15. (Segunda parte) Centrémonos en hacer trizas el ego tamaño Bieber de Sasuke

Los primeros acordes de la canción, que escuchaba tantas veces cuando era pequeña, me sorprenden, pero ni siquiera el «I'll Be» de Edwin McCain consigue distraerme. Soy perfectamente consciente de la cantidad de ojos que nos observan. Algunos son rostros amables y sonrientes que nos transmiten ánimos, pero otros, especialmente los de las admiradoras de mi acompañante, me miran con el entrecejo fruncido. La tensión es palpable; nadie habla, solo la voz del cantante que resuena a nuestro alrededor.

—Eh, no los mires. Mírame a mí, solo a mí, como en los ensayos —me susurra, y yo me descubro mirándolo fijamente a los ojos.

En serio, ¿cómo pueden ser tan negros?

Me tranquilizo, apoyo una mano en su hombro y entrelazo la otra con la suya. Llevamos días practicando, pero la tensión del primer momento nunca se supera. Tengo un cosquilleo en la piel, pequeñas descargas de electricidad recorriéndome los brazos, y siento como si me hubieran abrasado la cintura, justo donde descansa la mano que le queda libre.

La gente, sobre todo las mujeres del club de jardinería al que pertenece mi madre parlotean a nuestro alrededor mientras nos balanceamos por toda la pista. Los bailes de salón no son la actividad más excitante del mundo, pero es una experiencia tan bonita que sé que he descubierto una nueva pasión. Todo es tan delicado, tan complejo y tan... romántico... No hay música atronadora ni movimientos de baile salvajes, solo dos personas moviéndonos al compás.

Me pongo colorada al pensar en otra actividad parecida.

—¿Lista para el paso estrella? —me susurra al oído, y tengo que contener el gemido que está a punto de escapárseme por la boca.

Digo que sí con la cabeza; estoy completamente aturdida. Itachi nunca me había parecido el tipo de chico al que se le da bien algo tan sutil como bailar agarrados. Antes me lo imaginaba como alguien que no se avergüenza de restregarse contra el personal en la discoteca de turno. Siempre he sabido que se le daba bien bailar, e incluso la parte de mí que le tenía más pánico quería ser la chica que se deslizara con él por la pista de baile.

La música gana ritmo justo en el momento en que Itachi me levanta del suelo por la cintura y giramos en una pirueta. Atrás queda el miedo a caerse que me ha preocupado durante tanto tiempo. Sonrío de oreja a oreja y la gente a nuestro alrededor comenta la jugada entusiasmada. Me olvido de los ojos que nos observan y me concentro en la persona que me sujeta en el aire. Me doy cuenta de que por primera vez en quince años, los años que hace que conozco a Itachi, por fin confío en él. A pesar de que sea un cerdo narcisista.

Nuestro baile no ha acabado, pero la gente ya nos aplaude y nos vitorea. Reconozco la voz de Ino elevándose por encima de la multitud. Lo más probable es que se esté dejando los pulmones, y es que esto es su fantasía hecha realidad. Siempre ha querido vivir un momento así y, por su propio bien, espero que Sai sepa bailar tan bien como su mejor amigo.

Itachi me baja al suelo y sus ojos no se apartan de los míos. Me quedo de piedra cuando me doy cuenta de que está tarareando la canción, lo cual duplica el efecto. Siento que se me doblan las rodillas y pienso en el ridículo que haría si me cayera de culo delante de toda esta gente. Itachi se da cuenta y me pasa las manos por la cintura y yo respondo rodeándole el cuello con los brazos.

—¿Estás bien? —me pregunta con la frente apoyada contra la mía.

Cierro los ojos y trago saliva. Estos nervios, este tembleque, este deseo de que desaparezca todo el mundo y nos quedemos a solas, todo esto me resulta tan ajeno como irresistible. No soy tan tonta como para no darme cuenta del tipo de sentimientos que experimento. Me ha ocurrido con Sasuke desde que soy capaz de recordar, pero esto parece más... fuerte. Itachi; de toda la gente que podía provocar este efecto en mí, tenía que ser Itachi.

—Genial —susurro, y abro los ojos.

De pronto, me suelta, pone una mano en la parte baja de mi espalda, me coge de la otra y empieza a inclinarme hacia el suelo. Acabo de ver lo que le ha pasado a Karin, así que recupero mis miedos, esta vez más fuertes que nunca. El movimiento es tan rápido que cuando me doy cuenta ya estoy a escasos centímetros del suelo. Me deja ahí unos cinco segundos, luego me ayuda a incorporarme y me hace girar con una mano.

Todo el mundo empieza a aplaudir y a aclamarnos, momento en el que Itachi decide soltarme y cogerme solo de la mano. Saludamos con una reverencia y no puede evitar levantar la voz por encima del torrente de aplausos.

—Y así, señoras y señores, es como se hace un paso de baile en condiciones — grita, guiñándole el ojo a un enfurruñado Suigetsu y a una colorada Karin.

Estoy totalmente de acuerdo, ha sido el mejor momento de la noche.

Todavía cogidos de la mano, me lleva fuera de la pista de baile. Somos la última pareja en actuar, así que ya podemos dispersarnos y hacer lo que nos venga en gana. Necesito beber al menos un par de litros de agua, tengo la garganta más seca que el desierto del Sáhara. Me dirijo hacia la mesa de las bebidas y me tomo una cantidad generosa de la única bebida disponible: una especie de ponche de frutas de aspecto un tanto extraño.

—¿Qué te tengo dicho sobre lo que se sirve en las fiestas? —pregunta Itachi, e intenta arrancarme el vaso de plástico de la mano.

Necesito que ese líquido fresco fluya sin descanso por mi gaznate, así que le aparto la mano de un golpe.

—Ya sabes que es bastante probable que le hayan echado alcohol, ¿verdad?

Seguramente tiene razón, y estoy a punto de atragantarme con el ponche, pero antes me meto un par de lingotazos.

—¡No es verdad! —protesto, tan madura como siempre, pero me deshago del vaso por si acaso.

Si el presunto alcohol no ha entrado ya en mi cuerpo, prefiero no tentar a la suerte.

—No te preocupes, no le habrán echado nada demasiado fuerte. Hoy en día a los chavales les preocupa demasiado la autoridad —me explica, y pone los ojos en blanco como si le decepcionara que nadie se haya atrevido a vaciar una botella de Jack Daniel's en el ponche.

—Bueno, tú nunca has tenido ese problema, ¿verdad, Uchiha?

El comentario sarcástico no es mío, me doy cuenta cuando veo a Shikamaru dirigiéndose hacia nosotros, ignorando las miradas curiosas de los metomentodos que nos rodean. Las mujeres, con las caras hinchadas por el bótox, susurran entre ellas. Sé lo difícil que es para Shikamaru presentarse en un acto como este, no necesita que las chismosas de turno se lo compliquen todavía más.

—¡Shikamaru! —exclamo, y paso junto a Itachi, que de repente se ha apartado, para abrazar a mi hermano.

Va hecho un pincel, después de no sé cuánto tiempo. El traje le queda un poco más ancho que hace dos años, pero está impecable y sé que no hay un solo par de ojos femeninos que no se hayan fijado en él.

—Creía que me habías dejado tirada —le digo al retirarme.

Él se ríe.

—¿Pensabas que te iba a dejar pasar por esto tú sola? —Desvía la mirada hacia donde están nuestros padres—. Mamá te iba a cambiar la canción, ¿sabes?

Inclino la cabeza a un lado, sin acabar de entender.

—¿Qué?

—Creía que impresionarías más a los jueces con algo más actual. He tenido que convencerla para que no lo hiciera. Luego papá ha tenido la brillante idea de hablarle de ti al decano de Dartmouth, pero no te preocupes, también me he ocupado de eso.

Me guiña un ojo y enseguida noto cómo se deshace el nudo que se me ha hecho en la boca del estómago al oír la palabra «Dartmouth». Mi padre estudió la carrera allí y le es más fiel a su universidad que a su mujer. Hace mucho que evitamos hablar del tema, pero acabo el instituto este año y en algún momento tendré que decirle que quiero ir a Brown.

Le doy otro abrazo y me alegro más que nunca de que el Shikamaru de siempre haya vuelto.

—Eres el mejor hermano del mundo.

—Agradécemelo con un baile.

Me coge de la mano y me lleva hacia la pista de baile, que está abarrotada. Miro por encima del hombro y veo que Itachi está bebiendo una lata de Coca-Cola que obviamente se ha traído de casa. Me guiña el ojo y yo le sonrío, pero el gesto se me borra de la cara en cuanto Shikamaru se da cuenta y fulmina a Itachi con la mirada. Durante un minuto, los dos se enzarzan en una especie de competición de miraditas hasta que Itachi se rinde y se marcha, visiblemente enfadado.

—¿Qué ha sido eso? —le pregunto a Shikamaru cuando empezamos a bailar.

La gente ya ha perdido la vergüenza y nos mira descaradamente como si estuviéramos desnudos. A mi hermano se le nota que está incómodo, más les vale que aprendan a meterse en sus cosas o tendré que tomar cartas en el asunto.

—Nada.

—No, nada no. ¿Por qué os estabais mirando así?

—Porque sí.

Aprieta los dientes y mira en todas direcciones menos hacia mí. Sus ojos se detienen en algo que le hace abrirlos de una forma muy cómica, pero, antes de que pueda ver lo que le ha llamado tanto la atención, aparta la mirada y nos alejamos hacia otra zona de la pista.

—Venga, Shika, pensaba que las cosas entre vosotros estaban arregladas.

Pienso en su comportamiento la noche que Itachi me llevó a casa, el día en que conoció a la chica misteriosa. Entonces no le pareció tan mal que pasara tanto tiempo con mi antiguo torturador. De hecho, me pareció que se alegraba de que nos lleváramos tan bien. Entonces ¿a qué viene este cambio de opinión?

—Tiene que empezar a pensar en las consecuencias de todo esto. ¿Crees que no sé toda la mierda que te ha hecho pasar Karin?

—No te entiendo —respondo bajando la voz, y espero que él también lo haga antes de que a mi madre le dé un ataque al corazón.

—Mira, si dependiera de mí, te diría que estás mucho mejor sin ninguno de los hermanos Uchiha. Uno no tiene huevos y el otro te va a meter en problemas.

—Yo también sé en qué me estoy metiendo —le digo, y mis palabras suenan un poco más duras de lo que pretendía—. Itachi tiene una legión de seguidoras y seguramente antecedentes penales, pero no podría pedir un amigo mejor que él. Es raro, lo sé, pero quiero que esto funcione.

Shikamaru inclina la cabeza a un lado y me observa, como si estuviera estudiándome. Al principio está serio, pero luego le cambia la cara y me regala una sonrisa que me coge por sorpresa. ¿A qué vienen estos cambios de humor? ¿Se ha metido una botella de lo que sea entre pecho y espalda antes de entrar?

—¿Has oído eso, Sasuke? Es su mejor amigo. Ya puedes dejar de seguirla como un perrito.

Oh, Dios mío, dime que no se lo ha dicho a quien creo que se lo ha dicho. Me quedo petrificada, incapaz de mover un músculo, mientras mi hermano pasa a mi lado y seguramente empuja a Sasuke en su camino.

—Vaya, me odia, ¿verdad? —pregunta Sasuke, que acaba de ocupar el sitio de Shikamaru.

Me miro los pies e intento moverlos, aunque sin demasiado éxito por culpa de estos tacones asesinos. En situaciones como esta, hago lo que mejor se me da y esta vez recurro a Britney Spears. Murmuro entre dientes eso de que lo he vuelto a hacer, y confío en que no me oiga. Mejor que no me ponga aún más en ridículo delante de él.

—¿Qué?

Sasuke acerca la oreja y da un paso hacia mí. Yo me encojo de hombros mientras se me escapa la risa nerviosa.

—No le hagas caso, está haciendo de hermano protector.

Pongo una mano en su hombro y él me coge la otra. Miro a mi alrededor en busca de Itachi o de Karin, preguntándome cuál de los dos reaccionará peor. Llevo soñando con esto desde que conozco a Sasuke, pero ahora me doy cuenta de que me siento incómoda. La rabia que sentí cuando le oí menospreciar a mi hermano se ha transformado en decepción. Sé que no debería ser rencorosa, pero no puedo evitarlo. Si hubiera sido cualquier otra persona y no Shikamaru, las cosas serían distintas, pero escogió a la persona equivocada.

—Cree que soy un cobarde que te ha hecho daño y no le culpo porque es verdad.

Se ríe con amargura mientras nos balanceamos lentamente.

—Sasuke, no... No es eso.

—Soy idiota, el mayor gilipollas del planeta. No tenía derecho a decirte lo que te dije de Itachi; es evidente que ya no es asunto mío.

Se le nota la amargura hasta en la voz. Sus ojos no se apartan de los míos.

—¿Qué estás intentando decirme?

—Te di cuerda demasiado tiempo. Sabía lo que sentías por mí, no debería haberte dado esperanzas. Siento haberte roto el corazón.

A ver, a ver, un momento. ¿Ahora resulta que el mojón de burro este lo siente por mí? ¿Cree que me ha destrozado porque prefirió a la zorra de mi ex amiga antes que a mí? Bueno, igual era así hace un mes, pero ahora...

De pronto, pasa algo absolutamente mágico. La música lenta desaparece y en su lugar la sala se llena con las notas atronadoras del himno a la ruptura de Gloria Gaynor. Le va que ni pintado a la situación y la cara que pone Sasuke no tiene desperdicio. Me aguanto la risa como puedo y mis ojos buscan a Temari, que no aparta la mirada del cogote de Sasuke. Creo que acabo de encontrar a alguien que está tan cabreado con él como yo.

Le doy unas palmaditas en el pecho y le sonrío, muy tranquila.

—Es verdad.

Suspiro en plan dramático mientras nos dirigimos hacia el centro de la pista. Si voy a hacer esto, al menos que sea montando un buen numerito delante de su novia.

La letra, bastante profética, del «I Will Survive» me da la fuerza que necesito para cortar con esto de raíz. Sasuke sigue mirándome como si fuera a darme un ataque en cualquier momento. Sí, a alguien le va a dar un ataque, pero ese alguien no soy yo.

—Pero un día me di cuenta de algo. Me di cuenta de que conocía a un tío guapísimo, el tío más bueno que he visto en mi vida y, en lugar de ir detrás de él, estaba perdiendo el tiempo contigo. Sinceramente, y no pretendo ofenderte, pero tú no eres tan guapo ni de lejos.

Sasuke abre los ojos de par en par pero no hace nada que pueda llamar la atención. Estamos justo en el centro de un salón lleno de gente y más le vale tener cuidado con lo que hace.

La canción es tan perfecta que me asusto un poco. ¿Es así como pasa el tiempo Temari, preparando listas de canciones que forman la banda sonora de mi vida? Da igual, centrémonos en hacer trizas el ego tamaño Bieber de Sasuke.

—Creo que estoy mejor ahora. Entiendo tu preocupación, ¿eh? Itachi es..., bueno..., Itachi; pero los chicos malos tienen algo tan sexy..., ¿no te parece? ¿Cómo resistirse a eso?

Se le desencaja la mandíbula y por un momento creo que se le van a salir los ojos de las órbitas. Le doy un empujón para apartarlo de mí. No sé de dónde he sacado el valor o esta vena provocativa, pero estoy disfrutando como una loca. Quizá el ponche sí llevaba alcohol, pero qué más da.

—Sakura, ¿estás... borracha? —pregunta, completamente atónito.

Me pongo un dedo en los labios y finjo que pienso.

—Quiiizá —respondo con una risita.

Esto es muy divertido, ¿por qué no me habré emborrachado antes? Es como si tuviera permiso para decir lo que quiera sin tener en cuenta las consecuencias.

—Me cago en...

Se pasa una mano por el pelo y mira a su alrededor como si buscara ayuda. Qué tontería, no necesito ayuda. Estoy perfectamente, solo me siento más valiente de lo normal.

Lo dejo plantado en la pista y me dirijo hacia donde está Itachi rodeado de un puñado de hienas, todas hembras. La estampa me hace fruncir el entrecejo; una de ellas le está acariciando un brazo y, para mi gusto, él parece demasiado cómodo. No pienso permitir que tontee con otra mientras sea mi pareja. Seguro que es una violación flagrante de las normas de cualquier concurso de belleza.

Avanzo abriéndome paso entre las niñatas que lo rodean, que parecen sacadas de un tríptico de enfermedades de transmisión sexual. Itachi le echa un trago a la lata y, por la cara que pone, diría que se lo está pasando en grande.

—Qué, ¿ya te has aburrido de Sasu Sasu?

Está sonriendo, pero su voz suena tan fría que me sorprende no sentir los primeros síntomas de congelación. ¿Y ahora qué le pasa?

—Es un idiota, lo he puesto en su sitio —murmuro, y me duele un poco que me haya hablado así delante de sus groupies; seguro que piensan que soy tan patética como ellas.

Se sorprende al oír mi respuesta y aparta el brazo de la chica que se está restregando contra él.

—¿Habéis discutido?

Parece que ahora sí le interesa el tema.

—Sí, le he dicho que creo que es feo. ¿Contento?

Se le ilumina la cara y yo empiezo a sentirme más cómoda. No me gusta que esté enfadado conmigo, cada vez se me hace más difícil.

—Por supuesto.

Me coge de la mano y tira de mí hasta que estoy a su lado. Las groupies me fulminan con la mirada, pero empiezan a dispersarse porque son conscientes de que acaban de perder su atención. Nos dirigimos hacia el centro del escenario, donde mi madre está convocando a todas las participantes. Al parecer, ha llegado la hora de emitir el veredicto. Mis compañeras han empezado a hiperventilar y yo no puedo evitar poner los ojos en blanco. Por el amor de Dios, que esto no es Miss Universo, haced el favor de tranquilizaros.

Nos colocamos en fila delante de los jueces. Estoy un poco aturdida, así que sujeto la mano de Itachi. Karin está al borde de un ataque de nervios y a Suigetsu se le nota que está sufriendo. Pobrecillo, seguro que le está clavando las uñas en la mano. He compartido suficientes pelis de terror con ella como para saber que eso es lo que hace cuando está nerviosa o asustada.

Mi madre nos suelta un discurso interminable sobre la importancia de ser un ciudadano responsable. Se me cierran los ojos y siento la necesidad imperiosa de meterme en la cama y pasarme el resto del siglo durmiendo. Apoyo la cabeza en el hombro de Itachi e intento ponerme cómoda, y estoy a punto de conseguirlo cuando, de pronto, alguien me zarandea a conciencia.

—¡Despierta, bizcochito, que has ganado!

¿Eh? ¿Qué tiene que ver ganar con la hamburguesa doble con queso que estoy oliendo en el Senju's? ¿Y qué hace Itachi aquí? ¿No tiene prácticas?

—Venga, despierta.

Insiste tanto que bostezo y abro los ojos. La gala, la estúpida gala, aún no ha terminado. Itachi me lleva de la mano y la gente aplaude a nuestro alrededor. Ino nos intercepta y me da un abrazo gigante.

—¡Lo sabía! Sabía que ganarías.

Sai tira de ella y yo le dedico una sonrisa perezosa a mi amiga. Sí, estoy borracha. Avanzo a trompicones detrás de Itachi, que hace todo lo que puede para que no me vaya de morros al suelo. La mirada severa de mi madre tiene un efecto desintoxicante. Creo que sospecha lo que pasa, pero espero no apestar a alcohol. Ni siquiera sé qué he bebido, pero no era nada ligerito, eso seguro.

—Miss Farrow Hills 2014 es para Sakura Haruno —dice en voz alta, y yo intento imaginar qué haría la Sakura sobria en mi lugar.

Seguro que se pondría colorada al saberse el centro de tanta atención y luego se confundiría con el decorado hasta que otra persona le robara el protagonismo. Pues hoy no va a ser así.

Me ponen una tiara, que sé que es falsa, en la cabeza y yo sonrío de oreja a oreja y empiezo a saludar a la gente. Me acerco a mi madre y tropiezo, pero consigo quitarle el micrófono de la mano.

Carraspeo, me subo a la tarima y me dirijo a la gente de mi pueblo.

—Quiero aprovechar la oportunidad para dar las gracias a mi familia: a mis padres —y señalo hacia la zona del escenario en la que están— y a mi querido hermano. — Shikamaru suelta un grito al oír que le mencionó y la gente se echa a reír—. También quiero dar las gracias a mis amigos. Temari, eres la mejor DJ que hemos tenido. En serio, el del año pasado se dedicó a ponernos canciones que no deberían haber sobrevivido a la Edad Media. —La gente vuelve a reírse y yo también—. Ino, eres la mejor. Eres mi animadora personal. Sai, cuida de ella o te pateo el culo a lo Jackie Chan.

Sai grita algo así como «Lo haré», pero yo ya he empezado a hablar otra vez.

—Mikoto, te quiero, eres una tía genial —suelto, y la aludida, que está en el escenario conmigo, me da un beso en la mejilla y se ríe—. Por último, quiero darle las gracias a Itachi, mi colega, mi amigo. Es un chico increíble y un bailarín de primera, chicas. Si queréis su número...

—Vale, ya está, Saku.

Itachi me quita el micrófono de la mano y se lo da a mi madre, que da la velada por acabada, aunque anuncia que la gente aún puede quedarse una hora más para disfrutar de la música y de la comida.

—¿Mi hija está borracha? —pregunta mi madre entre dientes en cuanto nos alejamos un poco de la multitud.

Itachi parece un poco avergonzado mientras le tiro del pelo y respondo:

—Un poco.

—Ha sido la primera tanda de ponche. Casi se lo bebe entero y estoy bastante seguro de que alguien le había echado alcohol.

—Lo mato —exclama furiosa mi madre, y se dirige hacia un chico de mi edad que va por el salón recogiendo platos.

Lo coge de la oreja y se aleja tirando del pobre chaval, que no para de gritar de dolor. Itachi se ríe a carcajadas, lo cual hace que le salgan unas arruguitas junto a los ojos y se le marquen aún más los hoyuelos. Siento la tentación de meter el dedo en las pequeñas hendiduras de sus mejillas, pero él mismo me quita la idea de la cabeza cogiéndome de las manos y retrocediendo.

—¿Adónde vamos? —pregunto entre la carcajada y el hipo, y él me dedica una de sus sonrisas malévolas.

—Voy a aprovecharme de tu recién descubierta valentía y vamos a hacer algo que va a hacer que te sientas genial.

—Tengo frío —me quejo mientras atravesamos el aparcamiento.

Estoy temblando. Aún llevo el vestido, que no tiene mangas ni casi espalda. Pasamos de largo su coche y nos detenemos junto a un Jeep que me resulta muy familiar. Itachi sonríe y saca una navaja del bolsillo de los pantalones.

—¿Llevas una navaja en el bolsillo? —pregunto, y no sé por qué no me sorprende.

—Sí —responde como si tal cosa.

Me la da y yo empiezo a ponerme nerviosa. ¿Qué quiere que haga y por qué necesito empuñar un arma?

—Pínchale las ruedas —me dice Itachi, y yo sacudo la cabeza con fuerza.

—Esto es mala idea, muy mala idea, y lo sé incluso estando borracha. Volvamos dentro, Itachi —replico, armándome de paciencia.

Él no parece muy dispuesto a ceder. De hecho, mientras hablamos saca otra navaja, esta más pequeña. Mierda.

—Es idiota, tú misma lo has dicho. Bueno, pues esta es nuestra revancha. Rajémosle las ruedas —insiste, entusiasmado.

Pienso en las cosas que Sasuke dijo de mi hermano y la compasión con la que me ha mirado esta noche.

No quiero su compasión.

—Vale, manos a la obra.

Una hora más tarde entramos en mi habitación. La casa está en silencio, como siempre. Mis padres han ido a tomar algo con los mecenas de la gala y Shikamaru seguramente está buscando a la chica de la tienda de discos.

—Ve a cambiarte, Saku, parece que te vayas a morir de un momento a otro—me dice Itachi riéndose.

Se sienta en los pies de mi cama y se quita los zapatos y después la corbata. Luego se sube las mangas de la camisa y se desabrocha los tres primeros botones.

Ñam.

Cojo una camiseta vieja de Shikamaru del armario y me desvisto con mucho cuidado en el lavabo. Soy consciente de que lo que llevo puesto vale más que todo mi vestuario junto. En cuanto el vestido caído del cielo está a salvo, respiro aliviada y vuelvo a la habitación.

—Estoy muerta —murmuro, y me dejo caer sobre la cama con un ruido seco.

Nadie responde, así que abro los ojos y veo a Itachi de pie junto a la cama, a medio metro de mí, pálido como las sábanas.

—¿Qué pasa? —pregunto.

Bostezo y aprovecho para estirar todos los músculos del cuerpo. Dudo que los tacones y yo tengamos una relación especialmente duradera.

—No llevas nada, solamente la camiseta —tartamudea, y yo frunzo el entrecejo.

¿Y qué?

—Todo el mundo duerme sin pantalones, Uchiha. No es para tanto.

Se me escapa otro bostezo, así que hundo la cabeza en la almohada y me acurruco.

—Ah, no, tienes que taparte.

—No quiero —replico, y lo maldigo porque no me deja caer en el sueño más reparador que he tenido en meses.

Se queda callado. Espero que no insista más con el tema. De pronto, me tapa una manta y estoy oficialmente metida en la cama. Suspiro al sentir el calorcito y tiro de la colcha para arroparme. Mmm, qué a gustito.

—Eh, Itachi —digo al oír la puerta de la habitación.

—¿Sí? —pregunta él con la misma voz grave de siempre.

—Por favor, quédate —murmuro contra la almohada.

Incluso medio dormida, oigo el clic de la cerradura unos cinco minutos después. No sé qué debate interno ha tenido consigo mismo, pero por lo visto ha llegado a una conclusión porque noto que se levantan las mantas y Itachi se desliza debajo.

—Buenas noches, Saku —susurra, tumbados uno al lado del otro guardando las distancias

—Buenas noches —respondo, y me vuelvo a quedar dormida.