Disclaimer: Nada es mío, créditos de Gosho Aoyama
Capítulo 22: Aviso del infierno
Apenas durmió un par de horas en cuanto volvió a su cuarto. Las mariposas que sentía al sólo recordar el beso que compartieron la hacía sentir como una colegiala. Y le gustaba esa sensación. ¿Qué más daban las amenazas de muerte sobre ellos? Lo que importaba era que estaban juntos. Aunque no juntos… Juntos. Sino uno al lado del otro. No era tan idiota e infantil como para tener ilusiones de estar de una manera romántica con él por sólo un beso y una noche expresando lo que sentían. Aún había diez años en blanco entre ellos de los que debían de hablar.
No se había dado cuenta que una sonrisa adornaba sus labios mientras pensaba en él hasta que escuchó unos golpes en su puerta. Se quedó sentada sobre la cama. - ¿Si?
- Aoko, soy yo. – La voz de Machiko se escuchó desde el otro lado. - ¿Puedo pasar?
Se puso nerviosa y no sabía por qué. ¿La habría descubierto cuando volvió a su habitación desde la de su hijo? – Yo… - Se revisó con prisa para ver si estaba presentable.
Pero no le dio tiempo a responderle cuando la puerta se abrió y la señora Fumiwara asomó la cabeza con una sonrisa. – No te preocupes, no te quitaré mucho tiempo. Sé que tenéis que volver a la carretera.
- Claro… - La invitó a pasar con la mano. No pasó por alto que la mujer se cubría el pijama con una bata. Ya no se sentía tan expuesta al estar ella misma con la ropa de dormir. Aun así, no se quitó la sábana que tenía sobre las piernas.
La mujer mayor se terminó de acercar y se sentó en el borde de la cama frente a la más joven. - ¿Qué tal has dormido?
Teniendo en cuenta lo poco que lo había hecho… - Bien. ¿Y usted? – No olvidó preguntar de vuelta como protocolo.
- Más tranquila al saber que Arsene está bien. Una madre siempre se preocupa. Pero no he venido para cansarte hablando de mí. – Negó con la cabeza. – Quiero darte una cosa.
La inspectora se extrañó ante tal revelación. - ¿A mí? - ¿Qué querría darle a ella, una completa desconocida?
Machiko sacó una cajita del bolsillo de la bata y se lo tendió. – Esto lleva muchos años en mi familia. – Decía mientras Aoko lo abría con curiosidad. – Y quiero que lo tengas.
La joven se quedó sin habla. Dentro de la caja había un alfiler de unos cinco centímetros con una gato en piedras preciosas negras en el extremo superior, y el felino agarraba una piedra coral azul esférica. Miró a la mujer, que admiraba el objeto con cariño. – No puedo aceptarlo… Es de su familia… Debería…
Machiko negó. – Basho y yo somos los últimos de la familia. Y no quiero que me entierren con él. Debería de haber sido para mi hija, pero como nunca llegué a tener una, será para la mujer que ha elegido mi hijo.
- Señora Fumiwara… Yo… Él… - No conseguía formular una frase coherente, y un rubor se empezó a asomar en las mejillas. En esos momentos odiaba que la colegiala hubiera vuelto, se sentía demasiado expuesta.
- No digas nada. Una madre sabe esas cosas. – La sonrisa maternal de la mujer no desaparecía de sus labios. – Por favor… No rechaces el obsequio de esta pobre vieja.
Aoko miró de nuevo el alfiler. – Lo cuidaré con cariño. – Terminó diciendo mientras cerraba la tapa.
- Muchas gracias cariño. Sé que lo harás. – Dijo la mujer sabiendo que no sólo se refería al objeto. – Bueno, será mejor que vuelva a cambiarme. Necesitaréis un buen desayuno para seguir vuestro camino.
- Déjeme que la ayude. – Hizo ademán de levantarse.
- No, no. Ya hiciste bastante ayer ayudándome con los platos.
- Insisto. – Se terminó de levantar, y sorpresivamente no le importaba que la mujer la viese con lo que utilizaba para dormir. – No me sentiría bien que lo haga todo usted. Y menos después del regalo que me ha hecho.
La mujer mayor suspiró. – Está bien. – Aceptó. – Vistámonos y pongámonos manos a la obra. – Dijo saliendo ddel cuarto, encontrándose de frente a su hijo saliendo de su cuarto al otro lado del pasillo. Sonrió y se acercó a él. – Me gusta.
Él miró hacia la puerta cerrada y sonrió con dulzura. – Y a mí. – Y había sido un estúpido al no haberse dado cuenta antes.
Mientras estaba en sus cavilaciones, sintió un fuerte dolor en la mejilla y miró a la que durante los últimos diez años había sido su madre. Le había pellizcado el moflete con algo más de la fuerza normal. – Más te vale no fastidiarla. – Le reclamó para después soltarle y dirigirse a su cuarto. Dejando a un escritor adolorido frotándose la mejilla y mirándola de reojo mientras se marchaba.
- Eso es lo que más deseo. – Susurró para sí mismo.
Después de un agradable desayuno, volvieron a la carretera al despedirse de los ancianos.
El silencio que les rodeaba no era como con el que habían llegado al pueblo, sino que era uno mucho más agradable.
En el siguiente pueblo hay un pequeño museo. – Kaito miraba el móvil mientras hablaba. – Deberíamos probar.
- Me parece bien. – Asintió. – Me deben un favor por esta área.
- ¿Hay alguien que no te deba algún favor?
- ¿Lo que escucho son celos, por un casual? – Preguntó burlona.
- Para nada. Sólo es una pregunta inocente y curiosa de un buen escritor. – Dijo con un tono de orgullo algo arrogante.
- Por supuesto. – Siguió sonriendo.
Cuando llegaron a la pequeña comisaría del pueblo, Aoko sólo tuvo que hacer un par de llamadas para que el enfurruñado agente aceptase acompañarles para poder abrir las vitrinas.
- Como pueden ver y ya les había dicho, aquí no hay nada digno de robar.
- Kaito Kid es un alma libre e imprevisible, nunca se sabe lo que está planeando. – Explicó la inspectora con ojo crítico. – Más vale estar prevenidos. – Terminó diciendo mirando de reojo al escritor, que mostraba una pequeña sonrisa ladina.
- Tienes toda la razón, inspectora. – Miró al guarda. - ¿Podría abrirnos esta?
El hombre se acercó y miró de mala gana la vitrina de cristal que señalaba el escritor. - ¿Ésta? Son sólo piedras sin valor.
- Donde usted ve piedras sin valor, un buen comprador puede ver algo único.
- Tenía entendido que Kid sólo roba para devolverlo luego.
- No sólo Kid puede entrar a robar, también estamos asegurándonos por otros ladrones. – Explicó la mujer. – No todo Japón gira en torno a él.
- Eso dígaselo a mi mujer. – Dijo abriendo la tapa con un suspiro. – Habla de él por lo menos una vez al día. Espero que lo atrapen pronto y se descubra que es un hombre normal y corriente.
- En eso estamos trabajando, téngalo por seguro. – Aseguró Aoko, aunque no pudo notar el leve temblor al imaginarse al mago encerrado en una prisión, lejos de ella.
- ¿Y hay algo valioso que crea usted que sea interesante robar? – Kaito consiguió desviar la atención del agente para que la mujer pudiese revisar las piedras con la luz mágica de Akako.
En cuanto sacó el objeto de su pequeña bolsa, la luz era tan intensa que llamó la atención del guarda y se giró. - ¿Qué es eso? ¿Para ver la calidad del mineral o algo así?
Escritor e inspectora se miraban con una mezcla de júbilo y terror. La luz era más intensa encima de la piedra que estaba justo frente a la mujer. Parecía una roca volcánica normal y corriente, pero ya sabían que no se podían fiar de las apariencias.
- ¿Inspectora Nakamori? – Tanto la mujer como el hombre volvieron en sí y miraron al agente.
- Sí. Algo así. – Dijo guardando el objeto en la bolsa.
- Pues se le van a gastar las pilas si lo guarda sin apagar.
- Cierto. – Afirmó el escritor. – Menos mal que tenemos pilas en el coche de sobra. La inspectora es muy despistada. – Dijo aparentando que le contaba un secreto escabroso, sobre todo, para que el hombre dejase de pensar en lo que había ocurrido.
- Bueno… - Carraspeó la mujer. - ¿Seguimos con la visita? – No debían de levantar más sospechas.
No intercambiaron ni una palabra cuando se quedaron solos en el coche y fueron a registrarse al hostal. Caminaron en silencio por el pasillo hasta las habitaciones.
Se detuvieron frente a la puerta de ella y se miraron. La mezcla de júbilo y miedo seguía impresa en ellos, y parecía que no quería irse. Abrió la puerta y entró en la habitación, dejándola abierta.
Cuando se detuvo justo enfrente de la cama escuchó cómo la puerta se cerraba. Se giró y se sentó al pie de la cama, viendo a su amigo frente a ella y con los brazos cruzados.
La pregunta estaba en el aire, pero ninguno se atrevía a formularla. "¿Qué vamos a hacer?"
- Es cómico. – Fue él quien rompió el silencio con esa frase, ella le miró sin entender a lo que se refería. – Todo este tiempo buscándola, y cuando la tenemos al alcance de la mano, no sabemos qué hacer. no he conseguido idear ningún plan efectivo sin ponerte bajo sospecha.
- Ya… Sería mucha casualidad que al haber estado revisando, al día siguiente haya un aviso de robo. Y no nos olvidemos de Lion. Está deseando ponerle las manos encima a la piedra.
- Créeme, por mucho que lo intente, no puedo olvidarme de ese cabrón. – Dijo con un odio palpable.
Aoko apoyó los codos sobre sus piernas y dejó caer el mentón sobre las manos. – Quizás podamos esperar. Sólo nosotros sabemos dónde está. Continuar nuestro camino y volver en cuanto envíes la nota.
Notó que la cama se hundía a su lado bajo el peso del hombre. – Ya se me había pasado por la cabeza.
Le miró. - ¿Y?
- Esperaba idear algo en que no te involucrases.
- ¿De nuevo con eso? – Enfado surgió en ella. – Ya estoy involucrada. Y no te voy a dejar sólo en esto.
Suspiró derrotado. – Sabía que me ibas a echar el sermón de nuevo. – Se levantó de la cama y se dispuso a irse de la habitación. – Necesito pensar.
Ella se levantó como un resorte y le detuvo. – No irás a dejarme de lado, ¿no?
La miró con intensidad, dejándola desarmada por unos segundos. – No. Tengo el comienzo de un plan, sólo necesito ver si lo podemos llevar a cabo.
- ¿Y qué plan es ese? – Consiguió articular, aún atrapada en su mirada azul.
- Te lo diré si lo encuentro viable. – Vio que iba a replicar, por lo que se adelantó. – Tú quédate y descansa, puede que se te ocurra algo que a mí no. – Se acercó a ella y le dio un pequeño beso en los labios, para a continuación marcharse.
Parpadeó un par de veces y maldijo. – Cuando aprenderá que no soy ninguna damisela en apuros. – Se cruza de brazos, molesta consigo misma al dejarse doblegar sólo con su mirada y un beso robado. El teléfono móvil le empezó a sonar dentro del bolso en el mismo instante que había decidido salir a por él. Se giró y respondió a la llamada sin mirar siquiera quién era el interlocutor. – Nakamori. – Dijo de mala gana.
- Koizumi me ha dicho que la habéis encontrado.
Suspiró cansada y se volvió a sentar. – Así es. Y no tenemos ni idea de qué hacer ahora. – Se masajeó el puente de la nariz. – Por muchas vueltas que le he dado, no he encontrado una salida viable, y que sigamos vivos.
El silencio se interpuso entre ella y el detective. - ¿Y Kuroba? No puedo creer que no tenga nada ideado ese ladronzuelo.
- Ha dicho que tiene el comienzo de un plan, y se ha marchado sin dar más explicaciones. – Sonó molesta, y su amigo lo notó, haciendo que formase una sonrisa a pesar de lo que está viviendo su mejor amiga.
- Si hay algo rondándole en la cabeza, me quedo más tranquilo. Puede ser un idiota en algunas áreas, pero en lo que se refiere a robar es bastante bueno.
- ¿Le estás adulando? ¿Tú? ¿Qué de jóvenes no parabas de meterte con él?
- Y seguiré haciéndolo. Ni se te ocurra decirle que yo he dicho eso. Lo negaré todo. A lo que voy… - Continuó con la anterior conversación. – Sus planes siempre han sido muy buenos, a pesar de que lo terminaba descubriendo. Llámalo karma o buena suerte, siempre se salía con la suya. Ahora no tiene por qué ser diferente, ¿no crees?
- Supongo que tienes razón. – Dijo con algo más de tranquilidad.
- Descuida, aún queda una semana para que llegue el cometa. Si el plan que tiene ideado no sirve, siempre nos tendrás de apoyo e idearemos algo.
- Sí. – Aunque no estaba muy segura de Akako. Después de todo, había intentado matar a Kaito. No estaba tan segura de fiarse del todo de ella. – Gracias, Saguru. – Pero confiaba ciegamente en el detective.
- Siempre estaré ahí para ti. – Le dijo con cariño fraternal. – Hablamos.
En cuanto colgó el teléfono, llamaron a la puerta de Agasa. El profesor estaba encerrado en el sótano con uno de los experimentos que era mejor no saber de qué trataba, porque si lo sabía y su mujer se enteraba, las iba a pagar muy caras.
Se levantó del sofá y fue a abrir. La persona que esperaba fuera pasó junto a él como un vendaval. – Esto es malo. – Dijo sin detenerse. - ¡Horrible!
Saguru cerró la puerta tras él y siguió a la mujer hasta el salón, que no paraba de ir de un lugar a otro como si fuese un animal enjaulado. – Koizumi, tranquilízate. ¿Qué ha pasado?
- La cuestión no es lo que ha pasado, sino lo que va a pasar… No puedo… - Dijo en voz queda. – No podemos evitarlo. – Se llevó una de sus uñas a la boca, mordiéndola con frustración.
- ¿El qué no podemos evitar?
- Lucifer dice que, hagamos lo que hagamos, alguien dejará este mundo. – Se detuvo y le miró a los ojos. El miedo que proyectaban hizo que el temple del hombre se resquebrajase.
El silencio nació entre ellos. Se podía escuchar el segundero de un viejo reloj analógico que tenía el profesor en el poyete de la cocina. – Podría referirse a uno de nuestros enemigos, ¿no? – No le gustaba la idea de que alguien terminase muriendo, pero menos que uno de sus amigos, después de volverse a encontrar, pereciese.
- ¿Te crees que miraría el futuro de alguno de esos miserables? – Respondió con enfado. – Sólo puede ver la muerte de los que le ordeno vigilar.
- ¿Y no hay nada que podamos hacer? Ya has predicho la muerte de Kuroba decenas de veces y nada ha pasado. Puede que ahora…
- Las otras veces yo lo evitaba porque Lucifer siempre me decía que había otras alternativas. Pero ahora… Se ha cerrado en banda. – Le miró a los ojos. – No hay salvación.
Saguru vio la desesperación en la bruja. Ella nunca lo admitiría, pero se preocupaba por el ladrón y la inspectora.
- Daremos con una solución. – Dijo con convicción. – Debemos hacerlo.
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Aoko no paraba de dar vueltas en la cama. Ya era muy tarde y Kaito no daba ninguna señal de que hubiese vuelto. Miraba el móvil de vez en cuando, dándose cuenta que no habían pasado ni cinco minutos desde la última vez que lo había hecho. Y ningún aviso del hombre de dónde estaba aparecía en la pantalla.
Maldijo interiormente y se quedó sentada en la cama. Ya no podía negárselo por más tiempo. Se sentía intranquila si él no estaba a su lado o no sabía dónde estaba.
Escuchó a alguien pasar por delante de su puerta e intentar abrir la puerta de al lado. Salió corriendo de la cama, casi tropezándose con las sábanas que se enredaron en sus piernas, y fue hacia la puerta, abriéndola sin pensárselo dos veces. Se asomó al pasillo y vio al escritor abriendo su dormitorio por esa noche.
Él la miró al escuchar el sonido de la puerta abrirse y se quedaron mirando a los ojos del otro lo que les pareció una eternidad. – Tu maleta está aquí. – Se atrevió a romper el silencio entre ellos.
Él asintió. – No quería despertarte. – Fue lo único que respondió, pero ella se había dado cuenta que la miró de arriba abajo. Con las prisas, había salido sólo con el pequeño camisón azul sin ponerse la bata encima.
- No podía dormir. – Queriendo que él entendiese entre líneas "no puedo dormir sin saber de ti".
- Lo siento. – Se disculpó en un susurro. – Hablamos por la mañana.
- ¿No vas a coger tu maleta? – Le detuvo antes de que cruzase el umbral de su puerta, invitándolo con la cabeza a entrar.
Él gruñó y la miró con unos ojos azules llenos de lujuria, haciendo que Aoko se sintiese terriblemente bien por el efecto que causó en él. – Si entro ahí… No seré capaz de salir.
El aire escapó de sus pulmones ante las sensaciones que le producían su mirada y sus palabras. Y sabía que ella le miraba de la misma manera. – Y no tienes por qué hacerlo.
El hombre hizo un sonido gutural y apoyó la frente contra la puerta semi abierta. – Por favor Aoko, no me hagas esto.
- ¿El qué? – Preguntó, pero sabiendo exactamente a lo que se refería.
- No sabes el autocontrol que debo de tener cuando estoy contigo. Para no hacerte el amor como siempre he querido hacerlo, incluso cuando no tenía memoria. – El cuerpo de ella vibró ante la perspectiva de ser tocada por sus dedos de ilusionista mucho más que la noche anterior en la casa de sus padres.
Pero sabía que él tenía razón, no era el momento. Se quedó en el dintel de su puerta y se agachó a coger la maleta, tendiéndosela. – ¿Mañana me contarás tu plan? – Le preguntó en un susurro.
Alargó la mano y rozó la de ella con dulzura, cogiendo el asa de su maleta. – Sí. – Asintió. Pero no se movió, miedo se introdujo en su piel, temiendo que ella se tomase a mal su anterior negativa.
Sonrió al ver su preocupación, se acercó a él y le dio un beso en la comisura de los labios. Aclarándole sin palabras que lo entendía. – Buenas noches, Kaito. – Le susurró y se metió en su propio cuarto.
CONTINUARÁ
