Capítulo 33
Yo también.
No le disgustaba en absoluto la nieve, ni el continuo nublado que se había apoderado del cielo de Nueva York durante toda la semana. Pero Rachel agradecía con una espléndida sonrisa ver como el sol se mostraba tras los enormes ventanales de su apartamento, y otorgaba un color especial en aquella fría mañana de invierno.
Eran las 7 y Rachel ya estaba preparada para salir a correr por Central Park.
Tanto Brody como Emily seguían dormidos, y probablemente así seguirían hasta que ella regresase.
No le preocupaba.
El chico estaba en un descanso del rodaje que lo tenía anclado en Florida durante meses, y se merecía pasar aquellos días junto a su hija, sin ninguna obligación más que la de disfrutar con ella.
El día anterior fue una buena muestra de ello.
La llegada de Santa Claus los tuvo durante toda la mañana jugando y divirtiéndose con los regalos de Emily. Mas tarde decidieron pasear por la 5th Avenida y visitar el enorme árbol del Rockefeller Center, a pesar de terminar huyendo de una multitud de fotógrafos que comenzaron a perseguir a Brody.
Una tranquila cena y una película fue la guinda de aquel día tan especial. Pero ahora llegaba uno nuevo. Un día que también iba a ser igual de importante para su vida. Aquel día en el que iba a terminar lo que había empezado con Quinn días atrás. Una charla con la que pretendía aclarar de una vez por todas lo que sucedía en su interior.
Pero aún era temprano, y para paliar aquellos nervios que ya comenzaban a adueñarse de su estómago, nada mejor que una carrera.
Frío.
Fue lo primero que sintió nada más poner un pie en la calle.
La nieve aún se conservaba en algunas esquinas, y en los escalones de los edificios, pero el brillo que desprendía el sol aquella mañana eliminaba cualquier duda que pudiera surgir en ella.
Las escalinatas de su propio edificio le servían para realizar un breve estiramiento antes de comenzar su rutina. Unos ejercicios que iba a continuar una vez llegase a la entrada del parque, como cada día que optaba por tomar aquel acceso. Fueron varios los minutos que estuvo preparándose, no solo por el calentamiento, sino también por poner a punto el reloj que contaría sus pasos, y por supuesto la música que acompañaría su carrera. Una señal del destino. Eso fue.
Rachel solía llevar a cabo todas esas acciones antes de abandonar su casa, pero aquella mañana algo hizo que cambiase esa pequeña rutina, y lo hiciera allí mismo, junto a la avenida que transcurría con decenas de coches, y los transeúntes que aquella hora de la mañana comenzaban su jornada. Transeúntes que llamaron su atención, más concretamente uno de ellos.
La miró una sola vez de soslayo, y a pesar de que provocó su curiosidad, Rachel continuó concentrando su mirada en lo que estaba llevando a cabo. Pero la inercia, o tal vez el subconsciente, le hizo volver a buscarla en la distancia, y fue entonces cuando la confusión se apoderó de ella.
Era ella. Era Quinn, y caminaba directamente hacia ella con la mirada perdida en el suelo, con el cuello de su abrigo cubriéndole la mitad de la cara, y un paso irregular y discontinuo que la puso en alerta.
Tuvo que esperar a tenerla lo suficientemente cerca para confirmar que no estaba equivocaba y sí era ella.
—Hey—susurró justo cuando pasaba por su lado, pero Quinn ni siquiera alzó la mirada. —¿Quinn? —añadió interponiéndose en su camino, y fue entonces cuando logró descubrir su rostro. La seriedad que reflejaba era lo de menos, a Rachel lo que le impactó fue ver la palidez en el mismo, y los ojos repletos de lágrimas que caían sin cesar, provocando que el rímel de sus pestañas creara un cerco tétrico a su alrededor. —¿Quinn? —insistió— ¿Qué te pasa?
—¿Qué haces tú aquí? —balbuceó mirándola desconcertada. Rachel había tenido que plantarse frente a ella y cuestionarla por tres veces, para que se percatara de su presencia.
—¿Qué te pasa, Quinn? —le preguntó totalmente confusa por la situación.
—No, no puedo hablar ahora—masculló la rubia con dificultad, tratando de esquivarla para continuar su camino.
Rachel no lo permitió.
—¿Qué? ¿Qué te pasa, Quinn? ¿De dónde vienes? —le preguntó sin poder evitar lanzar una mirada a su vestimenta. —¿Vienes de alguna fiesta?
—Rachel, ya hablamos otro día…
—¿Cómo que ya hablamos otro día? Quinn, ¿estás borracha? —le preguntó, aunque era algo evidente. Le bastó dar un par de pasos tratando de alejarse de ella para responderle. Unos pasos en los que a punto estuvo de perder el equilibrio, y que la hizo sacar sus manos de los bolsillos por primera vez. —Ok, estás muy bebida—le dijo tratando de sostenerla por el brazo, pero la rubia se deshizo de su intento, y comenzó a caminar de nuevo. —¡Hey, Quinn!, ¿qué te pasa?
—¿Me puedes dejar en paz? —le recriminó con dificultad girándose hacia ella. Pero Rachel volvía a ignorar su petición, y tomándola del brazo lograba detenerla junto a ella.
—Quinn ¿Estás bien? ¿De dónde vienes?
—De joderme la vida—refutó molesta—¿Contenta?
—¿Qué? ¿Qué te ha pasado? ¿Qué has hecho, Quinn?
—¡Me he tomado media botella de ron hace media hora! —soltó girándose al fin hacia ella—¿Te vale eso? ¡Déjame en paz, estoy, estoy sucia, y necesito, necesito ducharme y quitarme toda esta mierda de encima! —exclamó apartando la mano de Rachel de su brazo—Me voy a mi casa—masculló cuando a punto estuvo de volver a perder el equilibrio.
No entendía nada. Rachel no sabía que estaba sucediendo y tras ver como Quinn volvía a reemprender el trayecto hasta su casa, aún con paso vacilante y ocultando su rostro con el cuello de su abrigo, decidió seguirla.
¿Qué otra cosa podía hacer?
Fueron varias las veces que Quinn la descubrió caminando tras ella, pero ni siquiera parecía tener fuerzas para recriminarle que estuviera siguiéndola. No era capaz de controlar su cuerpo, y solo centrando su mirada en el suelo parecía lograr una mínima estabilidad y no perder el equilibrio.
Mas de 15 minutos tardaron en llegar hasta la misma puerta del edificio. Un trayecto que, en condiciones normales, no superaba los cinco minutos de caminata. Para ese entonces, Quinn ya ni siquiera se había detenido a comprobar que ella seguía allí, siguiendo sus pasos para asegurarse que llegaba sana y salva a su hogar. De hecho, Quinn se coló en el edificio y ni siquiera se dio cuenta de que Rachel lo hacía tras ella. Lo supo solo cuando no tuvo más remedio que compartir el ascensor con ella.
—¿Otra vez tú? —murmuró confusa al verla entrar tras ella—¿Qué haces aquí? ¡Vete a tu casa!
—He venido a ver a Kate—le soltó con la suficiente seriedad, como para que le creyese— ¿Me puedes explicar qué diablos has hecho?
—¿Nunca te has tomado dos copas? —reprochaba con apenas un hilo de voz. Ni siquiera tenía fuerzas para sonar contundente.
—Sí, pero no se me ha ocurrido volver a mi casa a solas.
—No necesito a nadie…
—Ya, ya veo—le recriminó volviendo a detenerse en su vestimenta—¿Has estado de fiesta?
—Déjame en paz, Rachel, no quiero volver a discutir contigo—balbuceó cuando trataba de evitar que el movimiento del ascensor lograse marearla más de lo que ya estaba—Vete con Kate…
—Me iré cuando te vea a salvo en tu casa.
—Oh dios… ¿Por qué olvidé que eras tan intensa? —susurró al tiempo que se abría la puerta del ascensor, y Quinn salía del mismo casi por inercia, teniendo que usar la pared del pasillo para sostenerse de pie.
Tardó más tiempo en llegar a la puerta de su apartamento que en cruzar toda la avenida, mientras Rachel, de nuevo siguiendo sus pasos, volvía a cuestionarse por su comportamiento.
Lo había estado haciendo durante todo el trayecto, tratando de entender la situación, pero le era imposible encontrar una respuesta sensata. Que Quinn hubiera salido a divertirse no era algo raro. Era normal, sobre todo porque ya sabía que contaba con un par de amigas de la universidad en la ciudad. Que decidiera beber un poco más de la cuenta, tampoco era algo de que lo debía extrañarse. Todos lo habían hecho alguna vez, ella misma lo había hecho. Pero el estado en el que se encontraba iba mucho más allá de lo que te provoca una salida con amigas y un par de copas de más. Eran casi las 8 de la mañana, y Quinn regresaba completamente ausente, con lágrimas en sus ojos y un gesto de arrepentimiento que no podía ocultar, a pesar de intentar taparlo con su actitud. Algo le había sucedido, y el miedo comenzó a apoderarse de ella.
—¿Con quién has estado? —le preguntó mientras trataba de acertar con la llave en la cerradura, pero ni siquiera le respondió—Quinn… Por favor.
—Déjame en paz—soltó de nuevo justo cuando lograba abrir la puerta, y se colaba en el interior de su casa— ¡Adiós, Rachel! —añadió lanzando la puerta para cerrarla tras ella. La morena no lo permitió, y estuvo lo suficientemente rápida como para detenerla.
Quinn ni siquiera se percató de que había conseguido entrar tras ella, y era ella misma quien cerraba la puerta. Casi un minuto tardó en darse cuenta que estaba allí, mientras trataba de deshacerse del abrigo. El susto al descubrirla casi le hizo perder el equilibrio, otra vez.
—¡Joder! —exclamó mirándola—¿Sigues aquí? ¿Por qué mierda no te vas?
—Quinn, ¿te estás viendo? Ni siquiera eres consciente de lo que sucede a tu alrededor—le recriminó—No te voy a dejar a sola.
—¡Estoy borracha! —exclamó furiosa—No pasa nada por eso, todo, todo el mundo bebe ¡joder!
—Quinn, métete en la ducha ahora mismo y vete a la cama. —Le ordenó desafiante.
—¿Qué?
—¿No querías ducharte? ¿No te sentías sucia? —cuestionó tratando de mantenerse firme. —Pues vamos, dúchate y acuéstate de una vez—añadió cuando el nudo en su garganta aparecía.
Se había percatado de un detalle que Quinn en su estado había pasado desapercibido.
Su vestido. Un precioso vestido rojo que habría hecho las delicias de cualquiera si no fuese porque lo llevaba del revés. El abrigo había camuflado aquel despiste, y el lamento no tardó en llegar a ella. Trató de serenarse, y amenazándola con la mirada, la obligó a que se tomara aquella ducha que ella misma iba a supervisar desde la misma puerta del baño. Solo se separó de ella cuando decidió buscar su pijama, para que al menos tuviese algo de ropa al terminar. Rachel aguardó allí, pacientemente, tratando de evitar que su mente siguiera bombardeándola con situaciones que podrían haberla llevado a aquel estado. Casi todas tenían algo en común; a Matt.
Que Quinn hubiera pasado la noche con el chico era algo que podría llegar a comprender, por mucho que le jodiera y destrozara su estado de ánimo, pero si Matt había permitido que Quinn llegara a ese estado para lograr pasar la noche con ella, eso sí que no lo podía aceptar.
Lo tenía que averiguar, fuera como fuese. No iba a marcharse de allí hasta estar segura de que Quinn había tomado esa decisión por voluntad propia.
Casi 10 minutos estuvo bajo la ducha. Cuando vio que lograba salir de ella y ponerse el pijama sin necesidad de ayuda, Rachel tomó la decisión de observar sus siguientes movimientos desde el sofá.
Para su sorpresa, ni siquiera la miró. Es más, juraría que Quinn incluso se había olvidado de su presencia allí. Salió del baño con la mirada perdida, una toalla cubriendo su pelo, y con la camiseta de su pijama como única prenda cubriendo su cuerpo. Ascendió por las escaleras, ignorando incluso el movimiento de Superman en la jaula, y llegó hasta su cama, donde prácticamente se dejó caer.
Un par de minutos más tarde, Rachel seguía sus pasos con la única intención de comprobar lo que intuía que estaba pasando.
Estaba dormida.
Le costó asimilarlo, de hecho, incluso se acercó a su rostro para comprobar que efectivamente, había quedado presa del sueño en apenas un par de minutos.
La observó durante varios minutos más. Todo hacía indicar que había pasado la noche fuera, probablemente con Matt y que no había sido una simple salida entre amigos. Las evidencias eran claras, y ese vestido puesto del revés era la mayor prueba de todas.
Y fue curioso. Ni siquiera los celos aparecieron en ella. No podía, era temor, era miedo a que le hubiera sucedido algo, o que hubiese tomado una decisión estúpida por algún motivo que no llegaba a comprender. Lo único que podía hacer en aquel instante mientras la observa dormir, era lo que estaba haciendo. Estar a su lado, aunque ni ella misma lo supiera. Quinn parecía haber perdido el control y no podía reprocharle absolutamente nada, por mucho que le doliera.
Si se había dejado llevar por el deseo o quizás por el alcohol para caer rendida a los brazos de aquel chico, poco o nada podía reprocharle. Por mucho que su corazón latiese cuando la sentía cerca, por mucho que su estómago se encogiera al recordar los besos que habían tenido ocasión de entregarse. Rachel no podía permitirse el lujo de abandonarla en aquel momento.
"Quinn no se encuentra bien y estoy en su casa. Avísame cuando se despierte Em".
Rachel enviaba aquel mensaje a Brody aun sabiendo que no lo iba a leer en aquel instante. Probablemente tardaría al menos un par de horas en despertar y descubrirlo en su teléfono. Pero no le importó.
No iba a abandonar aquel apartamento hasta que Quinn despertase y volviese a recobrar la conciencia, aunque tuviese que pasar toda la mañana allí.
Fue Superman quien le hizo compañía durante aquellos primeros minutos en los que decidía utilizar el sofá, pero el estado de nervios que le provocó toda la situación, no la dejaba siquiera permanecer allí, sentada, observando como la ardilla comenzaba a jugar con algo que colgaba de la propia jaula. —¿Muérdago? —susurró tras acercarse y descubrir lo que era. No pudo evitar sonreír—quizás necesitas compañía para que eso funcione. —Le dijo cuando el pequeño animal volvía a saltar de un lado hacia otro, sorprendiéndola por la rapidez con la que se movía, y llevándola a recordar la situación que vivieron cuando se escapó de la jaula.
Una idea rondó por su mente, y tras lanzar una nueva mirada hacia el altillo, donde lograba escuchar la respiración de Quinn mientras dormía, supo que podía llevarla a cabo. Si Superman podía hacer todo eso en una jaula, ella también podría aprovechar el espacio del que disponía.
Al fin y al cabo, estaba vestida para la ocasión.
Rachel lanzó una mirada al resto del apartamento, tenía suficiente espacio para llevar a cabo alguna de sus rutinas, y no dejar que sus pensamientos lograsen sacudirla con demasiada fuerza.
No era Central Park, pero al menos pudo lograr dar más de 20 vueltas al apartamento, descalza y procurando que sus pisadas fueran lo más silenciosas posibles, por supuesto. Algunas abdominales, flexiones, sentadillas, y por último una mini sesión de Yoga, tratando de recordar todas las posturas que había aprendido a lo largo de los años.
Casi una hora y media de tiempo que supo aprovechar evitando que Quinn se despertase, y distrayendo su mente como mejor podía. Y si no llega a ser por Superman, habría estado así durante todo el tiempo que hiciera falta.
Un sonido en la jaula la obligó a acudir hasta ella, y averiguar qué le sucedía. La sorpresa se apoderó de ella al descubrirla dando pequeños golpes sobre el comedero, de donde sacaba las semillas.
No había. Estaba completamente vacío, y Rachel supo que Superman estaba literalmente llamándola para que acudiese en su ayuda.
—¿Tienes hambre? Ok, ¿y donde saco yo ahora las semillas? —masculló lanzando una mirada alrededor de la jaula, pero no había nada que le hiciera indicar que su comida estaba allí. Despertar a Quinn para aquella cuestión no entraba dentro de sus planes. Así que se tomó la libertad de buscar por todo el apartamento.
La cocina, el baño, la estantería bajo las escaleras, e incluso en algunas cajas que aún seguía apilando junto a ella. Casi media hora tardó en encontrar lo que estaba buscando, después de prácticamente abrir los escasos cajones de los muebles que decoraban el apartamento. Y fue a dar con la comida justo en el que más cerca estaba de la jaula. En el mueble que sostenía la televisión frente al sofá. Se lamentó no haber acudido a él en un primer momento, pero no lo hizo por haber evitado tener que buscar en todo el apartamento, sino por lo que descubrió justo en el pequeño estante bajo la televisión.
Su fotografía. El marco con la fotografía que ella misma le regaló estaba allí, y una extraña sensación de tranquilidad se apoderó de ella al descubrirlo.
Estaba allí. Quin había colocado el marco en un lugar privilegiado, que ella no había podido ver porque no prestó atención a nada, que no fuera mantener su mente distraída. Pero había algo más, y lo supo cuando tomó la fotografía entre sus manos para observarla con mayor detenimiento, como si fuese la primera vez que la miraba. Quinn había añadido algo al marco. Una pequeña pegatina con una carita sonriente y un lema presidido por un hashtag; Yo también.
—¿Yo también? —susurró cuando de nuevo Superman llamaba su atención golpeando con insistencia el comedero—Hey, ya, ya voy, pequeña—murmuró dejando la fotografía en su lugar, y regresando a la jaula, ya con la bolsa de semillas entre sus manos.
Fue una odisea para ella tomar un pequeño puñado de las mismas, y meter la mano en la jaula para dejárselas. Lo consiguió tras más de seis intentos, en los que apenas lograba siquiera acercarse al comedero, sin retirar la mano con miedo a que la ardilla le mordiese.
Lo habría hecho, pero más por hambre que por atacarla.
Por suerte lo consiguió, y ambas descansaron satisfechas por haber logrado llevar a cabo aquel trámite. Superman por tener comida, y Rachel por haber vencido un miedo que, de nuevo, lograba distraer su mente.
No pudo evitar permanecer cerca de ella durante unos minutos más, observando como llenaba sus mofletes con las semillas. Y cuando vio que ya era suficiente, y buscaba el lugar más privado de la jaula para comenzar a comer, Rachel decidió permitirle ese espacio regresando al sofá, donde, esa vez sí, iba a volver a centrar su mirada en la fotografía.
La fotografía que se tomaron allí mismo, junto al árbol de Navidad que permanecía impasible decorando la estancia. Rachel no pudo evitar lanzar la mirada hacia el mismo, para luego regresar a la fotografía, de la fotografía fue a parar a Superman, y ahí comenzó un barrido de toda la estancia deteniéndose en objetos que ya había visto antes, y en otros que recién empezaba a descubrir. Un par de macetas en la ventana, el cuadro de las dos sillas, una guirnalda que había anclado en la otra ventana, la televisión, la pequeña estantería que ya presumía de varios libros, el marco, la nota, unos discos apilados bajo la televisión, el cuadro de la escala cromática, el dibujo de Emily, una pequeña lampara sobre otro de los estantes, el dibujo de Emily.
El dibujo de Emily.
No se había percatado de él hasta ese instante. Quinn lo había enmarcado y colgado en el hueco que quedaba entre los dos cuadros conceptuales que tan poco le gustaban, y no se había dado cuenta de que estaba allí.
—Me he enamorado de ti—susurró al recordar el juego de palabras que se había atrevido a dejar en el dibujo de su hija, y las dudas por saber si Quinn había sido capaz de detectar aquel mensaje, no tardaron en aparecer—Me he enamorado de ti—repitió, esa vez lanzando la mirada hacia la fotografía, como si se lo estuviese diciendo a ella. A la Quinn sonriente que sostenía a Emily sobre sus piernas, y permitía que ella usara su hombro como apoyo. Y fue entonces. Fue justo en ese instante en que volvió a mirar la fotografía y la pequeña pegatina en una de las esquinas del marco, cuando sintió que el mundo se detenía bajo sus pies—Yo también—murmuró— ¿Yo también?—Añadió en voz alta como si aquello fuese a sacarla de dudas—Me he enamorado de ti, yo también—Soltó cuando su mirada comenzó desviarse entre la fotografía y el dibujo— Me he enamorado de ti, yo también… ¡No! no puede ser—exclamó levantándose del sofá, y acercándose rápidamente a ambos mensajes.
Allí estaba el dibujo de su hija con aquellas palabras camufladas entre líneas, y justo debajo la fotografía de las tres con la nota que Quinn había colocado en el marco.
—Me he enamorado de ti—espetó mirando el dibujo—Yo también—bajó la mirada hasta el marco.
¿Qué sentido tenía aquella nota sobre el marco de la imagen si no era para responder a la confesión que ella misma había plasmado en el dibujo?, se dijo así misma tras repetir la misma escena durante cinco o diez minutos. ¿Era una casualidad? ¿Estaba perdiendo la cordura?, se cuestionaba continuamente, tratando de encontrar una respuesta incluso en Superman, como si el pequeño animal fuese a responderle.
Casi 20 minutos después de haber hecho el valioso descubrimiento, mientras Rachel seguía observando los cuadros desde el sofá tratando de autoconvencerse de que no podía ser real, un ruido desde el altillo le llamó la atención.
Quinn se removía inquieta por culpa de las náuseas que habían empezado a sacudirla. Tuvo que aguardar varios minutos al despertar para asimilar donde estaba, y como había llegado hasta allí, hasta que el malestar la hizo reincorporarse en la cama.
—Dios—se quejó notando el revuelo en su estómago, y no dudó en abandonar la cama para evitar lo que ya creía inevitable. Fue en ese instante cuando descubrió que estaba vestida con su camiseta y sin nada más que la parte inferior de su ropa interior, lo que le hizo recordar lo sucedido durante la noche, y un desagradable amargor le llenó boca.
Iba a vomitar, y no estaba dispuesta a hacerlo allí misma.
Le costó un mundo descender por las escaleras, cuando todo a su alrededor seguía girando. Y no fue hasta que lo hizo, cuando la descubrió.
Rachel seguía sentada en el sofá, observándola aparecer como si de un zombi se tratara y manteniendo a raya sus nervios, que ya volvían a agolparse en su estómago. En su mente seguían resonando aquellas dos frases; Me he enamorado de ti y yo también.
No dijo nada.
Quinn ni siquiera pudo decirle nada, porque la urgencia de las náuseas le hizo correr hacia el baño, y encerrarse allí durante varios minutos. Rachel ni siquiera se sorprendió. Era lo normal en una situación como aquella. A Quinn no solo no le había dado tiempo a asimilar el alcohol que había ingerido, sino que ni siquiera había logrado dormir las horas suficientes para escaparse de aquel mal trago. Nunca mejor dicho.
Aguardó pacientemente en el sofá, y aunque algo en su interior le gritaba que fuese en su ayuda, no lo hizo. Prefirió darle ese espacio, algo que Quinn iba a agradecer sin duda.
Casi diez minutos después, y cuando las náuseas ya habían cesado, Quinn regresó aun con restos del agua con la que había bañado su rostro, y un malestar que apenas la mantenía en pie. Se coló en la cocina, se adueñó de una botella de agua, y se preparó mentalmente para enfrentarse a aquella nueva situación que ya la esperaba en su propio sofá.
—Estoy sana y salva—dijo recordando la única frase que seguía revoloteando en su mente—puedes marcharte si quieres.
Ni orden, ni convicción, ni molestia. La voz de Quinn sonó tan flexible que Rachel ni siquiera se planteó un inició de discusión.
—Creo que deberías seguir durmiendo.
—Ya dormí suficiente—respondía acercándose hasta el sofá, mientras Rachel le mantenía la mirada—¿Qué? Deja de mirarme así.
—¿Cómo quieres que te mire?
—Pues no sé, pero no así—se quejó dejándose caer en el otro extremo del sofá—Acabo de vomitar, y todavía estoy mareada… No puedo tener otra cara más que la que tengo.
—Sí, bueno, la verdad es que podría decir que tienes mala cara, pero sería todo un insulto al resto de la humanidad.
Aquella frase descolocó aún más a Quinn, que empezaba a ser consciente del hecho de ver como Rachel había permanecido durante varias horas esperándola a que despertase. Y eso que ni siquiera sabía el motivo por el que terminó en aquel estado.
—Si estás siendo sarcástica, te pido que te lo guardes para otra ocasión. No creo que vuelva a tener buena cara en mi vida—respondía segundos antes de beber directamente de la botella de agua—dudo que vuelva a ser yo.
—¿Qué ha pasado?
—¿Por qué no estás corriendo por Central Park? —le dijo ignorando su pregunta—No deberías desaprovechar la mañana.
—Ya hice mi rutina de ejercicios—le respondió rápidamente—Tú alfombra es perfecta para hacer abdominales.
—¿Qué? ¿Has hecho aquí ejercicios?
—Ajam, he corrido unos dos kilómetros, que no es mucho, pero bueno, está bien. He hecho series, un poco de Yoga, ¡ah! y le he dado de comer a Superman. No sé si lo sabes, pero se ha puesto a golpear su comedero para avisarme de que no tenía semillas.
—¿Estás hablando en serio? —la cuestionó lanzando una mirada hacia la jaula para descubrir cómo, efectivamente, tenía suficientes semillas—¿Has hecho deporte aquí?
—Pues sí, mientras dormías.
—¿Por qué? Tendrías que haberte marchado.
—No, no pensaba ni pienso irme hasta saber qué te ha pasado.
—No me apetece hablar ahora—se excusó mientras trataba de asimilar que realmente, había usado aquel tiempo en su casa para seguir sus rutinas— Rachel. No me encuentro bien.
—Lo sé, pero es ahora o nunca.
—¿Qué?
—No me he pasado aquí prácticamente toda la mañana para que ahora me eches de tu casa.
—Yo no te estoy echando. Solo te digo que no me apetece hablar.
—Ok. No vamos a hablar más de lo justo y necesario. En cuanto sepa lo que te ha sucedido, me marcho y te dejo en paz.
—¿Por qué insistes?
—Porque quiero saberlo. Necesito saber que te ha pasado esta noche para que estés así.
—Todo y nada. —Balbuceó centrando su mirada en la ardilla—No quiero recordarlo.
—Quinn, es probable que lo que quiera que sea que hayas hecho me destruya por completo, pero tengo la necesidad de saber que ha sucedido, y si lo que has hecho, ha sido por voluntad propia o no—sentenció—Déjame al menos ser tu confidente.
—¿Por qué te iba a destruir? —le preguntó confusa—Tú tienes tu vida, eres feliz y eso es lo que importa. Yo, yo solo trato de volver a ser quien era, a volver a ser Quinn Fabray.
—¿Y para volver a ser tú, tienes que hacer lo que quieras que hayas hecho esta noche? ¿Qué cosas tienes que hacer para ser Quinn Fabray?
Quinn bajó la mirada sabiendo que era imposible, que no iba a darse por vencida hasta que supiera la verdad. Una verdad que solo recordarla, le revolvía el estómago.
—Cosas como salir a cenar con un compañero de trabajo y terminar en una fiesta en alguna discoteca de Chelsea, de la que ni siquiera recuerdo el nombre—Murmuró—Cosas como encontrarme con mi entrenador de gimnasio y flirtear con él en presencia de Matt, y discutir con él para poder irme con Henry a su casa, y convertirme en la cínica que siempre he sido—confesó—Cosas como amanecer en la cama de ese chico y sentirme el ser más despreciable del mundo, tomarme media botella de ron y marcharme de aquella casa sin siquiera despedirme—volvía a bajar la mirada, evitando que Rachel fuera testigo de la vergüenza que se apoderaba de ella.— ¿Te parecen suficientes cosas?¿Estás tranquila ya?
No, por supuesto que no lo estaba. Y no solo por saber lo que había hecho, por mucho que la pena y los celos estuvieran colapsándola por dentro. No podía estar tranquila porque no soportaba verla así. Porque Quinn parecía completamente destruida, y no entendía por qué había llegado a ese punto.
—Ya está, ya lo sabes todo. —Volvió a hablar—Ya puedes marcharte.
—¿Por qué quieres volver a ser esa Quinn Fabray de la que me hablas? —le preguntó ignorando su comentario—Yo no conozco a ninguna Quinn así.
—Pues ha existido, te aseguro que sí.
—¿Y por qué quieres volver a ser esa persona?
—Porque así no te haré daño—confesó provocando un breve silencio entre ambas. —No quiero hacerte daño, Rachel.
—Pues no sé cómo vas a evitar hacerme daño siendo esa persona. ¿Hablas de la misma Quinn Fabray que me hacía la vida imposible en el instituto? Porque precisamente esa versión de ti, fue la que más daño me ha hecho. Esa Quinn Fabray me llenaba de inseguridades, me hacía sentir mal conmigo mismo continuamente, y tuve que luchar mucho para lograr que sus comentarios no me hicieran tanto daño. Si lo que pretendes es regresar a esa etapa, te aseguro que es justo lo contrario a lo que pretendes.
—No entiendes nada—masculló.
—No, no lo entiendo, y si no me lo explicas, mucho menos. Yo solo sé que ésta Quinn Fabray que hoy tengo aquí es la única que me ha hecho bien en toda mi vida.
—Rachel, aquella Quinn no era más que una imbécil que no entendía nada, y sé que te hacia daño, pero ahora tengo más conciencia, ésta Quinn Fabray que conoces no solo te puede hacer daño, te puede joder la vida. Y no estoy dispuesta a permitir que eso suceda.
—No lo entiendo—susurraba acercándose más a ella—¿Por qué piensas que vas a hacerme daño? Has pasado la noche con un chico guapísimo y muy divertido ¿Por qué estás así?
—Porque no es lo que quiero para mi vida—apartó la mirada de la morena.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo? ¿Qué quieres para tu vida, Quinn?
—Lo que no puedo tener—sentenció—Toda mi vida he conseguido lo que me he propuesto, Rachel. Y ahora, ahora no puedo tener lo que quiero.
—¿Qué quieres ahora? —cuestionó con apenas un susurro—¿Y por qué me haría daño a mí?
Quinn cerró los ojos y dejó caer la cabeza sobre el sofá al tiempo que respiraba profundamente.
—¿Prometes no salir corriendo? ¿Prometes que no vas a cambiar tu actitud conmigo? ¿Prometes que nada va a cambiar si te lo digo? —musitó buscándola con la mirada, para encontrársela con una tímida sonrisa dibujando su rostro—¿Por qué sonríes? —cuestionó Quinn confusa—¿Crees es divertido para mi estar así?
No, no le parecía divertido, pero aquellas tres preguntas que Quinn había lanzado, eran la confirmación que necesitaba. Siempre había sido una persona intuitiva, pero leer aquella nota sobre el marco y la actitud extraña de la rubia el día anterior, le hizo comprender que aquellos sentimientos que ella tenía eran recíprocos, que Quinn estaba viviendo la misma situación que ella.
—No, pero es tan de película que no puedo evitar emocionarme—respondía—podría escribirte el guion de lo que ha sucedido en estas últimas 24 horas, y estoy segura de que te sorprenderías por mi capacidad de intuición.
—No entiendo de qué hablas ¿Acaso, acaso sabes lo que me sucede? —cuestionó volviendo a recuperar la postura inicial.
Rachel volvía a sonreír, y sin dudarlo, desvió su mirada hacia los dos cuadros, primero hacia el dibujo y después hacia fotografía. Quinn se percató del hecho y siguió la dirección que indicaba Rachel tratando de comprender qué pretendía hacerle saber.
Podría jurar que el tiempo se detuvo, y no era la primera vez que le sucedía algo así. Y de repente, dejó de existir el dolor de cabeza que la martirizaba, o quizás se hizo tan fuerte que ni siquiera era consciente de él. El sabor amargo de su boca se transformó en una sequedad que dolía y tras varios segundos observando ambos cuadros, no pudo evitar volver a beber de la botella, como si el agua fuera a calmar sus nervios y a darle el valor que necesitaba para enfrentarse de nuevo a su mirada.
Una sonrisa.
Rachel la miraba y sonreía tímidamente, pero con la seguridad que solo ella sabía transmitir. Sonreía y separaba sus labios dispuesta a hablar, pero no salían palabras y el silencio se alargaba acompañado de suspiros, y su sonrisa.
—La Quinn Fabray que andas buscando me habría ridiculizado por algo así—se atrevió a hablar mientras regresaba la mirada hacia el dibujo—Sin embargo, la Quinn Fabray que tengo ante mí prefiere responderme de la misma forma. ¿No es así?
Lo sabía, pensó Quinn. Ella lo sabía y Rachel lo sabía. Ambas se habían dejado mensajes casi subliminales de lo que les estaba sucediendo, y lo habían hecho mientras a punto estaban de destruir su amistad por el miedo. Aquel me he enamorado de ti era para ella, y evidentemente su yo también que colocó un par de minutos antes de salir la noche anterior, era para Rachel. Se estaban declarando con palabras escritas y miradas. Miradas que no terminaban nunca, porque cuando lo hacían y se desviaban hacia algún lado, iban directas hacia los cuadros, y de nuevo volver hacia ellas.
Solo algo tan antinatural como un teléfono móvil logró destruir aquel cruce de miradas y el silencio que se regalaron. Y fue justamente el de Rachel, que no dudaba en atenderlo y leer el mensaje que aparecía en su pantalla.
—Tienes que marcharte, ¿verdad? —Quinn era la primera en hablar tras aquella extraña confesión.
—Brody tiene que ir a recoger a sus padres al aeropuerto, van a estar unos días de visita—respondía sin apartar la vista del teléfono—Tengo, tengo que ir para estar con Em y preparar todo.
—Ok.
—Pero esto no se acaba aquí.
—¿Cómo?
—Quinn, llevo cinco días esperando para tener una conversación contigo, y ahora que todo ha saltado por los aires, no pienso dejar que se quede así. —Le dijo al tiempo que abandonaba el sofá—Tú y yo tenemos que hablar largo y tendido de todo esto.
—Oh, ok—balbuceó siguiendo sus pasos hasta la puerta—Siento, siento que haya sido así. Todavía estoy tratando de asimilar que no estoy durmiendo.
—Tal vez lo mejor que puedes hacer ahora es desayunar algo y volver a la cama para recuperar las horas de sueño, y que esa palidez desaparezca de tu rostro.
—Pero yo…
—Luego, más tarde, deberías ponerte a estudiar un poco, o tal vez a ver una película. Aunque también puedes salir a pasear por la ciudad, así te despejas un poco. Hace un día maravilloso, eso sí, procura abrigarte. No quiero que vuelvas a enfermar, ¿entendido?
—Rachel yo…
—Ah—la interrumpió de nuevo cuando ya se detenía junto a la puerta— Esta noche vas a dormir mucho, y mañana te vas a levantar, vas a hacer tus cosas, si te apetece sal a correr o lo que veas necesario, pero no vas a pensar en nada que pueda preocuparte ¿Ok? Y ya por la tarde, sobre las 5, ponte algo sencillo, un par de jeans y uno de esos jerséis que tan bien te sientan—sonreía ante la incrédula mirada de Quinn, que confusa se limitaba a asentir a todo lo que le decía—Vas a colocarte el abrigo y te vas a presentar en el 15 de West Central Park, allí Emily y yo te estaremos esperando, pero Emily solo un rato porque tendrá que irse a dormir pronto. Y cuando ella duerma, tú y yo vamos a cenar juntas, sin teléfonos que nos interrumpan, ni culpas o miedo por hacernos daño. Vamos a hablar de ti y de mí. Nada más—sentenció—¿Te parece bien?
—Supongo que si—balbuceó completamente aturdida por el sermón.
—Perfecto. Yo me marcho ya—le dijo tras abrir la puerta, y regalarle una última sonrisa—Cuídate, ¿ok?
—Claro—balbuceó la rubia paralizada frente a ella—
—Adiós, Quinn.
—Adiós, Rachel—musitó justo cuando salía del apartamento, y cerraba la puerta tras ella, dejando allí, de pie frente a ella y sin saber cómo reaccionar. Solo lo hizo cuando dos golpes sobre la puerta volvieron a romper el silencio, y se apresuró en volver a abrirla para descubrirla allí, de nuevo, con una sonrisa destruyendo la poca firmeza que le quedaba.
—¿Qué sucede? —balbuceo y la morena no dudó en volver a entrar.
—Olvidé darte algo—le dijo mirando de soslayo hacia el muérdago que seguía anclado sobre la puerta —En mi casa no suele funcionar, pero en la tuya sí—le dijo, y casi sin darle tiempo a reaccionar, destruyó el escaso espacio que las separaba y le plantó un beso en los labios.
Un beso que apenas duró un par de segundos, pero que logró que el bloqueo en Quinn aumentase hasta casi no lograr mover ninguna parte de su cuerpo. Le era imposible hacerlo. Quinn había pasado de estar en la cama con un completo desconocido, como era Henry, a tomarse media botella de ron a modo de desayuno, y terminar allí plantada, con Rachel robándole un beso tras haberle confirmado que aquel me he enamorado de ti, era para ella. ¿Cómo diablos iba a asimilar todo lo que había vivido en apenas diez u once horas, y reaccionar a aquel instante? Le era imposible, y se lamentó, porque de haber sido en otras circunstancias, aquel beso que ya destruía Rachel no habría sido tan rápido y efímero.
—Procura no volver a desayunar ron—le dijo con apenas un susurro, cuando sentía como sus labios se separaban de los suyos—Prefiero el mocca blanco ese que tanto te gusta, sabe mucho mejor en tus labios. —Sentenció.
Y con aquella sentencia, más una sonrisa que volvía a iluminar todo su rostro, Rachel abandonaba por segunda vez el apartamento volviéndola a dejar completamente paralizada, aunque esa vez, con la dulzura de aquel inesperado beso acabando con el amargor que la había inundado durante toda la noche.
Cuando estuvo segura de que se había marchado definitivamente, regresó al sofá donde se dejaba caer, y perdía su mirada en el dibujo, mientras se lamentaba por no haber tenido el valor suficiente para decírselo en voz alta. Tanto que no pudo evitar recuperar su teléfono, y con los nervios de una adolescente, buscó tener una prueba real de que lo que había pasado entre aquellas cuatro paredes no había sido fruto de su imaginación.
Un mensaje. Un simple mensaje que escribió con el pulso acelerado, y el temblor en sus manos.
¿Me he enamorado de ti?
Apenas un minuto tardó en sentir como todo su cuerpo se estremecía, y terminaba aferrándose a los cojines del sofá tratando de contener la emoción.
Yo también.
