19
Albert no volvió a su habitación aquella noche y, por una vez, su ausencia no la molestó. Candy no sabía si podría mirarlo a la cara. Sus emociones seguían en carne viva.
Había llorado silenciosamente en la oscuridad, durante horas, como hacía con frecuencia de niña, hasta que el agotamiento superó finalmente el dolor. Debió de dormir, pero no sabía cuánto tiempo. Cuando se despertó, el agudo dolor por su rechazo no se había aliviado. Se quedó en cama, resistiéndose a levantarse. Porque si lo hacía, tendría que enfrentarse al desastre que ella misma había causado.
Candy había confundido el deseo con algo más. Con una conexión más profunda. Al abrigo de su abrazo, había tenido una sensación de seguridad y pertenencia que nunca había experimentado antes. Como una estúpida, se había permitido creer, aunque solo fuera durante un ardoroso momento, que podía importarle a alguien como Albert MacAndrew. Se había pasado toda la vida tratando, sin cesar, de demostrar a su familia lo que valía. Si a los que estaban más cerca de ella no les importaba, ¿por qué iba a importarle a él?
El jefe MacAndrew la deseaba, eso era todo.
Había notado su deseo. Incrustado en su cuerpo. La deseaba.
Pero estaba claro que no confiaba en ella. Reconoció que no le faltaban razones. La culpa le aguijoneaba la conciencia. Aunque no se había propuesto seducirlo la noche anterior, la seducción formaba parte de sus planes. Quería provocarlo y sabía que él podía tropezarse con ella mientras andaba medio desnuda por la torre. Había jugado con fuego y se había quemado. Él tenía todo el derecho a poner en duda sus intenciones y lanzarle sus acusaciones. Se merecía todo lo malo que él pensaba de ella y más todavía.
Solo entonces empezaba a caer en la cuenta del auténtico horror de la situación. Sabía lo que tendría que hacer, pero nunca se habría imaginado lo frío y calculador que sería utilizar su cuerpo para explotar su atracción por ella. Utilizar la pasión de los dos para manipularlo. La inundó una oleada de asco hacia sí misma.
Recordó las palabras de Albert. Solo había tomado lo que le ofrecían. Se estremeció. ¿Tan obvio había sido su deseo? Si había reaccionado con tan poco acierto, era solo porque había actuado instintivamente. Inocentemente. De nuevo la vergüenza le encendió las mejillas. Quería enterrar la cabeza bajo la almohada y esconderse de aquellos recuerdos tan vividos.
Pero él se equivocaba en sus sospechas. Lo de la noche anterior no había sido una actuación. Le había ofrecido su respuesta libremente. Nunca se había creído capaz de unos sentimientos como aquellos. Y su intensidad la aterraba, porque señalaba lo sensible que era ante él. Y lo fácil que le resultaría perder la cabeza.
Candy sintió una punzada de pesar. Si las circunstancias fueran diferentes... Negó con la cabeza. No lo eran. Tenía una tarea que llevar a cabo, aunque ahora comprendía que tendría que pagar un precio. Cuando el año acabara, no se marcharía sin haber sufrido daños.
Algo más la atormentaba. Candy sabía que no eran solo sospechas ni su súplica inconsciente lo que le había hecho apartarla de él. Era su honor. No tomaría su virginidad sabiendo que su intención era devolverla a su clan.
Candy apartó la ropa y se obligó a calmarse. No serviría de nada que huyera de sus problemas. Necesitaba despejar el ambiente entre los dos. Y de repente sentía que era importante que él no pensara lo peor de ella. Quería que supiera que había salido de la habitación con la intención de encontrar la biblioteca y nada más. Era hora de un poco de sinceridad por su parte. Seguía teniendo una tarea que cumplir, pero ya no estaba segura de poder utilizar su cuerpo para lograrlo. Tenía que haber otros medios.
Para cuando Albert volvió a su cámara para lavarse y eliminar de su cara las huellas de una noche sin dormir, Candy ya se había marchado a desayunar. No había confiado en sí mismo para volver a su habitación la noche anterior, no cuando su cuerpo todavía ardía de deseo. Había pasado una noche incómoda delante del fuego de la biblioteca, con una botella por compañía. Pero ni siquiera la fuerte bebida consiguió adormecer el sabor a miel de Candy, que parecía grabado a fuego en sus labios.
Había permitido que su ira al encontrarla recorriendo a hurtadillas la torre lo ofuscara, y luego, aquel night trail tan fino lo había llevado demasiado lejos. Pero no debería haberla besado.
Candy le provocaba una tensión tal que no sabía qué demonios le había pasado. La reacción de la joven lo había vuelto medio loco. El dulce dardo de su lengua. El tentativo movimiento de sus caderas. El arquearse de su espalda mientras él le besaba los sensuales pechos. La humedad de miel entre sus piernas, que casi le había hecho perder el control por completo.
Tenía el deber para con su clan de disolver el matrimonio a prueba y forjar una alianza que lo ayudara en su propósito de destruir a Sleat. El juramento que había hecho de vengarse de Sleat no incluía privar de su virginidad a una niña inocente. O dejarla encinta. Aunque sabía que había otros placeres que podían compartir, lo de la noche anterior había dejado claro que solo probarla no era suficiente. No podía confiar en sí mismo para contenerse. ¿Qué habría hecho si ella no hubiera pronunciado su inocente ruego, devolviéndole de golpe el sentido? No podía estar seguro.
De pie junto a la ventana de sus habitaciones, viendo cómo salía el sol por el lejano horizonte, Albert apenas se reconocía. Nunca se había dudado de su capacidad para controlar sus más bajos instintos. Ni de su capacidad para cumplir con su deber para con el clan. Nunca había dudado de su cometido como jefe.
Pero cuando la tuvo entre sus brazos, cuando apretó sus labios contra los de ella, le pasó los dedos entre el velo sedoso y espeso de sus rizos sueltos y lo superó su embriagador perfume, eso era lo que había hecho.
En aquel momento, perdido en la fiebre de su abrazo, la había deseado a ella más que a la venganza. Y podría haberlo tirado todo por la borda, destruido su herencia con la misma rapidez con que podía quitarse el plaid, por el momento de dulce placer que lo esperaba entre los muslos de Candy. La orgullosa herencia que había pasado de su padre, William I, a su hermano mayor, William II. Una herencia que no tenía que haber sido para él, pero que había aceptado sin reservas después de las muertes trágicas y prematuras de su hermano y de su joven sobrino John.
El bienestar del clan dependía de la fuerza de su jefe. A cambio de su absoluta lealtad, el clan esperaba que el jefe les protegiera y fuera su sostén. El jefe era el líder absoluto en la guerra, el que poseía la tierra, el juez y jurado... con autoridad absoluta sobre el clan. Un jefe sin honor, un hombre que no cumplía su palabra, traicionaba la confianza del clan.
La herencia de Albert como jefe de los MacAndrew era su deber hacia el clan, por encima de todo. El deber por encima del deseo personal. Los MacDonald habían avergonzado a los MacAndrew y él debía devolver el honor al clan. Cabeceó asqueado. Casi lo había olvidado, hasta que la súplica inconsciente de Candy rompió el hechizo y le devolvió, con toda la fuerza, la consciencia de sus responsabilidades.
Pero ella jugaba con fuego. Ya le había advertido que no le tentara de nuevo. Estaba furioso consigo mismo, y con ella, por haber caído en su trampa con tanta facilidad, haciendo que arremetiera contra ella con una rabia ciega. Y a juzgar por la expresión de su cara, sus palabras habían dado en el blanco. Su rechazo la había herido. Se había quedado mirándolo como si fuera un cazador que acabara de lanzarle una flecha directa al corazón. Su angustia era real.
Apretó las manos contra la piedra fría y firme del alféizar de la ventana. Por lo general, el mar le daba un poco de paz, pero ese día lo abandonaba.
De niño, lleno de los fantásticos relatos de los bardos, imaginaba que vislumbraba las brillantes escamas de la cola de las sirenas, las Maighdean na Tuinne, que lo llamaban desde el mar iridiscente, bañado por el sol. Por supuesto, en aquel momento comprendía que solo había visto focas grises, no sirenas. Qué lejos parecía todo aquello; apenas recordaba al niño libre de preocupaciones que había sido, antes de verse engullido por la responsabilidad.
Una garza se lanzó al agua, dibujando un arco perfecto, y luego volvió a alzarse, sujetando un pez con el pico. Albert saboreó el espectáculo que la naturaleza desplegaba ante sus ojos, porque sabía que pronto los días se acortarían y los majestuosos colores que veía entonces quedarían ocultos detrás de una cortina de niebla gris y fuertes lluvias. La marcha renuente del verano lo atraía y el viento frío acariciaba el cuello de un día todavía soleado.
Sin embargo, incluso mientras contemplaba el sosegado ir y venir de las olas, subiendo y encrespándose con un tiempo perfecto, casi musical, no podía librarse de aquellos ojos verdes, luminosos y tan llenos de dolor. ¿Solo había estado buscando un libro? Le sorprendió darse cuenta de lo mucho que quería creerla. Tal vez Candy se merecía el beneficio de la duda. Se frotó la barbilla sin afeitar, pensativo. Nunca había pensado en la posibilidad de tener una esposa culta, pero descubrió que le gustaba la idea. Hablaba de una cierta entereza. Era el primero de su clan en haberse beneficiado de una educación universitaria. Leer era una pasión y su único escape... Albert se sentía orgulloso de la amplitud de su biblioteca y hacía nuevas adquisiciones adondequiera y cuandoquiera que viajara. Había más profundidad en Candy de lo que había supuesto.
Se apartó de la ventana y se dirigió, decidido, hacia el lavamanos del otro lado de la habitación. Se echó agua fría, sin piedad, contra la piel, para eliminar el cansancio de su cara. Se vistió rápidamente, sin pensar; después de años de práctica, los complicados pliegues del
plaid eran cosa de rutina.
Tal vez le llevara un libro. En su último viaje a Londres, unos años atrás, había comprado el poema épico, recién publicado, de Edmund Spenser, The Fairy Queen.
Un romance del rey Arturo y su gloriosa reina de las hadas, una abierta alusión a la reina Elizabeth, narrada siguiendo la tradición de Virgilio. Era uno de sus libros favoritos y, de alguna manera, sabía instintivamente que a Candy le encantaría. Se la recordaba:
Her angels face
As the great eye of heaven, shyned bright,
And made a sunshine in the shady place;
Did never mortal eye behold such heavenly grace..
Acabó de vestirse, se recogió el pelo y se dirigió a la biblioteca. Cuanto antes se ocupara de aquello, mejor. Más valía enterrar lo sucedido la noche anterior.
Curiosamente, mientras buscaba a Albert, Candy descubrió, en el segundo piso de la torre del Hada, la biblioteca que había tratado de encontrar por la noche. La estancia era pequeña, pero muy agradable. Las estanterías, llenas de libros encuadernados en piel, se extendían por las paredes cubiertas de tapicerías, unas grandes ventanas proporcionaban abundante luz natural y cómodas sillas rodeaban una mesa de madera, grande y muy pulimentada.
Pauna, que no parecía mayor que una niña, estaba sentada a la mesa y evidentemente absorta en un asunto de importancia, porque no se dio cuenta de que Candy se hallaba en la puerta. Candy observó divertida cómo Pauna, inmersa en sus pensamientos, se daba repetidos golpecitos en la sien con la pluma que sostenía en la mano. Arrugaba la nariz y fruncía los labios con aire perplejo, mientras estudiaba los rollos de papel.
—Espero no molestarte-dijo Candy.
Pauna levantó la cabeza de un rubio brillante, con los largos cabellos sujetos a la espalda en una trenza. El parche negro ocultaba la mayor parte de sus rasgos, pero no la vacilante sonrisa de bienvenida.
—Buenos días, Candy. Qué sorpresa tan agradable. La verdad es que agradezco cualquier cosa que me aparte de estas cuentas.-Se apartó de la mesa, visiblemente encantada—. Me duele la cabeza por el esfuerzo de asegurarme de que todos estos números estén bien. Tengo que admitir que esta es la parte más pesada y difícil de mis deberes desde que murió Geoffrey, el antiguo senescal. Todavía no hemos podido encontrarle un sustituto, y me veo obligada a llevar las cuentas. Y ahora que se acerca la fiesta de San Miguel, debo acabar con las de este año antes de poder empezar las del año que viene.
Candy rodeó la mesa y miró los libros. Se volvió hacia Pauna con una sonrisa incómoda pero comprensiva.
—Espero que no lo consideres demasiado atrevimiento, pero podría ayudarte con las cuentas.-Algo avergonzada, aclaró—: En la corte descubrí que tenía una habilidad bastante peculiar para este trabajo. Veo sumas claramente en mi cabeza, sin tener que pensar mucho. Con frecuencia, la reina Ana me hacía comprobar las cuentas de la casa. A decir verdad, me harías un favor. Sería un placer tener algo en que ocupar el tiempo.
Pauna la miró como si le acabaran de aparecer alas y un halo. Sonrió, y los profundos hoyuelos de Albert aparecieron en su cara.
—No hablas en serio. ¿De verdad quieres ocuparte de esta carga? Serías la primera de este castillo que yo pueda recordar. Siempre nos ha costado encontrar a alguien que se encargara de las cuentas. George, el administrador, puede ayudarte con las rentas de las tierras y el ganado, y Deidre, con los gastos de comida, suministros y visitas de este año. ¿Estás segura de que no te importaría?
—Dalo por hecho.-Candy sonrió ampliamente.
Pauna estaba tan entusiasmada que, antes de darse cuenta de lo que hacía, se levantó de un salto y abrazó a Candy.
—Perdóname-dijo sonrojándose—. No sé qué me ha pasado.
Candy desechó su vergüenza con una sonrisa.
—No digas tonterías. Como te dije, siempre he querido tener una hermana.-Cogió la mano de Pauna entre las suyas—. Y ahora la tengo.
La cara de Pauna se iluminó con una gran sonrisa.
Anthony se asomó a la puerta.
—¿Qué andáis conspirando vosotras dos?-preguntó, con la voz cargada de una preocupación exagerada.
Las dos mujeres se separaron de un salto, con un aire de culpabilidad. Candy se recuperó a la primera.
—Buenos días, Anthony. Pauna y yo acabamos de llegar a un acuerdo muy conveniente. Un medio para que pueda ayudarla con sus deberes.
La cara de Anthony perdió de inmediato su aire divertido.
—¿Te encuentras bien, hermana?-preguntó preocupado—. ¿Has estado trabajando demasiado?
—Deja de tratarme como a una niña, Anthony. Estoy bien. Solo que nunca he tenido cabeza para los números.-Instintivamente, Pauna miró a Candy en busca de ayuda. Candy comprendió su frustración. El primer instinto de los hombres grandes y fuertes como Anthony y Albert era proteger. Pero su exceso de solicitud al tratar a Pauna como si fuera una frágil pieza de porcelana que podía partirse en pedazos con una palabra equivocada no solo era irritante sino que, sospechaba Candy, también la impedía sanar.
—Hemos decidido que la ayudaré con las cuentas-anunció Candy. Ante la mirada de sorpresa de Anthony, explicó—: Lo sé, debe de parecer extraño, pero seguramente, como Pauna ya desempeñaba estos deberes, no debe de ser inaceptable que una mujer actúe como senescal.
—No es eso, Candy.-Anthony se volvió hacia Pauna con una mirada significativa—. ¿Has aclarado esto con nuestro hermano, Pauna?
La cara de Pauna se ensombreció.
—No lo había pensado, Anthony. Por supuesto, tienes razón. Tengo que hablar con Albert. Candy, me temo que he aceptado tu generosa oferta sin detenerme a pensarlo. Tengo que pedirle permiso a Albert.-Hizo una pausa y añadió con voz débil y contrita—: No estoy segura de que apruebe nuestro acuerdo.
Candy sabía por qué. Albert no solo desconfiaría de que metiera las narices en sus asuntos económicos; además, tampoco querría que participara en la administración doméstica cuando tenía intención de devolverla a su clan.
Reaccionando ante el evidente disgusto de su hermana, Anthony dijo:
—Bueno, quizá podríamos mantenerlo en secreto entre nosotros durante un tiempo. Albert ha estado muy ocupado y quizá podríamos esperar un poquito antes de planteárselo. Hasta entonces, no hay ninguna razón para que Candy no pueda ayudarte con los libros.
Las dos mujeres le sonrieron, pero fue Candy la que cruzó rápidamente la estancia para darle un beso, suave y agradecido, en la mejilla. Candy estaba conmovida por el deseo de Anthony de alimentar la confianza recuperada de su hermana. Pero no podía prever que Anthony movería la cabeza y sus labios acabarían junto a los de él.
Albert no oyó nada de su conversación al entrar en la biblioteca.
Lo que atrajo su atención fue la visión de los labios llenos y sensuales de Candy posándose precipitadamente junto a la boca de su hermano. Se quedó paralizado. Algo parecido a un cañonazo le estalló en el pecho.
Tardó un minuto en ver con claridad a través de la niebla de la ira. Había visto lo suficiente para saber que el beso no era más que una muestra espontánea de gratitud por algo, pero el efecto no era menos devastador. La fuerza y la intensidad de su reacción le dijo mucho más de lo que quería saber. Tensó la mandíbula y carraspeó.
Candy dio un salto atrás, con una expresión tan culpable que Albert se preguntó cómo había podido sospechar que la noche anterior andará fisgoneando. Su cara delataba todas sus emociones. Incluso cuando, como en aquel momento, no había motivos. De todos modos, tendría que insistir en que no regalara besos, inocentes o no, a nadie.
—Confío en no estar interrumpiendo nada-dijo lentamente, ocultando su reacción.
—No, claro que no-respondió Candy demasiado rápidamente.
—No-le aseguró Pauna al mismo tiempo. Las dos mujeres se miraron, y Albert vio que intercambiaban alguna forma de silenciosa comunicación.
Estaban preparando algo. Pero cuando miró a Anthony, su condenado hermano se limitó a sonreír.
Se ocuparía de Anthony y de Pauna más tarde, pero en ese momento tenía que hablar con Candy. No había acudido directamente a la biblioteca. Tom lo había interceptado con una misiva a la que no podía dejar de prestar atención.
—Si vosotros dos no estáis muy ocupados, necesito hablar con Candy.-A Albert le pareció percibir una cierta renuencia, pero hicieron lo que les pedía. Cuando se marcharon, se volvió para encontrarse con que Candy lo miraba desconfiada.
—No era nada-explicó.
—Lo sé. Pero no deberías besar a nadie más que a tu esposo.
Ella enarcó una ceja y pareció a punto de replicar, pero se contuvo. En cambio, dijo:
—Te estaba buscando.
—¿Por qué?
Ella le puso la mano en el brazo.
—Quería que supieras que, de verdad, anoche buscaba la biblioteca. Y nada más.
Se quedaron mirándose largo rato y algo pasó entre los dos. Él la creía. Sus labios se curvaron en una media sonrisa.
—Bueno, pues parece que la has encontrado.
Candy correspondió a su sonrisa y Albert sintió un salto extraño en el pecho. Un salto que se convirtió en un vuelco completo cuando ella alargó la mano para colocarle un mechón de cabello suelto detrás de la oreja. No estaba seguro de quién se sentía más asombrado. La extraña intimidad del gesto lo había dejado sin aliento.
El rubor cubría las mejillas de Candy.
—Se había soltado.
A Albert se le hizo un nudo en la garganta. Perplejo, apartó la mirada.
—He venido para decirte que tengo que marcharme.
El rubor desapareció de su cara.
—¿Cómo?
—Había planeado llevar el ganado a la feria de Port Righ la semana que viene, pero al parecer no puedo esperar tanto.-Aunque solo tenía veinte años de existencia, la feria de Port Righ era más popular cada año y atraía cada vez a más gente de fuera de la isla. Los habitantes de la isla llevaban sus mercancías, por lo general ovejas, vacas, lino y queso dos veces al año para vender o trocar.
—¿Volverás pronto?
Albert negó con la cabeza.
—Debo marcharme a Edimburgo directamente después de la feria.-Disimuló su enfado. La misiva de Jacobo le recordaba el oneroso deber que tenían todos los jefes de las Islas de presentarse ante el Privy Council, el consejo asesor del monarca, para demostrar su «buena conducta». Desde que Jacobo había asumido el poder por propio derecho, casi quince años atrás, había ido reforzando su dominio de las Highlands y las Islas con una serie de nuevas leyes-la General Band— que apuntaban directamente al centro de la autoridad del jefe del clan.
Albert y otros jefes de las Highlands se agitaban incómodos bajo las poco gratas riendas de Jacobo. Durante cientos de años, las Highlands y las Islas habían existido casi como un feudo propio; un reino gaélico bajo el dominio del clan Donald, los señores de las Islas. Pero desde la pérdida del señorío, unos cien años atrás, la ineficacia del gobierno central escocés había tenido como consecuencia, necesariamente, el aumento de poder de los jefes de los clanes. Ahora el rey quería alterar ese cambio de poder debilitando la autoridad de los jefes de los clanes. Hacer que se presentaran en la corte era solo otro medio para que Jacobo les recordara a todos ese cambio.
En lugar de expresar su irritación, se limitó a decir:
—El rey ha requerido mi inmediata presencia.
A Candy se le iluminaron los ojos y dio una palmada.
—¡Vas a la corte!
—Por desgracia, sí.
—Pero eso es magnífico. Justo le estaba diciendo a Pauna...
Albert la interrumpió bruscamente:
—Me temo que debo viajar solo.-Enseguida vio su decepción.
—Entiendo-dijo ella, pero no era verdad.
—Anthony quedará al mando mientras yo no esté.
Ella no dijo nada. Albert se volvió para marcharse, pero algo se lo impidió. El recuerdo de la noche anterior seguía vivo en su memoria, igual que las sensaciones que agitaban su cuerpo. Le daría el libro, pero ella tenía que saber algo más. La cogió por la barbilla y la obligó a mirarlo.
—No creas ni por un momento que no te deseaba.
La mirada de Candy se suavizó. Antes de poder contenerse, la cogió entre sus brazos y le dio un beso fuerte y rápido. Un beso de verdad, no como el que ella le había dado a su hermano. Este era un beso de posesión. Un recuerdo con el que ella pudiera quedarse.
Cuando por fin la soltó, se marchó sin mirar atrás. No quería que ella viera lo difícil que le resultaba hacerlo.
