No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Alice Borchardt. Yo solo me divierto un poco.
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La loba permaneció en la gélida oscuridad, olfateando el viento. Los groseros olores de la ciudad y el río le desagradaban.
Recordó las palabras de Esme y comprendió que la chusma debía de reinar allí ahora. Incluso al otro lado del agua, podía ver el resplandor de algunos incendios y oír sonidos de lucha.
Los verdes espacios abiertos de la Campania y las montañas más allá atrajeron su alma. Una brisa llegó desde el agua, arrastrando un olor todavía más horrible. Sus ojos de animal distinguieron las formas de cadáveres hinchados y varados en el barro cerca de la orilla del río.
Aunque resultaba siniestro, ella conocía su deber. Incluso la loba acataba una ley tan antigua que no podía recordar su origen: no abandones a los tuyos. La lucha de Tony y Esme era ahora parte de su vida. Ella lo había escogido así, como loba y como mujer, y debía mantener la fe.
Dejó atrás los hediondos cadáveres y se zambulló en el agua. La corriente la llevó hacia el atestado corazón de la ciudad, cerca del Corso. Salió del agua y se sacudió para secarse en medio de las retorcidas callejuelas junto al Tíber.
Era un área tan sujeta a las inundaciones que sólo los más pobres vivían allí. Las angostas calles empedradas estaban húmedas y fangosas a causa de la orina. Los desechos de las casas y la basura putrefacta atascaban los desagües. Los olores de los míseros hogares humanos abrasaban sus sentidos.
La lucha debía de haber sido feroz, pues había algunos cadáveres. Uno, yaciendo en una calleja, tenía intacta la parte inferior del cuerpo, pero su cara y su cabeza eran una pulpa sangrienta. Otro colgaba por los pies de un balcón, cabeza abajo, pero no tenía cabeza, y sus entrañas salían del estómago rajado, brillando húmedas y viscosas a la débil luz de la luna.
La loba de plata trotó hacia delante, agradeciendo que aquellas peligrosas calles estuviesen casi abandonadas. Ante ella vio las ventanas encendidas de una taberna cerca del Corso. Se fundió con las sombras mientras intentaba escurrirse más allá de la puerta... hasta que lo vio.
Al principio, lo tomó por un perro grande, quizá un mastín. Sus ancas se alzaron mientras se preparaba para luchar, pero entonces comprendió que estaba mirando a otro de su propia especie.
Se había confundido por el color, castaño tirando a rojo. Lo esbelto de su hocico, la máscara de pelaje más oscuro en el rostro y los ojos sesgados proclamaban al lobo. No estaba interesado en ella, por lo que podía ver, ni siquiera había reparado en su presencia. Estaba sentado a un lado de la puerta de la taberna, con las orejas erectas, los ojos ávidos y expectantes. Su boca estaba abierta, su lengua roja torcida en una gran mueca perruna.
Dos borrachos salieron de la taberna, ayudándose mutuamente a andar calle abajo. El lobo los ignoró. La siguiente en salir fue una muchacha con la cara pintada y un vestido de seda andrajoso, que guiaba a un soldado mucho mayor que ella; una prostituta y su cliente. El soldado se tambaleó y se apoyó pesadamente en el brazo de la muchacha. El lobo se agachó con una expresión de incontenible deleite y metió la cabeza bajo su falda.
La loba de plata vio sorpresa y después consternación en la cara de la muchacha cuando el frío hocico y la lengua húmeda alcanzaron su meta. Ella chilló y se apartó de un salto, dejando solo al soldado, que cayó pesadamente sobre los adoquines. La muchacha pateó con fuerza al lobo, y el animal huyó a la oscuridad de un callejón al lado de la taberna.
La prostituta retrocedió para ayudar al cliente postrado, inclinándose e intentando ponerle en pie. Un error, comprendió la loba de plata al ver la cabeza del otro lobo apareciendo por un lado del edificio. En esa posición, ella era evidentemente irresistible.
En un momento, el lobo volvió a meter la cabeza bajo su falda. La muchacha dio un grito de ultraje y furia al caer con el soldado sobre los adoquines. El soldado logró ponerse de rodillas y desenvainar su espada.
Golpeó con fuerza, un poderoso y terrible ataque de haber dado en el blanco. Pero no lo hizo. El filo de la espada sacó chispas de las piedras de la calle. El lobo se puso tras él al instante, cerrando sus afilados dientes sobre la espalda del hombre. Un amenazador gruñido estremeció por un momento cada músculo del cuerpo de Isabella, hasta que se dio cuenta de que no iba dirigido a ella, sino al lobo rojo.
El soldado chilló un poco, soltó su espada y se hizo un ovillo. El lobo rojo se apartó de la pareja y volvió al callejón, donde se sentó intentando aparentar inocencia y rascándose la oreja con una pata trasera.
Otros dos lobos aparecieron a su lado. Uno era gris, sólo una sombra en la oscuridad, y el otro tan negro que al principio parecía únicamente un par de ojos que captasen la luz de repente. El lobo gris gruñó de nuevo al rojo, esta vez con menos amenaza y más reprobación en el sonido.
El soldado y la muchacha consiguieron ponerse en pie. Echaron una salvaje mirada en derredor durante unos momentos, y después corrieron a la puerta de un albergue junto a la taberna. Los tres lobos se deslizaron silenciosamente en la franja de luz que salía de la puerta de la taberna, y quedaron paralizados al ver a la loba de plata.
El lobo rojo hizo una mueca sonriente, su lengua colgando como había estado mientras esperaba a sus víctimas. Se acercó a la loba, que le detuvo con un gruñido tan feroz que incluso ella se sorprendió. Iba a hacerle pedazos si se acercaba. Su boca se cerró con un chasquido.
El lobo emitió un suave gemido que podría haber representado una disculpa y volvió con los otros dos. El lobo gris entró del todo en la franja de luz. A los ojos de Isabella era la criatura más hermosa que hubiese visto nunca. Carente de espejos o criterios de comparación, Isabella había olvidado lo magníficos que eran los lobos, e incluso ella misma.
El lobo era del oscuro gris plata de una sombra en la nieve. Su vientre y la parte de atrás de las patas eran de un blanco tan puro como el de los glaciares. Sus hombros y pecho eran amplios y fuertes. Detrás, las esbeltas patas parecían pisar la tierra de forma tan ligera y delicada como un bailarín. La cabeza y las suaves orejas erguidas estaban enmarcadas por una pelusa tan gruesa como la poderosa musculatura que había debajo. Las señales más oscuras en su cara rodeaban un par de ojos tan bellamente expresivos que podrían haber sido los de un amante mirando a su amada.
La loba de plata sintió un temblor atravesado los músculos que había tensado inconscientemente para el combate. Relajó su postura amenazadora y levantó la cabeza.
¿Eran de su especie? se preguntó. Ciertamente debían de serlo. No eran los pequeños y escurridizos lobos de la Campania, sino gigantes nórdicos, depredadores de las montañas.
El gran gris parecía llevar un aire de las alturas con él. Un recuerdo de prados en flor, de laderas salpicadas con las elegantes formas de abetos y pieles cubiertos con un manto de nieve. De un frío tan profundo que despejaba el aire de todos los demás olores y empapaba cada aliento con pura luminosidad. Alzado sobre sus patas traseras, sobrepasaría a la mayoría de los hombres por un pie o más. Y sería un oponente formidable incluso para algo tan grande como un oso.
Pero la loba de plata sabía que no tenía por qué temerle. Aquella certeza era más profunda que sus pensamientos o su memoria salvaje. En lugar de ello, sintió una increíble feminidad por primera vez como loba. No en el sentido de sentirse más pequeña o más débil, sino una limpia consciencia de su propia belleza salvaje.
Aunque no habría color en un desafío, ella podría al menos igualarle en velocidad, y sus mandíbulas eran tan poderosas como las de él.
La loba de plata lo recibió como un igual.
Una hembra recibiendo a un macho, sabiendo ambos que en su acoplamiento podrían prender un breve y exquisito fuego en la carne del otro. La loba de plata sintió una rápida puñalada de calor en sus ingles, una premura que envió un escalofrío de deleite por su piel. Cada pelo en su cuerpo quedó erizado por un instante.
El gris emitió un suave sonido gutural. No era un gruñido, sino algo semejante al ronroneo de un gran gato. El pelo de su cuello ondeaba casi como los pliegues de una capa de piel, como si dijera "Mírame. ¿No soy todo lo que podrías desear?"
Ella estaba aturdida. Era demasiado joven para responder a aquel primer gesto de unión, pero se sentía secretamente encantada. La mujer estaba aterrada. Las imágenes que inundaban la mente de la loba eran tan deliciosamente sensuales... Las caricias de una larga lengua en ciertos lugares, los colmillos de aquel morro magnífico, que podrían tocar la piel en diversos puntos insoportablemente sensibles con dulce ternura, lo cómodo que sería pasar una gélida noche abrazada por aquel cuerpo grande y cálido...
La mujer quería sentirse disgustada consigo misma, quería estar furiosa... y estaba asustada. Si al menos no hubiese sentido aquel deleite casi angustioso mezclado con el miedo en su corazón...
De pronto hubo un destello de luz, y un fuerte sonido de charla llegó a sus oídos al abrirse la puerta de la taberna. Otro de los parroquianos salió tambaleándose a la calle. La loba de plata se puso en movimiento casi antes de pensarlo, y se encontró escurriéndose en la oscuridad de otra calle, su mente un torbellino de emociones enfrentadas.
Los tres que habían sido lobos recogieron su ropa entre los negros y chamuscados maderos de una casa quemada.
—No veo qué hay de malo en divertirse un poco —dijo el que había sido el lobo rojo—. ¿De qué sirve estar en buena forma si no puedes disfrutarlo?
—Lávate la cara —contestó la mujer que había sido la loba negra—. Apestas a esas mujeres.
—Oooh, adoro el almizcle —gimió encantado el lobo rojo.
—Y los hombres hablan de perras —dijo la loba negra.
El hombre que había sido el gran gris se ciñó la espada a la cintura.
—¿No era hermosa? —preguntó.
—Magnífica —corroboró el lobo rojo.
—Obviamente una señora —dijo la negra.
—Yo no le gusté.
—Eso demuestra lo que yo digo. Un paso más y te hubiese descuartizado.
—Obviamente es una de nosotros —dijo el gris en tono soñador—, aunque no sabe comunicarse todavía. No entendía.
—Oh, sí que entendía —dijo la loba negra—. Aquel pequeño gesto cuando pareció que todo su cuerpo iba a convertirse en una llama de plata dice más a un ojo experimentado que libros enteros.
—Debo tenerla —dijo el gris, mirando a través del entramado de maderos rotos a la pálida luz de la luna.
—Qué ardiente —comentó la loba negra—. No puedo creerlo. Nunca te había visto así.
—Mi sangre corre caliente por la noche —repuso el gris—. Todo lo que recuerdo de noche es que soy un líder. La apariencia de humanidad en mí simplemente es eso: una apariencia, y anhelo enemigos a los que intimidar, someter y gobernar; una compañera ante quien pueda mostrar mi fuerza y mi poder, que iguale el calor de mi pasión con el de la suya propia.
—Entonces, creo que has escogido mal. Ella probablemente se considera una mujer humana la mayor parte del tiempo. Y las mujeres humanas son unas esclavas más abyectas que nuestros primos los perros. —La loba negra escupió en el espeso montón de cenizas sus pies—. Apostaría a que está casada con algún patán que le pega de día y la viola todas las noches.
—Espero que no —dijo el gris ominosamente—, por su propio bien. De lo contrario, conocerá mis dientes de cerca. Quizá sea todo lo que pueda hacer por ella... pero si su hombre es un bruto, la libraré de él, lo prometo. No encuentro a estos romanos muy difíciles de matar.
La mujer que había sido la loba negra rió entre dientes con dureza.
—Entiendo entonces que no tenéis apetito —dijo el lobo rojo.
—Ya hemos cenado esta noche —contestó ella—. Un salteador incauto que fue tan tonto como para intentar clavarle una daga. —Hizo un gesto hacia el gris—. El muy necio era tierno. Un poco graso para mi gusto, pero tierno.
—Hmmm —dijo esperanzado el rojo—, ¿crees que podríamos encontrar otro? Me muero de hambre.
—Vamos a intentarlo —dijo el gris—. Espero que veamos de nuevo a esa belleza de plata. Quizá podamos seguirla a su casa y, si su marido es como la mayoría de los humanos, romperé sus huesos y lameré la médula.
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La loba de plata cruzó el Corso e hizo una pausa para olfatear el viento.
La mezcla de olores embotó su nariz, confundiendo a la loba y asustando a la mujer. Por lo menos una docena de incendios ardían en la ciudad. Más allá del olor abrumador del humo, podía notarse un miasma de muerte y putrefacción. Ella comprendió que la ciudad no pertenecía al papa ni a los lombardos, sino a sí misma. Una marea de cesares, conquistadores bárbaros y reyes había pasado a través de ella y por encima, pero al final sus auténticos gobernantes habían sido siempre sus turbulentos y tercos habitantes. La marea de la que había hablado Esme estaba dándose. Los magnates que controlaban las tierras que alimentaban a la ciudad y su furioso e independiente pueblo decidirían entre los lombardos y el papa.
Pensó en los otros que había visto. ¿Eran realmente como ella? Por un momento, un sueño que ella había creído muerto la había poseído, el sueño del amor. ¿Quién era el gris? ¿Qué tipo de hombre era de día? ¿Clérigo, guerrero, ladrón o loco? La loba de plata quería volver y encontrarse con él. Para seguirle. Encontrarle y empezar el largo retozo que terminaría en... ¿qué? ¿Haría su especie el amor como lobos o como humanos, teniendo en cuenta que compartía la naturaleza de la bestia y la del hombre? ¿O era su unión alguna secreta belleza negada a ambas especies y conocida sólo por la suya? Ella sospechaba que lo era.
El corazón libre de la loba clamaba por el gris, urgiéndola a descubrir quién y qué era. Las imágenes fluían a través de su cerebro. Podrían llevar su danza de amor por un mundo que era un jardín para ellos. Podrían consumar sus deseos en la cumbre de una montaña que ningún hombre habría hallado jamás, donde la nieve es tan densa que sus anchas patas pasarían sobre ella como una piedra rebotando en el agua. Cómodos donde el frío podía matar a un hombre en poco tiempo, podrían encontrar un lugar adecuado para un par de amantes lupinos. A la llamada de los profundos bosques, podrían entrar fácilmente en lugares impenetrables para la humanidad. Escondidos entre árboles tan altos y gruesos que se reirían del mordisco del hacha. Podrían explorar juntos las infinitas posibilidades del deseo en los claros iluminados por la luna, y adorar a la señora de la noche.
Oh, Dios, el sueño era real. Había hambre en el corazón de la loba y dolor en su garganta. La mujer se encogió de terror. Quienquiera que fuese de día, ¿cómo iba a tener poder para protegerla de la ira del rey y el papa?
En el momento en que sus ojos se encontraron, él la había querido tanto como ella le quería a él. Ella estaba cogida en una trampa, y no podía atraerle para que pereciese con ella. No, rechinaría los dientes y abrazaría a un hombre. E intentaría olvidar los misterios de la luz de la luna.
El hedor de un matadero sacó a la loba de sus pensamientos. Recorrió el Corso, moviéndose furtivamente de una sombra a otra. Comprendió que el olor procedía de la casa donde Tony había vivido con el resto de los mutilados proscritos de la ciudad.
Dos soldados lombardos montaban guardia a la puerta. Habían puesto antorchas en los soportes situados encima de sus cabezas, y la calle estaba brillantemente iluminada a su alrededor. El feroz brillo quemó los ojos de la loba, que se desvaneció entre las sombras, recordando que había una entrada trasera por la cloaca.
Pasó un rato vagando entre las callejas de los alrededores hasta encontrar la cañería. La loba dudó, gimoteando y gruñendo suavemente contra la voluntad de la mujer que la guiaba tan inexorablemente. Finalmente se zambulló por la estrecha abertura.
Estaban en el desordenado patio. Sangre y otras sustancias peores se endurecían a su alrededor. Incluso a la débil luz, la visión superior de la loba podía reconocer a algunos de ellos. El de los muñones en lugar de piernas había sido decapitado. Y antes de cortarle la cabeza, le habían castrado. El charco de sangre era mayor entre sus piernas.
¿Por qué lo habían hecho? No lograba imaginarlo.
Quizá sólo por diversión.
La muchacha con el agujero en la mejilla había muerto bajo tortura. Colgaba de un balcón, la cabeza entre sus brazos descoyuntados. Había sido atada y azotada. Lo que quedaba de su vestido roto y su carne colgaba en tiras de su cuerpo. Ya no se movía, pero la sangre seguía goteando del castigado cadáver sobre las piedras del suelo.
El muchacho retrasado de la joroba había sido destripado y abandonado a la muerte. La loba podía ver y oler el repulsivo rastro que había dejado sobre las piedras al arrastrarse en la agonía hasta que el sufrimiento y la hemorragia habían acabado con él.
Algunos soldados con la librea de la guardia papal yacían entre los muertos. Ellos, por lo menos, habían podido morir luchando. Carlisle había hecho un esfuerzo por defender el lugar.
La mujer se fundió con la loba y fueron una. La muerte a cuatro patas deslizándose hacia la entrada de la iglesia. A lo lejos, a través de la oscuridad, oyó el grito de alguien. Era un grito horrible, más animal que humano, un grito de dolor agónico, que acababa en dolientes sollozos.
La loba se lanzó hacia delante como un silencioso rayo de plata y se detuvo a la entrada de lo que habían sido las habitaciones de Carlisle. Le costó un momento asimilar la escena por completo. La antes bonita habitación estaba casi desnuda, tras haber sido despojada de todo lo que pudiera ser de algún valor, salvo la mesa. Atado sobre ella estaba el joven pastor a cuyo cuidado había dejado a Tony. Le habían atado boca arriba, dejando sólo un brazo libre. Un soldado de barba negra sujetaba el brazo por la muñeca. Dos de los dedos estaban torcidos y ensangrentados. El hombre estaba acercando unas pinzas de hierro al tercero.
—Por favor —suplicaba el muchacho, los ojos en blanco por la agonía—. Por favor, mis buenos señores... No sé nada.
La loba reconoció al soldado de barba negra, era uno de los hombres de Amun, el que la siguió por el callejón. Alice había tenido razón al querer cortarle la garganta. Carlisle hubiese debido hacerlo.
—Laurent, quizá deberíamos dejar vivos a algunos más —dijo nerviosamente otro soldado que estaba junto a él.
—¿Vivos para hacer qué? —gruñó el barbudo—. Aun si quisieran hablar contra su amo, su protector, ¿crees que los hombres del sínodo escucharían esos desvaríos? Por un momento pensé que la chica sabía algo, pero murió demasiado pronto. —Sonrió al muchacho atado a la mesa—. Pienso ir más despacio con este otro. Ahora —dijo, dando golpecitos a unas cadenas de plata que colgaban de su cinturón, el collar de Esme— dime cómo una criatura como tú puede tener estas joyas.
La loba pudo ver el terror animal en los ojos del muchacho cuando levantó la cabeza. No contestaba, sólo miraba las pinzas en la otra mano del soldado con horrorizada fascinación.
—Muy bien, romperé unos cuantos dedos más. Puede que así te vuelvas más hablador. —Laurent se volvió a su compañero—. Sostén la lámpara en alto —dijo forzando el brazo del muchacho hacia abajo sobre el borde de la mesa y acercando las pinzas a sus dedos.
Los ojos del muchacho se cerraron firmemente. Su cuerpo se debatió con las cuerdas que le ataban a la mesa. La loba sintió cada músculo tensándose en su cuerpo. Le parecía estar moviéndose muy despacio.
Desgarró primero la garganta del hombre que sostenía la lámpara, que se alejó tambaleándose de la mesa entre gorgoteos, el único sonido que podía hacer. Echó una mirada muy sorprendida a la sangre que brotaba por todas partes cuando murió. La lámpara de bronce cayó al suelo. El aceite salpicó, y siniestras llamas azules salieron de su boca y empezaron a jugar sobre el metal.
La luz en la habitación pasó a un crepúsculo purpúreo.
Un momento después, Laurent cayó de espaldas, desjarretado por los dientes de la loba. Su cuello cayó como fruta madura en las fauces que lo esperaban. La loba le rompió la columna por la parte más baja para que no muriera inmediatamente.
La loba pensó en la muchacha. Incluso recordó su nombre —Cope— mientras cerraba sus mandíbulas sobre la garganta del soldado, asfixiándole poco a poco. Al muchacho atado a la mesa le pareció que los sonidos de ahogo y las boqueadas continuaban durante un largo tiempo. Al fin se detuvieron, y sólo pudo oír el tamborileo de talones en el suelo. Entonces aquello cesó también, y hubo sólo silencio. Unos pocos golpes de cuchillo le liberaron.
Rodó fuera de la mesa y cayó de rodillas, cogiéndose la muñeca de la mano mutilada, manteniéndola en alto ante su cara, sus ojos apartados del cuerpo desnudo de Isabella. Ella había quitado el collar de Esme del cinturón de Laurent y lo llevaba en torno al cuello. Las llamas de la lámpara caída estaban creciendo, y las sombras bailaban frenéticamente sobre la pared.
—No les dije nada, mi señora —susurró el muchacho, mirándola por entre sus dedos. Para él, Isabella parecía una verdadera diosa. Su largo pelo de puntas de plata colgaba como un vestido sobre su cuerpo, cubriendo su desnudez. Las curvas de sus pechos y estómago creaban un dibujo de luces y sombras con las llamas. Sus ojos le atraían; brillando en su rostro ensombrecido, parecían ver en lo más profundo de su alma—. No les dije nada, mi señora — sollozó de nuevo—. No puedo decir si fue por lealtad a ti o al pobre leproso, Tony, o porque sabía que me matarían en cuanto hablara, como mataron a los demás. No debieron... —abrió la boca, las lágrimas corriendo por sus mejillas— no debieron ser tan crueles.
No, no debieron, pensó Isabella mientras la mente de la mujer intentaba asimilar el simple asombro de la loba.
¿Por qué toda esta locura?
—¿Cómo llegaste aquí?
—El leproso Tony me envió. Me dijo que advirtiera al sacerdote y le explicase dónde estaba oculto.
Claro, comprendió Isabella. Tony quería que Carlisle supiese cuál era su escondite.
—Pero cuando llegué aquí, no había ningún sacerdote. Sólo soldados, y entonces llegaron los lombardos... —El muchacho rió histéricamente, limpiándose la nariz con el dorso de su mano buena. Todavía tenía la otra como una garra puesta ante su cara, mirando a Isabella por entre los dedos—. Me he salvado porque estaban ocupados con la muchacha... la muchacha a la que azotaron hasta matarla.
—¿Dónde está Tony?
—En Cumas. Hay muchas cuevas en la roca. Nadie va allí de noche, dicen que el lugar está embrujado.
—Lo está —dijo Isabella mientras se quitaba el colgante y se lo daba al pastor—. Toma. Te has ganado tu paga, y el doble. Ahora, ¿puedes encontrar la villa de una tal Esme?
—La... —Su voz se perdió. No quería usar la palabra ante quien podía ser su protectora.
—Sí. Ella te ayudará.
—No temo por mi seguridad una vez fuera de aquí—dijo el chico—. A estos romanos no les gustan los lombardos.
—¿Tomaron parte en esto los dos soldados de ahí fuera?
El muchacho asintió.
—Atacaron, mataron a los guardias del papa, y dejaron a estos cuatro para interrogar a los prisioneros. Ayudaron a azotar a la muchacha hasta la muerte. Se turnaron.
—Apaga la lámpara —dijo Isabella—. Quita la barra de la puerta y llámales.
El muchacho la miró con miedo.
—Están armados.
—Estos dos también lo estaban, y no ha tenido ninguna importancia.
El muchacho alzó la lámpara con una mano temblorosa. Justo antes de apagarla volvió a mirar a la mujer, pero se había ido y una loba le devolvió la mirada, los dientes brillando en las mandíbulas medio abiertas, los ojos rojos y relucientes al resplandor de la llama.
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Uhhhh… De acuerdo… tenemos muchas novedades en este capítulo… ¿Qué opinan?
No olviden dejar un comentario.
¡Nos leemos pronto!
