Un hombre con aliento rancio agarró a Ciri y liberó un hechizo sobre Jaskier que lo dejó inmóvil en su sitio. Ciri sintió el cuerpo del bardo quedar duro como piedra, mientras ella perdía el agarre de su mano por la fuerza con que la habían tomado al doblar sobre aquella esquina.

- Ya verás, maldita princesa. - escuchó Ciri - Tan valiosa eres y yo, fíjate, que si te veo en otro sitio ni pierdo mi tiempo en darte atención. - ella se sacudió molesta, pero le dolieron las articulaciones, porque el hombre la había tomado de un modo brusco, y le había puesto las manos sobre su espalda, evitando así, que Ciri se hiciera con la espada de unos de los redanos asesinados por Jaskier que llevaba en la vaina. - ¿Y si te entrego a Emhry? ¿Me daría qué? ¿Dinero? ¿Tierras? ¿Títulos? ¿Qué dices a eso profetisa?

- Que eres un cerdo idiota ¡Eso digo! - se sacudió de nuevo. Ciri sentía rabia de que la hubieran tomado. La cercanía con Jaskier había derribado su concentración y no había sido capaz de ver a aquel hombre que ahora la sostenía. Se maldijo por ello, tendría que haber estado más atenta.

- A Vilgefortz o a Emhry, no sé a cuál de los dos entregarte. - dijo el hechicero que la sostenía (por sus ropas ella supo que era mago) ¿Vilgefortz? El hechicero que me había pedido que bailara con él... quiere entregarme al enemigo.

- ¡Déjame en paz! - se quejó Ciri y se sacudió diabólica, una vez más. El hombre rio cuando la pudo volver a sostener con fuerzas. - ¡Argh! - gritó por el dolor sobre sus articulaciones. ¿Quién es este imbécil? Miró a Jaskier, estaba paralizado en la posición que el mago lo había dejado, incapaz de hablar o hacer algo. Bastardo, mago hijo de puta... cuando tome mi espada, ya verás.

De golpe una lechuza gris voló sobre el hombre que la sostenía, Ciri se admiró de la presencia de aquel animal en aquellos sitios, ¿acaso era posible su presencia? Pero al poco tiempo llegó la respuesta: la lechuza le clavó las garras en el rostro al tipo que la sostenía. El tipo gritó y Ciri cayó al suelo. La lechuza ¡tenía que tratarse de Filippa! Pero, ¿por qué la había ayudado? La última vez que había sabido de ella, era consejera en Redania, había estado en contra de Jaskier...

El hechicero llevó sus manos a los ojos, había sangre, gritó molesto y comenzó a farfullar un hechizo en la vieja lengua. No tuvo tiempo de terminar, pues una espada le cortó la cabeza.

El movimiento fue tan rápido que Ciri pensó que se trataba del viento, sintió el pesado cuerpo del hechicero caer como una roca al suelo, ya sin vida, y la sangre brotar a borbotones.

Todo sucedió como si el tiempo se hubiera detenido y corriera muy, muy lento, pero luego, cuando el movimiento estaba finalizando, Ciri fue capaz de ver una sombra, acompañada de un girón blanco... Cabellos blancos...

- ¡Geralt! - Ciri saltó sobre él, lo enlazó con sus brazos alrededor de la nuca y sus piernas sobre la cintura del brujo, quien la sostuvo con mucha fuerza tirando la espada brujeril al suelo, aliviado por haber llegado hasta su pequeña. Los dos se abrazaron con tanto alivio en aquel gesto, que podrían haber permanecido de aquel modo por eras.

Justo en ese instante, el hechizo de parálisis liberado a Jaskier, se deshizo y también él corrió sobre el brujo y lo abrazó con mucha fuerza. Geralt los apretó a los dos, Ciri en medio de ambos, y el brujo sintió que el alma le había vuelto al cuerpo.

- Están bien... - murmuró Geralt sin atreverse a soltarlos y perderlos una vez más. El brujo había estado corriendo detrás de aquellos dos desde hacía mucho tiempo, siguiendo pistas que sus huellas había dejado. Cuando se encontró con el abismo que lo separaba del otro lado del puente que habían cruzado, pensó que no llegaría, pero ahí, fue Filippa quién lo ayudó a cruzar con magia.

Los tres guardaron silencio, cada uno sintiéndose más que aliviados por sus propias razones al ver de nuevo al brujo peloblanco. Jaskier no podía creer el alivio que le daba volver a verlo. Ver que estaba bien y lo más importante... que no estuviera solo otra vez.

- No hay tiempo para sensiblerías. - dijo Filippa, la lechuza gris, encima de ellos, revoloteando. - ¡Huyan ya! ¡Vienen hacia aquí más Ardillas! ¡Están en todos lados! Y solo quieren venganza ¡Huyan!

Geralt soltó a los dos, Ciri apoyó sus piernas sobre el suelo, Jaskier tomó el brazo de ella de forma protectora, acercándola a su cuerpo. El brujo los miró: Ciri con aquellas vestimentas que la hacían parecer una bruja y una mujer al mismo tiempo, Jaskier empapado de sangre básicamente en todo su cuerpo, sosteniendo a su pequeña del brazo. Decidió pensar que, de forma protectora simplemente, porque no tenía tiempo para otras maquinaciones. Se preguntó qué le había sucedido al bardo, pero desde todo punto de vista estaba intacto. Ya habría tiempo para que les contaran qué había sucedido, ahora tenían que huir.

- ¿Estás bien? - preguntó Geralt con su voz severa, Jaskier asintió.

- Larga historia.

- Luego me la cuentas. - El brujo sabía que Jaskier no sobreviviría a un enfrentamiento con varias Ardillas. Y él no quería que Ciri se viera expuesta a ello tampoco. No había tiempo para ponerse al día. No. Solo había tiempo para protegerlos, para darles la oportunidad de huir, una vez más, de allí.

- ¡Corran hacia adelante! ¡Yo los detendré! - dijo el brujo.

- ¡NO! - fue la respuesta conjunta tanto de Ciri como Jaskier. Geralt los miró rabioso.

- Están cerca, tienen que irse ahora mismo. - insistió Geralt y se acercó a Jaskier y lo sacudió por los hombros. - ¡Vete! Cuídala una vez más, por favor. - rogó.

Geralt nunca le había rogado nada. Jaskier no pudo contradecirlo. Apoyó su mano sobre el brujo y asintió. - Iré detrás de ustedes... Sabes que los encontraré de nuevo, Jaskier. - el bardo lo miraba molesto, molesto por la decisión de abandonarlo. Jaskier odiaba abandonarlo, Geralt lo sabía.

Lo había vuelto a encontrar, ¿para dejarlo solo una vez más? A Jaskier le resultaba insultante... Tenía miles de cosas para preguntarle, contarle... no podía creer que lo había encontrado durante un segundo, para tener que dejarlo, una vez más.

- No me parece justo abandonarte. - dijo Jaskier. Geralt gruñó.

- No estamos hablando de justicia aquí, Jaskier. Estamos hablando de la seguridad de Ciri. - Jaskier miró a la jovencita, ella los observaba con sus ojos esmeraldas. Ciri... pensó Jaskier, miró a Geralt... Sí, el brujo tenía razón. Había que protegerla porque ella era... ¿quién o qué era?

- De acuerdo. - respondió el bardo y volvió a mirar al brujo. Geralt, he matado... finalmente he matado... pensó el trovador y lo abrazó por última vez al peloblanco, pero fue un abrazo rápido y lo liberó.

Geralt sintió que algo dolía en el alma de su amigo y se preguntó qué, pero no había tiempo... no había tiempo para escucharlo. - La cuidaré. Tienes mi palabra, Geralt. - el brujo asintió y le dio un golpe en el hombro.

- ¿De verdad estás bien? - Jaskier asintió. Geralt había sentido dolor en aquel abrazo y sabía que el poeta había mentido. No estaba bien. Pero no había tiempo.

- Dame mi espada. - pidió Ciri. Geralt la miró, Jaskier también.

- Si tienes una espada, debes estar dispuesta a matar ¿Estás dispuesta? - preguntó su padre. Jaskier miró a Geralt y no se pudo creer que le había dado la responsabilidad a la jovencita de elegir sobre la posibilidad de quitar vidas... Él había estado evitando que ella matara y Geralt le daba la opción de hacerlo. En ese momento el trovador comprendió que la había protegido en vano, que tarde o temprano, Cirilla sería tan efectiva en la matanza como lo era Geralt, tan letal como lo era su amigo.

- No lo sé. - respondió la joven bruja. - No sé si estoy preparada, pero dame mi espada, de igual manera. - insistió ella, sacó la espada que tenía en la vaina sobre su espalda y la tiró, luego extendió su mano al brujo. Geralt se la dio. Oh, por todos los dioses... Este es el momento en el que Ciri se convierte en bruja... de verdad...

- Corran. Y no miren hacia atrás. Volveré con ustedes.

- Sabes que odio dejarte, ¿no? - le dijo Jaskier, sin necesidad, el brujo lo sabía.

- Lo sé.

- Entonces, déjame estar aquí. - Debo proteger a Ciri, simplemente no puedo quedarme...

- No. - sentenció, sin lugar para otra decisión. Aunque Geralt sabía que Jaskier ya había decidido dejarlo. Como él le había rogado. - No, vayan. Huyan. Los encontraré. Siempre lo hago. Lo sabes, Jaskier. - el poeta asintió. - Cuida de Ciri, por favor.

- Por supuesto. - Geralt y Jaskier se miraron unos segundos y luego Geralt agarró la espada que Ciri había dejado en el suelo y levantó ambas espadas, una en cada mano. El sonido de los elfos se oía más cerca. El brujo se puso en posición de ataque.

- Yo lo ayudaré, ¡vayan! - gritó la lechuza gris, revoloteando al lado del brujo.

Ciri asintió, decidida, y se acercó a su padre, le dio un fugaz abrazo, que terminó con un beso en la mejilla. - Te quiero. Te esperaré. - le dijo, él sintió que su corazón dolía. No quería dejarla.

La jovencita luego se giró rápida como un rayo, tan rápida como Geralt ya sabía que la niña era y tomó la mano de Jaskier y lo obligó a seguir su paso veloz. Jaskier enlazó sus dedos con los de ella, de forma natural, como si lo hubieran hecho ya, mil veces. Geralt los miró, aquella confianza que se veía entre el poeta y la joven bruja, llamó su atención, pero no tanto...

El trovador se dejó llevar por Ciri, pero dedicó una vez más una mirada al brujo. Geralt sabía que se le partía el alma al bardo cada vez que lo dejaba.

Los miró, a ambos: Ciri no se había dado la vuelta una sola vez, decidida como era su pequeña, Jaskier quería decirle mil cosas, pero sabía que no era el momento ni el lugar y, ante la imposibilidad de compartir con Geralt aquello que lo agobiaba, simplemente lo miraba, mientras Ciri tiraba de su mano...

Los dos tomados de la mano, Jaskier confiando ciegamente en Ciri y ella sosteniéndolo con tanta devoción que hasta para él era obvio que se tenían cariño. Y decidió creer que solo era cariño fraternal, pero cada vez dudaba más...

Geralt intentó no pensar, pero pensó: Yennefer no estaba con ellos... Una puntada fuerte sintió en el pecho, ¿dónde estaba su Yen?

¿La habían tomado prisionera los enemigos? ¿Había huido? ¿Dónde había ido? ¿Por qué no estaba al lado de Ciri? ¿Por qué los había dejado solos? Necesitando aquellos dos, como quizás nunca antes, protección de una poderosa hechicera.

¿Yen dónde estás? ¿Te has vuelto a ir?

Geralt sonrió sutilmente a Jaskier, mientras se alejaba y se giró, y con aquel gesto el brujo se preparó para el enfrentamiento. Se olvidó de Yennefer, Cirilla o Jaskier. Ya no importaba nada, solo sus oponentes... Levantó las dos espadas, apoyó su peso sobre su pierna izquierda y esperó, preparado, a quienes quisieran hacerle frente. Él sería la resistencia para darle tiempo a aquellos dos de alejarse lo suficiente para salir con vida de Aretusa y finalmente llegar a Loxia.


Unos cascos de caballos resonaron en el camino.

Ciri corría como tirada por un demonio, Jaskier ya casi no le podía seguir el paso. Pero ella no le había soltado de la mano.

Hacía rato ya ni atinaba a hablar, solamente rogaba que aquella huida se acabara porque no tenía más pulmones para seguirla. Sin embargo, le había sorprendido cómo los músculos de sus piernas, en un principio entumecidos por el esfuerzo, ahora ya parecían no recordar nada que no fuera correr como loco. No tenía idea de hacía cuánto tiempo solo habían estado corriendo, sobre cuántos rincones habían doblado y dónde estaban exactamente. Pero Ciri corría, como si supiera hacia dónde lo dirigía... así que él corría también.

Jaskier estaba descubriendo capacidades del cuerpo humano y su fisiología, que, hasta aquel día, no había tenido la dicha de conocer. Como, por ejemplo, que cuando uno se sentía en peligro, peligro de muerte, no importaba cómo, pero la energía surgía de algún sitio y no se podía detener. Y también, que cuando uno se enfrentaba a enemigos, con peligro de muerte también, los golpes no dolían... dolían luego, ¡y cómo dolían! Se preguntó cuáles serían las consecuencias, luego, para su cuerpo, cuando finalmente todo esto acabara.

Estaban corriendo ya entre las malezas, los restos del palacio élfico se esparcían por doquier, como inmensos pedazos de roca pulida y tallada, pero ya no constituían ningún salón o algo en concreto, solo representaban ruinas. De tanto en tanto, veían algún muro de lo que fue algún ambiente completo, pero que en esos momentos solo eran escombros. Ruinas como lo era la raza élfica...

Ciri había observado los vestigios de la matanza a los elfos, la gran purga... y se preguntó qué había llevado a los seres humanos a asesinar con tanto odio a otra especie. Odio y efectividad.

Otra vez sintió el ruido de pisadas de caballos, pero esta vez, mucho más cerca.

"No miren hacia atrás", había dicho Geralt, pero Ciri no pudo hacer caso cuando sintió, otra vez, el sonido de un caballo sobre sus espaldas. Aquello la obligó a desviar la mirada del camino que tenían por delante. Ella giró su rostro y de pronto, lo volvió a ver: un caballero negro con yelmo adornado con las alas de un ave de presa.

Ciri se paralizó, Jaskier se detuvo de golpe a su lado, soltando su mano y respirando casi al punto del desmayo.

Ciri no era capaz de moverse. Allí estaba él de nuevo. Su mayor miedo. A la distancia, pero acercándose eficazmente a ella...

El caballo negro cruzó a través de los arbustos de los márgenes, el caballero lanzó un fuerte grito. En aquel grito estaba Cintra, estaba ella cuando aún era una niña, estaban la noche, la desesperanza, el miedo, los cadáveres, la matanza, la sangre y el fuego. El dolor y la deshonra. Estaba el pasado que ella había querido enterrar en el fondo del olvido. Estaba el miedo paralizante, como aquella vez la había paralizado... como aquella vez que la había tomado...

Jaskier la miró y notó su mirada perdida, giró su rostro y vio el jinete a lo lejos. Limpió el sudor de su frente y miró la mezcla de sangre y transpiración sobre sí. Deseó asearse, pero volvió a la realidad. Apoyó una mano sobre el hombro de Ciri. - Estoy contigo. Vamos. - le dijo.

Ciri pensó en el pasado, pensó en Cintra, pensó en todo lo que había vivido. Y luego pensó en Geralt, en Kaer Morhen, en los brujos, en Triss, en el templo de Melitele, en Yennefer y, finalmente, en Jaskier. Pensó en todo lo que había recorrido desde aquella lejana vez que aquel caballero la había tomado... ella ya no era la misma. Casi cuatro años ya habían pasado... Ya no era la misma.

Ciri dominó el miedo que la inmovilizaba y tomó la mano de Jaskier, se lanzó a la huida una vez más. Con ímpetu, se lanzó por encima de un seto, cayendo en un pequeño patio con un estanque y una fuente y obligándolo a hacer lo mismo. Jaskier ya se había acostumbrado a los giros inesperados que realizaba la jovencita en plena corrida y ya había aprendido a no caer.

Sin embargo, esta vez, la brújula interna de la niña la había engañado. No había salida en aquel patio donde ambos ingresaron, alrededor se elevaban altos y lisos muros. No había salida.

Jaskier sintió el grito de aflicción de la jovencita y creyó ver lágrimas desesperadas sobre sus ojos. Ella soltó su mano y corrió hacia los muros y los golpeó con fuerzas, indignada por haberlos encontrado en su camino de huida. Otro grito desesperado surgió de Ciri y él se acercó para que se tranquilizara, pero ella temblaba, aquel caballero le aterraba, él podía darse cuenta.

Ciri se tiró sobre los muros con un grito exasperado, una vez más, pero esta vez de espalda a éstos y con la mirada hacia el jinete negro, Jaskier a su lado, se puso frente a ella, con las dagas sobre sus manos, sin saber realmente cómo volvería a defenderla.

El caballero negro se acercó. Detuvo el caballo negro. Se tambaleó en la silla de su caballo, se inclinó. Luego bajó, haciendo un estruendo al chocar su armadura pesada contra la piedra.

Jaskier percibió cómo el rostro de la joven bruja iba cambiando, pasó por la desesperación y luego por la rabia, y ahora la locura cegadora solo se reflejaba a través de sus ojos esmeraldas.

- ¡No me tocarás! - gritó Ciri, sacando la espada. Jaskier se giró y sus palabras retumbaron en su mente "no me tocarás", ¿acaso él... - ¡No me tocarás nunca más!

- Ya no te escaparás, Leoncita de Cintra. - habló el caballero negro. Jaskier se tensó, no sabía realmente qué hacer, pero no la dejaría a merced de aquel hombre. - No esta vez. Esta vez ya no tienes dónde escapar...

- No me tocarás. - volvió a decir ella con la voz ahogada por el horror y rabia, la espalda aplastada sobre la pared de piedra. Jaskier no sabía cómo actuar, pero sentía el pánico en Ciri.

- Tengo que hacerlo. Cumplo órdenes. - el caballero se situó frente a los dos. El yelmo le ocultaba las facciones y solo permitía que los ojos se vieran a través de este. Él sacó su espada y enfrentó a Jaskier.

El poeta respiró agitado y se lanzó sobre el caballero, quien esprintó, dio un vuelco y lanzó un ataque certero sobre el cuerpo de Jaskier, que lo hubiera matado, si Ciri no hubiese interpuesto su espada. Pero la interpuso.

Ella ya no era la niña que él había visto en Cintra. Ahora sabía defenderse. - Jamás le pondrás una mano encima a Jaskier... - dijo Ciri con tanta determinación que él sintió que una electricidad recorrió su cuerpo, el poeta quedó pasmado.

Ciri sintió que el miedo desapareció de pronto, y su lugar ocupó la rabia salvaje. Los músculos tensos, paralizados de miedo, funcionaron como muelles, todos los movimientos aprendidos en Kaer Morhen se realizaron por sí mismos, fácil y armoniosamente. Jaskier no podía sacarle los ojos de encima, lo había hipnotizado: por primera vez veía a la bruja Cirilla y sabía que estaba a punto de presenciar un espectáculo en aquel combate.

Ciri atacó. El poeta comprobó que ella era rápida, increíblemente ágil, pero mezclaba la lucha con las emociones. Geralt, en cambio, era sereno y frío. Mataba serena y fríamente. Ciri luchaba como Geralt, pero sin la templanza del brujo, sino que, con la rabia salvaje de Cirilla de Cintra.

Ciri dio un salto, el caballero se echó hacia ella, pero no estaba preparado para la pirueta que, sin esfuerzo, la alejó del alcance de sus manos. La espada aulló y mordió, acertando con toda seguridad en la chapa de la coraza. El caballero se tambaleó, cayó sobre una rodilla, de debajo de la hombrera surgió un hilillo de sangre. Ciri cayó al otro lado, por detrás de su atacante, con la espada en alto y sangre sobre su filo. Los ojos esmeraldas tenían un brillo locamente asesino. Gritando con rabia incontenible, Ciri le rodeó de nuevo con una pirueta, le golpeó de nuevo, esta vez directamente en el yelmo, en caballero cayó sobre la otra rodilla, sin tiempo de reaccionar a la agilidad de la bruja que lo atacaba, enceguecida por un miedo que se había ocultado en la locura.

La rabia y la locura la había cegado por completo, no veía nada, ni siquiera a Jaskier allí a su lado, inmóvil por la sorpresa; solo veía las odiadas alas. El caballero, intentando en vano levantarse, probó a detener la hoja de la espada, que otra vez lo atacó rápida como el viento, agarrándola con su guante acorazado, gimió de dolor cuando el filo brujeril cortó la malla y la mano. El siguiente golpe hizo caer el yelmo, y Ciri retrocedió para tomar ímpetu y lanzar el último y mortal tajo.

La rabia ocupaba el cuerpo de la ágil bruja y no veía nada más que su oponente... Era una cazadora que había acorralado a su presa. Sin esfuerzo alguno, lo había acorralado y ahora acabaría con su vida.

Va a matarlo... pensó Jaskier. No, Ciri. No lo hagas. Pero tenía la garganta seca, no podía hablar. Jaskier esperó estupefacto el desenlace.

Ciri se mantuvo en el sitio donde estaba, a la distancia perfecta para tomar el último salto sobre el caballero y cortarle la cabeza, como Geralt lo había hecho momentos atrás con aquel hechicero.

Pero no hubo desenlace alguno.

Ciri no lanzó un golpe mortal. Por el contrario, miró a aquel hombre a sus pies y sin yelmo. Miró sus facciones, sus rasgos. Pero en su rostro aún había rabia, rabia desmedida. Ciri no estaba presente en la realidad, Jaskier lo sabía, porque a él le había pasado lo mismo cuando había matado a aquellos compatriotas.

De golpe, la rabia desmedida abandonó las facciones del rostro de la joven bruja, y aquella posición de ataque se relajó, ella se puso de pie, espada en mano. Pero miró a su atacante...

Para Ciri, no estaba ya el caballero de Cintra. Su miedo paralizante se había desvanecido cuando tuvo un rostro frente a ella. Había un pálido jovencito retorciéndose en un charco de sangre, un joven de ojos azules y boca torcida en una mueca de terror. El miedo había cambiado de bando. Ahora el que temía, era él... y no ella.

El caballero negro de Cintra había caído bajo los golpes de su espada brujeril, éste no era nadie. Ciri lo había comprendido. Aquel demonio oscuro que la había atormentado durante años, no era más que un joven hombre de rostro desencajado por el miedo. No era un demonio, no era un monstruo. Era un idiota que seguía órdenes. Era una persona que no le representaba a ella amenaza alguna. Lo había derrotado sin esfuerzos. No lo conocía, no lo había visto nunca. No le importaba.

No le tenía miedo, no le odiaba. Y no quería matarlo.

Ciri volvió a ser Ciri. Jaskier lo reconoció en su mirada. Ella se irguió en silencio y solemne, guardó la espada sobre su vaina y miró decidida al poeta.

No iba a matarlo. Ya no quería matarlo. Ya no le daba miedo.

Los gritos de los Scoia'tael se oyeron a lo lejos. Ella miró al bardo, él le sonrió, felicitándola por haber optado por perdonar una vida.

Ciri miró a lo lejos, nuevo ruido de un grupo de elfos salvajes que se dirigían hacia ellos. La bruja prefería resguardar la vida del bardo, que luchar contra aquellos enemigos. Corrió hacia él, lo tomó de la mano, sintió los dedos de Jaskier rodearla, y lo dirigió hacia el caballo negro del caballero.

Ambos subieron sobre su lomo, Ciri por delante, lo golpeó con sus talones y huyeron al galope.