no estaban, lo edificios que se habían levantado, las calles y avenidas, algo en todo eso no había cambiado absolutamente nada: unas estructuras sobresalían como un palacio de acero y cristal.
El corazón de Ino dio otro vuelco, sin darse cuenta había empezado a respirar demasiado rápido como para que fuera normal.
Genma aparcó en la entrada. Él tampoco podía apartar la mirada del lugar, pero por otros motivos.
Durante el primer año, cuando las tropas entraron en combate, si bien habían conseguido librar bastante de los daños debido a que la fuerza aérea interceptó casi todo, no pudieron sacar un saldo blanco, y ese era el motivo por el que esa zona había cambiado tanto, así que, el hecho de que esos invernaderos estuvieran de pie, era imposible.
Con la mano temblorosa, Ino sacó de su bolsa una llave que había guardado por ocho años junto con sus más preciados tesoros.
Entró fácilmente, y giró sin problemas.
La tienda la recibió con un aire frío, ligeramente mohoso.
Estaba vacía; sin anaqueles ni tinas. Solo el abandonado mostrador al fondo con la caja registradora.
Genma la tomó por el hombro, pasándola detrás de él mientras deslizaba una mano hacia el arma que llevaba en la cintura, y pasaba la otra por el mostrador: no había polvo.
Una maceta de cerámica se precipitó contra el suelo rompiendo abruptamente el silencio en que se había sumido el lugar.
—¿Ino?
Sakura no supo cómo fue que su voz no se quebró y fue capaz de articular el nombre sin ponerse a llorar.
—¿Sakura?
Quietas, como si hubiesen visto un fantasma o creyeran que se trataba de una confusión, ninguna hizo nada.
Con unos viejos jeans, demasiados grandes para su delgadísima figura, una camiseta desteñida y el pelo rosa recogido en una media coleta mal hecha, denotando lo corto que estaba, Sakura rompió a llorar, dando el primer paso que hizo reaccionar a Ino, dándose el encuentro a medio camino.
—¿Quién diablos te dijo que ese corte te queda bien? ¡Tu frente acapara toda la vista! —chilló Ino.
—¡Estás tan gorda que le haces honor a tu nombre Ino-cerda!
Genma dejó escapar un suspiro, volviendo a ocultar su arma.
Las dejó estar, encaminándose al interior para mirar cómo el ordenado invernadero que había visitado alguna vez en la búsqueda del ramo perfecto para expresar su sincera disculpa por tener que trabajar en un aniversario, se había convertido en un hábitat casi salvaje, con enredaderas, arbustos y flores mezclándose, casi como un escenario donde seguro vivía cualquier cantidad de seres imaginarios.
Una avecilla salió asustada de su escondrijo en un arbusto al sentir su proximidad, levantando el vuelo. Genma lo siguió con la vista hasta que se perdió por una de las ventilaciones abiertas. El sol destellando en el cristal lo cegó un poco.
Hubo más gritos en la tienda, alguien había llegado y se unía a los chillidos de las muchachas.
Debió de imaginar que no era el único que tenía a la chica presente.
Ella tenía una vida antes de eso, y sus amigos habían convertido ese lugar en un pequeño hito de esperanza, un símbolo de que no iban a dejar en el olvido la vida, la belleza y todo lo que fueron antes de la guerra; como todo ese lugar, volverían a crecer.
Minato Namikaze amaría ese espíritu con olor a tierra húmeda, hierba recién cortada y flores, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que realmente había cumplido, con todo y que estaba lejos de ser un héroe de guerra.
Comentarios y aclaraciones:
Temo decir, que estamos llegando al final.
Así es, después de tanto tiempo y tantas penurias, estamos llegando al final de esta historia.
¡Gracias por leer!
