Nota aclaratoria. Todos los personajes del anime y el manga de Candy Candy no me pertenecen, son propiedad de Kyoko Mizuki, de Yumiko Igarashi quien con su arte los plasmo en papel y de Toi Animation Co. Que llevo la serie a la televisión .
Capítulo 22. La platica
El día en el hospital transcurría con normalidad. Jonathan trabajaba codo a codo con su enfermera favorita y como había podido observar en los cuneros la dedicación de Candy a su trabajo era absoluta y pensaba que ciertamente además de bella era muy eficiente.
Horas más tarde, casi para terminar su turno, Candy se encontraba en una de las bancas de los jardines, necesitaba tomar un pequeño descanso después de batallar por más de media hora con un pequeño de cinco años que no se había dejado cambiar el vendaje de su brazo y su pierna rota. Tenía su mirada puesta en una mariposa que reposaba en una de las hojas del grande y fuerte árbol que se hallaba apenas a unos cuantos metros de distancia, pero ella no imaginaba que al mismo tiempo, a lo lejos unos ojos grises la observaron. Jonathan caminaba por uno de los pasillos del amplio jardín trasero y ahí la vio, así que decidió acercarse lentamente para que ella no notara su presencia, mientras más se acercaba un ligero olor a rosas invadió sus sentidos y cuando estuvo casi detrás de la banca pudo percatarse de que era el aroma de su cabello. En ese momento su corazón resolvió por él y quedó prendido de la enfermera, la imagen de sus rubios rizos bailando lentamente en su coleta por el ligero viento le extendía la representación misma de la belleza y la delicadeza, así que casi sin pesarlo le dijo mientras se sentaba junto a ella y miraba hacia el mismo lugar:
—Eres la visión más cercana a un ángel que he tenido en toda mi vida Candy.
Candy no pudo evitar recordar a otra persona que le dijo alguna vez algo similar, así que sin retirar su mirada de la mariposa le respondió al castaño un tanto nostálgica.
—Por favor Jonathan no me digas eso.
El médico inmediatamente notó el cambio en la voz de la pequeña rubia, que había pasado de ser siempre alegre por uno más triste. Imaginó entonces que el sentimiento de su ruptura estaba muy presente en su corazón, pero decidió aventurarse y hablar del tema con ella, pensaba que lo mejor para olvidar era comenzar a externar sus sentimientos, aceptarlos, hasta que finalmente algún día ya no le doliera más. Si ella necesitaba un hombro para desahogarse el estaría ahí. Entonces habló.
—Lo amaste mucho. ¿Verdad?
Esta pregunta por unos segundos desconcertó a la pecosa. No estaba acostumbrada a abrir su corazón tan fácilmente, pero no tenía con quien hacerlo. Archie estaba de viaje, Annie se venía comportado extraño las últimas semanas y Patty aún se encontraba en Florida, así que lo pensó mejor y decidió que platicar con Jonathan no sería tan malo, finalmente ella le había ofrecido una amistad desinteresada y si él tenía otras intenciones, después de que supiera de su mal de amores cambiaría de opinión. Entonces en completa sinceridad le dijo.
—Con toda mi alma Jonathan… jamás había sentido algo semejante.
Jonathan no pensaba presionarla para que le contara su historia. Si eso iba a pasar quería que sucediera en los tiempos que ella marcara. Así que se limitó a decir.
—Candy. No sé los motivos por los que te viste en la necesidad de terminar tu compromiso, pero lo que sí puedo ofrecerte es mi apoyo para lo que necesites y si de algo te sirve mi opinión, puedo ofrecerte un consejo, si es que así lo deseas.
Entonces ella se volteó para mirarlo con sus preciosas esmeraldas y tranquilamente respondió.
—Claro que acepto tu consejo Jonathan.
Entonces el tomó una de sus manos y la encerró entre las suyas, en un gesto tan delicado como si del cristal más fino se tratase. Le dedico una tierna y desinteresada mirada de sus expresivos ojos grises y abrió sus labios para pronunciar dulce y lentamente.
—Mi tierna niña, no te aferres a lo que un día fue, déjalo ir, porque de nada sirve retener un amor que se ha marchitado. Olvidar un gran amor cuando éste te hace daño es un paso hacia la libertad y la paz de tu alma.
Candy tuvo que reprimir esa sensación de malestar en su pecho. Sabía que las palabras del joven médico eran ciertas, pero dejar al ser amado no es tan sencillo como pareciera. Aún podía sentir el cálido contacto de las protectoras manos de Jonathan sobre las suyas, pero tuvo que romper el momento porque a su tonto corazón no le parecía correcto, no concordaba con ella y en definitiva no estaba listo para soltarlo a "él" y aún muy a su pesar en esos momentos el único calor que su cuerpo necesitaba sentir era el de aquel rubio, pero no por eso dejó de agradecer la preocupación de su nuevo amigo.
—Es muy buen consejo… pero creo que no es tan sencillo.
—Entonces tómate todo el tiempo que necesites mi niña, solo recuerda que el corazón es muy sabio y también busca sanar, así que esto que sientes también un día pasará. –Dijo con su voz cargada de esperanza—
Siguieron sentados unos minutos más. La hora del cambio de turno llegaba y Jonathan pudo observar como el nuevo personal poco a poco hacia su entrada al hospital, así que le preguntó a Candy:
—¿Me permitirías acompañarte hasta la salida Candy?, Creo que nos llegó el cambio de horario mientras estábamos platicando y ya es hora de retirarnos.
—Claro Jonathan.
Estaban a unos cuantos metros de la puerta del gran hospital, mientras que a la distancia unos intensos ojos azules como el cielo miraban con recelo al joven y alto castaño que acompañaba a su pequeña. Había llegado poco tiempo antes de que terminara el cambio de turno, se bajó de su automóvil y se plantó cual roble justo en la entrada frente al inicio del gran corredor, esta vez esperaría por ella y no se movería de ahí hasta lograr que lo escuchara. Candy pudo observarlo a lo lejos y descompasó el paso por un momento. Jonathan al darse cuenta de esto dirigió su atención hacia un alto rubio que al parecer era el causante del sobresalto de la enfermera y entonces le preguntó.
—¿Es el Candy…?
—Sí es él. –Dijo visiblemente nerviosa mientras tragaba seco—.
—No estés nerviosa mi niña. El ahora ya no puede lastimarte. No mientras yo esté aquí.
—Gracias Jonathan.
Cuando finalmente llegaron a la entrada, azul contra gris se miraron fijamente. No dijeron una sola palabra pero los dos sabían que la palabra "peligro" los definía perfectamente. Entonces el rubio dirigiendo su mirada hacia ese verde esmeralda que tanto había extrañado se pronunció.
—Buenas tarde Candy.
— ¿A que viniste William? –Dijo con el tono más frío que pudo encontrar—
—Candy, por favor. ¿Podrías permitirme unos minutos?. Necesito platicar contigo.
—Entre tú y yo no hay nada que decir. Por mi parte observé que todo quedo más que claro desde hace varios días. Además no me encuentro sola como te podrás dar cuenta. Por cierto ha sido una grosería de mi parte, pero ahora corrijo eso. Te presento a Jonathan.
Entonces Albert dirigió su mirada a esos intensos iris grises que lo observaban atentamente.
—Jonathan Kingsford, —Dijo mientras estrechaba su mano con fuerza—
—William Andrew. –Contestó repitiendo la misma acción que el castaño—
—Hasta que tienes un rostro. –Dijo serio al terminar el saludo—
—Lo mismo digo. –Habló secamente el rubio—
Observar que Candy no pretendía sostener ningún tipo de conversación le brindó un poco de esperanza al corazón de Jonathan. Por su parte Albert no iba a retirarse de ahí hasta conseguir algunos minutos con ella.
—Puedo entender que estas algo ocupada Candy, pero prometo no quitarte mucho de tu tiempo. Por favor, permíteme unos minutos para charlar.
Ante la insistencia del extraño rubio que recién conocía como su posible "rival" Jonathan decidió que no presionaría, pensaba que si ella había roto un compromiso no sería tan sencillo que lo admitiera de nueva cuenta y el al contrario no la había lastimado, además de que tenía la ventaja de trabajar con ella ocho horas diarias y pretendía sacar provecho de eso para ganar un poco de terreno en su corazón al final de cada día. Entonces con su profunda, grave y masculina voz se dirigió decisivamente a Candy.
—Por mí no tengas pendiente Candy podemos continuar en cualquier momento mañana durante el trabajo.
Esas palabras hicieron eco en los celos del rubio. Sabía que trabajaba en el hospital pero era nuevo el enterarse de que lo hacían juntos. Tan solo imaginarla todo el día en un trato constante con él le retorcía las entrañas, pero con toda la fuerza que tenía se mantuvo firme e inexpresivo, no le iba a dar el gusto de verlo alterado por su presencia. En eso Candy le respondió al castaño con una mirada entre incierta y nerviosa.
—¿Estás seguro Jonathan…?
El médico en ese momento aprovechó la oportunidad para marcar su territorio con "William Andrew", entonces amorosamente le habló a la pecosa mirando sus hermosos ojos mientras tomaba una de sus manos para despedirse.
—Muy seguro mi niña. Te espero mañana como todos los días para trabajar juntos.
En ese momento deposito un lento y suave beso en su mano. Para Albert fue el beso más largo que tuvo que soportar en toda su vida, pero aunque el fuego lo consumía por dentro, de sus labios fruncidos no salió ni una sola palabra, pero como si no hubiera tenido suficiente con la efusiva demostración de afecto por parte del castaño, tuvo que soportar una última frase que rondaría su mente una y otra vez esa noche.
—No olvides lo que hablamos en el jardín.
—No lo haré. –Dijo amable al notar la preocupación del apuesto castaño—
Dirigiéndose entonces a la figura del rubio le espetó.
—Quisiera decir que fue un placer, pero no es el caso…Con su permiso William. – Dijo haciendo una sarcástica reverencia. Por unos segundos azul y gris se miraron retadoramente, Jonathan lo recorrió de cuerpo entero y con una sonrisa ladeada se retiró inmediatamente sin dar tiempo al rubio de decir algo más—
Una vez que se encontró solo con la pecosa, le habló lo más tranquilamente que pudo.
—Entonces Candy podemos…?
Candy decidió que era momento de escuchar de una buena vez aquello que William quería decirle para luego cerrar ese capítulo y olvidarse de el para siempre costara lo que costara.
—Está bien William tienes cinco minutos.
—Candy vamos al parque, aquí estamos afuera del hospital.
—No te equivoques William. Yo no vuelvo a pasar un minuto a solas contigo. No pienso prestarme a las habladurías. No es correcto.
Albert sabía que diría algo así, por tal motivo ya había avisado a la tía abuela de que hablaría con Candy (ya que ahora era su "protectora") además de que tenía a George y a Dorothy en el parque esperándolos. Entonces le contestó.
—No estaremos solos Candy, George y Dorothy nos esperan.
Ante eso Candy no podía negarse, pues si alguien los veía estarían con una "dama de compañía".
—Entonces vamos William, pero igual tendrás cinco minutos, no más.
—Muy bien, será como digas.
El parque se encontraba solo a unas cuadras del hospital, sin embargo para el par de rubios fue la caminata más larga que dieron durante toda su vida. Jamás les había pesado la existencia de un silencio entre los dos, pero en ese momento las cosas eran muy diferentes, su pequeña estaba herida, se mostraba indiferente y no le dirigió una sola palabra en todo el trayecto. Cuando llegaron al arque, Candy efectivamente pudo notar la presencia tanto de George como de Dorothy, al menos en eso el rubio no mentía – pensaba— .
—Buenas tardes señorita Candy – Dijeron George y Dorothy al mismo tiempo—
—Buenas tardes – Contestó amablemente—
Entonces el moreno enfocó sus ojos en Albert.
—William estaremos cerca de aquí justo a cuatro bancas. Si necesitan algo solo tienen que llamarnos. –Dijo con su acostumbrada seriedad, pero por dentro pedía a Dios mucha suerte para su muchacho en la difícil prueba que estaba por comenzar—.
—Gracias George –Dijo el rubio ya un poco nervioso—
Candy lo notó y decidió empezar.
—Sólo dime desde cuando William, pero dime la verdad, porque no quiero enterarme por otras personas después –Dijo con notable tristeza en su voz—
Albert tomo todo el aire que cupo en sus pulmones para hablar. Toda la mañana desde que recibió la nota de su pequeña estuvo pensando la manera de explicarle todo, pero no era sencillo cuando cada emoción que transmitían sus palabras sonaban a dolor y decepción por parte de ella, aún así armándose de todo el valor comenzó.
—Pequeña…sé que no tengo derecho a que creas en mis palabras pero te juro por mi vida que no pasó nada entre ella y yo antes de ese día. Candy perdóname, perdóname por todo por favor. Sé que cometí el peor error de mi vida al lastimarte de la forma en que lo hice, pero necesito que sepas que lo que viste con Nicolette fue lo único que pasó entre nosotros. Sólo existió ese beso y estoy terriblemente arrepentido porque a casusa de mi estúpido comportamiento te perdí a ti que eres lo más puro y bello que Dios pudo haberme regalado en la vida. Estoy pagando con tus desprecios, tu indiferencia y tu desamor mi falta, pero necesito que sepas que te amo, te amo y te amaré solamente a tì hasta el final de mis días. Cometí la idiotez de dudar cuando la única mujer que vive en mi corazón eres tú. No dejo de reprocharme un solo minuto del día que tuve que verte perdida para valorarte, pero por favor te pido, te ruego, te suplico que me brindes la oportunidad de demostrarte que te amo y que jamás existirán dudas en mi corazón, que nùnca habrá otra mujer que no seas tú, que viviré siempre solamente para procurar nuestra felicidad. Te necesito en mi vida, como mi esposa, como mi amiga y compañera de vida, como la madre de mis hijos. No vivo si no estás junto a mi, no puedo perderte pequeña, tu eres todo para mi.
Candy escuchó cada palabra que salía de los labios de Albert y se le encogía el corazón al escuchar su voz quebrada por las lágrimas que estaba reprimiendo. La piel se le erizaba por la impotencia de no poder regresar con él y acabar con su sufrimiento. Ella no era de naturaleza rencorosa y la verdad era que se arrepentía de la dura nota que había escrito horas atrás. Lo amaba con cada poro de su pequeño y pecoso ser, pero si era momento de afrontar la realidad ésta era que no podía confiar en él, su corazón realmente estaba lastimado y en ese instante pensaba que le hacía más daño seguir juntos. Como le había dicho Jonathan tenía que soltarlo, tenía que dejarlo ir para poder sanar, aunque aún lo amara. Entonces fue su turno de hablar, así que respiró profundo y volteando a ver el cielo de sus ojos le dijo tranquila y serena.
—Te perdono Albert…
Esa pequeña frase le devolvió por unos instantes el alma al cuerpo del rubio. Entonces la miro con los ojos desbordantes de esperanza y suplicante le dijo.
—Pequeña, ¿me podrías dar una oportunidad…?
Candy hubiera querido mandar al diablo todo y decirle que sí pero solo lo miró compasivamente para explicarle.
—No Albert… no confundas las cosas. Sé que en la mañana te escribí unas palabras muy duras, te dije que no podía perdonarte, pero lo que hablaba era mi orgullo herido, lo cierto es que mis madres jamás me enseñaron a guardar rencor en mi corazón, por eso decido perdonarte.
En ese momento a Albert se le rompía el corazón a pedazos y con la desilusión brotando de sus labios habló.
—Haz dejado de amarme pequeña…he echado a perder todo…lo arruiné.
Candy quería abrazarlo y no saber más, pero tomó fuerzas y siguió aunque sabía que cada palabra lo lastimaría.
—No debería de decir estas cosas porque no sé qué tanto daño me haga a mi misma, pero… pero la verdad es que no he dejado de amarte Albert, pero también es un hecho que no puedo darle una segunda oportunidad a nuestra relación porque pese a que te perdono y no guardo rencores en mi corazón tampoco confió en ti, creo que lo mejor es seguir separados.
Albert no podía articular palabra, tenía un nudo en la garganta mientras unas cálidas lágrimas corrían por sus mejillas, sentía que la vida se le iba con cada frase que escuchaba de la mujer que amaba y que por tonto había perdido. Ya no le importaba si lo veía llorar porque el sentimiento era más fuerte que él, su pequeña lo estaba alejando de su vida, pero eso no podía permitirlo, así que secó sus lágrimas y mirando esas preciosas esmeraldas le dijo.
—Déjame demostrarte que puedes confiar nuevamente en mi pequeña, que puedo volver a ser ese hombre del que te enamoraste alguna vez, permíteme enseñarte que por ti daría hasta la vida misma, por favor no me saques de tu vida.
Candy sentía una enorme tristeza al mirarlo, pero no podía darle otra oportunidad, no en ese momento.
—Albert…no puedo ofrecerte nada más que un trato cordial. No me siento capaz de ser ni tu novia ni tu amiga. Lo siento en el alma pero es la realidad. Pero si te hace sentir mejor no te guardo rencor. Ya no estoy molesta, creo que finalmente entendí que no me hace ningún bien.
En ese momento Albert se recompuso y pensó que debía ser fuerte, no podía perderle ya que estaba seguro que más de uno estaría dispuesto a robársela.
—Muy bien pequeña será como tú digas, pero te voy a demostrar que sigo siendo aquel hombre que se enamoró de ti siendo una adolescente, capaz de hacer cualquier cosa por tu felicidad. No descansaré hasta que creas de nueva cuenta en mi y que tu corazón me regale un nuevo comienzo.
Candy se levantó de la banca y le dijo.
—Bueno Albert creo que es todo lo que teníamos que decirnos ahora debo irme, en realidad estoy un poco cansada, si no te molesta le pediré a George que me acompañe a mi departamento.
—Claro que no pequeña, voy por él.
—No, no Albert no es necesario yo voy a buscarlo tu quédate aquí. Cuídate. Adiós.
—Gracias por escucharme pequeña…
Candy le ofreció la más delicada y pequeña sonrisa mientras se alejaba ante su vista, pero en el fondo rogaba al cielo porque las palabras del rubio fueran ciertas y que realmente llegara el día en el que pudiera confiar nuevamente en él y si eso pasaba con gusto le daría una segunda oportunidad.
Continuará…
