Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Hay OOC
«Hidan»
Era imposible hacer caso omiso de esa maldita mujer.
No habría podido dejar de fijarse en ella aunque estuviesen en una gigantesca sala de baile, pero en la estrechez del carruaje lo perturbaba aún más. Todos sus sentidos estaban pendientes de ella, cada vez que respiraba, el suave aroma a lilas inundaba su olfato.
Desesperado, cerró los ojos con la esperanza de poder dormir, pero fue en vano. En cambio, imágenes de ella se arremolinaban en su mente. Imágenes que nada en el mundo podría borrar.
¿Qué necesitaría para erradicarla de su cerebro, de su corazón, de su alma?. Abrió ligeramente un ojo. Ella estaba sentada frente a él, leyendo un libro con aire tranquilo, cosa que le dolió. Saltaba a la vista que él era el único que estaba sufriendo.
Cerró el párpado y reprimió un gruñido. Por todos los diablos del infierno, estaba resuelto a sufrir en silencio.
Aunque muriese en el intento.
El viaje en coche la había dejado fría.
Hinata bajó del carruaje en Dover y estiró los músculos entumecidos. Había soportado una tortura atroz. Cinco horas fingiendo leer un libro cuyo título ni siquiera recordaba. Y Naruto sentado enfrente, durmiendo todo el tiempo.
Con gusto habría conciliado el sueño ella también, pero apenas podía estarse quieta, así que cerrar los ojos resultaba impensable. Pasó todo el viaje mirando el libro, mientras su corazón intentaba desesperadamente convencer a su mente de que aceptara la oferta que Naruto le había hecho hacía unas semanas: llevar adelante su vida conyugal buscando la manera de que ella no quedase embarazada.
Pero por más que su corazón se lo rogaba, su mente se negaba a escucharlo. «Bastaría con un pequeño descuido —y no sería raro que yo cometiese un descuido cuando Naruto me tomara entre sus brazos— para que me quedara encinta. Y sé muy bien cuál sería el destino de la criatura», pensó.
Un escalofrío bajó por su espalda. Por mucho que le doliese su decisión, no podía exponer a Naruto al sufrimiento que le causaría la muerte de su hija.
Naruto se quedó mirando al posadero.
—Perdone, ¿cómo dice?
—Sólo queda una habitación, excelencia —repitió el anciano.
Naruto tuvo que contener el impulso de golpear las paredes con los puños. Maldición, ¿qué otra cosa podía salir mal? Pero se apresuró a desechar ese pensamiento. Más valía no hacerse esa pregunta.
Y no tenía sentido desahogar sus frustraciones en el posadero. No era culpa suya que el hostal estuviese completo. Después de indicarle al criado que llevase el equipaje a la habitación disponible, él y Hinata siguieron al posadero escaleras arriba.
La habitación era pequeña pero alegre, y prácticamente todo el espacio estaba ocupado por una cama de aspecto confortable con un cobertor primorosamente bordado.
—Hay agua fresca en la jarra, excelencia —señaló el hospedero—. ¿Necesitara alguna cosa más?
Naruto desvió su atención de la cama y de la miríada de pensamientos que le inspiraba.
—Nada más, gracias.
El posadero se marchó y cerró la puerta a su espalda. Naruto observó a Hinata, que jugueteaba con los lazos de su sombrero. Ella lo miró y esbozó una sonrisa vacilante.
—Esto resulta... un tanto violento —dijo.
Él se le acercó, sin despegar los ojos de ella.
—¿Violento? ¿Por qué? Somos marido y mujer.
Las mejillas de Hinata se tiñeron de carmesí.
—No puedo acostarme en la misma cama que tú.
—Ya lo has dicho antes. Pero, por desgracia, sólo hay una cama, y nosotros somos dos.
—Dormiré en el suelo —dijo ella, intentando parecer segura de sí misma, pero el ligero temblor de su voz delataba su nerviosismo.
Bien. No estaba tan serena como quería aparentar. Él acababa de pasar cinco horas angustiosas, de modo que la idea de que quizás ella también estuviese angustiada lo animaba considerablemente.
Avanzó otro paso hacia ella. Los ojos de Hinata refleja ron cierta sorpresa, pero consiguió mantenerse firme. Un paso más, y él detectó su respiración bastante agitada. Dos zanca das más lo colocaron justo enfrente de ella. Sus ojos color plateados parpadearon con evidente aprensión, y él, muy a su pesar, tuvo que admirar en su fuero interno la gran valentía que demostraba al no retroceder ante él. Pero deseaba hacerle perder la calma, maldita sea. Del mismo modo que ella le había hecho perder la suya.
—No es necesario que duermas en el suelo, Hinata —susurró, bajando la vista hacia su boca.
—Me temo que sí.
—¿Lo dices porque no confías en mí y crees que intentaré seducirte?
—Confío en ti —musitó ella—. En quien no confío es en mí misma.
El dolor en su voz hizo que él la mirase con más intensidad. Escrutó su rostro, el brillo de vulnerabilidad en sus ojos, el de seo que oscurecía sus ojos, y se le cortó la respiración. Intuía que ella intentaba ocultarlo desesperadamente, pero su mirada la delataba: le deseaba. Irradiaba deseo, como el sol irradia calor; una señal para él.
Naruto levantó la mano para tocarla, pero los dedos se le crisparon y resistió el fuerte impulso. Los ojos de Hinata le de cían que podía seducirla, pero él no soportaría la aflicción de dejarla marchar de nuevo, de oírle decir de nuevo que planeaba abandonarlo. Aunque la deseaba con toda su alma, su traición todavía le dolía demasiado.
Le dio la espalda, se acercó a la ventana y se llevó las manos a la cara. Se le ocurrió que las visiones de Hinata eran una espada de doble filo. Por un lado, lo habían ayudado a seguir el rastro de Hidan, quien a su vez, con un poco de suerte, lo conduciría hasta Menma.
Pero las premoniciones de Hinata le habían arrebatado su matrimonio, su esposa, la esperanza en un futuro feliz. La posibilidad de tener hijos. No le habían dejado más que rabia, dolor, resentimiento y una pena tan profunda que no sabía si algún día se recuperaría.
La oyó cruzar la habitación y se volvió. Se quedó petrificado al ver que ella se encontraba a un palmo de él. Hinata se sobresaltó también al tomar conciencia de su súbita cercanía. Naruto no tenía más que alargar la mano para tocarla..., dar un paso al frente para estrecharla entre sus brazos. El cerebro le ordenó que se alejara, pero sus pies permanecieron inmóviles, como si alguien le hubiese clavado los zapatos al suelo.
Naruto veía con claridad cada una de las pequeñas pecas de su nariz, las pestañas negras como el carbón que le rodeaban los bellos ojos..., ojos que no quería mirar, pues ya lo habían engañado demasiadas veces. Bajó la mirada hacia su boca y de inmediato le vino a la memoria la sensación de sus suaves labios contra los suyos, entreabiertos para recibir su lengua. Se sintió lleno de deseo y apretó los puños, obligándolos a quedarse quietos a sus costados. Maldición, tenía que salir de esa habitación.
—Duerme tú en la cama —dijo, rodeándola para dirigirse a la puerta—, yo bajaré a tomar una copa. Ya encontraré algún otro sitio donde dormir.
Ella se estremeció y luego lo miró fijamente.
—No es necesario que me restriegues por las narices tus... planes nocturnos.
Él se detuvo, con una mano en el pomo de la puerta.
—¿Cómo dices?
—Naturalmente, no espero que practiques la abstinencia durante el resto de nuestro matrimonio, pero agradecería algo de discreción por tu parte.
Una emoción que Naruto no acertó a distinguir centelleaba en los ojos de ella. Naruto se inclinó haciendo una reverencia exagerada.
—Entiendo. Tu generosidad al mostrarte dispuesta a compartirme me abruma y, si se presenta la ocasión, procuraré ser discreto. Sin embargo, mi plan nocturno para hoy consiste en dormir en ese sillón. —Señaló con la cabeza una butaca que ha bía en un rincón—. Pero primero quiero un brandy. O dos. Tampoco quería descartar la posibilidad de tomarse tres.
Salió de la habitación, cerró la puerta tras sí y respiró profundamente. Maldición, sospechaba que probablemente le haría falta una botella entera.
El buque atracó en Calais al atardecer, y Naruto y Hinata fueron los primeros en desembarcar. Él se dispuso a conseguir un medio de transporte que los llevase a Marck, y de inmediato descubrió lo valiosa que era Hinata como compañera de via je. Ella entabló una conversación en francés impecable con el dueño de los establos, y diez minutos después tenían a su disposición una elegante calesa tirada por dos caballos zainos. Sólo Dios sabía qué habrían obtenido si él hubiera tenido que encargarse de buscar un medio de transporte.
Agradecido e irritado a la vez, Naruto se acomodó en el asiento de piel. Antes de que pudiese extender el brazo para ayudar a Hinata, el dueño de las cuadras la subió a su asiento. Naruto notó el brillo de admiración en los ojos del hombre y lo fulminó con la mirada. Maldita sea, tenía que aprender a decir en francés «Deja de mirar a mi esposa, desgraciado». Impertérrito, el hombre se limitó a sonreír y se alejó tranquilamente.
Naruto tomó las riendas, puso la calesa en movimiento y centró su pensamiento en la misión que tenía por delante. Tardarían aproximadamente una hora en llegar a Marck. Si todo iba bien, encontraría a Hidan y al fin obtendría las respuestas a las preguntas que lo atormentaban, sobre las cartas de chantaje e incluso tal vez sobre el paradero de Menma.
El carruaje sufrió una sacudida a causa de un bache, y el hombro de Naruto chocó con el de Hinata. Al mirarla de reojo, se percató de que estaba pálida y tenía las manos crispadas. De ninguna de las maneras permitiría que lo acompañase cuando fuese al encuentro de Hidan. El hombre era peligroso. Sospechaba que a Hinata no le gustaría su decisión, pero...
Ella lo agarró del brazo.
—Naruto...
Al volverse, éste vio auténtico miedo en sus ojos.
—¿Qué sucede?
—Debemos darnos prisa.
Una gran sensación de alarma le recorrió la espalda al oír su tono.
—¿Por qué?
Ella se apretó las sienes con los dedos y sacudió la cabeza.
—No estoy segura. No lo tengo claro. Pero él está cerca. Y sé que debemos apresurarnos. —Se puso blanca como la cera—. Por favor. Es cuestión de vida o muerte.
Naruto agitó las riendas y los caballos se lanzaron a galopar.
Hinata se aferró a su asiento mientras la calesa avanzaba como un relámpago por el camino. Imágenes fugaces desfilaban por su mente, difusas, oscuras y amenazadoras.
—Cuando lleguemos al pueblo, te dejaré en un hostal —le dijo Naruto, con el rostro tenso de concentración mientras conducía a toda velocidad.
Ella abrió la boca, pero antes de que pudiera protestar él tiró de las riendas. Los caballos se detuvieron ante una bifurcación del camino. Los dos ramales estaban bordeados de árboles. Parecían idénticos.
—Maldición. —Naruto se mesó los cabellos—. ¿Hacia dónde debemos ir?
Hinata miró alternativamente a uno y otro camino, pero no percibió nada.
—Ayúdame a bajar —dijo.
Él la contempló unos instantes y luego saltó al suelo para ayudarla. En cuanto los pies de la joven se posaron en tierra, ella echó a correr hacia la bifurcación. Tras respirar profundamente se arrodilló, cerró los ojos y puso las manos en el suelo.
Varias imágenes destellaron en su cabeza, y se esforzó por relajarse para intentar conseguir una visión nítida. Tardó va rios minutos, pero cuando por fin lo consiguió las imágenes eran de una claridad meridiana y devastadora: se vio a sí misma sangrando, perdiendo el conocimiento. Muriéndose.
Dios santo, ¿qué debía hacer? Si le contaba a Naruto lo que acababa de ver no la dejaría ir con él. Insistiría en llevarla al pueblo, lo que supondría un retraso que lo haría llegar demasiado tarde.
Sabía que alguien iba a también sabía que si lo acompañaba probablemente no regresaría con vida. Abrió los ojos, se puso de pie y se volvió hacia él.
—Tenemos que tomar el camino de la izquierda.
Naruto cubrió de una zancada la distancia que los separaba y la agarró por los hombros.
—¿Qué ocurre?
—Nada. Yo...
La sacudió con fuerza.
—No me mientas. Estás cadavérica. Algo te ha asustado. ¿Qué has visto?
—Debemos tomar el camino de la izquierda. Entonces lo encontraremos.
—No pienso llevarte...
—Si no nos ponemos en camino ahora mismo, llegaremos demasiado tarde. —Se soltó de sus manos y corrió hacia el carruaje—. Por favor, date prisa.
Él le dio alcance y la aferró por el hombro.
—¿Demasiado tarde para qué?
Hinata luchó contra el pánico que amenazaba con apoderarse de ella.
—Alguien va a morir. No sé quién. Sólo sé que estamos perdiendo tiempo, un tiempo que no tenemos. —Al comprender que debía ofrecerle alguna garantía de su propia seguridad, añadió—: Yo me quedaré en el coche o me esconderé en el bosque. Haré lo que consideres más conveniente, pero debemos irnos ahora.
Naruto no se lo pensó un segundo más. Rápidamente la ayudó a subir y saltó al pescante. Con un tirón de las riendas puso en movimiento el vehículo y enfiló el camino de la izquierda.
Un cuarto de hora después, Hinata agarró a Naruto por el brazo y señaló:
—Mira.
Él detuvo la calesa. A lo lejos, una columna de humo gris se elevaba sobre los árboles.
—Parece que sale de una chimenea.
Hinata cerró los ojos.
—Sí. Una chimenea de piedra. Es una casita de campo. —Abrió los párpados y lo miró a los ojos—. Ahí vive Hidan, Naruto. Está allí.
La expresión de Naruto se endureció. Sin una palabra, saltó del vehículo. Cuando ella hizo ademán de seguirlo, él la inmovilizó con una mirada gélida.
—No te muevas.
Tomó las riendas, y tirando de ellas condujo a los caballos y la calesa fuera de la calzada y se adentró en el bosque. Los colocó de tal manera que estuviesen ocultos, pero de cara al camino.
Se acercó al costado del coche y levantó la vista hacia Hinata.
—Permanecerás escondida aquí. Si no he vuelto dentro de una hora, quiero que lleves la calesa hasta el pueblo y te alojes en un hostal. Te encontraré.
El miedo se apoderó de ella.
—¿Te has vuelto loco? No pienso dejarte...
—Has dicho que harías lo que yo te pidiera.
—Ese hombre es peligroso.
Un brillo acerado asomó a los ojos de Naruto.
—Yo también.
—Va armado.
—Yo también.
El miedo la hizo sudar y debió de reflejarse en su semblante, pues él le tendió la mano. Sin dudarlo ella la aferró entre las suyas y rezó.
Él le dio un apretón.
—Estaré bien, Hinata.
El terror que le atenazaba la garganta le impidió responder, así que se limitó a asentir con la cabeza. Naruto retiró la mano y se alejó corriendo entre los árboles hacia la columna de humo.
Ella se apretó las manos para conservar el calor que la piel de Naruto le había dejado y lo observó hasta que desapareció.
«Estaré bien, Hinata.»
—Por supuesto que estarás bien —susurró ella—. Yo me ocuparé de ello.
En cuanto él se hubo perdido de vista, Hinata bajó de la calesa. No contaba con ninguna arma, pero tal vez...
Se estiró y recogió su bolsa de medicinas depositada en el asiento. La abrió y extrajo un saquito que se guardó en el bolsillo. Si lograba acercarse lo suficiente a Hidan y pudiera arrojarle ese preparado de pimienta a los ojos, lo dejaría ciego temporalmente. No era gran cosa, pero no permitiría que eso la detuviese. Si no se ponía en acción en ese preciso instante, alguien moriría.
Respiró hondo y con determinación, agarró con fuerza su bolsa de medicinas y echó a andar por donde Naruto se había ido. Su vestido resultaba muy engorroso a la hora de caminar por el suelo irregular. Una rama espinosa se le enredó en el pelo, y vio las estrellas cuando se soltó de un tirón. Tropezó en dos ocasiones, y la segunda vez se despellejó las palmas de las manos al caer sobre el sendero pedregoso. Sintió tal escozor que le asomaron lágrimas a los ojos, pero sin esperar un segundo se puso en pie y continuó la marcha.
Agotada y sin aliento, avistó por fin la casita, a lo lejos. Se le puso la carne de gallina. Dejando a un lado su temor, siguió adelante ocultándose tras los árboles y en las sombras que proyectaba la luz del crepúsculo, y centró todos sus pensamientos y energías en ayudar a Naruto.
«¿Dónde estás? —se preguntó—. Dios santo, ¿dónde estás?»
Y entonces oyó gritar a una mujer.
Naruto oyó gritar a una mujer.
Con el corazón latiéndole con fuerza, se acercó sigilosamente a la cabaña ruinosa hasta ponerse en cuclillas justo delante de una ventana. Una voz profunda y apagada, obviamente masculina, llegó a sus oídos. Se irguió con cuidado y echó un vistazo sobre el alféizar.
Observó horrorizado cómo el hombre que iba buscando levantaba la mano y golpeaba en la cara a una niña. El chillido de una mujer resonó en la cabaña. La niña se retorció hacién dose un ovillo en el suelo. El cabello le tapaba el rostro, de modo que Naruto no alcanzó a ver si estaba herida o no. Hidan apartó a la niña con el pie como si fuera basura y se acercó a la mujer.
Naruto vio que estaba atada a una silla. Tenía la cara cubierta de moratones y el negro cabello enmarañado. Forcejeaba y sollozaba intentando soltarse.
—¡Hijo de perra! —gritó Naruto—. ¡No le pongas la mano encima!
Hidan se giró hacia la ventana y Naruto se agachó rápidamente. Con la espalda contra la pared, se esforzó por respirar regularmente, controlar su rabia y concentrarse. Debía sacar a la mujer y a la niña de esa casa; No tenía intención de matar a Hidan, al menos no sin antes interrogarlo, pero debía detenerlo. Sacó la pistola del bolsillo y se aseguró de que estuviese lista para disparar. «Un tiro —se dijo—. Tengo un solo tiro para detener a este desgraciado. No puedo fallar.»
Tendría más oportunidades de alcanzarlo si le disparaba a través de la ventana. Por el momento nadie lo había visto, y te nía a Hidan a tiro. Decidido, se puso de pie y miró por la ven tana. Hidan estaba tapándole la boca a la mujer con un trapo. Naruto sostuvo la pistola con pulso firme, esperando a que el cabrón se apartara de ella.
En ese momento, la puerta principal se abrió de golpe. Hidan se volvió bruscamente.
A Naruto le temblaron las piernas, y su corazón dejó de latir por unos instantes.
Hinata estaba en el umbral.
Hinata miró a la mujer atada y a la niña acurrucada jun to a la vieja mesa de madera. La mujer aún estaba viva, pero la niña... Hinata se quedó sin aliento. No alcanzaba a verle la cara, pero percibió el suave movimiento de sus hombros. Respiraba.
Se debatió entre el terror y el alivio. No había llegado demasiado tarde. Seguían con vida. Pero ¿durante cuánto tiempo?
—¿Quién demonios es usted? —le preguntó Hidan en un francés gutural, y cruzó la habitación en dos zancadas furiosas.
Cerró de un portazo, echó el cerrojo y la agarró por los brazos. Sus dedos se le clavaron en la carne y ella no pudo evitar soltar un gemido de dolor.
Lo miró a los ojos y un escalofrío le recorrió la espalda. Su expresión era terriblemente amenazadora. Intentó llevarse las manos al bolsillo para extraer el saquito de hierbas, pero él la apretó con tanta fuerza que Hinata creyó que se le romperían los huesos de los brazos. Naruto estaba cerca, en algún lugar. Te nía que ganar tiempo para evitar que ese demente matara a la mujer y a la niña. Y a ella.
—Contésteme —gruñó él. La zarandeó tan violentamente que le castañetearon los dientes y la bolsa de medicamentos se le cayó de la mano—. ¿Quién es usted?
Hinata tragó saliva y se esforzó por aparentar tranquilidad. Tenía que ganar tiempo como fuera. Al menos la atención de Hidan estaba puesta en ella y no en la mujer y la niña.
«Date prisa, Naruto», pensó.
—Me llamo Hinata.
Los ojos de Hidan quedaron reducidos a rendijas.
—¿Qué hace aquí?
—Yo...
Su voz se extinguió mientras una serie de imágenes desfilaba por su mente. Dirigió la vista a la mujer atada, que le imploraba ayuda con la mirada. Se volvió de nuevo hacia Hidan.
—Es tu hermana —le dijo en tono acusador.
Él soltó una risotada desagradable.
—¿Y a usted qué le importa? —Le soltó un brazo y se llevó la mano a la espalda. Cuando la volvió a mostrar, empuñaba una pistola. Apartó a Hinata de un empujón y ella estuvo a punto de caer al suelo—. Arrímese a la pared —le ordenó él.
Ella se enderezó y retrocedió despacio, con los ojos clava dos en el arma. Dios santo, estaba demasiado lejos de él para arrojarle las hierbas.
—Mi hermana estaba a punto de sufrir una muerte prematura, Hinata. Su inoportuna aparición acaba de condenarla a usted a correr la misma suerte.
Le apuntó al corazón con la pistola.
Al otro lado de la ventana, Naruto luchaba contra el pánico que empezaba a apoderarse de él. Hinata se encontraba justo delante de la ventana, vuelta de espaldas. Hidan estaba a unos cuatro metros de ella, apuntándola con la pistola. A menos que Hinata se apartara, Naruto no tenía la menor oportunidad de alcanzar al hombre con un disparo sin herirla. Había visto al francés echar el cerrojo a la puerta, y ésa era la única ventana.
Ella tenía que moverse. Naruto tenía que conseguir que se apartara, pero ¿cómo?.
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Continuará...
