Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Hay OOC
«21»
La luna proyectaba su luz sobre las mansiones de Upper Brook Street mientras Hinata despedía al cochero e introducía disimuladamente la llave en la puerta del número 3. Abrió una mínima rendija para echar una ojeada al vestíbulo. Como había calculado, Higgins y el resto del servicio se encontraban descansando.
Entró a hurtadillas, cerró sin hacer ruido y subió de puntillas la escalera. Se detuvo un momento ante la puerta de su dormitorio preguntándose si su fiel doncella había decidido esperarla despierta a pesar de las instrucciones que le había dado ella. No se atrevió a abrir para comprobarlo y se fue andando por el largo pasillo en el que se encontraban las habitaciones de los invitados. Llegó a la escalera que subía a la planta siguiente; la subió también de puntillas, recorrió el pasillo y se detuvo ante la última puerta de la derecha. Hizo girar furtivamente el pomo para inspeccionar la habitación que había utilizado mucho tiempo atrás la gobernanta de la casa y entró.
Sonriendo satisfecha ante su ingenio, se quitó los guantes y los lanzó sobre un objeto que, entre las sombras, dio por sentado que se trataba de una cómoda. No había faltado a su palabra; había ido directamente a casa.
De todas formas, cuando su marido entrara en la habitación de ella con la intención de administrarle el castigo que tuviera en la cabeza, no la encontraría.
Se estremeció al imaginar cómo iba a enojarse, pero no podía ni plantearse la idea de presentarse ante él para sufrir a saber qué torturas.
Decidió que al día siguiente cogería el dinero que hubiera conseguido Penrose por el reloj de su abuelo y, en cuanto Naruto saliera de la casa, ella y sus dos fieles criados abandonarían Londres.
Se quitó el vestido, se tumbó en la estrecha cama, en la que no había ni sábanas, y cerró los ojos. El cansancio y la confusión se apoderaron de ella al recordar la conducta de Naruto aquella noche. ¿Cómo podía estar tan terriblemente enojado con ella y al mismo tiempo ahorrarle el bochorno? Jamás entendería a aquel hombre. Lo único que veía claro en aquellos momentos era que no tenía más remedio que esconderse de él en su propia casa, esconderse por el miedo y la irritación que le inspiraba aquel hombre cuya desaparición en un tiempo no muy lejano la había llevado a desear la muerte para poder reunirse con él.
Lord Anbu había llegado al baile en el momento en que Naruto se retiraba y se enteró de que Ino ya se había marchado. Disimulando educadamente la sorpresa que le produjo que Naruto hubiera mandado su própio carruaje a casa una hora antes, lord Anbu se ofreció atentamente a acompañarlo. El carruaje de Sai se detuvo ante el número 3 de la calle y Naruto descendió. Pensando en que Hinata le estaría esperando en su habitación, ni siquiera se fijó en el jinete solitario que esperaba, con el sombrero bien encasquetado, entre las sombras de una casa al otro lado de la calle, aunque en algún punto de su atribulada mente quedó registrada aquella presencia.
Como si presintiera el peligro, se volvió desde el segundo escalón para despedirse de Sai, pero su mirada se desvió hacia el enjuto jinete en el momento en que la oscura silueta levantaba el brazo. Naruto se agachó y se inclinó hacia la izquierda en el momento en que se disparaba la pistola, y acto seguido se lanzó hacia el otro lado de la calle en un vano intento de perseguir al asesino que había echado a correr, sorteando con destreza los voluminosos carruajes camino de Brook Street, los mismos vehículos que, por cierto, impidieron a Sai lanzarse en su persecución.
Kakashi Hatake, un caballero con la mitad del rostro cubierto, especializado en gestionar asuntos delicados a una selecta clientela que no deseaba que las autoridades intervinieran, echó una ojeada al reloj. Era casi la una de la madrugada y se encontraba ante el duque de Konohagakure, quien lo había contratado unas horas antes para que investigara los dos intentos de acabar con la vida de Naruto y de que se enterara de quién estaba detrás de ellos.
—Mi esposa y yo saldremos para Konohagakure por la mañana, en cuanto nos levantemos —dijo el duque—. A un asesino le es más fácil pasar desapercibido en las calles y callejones de Londres que esconderse en el campo. Si solo estuviera en juego mi vida permanecería en la ciudad. Pero si detrás de todo esto está mi primo, no va a arriesgarse a que yo pueda tener un heredero, por tanto, mi esposa también corre peligro.
Hatake asintió.
—En el campo mis hombres podrán localizar a cualquier desconocido que se acerque a la propiedad de Konohagakure o merodee por el pueblo. Allí podremos vigilarlos.
—Su principal tarea es la de proteger a mi esposa —dijo escuetamente el duque—. En cuanto nos encontremos en Konohagakure, ya se me ocurrirá algún plan para sacar a la luz al responsable de todo esto. Disponga que cuatro de sus hombres custodien mañana mi coche. Sumados a mi propio personal, tendremos un total de doce escoltas.
—¿Es posible que fuera su primo el que ha disparado contra usted está noche? —preguntó Kakashi Hatake—. Usted mismo ha dicho que no lo había visto en el White ni en el baile de los Uchiha.
Naruto se frotó la nuca para aliviar la tensión de los músculos.
—No era él. Era alguien mucho más bajo que mi primo. Además, tal como le he comentado, no estoy seguro de que mi primo esté detrás de eso.
Hasta ese mismo día, cuando se había enterado de la muerte del viejo Grangerfield, Naruto había imaginado que él era el culpable. Al fin y al cabo, se había realizado el primer intento la noche en que había conocido a Hinata, tan solo dos días después de que hubiera herido a Grangerfield en un duelo. Pero después de lo de hoy, aquella conjetura ya no tenía sentido.
—Los dos motivos más corrientes para el asesinato son la venganza y el lucro personal —dijo Hatake con aire prudente—. Su primo tiene mucho que ganar con su muerte. Ahora más que nunca.
Naruto no le preguntó a que se refería; sabía que era a Hinata. ¿Hinata...? Palideció al recordar la silueta esbelta, en cierta manera familiar, que había disparado contra él aquella noche. Podía haber sido una mujer...
—¿Se le ha ocurrido algo importante? —dijo el detective rápidamente, después de fijarse en el cambio de expresión de Naruto.
—No —saltó Naruto y acto seguido se puso de pie, dando por concluida la reunión.
La idea de que Hinata intentaba matarlo era ridícula. Absurda. De todas formas, aún tenía en la cabeza las palabras que ella le había soltado por la mañana: «Cueste lo que cueste, me liberaré de este matrimonio».
—Solo un detalle más, Excelencia —dijo Hatake, levantándose también—. ¿La persona que ha disparado contra usted, podría ser la misma que usted creyó matar en el camino, cerca de aquella aldea, la primavera anterior, es decir, la que usted dio por muerta? Usted la describió como de baja estatura.
Naruto se sintió algo mareado por el alivio.
—Podría ser. Tal como le he dicho, esta noche no le vi la cara.
Después de dejar a Hatake, Naruto se fue a su habitación. Agotado, enojado y frustrado al saber que era blanco de un loco que quería acabar con él, mandó a su ayuda de cámara a la cama y empezó a desabrocharse la camisa. Pensó que Hinata estaba en la habitación de al lado, y el cansancio fue disipándosele ante la perspectiva de despertarla con un beso.
Abrió la puerta interior, pasó por el vestidor de ella y se metió en el oscuro dormitorio. La luz de la luna entraba por la ventana proyectando un rayo plateado en el finísimo cobertor de satén de la cama de Hinata.
Ella no había vuelto a casa.
Volvió rápidamente a su habitación y accionó la campanilla.
Media hora después, todo el personal de la casa, con ojos soñolientos, se encontraba ante él en el salón respondiendo a sus preguntas, con la única excepción de Penrose, el anciano criado de Hinata. Él también había desaparecido misteriosamente.
Tras un intensivo interrogatorio, todo lo que sacó en claro Naruto fue que su cochero había visto como Hinata subía la escalera y llegaba a la puerta. Luego le había despedido, gesto que el mismo cochero confirmó como algo inaudito.
—Pueden volver a la cama —dijo a los treinta y un sirvientes, si bien uno de ellos, un anciano con lentes, a quien Naruto identificó como un lacayo de Hinata, se quedó atrás con aire inquieto e irritado.
Naruto se acercó a una de las mesas, se sirvió lo que quedaba de oporto en la botella y, volviéndose hacia Filbert, le ordenó que le trajera otra. Sorbiendo el licor de la copa con aire despreocupado, se sentó en una butaca, estiró las piernas e intentó contener el temor que iba apoderándose de él. Tenía la impresión de que a Hinata no le había ocurrido nada y no quería ni plantearse que su ausencia la señalara como autora del intento de asesinato de aquella noche.
Cuanto más pensaba en aquella inexplicablemente radiante sonrisa que le había dedicado al prometerle que volvería directamente a casa después del baile, más convencido estaba de que se había ido a otro sitio después de simular ante el cochero que entraba. Antes de salir del salón de baile, sin duda había tenido tiempo de decir a alguno de sus amantes que la siguiera hasta casa y, una vez allí, se la llevara con él. Era muy posible, pues la había amenazado con hacerla entrar en razón a fuerza de golpes. Probablemente se había ido a casa de su abuela, decidió por fin Naruto cuando el oporto empezó a calmar sus alterados nervios.
—Tráigame la botella —gritó, fijando la vista en el anciano lacayo con cara de pocos amigos—. Y ahora dígame una cosa —añadió, planteando por primera vez en su vida una cuestión personal a un sirviente—: ¿Siempre ha sido así... su señora?
El anciano se puso rígido con aire resentido, mientras servía el oporto al duque.
—La señorita Hinata... —empezó Filbert, pero Naruto le interrumpió en un tono glacial:
—Hágame usted el favor de referirse a mi esposa como corresponde —saltó—. ¡Es la duquesa de Konohagakure!
—¡Mucho le ha aprovechado el título! —respondió el criado, enfurecido.
—¿Qué pretende decir con eso? —preguntó Naruto, tan desconcertado por aquella insólita demostración de mal humor por parte de un simple criado que ni siquiera pudo reaccionar con la indignación que hubiera correspondido a un hombre de su temperamento y rango.
—Pretendía decir lo que he dicho —replicó Filbert, dejando la botella sobre la mesa con un golpe—. Es decir, que el título de duquesa de Konohagakure no le ha reportado más que sufrimientos. Como lo de su padre... ¡No, aun peor! Él solo le rompió el corazón, y usted le ha roto el corazón y ahora pretende robarle el temple.
Se retiraba ya Filbert cuando atronó la voz de Naruto:
—¡Vuelva aquí ahora mismo!
El criado obedeció, eso sí, apretando los puños y dirigiendo una mirada asesina al hombre que había convertido la vida de la señorita Hinata en un suplicio desde el día en que había entrado en ella.
—¿De que demonios está hablando?
La mandíbula de Filbert se hizo más prominente con la expresión de agresividad de su rostro.
—Si cree que voy a contarle algo para que lo utilice usted contra la señorita Hinata, desbarra usted, ¡Excelentísimo!
Naruto abrió la boca para ordenar al lacayo insolente que hiciera las maletas y saliera inmediatamente de su casa, pero lo que quería en realidad era saber qué significaban aquellas sorprendentes revelaciones del hombre. Controló su enojo haciendo un supremo esfuerzo y dijo con la mayor frialdad:
—Si tiene algo que decirme para suavizar mi actitud respecto a su venerada señora, será mejor que hable ahora mismo. —El sirviente seguía impertérrito—. Estoy de un humor que —le advirtió con la máxima sinceridad— en cuanto la agarre, le juro que pensará que ojalá se hubiera mantenido fuera de mi vista.
El anciano palideció y tragó saliva, pero siguió en silencio, con aire rebelde. Intuyendo Naruto que Filbert vacilaba pero que sólo con la intimidación no conseguiría hacerle hablar, sirvió un poco de oporto en una copa y, en un gesto que hubiera conmocionado a la aristocracia en peso, ofreció el licor al humilde sirviente, y en un tono de compañerismo masculino dijo:
—Vamos a ver, ya que al parecer he herido, involuntariamente, a su señora, supongo que aceptará la copa y me explicará en qué me parezco a su padre, ¿Qué es lo que hizo él?
La recelosa mirada de Filbert pasó del rostro del duque a la copa que sostenía en su mano y luego, con gran parsimonia, la aceptó.
—¿Le importa que me la tome sentado?
—¡Claro que no! —respondió Naruto muy serio.
—Su padre fue el mayor canalla y sinvergüenza del mundo —empezó Filbert sin fijarse en el movimiento de las cejas de Naruto ante aquel insulto. Hizo una pausa para tomar un buen trago de tonificante oporto y luego se estremeció, mirando con un patente gesto de repugnancia la copa—. ¡Cáspita! —murmuró—. ¿Qué es esto?
—Oporto... de un tipo especial que elaboran exclusivamente para mí.
—Seguro que nadie más lo pide —replicó Filbert sin la mínima admiración—. Un brebaje inmundo.
—Una opinión que comparte la mayoría. Al parecer, sólo me gusta a mí. Pero vamos a ver, ¿qué le hizo su padre?
—¿No tendría por casualidad un poco de cerveza?
—No, lo siento.
—¿Whisky? —dijo Filbert, animado.
—Por supuesto. En el armario de ahí. Sírvase usted mismo.
Hicieron falta seis vasos de whisky y dos horas para sacar la información al reacio lacayo. Cuando Filbert estaba terminando, Naruto, que se había visto obligado a pasar al whisky y a competir con el sirviente copa a copa, se encontraba hundido en la butaca, con la camisa medio desabrochada, intentando mantener la cabeza en su sitio.
—Y un día, seis o siete semanas después de que muriera el padre —terminaba Filbert—, aparece aquel lujoso carruaje en el que viajaban una bella dama y su rubia y atractiva hija. Yo estaba allí cuando la señorita Hinata abrió la puerta y la dama, que en realidad no era una auténtica dama, le soltó como un jarro de agua fría que era la esposa de Hyuga y que la muchacha que iba con ella era hija de él.
Naruto se volvió, inquieto.
—¿Era bígamo?
—Sí. Y tenía que haber visto el escándalo que montaron las dos señoras Hyuga. Pero la señorita Hinata no se enfureció. Se limitó a mirar a la rubia y le dijo con su típico tono dulce: «¡Qué guapa eres!». La rubia la miró con la nariz levantada. Fue cuando se fijó en el relicario de latón en forma de corazón que llevaba la señorita Hinata en el cuello. Se lo había regalado su padre en su cumpleaños y para ella era un tesoro... No paraba de tocarlo, de sufrir por si lo perdía. La rubia va y le pregunta si se lo había regalado su padre, y cuando la señorita Hinata responde que sí, la otra saca la cadena de oro que llevaba colgada del cuello y le enseña un bonito relicario de oro también en forma de corazón. «A mí me lo regaló de oro», va y dice la mocosa en un tono que no sé como pude reprimirme y no darle un bofetón. «El tuyo es de latón.»
Filbert se detuvo de nuevo para tomar otro trago y se relamió los labios.
—La señorita Hinata no dijo ni una palabra. Levantó la cabeza como hace siempre que intenta mostrarse valiente, pero había tanto dolor en sus ojos que cualquier adulto habría llorado al verla —admitió Filbert bastante emocionado—. Yo mismo me fui a mi habitación y lloré como un crío.
A Naruto se le hizo un nudo en la garganta.
—¿Qué ocurrió luego?
—A la mañana siguiente, la señorita Hinata bajó a desayunar como siempre, y me sonrió como siempre. Pero me fijé en que por primera vez desde que su padre se lo había regalado, no llevaba aquel relicario. No se lo puso nunca más.
—¿Y usted cree que yo soy como su padre? —le espetó Naruto furiosamente.
—¿Acaso no es así ? —exclamó Filbert con desdén—. Cada vez que aparece usted le rompe el corazón y luego a Penrose y a mi nos toca recoger los trozos.
—¡Pero qué dice usted! —insistió Naruto, sirviéndose más whisky con gesto torpe. Filbert le presentó su vaso y también se lo llenó.
—Estoy hablando de la forma en que la vi llorar cuando creyó que usted estaba muerto. Un día la encontré frente a su retrato en aquella gran casa de campo que tienen ustedes. Pasaba horas mirándolo y estaba tan delgada que casi tenía que pasar dos veces para que la vieras. Señalando aquel retrato, me dijo con aquella voz temblorosa que tiene cuando intenta no llorar: «Fíjese, Filbert, ¿no le parece muy guapo?».
Filbert tuvo que detenerse un momento para soltar un bufido de asco, la expresión elocuente de la opinión que le merecía el aspecto de Naruto.
Ligeramente apaciguado tras la increíble noticia de que Hinata le había apreciado hasta el punto de llorar su muerte, Naruto pasó por alto la poco halagüeña opinión que tenía el criado de él y dijo:
—Continúe.
De repente Filbert empequeñeció los ojos de enfado al reemprender el hilo:
—Consiguió que se enamorara de usted y luego llega a Londres y descubre que no tenía ninguna intención de tratarla como hay que tratar a una esposa, ¡Que se había casado con ella por lástima! Que pretendía mandarla a Devon, como había hecho su padre con su madre.
—¿Sabe ella lo de Devon? —preguntó Naruto, asombrado.
—Lo sabe todo. Al final lord Gaara tuvo que contarle toda la verdad, pues todos sus elegantes amigos de Londres se reían de ella a sus espaldas por el amor que sentía por usted. Todos estaban al corriente de sus sentimientos por ella porque usted se los había comentado a su querida y ella lo había hecho correr. Sabía que usted lo había llamado matrimonio de inconveniencia. Usted avergonzó a la señorita Hinata y la hizo llorar otra vez. Pero no le hará más daño... ahora ya sabe que es un canalla y un embustero.
Una vez concluida su perorata, Filbert se levantó como pudo, dejó el vaso y, poniéndose lo más erguido que pudo, dijo con gran dignidad:
—Se lo dije a ella y ahora se lo digo a usted: ¡Tenía que haberle dejado morir la noche en que lo encontró!
Naruto observó cómo salía del salón el anciano sin demostrar el menor efecto por la ingente cantidad de alcohol que había tomado.
Fijó la mirada en el vaso que tenía vacío mientras iba digiriendo las razones que le explicaban aquel cambio tan radical de actitud de Hinata desde su desaparición. La breve pero elocuente descripción de la muchacha, delgada y desmejorada, mirando su retrato en Konohagakure le encogió el alma. Apareció en su mente la vívida imagen de Hinata mostrando a las claras sus sentimientos en Londres y teniendo que enfrentarse luego al frío desdén que al parecer había provocado Sâra repitiendo el comentario irreflexivo que había hecho él en tono jocoso.
Apoyó la cabeza en el respaldo de la butaca y cerró los ojos mientras el arrepentimiento y el alivio se apoderaban de él. Hinata le había apreciado. No había sido falsa la imagen de la muchacha ingenua y encantadora que le amaba, y de pronto aquello le llenó de alegría. Se estremeció al recordar que la había herido mucho, pero ni por un instante creyó que el daño fuera irreparable. Tampoco era estúpido para pensar que ella iba a creer cualquier explicación que le diera. Eran los actos y no las palabras lo único que le haría bajar la guardia y conseguir que volviera a amarlo.
Una leve sonrisa de inquietud se dibujó en sus labios al planificar su estrategia.
Naruto no sonreía, sin embargo, a la mañana siguiente, a las nueve, cuando un lacayo apareció con la información de que Hinata había ido casi seguro a casa de su abuela; ni sonrió tampoco media hora más tarde cuando la propia duquesa viuda apareció en su despacho para decirle que tenía toda la culpa de la huida de Hinata, y para lanzarle una diatriba por su falta de sensibilidad, su prepotencia y su poco sentido común.
Aún con el vestido de la noche anterior, Hinata se pasó los dedos por el alborotado pelo, echó una ojeada al vestíbulo superior y echó a correr por el pasillo, bajó la escalera a toda prisa y se metió en su dormitorio.
Pensaba que si Naruto seguía el mismo plan de las mañanas anteriores, estaría encerrado en su despacho con los hombres que acudían a hablar de negocios con él. Planteándose con cautela la forma de salir de la casa con Filbert y Penrose sin que nadie se diera cuenta de su marcha, se acercó al armario. Estaba vacío aparte de un traje de viaje. Se volvió y se fijó en que en la cómoda no tenía ni uno de sus perfumes. La extraña sensación de que se había equivocado de dormitorio la hizo volver en el preciso instante en que se abría la puerta y una sirvienta soltaba un chillido ahogado.
Sin darle tiempo a detenerla, la muchacha se asomó a la barandilla.
—¡Su Excelencia ha vuelto! —gritó para informar a Higgins.
¡Y yo que temía encontrarme con Naruto en la huida!, pensó Hinata, temblando. No estaba convencida de poder evitar el enfrentamiento con su marido, pero había tenido cierta esperanza de conseguirlo.
—Marie —gritó, llamando a la doncella que bajaba a toda prisa la escalera para comunicar la buena noticia—, ¿dónde está el duque? Yo misma le anunciaré mi presencia.
—En el despacho, Excelencia.
Pasándose los dedos por el rubio cabello, Naruto iba de un lado a otro en un despacho repleto de libros como un tigre enjaulado, esperando que Hinata llegara desde el lugar en el que había pasado la noche, negándose a pensar que podía haberle ocurrido algo, incapaz de quitarse de la cabeza el persistente temor de que alguien podía haberla perjudicado.
Consciente de que Naruto iba a desatar sus iras contra ella en el momento en que la viera, Hinata entró sin hacer ruido en el despacho y cerró con cuidado la puerta antes de decir:
—Supongo que quería verme...
Naruto se volvió de repente y sus emociones pasaron con frenesí de la alegría al alivio y de éste a la furia al verla frente a él con el lozano aspecto de haber pasado la noche durmiendo, cosa que no había hecho él.
—¿Dónde demonios ha estado? —le preguntó, acercándose a ella a grandes zancadas—. Recuérdeme que no vuelva a confiar en su palabra —añadió echando chispas.
Hinata reprimió el cobarde impulso de retroceder.
—Mantuve mi palabra, milord. Volví directamente a casa y me metí en la cama.
Un músculo se disparó en la tensa mandíbula de Naruto.
—A mí no me mienta.
—He dormido en la habitación de la gobernanta —le aclaró ella educadamente—. Al fin y al cabo, usted no precisó que tuviera que ir a mi propia habitación.
Un instinto asesino se despertó en el cerebro de Naruto, pero se vio contrarrestado al instante por el impulso de estrecharla entre sus brazos riendo ante aquel desafío tan ingenioso. Había estado arriba inmersa en un dulce sueño todo el tiempo que él había pasado abajo rondando y bebiendo en medio del martirio de la incertidumbre.
—Dígame una cosa —preguntó él, irritado—, ¿siempre ha sido así?
—¿Qué quiere decir? —respondió ella con cautela, no muy segura de su estado de ánimo.
—La rebeldía en persona.
—¿A qué se refiere?
—Ahora le explico a que me refiero —dijo él arrastrando las palabras y, al acercarse más a ella, Hinata empezó a retroceder—. En las últimas doce horas, me he visto obligado a abandonar bruscamente a mis amigos en el White, he participado en una pelea ante el público en una pista de baile y he sido insultado por un lacayo que, por cierto, es capaz de emborracharme y él seguir tan campante. He tenido que escuchar un sermón de mi abuela, quien, por primera vez en su vida, se ha salido tanto de sus casillas que ha levantado la voz y me ha hablado en un tono que solo podría describir como «a gritos». ¿Sabía usted —concluyó con aire misterioso mientras Hinata hacía esfuerzos por disimular una sonrisa— que yo llevaba una vida bastante ordenada antes de fijar mis ojos en usted? Y que desde aquel instante, cada vez que me doy la vuelta, hay algo...
Interrumpió la perorata ante la irrupción de Higgins en el despacho.
—¡Excelencia! —exclamó jadeando el mayordomo—. Hay un policía que insiste en verle a usted o a Su Excelencia la duquesa, en persona.
Lanzando una mirada asesina a Hinata en la que le comunicaba que no se moviera de allí hasta que él hubiera terminado con ella, Naruto salió rápidamente. Volvió dos minutos después con una indescriptible expresión de sorna y fastidio en el rostro.
—¿O... ocurre algo? —se atrevió a comentar ella y Naruto pareció no saber qué responder.
—Poca cosa —se limitó a responder—. Debe de tratarse de otro acontecimiento sin importancia de lo que para usted puede que sea un día normal y corriente.
—¿Qué acontecimiento? —insistió Hinata consciente de que por lo visto la culpaba de lo que acababa de ocurrir.
—Su fiel y anciano mayordomo ha aparecido ante mi puerta custodiado por un agente de policía.
—¿Penrose? —preguntó Hinata con voz entrecortada.
—El mismo.
—Pero... ¿qué ha hecho?
—¿Hacer, querida mía? Se fue a Bond Street y ayer lo pescaron in fraganti intentando vender mi reloj —dijo Naruto levantando la mano, de la que colgaba la cadena y el reloj de oro del abuelo de Hinata—. Intento de bigamia, hurto y apuestas —resumió Naruto con una mueca irónica en los labios—. ¿Algún otro plan para el futuro inmediato? ¿Extorsión, tal vez?
—Este reloj no es suyo —dijo Hinata con los ojos fijos en el objeto que constituía su única esperanza para comprar la libertad—. Démelo, por favor. Es mío.
Naruto enarcó las cejas con expresión de sorpresa, pero le alargó el reloj.
—Y yo que creía que me lo había regalado.
—Lo aceptó con falsas suposiciones —insistió Hinata, obstinada, enojada, tendiendo la mano hacia el reloj—. Mi abuelo fue un hombre... noble y virtuoso... una persona amable, cariñosa y comprensiva. Su reloj tenía que pasar a un hombre como él, y no como usted.
—Comprendo —respondió Naruto en voz baja, sin expresión en el rostro al devolverle la joya.
—Gracias —dijo ella, advirtiendo que de una forma u otra le había herido al quitarle el reloj. Decidió, sin embargo, que como no tenía corazón, quizá le había afectado el ego—. ¿Dónde está Penrose? Tengo que presentarme ante las autoridades para dar una explicación.
—Suponiendo que haya seguido mis instrucciones, ahora mismo está en su habitación —respondió él secamente—, reflexionando sobre el octavo mandamiento.
Hinata, que había llegado a la comprensible conclusión de que su autoritario e insensible esposo habría permitido que las autoridades condenaran al pobre Penrose a la horca, le miró perpleja.
—¿Eso es lo que ha hecho? ¿Mandarlo a su habitación?
—¿Cree usted que podía enviar a las mazmorras a lo más parecido a un suegro que tengo ahora mismo? —respondió Naruto.
Atónita ante el extraño estado de ánimo de Naruto aquella mañana, Hinata lo miró intrigada.
—En realidad estaba convencida de que podía hacerlo y lo haría.
—Precisamente porque usted no me conoce en realidad, Hinata —dijo en un tono que ella habría jurado que era conciliador. Luego siguió con brío—: De todas formas, es algo que tengo intención de remediar —dijo levantando la vista en dirección a los lacayos que pasaban transportando unos cuantos baúles de equipaje, los de Hinata entre ellos—. Dentro de una hora, cuando salgamos para Konohagakure.
Hinata dio media vuelta, vio el equipaje y se volvió hacia él con los ojos encendidos.
—No pienso ir.
—Supongo que accederá cuando le exponga las estipulaciones para que pueda considerarlas con detenimiento, pero en primer lugar quisiera saber por qué Penrose pretendía vender mí... el reloj de su abuelo.
Hinata dudó un instante pero enseguida decidió que era mejor guardar silencio.
—La respuesta más inmediata es que necesitaba dinero —siguió Naruto con gran naturalidad—. Y sólo se me ocurren dos razones por las que le podría hacer falta. La primera, que hubiera depositado una apuesta aún más escandalosa contra mí, algo que le prohibí. Francamente, dudo que lo haya hecho. —Levantó la mano al ver que Hinata lo miraba enojada ante la suposición de que iba a acceder dócilmente a sus órdenes—. La razón que me ha movido a descartar la posibilidad de que hubiera apostado algo más contra mi desde ayer no tiene nada que ver con el hecho de que se lo hubiera prohibido. Simplemente se me ha ocurrido que no ha tenido tiempo para desafiarme otra vez.
La indolente sonrisa le pareció tan inesperada y contagiosa que Hinata tuvo que reprimir el impulso de responder con el mismo gesto.
—Por consiguiente —concluyó—, tengo que dar por supuesto que la razón que explica ese súbito deseo de dinero es la misma que me expresó hace un par de días: pretende dejarme y vivir por su cuenta. ¿No es así?
Le pareció algo tan lógico que Hinata tuvo que abandonar la decisión tomada y asentir.
—Es lo que pensaba. En ese caso, voy a ofrecerle una solución a sus apuros, que además puede atraer a una jugadora como usted. ¿Puedo? —preguntó educadamente, indicándole un asiento frente a su escritorio.
—De acuerdo —dijo Hinata sentándose mientras él se apoyaba en la mesa.
—Le entregaré el dinero suficiente para que viva el resto de sus días con fastuoso esplendor, si dentro de tres meses sigue deseando dejarme.
—No... no lo he entendido bien —dijo ella escrutando su expresión.
—Es muy simple. Durante tres meses enteros deberá mostrarse como la esposa más obediente, cariñosa y dócil del mundo. En este tiempo, yo intentaré mostrarme con usted tan, vamos a decir, «agradable» que ya no deseará usted dejarme. Si no lo consigo, dentro de tres meses, puede abandonarme. Así de sencillo.
—¡No! —saltó Hinata sin poder reprimirse. No podía ni plantearse la idea de ver a Naruto intentando cautivarla y atraerla, y las íntimas implicaciones que veía en la palabra «cariñosa» le encendían el rostro.
—¿Le da miedo sucumbir a mi «hechizo»?
—De ninguna forma —mintió ella en tono remilgado.
—¿Por qué no le parece bien, pues, el trato? Apuesto una fortuna a que soy capaz de hacerle desear quedarse. Está claro que tiene miedo a perder, de lo contrario no vacilaría.
Había introducido el reto de una forma tan suave que Hinata apenas se dio cuenta de que había dado en el clavo.
—Yo... existen otras cosas que debo considerar... —empezó ella con poca convicción, excesivamente alterada para pensar en cuáles eran éstas.
—Ah, tiene usted razón... existe la posibilidad de que en mi apasionada demostración de mis deberes conyugales, pueda dejarla embarazada, ¿es eso?
Sin habla en su consternación ante aquella posibilidad inimaginable hasta aquel momento, Hinata se limitó a mirarle sonrojada mientras él cogía un pisapapeles del escritorio.
—Haré todo lo posible para que esto suceda, mi amor —le prometió sin rodeos—. Por otra parte —siguió —, sopesando el objeto que tenía en la mano como si estuviera tanteando el futuro de ella—, nuestra apuesta está supeditada al hecho de que me conceda sus favores en la cama sin rencor. Dicho de otra forma —concluyó con una sonrisa franca—, si elude la responsabilidad, protesta o se niega a colaborar... pierde usted.
—¡Está loco! —exclamó Hinata, levantándose de un salto, aunque su desbordada mente no acertaba a encontrar un medio mejor para poner punto final a aquel matrimonio no deseado.
—Probablemente —admitió él sin rencor—. Tres meses me dan poco tiempo. Ahora que lo pienso, sería más justo seis meses.
—¡Tres son más que suficientes! —exclamó ella.
—De acuerdo —respondió él, con soltura—. Vamos a dejarlo en tres meses. Tres meses de felicidad conyugal para mí a cambio de, vamos a poner... ¿medio millón de libras?
Hinata cerró los puños, temblando, y los escondió en la espalda mientras en su cabeza daban vueltas la alegría y el resentimiento, provocándole cierto mareo. ¡Medio millón de libras... Medio millón de libras... Una fortuna!
Como pago a unos servicios que tendría que prestarle en la cama.
Al ofrecerle dinero, la reducía a la categoría de sus amantes; le estaba ofreciendo el «pago» cuando hubieran terminado.
—No lo consideré desde está perspectiva —le sugirió tranquilamente Naruto, al ver e interpretar correctamente las reacciones en su expresivo rostro—. Si pierdo la apuesta, consideré que la suma es la «recompensa» tardía por haberme salvado la vida.
Con el orgullo algo compensado, Hinata dudó un instante más pero luego asintió con gesto evasivo.
—Se trata de una propuesta muy irregular en muchos sentidos...
—Nuestro matrimonio ha sido «muy irregular» en todos los sentidos —respondió él escuetamente—. Vamos a ver, ¿tengo que poner por escrito la apuesta o vamos a confiar en que los dos mantendremos las condiciones?
—¡Confiar! —repitió Hinata con desdén—. Usted mismo me dijo que no confiaba en nadie.
En efecto, se lo había dicho en la cama y ella le había pedido que confiara en ella. Hinata le había comentado que el amor no podía mantenerse sin confianza. Observándolo, comprendió que recordaba aquella conversación.
Naruto vaciló un momento como si estuviera tomando una decisión importante. Luego dijo con delicada solemnidad:
—Confío en usted.
Aquellas tres palabras pronunciadas despacio encerraban una profusión de significado subyacente que Hinata se negó categóricamente a reconocer. Procuró dejar a un lado la calidez de su mirada aunque se vio incapaz de mantener la animadversión ante el curioso aire de él, que casi parecía afectuoso. Decidiendo que la mejor forma de relacionarse con su enigmático esposo era la de mantenerse tranquila y reservada, dijo con cortesía:
—Reflexionaré sobre la oferta.
—Hágalo —le exhortó él con un brillo de diversión en los ojos, mientras el servicio seguía bajando equipaje—. ¿Tendrá bastante con un par de minutos? —añadió, señalando con la cabeza el atestado pasillo.
—¿Cómo?
—Salimos hacia Konohagakure dentro de una hora.
—Pero...
—Hinata —dijo él en tono suave—, no tiene otra opción.
Extendió los brazos hacia los de ella al tiempo que luchaba en silencio por reprimir las ganas de atraerla hacia él y sellar una victoria que sabía de antemano que había logrado.
Hinata se controló interiormente, pero sabía que él tenía razón. El recuerdo de las palabras de Utakata la acabó de convencer. «No somos una familia muy prolífica... »
—Muy bien —admitió de mala gana, y entonces terminó de comprender la frase de Utakata: «Y no es por falta de intentos...».
—Se ha ruborizado —comentó Naruto mirándola con una sonrisa.
—Cualquier mujer lo haría ante la perspectiva de pasarse tres meses de... de...
—¿Desnuda esplendorosamente entre mis brazos? —la ayudó Naruto.
Hinata le dirigió una mirada que habría pulverizado una roca.
—Plantéese el riesgo que corro yo —dijo él con una risita—. Imagínese que pierdo totalmente la cabeza a causa de su cuer... de su belleza —rectificó, rezumando buen humor—. Y que luego se larga con mi dinero y desaparece toda esperanza de tener con usted un heredero legal.
—¿Ni por un instante ha creído que pudiera hacer algo así, verdad? —saltó ella, irritada.
—No.
Aquella insoportable risita y su arrogante seguridad la obligaron a darse media vuelta. Naruto la agarró del brazo y la obligó a volverse de nuevo, diciéndole en tono calmado pero autoritario:
—No se irá hasta que no lleguemos a un acuerdo. ¿Hay trato o tengo que llevármela a Konohagakure bajo custodia si hace falta, y sin promesa de remuneración en caso de que decida abandonarme dentro de tres meses?
En aquella situación, Hinata no tenía otra alternativa. Levantó la cabeza y, mirándolo a los ojos, dijo sin disimular su disgusto:
—Hay trato.
—¿Está de acuerdo en todas las condiciones?
—Con la máxima reticencia, Su Excelencia —dijo con aire impávido y, deshaciéndose de la mano que le agarraba el brazo, se dispuso a marcharse.
—Naruto —dijo él cuando ya se había vuelto.
Hinata volvió la cabeza.
—Dispense...
—Me llamo Naruto. En el futuro, hágame el favor de llamarme así.
—Prefiero no hacerlo.
Naruto levantó la mano en un exagerado gesto de advertencia para decir:
—Mucho cuidado, cariño, que puede perder la apuesta en menos de cinco minutos. Ha convenido conmigo en que iba a convertirse en la esposa más obediente, cariñosa y dócil. Y yo le pido que se dirija a mi llamándome por mi nombre de pila.
Los ojos de Hinata se clavaron como dardos en los de él, pero inclinando la cabeza con gesto grácil dijo:
—Como desee.
Ya había salido del despacho cuando Naruto se dio cuenta de que se las había compuesto para no tener que utilizar su nombre. Una sonrisa cruzó su rostro al hacer girar el pisapapeles entre sus dedos reflexionando sobre la satisfactoria estancia que le esperaba en el campo con su bella y tentadora, aunque reticente, esposa.
CONTINUARÁ...
