Capítulo 32. Cuenco espía

Tuvo que volver en sí porque alguien no dejaba de manipularlo y decir su nombre. Entreabrió los ojos con trabajo y descubrió las caras de los integrantes del Trío Dorado encima de él, mirándolo con preocupación, especialmente Harry, oh Harry, y murmurando frases que Draco no comprendía porque sonaban muy lejanas.

Se arrepintió casi enseguida de haber despertado porque el dolor de la herida era inaguantable. No obstante, le aplicaron algo mágico y maravilloso y su sufrimiento amainó. Sintiéndose aliviado, suspiró y se relajó. De nuevo, se sumergió en la inconsciencia.

Cuando volvió a despertar, se encontró acostado en el sofá de la sala de la casa del rancho. Harry estaba sentado junto a él, apuntándole con la varita.

—¡Draco! ¿Cómo te sientes? —preguntó la voz de su madre.

Draco se incorporó hasta quedar sentado y miró a su alrededor con ojos desorbitados. Sólo estaban Harry y Narcisa con él. La serpiente negra de Harry estaba enroscada arriba de un sillón y sacaba su lengua muy despacio, olfateando.

Harry se veía desolado. Tenía círculos negros bajo los ojos, parecía haber perdido la alegría de vivir e incluso se veía más viejo. Draco se preguntó horrorizado cuánto tiempo había permanecido inconsciente, pero entonces notó que tanto él como Harry llevaban la misma ropa, así que no podía haber sido ni siquiera un día completo.

En vez de responder a la pregunta de su madre, tomó a Harry de la chaqueta, asustado. La Negra reaccionó ante ese movimiento repentino desenroscándose un poco y siseándole a Draco, como advirtiéndole que tuviera más cuidado con su amo.

Draco la ignoró.

—¡Harry! ¡Enescu se llevó a Teddy!

Harry lo sostuvo de los brazos.

—¡Draco, cálmate! No te muevas tan brusco, acabamos de sacarte la bala y cerramos la herida, pero no sabemos si...

—¡Insisto en que deberíamos llevarlo a un hospital! —exclamó de pronto Narcisa, quien estaba de pie detrás de Harry—. ¡Aquí en América tendría que haber un hospital mágico como nuestro San Mungo, Potter! Busquemos algo, por favor...

Draco, azorado, recordó lo que le había sucedido. Se pasó la mano por el sitio detrás de su hombro donde le habían dado el disparo. Sintió el agujero de la bala en la ropa, además de una enorme rasgadura y la suciedad de la sangre seca, pero, por lo demás, su hombro parecía estar bien. Ya ni siquiera le dolía tanto.

—¿Qué pasó? ¿Qué me hicieron? —preguntó en un susurro.

Narcisa se retorcía las manos.

—Draco...

—¡Estoy bien, mamá, no te preocupes! —espetó con impaciencia—. En serio, Potter, ¿qué pasó? ¡Dímelo ya, por favor!

Harry lo observaba con la mirada perdida. Pasó saliva y comenzó a narrar a toda velocidad:

—Un grupo de personas con armas muggles nos atacó en el estacionamiento del aeropuerto. Por alguna razón, le dispararon primero a Hermione, pero tú la protegiste con tu cuerpo, por eso la bala te dio a ti. En cuanto caíste, sacamos las varitas e intentamos desaparecernos lejos de ahí contigo y con Teddy, pero alguien no muggle, obviamente, había arrojado un embrujo antidesaparición sobre el sitio. No nos quedó más remedio que defendernos y contraatacar. Ellos no eran muchos y no parecía que realmente tuvieran ganas de eliminarnos, así que, después de repeler su ataque un par de minutos, nos dejaron en paz y se largaron. Pero entonces, cuando pensamos que todo había pasado y estaríamos bien —continuó diciendo y en ese punto su rostro se volvió una máscara de congoja—, Enescu, maldito sea mil veces, quitó el embrujo y se apareció detrás de nosotros, agarrando a Teddy y secuestrándolo. No tenemos idea de dónde está ni por qué se lo llevó —añadió con la voz rota.

Los tres se quedaron mudos durante un momento, procesando la tragedia. Draco sentía que temblaba de miedo y rabia.

—¿Hace... hace cuánto de...?

Harry negó con la cabeza. Se veía tan cansado y triste que daba verdadera pena.

—No estoy seguro, pero creo que no ha pasado ni una hora. En cuanto vimos que era imposible perseguir a Enescu, nos dedicamos a lo siguiente más urgente, que era salvarte la vida a ti. Estabas desangrándote ahí ante nuestros ojos —continuó narrando Harry—, pero conseguimos detener la hemorragia y sacarte la bala, la cual, por fortuna, no pareció hacerte ningún daño interno. Luego, cerramos la herida. Es una suerte que Hermione y yo seamos muy buenos en encantamientos sanadores —agregó con un murmullo—, ventajas de haber vivido la guerra a descampado, supongo. Mm, por cierto, tuvimos que romperte un poco la ropa para poder ver bien la herida. Entonces, Hermione te aplicó un encantamiento para regenerar la sangre y esperamos un rato hasta que el color te volvió a las mejillas. Cuando vimos que estabas fuera de peligro, nos aparecimos todos acá en el rancho. —Miró hacia Narcisa con ojos culpables—. En lo único que podíamos pensar era en ponernos a resguardo, por eso volvimos aquí sin que se nos ocurriera que tal vez tendríamos que haberte llevado a un hospital. Le decía a tu madre que si te aplicaba un rennervarte y no reaccionabas, entonces sí te llevaría de inmediato. Por eso te desperté, lo siento.

Draco lo miró con cariño.

—No te disculpes —susurró—. Gracias por curarme. ¿En dónde están los demás?

—Hermione y Ron llevaron a Andrómeda a las oficinas de MACUSA en San Antonio para levantar la denuncia por el se... por el secuestro de...

No pudo seguir hablando más. Soltó un sollozo y agachó la cabeza.

A Draco se le rompió el corazón. Creía comprender bien lo culpable que Harry debía sentirse porque él se sentía igual. Aunque para Harry, siendo padrino de Teddy y habiéndolo visto crecer desde que era un bebé, tendría que ser millones de veces peor.

Ahora fue Draco quien sostuvo a Harry. Le pasó los brazos alrededor del torso y lo apretó contra él mientras Harry jadeaba y suspiraba intentando tranquilizarse. Por encima del hombro de Harry, Draco intercambió una mirada con su madre, quien estaba pálida de angustia.

—Draco... —comenzó a decir ella, pero Draco negó con la cabeza.

—Estoy bien, mamá, deja de insistir con el hospital. Ahora urgen otras cosas. —Abrazó más apretadamente a Harry y le dijo al oído—: No te culpes, Harry. En todo caso, el responsable soy yo —dijo con una certeza que no cesaba de torturarlo. Andrómeda jamás iba a perdonárselo, lo sabía—. Creo sospechar qué fue lo que pasó y quiénes son los que están detrás de todo, y te juro que voy a hacérselos pagar; pero lo urgente es rescatar a Teddy primero. —Empujó a Harry para mirarlo a los ojos—. ¡El cuenco! ¡Tenemos el cuenco y un cabello de Enescu! ¡Con eso los encontraremos! ¡Oh por favor, dime que el cuenco sigue entero!

Harry se quedó atónito durante unos segundos y respondió:

—Sí, sí, sigue entero. Cuando llegamos aquí, Hermione lo sacó de su bolso y nos cercioramos de que no sufrió ningún daño. De hecho, lo dejó justo ahí. —Señaló una mesa ratonera que estaba a unos metros de ellos. Draco miró y, con un alivio que casi lo hace desmayarse, comprobó que sí era su cuenco Ysbïwr.

La determinación que inundó su ánimo en ese momento, sumada a las ganas de vengarse de Enescu, le devolvieron la energía al cuerpo. Con lentitud, porque todavía le dolía todo, consiguió ponerse de pie. Harry también se levantó.

—Despacio, Draco... —insistía éste.

A Draco le conmovió que Harry, a pesar de todo, aún lo cuidara y se preocupara así por él. Lo miró a los ojos y le tocó una mejilla con la mano.

—Vamos a recuperar a Teddy sano y salvo, te lo juro por todos mis ancestros —le dijo, y Harry se le quedó viendo con los grandes ojos verdes muy abiertos—. Y vamos a darle su merecido a ese maldito hijo de puta. No quedará un pedazo de él lo suficientemente grande para sentir siquiera arrepentimiento, ya lo verás. Ahora, sé buen chico y tráeme el vial con el cabello de Enescu. Lo dejé en la caja fuerte del despacho, ¿te acuerdas?

Harry lo miró con agradecimiento durante un segundo. A pesar de su aspecto demacrado que lo hacía verse más viejo, había un brillo de miedo y desamparo en sus ojos que lo hacían parecer mucho más joven, casi como un niño pequeño. Como un huérfano. El corazón de Draco dio un doloroso vuelco ante ese pensamiento.

Soltó a Harry y agachó la mirada.

Harry salió de la sala con la Negra reptando veloz detrás de él, dejando a Draco a solas con su madre.

—Draco... —insistió ella, nada exitosa en disimular su preocupación.

Draco, quien estaba intentando mirar por encima de su hombro para inspeccionar el desastre en el que habían quedado su chaqueta y camisa, no se atrevía a verla a los ojos. Se sentía culpable de lo ocurrido y no sabía cómo manejar aquel sentimiento.

—Mamá, te lo juro, estoy bien. Por favor, permíteme hacer todo lo posible por arreglar esta soberana cagada. —Narcisa frunció el ceño ante su elección de palabra, pero Draco ni siquiera se disculpó—. Necesito… necesito recuperar a Teddy, así sea lo último que haga. El bienestar de ese niño es lo único que importa en este momento. Cuando todo termine, cuando lo hayamos rescatado… Entonces, iré al hospital a revisarme, te lo prometo. —Se quitó la chaqueta para observarla. Arrugó el gesto con asco cuando tuvo que reconocer que esa prenda ya no tenía remedio: estaba arruinada. Suspirando, se quitó la camisa, la cual estaba igual: rota y manchada de sangre. Maldito Enescu, encima de todo, ahora también le debía haber echado a perder ropa de primera calidad.

Draco llamó a un elfo, le dio los harapos con instrucciones de que los tirara a la basura y le pidió ropa limpia de inmediato.

—¿Cómo está Andrómeda? —le preguntó a su madre.

Narcisa suspiró antes de responder:

—Intenta controlarse, pero sé que está aterrorizada y furiosa. Cuando Potter y sus amigos se aparecieron aquí contigo inconsciente y todo lleno de sangre, y vimos que no traían a Teddy, pensamos lo peor. De cierta forma… Es estúpido decirlo, pero creo que, de cierta forma, saber que Teddy está vivo aunque secuestrado, le dio a Andrómeda bastantes esperanzas pues su primer pensamiento había sido que le había pasado algo más… irreversible, por así decirlo. En cuanto se recuperó del susto inicial, abofeteó a Potter y le gritó cosas bastante desagradables por no haber cuidado bien al niño, pero entre todos conseguimos tranquilizarla un poco. Entonces, Granger hizo una llamada telefónica, no sé si a Inglaterra o a Washington, pero el punto es que consiguió que conectaron la chimenea de esta casa casi de manera inmediata con la red nacional de este país. En cuanto eso estuvo listo, los amigos de Potter y Andómeda se fueron a las oficinas de MACUSA.

Draco asintió. Sentía una pena enorme por Andrómeda (en serio no tenía idea de cómo debía sentirse por saber a su nieto en semejante peligro), pero también pensó que ella no había sido justa al desquitarse así con Harry, que en realidad no era culpable de nada. En todo caso, el único culpable aquí, soy yo, pensó. De por sí, el pobre Harry tenía el complejo de mártir tan metido en el cuerpo que hasta se le escurría por las orejas...

Oh pero Draco iba a matar a Enescu, sí que lo haría. Lo iba a matar del modo más, más doloroso posible, pensó, apretando los dientes.

El elfo regresó en ese instante con otra camisa y otra chaqueta, y Draco se las puso de inmediato.

Ya vestido con ropa limpia y entera, se sintió un poco mejor. Moviéndose con cuidado porque el hombro continuaba doliéndole mucho, Draco colocó el cuenco encima de la mesa principal de la sala y se sentó frente a él. La magia antigua que poseía aquel artefacto exigía un pequeño sacrificio de sangre de parte del ejecutor y un cabello de la víctima a espiar, y, a cambio de eso, otorgaba una visión de lo que la víctima estaba haciendo y mirando. Era como colocar una cámara desde el punto de vista del vigilado. No obstante, sólo era eso. Si Draco y los demás espiaban a Enescu pero no reconocían el sitio donde estaba moviéndose, jamás podrían averiguar en dónde se encontraba. La única esperanza era espiarlo el tiempo suficiente hasta que él les brindara alguna pista segura de su ubicación.

Narcisa se sentó en un sillón cercano justo cuando Harry regresaba con el vial. Ahora traía a la serpiente negra colgando de los hombros. Continuaba viéndose derrotado y muy triste, pero se movía con la energía que le causaba saber que por fin estaban haciendo algo.

Draco lo miró a los ojos mientras Harry se sentaba a su lado y le daba el vial.

—No podemos quedarnos sentados esperando a que los aurores de MACUSA hagan algo. Tendremos que actuar por nuestra cuenta —le dijo Draco. Harry asintió su acuerdo—. El tiempo es vital. No creo que Enescu planeé hacerle daño a Teddy, pero… Está tan loco que no podemos arriesgarnos.

—¿Por qué crees… por qué…? —Harry no pudo completar la pregunta.

Draco agachó la cara. Suspiró varias veces y dijo al fin:

—Creo que… Estoy casi seguro de que Enescu no está actuando solo. El hecho de que nos atacaran con armas muggles me hace pensar que se asoció con alguien… Y creo saber con quiénes.

—¿Quién? ¿Quién podría…?

Draco se atrevió a ver a Harry a los ojos. Aunque le aterrorizaba su desprecio, necesitaba decirle la verdad.

—Deben ser matones del Grupo Cenfuel —dijo e hizo una pausa mientras Harry lo miraba sin comprender. A unos metros de ellos, Narcisa los observaba en silencio—. Justo antes de irnos de aquí al aeropuerto, me burlé de ellos por teléfono y les dije que los iba a demandar a través de un bufete de abogados. Y siendo que Enescu sabía de esto porque lo hablamos delante de él cuando fuimos a la Reserva Kikapú, me hace pensar que, en medio de su desesperación por la falta de dinero, los buscó y se alió con ellos, advirtiéndoles de mis intenciones. Quizá… No lo sé, se me ocurre que, quizá, intentaron matarme a mí para que no pudiera apoyar a los kikapú, o pensaron que, al llevarse a Teddy, yo accederé a todas sus demandas a cambio de su vida. Probablemente me exigirán seguir adelante con la compra del pozo.

Conforme Draco dejaba salir aquellas palabras, pudo ver el rostro de Harry descomponerse en una mueca de resentimiento. Harry no dijo nada, sólo apretó los labios y se quedó mirándolo con los ojos entrecerrados, heridos y angustiados, y Draco pensó que podía escucharlo gritar en su interior: Entonces, ¡tú eres el culpable!

Algo horrible se le retorció en las entrañas y no pudo continuar sosteniéndole la mirada. Bajó los ojos hacia el suelo al mismo tiempo que entraban personas a la sala.

—¡Entonces tú tienes la culpa, Draco Malfoy! —soltó alguien, haciendo eco de sus propios pensamientos. Pero no se trataba de Harry. Había sido Andrómeda, quien, acompañada de Weasley y Granger, estaba de pie bajo el umbral del arco que separaba la sala del resto de la casa—. ¡Hiciste enojar a las personas equivocadas y ahora mi nieto está pagando tu error! ¿Cómo vas a resolverlo? —le gritó y le arrojó un papel en la cara.

Draco lo atrapó al vuelo. Lo miró y sintió que el alma se le caía a los pies. Era una orden de búsqueda emitida por el gobierno americano para la desaparición de un menor de edad. Ver la foto de un Teddy sonriente y feliz pegada en ella, fue como una certera bofetada.

—¡Drómeda! —exclamó la madre de Draco, levantándose de su asiento—. ¡Intento comprender tu dolor, pero creo que está de más culpar a Draco o al señor Potter por lo ocurrido! Ellos sólo estaban haciendo lo que creían, era lo mejor. ¿Cuándo se iban a imaginar que su acto altruista iba a acarrear semejantes desgracias sobre nuestra familia? ¿O que este mago rumano tenía tan perversas intenciones? ¡Te recuerdo que el muy maquiavélico nos engañó a todos en esta casa, hermana, incluyéndote a ti!

Draco se puso de pie y estiró un brazo apaciguador hacia su madre, quien había dado un paso amenazador hacia Andrómeda e incluso parecía a punto de querer sacar su varita. Andrómeda también se veía bien dispuesta a sacar la suya y enfrentarse a hechizos con todos ahí. Granger la aferró de un brazo e intentaba tranquilizarla, pero Andrómeda la ignoraba. Sólo tenía ojos para Narcisa.

—¡Claro, para ti es muy fácil decirlo! —exclamó Andrómeda al tiempo que un par de lágrimas le corrían por las mejillas—. ¡No fuiste tú quien perdió a su familia completa en la guerra, Cissy! ¡Teddy es lo único que me queda! ¡No puedo perderlo también a él, no así! Es... Es sólo un niño —agregó con la voz quebrada.

Hubo una breve pausa en la que nadie se atrevió a decir ni hacer nada y sólo se escuchaba la respiración agitada de la abuela de Teddy. Draco se animó a echarle un vistazo a Harry y lo encontró sumido en la derrota total, con la mandíbula apoyada en el pecho y los ojos fijos en el suelo.

Entonces, Narcisa caminó hacia Andrómeda pero, en vez de cualquier otra cosa más, lo que hizo fue pararse justo enfrente de ella y tocarle el brazo con mano amable. Acercó su boca al oído de su hermana y le murmuró frases que nadie más que Andrómeda pudo escuchar. Andrómeda, con los ojos llenos de lágrimas y la boca torcida en una mueca de dolor, asintió lentamente y se acercó más a su hermana hasta apoyar su frente sobre el hombro de la otra. Ambas Black se quedaron un rato así, la menor consolando a la mayor, mientras ésta luchaba por recuperar la serenidad.

Draco, Weasley y Granger intercambiaron miradas incómodas entre ellos y no dijeron nada. Harry no miraba a nadie; continuaba con los ojos clavados en un punto en el suelo frente a él. La serpiente negra, todavía enroscada a su alrededor, intentaba llamar su atención pero Harry la ignoraba. A Draco le atenazaba el alma porque era obvio que Harry estaba evitándolo a él especialmente.

Cuando Andrómeda, un tanto avergonzada pero ya mucho más tranquila, se alejó de su hermana, Granger carraspeó ruidosamente y comenzó a explicar:

—Levantamos la denuncia correspondiente y me complace anunciar que la búsqueda y rescate de Teddy es en este momento el asunto prioritario de todos los aurores en este país. También se emitió una alerta internacional por si Enescu trata de sacarlo de América. No obstante, la falta de pistas es descorazonadora. No tienen material con el cual trabajar, ya que Enescu no se ha hospedado en ningún hotel o motel, ni tienen registros de su firma mágica que pudiera ayudarles a rastrearlo, ni nada. Nos dijeron que estuviéramos atentos al teléfono o a la chimenea por si Enescu se comunicaba para pedir rescate. Ellos creen que eso puede ser lo más probable.

—Van a mandar aurores a cuidar el rancho, así como expertos en negociación de rehenes por si acaso... —agregó Weasley en voz baja—. No deben demorar en llegar.

—Bien —dijo Draco entonces, sentándose de nuevo ante el cuenco y sacando el cabello del vial—. Mientras llegan, hagamos nuestras propias pesquisas.

—¿A qué te refieres…? —comenzó a preguntar Granger, pero se silenció cuando vio el cuenco y el cabello—. Oh, el cuenco espía. ¡Por supuesto! ¿Qué es lo que puedes hacer con él? —Caminó hasta el sofá donde estaban Draco y Harry y se sentó en medio de los dos, esencialmente porque Harry se había alejado de Draco sin que éste se diera cuenta, dejando suficiente espacio.

A Draco se le estrujó el corazón, pero no se permitió hundirse en sentimientos negativos. Iba a rescatar a su sobrino así se le fuera la vida en ello y, después… Pues que pasara lo que tuviera que pasar.

—Les explicaré sobre la marcha —dijo Draco, respondiendo a la pregunta de Granger. Sacó su varita y la dejó a un lado.

Weasley carraspeó.

—¿Ya… ya estás repuesto, Malfoy? —preguntó el pelirrojo, arrugando el gesto como si le doliera físicamente demostrarle amabilidad.

—¿Eh? Sí, ya, gracias —Draco asintió, distraído. Se sorprendió porque, de pronto, Granger le dio una cariñosa palmada en la rodilla.

—Nos sacaste un buen susto —dijo ella un tanto cohibida—. Y yo... Bueno…

Draco entendió lo que Granger trataba de decirle y eso lo hizo sentirse muy avergonzado e incómodo. No estaba para agradecimientos y menos en ese momento. Negó con la cabeza y movió la mano, restándole importacia.

—Sí, sí, nos salvamos la vida entre todos, yuju, pero ya podremos darnos las gracias después. Ahora lo urgente es salvar a Teddy. —Elevó la mirada para hacer partícipes a todos los demás de su explicación— Voy a usar un cabello que Enescu dejó en el cuarto donde durmió, quemándolo dentro de mi viejo y confiable cuenco espía. No me dará la localización geográfica tal cual, pero seremos capaces de ver y escuchar lo mismo que Enescu en tiempo real. Los invito a tener su varita lista: en cuanto descubramos en dónde se encuentra, yo me apareceré ahí de inmediato para hacerlo pedazos y rescatar a Teddy. Quien guste acompañarme, será bienvenido.

Todos intercambiaron una mirada fiera y decidida y se llevaron la mano derecha hasta la varita. Incluso Harry se sentó al borde del sofá, como listo para levantarse y pelear. Draco sonrió satisfecho.

—Bien. Voy a comenzar. Sugiero que todos pongamos total atención para capturar cualquier detalle que nos ayude a descubrir en dónde está. Él no podrá escucharnos, así que pueden continuar hablando con libertad. —Diciendo eso, Draco colocó el cabello de aquel imbécil en el cuenco y, con un hechizo de su varita, se hizo un corte en el dedo y dejó que la sangre cayera encima. Empezó a murmurar el conjuro una y otra vez—: Ysbïwr, derbyn fy aberth gwaed a gadael imi sbïo ar yr hyn mae fy ngelyn yn ei wneud.

Escuchó a Granger asentir con aprobación, como si ella comprendiera las palabras del conjuro, y Draco no dudaba que así fuera. La traducción, según sabía Draco, era algo como "Espía, acepta mi sacrificio de sangre y déjame espiar lo que mi enemigo hace" en una vieja lengua celta.

Mientras hacía eso, Draco recordó que la última vez que había usado ese cuenco había sido justamente la víspera de Navidad para espiar a Pansy después de que ella lo visitara en su oficina. Esa, y casi todas las otras ocasiones en las que Draco se había servido de aquel cuenco, había sido con propósitos no muy honestos. Quizá era la primera vez que iba a usar su poder de espionaje para algo quizá no loable, pero, al menos, justificado.

Se concentró en el conjuro. Después de recitarlo unas tres veces más, finalmente el cabello y la sangre comenzaron a arder, sacándole un sobresalto a más de uno en la sala. Entonces, lentamente, la llama creció y se cristalizó, convirtiéndose en una esfera similar a las bolas de cristal que empleaban en clase de Adivinación. Una imagen apareció en el interior de la esfera y todos se acercaron a ver.

Era el corredor de una mansión típicamente americana: muebles y decoración de lujo pero modernos. Enescu iba caminando a toda velocidad por ese pasillo: ellos podían ver exactamente lo que veían sus ojos, como si hubiesen instalado cámaras en sus retinas. Draco se retiró con impaciencia el cabello de la frente, luchando por poner atención a cada mínimo detalle, necesitando descubrir la ubicación aproximada de esa casa, cualquier dato que les indicara dónde podría estar…

Recordó su dedo sangrante y se lo llevó a la boca para detener la pequeña hemorragia; no tenía tiempo en ese instante para sanarse.

Enescu llegó ante la puerta principal de aquel corredor, golpeó y entró. Dentro, estaban varios hombres de aspecto rudo sentados y pasando el rato, como si esperaran por algo. Draco no reconoció a ninguno. El que parecía ser el jefe, un calvo que era el más feo y viejo de todos, se giró hacia Enescu con gesto burlón.

—¿Ahora qué quieres, rumano? —le espetó—. Te dije que te quedaras con el niño para vigilarlo. ¿No es también él un brujo como tú?

Draco y los demás intercambiaron una mirada de esperanza. Al menos, ahí tenían una confirmación de que Teddy continuaba vivo. Andrómeda dejó escapar un gemido de alivio y se sujetó del brazo de su hermana.

Draco buscó la mirada de Harry, pero éste seguía evitándolo. Apretando los labios, Draco volvió a concentrarse en la esfera.

Escucharon a Enescu soltar un par de palabras en rumano que, Draco supuso, eran groserías.

—En ningún momento acordamos que yo sería la nana del niño. Se suponía que, para estas alturas, ustedes ya tendrían que haberme pagado mi parte. Mi trabajo era coger al niño usando mi magia porque ustedes jamás habrían podido llegar a él. Malfoy y Potter los habrían matado a todos antes de permitir que le pusieran una mano encima… No tienen idea de con quiénes se están metiendo.

El calvo manoteó hacia Enescu como restándole importancia a lo que decía.

—El jefe quiere que seas tú quien haga las negociaciones. Dice que, al cabo, ya te conocen. Vamos a esperar un par de horas más para que se desesperen, y luego les llamaremos. Y tú te encargarás de eso.

Enescu se enfureció.

—¿Y con quién cojones vamos a negociar si ustedes mataron a Malfoy?

Varios de los hombres se rieron.

—No lo matamos. El balazo apenas sí lo rozó, seguro ahora mismo ha de estar en el hospital, recuperándose. Y, como sea, tienen otros parientes, ¿no? Si no es él, seguro será su madre o su tía quienes paguen el rescate. No es indispensable que esté vivo.

Enescu volvió a murmurar entre dientes.

—De acuerdo, tienen un punto de razón ahí. Pero, cómo sea, yo necesito irme ya. Quiero mi dinero y lo quiero ahora.

El calvo miró a Enescu como si estuviera dispuesto a asesinarlo ya mismo. Draco se preguntó cómo era que el rumano no valoraba su vida al juntarse con gente así.

—Ya te dije que no. El jefe quiere que...

—¡A la mierda lo que quiera tu jodido jefe! —interrumpió Enescu—. ¡Lo que pasa es que quieren seguir contando con mi magia para protegerse! Ustedes, panda de muggles cobardes e inútiles...

—¿Cómo nos llamaste? —preguntó el calvo, levantándose de donde estaba sentado. Se detuvo abruptamente cuando Enescu le apuntó con su varita—. Quita esa cosa de mi cara, rumano. No querrás recibir un disparo en la espalda cuando menos te lo esperes.

Enescu soltó una risotada.

—Claro, como son tan buenos apuntando. Y, hablando de eso, ¿por qué demonios no mataron al cuatro ojos del grupo? ¡Se los dije, imbéciles! ¡Les dije, maten al tipo de cabello negro que trae anteojos! Eran sólo cinco personas y uno sólo traía anteojos, ¿cómo pudieron fallar?

En la sala del rancho, todos los ojos se giraron hacia Harry, quien sólo apretó la mandíbula y no dijo nada. Draco creía que iba a prenderse en fuego de la furia que sentía. De nuevo, Enescu había tenido como objetivo matar a Harry.

Sigue acumulando puntos, pendejo de mierda.

En la esfera, el calvo soltó una risotada.

—A mí no me reclames. El encargado del disparo mortal era Manotas, aquí presente. Ey, Manotas, te habla el rumano, que por qué no mataste al cuatro ojos del grupo, dice.

El tal Manotas, un matón tan alto y fornido que parecía un conglomerado de Crabbe y Goyle y que estaba babeando mientras hojeaba una revista Playboy, miró hacia Enescu con cara de idiota.

—A mí no me dijeron nada de un cuatro ojos. A mí me dijeron: "El primer disparo es para matar a la pareja del rubio". Y eso fue lo que hice. O traté de hacer. Estoy segurísimo de que le habría dado directo en el corazón a esa perra si el güero no se hubiera puesto en medio en el último segundo.

—¡Ella no es su pareja, so burro! ¡Malfoy es homosexual! ¡Su pareja era el de anteojos! —explotó Enescu.

El Manotas se encogió de hombros y continuó mirando su revista, importándole bien poco que Enescu lo estuviera señalando con su varita. Mientras, en la sala del rancho, Granger intercambió una mirada breve y enigmática con Draco antes de volver su atención a la esfera porque "Manotas" comenzó a decir:

—Ella era la única mujer e iba bien pegada y arrastrada con el rubio. ¿Cómo iba yo a adivinar que el tipo es un jodido marica y que esa perra no era suya? Nadie me especificó nada. Para mí, pareja es hombre con mujer y nada más. Tal como dice la Biblia… —bajó la voz hasta enmudecer y volvió a perderse en las páginas de su virtuosa revista.

—Voy a matar a este tipo cuando consigamos llegar a esa casa —murmuró Weasley, quien estaba rojo de furia—. Juro que voy a matarlo.

—Ron, shh.

Enescu gimoteó con impaciencia.

—Olvida eso, igual no importa ya. Lo único que quiero ahora es mi dinero, y lo quiero ya. Necesito largarme del país antes de que Malfoy se recupere y comience a buscarme. —Los matones ya estaban ignorándolo y no parecieron escucharlo. Entonces, Enescu agitó la varita y todas las cosas de cristal en la sala explotaron en mil pedazos.

Enescu tuvo a todos los matones apuntándole con sus armas en menos de dos segundos, pero no se amedrentó.

—¡Quiero mi dinero! —repitió a gritos—. ¿Están seguros de que quieren pelear conmigo? No tienen idea del tipo de maldiciones oscuras que sé hacer. Antes de que cualquiera de ustedes consiga activar su arma, yo ya habré acabado con todos. Les sacaré los intestinos por el culo y los dejaré morir lentamente sin remedio, ¿eso quieren?

Los matones se miraron entre ellos y, ante un gesto del calvo, todos bajaron sus pistolas. El calvo levantó las manos.

—Está bien, está bien. Tú ganas. Le llamaré al jefe. Le diré lo que quieres y veremos si acepta, yo no puedo hacer más.

—Te doy cinco minutos.

—Como sea.

Enescu caminó hacia atrás y cerró la puerta. Una vez a solas en el corredor, se dio la media vuelta y volvió sobre sus pasos.

De nuevo, Draco y todos los demás en la sala se pusieron atentos a cualquier detalle que les indicara su ubicación, pero lo que Enescu veía no revelaba nada. Sólo era una casa común y corriente y, si pasaba junto a una ventana, sólo se veían los árboles y plantas de un gran jardín.

—Mierda, mierda, danos alguna pista… —dijo Draco entre dientes.

—¡Dios mío, qué tortura es esto! —murmuró Granger, tan nerviosa como Draco.

Andrómeda, muy pálida, estaba fuertemente sostenida del brazo de Narcisa mientras ambas observaban la esfera con los ojos muy abiertos. Weasley se había quedado de pie detrás del sofá, de brazos cruzados y con gesto muy serio: también miraba la esfera con gran atención y Draco sabía que nunca lo había visto tan enojado. Harry, sentado al otro lado de Granger, tenía los puños tan apretados que los nudillos se le veían blancos y la quijada tan fuertemente cerrada que Draco podía notar un músculo saltándole en el rostro.

El estrés los estaba matando a todos, y fue peor cuando Enescu abrió otra puerta y, finalmente, pudieron ver a Teddy.

—¡Mi bebé! —gritó Andrómeda y se llevó una mano a la boca.

Teddy estaba atado a una silla con las cuerdas características producto del hechizo incarcerous. Tenía el rostro empapado en lágrimas y los labios muy apretados. Cuando Enescu se acercó a él, Teddy abrió la boca y movió los labios como si le gritara algo, pero no emitió ningún sonido. Enescu soltó una risita burlesca.

Seguramente había silenciado a Teddy con magia.

—Maldito hijo de puta, voy a desollarte vivo —masculló Draco, inundado de odio e impotencia.

Harry, incapaz de ver eso y continuar sentado, soltó una maldición entre dientes y se puso de pie. Comenzó a caminar dando vueltas alrededor de todos, sin dejar de mirar lo que sucedía en la esfera.

—No sé qué quieres decir y no me interesa, niño, así que ni hagas el esfuerzo —dijo Enescu en tono aburrido. Llegó hasta Teddy y le revolvió el cabello azul. Teddy lo miró con rencor, movió la cabeza para quitárselo de encima y su cabello se puso de un vivo color rojo, todavía más rojo que el de los Weasley. Enescu se sorprendió y se movió un poco hacia atrás—. ¡Vaya con el fenómeno! ¿Así que eres un metamorfomago? No tenía idea… —Se quedó mirando al niño durante unos segundos y Draco sintió que el pulso se le aceleraba de puro miedo—. Quizá… quizá cuando todo esto termine, podría llevarte conmigo de regreso a Europa del Este. Conozco cierto mercado donde los niños como tú valen una fortuna.

El enorme candelabro de cristal que pendía del techo en la sala del rancho, estalló en mil pedazos. Granger, con la varita en la mano, la agitó y pulverizó los cristales quebrados hasta convertirlos en arena, la cual cayó suavemente encima de sus cabezas.

Nadie se giró a ver a Harry, aunque todos sabían que había sido su magia la causante de la explosión. Draco todavía podía sentirla pulsando por toda la habitación, impetuosa, furiosa, desesperada y tan… tan Harry. Y es que, no era para menos. Las palabras de Enescu eran horripilantes y los tenían a todos a punto de un ataque de pánico.

Andrómeda estaba sollozando sin control.

En la esfera, Teddy miró a Enescu con más rabia y frunció el ceño. Había dejado de llorar casi desde el instante mismo en que Enescu se había acercado a él y Draco no podía estar más orgulloso de su sobrino.

Iba a rescatarlo, así se le fuera la vida en ello. Y a Enescu, iba a hacérselo pagar con creces.

—En fin, como sea —suspiró el rumano entonces—. Voy a sentarme aquí un rato a acompañarte, para que no digas que no te tengo estima —soltó más risitas. Se dejó caer de culo en un sillón que quedaba justo enfrente de Teddy, cogió un periódico muggle que estaba a un lado y se quedó ahí. Sus ojos iban del diario a Teddy, y de regreso.

Teddy se veía desesperado, y Draco notó que, cuando Enescu no estaba mirándolo directamente, el niño fruncía el ceño y apretaba los ojos, como si hiciera un esfuerzo para algo. Draco presintió que intentaba hacer magia para salvarse, y verlo sufrir así lo estaba matando.

Los minutos comenzaron a pasar largos y tortuosos sin más novedad.

Granger se acercó tanto a la esfera que casi podía tocarla con la nariz.

—El periódico que está leyendo es de San Antonio… Bueno, al menos sabemos que lo tienen aquí cerca, en esta misma ciudad. Oh Dios mío, pero, ¿cuándo irán a darnos más detalles?

Un elfo se apareció junto a la mesa, sacándoles un susto. Hizo un remedo de reverencia y les indicó que habían llegado unas personas a preguntar por ellos.

—Deben ser los agentes que manda MACUSA —dijo Weasley—. ¿Será… será conveniente que vean esto?

Granger negó rápidamente con la cabeza.

—No lo creo, este cuenco funciona con magia negra… No se lo tomarán a bien.

—Yo iré a recibirlos —intervino Narcisa—, ustedes continúen vigilando. Los sentaré en el comedor y les pediré que esperen.

Diciendo eso, la madre de Draco salió de la sala. Todos los demás se quedaron en silencio, observando la esfera.

Transcurrieron cinco minutos más y finalmente vieron a Enescu dejar a Teddy y regresar a la sala donde estaban los matones. El pendejo volvió a tener un intercambio verbal aderezado de muchas palabrotas con aquellos y volvió a exigirles su dinero. El calvo, con una sonrisa petulante, le dijo que en una hora alguien estaría ahí entregándoselo, y a Draco no le dio nada de buena espina la manera en que se lo había dicho.

—Una de dos —les dijo Draco a los demás—, o van a matarlo, o Enescu va a recibir su dinero y se largará de ahí. Hagan lo que hagan, vamos a perder la conexión y la oportunidad de llegar hasta Teddy.

Y de matar a Enescu, completó en su mente. A su lado, Granger asintió.

—Estoy de acuerdo. Además, ¡esto es desesperante! Tiene que haber otra cosa que podamos hacer...

—¿Pero, qué? —exclamó Andrómeda, buscando a Harry con la mirada. Draco también lo miró.

Harry estaba dándoles la espalda a todos. Se veía tan enojado que Draco podía jurar que su aura mágica era casi visible en color rojo. Era impresionante, pero dolía verlo así. Draco sabía que Harry estaba muriéndose de la impotencia de no poder ayudar a Teddy de manera efectiva.

—¡Esperen! Creo recordar haber leído algo al respecto… —exclamó Granger de pronto. Hurgó en el bolso de cuentas que parecía llevar siempre consigo y sacó el libro que le había mostrado a Draco en el estacionamiento—. Aquí, en este libro. Cuando busqué información sobre los artefactos Ysbïwr, encontré algo relacionado a sus funciones. —Hojeó hasta encontrar lo que buscaba—. Aquí está… No lo dice claramente, pero creo entender entre líneas que estos objetos encantados no solamente sirven para espiar, sino que con un sacrificio de sangre mayor te pueden trasladar de alguna forma a donde está el vigilado.

—¡Oh, por Merlín! —exclamó Andrómeda.

—¿Trasladar? —preguntó Harry, girándose hacia ellos y hablando por primera vez en lo que parecían ser horas—. ¿Estás segura?

—¡Hermione! —exclamó Weasley—, ¿por qué no dijiste eso antes?

—Oh, lo siento tanto, ¡lo había olvidado! Es que el libro no es completamente claro. No lo dice así tal cual, yo estoy infiriendo la información por lo que comprendo del conjuro en lengua celta… Así que, realmente, no estoy cien por ciento segura de que funcione.

Harry se acercó y se sentó a un lado de Granger.

—¿Qué tipo de sacrifico mayor? —preguntó.

—El libro no lo especifica. Sólo viene una modificación al conjuro que usó Malfoy hace rato… Algunas palabras cambiadas que dan como resultado "Espía, acepta mi sacrificio de sangre y llévame donde está mi enemigo", nada más. No sé… no sé si ese "llévame" sea literal o sólo sea una manera de hablar.

Draco no había dicho nada, estaba pensando rápidamente en eso y entonces, cayó en cuenta de algo terrible.

—Pero… para poder conjurar eso tendríamos que volver a hacer el maleficio. Y para ello…

Granger entendió de inmediato.

—Oh, cielos. Necesitaremos otro cabello de Enescu. Oh, por favor, ¿no me digan que no tienen otro?

Harry y Draco negaron con la cabeza. Andrómeda se desplomó en un sillón, pálida y derrotada.

—En su cuarto sólo encontramos uno —respondió Harry, poniéndose rojo de rabia—. ¡Maldita sea!

—Pero… —comenzó a decir Weasley, rascándose la barbilla—, si el encantamiento o lo que sea, requiere de un cabello para funcionar y lo que queremos es ir a por Teddy…

Granger se puso de pie de la alegría.

—¡Podemos usar un cabello de Teddy! ¡Oh Ron, excelente idea, eres un genio! —exclamó ella y le dio un beso a su marido.

Todas las cabezas se giraron hacia Andrómeda. Ella pareció reaccionar y se puso de pie.

—Voy a su cuarto a buscar uno. Ahora mismo regreso —dijo con la voz más estable y salió casi corriendo de la sala.

Draco se puso a trabajar enseguida. Echó una última mirada a la esfera del cuenco, la cual, en ese momento, presentaba de nuevo la imagen de Teddy atado en la silla. Draco apretó los dientes y, mentalmente, se despidió de Teddy y le juró que pronto estarían rescatándolo. Con un movimiento de su varita, canceló esa esfera y limpió el cuenco para prepararlo para el siguiente encantamiento. Como Granger se había levantado para abrazar y besar a su pelirrojo marido, había dejado el libro sobre la mesa y Draco aprovechó para leer. Rápidamente, creyó comprender qué tipo de sacrificio era el requerido para ese nivel de magia negra.

Auch. Eso iba a doler.

Lo pensó durante un momento, sabiendo que cualquiera de los presentes en esa sala, especialmente Harry, harían ese sacrificio con gusto con tal de rescatar a Teddy. Pero… Por alguna razón, no se sentía correcto delegarle esa tarea a alguien más. Draco maldijo entre dientes… Sabía que él tenía que hacerlo aunque le asustara. Le correspondía, era su obligación.

Respiró profundo mientras golpeteaba la punta de su varita contra los dedos de su mano izquierda, pensando. Obviamente, no iba a hacerse eso en la mano derecha, ésa la necesitaba íntegra para poder usar la varita. Extendió los dedos de su mano izquierda y observó, sobre todo, su dedo anular. El dedo donde, en "el vistazo", había portado un anillo de oro con la magia de su esposo en él.

Sonrió con nostalgia.

Tampoco sería ese dedo el sacrificado, por supuesto. Lo necesitaba en caso de… Bueno, en caso de que una boda se vislumbrara en su futuro. Tímidamente, le echó un vistazo a Harry, quien, a su vez, estaba observándolo fijamente a él.

Se sorprendió de que por fin Harry pareciera recordar que existía y lo estuviese mirando. Los ojos de Harry eran inquisitivos y conocedores, y Draco arqueó una ceja, como preguntando ¿Qué? ¿Qué sucede?

Harry suspiró, negó con la cabeza y caminó hasta el sofá donde estaba Draco. Se sentó a su lado, completamente pegado a sus muslos. Le dijo en voz baja:

—Sé lo que estás pensando, Draco, y no. No puedo permitírtelo. Tú acabas de recibir un disparo no hace ni dos horas, y perdiste un montón de sangre, así que no vas a hacer… lo que sea que implique este supuesto sacrificio. —Diciendo eso, Harry tomó la mano izquierda de Draco y, con su varita, sanó la pequeña herida que se había hecho en el dedo índice hacía un rato para sacarse sangre. Manipuló la mano de Draco con tanto cariño y cuidado que éste, a pesar de la preocupación que sentía por Teddy, no pudo evitar reaccionar sintiendo mariposas en el estómago—. Lo haré yo. Sólo dime que es.

Draco se permitió perderse durante unos segundos en la verde mirada de Harry. Suspiró, sonrió y lo tomó de la mejilla. Antes de que sucediera otra cosa, se inclinó hacia él y le dio un beso en la boca, intentando transmitirle con eso todo el amor y agradecimiento que sentía por él y que se le acumulaba en el pecho de modo casi insoportable.

Detrás de ellos, Weasley carraspeó y Granger soltó una risita.

—Cállate, Ron. Déjalos…

Draco sonrió, finalizó el beso y apoyó su frente contra la de Harry. Con los ojos cerrados, intentó prolongar ese momento lo más que pudo porque, la verdad fuera dicha, no tenía idea de qué era lo que iba a suceder los siguientes minutos y la incertidumbre lo estaba matando.

—Harry, necesito decirte que… Demonios. Necesito decirte que siento muchísimo esto que pasó. Fue totalmente una cagada de mi parte y soy el único responsable. Pero te juro que voy a arreglarlo. Y después de esto, jamás volveré a permitir que nadie se acerque a ustedes y les haga daño.

Escuchó a Harry suspirar y sintió su cálido aliento contra sus labios.

—Lo haremos juntos. Sea lo que sea, de hoy en adelante, siempre enfrentaremos todo juntos. Sólo… sólo, déjame estar a tu lado.

Draco sintió un nudo en la garganta y no pudo decir más. Se mordió los labios y asintió.

De reojo, pudo ver a Andrómeda llegar a su lado a toda prisa. La bruja se acercó hasta Draco y éste se separó de Harry. Se giró hacia ella y abrió la palma de su mano.

Andrómeda, con la esperanza resplandeciendo en sus ojos castaños, le colocó en la mano un solo cabello delgado y sedoso de brillante color azul. Draco lo miró y se sintió profundamente conmovido. No pudo evitarlo: cerró el puño apretado alrededor del cabello y mentalmente le prometió a su sobrino que iba a salvarlo, costara lo que costara.

—Lo encontré encima de su almohada. Hay más, afortunadamente. Así que si éste se echa a perder, puedo regresar y buscar otro.

—Con este bastará —susurró Draco, luchando por dominar sus emociones. Echó un vistazo a su alrededor y les dijo a todos—: Bien, brujas y magos, preparen su varita. Si lo que dice este libro es verdad, en cuanto conjure el encantamiento algo nos arrastrará hasta donde sea que esté Teddy en este momento. O al menos, se supone que eso tendría que ser. Ya saben, en teoría. Espero que no falle.

—No fallará —dijo Granger, acercándose a la mesa. Weasley iba a su lado, ambos con sus varitas en las manos. Andrómeda también sacó la suya y se preparó, sentándose junto a Draco.

Draco suspiró y miró a Harry.

—¿Listo?

Harry lo miró con intriga.

—Pero no me has dicho lo que…

Harry se interrumpió porque vio a Draco poner el cabello azul dentro del cuenco.

—Espera un momento, Harry —le dijo Draco para ganar tiempo. Rápidamente, agitó su varita y transformó un cenicero de cristal que estaba sobre la mesa, convirtiéndolo en una daga extremadamente afilada. Antes de que nadie pudiera impedírselo y él mismo cambiara de opinión, tomó la daga con la mano derecha y, armándose de valor, abrió los dedos de la mano izquierda encima del cuenco y se cortó de un tajo todo el dedo meñique, el cual cayó sobre el cabello azul con un golpe seco que hizo gritar a las dos brujas presentes en el salón.

—¡Oh por Merlín!

—¡DRACO, NO! ¿Qué hiciste? —gritó Harry a su vez, echándose encima de un muy adolorido Draco, quien estaba sujetándose la muñeca izquierda con la derecha mientras la sangre caía en un chorro encima del dedo cercenado y el cabello del niño secuestrado.

—¡Déjalo, Harry! —exclamó Granger, saltando hacia ellos—. ¡Hay que completar el maleficio! La sangre tiene que caer ahí… Oh, Draco, qué valiente eres, en serio —murmuró ella, mirándolo con los ojos muy abiertos.

Draco sentía que se estaba desmayando por culpa del dolor, así que no podía ni responder. Soltó un bufido incrédulo. ¿Valiente? Intenta con estúpido. Durante unos segundos, nadie dijo nada. El cuenco se llenó de sangre con rapidez y Granger, pálida pero segura de sí misma, agitó su varita sobre la mano de Draco y detuvo la hemorragia con presteza.

Desfallecido, Draco se derrumbó entre los brazos de Harry, quien lo apretó contra su pecho.

—Demonios, Draco, debiste haberme dejado a mí —masculló entre dientes. Draco gimoteó.

—Cállate, Potter, por amor a Salazar.

—Harry, su mano… —dijo Granger.

Harry tomó la mano izquierda de Draco y se la acercó a Hermione. Era cierto que Granger le había detenido la hemorragia del agujero donde antes había estado su dedo, pero aun continuaba doliéndole como los mil demonios y la herida seguía abierta. Además, la pérdida de sangre y haber observado a su dedo desprenderse así de su mano, casi lo estaba haciendo desmayarse.

Entre brumas, Draco vio a Granger echarle en la mano un líquido que le cerró la herida de inmediato. Luego, la bruja le apuntó con su varita y murmuró un par de encantamientos que, Draco supuso, eran para regenerar sangre y quizá para aliviarle el dolor. A los pocos segundos, se sintió mejor. Suspiró contra el pecho de Harry una vez más antes de sentarse derecho otra vez.

—Joder, Malfoy —masculló Weasley, mirándolo con admiración. Y no sólo era él. Draco se dio cuenta, con cierto bochorno, que todos a su alrededor lo estaban viendo así.

Sintió que se sonrojaba.

—Eh… Bien, ahora voy a completar el encantamiento. Tengo que ser yo mismo porque… pues… es mío lo que está ahí dentro —finalizó mientras veía a su dedo flotando junto el cabello entre toda aquella sangre. Era repugnante. Pasó saliva e intentó no pensar en lo que estaba mirando. Tomó su varita con la mano derecha, joder, la izquierda le punzaba tan dolorosamente que le costaba concentrarse, y comenzó a recitar el conjuro con las palabras cambiadas. Tenía el libro abierto a un lado, así que sólo leyó una y otra vez hasta que el contenido del cuenco explotó en llamas.

Esta vez, el fuego era mucho más grande y violento. Todos se prepararon con las varitas en las manos. Harry apretó el brazo de Draco mientas lo miraba con cariño y aprobación. La Negra, quien, en algún punto de toda aquella espera se había bajado de Harry y se había ocultado debajo de algún mueble, regresó con su amo y se le enroscó en el brazo izquierdo, siseando envalentonada, como si también estuviese dispuesta a unirse a la batalla.

La llama del cuenco, en vez de cristalizarse como las veces anteriores, creció y creció hasta desbordarse del plato y de la misma mesa. Todos a su alrededor retrocedieron un poco, pero Draco exclamó:

—¡No se asusten, creo que ya sé qué es lo que…!

No pudo completar la frase. Las llamas, tal como lo había imaginado, se volvieron de color verde (idénticas a las de la red flu) y antes de que pudiera pasar otra cosa y para comprobar si su teoría era cierta, Draco se arrojó hacia delante.

Cayó sobre el fuego y éste lo absorbió por completo, transportándolo, dándole vueltas violentamente sobre sí mismo en una extraña mezcla de red flu y desaparición mágica.

Apretó fuertemente su varita entre sus dedos de la mano derecha mientras soportaba con los dientes apretados el dolor punzante de la izquierda, y sólo pudo desear que eso estuviese funcionando correctamente y sí lo llevara hasta Teddy.

Se preguntó si Harry y los demás habrían podido ir detrás de él.


Capítulo especial porque hoy, 5 de junio, es el cumpleaños de Draco Malfoy! FELIZ CUMPLE, DRACO QUERIDO. Y a todos ustedes: muchas gracias por sus lecturas y comentarios! Nos leemos el martes :)