Vigesimonoveno
"Me odiarás y me odio yo misma por lo que estoy haciendo, pero si sigo rompiéndome la cabeza tratando de buscar una explicación lógica a lo que nos hacemos, seré una neoyorkina más y me niego. Me voy a volver completamente loca. Responde por favor. Estoy cerca de tu casa y podríamos hablar con calma." Lizzy 13:43 pm.
—¡Rachel! ¿Quieres salir de una vez?
Era la tercera vez que me gritaba cuando estaba utilizando el baño. Y la tercera vez que provocaba una reacción de enfado en mí.
¿Ni siquiera unos minutos de privacidad en el baño? ¿En qué tipo de manicomio vivía? Juro que cuando más lentas pasaban las horas, más deseaba que llegase el jueves para tomar el tren, y regresar al paraíso en Ohio. De hecho, tenía pensado no ir ni siquiera a mi clase de danza. Quería salir lo más temprano posible.
No, definitivamente ya estaba loca. Pensar en Lima como el paraíso era claro síntoma de ello. Ya era una chiflada más que tenía que soportar los continuos ataques de Santana, que parecía haberse olvidado de su buen humor en tan solo un día. De hecho, solo le duró una tarde, la del domingo. Porque aquel lunes ni siquiera me dejó almorzar con tranquilidad, y eso que lo necesitaba.
No recordaba el tiempo que hacía que no comía con calma, sin nada que me interrumpiese y me dejase disfrutar de la comida como siempre lo había hecho. No había cena o almuerzo que no terminase con algo que rompiera la calma. De hecho, ya ni siquiera el desayuno se libraba de un encuentro furtivo en la cocina. Y lo peor es que ya empezaba a notar los primeros síntomas de mi mala alimentación. Estaba muy cansada físicamente, y eso que la semana recién acababa de empezar.
—¿Quieres dejarme en paz? —le recriminé— Ya has tenido tiempo de utilizarlo antes, así que ahora me toca a mí.
—Pero ¿qué diablos estás haciendo para cerrar la puerta? Si tienes necesidades sexuales, deberías hacerlo en tu habitación, como todos.
—¡Cállate! —esgrimí realmente molesta. No estaba haciendo nada que no pudiese contemplar ella, por supuesto, pero necesitaba estar a solas. Necesitaba poder mirarme al espejo mientras me lavaba los dientes, sin tenerla a ella sentada en el wáter haciendo sus necesidades. ¿Tan difícil era de comprender? — ¿No tenías prisa?
—¡Sí! Me está esperando Scott, pero necesito entrar, así que abre de una vez.
—Eres una pesada —maldije dándome por vencida y permitiéndole la entrada al baño. No debí hacerlo.
Nada más abrir, recibí la peor de sus miradas. De hecho, juré que era odio lo que reflejaba con ella, y eso no era normal. Tampoco era tan descabellado que quisiera estar a solas en el baño.
—¿Qué diablos estabas haciendo? —escupió esquivándome.
—Lavarme los dientes —le repliqué—. ¿No puedo lavarme los dientes sin que nadie me interrumpa?
—Tengo prisa Berry, he quedado con Scott y necesito utilizar el baño, y tú tienes que lavarte los dientes con la puerta cerrada. ¿Te parece lógico? ¿Recuerdas que solo tenemos un baño y somos tres?
—No, claro que lo recuerdo, tú te encargas de hacerlo cada vez que yo lo utilizo. Sin embargo, yo a ti jamás te molesto.
—Olvídame.
—¿Qué mierda te pasa? —fui ruda, demasiado para ser yo, pero su actitud estaba sobrepasando el límite— Empieza a asumir que después del domingo, siempre llega el lunes, y que empezarlo de mal humor no hace que lo evites —espeté soltando mi cepillo de dientes tras enjuagar mi boca, y disponerme a abandonar el baño—. Estás insoportable.
Si, lo estaba.
Santana había cambiado radicalmente de comportamiento desde la noche del domingo. Ya no bromeaba, ni regalaba sonrisas, y mucho menos bombones. Tampoco hablaba demasiado, solo para criticar o amenazar. Algo le había sucedido, o tal vez había vuelto a recuperar su peculiar sentido del humor.
Yo por supuesto no le pregunté, y no porque no me interesase. Santana seguía siendo mi mejor amiga, y cualquier problema que ella tuviese, también era mío. Sin embargo, mi estado anímico tras pasar media mañana con Kurt y el detalle de Quinn con su Nomeolvides, volvía a lanzarme a esa necesidad en la que solo quería guardar silencio, estar a solas con mis pensamientos, y dejar que el tiempo pasase lo más rápido posible. Aunque confieso que mi poca iniciativa para hablar con ella, también tenía algo que ver con la falta de tiempo.
Apenas la había visto un par de horas desde que abandoné la cafetería ya bien entrada la noche del domingo. Solo mientras almorzábamos aquel lunes, tuve la oportunidad de estar con ella a solas, y viendo su mal humor preferí guardar silencio y continuar con mi mutismo
—¿Yo? ¿Te has mirado en las últimas semanas? Tú sí que estás insoportable y pasas de todo, incluso de tu móvil. Hace ya un buen rato que sonó.
—¿Mi móvil? —balbuceé perdiendo el hilo de la disputa.
—Sí, te lo has dejado en el sofá.
Miento si digo que no me puse nerviosa. Y me puse así porque el drástico cambio de actitud de Santana me puso en alerta al decirme aquello.
Era una cotilla, al igual que Kurt, y no tenía problema alguno en curiosear si había visto quien me estaba llamando.
No tardé en reaccionar y olvidarme de ella, lo poco que podía, para buscar el teléfono y averiguar de quien se trataba aquella llamada. Aunque lo cierto es que tampoco debía ponerme demasiado nerviosa. Después de haber confirmado que me marchaba por tres semanas, mis padres estaban continuamente llamándome para tener todo preparado en mi casa. Los nervios me llegaron cuando descubrí que, en vez de una llamada, era un mensaje, y aparecía como leído en la pantalla.
La inquietud, el ser precavida y, sobre todo, ser consciente de la capacidad de Santana por no perder ningún detalle, me llevó a guardar aquel número en mi agenda con el nombre de Lizzy. ¿Por qué? ¿Quién era Lizzy? Pues Lizzy no era otra más que Elisabeth Bennet, la gran protagonista de Orgullo y Prejuicio, una de las mejores novelas románticas de la historia escrita por la gran Jane Austen, la escritora favorita de Quinn Fabray. Y sí, el mensaje pertenecía a ella, a Quinn.
Tuve que leerlo varias veces para comprender que, si Santana lo había leído, no habría tenido opción de que hubiese descubierto el remitente del mismo, aunque el nombre le llamase la atención. Santana no era amante de la lectura. Para ella hablarle de Jane Austen, era como hablarle del pingüino Macaroni, una total estupidez que no le interesaba en absoluto. Sin embargo, no debía olvidar su extenuante curiosidad por tener todo controlado.
No tardé en reprocharle su falta de respeto.
—¿Por qué has leído el mensaje? —la cuestioné tras verla regresar al salón.
—Porque has dejado el teléfono a mi lado y cuando ha sonado, lo he mirado. Tengo ojos.
—Y poco respeto, por lo que veo —le recriminé—. ¿Por qué diablos tienes que leer? ¿No conoces el concepto de privacidad? No solo puedo utilizar el baño a solas, sino que tampoco puedo dejar mi móvil en la mesa porque tú lo revisas.
—¡Hey, hey! ¡Deja de gritar! En primer lugar, yo no te he revisado el teléfono, solo saltó el mensaje y al mirar para ver que era, apareció en la pantalla. Me importa muy poco lo que te traigas con esa tal Lizzy. Y, en segundo lugar, te vuelvo a recordar que en esta casa somos tres y solo hay un baño, si no te gusta, tal vez deberías subir a la azotea a hacer tus cosas.
—Idiota —mascullé ofendida.
—Dramática —me replicó ella un poco más calmada. Supuse que se había dado cuenta de la crudeza de sus palabras, y trato de recapacitar—. ¿Por qué te pones así? Solo es un simple mensaje.
—No me gusta que revisen mis cosas sin mi consentimiento.
—¿Quién es esa Lizzy? —me preguntó al tiempo que recogía su bolso.
—Es una compañera —musité sin cambiar de actitud.
—¿Por qué nunca he oído hablar de ella?
—Porque no tengo nada que contar de ella para que sepas quien es.
—Ok, pues tu allá. Eso sí, por lo que veo has tenido problemas con ella, así que, si quieres consejos, a mí no vengas a preguntarme. Si no quieres que sepa nada, tampoco sabré aconsejarte. Y ya que quiere verte, deberías aceptar su petición y hablar con ella. Quien sabe, tal vez así te cambie esa cara de pánfila que tienes en estos días.
—¿No se supone que no has leído nada?
—No pongas excusas, tienes la casa para ti sola —añadió desconcertándome un tanto —, puedes quedar con quien quiera que sea esa tal Lizzy y solucionar tus problemas. Yo solo te aconsejo.
—No tengo problemas con nadie —repliqué—, así que tranquila, no necesito tus consejos. Sé muy bien cómo llevar mi vida. No necesito que nadie me aconseje.
—No, no te pongas melodramática. Si lo que quieres es que nadie se meta en tu vida, que no nos interesemos y te demos privacidad, pues bien, eso es lo que tendrás a partir de ahora.
—Solo exijo lo mismo que yo doy. ¿Acaso te hubiera gustado que entrase en tu habitación cuando estabas con Quinn?
Sí. Ya sé que mencionar a Quinn en aquella disputa no haría más que complicar las cosas entre las dos, pero verla actuar de aquella manera me resultaba demasiado extraño. Tan confuso que no pude evitar hacer uso de mis mejores artes para sonsacar cualquier tipo de información, o detectar mentiras al más puro estilo Hummel.
—Me da igual si lo haces. Eso sí —me sonrió con algo de soberbia—, si te creo algún trauma será problema tuyo.
—¿Trauma por ver a dos chicas dormir? Tranquila, no soy tan estúpida como piensas.
—¿Dormir? —musitó ella ampliando la sonrisa al tiempo que se colocaba el abrigo —. ¿Crees que lo que hice con Quinn el otro día fue dormir?
—Te recuerdo que nuestras habitaciones están pegadas. Se escucha absolutamente todo y yo aquella noche oí hasta tus ronquidos —insistí en hacerla reaccionar.
—Pues probablemente serían los ronquidos de Kurt, porque te aseguro que Quinn no durmió en toda la noche, y yo menos —espetó recuperando el gesto serio al tiempo que se acercaba a la salida—. Si no escuchaste nada, que, por cierto, tú pides privacidad y te dedicas a escuchar a través de las paredes —me replicó dejándome en mal lugar—, no fue porque no pasase nada, solo que Quinn es bastante delicada —volvió a sonreír con malicia—, y lo hace todo con una sutileza exquisita. Y cuando digo todo, es todo.
Bien. En una situación normal, y digo normal haciendo referencia a la locura que vivía en las últimas semanas, yo me habría descompuesto al escuchar una sentencia como aquella. Mi imaginación solo había ideado una escena de sexo en la que estuviera presente Quinn conmigo, no con Santana. Aún recordaba cómo me bastó un simple comentario de ella para visualizarme entre sus brazos mientras me hacía el amor contra la pared, deseosa de satisfacer aquella tensión sexual que ya por aquel entonces, existía entre nosotras.
Solo la noche del sábado, y por culpa de mi ignorancia y aquellas risotadas, creí que ambas estaban divirtiéndose de aquella manera, aunque en aquel instante me negué a visualizarla como lo había hecho conmigo misma. Sin embargo, y después de que Quinn me negase que hubieran llegado a algo más que a ver la estúpida película, y la confirmación por parte de Kurt al decirme que vio como Quinn estuvo a punto de marcharse en plena madrugada, me llevó a entender aquella afirmación de Santana, como la más insuperable de sus mentiras. Como una bula para fanfarronear de su irresistible encanto para conquistar. Y evidentemente, ni siquiera me provocó un leve malestar.
Lo único que me resultó extraño de asimilar era ver como se empeñaba en hacerme creer algo que no había sucedido, cuando días atrás me confesaba que no iba a parar de luchar por ella. Cuando yo sabía que realmente lo tenía complicado, y que necesitó confesarme sus sentimientos para sentir mi apoyo.
No, no lo llegué a entender, al menos en aquel instante.
Verla salir y quedarme a solas en el apartamento fue la mejor de las sensaciones que pude sentir en aquel día. Sin embargo, había algo que seguía pendiente, y que, si no llega a ser por aquella mentira de Santana, lo habría ignorado.
Quinn me había escrito, y estaba claro que necesitaba hablar conmigo. Y a pesar de mi promesa por alejarme de ella para no involucrarme más, no pude resistir la tentación de, al menos, responder a aquel toque de atención.
Era el primer mensaje que me escribía desde que tenía su número agendado en mi teléfono. Y supe que le habría costado enviármelo, porque ya me confesó lo complicado que le resultaba respetarme y no saber nada de mí, teniéndome al alcance de un par de teclas.
Pero yo no iba a ser igual que ella. Nunca me gustaron los mensajes de textos para hablar de algo importante, así que no dudé en acomodarme en el sofá, y realizar la primera llamada de mi vida a Elisabeth Bennet.
Ella tampoco debió esperar mi gesto.
—¿Sí? —la escuché responder tras descolgar, y yo tragué saliva.
—Quinn, soy Rachel.
—Ya, ya sé que eres Rachel, pero no esperaba que me llamases.
—Acabas de escribirme. Me has dicho que quieres hablar y…
—Te he escrito hace ya un buen rato —me interrumpió—. Pensé que me ibas a ignorar.
—No he podido responderte antes. ¿Qué sucede?
—¿Podemos hablar? Estoy cerca de tu apartamento y necesito…
—No, Quinn —fui yo quien la interrumpió esta vez—. No, no puedo tenerte cerca. Escúchame, yo no quiero hacerte daño, porque lo cierto es que sí me importas demasiado y no mereces vivir una situación así de compleja. Pero tenemos que zanjar todo de una vez. Yo no puedo seguir así, yo no puedo seguir alejándome y que tu vuelvas a acercarte sin previo aviso. Yo ya te dije que no podíamos estar juntas, y eso lo tienes que asimilar, y respetar.
—Rachel, escucha…
—No, no —no dejé que me interrumpiera—. Quiero ser clara y honesta contigo. Entiendo que lo estés pasando mal, y te aseguro que yo… ¿Quinn? ¿Quinn? ¿Estás ahí?
Un pitido continuo me indicaba que algo sucedía. Quinn no me respondía y tras observar el teléfono, supe que había terminado la llamada.
Me había colgado. Había cortado dejándome con la palabra en la boca y completamente sorprendida. No daba crédito a que me hiciera algo así. No siendo ella quien se puso en contacto conmigo para hablar. No siendo ella la interesada en aclarar de una vez todo lo sucedido.
Imaginé que todo aquel despropósito de excusas que comencé a relatarle, no era justamente lo que quería oír, pero al menos, y por educación, debió permitirme acabar. Aunque luego no lo aceptara y me replicase.
Esperé varios minutos sin dejar de mirar la pantalla, hasta que me decidí a volver a llamarla. Y mi confusión aumentó al escuchar como desechaba la misma y volvía a dejarme en silencio. Confusión que llegó a un extremo casi inaguantable al escuchar como otra alarma, esta vez la del telefonillo de la puerta, rompía la poca calma que me quedaba.
Fue descolgar y sucumbir.
—¿Quién es? —cuestioné sin dejar de mirar el móvil entre mis manos.
—No voy a consentir que acabes con todo por teléfono —directa. Tan directa que mi corazón dio un vuelco y a punto estuve de caer—. Ábreme Rachel, hablemos cara a cara de una vez.
—¿Quinn? —balbuceé.
—Abre por favor —suplicó—. No me hagas esto. No por teléfono.
—No, no te voy a abrir. ¿No lo entiendes? ¿Cómo diablos tengo que decirte que no te quiero cerca?
—Ok. Si no me abres me quedaré aquí hasta que alguien entre, o bien esperaré a que regrese Santana o Kurt. Sé que estás sola y yo no tengo nada que hacer hasta mañana. Emma se encarga hoy de la tienda y…
—Quinn, por favor —la interrumpí, pero ella no lo permitió.
—¿A qué tienes miedo? Ok, no te gusto, perfecto, no quieres hacerme daño, perfecto, pero dímelo a la cara. Somos adultas. ¿No? ¿No podemos sentarnos y hablar tranquilamente de lo que ha sucedido? Rachel, no soy una acosadora, pero estás logrando que me sienta como tal por culpa de tu cobardía. Somos personas, somos sensatas y si me das una explicación, la aceptaré, la respetaré y haré lo que me pidas. Pero por favor, no me obligues a comportarme así. No solo me rompes el corazón, sino que además haces que me vuelva loca. No paro de pensar en qué he fallado, qué es lo que he hecho mal o por qué estás tan dolida conmigo, cuando ni siquiera hemos discutido.
Rachel, yo solo sé que hace dos semanas estaba ilusionada, confesándote lo que sentía y pidiéndote una oportunidad para conocerte, y ahora todo es una completa locura, y ni siquiera me quieres ver. ¿Qué mal he hecho? ¿Qué diablos te hice para que…?
—Quinn por favor —supliqué interrumpiéndola—, no sigas.
—Seguiré hasta que me dejes entrar, y si no lo haces y me cuelgas, seguiré aquí. Te lo juro, no pienso moverme a menos que…
No continuó porque yo se lo impedí. Colgué el telefonillo al tiempo que apretaba el botón que abría la puerta. Y me temblaron las manos al hacerlo.
Me temblaron al saber que estaba cavando mi propia tumba al dejarla entrar. Que yo no tenía la suficiente fuerza de voluntad para no derrumbarme ante ella y confesarle que todo lo que hacía, lo hacía por lealtad a Santana. Porque ella estaba enamorada, y aunque estuviese mintiéndonos a las dos, no podía aceptarlo y acabar con su ilusión. Me temblaban porque a Quinn le bastaba una simple mirada para acabar conmigo.
No sé cómo pude mantenerme de pie junto a la puerta, escuchando como el sonido del ascensor me indicaba que estaba a punto de verla. Ni siquiera pude pensar en lo que le iba a decir, aunque para ser honestas, la verdad ya planeaba por mi mente. Confesarle todo sería poner punto y final, y no encontraba otra opción más beneficiosa para las tres.
Tres golpes
Quinn no tocó el timbre, sino que dejó tres golpes sobre la puerta donde yo ya permanecía apoyada, esperándola.
Me retumbó en la cabeza, pero no me molestó. Tomé aire, todo el que mis pulmones pudieron acaparar y abrí. Abrí aquella puerta con el alma a punto de escapar de mi cuerpo, y la sensación de romper a llorar de un momento a otro.
No sonreía y eso me tranquilizó, aunque su gesto serio no era el más agradable, siempre me sentía más firme así, que con sus labios dibujando una sonrisa.
—Pasa —musité, y mi sorpresa no se hizo esperar.
—No —respondió contundente—. No voy a comprometerte más —añadió—, solo quiero que me digas a la cara, mirándome a los ojos, que no sientes nada por mí, que de verdad no te importo. En cuanto lo hagas te dejaré en paz. No volveré a molestarte, te lo juro.
He de confesar que aquello, después de todo, era la mejor de las opciones para acabar. Había llegado a un extremo en el que era capaz de mirarla a los ojos y decirle que no sentía nada por ella, porque me bastaba recordar que había compartido toda mi vida con Santana, y no quería perderla. Pero eso me volvería a dejar como una mentirosa, aunque ese título ya me acompañaba desde hacía un par de meses. Y Quinn, al fin y al cabo, era quien menos culpa tenía de todo lo que nos estaba sucediendo.
—No puedo hacer eso —susurré aferrándome a la puerta—, no puedo mentirte y lo sabes.
—Entonces dime, ¿qué he hecho? ¿Qué daño te he hecho para que cambies de opinión en horas? Rachel —se le quebró la voz— No consigo entenderlo y te juro que me vuelvo loca. No, no paro de mirar la foto que nos hicimos en el fotomatón para creer que realmente sucedió, que ese día estabas a mi lado y sonreías, que estabas ilusionada. ¿Qué diablos he hecho para que cambiar eso en cuestión de horas?
—No has hecho nada, más que enamorarme —confesé sin ser consciente de cómo las palabras salían de mi corazón y no de mi cabeza—, y no puedo, —añadí tras ver el gesto de sorpresa en su rostro—. No podemos estar juntas.
—¿Por qué? —insistió desesperadamente— ¿Por qué si ambas sentimos lo mismo?
—No puedo hacerle eso a Santana. Ella, ella está enamorada de ti.
Exploté. Lo dije con varias lágrimas en los ojos y sin apenas voz, pero lo dije, y sentí como mi cuerpo se liberaba de una presión tan pesada que incluso los nervios se esfumaron.
—¿Qué? —balbuceó sorprendida.
—El mismo día que tú y yo decidimos darnos una oportunidad —continué sin poder evitar desviar la mirada hacia el suelo—, fui a decirle lo que nos sucedía y ella, ella me lo confesó. Me lo dijo antes de que yo pudiera decirle nada y, no, no supe que hacer más que lo que estoy haciendo —volví a mirarla—. No puedo hacerle algo así a mi mejor amiga. Ella lo es todo, es como mi hermana.
—Pero, yo no siento nada por ella, y ella lo sabe. De hecho, sabe que yo, bueno que yo estoy enamorada de alguien. No, no le dije que eras tú porque no quiero perjudicarte, Rachel. Te dije que sería una tumba y lo he sido, pero, pero yo no tengo culpa alguna de que ella esté enamorada de mí. Yo lo estoy de ti.
—¿De qué nos sirve? —musité— ¿Pretendes que le diga lo que siento por ti? ¿Soportarías que tu mejor amiga hiciese algo así?
—Pero yo no le voy a dar ninguna oportunidad, de eso puedes estar segura.
—¿Y? No sirve de nada eso, Quinn. Yo no estoy dispuesta a perderla, ella es parte de mi vida. Lo siento, sé que la gente lucha por el amor, pero yo no puedo hacer eso sabiendo que la voy a perder. ¿Lo entiendes?
—¿Y si hablamos con ella? Rachel, ella es una persona sensata, puede entenderlo.
—Sí —musité—, tal vez lo entienda, pero… ¿Qué hacemos? ¿Pretendes que te invite a dormir estando ella aquí? ¿Crees que es justo que nos vea de la mano o sentadas en el sofá besándonos? Porque te aseguro que si yo te veo así con ella me, me… —ni siquiera podía explicar lo que sentía al imaginarme aquella hipotética situación de verme en el lugar de Santana.
Incluso náuseas me habían provocado creer que pasaron la noche juntas. ¿Qué no sentiría si fuese testigo directo de algo así? Me negaba en rotundo en hacerle sufrir aquello a Santana. Ella no lo merecía, por mucho que me estuviera mintiendo.
—¿Y qué hago yo? ¿Por qué tengo que sacrificarme yo? ¿Por qué tengo alejarme de ti solo porque ella no soporte vernos juntas?
—Porque es mi amiga, y yo la elijo a ella— fui dura, pero era lo más honesto que podía decirle.
No sé cómo se sintió, imagino que le dolió bastante puesto que varias lágrimas se le escaparon al tiempo que desviaba la mirada hacia el hueco de las escaleras, y se mordía el labio con esa rabia tan típica de ella que presagiaba impotencia.
—Lo siento —añadí—. Tal vez el tiempo nos, nos vuelva a dar una oportunidad.
—¿El tiempo? —susurró al tiempo que regresaba la mirada hacia a mí y asentía resignada—¿Es por eso por lo que has decidido marcharte a Ohio hasta año nuevo?
—¿Cómo sabes eso?
—Me lo dijo ella —aclaró—. Me llamó para decirme que, si me apetecía dormir algún día aquí, podría hacerlo sin problemas, porque habría una habitación libre. Me dijo que tú no tendrías inconveniente en permitírmelo —sollozó al tiempo que dejaba escapar un pequeño resoplido con su nariz que me llenó de ternura. Parecía tan pequeña con aquel gesto, que el odio hacia mí misma no tardó en llegarme. Pero no podía dar un paso hacia atrás.
—Puedes utilizarla cuando lo desees —musité—, pero procura que no sea con ella. O, al menos no me lo digáis.
—Deja de decir tonterías —me interrumpió —. No permitiría que mi primera vez fuese en tu cama, sin ti. Así que puedes estar tranquila. Supongo que lo mejor es que yo también me vaya alejando de Santana. Tal vez así, el tiempo pase más rápido.
Bajé la mirada tratando de contenerme. Estuve a punto de suplicarle que no hiciera aquello, que no se alejara de Santana y le rompiese el corazón, pero no me quedaban fuerzas para seguir insistiéndole. Ni tampoco me apetecía. Ella era libre de elegir, y Santana tendría que respetar su decisión al menos. Ya que la mía no iba a asimilarla tan bien.
Y bajar la mirada me llevó a crear un silencio para el que ninguna de las dos estábamos preparadas. Un silencio que precedía sin duda al adiós. Lo supe en cuanto volví a mirarla.
—Espero que lo pases bien en Lima —murmuró tratando de recomponerse—. Cuídate, Rachel.
—Tú también —respondí batiéndome en duelo. Quería abrazarla, regalarle y regalarme a mí misma al menos un último gesto de cariño, pero no estaba segura de hacerlo. Y no debí dudar tanto.
Cuando me decidí a hacerlo, ella me detuvo esquivándome y negando repetidamente con la cabeza.
—No, no por favor —me suplicó.
—Solo, solo pretendía abrazarte.
—No, prefiero que no lo hagas —se mostró seria—. No quiero que me dejes con la miel en los labios.
—Está bien, lo siento —acepté sin más. ¿Qué podría hacer si no? La estaba echando de mi vida y para colmo quise permitirme el lujo de abrazarla, después de confesarle que elegía a Santana por encima de ella.
Imaginé que no me iba a guardar rencor, porque estoy segura de que ella habría hecho lo mismo en mi situación, pero lo cierto es que aquel gesto me desconsoló demasiado. Tanto que ni siquiera volví a mirarla a los ojos cuando vi como tomaba la decisión de marcharse, y me dejaba allí, a solas.
Lo que no supe predecir cuándo cerré la puerta y lancé el móvil sobre el sofá, presa de la rabia y la impotencia que toda aquella situación me había provocado, es que no iba a estar a solas por mucho tiempo. De hecho, ni siquiera debieron pasar uno o dos minutos cuando volví a escuchar tres nuevos golpes sobre la puerta.
Confieso que me desconcertó tanto que tardé en reaccionar, pero apenas tardé un microsegundo en hacerlo cuando escuché su voz tras la puerta.
—Rachel, soy yo —susurró y yo me lancé sobre la misma para asegurarme que no estaba sufriendo una alucinación. Para asegurarme que Quinn se había vuelto por algún motivo.
No dije nada. Abrí la puerta y la observé plantada frente a mí, sin lágrimas, pero con el labio firmemente presionado por sus dientes y la respiración entrecortada.
No eran necesarias las palabras, y aquel gesto más su mirada, hizo que mi templanza y el valor que había demostrado hacia escasos minutos, quedasen completamente desconectados. Nos miramos durante algunos segundos antes de sentir como el vacío se adueñaba de mis pies, y sentía que me caía por un precipicio.
Lancé la mano hacia su barriga y me aferré al abrigo para atraerla hacia el interior. Y ella se dejó arrastrar sin apartar la mirada de mis ojos, regalándome el paraíso y el infierno al mismo tiempo.
No supe ni siquiera como fui capaz de cerrar la puerta, solo sé que cuando pude darme cuenta yo estaba contra ella, buscando apoyo mientras su nariz rozaba la mía y la respiración entrecortada, se mezclaba con mi aliento.
—Solo una vez, —susurró logrando que mis ojos decidieran cerrarse y dejar que fuese ella quien tomase las riendas de aquella locura—. Solo un beso más.
