Capítulo 20
Cuando salimos de aquel ascensor estaba como en una nube, Edward me llevó al restaurante de la esquina, donde cominos con nuestras manos entrelazadas. Parecía imposible que pudiese llegar a querer más a ese hombre, pero sí, día a día sentía como mi amor crecía más y más por él, algo casi imposible, pero que él conseguía sin proponérselo. Después de comer en completo silencio, solo nos mirábamos y sonreíamos… y así fuimos de nuevo hacia la oficina. Cuando cruzamos la puerta Edward se detuvo frente a los escritorios de nuestras secretarias.
— Ángela, aplaza todo lo que tenga que hacer Bella esta tarde —dijo Edward—. Kate… por favor, haz lo mismo con mi agenda.
— ¿Se tomarán la tarde libre? —preguntó Ángela ocultando una sonrisa.
— Así es— contestó Edward sonriéndole también.
Me tomó de la mano y me arrastró hasta el ascensor donde pulso el botón del último piso, el parking. Se acercó a mí y envolvió mi cintura con sus brazos, me atrajo hacia su cuerpo y pegó su frente en la mía.
— ¿A dónde vamos? —le pregunté en un susurro.
— A Forks.
— ¿Para qué? —volví a preguntar.
— Me gustaría que Carlisle te revisase, sé que quizás es un poco pronto, pero estaría más tranquilo.
Simplemente asentí, en poco menos de dos horas nuestro futuro había dado un giro de ciento ochenta grados, no me arrepentía de ello, pero era todo tan de improvisto que todavía no me había hecho a la idea. Entramos en el coche de Edward y viajamos hacia Forks haciendo mil panes, la habitación donde dormiría el bebé, como nos turnaríamos para atenderlo durante las noches… en ese momento me pareció absurdo mi miedo a que Edward no quisiese ser padre, con solo ver su sonrisa y su mirada mientras planeábamos nuestro nuevo futuro para las tres, era suficiente para saber que estaba completamente feliz.
Llegamos al hospital algo más tarde de lo que había pensado, por lo visto Edward había conducido con un poco más de prudencia, cuando le pregunté contestó que ahora transportaba a sus dos tesoros, que tenía que tener el doble de cuidado. Algo que casi me hace llorar… ¡malditas hormonas!
Entramos en el hospital con nuestras miradas entrelazadas, era evidente que éramos felices, nuestras sonrisas se habían quedado permanentes en nuestros labios, y seguro que teníamos hasta un brillo diferente en los ojos. Nos detuvimos frente al despacho de Carlisle, donde Jane, su secretaria, nos detuvo.
— Por favor, soy Edward Masen, el sobrino del Doctor Cullen, ¿podría decirle que estoy aquí con mi prometida? —preguntó en tono amable.
Yo solo pude sonreír ante como me llamó, después de todo, ser la prometida de Edward no era algo malo, para nada, estaba completamente feliz ante ese hecho.
— El doctor los está esperando —dijo con una sonrisa de fingida, esas que tanto odiaba.
Caminamos lentamente hasta el despacho y justo un segundo antes de que Edward tomase el pomo de la puerta esta se abrió de repente mostrando a un sonriente Carlisle.
— ¡Hijo! —casi gritó— ¡Qué sorpresa¡ ¿A qué debo el honor de esta visita? —preguntó mientras se hacía a un lado para que pudiésemos entrar en su despacho.
Despacho que no estaba para nada como lo recordaba, las paredes blancas repletas de cuadros ahora eran de un azul tan pálido que apenas se apreciaba, la ventana ahora tenía unas cortinas celestes, y la mesa de caoba había sido sustituida por una de haya. Se percibía la mano de Esme allí donde mirases, y la decoración minimalista en la estantería del fondo era claramente del estilo de Alice.
— Hola Bella, cariño —dijo abrazándome— ¿no te habrás caído de nuevo, no? —preguntó sonriendo.
Me sonrojé mientras reía nerviosamente… las pocas veces que había estado en el despacho de Carlisle era precisamente por eso, porque mi torpeza me jugaba malas pasadas y acababa necesitando atención médica.
— No, estoy perfectamente —musité.
— ¿Entonces? ¿A qué habéis venido? No me malinterpretéis, me alegro de veros, pero no es habitual —dijo sin perder todavía esa deslumbrante sonrisa que lo caracterizaba.
Edward y yo nos sentamos en las dos sillas que había frente a la mesa de Carlisle, él se sentó en su sillón habitual con las manos entrelazadas sobre la mesa. Edward tomó mi mano, que temblaba ligeramente, no es que fuésemos a decirle algo malo, pero no podía imaginar cual podría ser su reacción, después de todo, un embarazo cuando solo llevábamos poco más de siete meses juntos podría sonar un poco precipitado, aunque para nosotros no lo pareciese.
— Me gustaría que revisases a Bella —susurró Edward mirándome.
— ¿Se encuentra mal? —preguntó con el ceño fruncido mirando en mi dirección.
— Algo así —murmuré mientras enrojecía de nuevo.
— Buenos… verás… —titubeó Edward, aunque no parecía nervioso, lo hacía para darle más emoción o para que los nervios de mi estómago me jugasen una mala pasada, o quizás una combinación de ambas— Bella está embarazada.
— ¡Oh! —el rostro de Carlisle estuvo inexpresivo durante unos segundos analizando la nueva información— ¿Es por eso la boda? —preguntó poco después.
— No —me apresuré a explicarle—, me he enterado hoy… la boda fue una decisión que nada tuvo que ver con esto.
— ¿Y estás segura? —me preguntó.
— Bueno… me he… me he hecho un test casero —balbuceé— además de los síntomas…
— Está bien —dijo ahora con una sonrisa—, ven a la camilla por favor.
Edward se puso en pie y me ayudó a hacerlo a mí también, nos acercamos a la camilla mientras mis piernas temblaban extremadamente.
— Túmbate cariño y descúbrete el vientre —dijo con ternura—, vamos a hacer una ecografía para asegurarnos de que ese test dice la verdad.
Estaba nerviosa, no solo porque en unos segundos fuese a ver a mi hijo, en blanco y negro y casi como si estuviese codificado, pero sería la primera imagen de mi hijo. Pero la actitud de Carlisle no me ayudaba en nada. Era como si no me creyese, como si no estuviese seguro de que lo que le decía era verdad. Edward tomó mi mano una vez que estaba tumbada boca arriba y la camiseta recogida hasta el pecho y su enorme sonrisa me tranquilizó un poco.
Carlisle encendió el monitor del aquel aparato y con esa especie de auricular extendió aquel gel tan frío por mi tripa. Me estremecí al instante, algo que no pasó desapercibido para nadie.
— Lo siento… —se disculpó Carlisle— a todo el mundo le molesta, pero está así de frío siempre.
Negué quitándole importancia, y él comenzó a mover el aparatito por mi vientre, su expresión neutra cambió de repente a una de sorpresa, y finalmente a una enorme sonrisa.
— Estabas en lo cierto cariño —dijo sonriendo— ¡enhorabuena! estás embarazada de unas cinco semanas por lo que parece— se quedó pensativo durante unos segundos y después comenzó a reírse.
— ¿Qué pasa? —preguntó Edward.
— Por lo visto Seattle, os ha sentado bien, es el tiempo que lleváis aquí ¿cierto? —dijo riéndose ligeramente.
— Sí, la noche que nos mudamos fue un poco larga —dijo Edward acompañando sus risas mientras yo me sonrojaba hasta un nivel casi insospechado.
— Bueno —dijo Carlisle después de pasar el ecógrafo durante unos minutos— todo parece estar en orden, mira Bella —giró el monitor para que desde mi posición pudiese verlo mejor—. Este es su corazón, late a una velocidad normal, no te asustes. Todo está bien, de verdad.
Mi mirada quedó trabada en esa imagen, ese pequeño garbancito que mostraba el monitor, ese corazón que latía a un ritmo desorbitante, ese pedacito de Edward que estaba creciendo en mi interior. No tardé en sentir las lágrimas descendiendo por mis mejillas, y esta vez no eran solo las hormonas, era felicidad, estaba realmente feliz. Edward no tardó en acercarse a mí y besarme, cuando lo miré sus ojos también estaban repletos de lágrimas… ¿se sentiría tan feliz como yo?
— Cariño, recolócate la ropa mientras imprimo la imagen… cuando Esme la vea se va a morir de felicidad.
— Haz varias copias… ya conoces a Alice —susurró Edward a lo que Carlisle asintió efusivamente.
Un par de minutos después estábamos de nuevo sentados frente a la mesa de haya, Carlisle miraba las impresiones embelesado, y todo mi nerviosismo de minutos atrás por su reacción desapareció en cuanto me las extendió con los ojos vidriosos.
— Todo parece estar bien Bella, pero debes cuidarte. Nada de comida basura, debes descansar y por favor… intenta no caerte —dijo sonriendo con picardía.
Me sonrojé de nuevo y Edward se rió por lo bajo, hasta que le di un codazo y estalló en carcajadas.
— Tienes que ir a tu ginecólogo habitual y que te haga más exámenes —concluyó Carlisle.
— Bueno… —titubeó Edward- me gustaría que tú llevases el control de su embarazo, si a ella no le parece mal —dijo la última frase mirándome a los ojos.
— No hay problema —dije muy segura.
— Bueno... en ese caso tendrás que viajar mucho de Seattle hasta aquí —dijo sonriendo de nuevo—, ese bebé será prácticamente mi nieto, así que quiero vigilarlo de cerca. Tendrás que hacerte unas analíticas, te las haré el sábado por la mañana, así no tendrás que madrugar mucho para venir hasta aquí.
— ¿Sangré? —pregunté en un murmullo.
— Es solo un pinchacito Bella… y es necesario para saber si necesitas vitaminas o algún otro suplemento a parte del ácido fólico y el iodo que te voy a recetar ahora mismo.
Asentí resignada… lo que sea por mi pedacito de Edward.
— ¿Tenéis algo que hacer? —nos preguntó segundos después, a lo que ambos negamos— A Esme le encantaría que os quedarais a cenar, así Bella descansa un poco, no tiene buena cara.
Así pues, unos minutos después estamos cruzando la puerta la mansión Cullen una vez más, algo extraño, ya que era lunes y apenas dos noches atrás había estado ahí, pero Esme nos recibió tan amorosa como siempre, con sus abrazos, sus sonrisas y esas palabras tan dulces que te hacían derretir el corazón.
— ¿Chicos que hacéis aquí? —preguntó cuando ya estábamos sentados en el sofá de la sala.
— Bueno… tenemos algo para ti —dijo Edward metiendo la mano en el bolsillo de su chaqueta, donde había guardado las impresiones que le había dado Carlisle.
Le extendió la imagen y Esme la miró durante unos segundos, hasta que sus ojos se abrieron extremadamente y me miró asombrada.
— Cariño… —susurró mientras se sentaba a mi lado y me abrazaba —¿cómo estás? Dios mío… ¿de verdad? Madre mía… no puedo creerlo… ¿pero es de verdad?
— Sí —susurramos Edward y yo a la vez.
— Pero… ¿de cuánto? —preguntó todavía con la mirada perdida.
— Cinco semanas —dijo Edward orgulloso.
— Dios mío… es maravilloso, ¡enhorabuena mis niños! —gritó abrazándonos a los dos a la vez— Ve a tumbarte un rato mi niña, seguro que estás cansada del ajetreo del viaje en coche y luego el hospital —dijo mirándome con esa mirada de madre que te hacía sentir como una niña.
Me despedí de Edward con un ligero beso en los labios y subí hasta su habitación, me tumbé en la gran cama, sobre el cobertor dorado, mirando al techo mientras una de mis manos inconscientemente acariciaba mi barriga… el día anterior a ese misma hora estaba todavía trabajando, totalmente ajena a lo que estaba pasando en el interior de mi cuerpo y hoy… era algo precipitado, algo que ni si quiera nos habíamos planteado, pero por lo que parecía a ambos nos hacía muy felices, eso sin hablar de Carlisle y Esme, estaban encantados… se portarían como unos verdaderos abuelos.
La puerta de la habitación se abrió y Edward entró sentándose a mi lado en la cama, sin decir nada se acercó a mi vientre y comenzó a depositar pequeños besos en él. Yo acariciaba su cabello mientras sentía como unas pequeñas lágrimas salían de mis ojos y descendían por mis sienes humedeciendo mi pelo.
— Gracias —susurró alzando la mirada y clavando sus verdes ojos en los míos.
— Yo también debería dártelas a ti... sola no habría podido —susurré yo también.
— Tienes razón… yo también he colaborado —dijo sonriendo—. Me haces muy feliz… en menos de una semana he conseguido que te cases conmigo y que me des un hijo… es mejor que si me hubiese tocado la lotería.
Lo agarré por la corbata e hice que se tumbase a mi lado, me rodeó con sus brazos por la espalda y descansó sus manos en mi barriga, yo suspiré y cerré los ojos.
— Te amo —suspiré.
— Yo os amo más… seréis mis princesitas… las dos— dijo contra la piel de mi cuello.
Yo me giré y lo miré ceñuda.
— ¿Y qué si es un niño? —pregunté fingiendo molestia.
— Se lo regalamos a Emmett para que le enseñe a jugar al futbol… yo quiero una niña… que se parezca a ti, así que ya sabes lo que tienes que hacer —dijo señalando mi barriga.
— ¿Le regalarías el niño a Emmett? —pregunté siguiendo sus broma.
— Claro… yo quiero una princesita, si es un niño se parecerá demasiado a mí, y créeme… te volverías loca con un terremoto como ese —dijo entre risas.
— A Emmett se le murieron cuarenta peces en tres meses cuando estábamos en la universidad… ¿crees que lo dejaría a cargo de nuestro hijo? —pregunté.
— ¿Cuarenta?
— Pez arriba... pez abajo… sí, prácticamente cuarenta. Cada uno tenía nombre e historia propia... mejor no le preguntes porque te contaría toda su biografía completa.
Estalló en carcajadas mientras hacía que la cama vibrase con él.
— Está bien —dijo un poco más relajado—, si es niño lo volvemos a meter hasta que se vuelva niña.
Yo lo miré sonriendo y con una ceja alzada.
— ¿Sabes que el sexo del bebé depende de los hombres? —pregunté a lo que él me miró escéptico— Sí… es el espermatozoide el que determina si será niño o niña… así que no culpes a mí.
— Ok, ok… —contestó en un gruñido— no es necesario discutir porque sé que será una niña… sé que será igual que tú y también sé que la amaré tanto como te amo a ti.
Cuando iba a contestarle unos suaves golpes en la puerta nos interrumpieron.
— ¿Puedo pasar? —preguntó Esme desde el pasillo.
— ¡Claro, pasa! —contestó Edward.
— Es que… bueno… —titubeó—, acaba de llamar Alice, no sé cómo ha sabido que estabais aquí pero se ha apuntado a la cena…
— Bueno… —dijimos Edward y yo a la vez.
— Pero es que está con Emmett y él también quiere venir… —susurró Esme.
— Está bien… cena familiar en la casa Cullen… —dijo Edward con desgana— Yo si fuese tú comenzaría a cobrar por cena… con Emmett te harías millonaria en poco tiempo.
Esme comenzó a reír mientras negaba con la cabeza saliendo por la puerta de nuevo.
— Descansad un poco, os avisaré cuando esté lista la cena.
— Gracias —susurramos.
La puerta se cerró y yo apoyé mi cabeza sobre el pecho de Edward. Poco a poco mis ojos se fueron cerrando y me quedé completamente dormida.
