Agape to Eros
By Tsuki No Hana
XXVII
"Take Me To The Beach"
Triste y cansado llegó a su departamento, junto con Makkachin. Todo estaba a oscuras y no se molestó en encender la luz, sólo quería tumbarse en su cama y dormir hasta mañana. Con suerte y el aroma de Yuuri seguiría impregnado en su almohada.
Su querida mascota se le apartó y fue de inmediato rumbo a la sala. Viktor no le dio mucha importancia y caminó entre la oscuridad total del lugar, se sabía cada sitio de memoria.
Antes de pasarse a su habitación, se quitó la chamarra y la arrojó a un punto incierto de la sala, junto con las llaves.
—Auch.
La sangre se le fue hasta los pies al ruso.
—¿¡Quién anda ahí?! —se espantó.
Corrió a encender la luz y estuvo listo para golpear a cualquiera que se hubiese atrevido a meterse a su casa. A cualquiera, menos a ese lindo cerdito acurrucado en el sillón de la sala, con su cara somnolienta y sobándose la cabeza, justo donde le habían caído las llaves de Viktor.
Makkachin estaba sobre Yuuri, ladrándole desde ahí a su amo, casi diciéndole: "¡Mira, mira! ¡Es tu humano! ¡No estés triste, él está aquí!"
—Oh mi Dios… —sus manos temblorosas fueron a dar contra sus propias mejillas, incrédulo por lo que sus ojos veían en ese instante.
No pasaron ni cinco segundos para que estuviera sobre Yuuri, restregando su mejilla contra la de él, abrazándolo asfixiantemente y besando todo su rostro.
—¿¡Qué haces aquí?!
Yuuri se talló un ojo y notó lo pálido que estaba su amado.
—Lo siento, no quería espantarte. Aún tengo la llave que me prestó Aleksi y decidí esperarte aquí. Quería llamarte, pero mi teléfono se quedó sin pila y el cargador está en una maleta que va rumbo a Japón.
Viktor lo veía mover la boca, diciendo cosas, pero estaba tan emocionado por tenerlo en frente de él que no pudo concentrarse en sus palabras, sólo podía pensar una y otra vez en lo mucho que deseaba que eso no fuese un sueño.
—¿Qué haces aquí? —volvió a preguntar, con una sonrisa de oreja a oreja, inigualablemente hermosa. Acarició de arriba abajo los brazos de su amado, comprobando que era real.
—Me arrepentí justo cuando estaba a punto de abordar el avión. Simplemente no pude. Irme de aquí significaba extrañarte y pensé: Demonios, ya te he extrañado bastante durante todos estos años ¿Por qué hacerlo cuando al fin puedo estar contigo?
—Oh, Yuuri…
—Y sé que ambos tenemos nuestros planes. Estuvimos mucho tiempo separados y nuestras vidas son muy distintas ahora, pero ¿Sabes? Nada más me importa. Da igual Minami, da igual todo. Porque estoy enamorado de ti y no puedo alejarme, no de nuevo.
—Amor —dijo de pronto, mirándolo a los ojos, notando un brillo muy hermoso en esos orbes castaños tan expresivos y bonitos—. Vengo del aeropuerto.
El japonés sonrió levemente y alzó una ceja.
—¿Tenías planeado hacer un viaje del cual no estaba enterado? —aguantó una pequeña risa.
—No, fui por ti. Mandé todo al carajo y… fui por ti.
—¿Para pedirme que me quedara?
—Para ir contigo. Mi hogar es contigo, sin importar dónde estemos.
—Yo… —sus ojos se abnegaron en lágrimas—…Te amo tanto.
—Te amo mi amor —se inclinó sobre sus labios.
Yuuri puso una mano en su nuca y otra en su mejilla, inclinando su rostro hacia un lado para profundizar la caricia. Sintió cómo su novio lo tomaba de ambas mejillas, transmitiéndole todo su amor a través de ese hermoso beso cargado de anhelo y alivio.
Luego del beso, terminaron con sus frentes juntas, mirándose uno al otro en una agradable intimidad silenciosa, entrelazando sus dedos y acariciándose las manos. Al menos así fue hasta que Makkachin brincó entre ambos, exigiendo atención y lamiendo el rostro de sus amos.
—Al fin estos tontos están juntos —pensó el can.
Los tres se dieron mimos por un rato en el sofá, hasta que el estómago de los humanos reclamó alimento urgentemente.
—Te invito a cenar, hay que celebrar esto —tomó la mano del japonés y besó su dedo anular, justo sobre el anillo.
Se fueron a cenar a un delicioso restaurant de comida rusa totalmente nueva para Yuuri. Mientras cenaban, charlaban amenamente sobre muchas cosas triviales, hasta que tocaron puntos más importantes.
—¿Qué haremos de ahora en adelante? —inquirió Yuuri, bebiendo precariamente de su copa de vino, no quería abusar del alcohol esa noche.
—Como bien dijiste hace poco: los dos ya tenemos hechas nuestras vidas.
—Y no me importa deshacerla para volver a hacerla contigo. Lo sabes ¿Cierto?
Viktor tragó en seco y sus ojos celestes brillaron como el cielo de verano. Amaba a ese hombre y quería gritarlo a toda la gente de ese restaurante.
—A mí tampoco me importa. Quiero estar contigo.
Se tomaron las manos sobre la mesa, mirándose profundamente.
—Quiero ir contigo a Japón, extraño a tu familia —acarició con su pulgar la mano suave de su amado.
—Pero… ¿Qué hay del terreno que ibas a comprar?
—Mañana mismo declino el trato.
—¿Y tu departamento?
—Lo conservaré para cuando vengamos a visitar a Aleksi y Evgi. Por lo pronto quiero ir contigo a Hasetsu, ahí ya decidiremos qué hacer ¿Te parece?
—Estoy totalmente de acuerdo —un calorcito muy agradable se instaló en su pecho—. Mi madre te ha extrañado tanto —suspiró con una sonrisa—. No le he dicho a nadie sobre nuestra reconciliación.
—No les digas nada, que sea sorpresa —rio y besó nuevamente su mano, justo sobre el anillo.
Esa misma noche Viktor compró un par de boletos en línea, rumbo a Japón. Makkachin, Yuuri y él, volverían a ese hermoso paraíso que era Hasetsu. Les darían una gran sorpresa a los Katsuki. Ya querían ver sus rostros de felicidad.
Luego de cenar se fueron directamente al departamento a dormir. Necesitaban descansar después de tantos días ajetreados y qué mejor que una cama calientita, con sábanas suaves y con un ruso muy sexy esperando dentro.
La maleta de Yuuri se había ido a Japón, por lo cual Viktor se vio muy feliz al poder prestarle su ropa.
Esa noche durmieron como un par de pulpos abrazados entre sí, con Makkachin sobre ellos, aplastándolos. El can estaba feliz de que su pequeña familia estuviera de nuevo reunida.
A la mañana siguiente fue Yuuri el primero en despertar. Sintió el brazo pesado de su novio descansando sobre su cintura. Sonrió ante esto y se acomodó en una posición más cómoda, en la que pudo quedar frente a frente al rostro de su amado. Fue en ese momento en el que se le atoró el aire en la garganta.
Viktor era un hombre tan guapo y atractivo. Era hermoso incluso durmiendo. Reparó en sus facciones finas, pero no por eso menos masculinas; apreció sus labios tentadores, sus ojos cubiertos por sus párpados, sus finas y rectas cejas. Miró su frente descubierta y se murió de ganas por dejarle un beso ahí.
Dentro de su limitada capacidad de moverse, logró acercarse lo suficiente para depositarle un tierno beso en su frente, pero antes de que pudiera alcanzar su piel, el ruso giró su rostro hacia el techo.
Yuuri aguantó una risilla al escucharlo balbucear incoherencias y más aún al ver un pequeño hilo de saliva escurriendo por la comisura de sus labios.
Era increíble que aún con todo eso siguiera viéndose irresistible ante sus ojos.
Vio con fascinación el perfil tan perfecto de su amado, su nariz recta y no muy pequeña, pero sí muy bella. Contó cada una de sus pestañas platinadas, largas y rizadas. Contó también sus casi imperceptibles y diminutas pecas, esas que sólo se podían ver si estaba a centímetros de distancia. Descendió sus ojos al ángulo de su mandíbula, marcado y fuerte, haciendo su rostro más apuesto.
No pudo contener sus ganas y pegó sus labios a la suave mejilla de su compañero de vida, dejándolos ahí un rato, disfrutando de su tersa piel.
El ruso abrió los ojos, suspirando con felicidad al percatarse de lo que ocurría. Sonrió y una calidez muy bella invadió su ser. Iba a besar a su amado y a decirle lo mucho que disfrutaba despertar así a su lado, pero se alarmó al sentir un río de baba saliendo de su boca.
—Demonios —masculló en voz muy baja, limpiándose la saliva que escurría hasta la almohada, usando su mano y muñeca para retirarla ante la mirada curiosa y divertida de su novio.
—Eres hermoso —se atrevió a decir sin un atisbo de vergüenza. Eso sólo logró que el rostro de Viktor se pusiera rojo carmín. El ruso no entendía cómo podía decirle eso luego de verlo babear, roncar y quién sabe qué más.
—Necesitas ponerte los anteojos.
—¿Cuáles? Me los rompiste.
—Touché.
—Tenemos que levantarnos ya, el vuelo sale a medio día.
Viktor se estiró perezosamente en la cama, haciendo un ruido chistoso con su voz al bostezar. Estiró todos sus músculos sólo para volver a atrapar a su amado entre sus brazos.
—Viktor.
—No.
—Viiiktooor.
—Que no. Quiero estar así un poco más —iba a decir otra cosa, pero las manos frías y escurridizas de Yuuri se colaron bajo el pijama del mayor, haciéndole cosquillas. A éste no le quedó de otra más que incorporarse—. Yo sólo quería dormir un poco más a tu lado —hizo puchero.
—Lo haremos en el avión —se levantó de la cama, del mismo lado que Viktor.
—¿Lo "haremos" en el avión? —sus ojitos azules brillaron en perversidad.
—Sí, dormiremos y… —calló cuando lo vio a los ojos—. ¡Eres un pervertido! —rio, dándose cuenta del doble significado que podían tener sus palabras. Se regresó a la cama sólo para tomar un cojín y darle con éste en la cabeza.
Viktor rio y se quejó, quiso regresarle la "agresión", pero Yuuri fue más rápido y se incorporó de la cama de inmediato.
—Me ducharé rápido —fue hacia los cajones de Viktor y sacó la ropa que necesitaría. El ruso lo miraba desde su lugar, enamorado, feliz de ver la confianza con la que ya abría sus cajones y sacaba ropa. Eso era como una batalla ganada para él, que su amado Yuuri entrara cada vez más en confianza.
—No te tardes —lo alcanzó y le dio una palmada en el trasero. Huyó despavorido del cuarto antes de que su amado se la regresara con creces.
Yuuri salió de la ducha y se fue a hacer el desayuno mientras Viktor se bañaba. Cuando éste salió del baño, se vistió y fue directo a la cocina. Se quedó en la entrada de ésta, viendo a su novio en silencio. Lo observó de pies a cabeza y un hermoso sentimiento se anidó en su pecho al verlo ahí, preparándole el desayuno y vistiendo sus ropas. Se veía adorable y no pudo evitar pensar en cómo sería su vida de casados. No había duda, sería maravillosa.
—¿Qué haces, amor? —se le acercó desde atrás, rodeando su cintura con una mano y tocando su trasero con la otra. Yuuri se asustó tanto que brincó lleno de pánico.
—¡Viktor! ¡Me asustaste demasiado! —exclamó en japonés.
—¿Qué? —se rio.
—¡Que me asustaste! ¡Tonto!
—Pues ve acostumbrándote —no lo soltó y en cambio, apoyó su mentón sobre el hombro del menor—. ¿Qué puedo hacer para que me perdones?
—Ten —se giró y le dio unos platos—. Pon la mesa.
Viktor sólo rio entre dientes, y después de darle un besito en la mejilla, se fue.
OoOoOoO
Estaban haciendo fila para abordar el avión, cuando de pronto Yuuri sintió un pellizco en su trasero. Enojado, se giró en búsqueda de la persona idiota que se atrevió a hacerle eso, pero todo su enojo fue reemplazado con vergüenza cuando vio a Viktor tan feliz como un niño después de comerse los caramelos que le dijeron que no podía comer.
—Lo siento, es que te ves tan adorable con mi ropa —se llevó ambas manos a las mejillas—. ¡Te queda tan enorme!
—P-pues sí —se sonrojó—. Tú eres más grande que yo, eres más ancho —casi hizo puchero.
—Pero es que así eres tan lindo —lo abrazó empalagosamente, logrando que la gente del aeropuerto los mirara con fea cara. Esto poco le importó al ruso, quien siguió restregando su rostro contra el de Yuuri.
Una vez dentro de avión, cada uno tomó sus respectivos asientos. Viktor peleó la ventanilla, alegando que la última vez que viajaron juntos, Yuuri fue quien se la quedó. El japonés, sin aguantar la risa que eso le provocaba, lo dejó sentarse ahí.
—El vuelo va a durar dos horas —se quejó Viktor.
—Cariño, has tomado vuelos de dieciocho horas, esto no es nada.
Al corazón del mayor casi le da taquicardia al escuchar cómo lo llamó.
—¿Qué podremos hacer durante todo este rato? —apoyó su codo sobre el descansabrazos y la barbilla sobre su mano, mirando hacia arriba en una pose demasiado inocente que contrastaba en su totalidad con la otra mano traviesa que acariciaba uno de los muslos del japonés, cada vez más hacia su entrepierna.
Y contrario a lo que pensó Viktor, Yuuri reaccionó muy bien.
—¿En serio? ¿Aquí? ¿En el avión? —preguntó, sorprendido y emocionado. Los ojos le brillaban expectantemente.
Viktor se echó a reír.
—A mí no me molestaría hacerlo aquí mismo —murmuró en voz baja—. Pero… —señaló a la gente a su alrededor—. Creo que a ellos sí.
—¡Claro que aquí no! —se rio y se desabrochó el cinturón—. Sígueme en unos segundos, entraré al baño de la derecha.
Los ojos azules de Viktor brillaron con ansiedad.
—Sí, sí. Ve —lo apresuró, empujándolo un poco.
Momentos después, Viktor se levantó de su asiento, actuando natural, como cualquier hombre que va al baño en un avión.
Llamó a la puerta un par de veces y Yuuri le abrió de inmediato, jalándolo al interior apretado del lugar que estaba especialmente diseñado para sólo una persona.
Aproximadamente diez minutos después, la puerta del baño se abrió y un ruso muy despeinado y mal fajado salió de ahí. Poquito después salió un japonés, igualmente despeinado, muy mal fajado y caminando extraño, sin mencionar las marcas en su cuello.
Estaban hechos un desastre, pues debido al poco espacio que había dentro, los dos tuvieron que ingeniárselas para hacerlo. Viktor había subido a Yuuri sobre el lavabo, pero de éste comenzó a salir agua, mojándolos a ambos. Después se tiraron el jabón líquido encima sin darse cuenta. Sí, eran un desastre.
Estando ya en sus asientos, Viktor sacó una hoja de papel de su bolsillo del pantalón, arrugada y doblada en cuatro partes. Tomó un bolígrafo de su abrigo y tachó la oración "Hacerlo en un avión". Y esa oración era sólo una de tantas.
—¡¿Qué es eso?! —se escandalizó.
—La lista —respondió, como si fuera lo más obvio del mundo.
—¿La lista es real?
—¡Claro que sí! Mira —le mostró algunas de las opciones ya tachadas como: "En una Van" "A la intemperie" "Baño público"
Viktor pensó que su amado se escandalizaría y lo regañaría por tal idea tan loca, pero no fue así, al contrario, le brillaron los ojos y vio con orgullo las oraciones ya tachadas, luego empezó a sugerirle más sitios.
—Y tengo que agregar algunas opciones que ya utilizamos hace años, pero que debemos renovar ahora que vamos a tu casa —se mordió el labio inferior y comenzó a escribir varios sitios como el onsen, en los baños privados, la sala, el cuarto de Yuuri, el que había sido de Viktor y…
—¡¿La cama de mi hermana?!
—¿Por qué no? —se rio.
—¡No! —tachó esa opción.
—Oh, bueno… entonces agregaré otras —y así escribió "En la playa" y "En el cine".
OoOoOoO
Cuando llegaron a casa de Yuuri, todos se llevaron una inmensa y grata sorpresa, pues la visita había sido sin avisar.
—Okaa-san… —murmuró Viktor al verla después de tanto tiempo. Una agradable sensación de calidez embargó todo su cuerpo cuando la vio sonreírle como siempre. Soltó la mano de Yuuri y corrió a abrazar a su amada suegra—. ¡Okaa-san! —tuvo que inclinarse bastante para abrazarla bien, después de todo era muy bajita, pero gracias a eso pudo rodearla con sus brazos y apretarla fuertemente. La había extrañado tanto.
—Okaeri —murmuró ella, dentro del abrazo. Eso fue suficiente para que los ojos azules del ruso se abnegaran en lágrimas, las cuales fueron limpiadas por las pequeñas manos de la cálida mujer.
Hiroko terminó besando y abrazando a sus dos hijos, llorando de felicidad por tenerlos de vuelta en casa, juntos después de tanto tiempo. Toshiya abrazó a su hijo con fuerza y se animó a hacer lo mismo con su yerno.
Fueron tan bien recibidos que Hiroko se puso a cocinar katsudon para su querida familia. Ella no podía dejar de mirar a sus amados hijos, feliz por verlos juntos y aparentemente muy felices.
Horas más tarde llegó una pareja muy esperada.
—Oh, Mari y su novio ya llegaron —dijo Hiroko al escuchar que la puerta principal se abría.
—¡Mari-neechan! —Viktor la saludó desde su asiento en el comedor. Ya iba por su tercer tazón de katsudon y no daba señales de rendirse todavía.
—¡Viktor! ¡Yuuri! Pero… ¿En qué momento llegaron? ¡¿Por qué no avisaron que vendrían?! ¡¿Desde cuándo están juntos? Y Yuuri… ¿¡Por qué no me dijiste que las cosas entre ustedes ya estaban bien?! —tenía demasiados sentimientos encontrados.
Y Yuuri, en vez de responder, la miró de arriba abajo. No recordaba haberla visto tan bonita nunca antes. Su cabello, siempre recogido, ahora lo traía suelto. Su cara estaba sutilmente maquillada y sus ojos bonitos brillaban de felicidad al ir tomada de la mano de Yuzuru Hanyu.
—¿Novio? —fue lo único que pudo decir el japonés, mirando a su antiguo médico, éste le respondió la fea expresión con una sonrisa nerviosa.
—Hola Yuuri —saludó el neurocirujano.
—Oh vamos, no empieces con tus "celos de hermano" —corrió a abrazar a su hermanito, asfixiándolo con toda la intención.
—¿Por qué no me dijiste que ya eran novios? —seguía un poco molesto.
—Sabes que te puedo hacer la misma pregunta ¿Cierto? —revolvió sus cabellos como si fuera un niño chiquito y se pasó a abrazar al ruso.
—¡Cuñadito! —lo abrazó con mucho cariño—. Ya era hora de que volvieras.
—Mari-neechan ¡Cuánto tiempo! Te ves tan bonita —besó su mejilla—. Felicidades por tu nueva relación.
—¿Ves, Yuuri? —la aludida apuntó a su cuñado, sin dejar de abrazarlo por el cuello—. Él sí es un buen hermano —besó su mejilla antes de ir a saludar a sus padres.
Yuzuru no tomó en serio los riesgos y fue a sentarse junto a su nuevo cuñado.
—¿Cómo has estado? —inquirió el médico con una sonrisa demasiado linda.
—Bien —miró a Viktor y cómo éste seguía charlando con su hermana a la distancia—. Muy bien —sonrió y miró a su médico, quien parecía todo, menos un médico con es ropa casual.
En ese momento toda la familia estaba completa, incluso Makkachin estaba ahí, sentadito a un lado de Hiroko, recibiendo sus caricias. Las charlas amenas no tardaron en aparecer y con ellas el tiempo se fue volando hora tras hora, en las cuales Yuuri notó que su novio no dejaba de observar a su hermana y a él simultáneamente.
—¿Qué tanto nos ves? —inquirió Yuuri en voz baja, luego de beber un poco de té.
—¿De qué hablas?
—No te hagas, no has dejado de verme y tampoco a Mari.
El ruso se mordió los labios, aguantando sus ganas de decirlo, pero finalmente no lo pudo contener y lo dijo en voz alta.
—¡Es que Mari y tú se parecen tanto! ¡No se cómo no lo había notado antes!
—Vitya-chan tiene razón —rio Hiroko—. Mis niños siempre se parecieron mucho.
Yuuri sólo rodó los ojos, riendo un poco al notar que Viktor seguía sin poder apartar la vista de ambos. Entonces el menor de los Katsuki entró en estado de pánico cuando su madre repentinamente sacó un montón de álbumes repletos con fotos de él y Mari desde bebés.
—No de nuevo —pensó, con mucho bochorno.
El resto de la tarde se les fue mirando las fotos de los pequeños Katsuki. Tanto Yuzuru como Viktor estaban fascinados con cada foto vergonzosa que les presentaban de sus amados, quienes suplicaban a la tierra que los tragase de una vez por todas.
Cuando la noche llegó, todos se sorprendieron por lo rápido que se les fue el día entre charlas amenas, chistes de Toshiya y las burlas por las fotos de cuando Mari y Yuuri se bañaban juntos. En especial de aquella fotografía en la que la primogénita había tomado el maquillaje de su madre para "Arreglar" a Yuuri, dejándolo más pintado que un payaso. Pero ninguna superó a la foto en la que el pequeño Yuuri de apenas unos meses de nacido estaba bocabajo, con sus pompitas al aire y recién salido del baño, con sus regordetas mejillas sonrojadas al igual que su pequeño trasero.
—¡Okaa-san! ¡¿Puedo quedarme con esta foto?!
—Es toda tuya.
—¡Gracias! —sacó su billetera y la guardó ahí.
—¿¡Para qué la quieres?! —Yuuri no hallaba dónde esconder su rostro sonrojado.
—Para idealizar a nuestros futuros hijos.
El grito agudo y emocionado de Hiroko invadió todo el lugar.
—¡Alto! No, eso no —se espantó—. Es muy pronto para esas cosas.
—Oh, bueno —no quiso rebatirle más. Ocultó el hecho de lo inmensamente feliz que se sintió ante ese "Es muy pronto" pues no dio un "No" rotundo y definitivo—. Te voy a convencer, Yuuri, no sé cómo, pero lo voy a hacer tarde o temprano —pensó con una sonrisilla bailando en sus labios.
—Hijo, supongo que te quedarás a dormir aquí ¿Cierto?
—Claro que sí, mamá —respondió Yuuri.
—No, le hablaba a mi otro hijo —rio.
—Oh… —su corazón latió más fuerte y rápido—. Sí, bueno… —miró a Yuuri y suspiró—. Ahora que comenzamos una relación formal, queremos vivir todo aquello que nos saltamos hace unos años. Ya lo hablamos y llegamos a la conclusión de que nos faltó pasar por el proceso natural de salir y tener citas, como toda pareja normal. Queremos comenzar de nuevo, así que me quedaré en un hotel no muy lejos de aquí.
Hiroko y Toshiya se sintieron orgullosos de ambos.
—Pero Vitya, es temporada vacacional y todos los hoteles estarán llenos, ¿Por qué no te quedas aquí?
—Pero mamá… ese es el objetivo que tenemos ahora, no queremos vivir juntos, al menos no por ahora.
—Tengo una solución para eso —se llevó una manita al mentón, sonriendo—. Vitya se hospedará aquí, pero al otro lado del hotel, lo más lejos posible del cuarto de Yuuri. Tendrán prohibido dormir en la habitación del otro. Todos queremos que su relación funcione esta vez y que no cometan los mismos errores del pasado.
Yuuri y Viktor parpadearon confundidos.
—Entonces… ¿Qué dices, Vitya-chan? Toshiya, Mari y yo estaremos cuidando que se porten bien.
—Acepto —sonrió. Ignorando el hecho de que Yuuri le pellizcaba una pierna para hacerlo declinar la oferta.
Estaban perdidos.
Se estaba haciendo tarde, así que Yuzuru procedió a despedirse de la familia para ir a casa, después de todo al día siguiente tenía mucho trabajo desde muy temprano.
Y luego de un silencio cómodo y largo mientras todos bebían té, el padre de familia se percató de algo.
—Por cierto, hijo ¿Qué le pasó a tus anteojos? ¿Por qué no lo traes? —inquirió Toshiya.
—Uhmm, eso…
—Se los rompí mientras peleábamos en lodo —respondió simplemente.
—Sí, me debes unos anteojos.
Ninguno de los ahí presentes entendió a lo que se referían.
Más tarde ya estaban instalados cada uno en su habitación y Viktor, como todo buen desobediente que era, se coló a la alcoba de su amado, con Makkachin acompañándolo.
—No deberías de estar aquí —a pesar de todo le dejó pasar—. Mi madre va a estar cuidando que no durmamos juntos —rio—. No debiste aceptar aquello, se va a tomar muy en serio su papel.
—Sólo serán unos momentos y acepté porque va a ser muy divertido —caminó lentamente por la habitación de su amado, observando las paredes donde antes estaban las decenas de posters. Su mirada recorrió todo y notó con cierto gusto que nada había cambiado, su cuarto seguía siendo tal y como lo recordaba, a excepción de una medalla de oro colgando de la pared. No tardó ni un segundo en ir hacia ella y tomarla entre sus manos. Sonrió nostálgicamente y sus ojos brillaron con emoción—. Hace mucho dije que besaría tu medalla de oro —hizo lo que dijo y enseguida se la puso al cuello a su amado—. El oro te va muy bien. Por cierto… —puso las manos sobre las caderas de su novio—. Creo que nunca te felicité por ello.
—No lo hiciste.
—Pues… felicidades —deshizo la distancia entre ambos—. Tengo una buena idea para festejar tu victoria —sin soltarlo de las caderas, fue empujándolo hacia atrás, hasta que ambos se toparon con la cama, se tumbaron en ésta y Viktor comenzó a hacerle tiernos mimos a su novio, besándole las mejillas, la punta de la nariz, su frente. Deslizó con su mano los cabellos de su amado, todos hacia atrás. Lo besó y acarició con parsimonia. Yuuri se dejó hacer, colgando sus brazos del cuello de su novio y disfrutando por completo.
El ruso no tardó en descender su mano por su cuello y su clavícula derecha. Siguió bajando lentamente por su cuerpo, acariciando por encima de la ropa hasta que llegó al borde del pantalón del pijama, ahí introdujo su mano hasta posarla directamente sobre el miembro de su novio, directo y conciso, sin molestarse en tocarlo por encima de la ropa, no, piel con piel.
—Oh… Viktor ¿qué haces? —jadeó, arqueando un poco su espalda, pegándose más a la mano que le daba placer.
—¿Tú qué crees? Estamos festejando porque ganaste tu primera medalla de oro. La primera de muchas —besó su cuello, justo por encima de su yugular, sintiendo el fuerte palpitar en ésta—. ¿Te gusta… esto? —lamió su cuello y al mismo tiempo dio un apretón en su entrepierna.
La respuesta de Yuuri fue apresar su rostro entre las manos, sólo para besarlo con voracidad, alzando sus caderas para un mayor contacto entre su miembro y la mano del ruso.
Y como si Makkachin supiera que estaban infringiendo las reglas, brincó sobre ellos, calmando la situación.
Viktor se echó a reír y pegó su frente a la de su amado, quien ya estaba algo agitado, esperando que terminara con el trabajo.
—Será mejor seguir las reglas de tu madre —suspiró.
—No, Viktor, no me puedes dejar así —movió sus caderas, insistiendo.
—Entonces lo haré rápido, mi amor —hizo a Makkachin a un lado y comenzó con su tarea de estimular todo lo posible a su amado, antes de que alguien los sorprendiera haciéndolo clandestinamente.
Nikiforov combinó sus caricias en la entrepierna con besos y mordidas a lo largo de todo su cuello. Su mano libre la usó para acariciar el torso de su amado. Y así, con esa combinación perfecta de placer, no tardó mucho en hacer que llegara al clímax.
—¿Estuvo bien? —besó su cuello una última vez.
—Demasiado… demasiado bien —su respiración era errática y pesada. El mayor buscó con la mirada algo con qué limpiar su mano, pero Yuuri se le adelantó, extendiéndole un pañuelo desechable de la caja sobe su mesita de noche.
—Me da gusto —Se acostó bocarriba en la cama, junto a su novio, quien se le echó encima, dejando todo su peso sobre él.
—Oye, estás… —iba a decirle lo duro que estaba entre sus piernas, pero Mari abrió la puerta repentinamente.
—¡Los caché! Yuuri, quítate de encima de Viktor —lo apuntó con un dedo acusador después de dejar las sábanas limpias que le había mandado Hiroko—Vaya, imaginé que te encontraría a ti sobre él, cuñadito —se burló un poco.
—¡Mari! ¿Podrías por favor tocar antes de entrar?
—Se supone que ustedes dos están comenzando una relación, no debería haber sexo todavía.
—Como si tú y el doctor Hanyu no tuvieran sexo. Sí cómo no —se cruzó de brazos, haciendo un mohín demasiado tierno para Viktor, quién se sentó en la orilla de la cama, cubriendo su entrepierna con uno de los cojines.
—Eso es muy diferente. Él y yo tenemos más de un mes de relación —alzó una ceja, coqueta.
Una imagen no muy grata se formó en la mente del menor.
—¡Eso quiere decir que se hicieron novios cuando apenas me fui a Rusia!
—Algo así —rio—. Cuñadito, lo siento mucho, pero fuera —señaló el pasillo con su pulgar.
—¿Me puedo quedar sentado aquí por un rato más? —inquirió con cierto nerviosismo en su voz.
—No, a su cuarto, muchachito.
—¡Mari! —la miró con cara de pocos amigos.
—Está bien, ya me voy —alzó ambas manos en señal de paz y se puso de pie, dejando caer el cojín al suelo.
—Oh por Dios —exclamó Mari, asombrada por lo que sus ojos apreciaban resaltado en los pantalones de su cuñado—. ¿Todo eso? —pensó, muy acalorada.
—¡Adiós! —salió casi corriendo del cuarto, caminando raro por la incomodidad. Desde el pasillo le habló a su mascota, pero el can estaba resentido por haber sido tumbado momentos antes, así que terminó quedándose con Yuuri.
—Mari ¿¡Por qué eres así?! —por cada palabra dicha, le daba un fuerte almohadazo. Estaba avergonzado y enojado.
—No es mi culpa que ustedes aceptaran el plan de mamá —rio—. Ahora van a tener que aguantar todo este tiempo sin sexo —le sacó la lengua, burlándose.
—¡Vete! —le dio un último almohadazo muy fuerte.
Más tarde, ya acostado en su cama, le mandó un mensaje a su amado.
Yuuri: lo siento mucho, amor. Te hice pasar un momento muy incómodo.
Viktor: no te preocupes, creo que tu hermana estaba más avergonzada que yo.
Yuuri: a todo esto… ¿qué hiciste?
Viktor: ¿Qué hice? ¿Con qué?
Yuuri: ¡¿Con qué más?!
Viktor: ahh, ¿con esto?
Yuuri: ¡Viktor!
Viktor: ¿Qué? Es verdad, te extraño.
Esa noche cada uno durmió por su lado, al día siguiente se levantaron tarde y salieron a graduarle unos lentes nuevos a Yuuri, no los tendrían listos ese mismo día, así que aprovecharon el tiempo y se fueron a pasear.
Estaban en pleno verano, así que hacía suficiente calor para que Viktor se detuviera cada cierto tiempo en alguna tienda para comprar algo de beber. El pobre no aguantaba ese clima tan cálido. Constantemente decía que quería quitarse toda la ropa porque se sentía demasiado asfixiado. En ese momento Yuuri tuvo una gran idea y se lo llevó de vuelta a la casa sólo para ir por trajes de baño y cosas para la playa. Viktor pudo haberse comprado un traje de baño de paso a la playa, pero insistió en utilizar uno de los de Yuuri, fascinado con lo bien que le quedaba.
El japonés se escandalizó un poco cuando su amado se lo puso y vio que le quedaba muy ajustado, pero eso a Viktor no le importó.
La playa no estaba muy concurrida a pesar del buen clima que hacía, eso les agradó a los dos, así pasaron una tarde más íntima y divertida, sin que nadie los molestara.
Cuando recién llegaron, Viktor acomodó su toalla sobre la arena, clavó una sombrilla en la arena, se quitó la ropa y con una linda expresión infantil le lanzó el bloqueador solar a su pareja para que le pusiera en la espalda. Éste no rechistó y le ayudó a ponérselo, haciéndole cosquillas de vez en cuando y admirando su hermosa piel.
—Eres tan pálido —se burló, terminando de aplicar el bloqueador en toda la espalda y en los hombros.
—Igual que tú —rio cantarinamente.
—Eso no te lo voy a negar.
—¿Ya terminaste?
—No, te voy a poner también en los brazos.
—Anda, ya —dio pequeños brinquitos—. Me quiero meter al mar.
Yuuri rodó los ojos y rio ampliamente. Amaba a Viktor y le causaban mucha gracia esos momentos en los que se portaba como un niño emocionado.
Cuando le dijo que ya había terminado, el mayor estuvo a punto de correr hacia el mar, pero se detuvo cuando se dio cuenta de que debía ponerle protector a su amado, y eso fue demasiado tentador.
—Túmbate —le dijo, señalando la toalla sobre la arena. Yuuri hizo caso y feliz de la vida aceptó que su amado se sentara a horcajadas sobre su trasero para aplicarle el protector.
El japonés se estremeció al sentir un chorro de la crema cayendo directo a su espalda baja.
—¡Me estás poniendo todo el bote!
—Es para que no te me vayas a quemar, cerdito —dejó un pequeño beso en su hombro antes de comenzar a esparcir la plasta de crema por toda su espalda hasta dejarlo más blanco todavía.
—¡¿Cerdito?! —intentó levantarse, pero Viktor no lo dejó.
—Sí, cerdito —se burló, pellizcándole un costado y notando por enésima vez su bien formado cuerpo.
—Ya no soy un cerdito.
—Lo sé, vaya que lo sé —suspiró, acariciando todo lo que tenía al alcance. Entonces su lista de "lugares en dónde hacerlo" le llegó a la mente y recordó que la playa estaba marcada con letras mayúsculas. No quiso desaprovechar la oportunidad y comenzó a acariciar su delgada espalda con intenciones oscuras, pero Yuuri, al estar bocabajo, no notó su expresión erótica, al contrario, quiso vengarse por el dichoso apodo y se giró inesperadamente, rodando por la arena con Viktor.
Los dos se revolcaron y rieron en medio de esas luchitas de arena. El ruso olvidó por completo sus intenciones iniciales y comenzó a jugar como niño con Yuuri.
El tiempo se les pasó volando, jugaron en la arena, se metieron al mar y Yuuri fingió no saber nadar para que Viktor lo trajera en su espalda o en sus brazos.
Los tonos naranjas del atardecer comenzaron a pintar el cielo cuando Yuuri se cansó de estar en el agua y se fue a acostar en la toalla sobre la arena, tomando los últimos rayos de sol mientras Viktor nadaba en el calmado mar. Yuuri lo veía desde su lugar, sorprendido por lo bien que nadaba y lo mucho que le gustaba el agua. El japonés estaba tan feliz que no cabía en sí de la emoción y plenitud que sentía, meses atrás no se habría imaginado que estaría ahí. Estaba perdido en la espléndida vista que le ofrecía su novio entallado en ese apretado short, lo veía nadar de un lado a otro y sin darse cuenta, poco a poco sus ojos se fueron cerrando hasta caer profundamente dormido.
Viktor
Disfruté tanto del mar, pero en especial de cargar a Yuuri mientras nadaba en el área profunda del mar. Nunca imaginé que no supiera nadar, fue tan tierno y adorable que se dejara cargar por mí, nadar con él entre mis brazos fue muy divertido, pude tocarle el trasero sin que pudiera huir de mí.
Terminó cansándose de estar en el agua y lo llevé hasta donde pudiera ponerse de pie. Dijo que descansaría un rato en la arena y yo me devolví al mar. Y es que amaba nadar, sentir mi cuerpo flotando en el agua, mis extremidades extendidas y libres, flotando bocarriba y con mis oídos debajo del agua, escuchando el ir y venir de las olas. Todo era maravilloso.
Luego de un rato comencé a nadar, tratando de recordar mis viejas clases de natación y aplicando todo lo aprendido. Nunca me había metido al mar de Hasetsu, vaya que era hermoso y refrescante, con un agua cristalina y la arena más clara de lo que recordaba.
Me cansé de nadar y regresé a la playa. Noté a lo lejos que Yuuri aprovechaba los leves rayos del sol, recostado bocarriba sobre mi toalla. No quise molestarlo, así que me senté en la orilla, bajo el sol del atardecer, con los pies metidos en la arena, feliz de que Yuuri me trajera hasta aquí, me sentía muy dichoso y libre, como las gaviotas que volaban sobre nosotros.
Vi caer el sol, poco a poco. La vista era tan hermosa que quise compartirla con mi Yuuri. Me puse de pie y aún empapado con agua salada, caminé hasta llegar a su lado, ahí noté con ternura que mi amado novio dormía profundamente, sus labios estaban un poco abiertos y sus largas pestañas negras estaban juntas, delineando sus párpados. Me tumbé a su lado y recorrí su rostro con mi mano, con las yemas de mis dedos ya arrugadas por el agua.
Sonreí y deseé que nada cambiara, que ese momento durara para siempre.
Si me hubieran dicho hace dos años que estaría aquí, recostado a su lado, con el sonido de las olas y las gaviotas invadiendo mis sentidos, y con ese hombre perfecto y hermoso durmiendo sobre la arena ante mí, jamás les hubiese creído. Pero aquí estaba, junto a él, acariciándolo y sonriendo al ver el leve tono rojizo de su piel debido al sol.
Lo miré por tiempo indefinido, luego observé el cielo y las olas, yendo y viniendo. Eso era un sueño, un sueño hecho realidad.
—Mi amor —susurré en su oído mientras acariciaba su oreja con mi nariz y su pancita con mi mano, haciéndole cosquillas—. Despierta, cariño, te vas a perder de una magnífica vista.
—¿Magnífica vista? —preguntó con voz muy modorra, estaba adormilado y apenas abrió sus ojitos—. ¿Te quitaste toda la ropa?
No pude evitar reírme abiertamente, entonces él terminó de abrir bien sus ojos.
—No me la he quitado toda, pero puedo hacerlo, ya no hay nadie en la playa ¿Me desnudo?
—¡N-no! —se incorporó hasta quedar sentado a mi lado, tallándose un ojo—. Bueno, sí, pero no aquí —aún modorro se abrazó a mí, descansando su mejilla en mi hombro.
—¿Estás muy cansado?
—Estoy cómodo —admitió, tumbándome en la arena para recostarse sobre mi pecho.
Amaba cuando él actuaba así, tomando la iniciativa sin sentir timidez. Poco me importó que mi cuerpo se llenara de arena.
—Estás empapado y arrugado —dijo al tomar mi mano entre la suya.
—Y tú sigues adormilado —reí—. Te desperté para que miraras esto —le señalé el atardecer—. Quería verlo contigo —besé su mejilla.
—Eres muy romántico —ronroneó contra mi mejilla.
Nos sentamos para ver juntos el atardecer, conmigo acariciando su cabello y él descansando contra mi costado, ambos con los pies metidos en la arena y dándonos pequeños mimos.
—Vitya —me dijo de pronto, y una enorme sonrisa se instaló en mis labios.
—Dime —mirábamos el sol escondiéndose en el horizonte, desapareciendo tras esa fina línea que separaba el mar del cielo.
—Te amo —enseguida sentí un beso muy lindo en mi mejilla y una mano acomodando mi cabello—. Y me siento muy feliz al estar aquí contigo. Sólo puedo decirte gracias, gracias por aceptarme de nuevo en tu vida.
—Gracias a ti por ir hasta Rusia a buscarme, por reconquistarme de esa manera tan peculiar y hermosa —sonreí y pegué mi frente a la suya.
Besé sus labios y él correspondió con la misma emoción. No podíamos estar más felices, ni sentirnos más plenos.
Nos disfrutamos en silencio, viéndonos y percibiendo los sonidos y sensaciones que nos envolvían, tales como el viento acariciando nuestra piel, la luz del ocaso calentándonos con sus últimos rayos, el vaivén de las olas chocando entre ellas, el olor salado del mar y la arena bajo nosotros.
—Cierra los ojos —le pedí y obedeció al instante, sin preguntar. Me acerqué a su oído, y luego de unos segundos, le dije susurrando—: Yuuri Katsuki, te amo.
Se estremeció y una hermosa sonrisa se instaló en su expresión, sin abrir los ojos aún.
—Te amo —volví a decirle, luego de besar su mejilla, dejándole mis babas.
De pronto Yuuri me empujó hasta recostarme sobre su regazo, apoyé mi cabeza sobre sus hermosos muslos y se inclinó sobre mí para besarme con una dulzura indescriptible.
—Te amo, Vitya.
—Yuuri, tenemos que hablar —le dije con seriedad.
—Lo sé.
No habíamos tenido una verdadera charla desde que nos reconciliamos. Pasábamos mucho tiempo juntos y platicábamos, pero no habíamos tenido esta charla decisiva e importante: ¿Qué haríamos con nuestras vidas de ahora en adelante?
—¿Qué haremos? —pregunté—. Aceptaré cualquier cosa que sugieras.
—No. Decidamos entre los dos —acarició mi rostro con sus gentiles manos.
—¿Qué me sugieres?
—Antes que nada, debo hablar con Minami y decirle que no seré más su entrenador.
—Perfecto.
—¿Tan mal te cae? —preguntó con una sonrisita.
—Me pone muy celoso. Sé que tú no le corresponderías y aun así no puedo evitar sentir desprecio por él.
—Vitya —rio y besó mi frente con sus cálidos labios—. No seas así —sonó como un adulto regañando a un niño, y yo sólo pude fruncir el ceño e inflar mis mejillas. Genial, ahora sí que parecía un niño.
—No puedo evitarlo. Cada vez que lo veo me dan ganas de meterle el pie para que se caiga.
—No lo hagas de nuevo.
—¿¡Cómo lo sabes?! —me incorporé—. Te fue con el chisme, ¿Verdad? Ese mocoso… —gruñí y Yuuri se rio a lo grande, empujándome de nuevo sobre su regazo.
—No, Phichit me lo platicó. Eres más infantil de lo que creí —se burló.
—Y así me amas.
—No puedo evitarlo —se encogió de hombros y se mordió el labio.
—Y sobre lo que venga después… —suspiré pesadamente—… te voy a ser muy sincero, Yuuri. No me importa qué hagamos o dónde lo hagamos, yo sólo sé que no quiero apartarme de tu lado. Hemos pasado por tantas cosas, estuvimos cerca de la muerte, perdimos seres queridos… —me quedé callado luego de ese último tema. Ya no me había afectado, hasta ese momento. Un nudo fuerte se formó en mi garganta. Y mi pecho se sintió oprimido con fuerza.
—Lo sé. Hemos pasado por mucho —acarició mi mejilla con un cariño infinito. Eso fue suficiente para que mi maltrecho corazón comenzara a sanar poco a poco.
Era increíble cómo una caricia de la persona indicada podía lograr tantas cosas tan maravillosas.
—Aún no puedo creer que estuviste a punto de morir —se le quebró la voz. Fue mi turno de acariciarlo, reconfortándolo un poco—. A veces me siento tan culpable.
—Basta. No es tu culpa ¡En lo absoluto! —me espanté al ver que pensaba eso—. Fue mía al ser tan estúpido y combinar ese medicamento con tequila.
—Viktor —su voz seria fue una clara advertencia de que se venía algo fuerte—. No te lo había preguntado antes, pero ¿Intentaste… —no lo dejé terminar.
—No, Yuuri. No intenté matarme —respondí con la misma seriedad—. Bebí demasiado e ingerí muchas pastillas, esto último fue precisamente por haber bebido tanto.
—Me alegra escuchar eso —suspiró pesadamente—. Si tú no estuvieras ahora —se le quebró la voz y tardó un poco en continuar—… si no estuvieras con vida ahora, creo que yo tampoco lo estaría.
—No digas eso —me espanté—. Si yo algún día falto, tú no puedes rendirte así de fácil.
A raíz de eso, comenzamos una conversación nada agradable. Llegamos a un punto tan triste que optamos por cambiar de tema.
—Me gustaría conocer a Irina.
Esas cuantas palabras pusieron mi mundo de cabeza. No sabía si alegrarme o preocuparme. Tuve que alzar la mirada para comprobar con qué sentimiento lo decía.
Había serenidad en su rostro mientras miraba el horizonte ya prácticamente oscuro.
—¿En serio?
—Sí —me miró y sonrió—. ¿Te sorprende tanto?
—Es sólo que no me lo esperaba.
Volvió a mirar al frente y comenzó a acariciar mi cabello.
—Nuestros problemas comenzaron desde que me comporté de manera tan infantil al enterarme de tu antiguo matrimonio. Soy consciente de ello y te pido disculpas. En ese momento no pude asimilar bien la noticia y lo único que quise hacer fue huir lejos para no enfrentarme a la cruda realidad. En ese entonces pasaron muchas cosas por mi mente, entre ellas la posibilidad de que, al haber tenido un matrimonio fallido, quizás no querrías volver a meterte en esos líos —apretó el anillo que colgaba de su cuello—. Ahí me di cuenta de lo mucho que te amaba, tanto, que me sentía capaz de contraer nupcias contigo —rio con nerviosismo al darse cuenta de lo reveladoras que eran sus palabras. Su rostro enrojeció por completo y empezó a juguetear más con el anillo.
Puse mi mano sobre la suya, cerrando mi puño sobre el de él e incorporándome sólo un poco con ayuda de mi codo.
—Estos anillos los compré un día después de que nos hicimos novios ¿Lo recuerdas? Durante la final.
Sus bellísimos ojos cafés me miraron, refulgentes.
—Chris me lo dijo.
—Ese chismoso —reí—. ¿Qué más te dijo?
—Nada ¿Hay más?
—No lo sé —desvié mi mirada—. Es sólo que en aquella ocasión me dio una sarta de consejos que aún recuerdo muy bien.
—Entonces sí los compraste desde entonces… —soltó en un suspiro—, ¿Por qué?
—Porque desde entonces ya estaba seguro de lo que sentía por ti. Es lo mismo que siento en estos momentos, sólo que ahora multiplicado por infinito —reí fuerte al ver su sonrojo inmenso.
—Eso… —su voz se rompió y sus ojos se abnegaron en lágrimas—. ¿Eso quiere decir que aún puede ocurrir? ¿Estos anillos pueden cumplir su propósito?
Se veía tan lindo, vulnerable y tierno que quise comérmelo a besos ahí mismo. No me contuve, e incorporándome lo suficiente, lo rodeé completamente entre mis brazos, sintiendo su piel caliente rozando con la mía.
—Por supuesto que esos anillos cumplirán con su propósito —murmuré en su oído—. Yuuri, tú tienes todo lo que busco, lo que deseo, lo que amo, tú lo tienes. Mi corazón está en tus manos y mi vida también. Y no sabes cómo agradezco al cielo por darnos una nueva oportunidad, por estar aquí mismo contigo, ahora —sentí sus lágrimas impactándose contra la piel de mi hombro desnudo, sólo pude abrazarlo con más fuerza al sentir sus sollozos—. ¿Podrías cuidar de esos anillos un poco más? sólo un poco más.
—Lo haré durante el tiempo que sea necesario —su voz sonó amortiguada por mi piel en sus labios. Intenté separarme para verlo, pero no me dejó, me abrazó más fuerte.
—No quiero esperar tanto —dije, sintiendo al instante cómo se separaba de mí, me miró ilusionado y mi corazón latió con fuerza. ¿Era esto una propuesta de matrimonio? No, no debía de ser así—. Quiero hacer las cosas bien, mi amor. Primero conozcámonos más, salgamos juntos, disfrutemos que tenemos toda una vida por delante, juntos —enfaticé mucho esta última palabra. Él me sonrió como respuesta, de acuerdo con lo que le decía.
—Estoy totalmente de acuerdo. Después de todo tenemos muy poco de novios —soltó una risita cantarina que me sonó más hermosa que cualquier melodía.
—Antes que nada tienes que conocerme más, mi amor, nunca me haces preguntas. Conozco todo de ti, tu casa, a tu familia y me has hablado mucho de tu infancia. En cambio tú… nunca me preguntas nada. Anda, pregunta lo que quieras.
—¿Por qué no mejor me platicas tu vida?
—¿Todo?
Rio.
—Háblame de ti, dime todo lo que te hizo ser la persona que eres ahora. Háblame de tu infancia, tu familia, tu adolescencia. Dime lo bueno, lo malo, todo lo que quieras.
—Será una historia muy larga —sonreí de lado, recordando cosas no muy gratas.
Él se encogió de hombros.
—No tenemos prisa, además, estoy muy a gusto aquí.
—Ya oscureció —le señalé el cielo sobre nosotros—. Wow! —exclamé al ver lo brillosas que se veían las estrellas estando en la playa.
La poca luz que había era brindada por las farolas a lo largo de la playa, justo donde ésta terminaba y comenzaba la ciudad. Alrededor nuestro no había gente y el único sonido que nos acompañaba era el ir y venir de las olas. El viento estival nos acariciaba, siendo éste cada vez más fresco.
Antes de comenzar a exponerle mi pasado, fui por las toallas que traíamos y lo cubrí con una de ellas y a mí con la otra. Me senté a su lado en la arena, hombro con hombro.
—Comenzaré desde el principio —apoyé mi cabeza sobre su hombro, mirando juntos el cielo nocturno bañado en estrellas—. Cuando era niño…
Continuará…
20/07/2017
2:00 a.m.
