Bueno, no sé ni el tiempo que me ha costado, sí se que ha sido muchísimo y lo lamento, pero aquí estamos de nuevo. Este capítulo ha sido un auténtico dolor de culo desde el principio, durante mucho tiempo ni siquiera tuve claro cómo quería enfocarlo (cosa rara porque eso me suele salir con facilidad), durante otro mucho tiempo estuve dándole vueltas a un planteamiento que no me convencía e incluso llegué a escribir el capítulo, pero nunca lo publiqué porque no lo sentía correcto, por fin, hace unas semanas empecé a desarrollar un planteamiento distinto que me convence mucho más y que se ha escrito mucho más rápido y con más facilidad, así que después de x años de pelea aquí lo traigo por fin, espero que os guste...
-¿Estarás bien?- Le preguntó su padre por millonésima vez aquella tarde.
-Sí, papá. Estaré bien. Piensa que Howgarts es el lugar más seguro de Gran Bretaña, puede que incluso del mundo, y yo estoy en el lado de los ganadores aunque haya entrado con el pie izquierdo.- Sonrió Pansy acercándose a su padre y dándole un fuerte abrazo.
-Vale, pero prométeme que te cuidarás.- Le ordenó cogiéndola de los brazos y apartándola para poder mirarla a la cara.
-Sí, papá, me cuidaré.- Dijo Pansy con cara de fastidio pero sonriendo, al ver la cara que le ponía su padre añadió. –Te lo prometo.-
-Está bien.- Aceptó por fin, dándole un beso en la cabeza con cariño.
Pansy se giró y miró a su madre que le sonrió con los labios apretados. Ahora que era una mortífaga por fin parecía que su madre le prestaba algo de atención, cosa que la joven no deseaba en absoluto.
-Haznos sentir orgullosos, cielo.- Le dijo, en su boca aquella palabra cariñosa sonaba forzada, falsa e incluso un tanto amenazante.
-Sí, madre.- Le contestó devolviéndole el mismo tipo de sonrisa, ninguna de las dos hizo amago de acercarse a la otra para dedicarse un gesto de cariño.
Asintiendo en dirección a sus progenitores, Pansy cogió un puñado de polvos flu y gritó. –Hogwarts.- Entró en el fuego y antes de que todo empezase a dar vueltas a su alrededor pudo ver a su padre y la mirada de arrepentimiento que en los últimos días no abandonaba su rostro.
En cuestión de segundos se encontró en la chimenea del despacho del Profesor Snape. Salió sacudiéndose los restos de ceniza y miró al Profesor que estaba preparando una de sus pociones.
-Buenas noches Profesor.- Saludó con educación.
-Buenas noches Parkinson.- Le contestó el docente echando un pellizco de belladona en el caldero, no debía ser una poción divertida de beber. -¿Todo bien?-
-Todo perfecto.- Respondió con seguridad y aplomo.
-¿Tienes clara tu tarea?-
-Muy clara, Profesor. No fallaré, se lo prometo.-
-Bien.- Asintió Snape empezando a remover su poción. –Ahora, largo.- Ordenó con sequedad pero Pansy pudo percibir la sombra de una sonrisa en sus labios.
-Que descanse, Profesor.- Añadió abandonando la sala y sin esperar una respuesta, porque sabía que no la iba a recibir.
Nada más salir del despacho de Snape, Pansy se encaminó a su sala común, tenía claro lo que tenía que hacer, tenía claras las órdenes que había recibido, era consciente de que se había preparado para poder cumplir su misión y hacía poco que había adquirido una nueva herramienta para llevarla a cabo, pero no tenía la más remota idea de cómo hacerlo y, por supuesto, estaba el tema de Hermione.
"¿Cómo voy a hacerlo?" Se preguntó por quincuagésima vez con desesperación mientras observaba la sala a su alrededor. En uno de los sillones negros de cuero se encontraba Millicent que la saludó con una ligera sonrisa.
-¿Cómo han ido las navidades?- Le preguntó sentándose en el brazo del sillón ocupado por su amiga y dándole un empujón amistoso.
-Como la mierda.- Contestó. -Mis padres estaban nerviosos y paranoicos, tanto que apenas han aparecido por casa, me he pasado todos los días prácticamente sola con nuestros elfos domésticos. Sé que es inmaduro enfadarse por algo así sabiendo cómo están las cosas, pero, aun así, me hubiese gustado poder pasar más tiempo con ellos, que todo fuese normal o por lo menos que pudiésemos intentar aparentarlo. ¿Está eso tan mal?- Gruñó con disgusto. -¿Las tuyas?- Preguntó girándose hacia Pansy.
-Pues las mías han estado fenomenal.- Mintió con descaro. -Hemos tenido un montón de reuniones familiares muy animadas, cantando villancicos y tocando el piano a la luz de la chimenea mientras nuestros elfos domésticos preparaban los banquetes de los que después dábamos buena cuenta, aunque ningún día llegamos a terminarnos toda la comida. Han sido unas Navidades llenas de amor, paz y buenos sentimientos en casa de la familia Parkinson.-
-¿De verdad?- Preguntó Millicent con cierta envidia en la voz y aún más incredulidad.
-Por supuesto que no, idiota.- Se rio Pansy empujándola con el hombro más fuerte y balanceando las piernas que le colgaban por el lado del sillón. -Han sido una mierda más grande que un piano de cola, supongo que como las de todos. Mi madre sigue con su paranoia y apenas ha salido de su cuarto, cuando lo hacía era para ir a la cocina a maltratar a los elfos domésticos o para volverme loca a mí. Mi padre iba de su despacho de arriba a su despacho de abajo con cara de haber chupado un calcetín sudado y yo estaba por ahí, intentando pasar desapercibida para que no me gritasen por cualquier gilipollez.- Resopló con cara de asco.
Era una versión muy light y muy reducida de su estancia en casa, su amiga ni siquiera se hacía una idea de cuán horrorosas habían sido las vacaciones para Pansy pero, desde luego que ella no pensaba darle los detalles. Por suerte estaban en invierno y las mangas largas eran obligatorias, además ella siempre se bañaba y se cambiaba en los baños de los prefectos y pobre de aquél que se atreviera a interrumpir su tiempo de asueto, se llevaba una maldición directa a la cara, pero, aun así, debería ser extremadamente cautelosa para evitar que alguna mirada indiscreta e indeseada viera la marca que ahora ensuciaba la pálida y suave piel de su brazo izquierdo.
-Ni siquiera Malfoy parece haberlo pasado bien.- Dijo Bulstrode viendo pasar al rubio con rapidez y con cara de mal genio por la sala común.
-Bueno, ése siempre parece que tenga la cabeza metida dentro del culo de un gusarajo.- Contestó Pansy bufando y siguiendo al rubio con la mirada, viéndolo desaparecer por la entrada a los dormitorios de los chicos. -En fin, creo que voy a irme al cuarto a descansar un rato antes de la cena.- Se levantó del brazo del sillón y le hizo un gesto de despedida a su amiga con la cabeza.
Entró en su cuarto y se tumbó en su cama, cerrando las cortinas con un golpe de su varita. Su mente iba a mil por hora, pero no conseguía encontrar la solución a sus problemas por más que lo intentara, cerró los ojos con fuerza y unos minutos después escuchó cómo se abría la puerta de la habitación y un segundo después notó cómo alguien descorría sus cortinas y su colchón se hundía con el peso de otra persona. Por un instante Pansy tuvo la vana esperanza de que se tratara de su leona, pero al abrir los ojos se llevó una enorme desilusión, frente a ella y, con una cara de expectación que le dio grima, se encontraba Davies. Se incorporó de un salto al ver a su peor pesadilla en su cama y frunció el ceño.
"Esto debe ser lo más anti libido y anti erótico que he visto en toda mi puñetera vida." Pensó con acritud.
-¿Qué haces subiéndote en mi cama?- Le espetó con toda la antipatía que tenía en el cuerpo, lo que no era poco.
-Vamos, no te hagas la interesante.- Le contestó con una sonrisa espeluznante en la cara.
-¿De qué coño hablas?- Gruñó Pansy como respuesta.
-¿Tú qué crees?- Dijo estirando el brazo izquierdo. -¡Enséñamelo!-
-¡Por supuesto que no!- Se indignó Pansy encogiendo el brazo en un gesto protector. -Esto no es un juego, ¿eres consciente de ello, verdad?-
-Por supuesto que lo soy, pero debes de estar pletórica de la alegría.- Sonrió de nuevo Davies, sin saber hasta qué punto estaba irritando a su compañera de casa.
-Estoy exultante de gozo. ¿No se nota?- Mintió la morena con convicción. -Pero no puedo ir por ahí enseñando el brazo, como tú comprenderás.- Explicó con tranquilidad.
-¿Ni siquiera a mi?- Le preguntó con decepción. –Yo ya sé que tienes la marca.-
-¿Te la ha enseñado Malfoy?- Preguntó Pansy. -La marca, quiero decir, lo otro no me importa.- Sonrió de medio lado tratando de romper la tensión.
Tracey sonrió a su vez y negó con la cabeza.
-Ni siquiera soporta que le rocen el brazo.- Contestó. -Debe ser muy doloroso.-
-Lo es.- Aceptó asintiendo con la cabeza. -Pero también es un gran honor.- Mintió. –Debemos superar las pruebas que nos pone nuestro Señor.-
-Por lo que he oído tú estuviste a punto de no pasarla.- Se burló Davies provocando una intensa punzada de ira y odio en Pansy que, como siempre, supo disimular tras un gesto de desdén.
-Si no hubiese pasado su prueba no estaría aquí ahora mismo, probablemente mi cuerpo estaría alimentando a los gusanos en una fosa sin marcar.- Asumió la morena con seriedad. –El Señor Oscuro me benefició con su gracia y no pienso volver a fallarle.-
-Más te vale.- Le contestó Davies en un tono de voz bajo. –Todos sabemos que el Señor Oscuro no destaca por su paciencia y bondad, y tú has estado a punto de rebasar esos límites.-
-Vaya, menos mal que me lo has explicado porque si no, no lo habría entendido nunca.- Ironizó Pansy. –Ahora, ¡largo de mi cama!- Ordenó con sequedad, hastiada tanto de la conversación como de la interlocutora.
-Está bien, está bien.- Accedió Tracey levantando las manos en señal de paz. –No quiero que una mortífago me tenga manía, sé lo malo que puede resultar para la salud.- Sonrió.
"Tarde, llegas muy tarde. Te tengo manía desde la primera vez que respiraste en tu vida." Pensó Pansy con ira viendo cómo su compañera de casa se bajaba lentamente de su cama y volvía a correr las cortinas. "No entiendo qué la ha llevado a pensar que podía entrar aquí como si fuésemos amigas del alma, algo trama y, de lo único que estoy cien por cien segura, es de que sea lo que sea, no es nada bueno."
Renunciando a su rato de contemplación y reflexión abandonó su cuarto, tenía que ir a buscar a la Profesora McGonagall. Caminó con decisión por el frío castillo, escuchando algunas conversaciones sueltas sobre las malas Navidades que todo el mundo había sufrido. Tras un buen rato caminando se encontró en el pasillo del despacho de la Profesora de Transformaciones, giró la esquina para encontrarse frente a frente con Ron Weasley, con el rabillo del ojo pudo ver también a su hermana pequeña que salía del despacho y a Potter junto a ella.
-¿Qué haces tú por aquí?- Le espetó el pelirrojo con todo el odio que pudo. -¿No deberías estar lamiéndole las botas a tu Señor?-
-Eso no es asunto tuyo, deposición de trol.- Le contestó Pansy limpiándose la cara como si Weasley le hubiese escupido al hablar, inmediatamente el color del rostro del pelirrojo aumentó de intensidad, sabía que siempre conseguía ponerlo nervioso con ese simple gesto.
-¡Basta!- Exclamó la Profesora McGonagall desde la puerta de su despacho, había escuchado el grito de Weasley y los miraba a los dos intensamente. –No sé qué demonios pasa entre vosotros dos, pero no me importa, no voy a permitir que os faltéis así al respeto. Por lo menos no delante de mí y en la puerta de mi maldito despacho.- Se ajustó las gafas sobre la nariz, escrutándolos a ambos con atención.
-Nosotros ya nos íbamos Profesora.- Intervino Potter cogiendo a su amigo del brazo con fuerza y arrastrándolo hacia la escalera, al pasar por el lado de la morena Ron le golpeó con el hombro en el brazo, que le estalló de dolor, pero ella lo aguantó apretando la mandíbula y sin apenas moverse sabiendo que eso sería lo que más molestase al pelirrojo, que se fue protestando por lo bajo. Ginny también pasó junto a ella con cuidado de no rozarle el brazo izquierdo y aprovechando para guiñarle un ojo con simpatía.
"Genial, como poco la pequeña Weasley sabe que me han marcado." Pensó Pansy. "En cambio, no creo que su hermano lo sepa, si no habría hecho lo posible por retorcerme o golpearme directamente el brazo."
-¿Debo intuir que viene a hablar conmigo, señorita Parkinson?- Preguntó la Profesora arqueando una ceja y cortando de cuajo el rumbo de sus pensamientos.
-Sí, Profesora McGonagall.- Asintió Pansy obediente. -¿Podemos hablar en su despacho, por favor?-
McGonagall la escrutó por encima de sus gafas, que se habían vuelto a deslizar por el puente de su nariz hasta la punta.
-Por supuesto, adelante.- Concedió la maestra haciéndose a un lado y dejando el vano de la puerta libre para que su estudiante pudiese entrar. Sin volver a mirarla se dirigió a su escritorio y se sentó en su silla de respaldo alto, sacó un pergamino del cajón y lo puso ante ella, sólo entonces volvió a alzar la vista para ver a su alumna que se había quedado junto a la puerta. –Tome asiento.- Ordenó con impaciencia.
-Sí, Profesora.- Repitió Pansy retirando la silla frente al escritorio y sentándose.
-¿Y bien? ¿Qué ha venido a decirme? ¿Algo interesante?- Parecía expectante.
-Eso creo.- Musitó Pansy. –Pude terminar el hechizo hace unos días.-
-¿Cuántos intentos le han hecho falta para poder conseguirlo?- Inquirió la profesora con curiosidad.
-Sólo dos, Profesora. La primera vez que lo intenté hace unos años me tragué la hoja de mandrágora y no quise seguir intentándolo porque me parecía una pérdida de tiempo.- Explicó. –Esta vez aprendí a colocarla y mantenerla bajo la lengua, de modo que no pudiese volver a suceder.-
-¿Pasó mucho tiempo antes de que pudiera terminar el conjuro?-
-Pasaron casi dos meses desde que pude introducir la hoja en el frasco bañado por la luz de la luna hasta que hubo una tormenta eléctrica.- Contestó. –Para ser más exactos, pasó un mes y veintiocho días, Profesora.-
-Bien, bien, esta vez se ha hecho de rogar.- Comentó McGonagall. –¿Y no olvidó recitar el hechizo ningún amanecer ni ningún atardecer en ese tiempo?-
-No, Profesora.- Pansy negó con la cabeza al tiempo que hablaba.
-Bueno, no me tenga en ascuas, cuénteme qué sucedió y muéstremelo.- Dijo con impaciencia la Profesora haciendo aspavientos con las manos.
-No hay mucho que contar, la noche que se produjo la tormenta eléctrica hace cuatro días me encerré en mi habitación y recité el hechizo por última vez, tomé la poción y me transformé.- Explicó Pansy mirándose las manos.
-No parece usted muy satisfecha con su transformación.-
-No lo estoy.- Aseveró Pansy con cierto enfado. –Esperaba algo pequeño, algo como un hurón o semejante. Algo útil como mi patronus.-
-Buscaba usted que su forma animaga fuese la de un animal discreto y pequeño, ¿para qué?- Le preguntó mirándola a través de la gafas con intención. -¿Desde cuándo es usted de las que quieren pasar desapercibidas?-
Pansy bufó y apartó la mirada, sólo había empezado de nuevo el proceso porque pensaba que se transformaría en algo útil con lo que poder espiar a Malfoy y a la vez poder controlar sus objetivos, un hurón o un armiño habrían sido ideales.
-Tenía entendido que el patronus y la transformación eran siempre la misma, quiero decir, su patronus son tres gatos y usted se transforma en gato.- Explicó con frustración, ocasionando que McGonagall la mirase en silencio unos segundos.
-Bien, pueden haber sucedido dos cosas.- Explicó la Profesora con paciencia al ver la decepción de la morena. –O bien, su patronus y su transformación son distintas porque, bueno, porque puede suceder no hay ninguna ley mágica que diga que deben ser iguales, o bien su patronus ha cambiado con su personalidad, es posible cuando se producen cambios profundos en una persona y, cuando cambia su esencia cambia su patronus.-
Pansy escuchó lo que le dijo la Profesora y se quedó en silencio, no entendía lo que había sucedido. Sí, ella había cambiado, pero no creía que el animal del que podía tomar forma fuese el más apropiado para ella, sin embargo, un mustélido le encajaba perfectamente. Siempre lo había hecho y a ella le gustaban, eran animales inteligentes, vivos y pequeños que podían escabullirse por cualquier rincón.
-Muéstreme su transformación si no le importa.- Le pidió la profesora con educación, ambas sabían que tenía que transformarse frente a ella. –Tengo que observar sus marcas distintivas para poder registrarla oficialmente.-
Sin decir una palabra Pansy se levantó de la silla e hizo un poco de hueco para asegurarse de que no rompería nada. En unos segundos en el despacho de la Profesora de Transformaciones apareció una pantera negra con el pelo brillante y lustroso.
-Increíble.- Murmuró McGonagall apreciando la belleza del animal frente a ella. –No entiendo por qué no le gusta su transformación, es un animal poderoso, es un líder, sagaz, inteligente, fuerte, misterioso e independiente. Yo creo que todos esos rasgos la definen a la perfección.- Le explicó acercándose a su alumna con respeto, sabía que era una adolescente pero aun así imponía acercarse a una pantera negra. –Bien, veo que sigues teniendo los ojos de un verde esmeralda increíblemente bonitos.- Dijo la Profesora y al instante una vuelapluma se puso a escribir en el pergamino que había extraído con anterioridad. –El pelo es negro azabache con brillo natural y completamente uniforme, no tiene ni el más mínimo asomo de mancha o decoloración salvo una excepción que radica en la pata delantera derecha, donde se puede apreciar una especie de anillo o pulsera de color blanco que le rodea la muñeca.- Explicó la maestra. -¿Puede enseñarme las uñas, por favor?- Solicitó.
Pansy se sentó sobre sus cuartos traseros y sacó las uñas de las patas delanteras que también eran perfectamente negras, vio cómo la profesora le pedía permiso y le tendió la mano derecha que fue estudiada con atención desde el codo hasta las almohadillas de la mano. Repitió el proceso con la izquierda.
-Vaya.- Murmuró la Profesora McGonagall casi imperceptiblemente, Pansy giró la cabeza con aire inquisitivo, no podía hablar en su forma animal. –Tiene una pequeña zona de pelo en el antebrazo izquierdo que no brilla, es un pelo de color mate, más áspero al tacto.- Inmediatamente Pansy retiró la pata de las manos de su Profesora con miedo.
-Es una vieja cicatriz que tengo en el brazo.- Mintió mientras se transformaba de nuevo en su forma humana cogiéndose el brazo, y se quedó observando a la docente que seguía mirándola con intensidad.
"Vale, eso no ha sido sospechoso en absoluto." Se reprendió con enfado. "No hables más de la cuenta, no respondas a preguntas que aún no te han hecho y no meterás la pata, si dices algo más sonará a excusa. Si quiere saber algo, que pregunte, en ese momento inventarás algo." Se auto aleccionó sin perder el contacto visual con la profesora que seguía sin decir nada, al darse cuenta de que aún se sujetaba el brazo de forma protectora se lo soltó despacio, como si no fuese nada importante. Quería salir de allí como alma que lleva el diablo pero era consciente de que de ese modo sólo levantaría más sospechas.
-Está bien.- Concedió por fin la profesora sin ahondar en el asunto. –De todos modos lo importante ya está apuntado, Parkinson.-
-Entonces, si me disculpa, tengo que marcharme.- Dijo Pansy mientras se dirigía presurosa a la puerta, temía escuchar la voz de la profesora ordenándole que se detuviese en cualquier momento pero aquello no sucedió. Con tranquilidad fingida llegó a la puerta, la abrió de un tirón y se giró un segundo a mirar si su profesora preparaba algún hechizo contra ella, pero lo único que pudo ver fue a McGonagall, de pie en el mismo sitio y con una mirada en la que se podía leer consternación y preocupación. Cerró con suavidad la puerta y se marchó casi corriendo con la cabeza bullendo, tanto, que no pudo ver la figura con la que se tropezó al girar la esquina.
-Maldita sea, ¿por qué coño no miras por dónde ostias vas?- Casi gritó desde el suelo donde se había quedado sentada y con el trasero dolorido.
-Pans.- Escuchó una voz que la llamaba débilmente. -¿Estás bien?-
"Maldita sea, ahora no joder. No estoy preparada para esto ahora."
Se fijó en Hermione que se empezaba a levantar y alargaba el brazo para recoger el libro que se le había caído. Pansy se quedó mirando la portada, viendo el título que había estado escogiendo durante horas para hacerle un regalo de Navidad: Una Escuela, Cuatro Genios; la historia jamás contada sobre los fundadores de Hogwarts.
-Es muy interesante.- Le dijo Hermione obsequiándole con una sonrisa al ver que tenía la mirada clavada en el libro. –Lo leí el día que lo recibí, desde entonces no paro de releerlo y encontrar nueva información y nuevos matices.- Alargó la mano con la intención de ayudarla a que se levantara pero Pansy no podía aceptarla.
-Aparta tu sucia mano de mi cara, sangresucia.- Gruñó con desdén mientras apartaba de un manotazo el amable ofrecimiento de la Gryffindor que se quedó mirándola, dolida por el comentario.
-Amor…- Empezó, inmediatamente se giró en todas direcciones cerciorándose de que no había nadie cerca de ellas dos, y no lo había. -¿Estás bien?- Volvió a preguntar con inseguridad en la voz.
-¿Y a ti qué cojones te importa si lo estoy?- Gritó cruzándose de brazos.
-Claro que me importa, tú me importas.- Contestó Hermione en apenas un murmullo, confusa por lo que estaba sucediendo.
-Bueno, pues tú a mí no.- Soltó Pansy con cara de asco y odiándose profundamente a sí misma al ver el gesto de dolor en la cara de la castaña.
-¿Qué está pasando aquí?- Escuchó la morena a sus espaldas, Ginny caminaba hacia ellas con paso elástico y cara de preocupación.
-¡Petrificus Totallus!- Gritó Pansy apuntando con su varita en dirección a la pelirroja. –No voy a permitir interrupciones.- Dijo casi fuera de sí, sabía que si no acababa con aquello en ese mismo instante no iba a ser capaz de hacerlo y eso no sería justo para con Hermione.
-¡Pans! Retira el hechizo.- Exigió la Gryffindor con la voz cada vez más débil.
-No me da la gana soportar a esa maldita traidora de la sangre.- Gritó. -Toma tu sucio anillo.- Añadió al recordar el regalo que le había hecho y empezando a quitarse la alhaja del dedo pulgar.
-Quédatelo.- Murmuró Hermione con un hilo de voz apenas audible. –Puede que yo a ti no te importe pero tú a mi sí, consérvalo.-
-Como si yo lo quisiera para algo.- Gruñó Pansy con el anillo en el puño cerrado con fuerza, tanta que sentía cómo se le clavaba en la palma.
-Te servirá para recordar cómo me humillaste.- Apuntó la castaña con la voz rota y los ojos vidriosos.
Pansy la miró y por un breve instante su fachada se rompió al ver el dolor que le estaba causando a su leona, pero no tenía otra opción, debía acabar con ella para protegerla. La Slytherin era muy consciente del peligro en el que se hallaba y no quería que Hermione se viese implicada por su culpa.
-¿Qué te pasa? Estoy preocupada por ti, habla conmigo.- La castaña se acercó al notar el dolor que reflejó la cara de Pansy por un microsegundo, intentó tocarle el brazo pero ella de inmediato retrocedió no permitiendo el contacto.
-No tengo nada que hablar contigo sucia muggle venida a más.- El horror que se pintó en su bello rostro la rompió por dentro. –Nunca he tenido absolutamente nada que tratar contigo, no te amo, no me gustas, y por supuesto que no me importas lo más mínimo. No eres NADA para mí, un sucio insecto con el que jugar, nunca has sido nada más que eso y ahora por fin te das cuenta de que lo único que he hecho contigo ha sido divertirme a tu costa, no eres más que un mal chiste. Me he aprovechado de ti desde el primer día y has caído como una auténtica estúpida, ha sido entretenido pero nada de lo que he hablado contigo, nada de lo que crees saber sobre mí es cierto.- En ese momento de su hiriente discurso pudo ver cómo las lágrimas empezaban a derramarse por el rostro de la castaña. –No eres más que un ser inferior y deleznable y como tal te trato. Te diría que hemos roto, pero no hay nada que romper… sangresucia.- Gruñó pasando por su lado y empujándola con el hombro como lo habría hecho cualquier día en el tercer curso antes de comenzar su acercamiento, con su anillo todavía sujeto con fuerza hercúlea en su puño.
Se alejó lo más rápido que pudo sin echar a correr, escuchó a sus espaldas a Hermione poniendo fin a su encantamiento, escuchó a Ginny dar unos cuantos pasos tras ella gritando indignada y unos segundos después de empezar, escuchó cómo se hacía el silencio, probablemente porque la castaña le habría prohibido romperle todos los huesos del cuerpo.
Pronto puso la suficiente distancia entre ella y las dos amigas como para no volver a oír nada de lo que hacían y lo que decían, pero entonces se pudo centrar en su propio dolor, dándose cuenta de que estaba temblando como una hoja y sintiendo cómo su corazón se hundía en la más profunda oscuridad, dolía tanto que parecía haberle estallado en el pecho dejando en el hueco miles de espinas.
"Contrólate." Se dijo. "No corras, sin prisa, nadie debe verte alterada, respira con tranquilidad, no tiembles y por favor, por lo que más quieras, no llores. No puedes llorar, no pueden verte llorando, eres una maldita Slytherin, NADIE puede verte llorar, NUNCA, tiene que odiarte para estar a salvo, pero no pueden saber lo que sientes." Caminaba a la vez que hablaba consigo misma. "Contrólate. Tú eres la que domina la situación, no al revés. Tienes que hacer esto, tienes que proteger a tu familia, tienes que proteger a Hermione y la mejor manera para hacerlo es permanecer lejos de ella, no importa lo que te pase a ti, no debes dejar que les pase nada a ellos."
Continuaba con su mantra para poder retener las lágrimas cuando escuchó la voz de Greengrass llamándola.
-Parkinson.- Repitió con una sonrisa. –Baja de las nubes, hablo contigo.-
-¿Qué sucede, Daphne?- Le preguntó centrando su mirada en la joven rubia y sin dejar entrever el maremágnum de emociones que la desbordaban.
-Nada en concreto, íbamos a ir Mils y yo al patio y te he visto, he pensado que quizá querrías venir con nosotras.-
-No, lo siento.- Contestó. –Si me disculpas, tengo cosas que hacer.-
Sin más continuó caminando hacia las mazmorras, entró en su habitación sin hablar con nadie, cogió su ropa y su neceser y se fue al baño de los prefectos, el único lugar en el que realmente tenía algo de privacidad.
Una vez dentro del baño y con la puerta cerrada a prueba de curiosos, llenó la bañera tal y como a ella le gustaba, se quitó la ropa, se sumergió en el agua relajantemente caliente, se deslizó lentamente hasta que el agua le cubrió la cabeza y en ese instante gritó. Un grito que nadie escucharía jamás, un grito que ella no quería que nadie supiese que había salido de sus labios, un grito de puro dolor y pérdida.
Cuando se quedó sin aliento, rompió la tranquila superficie del agua jadeando y respirando con agitación, las lágrimas se fundían con las gotas de agua que se deslizaban por su rostro. Contuvo los gemidos y los sollozos que la hacían temblar de un modo incontrolado, hasta que logró tranquilizarse lo suficiente y se quedó sentada en un rincón, abrazándose las piernas y con la frente en las rodillas.
Tras casi una hora regodeándose en su dolor, notó cómo el agua de la bañera se iba enfriando lentamente, la espuma y las burbujas hacía rato que se habían desvanecido, con lentitud levantó la cabeza de sus rodillas y miró a su alrededor desconcertada. Con el dorso de la mano se quitó los restos de las lágrimas que ya hacía rato que se habían secado en su rostro y se incorporó, alcanzando la toalla para secarse. Se vistió con desgana mirando su reflejo demacrado en la superficie empañada del espejo, se acercó y pasó la mano quitando el vaho y mirando fijamente a la chica desconocida que le devolvía la mirada.
-Tienes que hacerlo.- Se dijo a sí misma, notando cómo la rabia y la pena empezaban a subir de nuevo por su garganta, se agarró con fuerza al lavabo. –Tienes que proteger a tu familia, tienes que proteger a Hermione…- Las lágrimas empezaron a brotar de nuevo en contra de su voluntad y la voz se le rompió. -…Hermione…- Susurró apretando los puños con toda la fuerza de la que era capaz sobre la pica, tratando de reprimir la ira. –Lo siento.- Murmuró con la voz ahogada y dejándose llevar por la rabia, totalmente enajenada, alzó el puño, estrellándolo con fuerza contra el espejo, rompiéndolo en miles de esquirlas y cortándose con ellas el puño derecho. –Mierda.- Dijo mirándose la mano ensangrentada como hipnotizada, tras unos minutos en trance cogió su toalla verde y se envolvió la mano derecha, abandonando el baño de los prefectos ya con su máscara puesta.
Entró en su habitación donde encontró a sus compañeras, cada una en su cama, pasando el rato hasta la hora de la cena hablando entre ellas. Nada más verla entrar todas se callaron y se quedaron mirándola.
-Vaya, ignoraba que tenía este poder.- Bromeó Pansy, tratando de quitarle hierro al silencio. –Debe ser muy útil cuando estáis cacareando y no me dejáis dormir.-
-Vamos, siempre nos has dado miedo, y lo sabes.- Le contestó Daphne sonriendo con simpatía. –No hablábamos de nada importante pero nos has asustado con la toalla ensangrentada.-
-Oh.- Exclamó Pansy mirándose la mano envuelta. –Ya no me acordaba.- Comentó empezando a rebuscar en su baúl y sacando una poción de color blanquinoso que se aplicó en los cortes que de inmediato se cerraron, le quedaría una pequeña marca durante unos días pero ya no se le volverían a abrir. –He tenido un pequeño accidente con el espejo del baño.- Contestó sin darle importancia, sabiendo que no le hacía falta ocultar lo que había sucedido, bastaba con maquillarlo un poco.
-¿Podemos saber qué ha pasado?- Preguntó Tracey, siempre a punto para sacar un cotilleo.
-Pues nada importante, Davies.- Le replicó. –Estaba bailando en el baño y me he dado contra un espejo.- Mintió.
-Estás de coña, ¿no?- Le contestó, con media sonrisa ya formándose en sus labios.
-Bueno, no voy a obligarte a creerme.- Le contestó ya con el pijama puesto, escuchando cómo las risas empezaban a expandirse por la habitación, se encogió de hombros sonriendo a su vez y siguió preparándose la cama.
-¿No vas a subir a cenar?- Preguntó Millicent viéndola con el pijama puesto.
-No, mi padre me ha hecho cenar en casa antes de venir. No tengo hambre.- Contestó con cansancio, y sin más explicaciones se metió en su cama cerrando las cortinas.
Pansy se sentía cansada ya antes de su encuentro con la leona por lo que en aquel mismo momento se sentía completamente drenada, no quedaba nada dentro de ella. Era cierto que no tenía apetito, más que nada sentía náuseas y solo de pensar en comida se le encogía con fuerza el estómago, tampoco tenía ganas de encontrarse con nadie en el gran comedor, ni quería tener que mantener una conversación forzada por la que no tenía ningún interés, de modo que decidió echarse en la cama y a partir del día siguiente empezaría a ordenar sus ideas y sus prioridades para poder llevar a cabo la misión que le habían asignado.
Al día siguiente Pansy aguantó todo el día fingiendo normalidad, logró tomar algo a la hora de la comida y, lo que es más importante, retenerlo en el estómago y continuó con sus clases como si nada especial estuviese sucediendo. Tras acabar las clases de la tarde, Pansy se recluyó en su cama tanto para descansar como para tomar decisiones y poder regodearse en su dolor, pero al poco de llegar ella allí entraron Davies y Greengrass montando escándalo y no dejándola ni escuchar sus propios pensamientos.
Salió de la mazmorra viendo grupos de estudiantes hacer sus tareas retrasadas o jugando o hablando en grupo, los esquivó a todos con un objetivo fijo en la mente. Pasó por el gran comedor sin encontrar a la persona a la que buscaba, salió al patio donde apenas había nadie debido al frío y la nieve y se volvió a meter con rapidez para no perder todo el calor del cuerpo, pasó por las cocinas y al final tomó la decisión de quedarse junto a la gran escalera, en el octavo piso con vistas a la entrada de la torre de Gryffindor, tarde o temprano la persona que buscaba acabaría pasando por allí.
Vio paseando a algunos de sus compañeros y decidió acercarse a hablar con ellos, si se quedaba sola mirando a todos lados sería sospechoso por lo que lo más inteligente era integrarse en la escena, de ese modo podría observarlo todo sin llamar la atención.
Así acabó entre Crabbe y Goyle hablando de sinsentidos con Zabini que parecía muy interesado en el club de las eminencias del Profesor Slughorn. Para su desgracia acabó enterándose de todo lo que había pasado en la reunión que se produjo antes de las Navidades y lo peor de todo era que encima debía demostrar interés, cada vez que Zabini nombraba a Granger, Pansy sentía como si le pegasen una patada en el corazón, pero logró disimular todas y cada una de las veces.
Por fin, casi a las ocho vio a la persona que llevaba buscando toda la tarde. Potter salió corriendo escaleras abajo, ella se asomó a la barandilla tratando de adivinar dónde podía dirigirse.
-Mirad a la rata como corre.- Dijo cuando hubo desaparecido de su vista, sin esperar respuesta de sus compañeros empezó a correr detrás de él, inmediatamente escuchó a los tres chicos corriendo tras ella, por suerte habían interpretado su interés como ella quería y pensaban que buscaba pelearse con el moreno.
Casi corriendo para intentar no perderlo de vista, bajaron cinco pisos, pero cuando se dieron cuenta de adónde se dirigía se frenaron en seco los cuatro. Potter estaba frente al grifo que protegía la entrada al despacho del Profesor Dumbledore que ya había iniciado su movimiento para dejarlo acceder.
-Maldición.- Gruñó Pansy, si había algún sitio donde no podía seguir a Potter, ese era el despacho del Director.
-Se nos escapó.- Aportó Zabini poniendo mala cara.
-Sigue siendo la mascota de Dumbledore.- Dijo Goyle haciendo crujir los nudillos.
-Las malas costumbres nunca cambian.- Añadió Pansy negando con la cabeza, con una sonrisa torcida y jugando con los dos pequeños frascos que guardaba en el bolsillo de su túnica, los había preparado durante las navidades y sólo faltaban un par de detalles para poder usarlos y poder de ese modo ligar su conciencia con la de Potter. Para que el encantamiento que tenía en mente funcionase, tenía que hacer que Harry tomase la poción que ya estaba preparada con su propia sangre y necesitaba mezclar unas gotas de sangre del moreno en la que tenía que tomar ella, nada más sencillo.
