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Gohan no estaba seguro si era un sueño o un recuerdo esporádico, principalmente por lo vívido que todo se percibía. Su madre estaba con su típico peinado de tomate, su vestido largo de color mostaza y el chal de color morado oscuro que él le hubo de regalar en su cumpleaños. Al lado de ella, y de la mano, su padre estaba hablándole, contento, como si recién hubiera aparecido ante ellos. Era aquel Torneo de Artes Marciales en que su progenitor había regresado por un solo día, ¿cómo olvidarlo?, ¿cómo olvidar su propia emoción y la de su hermano? Dentro del sueño, eso sí, sólo podía contemplar la escena desde una altura mínima, como si su estatura solo llegase a las rodillas de sus progenitores. Fue ahí que comprendió, al mirar sus manos, que él no era un adolescente de dieciséis años, sino más bien un chiquillo de seis o cinco, con el pecho alborotado al ver a su padre vivo. Quizás, eso era lo más misterioso del sueño: en sus hombros, percibía la ligereza de una presunta niñez; mientras que, en su propio rostro, la emoción. Muy al contrario de cómo se sentía siempre, en la actualidad de la adultez. De pronto, y de la nada, su padre se agachó lo suficiente para tomarlo en brazos y dejarlo por sobre su hombro izquierdo, mientras aún le hablaba a su madre. Desde esa posición, y aún sintiéndose feliz, pudo observar a otros conocidos, Vegeta, Piccoro, Bulma. Y más atrás, la bruja Uranai Baba sobre su bola de cristal.

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"Creo que te conozco", el chico de piel morena murmuró, al mismo tiempo que dejó un vaso de agua en la mesa de centro, para después tomar asiento en una silla cercana. Videl abrió los ojos asustada, sin saber cómo había llegado ahí. Inhaló con fuerza y se alejó del muchacho, colocándose en un extremo del (ahora se daba cuenta) sofá. "Oh, calma, por favor", Uub levantó los brazos mostrándole sus manos abiertas, asustado, "te desmayaste hace algunos momentos atrás, yo sólo te traje adentro de la casa". Videl respiró agitada, mirando a todos lados, confirmando que ésta debía ser la casa que contempló de lejos. Entonces, percibió un leve dolor de cabeza, que le hizo cerrar los ojos y apoyar su espalda en el sofá. ¿Qué me ocurre?, pensó, contemplando como el chico se volvía a acercar, ofreciéndole el vaso de agua. "Por favor, bebe. Se pasará en un rato", Uub habló, con un rostro preocupado. Luego de mirar su cuerpo completo, Videl accedió, asintiendo con la cabeza y recibiendo el recipiente, del cual bebió todo, para después recostarse en el sofá. El chico tenía razón. Ahora que humedecía su boca y sentía el líquido bajar por su pecho hasta el estómago, el mareo parecía alejarse. Entonces, ya un poco más tranquila, concentró su mirada en el joven de piel morena, que la observaba sentado en una silla, con sus manos unidas al centro.

El guerrero entrecerró los ojos, colocando una de sus manos en el mentón, como si ahora recién pudiese tener una conclusión a sus reflexiones. "Mmm… creo que te he visto en el Torneo de Artes Marciales, junto al hijo del maestro Gokú". ¿Maestro Gokú?, ¿Son Gokú?, Videl habló dentro de su cabeza, dejando el vaso sobre la mesa de centro. Miró con más detalle al chico moreno y no sólo notó que él tenía un aspecto más mayor a la última vez que le conoció, sino que debía tener unos cinco años más que su hija. Entonces sí es Uub. "¡Ah, ya sé!", el guerrero exclamó sonriente, alzando su dedo índice, como si por fin tuviera la respuesta que buscaba, "¡eres la esposa de Son Gohan!". Al escuchar lo anterior, Videl frunció el ceño, dedicándole una mirada extraña. A la vez, se preguntó cuándo sería el día en que la gente dejaría de asumir que, por solo tener una hija con el semisaiyajín, eso explicaría que ambos habían contraído matrimonio. ¿Le harían siempre la misma pregunta a Gohan? "Bueno, la verdad…", ella murmuró, suspirando. Sin embargo, su acompañante no pareció querer dar tregua, ahora hablando más seguro: "Ustedes son los padres de la nieta del maestro Gokú, ¿cierto?".

Algo ocurrió al escuchar el nombre de su hija, que Videl advirtió cómo el mundo procedía a tomar una pausa. Por supuesto, contempló como el chico siguió hilando un par de ideas con vehemencia (incluso, enumeraba cosas con su mano derecha), pero no le escuchó. En cambio, se incorporó y tomó asiento al borde del sofá, tocando su rostro con ambas manos, tratado de probar si realmente estaba viva, o no. Así, una tonelada de preguntas arribó a su pecho con respecto a su actual realidad: ¿qué habría ocurrido con los demás en la tierra?, ¿qué sería de su hija?, ¿estaría bien? "Oh, disculpa, ¿dije algo malo?", las palabras de su acompañante la trajeron a tierra, por lo que Videl carraspeó, negando con la cabeza. "No, está bien", dejó un mechó de cabello tras su oído derecho, "estaba pensando en ella, en Pan". La respuesta provocó que Uub apretara los labios, frunciendo el ceño, a simple vista inseguro de lo que iba a decir, por lo que se tomó una pausa, bajando la mirada. Luego, él preguntó con parsimonia: "Cuando…", miró hacia abajo, nuevamente, "¿Cuándo falleciste?". La mujer volvió a mirar a su alrededor, aún temerosa de toda la situación. Acto seguido, tragó saliva, como si fuese una temática difícil de revelar. Entonces, pudo hablar: "es extraño", se quedó mirando un punto fijo, haciendo reminiscencia, "fue todo muy rápido".

Uub sonrió tímidamente, recuperando la confianza. "No te preocupes, la mayoría dice eso al llegar". La declaración del joven le provocó un interés inmediato, como si ahora tuviera la cabeza más despejada. "¿La mayoría?", ella le interrogó. "Sí, claro", él mencionó, tomando el vaso vacío desde la mesa de centro, continuando su declaración, "de seguro viste a otros en el inicio". El inicio, Videl repitió en su mente, entre cerrando sus ojos, sin entender. A lo cual el chico le tomó segundos captar. "El puente de las almas, el puente de color rojo". La explicación hizo que la mujer sintiera una especie de vacío en el pecho, parecido a la tristeza. Si bien, no tenía que ser una gran investigadora para comprobar que ella había muerto, escucharlo desde otra persona le hacía entender que ya no había vuelta atrás. En pocas palabras, justo después del funeral de Hira: las oleadas, efectivamente, habían alcanzado su existencia humana. En medio de sus reflexiones, observó como Uub se colocó de pie, yendo a una especie de cocina, desde donde llenó el vaso con agua de un jarro. Desde su posición, pudo contemplarle mejor, notando su figura masculina, los músculos que revelaban sus brazos y espalda, confirmando que el chico probablemente seguía entrenando aún.

Ahora, con más energía en el cuerpo, Videl se puso de pie, acercándose al joven. Esta vez era su turno de poner en duda sus palabras, pues la curiosidad era grande. "Uub…", comenzó, apoyando la cadera en el borde del fregadero, cruzando los brazos en el pecho. El chico la miró atento, mientras le entregaba el vaso de agua. Ella tomó el recipiente y suspiró, preguntando: "¿tú también estas muerto?".

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Gohan abrió los ojos, sintiendo como un pequeño rayo de luz se colaba por la cortina entreabierta frente a él, tocando su rostro. En breve, un dolor de cabeza le dio la bienvenida a su despertar, en conjunto al sonido de las olas de fondo, típico signo de encontrarse dentro de la cabaña del maestro Roshi. Pero no sólo fue eso. De inmediato se dio cuenta que se había quedado dormido sobre un desorden de libros, un espejo roto y que aún era de noche. Consultó en su reloj la hora, descubriendo que eran cerca de las cuatro de la mañana. Acto seguido, se colocó de pie, yendo a la cocina para tomar un vaso del estante superior y llenarlo con agua del fregadero. Cerrando los ojos, volvió a beber un segundo vaso completo, concentrándose para que el dolor de cabeza disminuyese. Si bien, aún tenía sueño, decidió que buscaría una mejor condición de descanso, que no fuese el piso. Así, tomó una escoba y una pala, regresando a su última cama improvisada, barriendo los espejos rotos del piso. Una vez hecho eso, ordenó unos papeles y las fotografías, tomando el gran libro que se encontraba abierto en una esquina. "Esferas del Dragón", leyó, sin dejar de percibir un dolor de cabeza, tomando una pausa en el orden. También, tomó la botella de whisky y la dejó en la cocina, para luego dirigirse al baño y abrir la llave del agua caliente. Todo lo que deseaba ahora era una ducha que le ayudara a volver a la realidad.

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Uub sonrió, colocando su brazo derecho tras la cabeza, de forma idéntica a Gokú. "La verdad: no, no estoy muerto". Videl colocó sus manos en la cintura, tratando de entender. "Entonces, ¿qué haces aquí, en medio del mundo de los muertos?". Uub suspiró, rascando su mejilla, en plena reflexión. Tal parecía que hacía mucho tiempo no tenía una conversación parecida. "De alguna forma, luego de entrenar con mi maestro en la Plataforma Celeste… no pude regresar a la tierr—". De pronto, afuera se sintió como si algo se derrumbara, como si alguien hubiese tropezado con algo. El guerrero se detuvo en sus palabras y se dirigió hacia afuera, con Videl detrás. Ahí, ella contempló como un… ¿simio? se encontraba enredado en unas sogas gruesas del piso. En la escena, Uub se arrodilló para calmar los gritos del primate, acariciando su lomo, para luego juntar su frente con la de él. Dicho acto, provocó en la mujer un gran caudal de recuerdos, pero no pensativos… sino sólo una suerte de fotogramas mentales: ese amague de calma, destinado a animales, era un comportamiento muy propio de los Son. La imagen le resultó hermosa, muy íntima en su propia forma. E incluso, le hizo preguntarse si el chico se encontraba más a gusto aquí, que entre el resto de los mortales.

Apretando los labios, Videl caminó hacia donde estaban los dos. En pocos segundos, el chico logró desatar al simio y luego le otorgó un gran abrazo. La escena de contención, causó que Videl los imitara, tomando asiento en el césped, admirando como el primate ahora lucía feliz en los brazos del joven guerrero. Entonces, el chico retomó sus palabras. "Una vez que terminamos el entrenamiento, me di cuenta que yo no era igual que todos los demás. El maestro me explicó que el origen de mi poder residía en la figura de una… especie de ser malvado que había aparecido para ser ejecutor de la tierra". La mujer contempló el rostro preocupado de Uub, como si hablar de ello le causara una profunda tristeza. "Yo… no pude soportarlo", el chico moreno tragó saliva, acariciando el lomo del simio, "me sentí como un gran peligro para todos, no podía simplemente regresar a mi antigua vida". De pronto, el mono recobró su energía y se alejó del joven, persiguiendo una mariposa. El guerrero lo dejó ir, para cruzar sus piernas a lo indio, apoyando sus codos en las rodillas.

"Pero, ¿por qué terminó su entrenamiento juntos?", Videl preguntó, imitando la posición de su acompañante. Él miró hacia el cielo, como si buscara una nube. El tono anaranjado del ambiente provocó que su rostro revelara, al fin, rasgos más adultos. Seguramente el chico ya debía andar por los veintiún o veintidós años. "Con el maestro Gokú alcanzamos nuevos niveles de poder. La primera vez que lo notamos, no pudimos contener la curiosidad por seguir avanzando en ello, seguir probando nuestros límites", el chico hizo una pausa, acariciando el césped, "mi maestro no sólo superó todas las etapas de un súper saiyajín, sino que su nuevo estado parecía querer atraparlo todo". La mujer tragó saliva, sin moverse, la tonalidad de la voz del chico permitía que ella se pudiese imaginar toda la situación: "¿atraparlo todo?", le interrogó. Uub colocó un rostro incómodo, al parecer no estaba seguro si sus palabras podían describir realmente sus pensamientos: "Creo que en esta búsqueda de superar nuestros límites, también perdimos la noción del tiempo… Una vez, luego de comer, noté que había un espejo guardado en un estante. En la noche, lo tomé… y no pude reconocerme; aunque la verdad no me importó demasiado". El chico giró la cabeza para ver al simio, que ahora intentaba tomar un pájaro con las manos. "Un día, cuando intentábamos llevar nuestras energías a un nuevo nivel, algo ocurrió".

Videl irguió la espalda, preguntándose a sí misma cómo sería eso: ser una persona que no tuviese límites en poder. O mejor dicho, cómo sería ser alguien como Son Gokú. Uub continuó su idea, cruzando sus brazos en el pecho. A simple vista, él tampoco entendía muy bien qué había ocurrido. "En cierto punto, la plataforma se… quebró". ¿Quebrarse?, ¿era posible?, Videl abrió los ojos. El relato no estaba yendo hacia un lugar que ella esperara. "Aún lo recuerdo. El maestro tenía alzadas las manos al cielo, flotando en el aire, repletando sus palmas abiertas con un haz de energía muy pura", al decir pura, el chico colocó su mano en el pecho. "Era tan poderosa que, en cierto punto, ya no podía ver… era como una ceguera blanca", miró a Videl, apuntando a sus ojos. "Ya no veía, sólo sentía que el maestro continuaba ahí, llenando el lugar de aquel poder. Estaba seguro que íbamos a morir". La chica tragó saliva, tratando de hacer conclusiones apresuradas, pensando que, de seguro, esos nuevos poderes terminarían por consumirlos a ambos. "Y sí, creo que hubo una gran explosión", Uub volvió a mirar al piso. "¿Fallecieron?", Videl preguntó con un murmuro. Su acompañante giró la cabeza a ambos lados. "No lo sé… cuesta explicarlo, pero creo que cruzamos una especie de velo, así como a otro mundo".

Con lo dicho, Videl se rindió en la lógica, cruzando sus brazos en el pecho. Pues, la verdad, todo se escapaba de orden. Suspiró largo, apoyando sus palmas en el suelo, relajando la espalda. Tal vez, ése era su karma: vivir en un mundo donde las anormalidades fuesen la normalidad. Uub continuó: "Creo que hicimos un cruce hacia el lado espiritual, de los muertos. Era como si el mundo terrenal no fuese suficiente para el poder del maestro". La mujer giró la cabeza a verle. Ya que, aunque ella no entendía, sintió que el muchacho también resultaba sólo un testigo de lo ocurrido, un rol muy similar al de ella y la familia Son. Así, dio paso a una interrogante inmediata, que cabía perfecto en el relato: "¿Por qué Gokú no se quedó contigo?, ¿por qué se separaron?".

El simio apareció de pronto y se recostó frente al guerrero, como si de un momento a otro decidiera descansar. El chico no dudó ni un instante y comenzó a acariciar su lomo peludo: "después de tener plena consciencia de éste nuevo poder, comenzamos a desarrollar otro tipo de habilidades". "¿Cómo qué?", Videl se acercó hacia la posición de sus acompañantes, comenzando a acariciar al gran mono durmiente. "Algo más cercano a la percepción, al instinto", acto seguido, el chico se apuntó a si mismo con un índice, cerca de la boca del estómago. "Es más, ambos rozamos ese nuevo poder, la diferencia es que yo…", Uub tragó saliva, con su rostro adquiriendo un tenor de tristeza. ¿Sería decepción?, ¿frustración?, "la diferencia es que yo renuncié a averiguarlo".

La declaración abrió, por segunda vez, la caja de memorias en la mujer. Algo había en esas palabras que le resultaba familiar y conocido. El guerrero continuó: "yo sabía que si seguía entrenando como el maestro podría alcanzarlo, podría ser un amo y señor de cómo el universo se percibe, pero tal vez hubiese terminado convertido en algo que no soy", el muchacho la miró a los ojos, aún triste. Y ese gesto fue suficiente para que la mujer completara la reminiscencia. De pronto, sintió compasión del chico y, por primera vez en su vida, creyó comprender qué significaba ser alguien como Gokú, Vegeta… o más cercano aún: su propio ex. Pese a que Uub se identificaba a sí mismo como alguien alejado de la realidad terrenal, parecía estar más consciente de lo que resultaba ser humano, que muchos que ella conocía. O más aún, que escogían vivir más cerca de su lado terrenal: crear lazos con personas, dar ayuda a otros, o incluso abrir su corazón a los demás. Tragando saliva, Videl captó la emoción tras los ojos del chico, una suerte de no saber dónde realmente él podría encajar, sin herirse a sí mismo o a los demás.

Por segunda vez, sus reflexiones internas la trasladaron a todos aquellos momentos en que Gohan manifestó el mismo conflicto, con respecto a su propio ser. Uub prosiguió, mientras tanto: "cuando el maestro me ofreció seguirlo en su búsqueda de conocer sus límites, su fuerza, yo di un paso al costado", el chico moreno carraspeó y regresó a su tarea de acariciar al simio, "así, sin mediar en más explicaciones, él me trajo acá, junto al maestro Kaiosama, quien se ofreció a entrenarme, e incluso me ofreció un lugar para vivir". El muchacho terminó su declaración sonriente. Tal parecía que, durante toda su historia relatada, ésta era su parte favorita, donde él parecía haber encontrado algo parecido a un hogar. Por un extraño motivo, Videl se sintió conmovida por la historia, pero un tanto arrebatada por sus propias conclusiones. Las palabras de Uub le recordaban lo difícil que es ponerse realmente en los zapatos de otra persona, o peor aún, los zapatos de alguien a quien supuestamente amas.

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Gohan cerró los ojos, tratando de concentrarse en como el agua le recorría el cuerpo. Lo único que deseaba era que el dolor de cabeza lo dejara en paz por un instante. En eso, colocó su cabeza bajo la regadera, apoyando la frente en la baldosa fría. Sin abrir los ojos, advirtió como su mente comenzaba a procesar pensamientos, en especial, el sueño que lo había acompañado mientras dormía. Como si intentara armar un puzzle difícil, colocó sus palmas abiertas en la baldosa, recordando la emoción onírica de ver a su padre vivo. ¿No pudiste quedarte con nosotros, papá?, pensó. Trajo a su memoria el manuscrito de Roshi, donde éste relataba la mayoría de las aventuras de su progenitor, descrito en las primeras páginas como un niño con cola de primate, con una fuerza sobre natural. Gohan irguió el cuello y sintió como el agua acarició su cuello, bajando por el torso hasta perderse en sus piernas. Suspiró largo y tomó el jabón en sus manos, primero presionándolo con fuerza y luego… pensó en ella.

El sólo hecho de evocarla provocó que un dolor volviera a hacerse notar en el pecho, como si la ausencia provocara que su cuerpo se sintiera pesado y cansado. Sin saber por qué, volvió a cerrar los párpados para buscar su energía con la mente y, por milésima vez, no percibió nada de regreso. Al volver a abrir los ojos, notó como el jabón lucía deformado, víctima de sus puños rígidos. No podía describirlo bien, pero… había algo dentro de sí mismo que lo hacía dudar de su percepción, de la búsqueda de energía. Por un lado, estaba aquella devastadora realidad de verla a ella bajo esa manta de color verde, en el hospital, quieta como un lago en la mañana. Pero por otro, estaban sus entrañas susurrando la existencia de algo más. ¿Creer, tal vez? Suspirando, dejó caer el jabón al suelo, el cual tenía un color parecido al rojo, pero más claro. Similar al de aquella mujer en su sueño… la bruja Uranai Baba. En el momento exacto en que su mente dibujó su figura encorvada, sobre aquella bola transparente, un escalofrío recorrió su espalda. No pudo explicarlo pero, el sólo hecho de recordarla, causó que cerrara la llave de la ducha y se quedara en silencio, mirando hacia un lado, donde estaba una ventana abierta. Afuera, se veían las olas indecisas ir y venir. Su corazón saltó, como si una pieza vital del puzzle hubiese sido encajada.

Claro, la bruja había venido al funeral. Y no solo a ése, sino a casi todos los anteriores que involucraban a su familia, de hecho. Gohan abrió la cortina de plástico y tomó una toalla, secando su rostro, ansioso. Al salir de la ducha, caminó desnudo hacia el living de la casa, con el corazón como tambor, aún en penumbras, pero acompañado de la luz natural que daba la luna. ¿Qué sería de la bruja ahora?, ¿habría sido otra víctima de las oleadas? El saiya caminó unos diez pasos más y tomó el libro de Roshi, buscando la foto que recordaba en su mente. Después de unos minutos, la encontró. Ahí estaba Uranai Baba y el Maestro Tortuga, saludando al fotógrafo seguramente. Entonces, comenzó a respirar agitado, sabiendo que debía hablar con ella.

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A diferencia de lo que Videl tenía pronosticado, en ese mundo de nubes sí oscureció. Primero, el rosado del cielo tomó un color más anaranjado y, después, se tornó un tanto morado hasta llegar a tonalidades más oscuras de azul. Eso sí, no hubo luna ni estrellas, pero sí una disminución de temperatura. Entre medio de una taza de té, y tal como Uub le hubo de explicar, llegó Kaiosama. Cuando abrió la puerta de su pequeña casa, el ser de rostro azul lucía cansado, como quien arriba en la noche después de una extensa jornada laboral. Antes de que ambos cruzaran los ojos, el dios se quitó las gafas y los zapatos, colocándose unas pantuflas de color verde. Luego, al girar hacia la mujer, colocó un rostro de asombro que lo conminó a buscar nuevamente sus lentes, con los que procedió a agudizar la mirada, preguntando quién era ella. Por fortuna, el guerrero de piel morena se adelantó a los hechos y se puso de pie para explicar que ella era la esposa de Gohan, algo que, por segunda vez en el día, logró que el estómago de la mujer se apretara, frustrado. El dios asintió un par de veces y luego avanzó hacia el lugar de la mujer, con las manos tras la espalda. Si bien, Videl tenía consciencia de su existencia como un kami (gracias a las declaraciones de su ex), no recordaba exactamente cómo el dios lucía. Debido a eso, solo cruzó sus piernas y lo saludó con una mano en alto y una sonrisa un tanto forzada.

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Por un lado, amanecía en Ciudad Satán. Y por otro, Gohan aterrizaba en el patio de Corporación Cápsula, agitado como alguien que ha terminado de correr la maratón. Pese a que sentía su cuerpo vibrar producto del vuelo realizado, desde la cabaña de Roshi, nada le podía sacar la pesadumbre de los ojos, típico signo de los vasos de alcohol que aún sentía en el cuerpo, junto al cansancio que recaía en sus hombros. Debido a eso, decidió no entrar de inmediato a la residencia de los Briefs. Kaiosama sabía que, sin sus lentes, solo se tropezaría con todo, haciendo un barullo que él deseaba evitar. Así que, sin pensarlo más, tomó el celular y marcó el número de su hermano. Después de esperar bastante al otro lado de la línea, el menor de los Son respondió. "¿Estás en Corporación Cápsula, Goten?", Gohan preguntó, cerrando sus ojos ante el dolor de cabeza.

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"Sí. Estoy al tanto de las oleadas", Kaiosama respondió, recibiendo una taza de té de parte de Uub. Videl abrió sus ojos sorprendida, alzando sus cejas. Ahora el dios procedía a tomar un sorbo del brebaje de la taza, para luego dar una mascada a uno de sus panecillos dulces. La chica no pudo seguir hablando, atenta a cómo el ser celeste continuaría su respuesta. Así, Kaiosama apoyó su brazo por sobre la mesa y depositó su mentón en la palma abierta, en posición de reflexión. "Si bien, en situaciones anteriores, los Kamis nos hemos involucrado en sucesos que ocurren en la tierra, debes saber que eso nunca ha sido nuestro actuar regular", el dios opinó entre mascadas, sin estar tan convencido. Videl no se aguantó las ganas de retrucar: "Pero, muchas veces Gokú le pidió ayuda a usted, le pidió su consejo", frunció el ceño. "Sí, exacto. Pero eso eran situaciones excepcionales. Tú también debes estar al tanto de lo insistente que es Gokú al momento de lograr lo que desea", el ser alzó una ceja, aceptando más té de Uub, quien procedió a llenar su taza vacía. La mujer suspiró, bajando sus brazos. Al parecer, las oleadas resultaban ser un fenómeno que no se detendrían en absoluto.

"Veo que Enma Daio te ha dado algo más de tiempo", Kaiosama retomó sus palabras, bebiendo del líquido humeante de la taza. Videl no respondió y solo puso un rostro extrañado. "Verás, no todas las almas tienen un poco más de tiempo extra", el ser celeste cruzó sus manos por sobre la mesa. "La verdad, no entiendo a qué se refiere", la chica murmuró, mirando a Uub. Él tampoco parecía extrañado. "¿Nadie te contó de la vez en que Gokú arribó a este lugar por primera vez, por qué él logró conservar su cuerpo físico?", Kaiosama preguntó curioso. En respuesta, Videl solo negó con la cabeza. "Con ese gran libro en su poder, Enma Daio puede decidir ese tipo de cosas. Al parecer, algo bueno has hecho por tus coterráneos, de otra forma no tendrías un cuerpo y serías solo una especie de alma flotante". Las palabras del dios le recordaron su travesía al inicio, al puente rojo, la neblina que avanzaba… ¿serían todas esas almas? "Entonces, ¿no he muerto?", la mujer le interrogó, sin entender aún. En cambio, su acompañante se limitó a reír fuerte. "No es tan así, solo tienes un… tiempo más, creo". Entonces, toda la situación trajo a Videl el recuerdo de la misma pregunta que había hecho en un comienzo al gran ogro. Se armó de valor y, mordiéndose el labio, habló: "¿Usted sabe dónde está Gokú, Kaiosama?".

Con gran sorpresa, contempló como el dios movió su cabeza de forma afirmativa, al parecer para él la respuesta era más que obvia. "En otro lugar, claro". Esta vez, la respuesta le sacó a Videl una pequeña risa, al mismo tiempo que observó como Uub tomaba unos platos y procedía a lavarlos en el fregadero. La mujer estuvo a punto de tirar la toalla en su empresa de conocer más, pero el dios retomó sus palabras, acomodándose mejor en la silla. "Cuando Gokú llegó con Uub, era evidente como ambos habían cruzado un límite en su poderío espiritual. De hecho, aún recuerdo la petición que me hizo: por favor, Kaiosama, llévame a dónde se encuentran más energías como las que Uub y yo tenemos". Ahora fue Videl quien tomó la taza y bebió de a poco, tratando de abrir su mente al máximo. Todas estas ambigüedades que parecían obvias al ser celeste, le estaban generando una especie de dolor de cabeza. "Como sabrás, ésta realidad anaranjada no es el único mundo existente. Ni siquiera es el único lugar para entes en transición a su muerte", Kaiosama tomó un largo suspiro, cruzando los brazos en el pecho, "Gokú simplemente ascendió de poder y se dirigió hacia donde se encuentran otros seres como él, con grandes poderes".

La mujer apoyó su espalda en el respaldo de la silla, imitando el largo suspiro del dios. Ahí se dio cuenta que éste la miraba a los ojos, como si también supiese su debate interno. Al fin y al cabo, estaba sentada frente a un Kami, ¿qué podía ocultarle una humana como ella? Dentro de ese pequeño cuarto, ella era la más vulnerable y simple de los tres. Asimismo, sus conclusiones comenzaron a decantar, una a una. En primer lugar, la más obvia: su suegro no estaba muerto, sino que… en otro lugar. Segundo, ella tenía tiempo (no estaba segura a qué correspondía eso). Y para terminar, el discípulo de Gokú también se encontraba con vida y había decidido no regresar a la tierra. Todo parecía ser demasiada información para una tarde. Entonces, cuando la mente de Videl comenzó a reproducir más y más preguntas, ella advirtió como Kaiosama aún no le quitaba la vista de encima, como si él no estuviese seguro de cómo hablar. Ella le regresó la mirada, segura de no tener nada que esconder. El ser celeste afirmó con la cabeza, como si pudiese leer su cabeza, sin problemas: "¿Quieres ir a verlo, cierto?". Videl contuvo el aliento, en silencio, pudiendo escuchar su corazón latir profundo ante la oferta que ella no se había permitido pedir. El dios, por su parte, tomó otro suspiro y cruzó sus brazos en el pecho. "Supongo que puedo ayudarte".