Hola chicas!

Chicas! Aquí otra actualización!.

Espero les guste!

Ya estamos muy cerca del final. Esta parejita tiene que ser feliz y recuperar lo que es suyo, asi como hacer justicia en America.

Eso y y terminamos!

Estamos en cuartos de finales señoritas! jajaja

Gracias por leer y compartir.

Cuídense mucho, mucho!

Bendiciones, saludos y prosperidad para todas! o todos!

Moon

Capítulo 19

Narra Albert.

Por mi propio bien no acompañé a Candy a su cabaña al terminar la sobremesa después de la cena.

George ha ido en mi lugar.

Todo fue tan ameno: miradas cómplices. Y ese rubor exquisito que rebosa su rostro con cada atención que le prodigo.

Ella es todo un espectáculo digno de admirar.

Llegué a la habitación y cambié mi ropa por la pijama. Sé que he progresado mucho, pero aunque me muevo libremente decido no abusar y hago movimientos calmos.

Con cuidado entro a mi cama.

Los minutos comienzan a transcurrir y mi cuerpo no da señales de sucumbir ante el cansancio, pues las emociones han sido demasiadas esta noche.

Cierro los ojos y el recuerdo de ese beso viene a mi mente.

Aun la siento en mis labios.

Su tersura… Dios…solo tú sabes por cuantos años esperé probarlos. Tan delicados... Femeninos e increíblemente eróticos.

Sí supiera lo bella que es y lo que va provocando en mi…

Mis recuerdos vuelan más allá. Cuando en el furor del momento la acerqué a mi cuerpo, sintiendo cómo esos senos turgentes ejercían una deliciosa presión sobre mi pecho.

Nuestros cuerpos inexpertos actuaron sin pensarlo.

Nunca va creerlo. Lo recién vivido fue el primer beso de ella pero también el mío, pues jamás había tenido contacto con una mujer. Soy un hombre y sé que existen lugares para solicitar las atenciones de una dama, pero decidí esperar y guardar ese momento para vivirlo juntos. Quería entregarle todo de mi.

Se ha convertido en una bellísima mujer con delicadas y provocativas curvas.

Cuando coloqué mis manos alrededor de su cintura pude envolverla casi por completo.

Y su entrega…

Era como arcilla entre mis manos.

Sus incitantes suspiros… el calor de su aliento…la nula resistencia…

Suspiré…

Me sería casi imposible evitar la vigilia esta noche. Ella continuaba presente en mi cabeza. Tanto, que ahora tenía otro doloroso problema…

Me miré.

La sonrisa sarcástica no se quitaba de mis labios, pues yo provoqué aquello al imaginar a Candy. Era imposible que mi cuerpo no reaccionara.

Me senté al borde de la cama y me serví un poco de agua que había en la pequeña jarra del buró. Esperaba que su frialdad se llevara este calor interno. Pues de no ser así… tendría que ponerle remedio por cuenta propia…


Narra Candy.

Cuando me recosté en la cama aun podía sentir mi corazón brincado de emoción.

Me llevé las manos a la cara —al recordar, todo el calor me azotó de golpe.

Tras tranquilizarme cerré los ojos un momento y reflexioné.

—Perdóname Dios… sé que debí evitar sus avances, pero no me arrepiento. Lo amo tan profundamente que no pude evitarlo. Había sed en nuestros cuerpos, en nuestra alma…

De repente, el ruido de la puerta principal abriéndose me asustó. Quise ignorarlo y me cubrí con las cobijas hasta las orejas.

Los pasos se acercaban cada vez más. Estaban justo detrás de mi pieza.

Al entrar, mis latidos se concentraron en la garganta. Solo de pensar que algún extraño me podía hacer algo me llenaba de miedo.

Todo cambió cuando inspiré aquel rastro de su fragancia masculina.

Saliendo de mi escondite, me levanté de la cama y entonces le sugerí con tono suave:

—Albert… no deberías estar aquí. Ya es muy tarde…

—Solo quería desearte buena noche…

La habitación no era muy grande así que me acerqué a él. Debía sacarlo de inmediato de la cabaña o las consecuencias serían irreversibles.

—Anda te acompaño a la salida… es mejor así…

Pero no me escuchó.

En dos segundos me sentí contra el frío de la madera que contrastaba con el calor de su cuerpo sobre el mío.

Mis labios fueron tomados en una suave caricia que fue por completo correspondida, subiendo de intensidad a una velocidad incalculable. Me encontraba tan mareada que no me percaté que caminamos de regreso hacia la cama.

Sus manos… las caricias…

La ropa nos estorbó… y yo no tuve reparo en que me despojara de ellas.

Quería todo de él y que sintiera lo mismo de mi.

Sus labios calientes en mi piel… las respiraciones entrecortadas… los sonidos que llenaban de erotismo, lujuria y amor cada uno de los rincones de la pieza.

El momento estaba cerca… y quería que sucediera…

Pude casi sentirlo…

Pero desperté de golpe.

Tuve que sentarme. Mi respiración errática y la reacción de mi cuerpo me delataron.

Tomé un poco de agua para calmarme.

—Fue tan real… —llevé una mano al pecho.

Me levanté. Pero por más que observé no había nadie más que yo. Ni el más mínimo rastro del rubio que me sedujo minutos antes.

Caminé hasta el baño para enjugarme el rostro teñido de un intenso rubor.

Esa noche no podría dormir…


Narra Albert.

Como lo predije casi no pude descansar. Mi cuerpo se rindió ya hasta el amanecer.

Mis ojeras me delataban, pero cuando la miré a ella tuve que reprimir la risa, pues estaba exactamente igual que yo.

Ninguno de los dos podía borrar la felicidad de la cara. Todos en la villa se dieron cuenta de nuestra dicha. No es que fuéramos muchos, pero cada uno —aunque nunca dijeron nada— se percató del estado en que llegué y cómo he cambiado hasta el día de hoy.

Era evidente que entre Candy y yo existía una relación, así que me alegraba el alma que el mundo lo supiera. Esta vez nadie la alejará de mi lado. Está decidido.

Mis terapias ya no eran pesadas. La barrera entre esta linda criatura y yo cayó. Fue como regresar en el tiempo, como aquel año donde pudimos convivir. Esa es parte de la belleza del corazón de Candy.

Al finalizar el día y cuando estaba a punto de retirarse a descansar —para volver a vernos durante la cena—la detuve:

—Candy… ¿Quieres dar un paseo más tarde?. Hay una colina maravillosa en los límites de la villa. Quisiera mostrártela. —Tomé sus manos.

—¿Estás seguro de que no es demasiado esfuerzo para ti…?. Recién bajas del caballo, no es bueno que te excedas Albert…

Su semblante preocupado casi me hace explotar el corazón. Era feliz, inmensamente feliz pues en sus ojos y su voz solo había amor.

—Nada va a pasarme princesa…—tomé su mano y la besé—. Te recojo en una hora. ¿Está bien?—Pregunté guiñándole un ojo.

Ella solo asintió —llenándose de ese delicioso y femenino rubor que me encanta— y se marchó.

Pero sesenta minutos para alguien enamorado puede resultar una tortura. Faltaban quince más para la cita y ya tenía todo listo. Tuve el tiempo necesario para bañarme, estar presentable y poner en una cesta algo de pan artesanal, queso y vino tinto. Nada elaborado.

Respiré varias veces para encontrar sosiego. Necesitaba tranquilizarme.

Al no obtenerlo caminé cual león enjaulado en el espacio del recibidor. ¿Quién podía estar calmo con tantos planes por realizar?.

El tiempo parecía ralentizarse a propósito.

Ahora estaba recargado en la pared junto a la puerta con canasta en mano.

Reí para mis adentros.

Me sentía un adolescente. La sensación en mi estómago revuelto me lo recordaba. ¿Cuántas ocasiones no soñé con hacer precisamente esto con ella?. En algún punto perdí la cuenta.

Finalmente el reloj de pared marcó la hora pautada, pero cuando abrí la puerta me topé cara a cara con ella, quien sonreía regocijándose de mi sorpresa.

—He venido por ti… —Su dulce voz me hipnotizaba.

La miré con añoranza… pero no por ansiedad sentida. No… más bien por todos los años en que mi corazón la necesitó. Jamás me llenaré de ella.

—Se supone que sería yo quien tendría que decir eso.—Acomodé unos rizos detrás de su oreja.

—Es que… me sobró un poco de tiempo y mandé a preparar uno de tus caballos. Nunca has montado uno que no esté entrenado, y quería asegurarme de elegir al más tranquilo para tu seguridad.

No pude ni quise reprimir el impulso de abrazarla.

—Eres adorable, ¿lo sabías?.

Su risa tímida reconfortó mi alma.

—Debes tener cuidado. Puede decirse que estas un noventa por ciento recuperado, pero no quiero que algo malo te pase por un descuido. Sé que estoy siendo aprensiva, pero lo que has vivido no es cualquier cosa, y ruego al cielo porque no se repita, pero para eso hay que ser precavidos. Por eso me cercioré que fuera un buen animal el que montáramos hoy.

Tomé su rostro entre mis manos. Sus hermosos ojos se habían cristalizado.

—No podemos evitar nuestro destino princesa. Y aunque tienes razón en que hay que cuidarnos, también hay que dejar pasar ciertas cosas para vivir y disfrutar tanto o más que antes. —Besé su frente—. Anda vamos.

Al llegar a las caballerías todo estaba listo. En efecto ella había elegido al pura sangre más tranquilo.

Yo fui el primero en subir.

—Albert muévete un poco porque estar muy al frente, por favor.

Solté una pequeña risa.

—No sabes a donde iremos. No puedes llevar las riendas Candy.

—Pero es que siempre lo hacemos así.

—En efecto, pero en terapia señorita. Así que no se ponga obstinada y déjese ayudar por el caballerango, por favor. Hay que aprovechar la tarde.

Así lo hizo.

Todo el recorrido fue tranquilo. A paso lento. Hubo momentos en los que la plática fue inexistente, pero sentía la aferrarse a mi cintura como si temiera que en cualquier momento cayera al piso. Esta mujer es tan protectora como yo.

—Vas a ser una madre increíble… —Dije prácticamente solo para mi.

—No te escuché Albert. ¿Me hablaste?.

—Mira ya casi llegamos…

—No puede ser…

Cuando lo creí prudente, bajamos para que tomara agua de un abrevadero. Nosotros nos encaminamos hacia la colina. Bueno… yo caminé porque Candy corría.

Mientras me acercaba la observaba feliz, con sus brazos extendidos sintiendo el aire sobre su cuerpo.

Me alegró ser yo quien lo provocara.

—¿Te ha gustado la sorpresa preciosa?. —Pregunté dejando la canasta sobre el césped.

—¡Albert esto es maravilloso!. ¡Es casi idéntica a la colina de Pony!. ¡Tiene hasta un árbol parecido e igual de alto!.¿Cómo es posible…?.

—Cuando llegamos a Suiza, George me llevó a varias casas pero por mi actitud negativa ninguna me agradaba, no obstante, al mostrarme esta, comentó que tenía un lugar que pensaba sería especial para mi, así que lo dejé traerme hasta aquí. En cuanto vi la colina recordé mi infancia y te recordé a ti. Eras tan pequeñita, pero tenías toda la fuerza para correr y trepar ese gran árbol. No dude en comprarla. No sabía que la vida me permitiría mostrártela, pero que bueno que fue así.

Se acercó a mi puso sus pequeñas manos sobre mi pecho.

—Mi príncipe de la colina…

No puede evitar ruborizarme por el adjetivo…

—No creo que…

Callo mis labios con su dedo.

—Para mi siempre lo serás Albert…

Nos separamos y entre los dos acomodamos el mantel que traía, junto con las copas, el vino tinto, el pan y queso.

Yo pensaba pedirle disculpas una vez más por mi ausencia en todos sus momentos difíciles, pero ella no me lo permitió. Así que platicamos de todo y de nada. De mis terapias, de nuestros pasatiempos. Me contó que añoraba tocar un piano pues era parte de su esencia y se sorprendió mucho al escuchar que yo también manejaba ese instrumento.

El tiempo corrió y pronto nos vimos levantando todo para regresar a la villa. La cesta continuaba en el césped y yo me quedé observándola. Estaba perdida en sus pensamientos, recargada sobre el grueso tronco del árbol, con los rayos solares del atardecer bañando su rostro, tiñéndolo de dorado.

Me acerqué hasta ella. Coloqué mi mano sobre la madera y tome su barbilla…

—Te has ido de aquí… —Susurré sobre sus labios.

Mantuvo su mirada tan pura fija en la mía.

—Sólo agradecía a la vida por tenerte a mi lado… Respondió rozando mi piel como lo hiciera yo segundo antes.

—Yo también debo agradecerle…

—¿El qué…?—Respondió con el aliento contenido al sentir el calor de mi respiración.

—Que voy a besarte…

Cerró sus ojos y se abandonó a mi petición. Nos reconocimos en un beso tierno y sin prisa…

Podía sentir su corazón desbordante junto al mío. Sentir sus manos rodeando mi cuello era una delicia.

Yo corté el beso y pude ver su rostro ruborizado… Nuestra cercanía aún era mucha, pero la necesitaba. Después de acariciar sus mejillas acaloradas dije lo primero que salió de mi alma:

—Eres un poema Candy… te amo…

En un segundo su mirada se oscureció, se saboreó los labios y me hizo estremecer.

Ahora era ella quien jalaba de mi camisa sin recato alguno para robarme un beso. Sus manos viajaban por mi pecho, hasta mi cuello de nuevo.

¡Dios en verdad quería probarla!. ¡Deseaba beber de sus labios hasta calmar mi sed!. Había estado torturándome todo el día para no asustarla con mi toque. Tuve tiempo de sobra la noche anterior para pensar en mi proceder. Pero ella no ayudaba. Me daba total acceso a su boca y me perdí en su sabor, en la curva de su cadera. Mis manos cobraron vida recorriendo su cuerpo. Los hermosos sonidos que salían de su boca embriagaban mis oídos nuevamente.

"Esta mujer va a matarme"

Todo se tornó demandante, pues ella quería más y yo… yo no tenía tanta fuerza de voluntad como lo creí.

En un arrebato y con toda consciencia la cargué para que rodeara mi cintura con sus piernas.

Casi enloquezco en ese instante.

Llevaba puesto un bendito vestido holgado que subió con el movimiento dejando expuestas las cremosas piernas.

Comencé a recorrerlas provocando un suspiro tan erótico que mi autocontrol estaba desapareciendo.

Pronto ella tomó el control de mis besos y saboreaba mi boca sin piedad.

Con el poco de cordura que aún conservaba me concentré en no subir más de la cuenta aunque los dedos me cosquillearan por los nervios y la ansiedad que esta hada me provocaba.

Otro suspiro salió de sus labios al pronunciar mi nombre y fue mi perdición… pues la recorrí por completo por debajo de su falda hasta estremecerme entre la carne de sus glúteos redondeados.

Un suspiro más fuerte hizo que regresara a la consciencia y plantara los pies en la Tierra.

Si seguíamos de esa manera la haría mía aquí en esta colina.

Me separé dolorosamente de ella.

Me miró desconcertada.

—Lo lamento preciosa… pero no debí… esto… no debo tratarte así…

Sus senos subían y bajaban tan erráticos como nuestras respiraciones.

—¿No te ha gustado…?.

Me acerqué y volví a besarla hasta robarle el aliento, para después separarme de nueva cuenta de manera abrupta, pero tomando sus rostro entre mis grandes manos

—Jamás pienses o imagines eso… No sabes cuánto te deseo Candy… pero aunque nos dejamos llevar… quiero que sea especial. He esperado por ti toda una vida… Hay que hacerlo especial…

Ella —que para entonces lloraba— me abrazó. No hubo falta más explicaciones, pues era un acuerdo mudo entre dos personas que no solo se desean, si no que se aman.

El abrazo duró un par de minutos, después la ayude subir al caballo y regresamos a la villa de la misma forma: Con ella abrazada a mi cintura.

Continuará…