El invierno había pasado rápidamente y ya nos encontrábamos en la mitad de la primavera. Los árboles estaban repletos de flores, los pájaros cantaban desde el amanecer hasta que el sol se marchaba.

Estaba siendo un viaje tranquilo, no me quejaba, pues eso me había dado tiempo a pensar en lo que sería mi nueva vida. Acababa de casarme con el hombre que había decidido mi familia. No era lo que imaginaba cuando era pequeña. Pero no podía quejarme, era un hombre guapo, atento y cariñoso. Podría haberme casado con uno de esos ricachones viejos que no tienen donde caerse muertos, pero gracias a dios no fue así. Según mi padre este matrimonio estaba acordado desde que nos marchamos de la ciudad en donde nací, a la que ahora regreso con muchas ganas de descubrir la ciudad, en lo mucho que habrá cambiado después de 16 años.

La luz del sol que entraba por entre las copas de los árboles me despertó de mi profundo sueño. No había dormido mucho durante la semana anterior pues todo fue demasiado rápido. La boda se celebró por todo lo alto, aparecieron muchos invitados, de los cuales yo no conocía a la mitad. Un par de días después James Stone, el padre de mi marido murió, no sé exactamente como, pues hasta donde yo tenía entendido era un hombre muy sano. Y ese fue el comienzo del viaje. Riley, mi marido, no dudó un momento. Los criados nos arreglaron todo el equipaje y partimos de inmediato a la capital, en donde él se haría responsable del cargo que su padre había dejado como gobernador. Y aquí estamos, después de varios días de camino llegando por fin al destino.

Durante el viaje, Ryley había estado trabajado sin parar, mirando y mirando documentos. Y cuando parábamos a descansar, enviaba esos documentos con un cartero, y ese mismo le entregaba otros. Se pasaba el día trabajando, pero por las noches era diferente, atento y cariñoso, no me podía haber tocado nadie mejor. Durante las últimas horas de viaje ya se veía a lo lejos los enormes edificios que había construidos. Y entre ellos, lo que sería nuestra casa. Una mansión impresionante que había pertenecido a la familia Stone desde hacía siglos.

Riley me tomó de la mano y los dos bajamos del carruaje, y allí estaba esa enorme casa solo para nosotros, y los criados que se alojaban en ella.

-Bienvenida a casa Señora Stone -me dijo con un leve beso en los nudillos.

Entramos en la casa, el servicio ya nos estaba esperando en la puerta a recibirnos. Como siempre, Riley les agradeció su trabajo, pues habían dejado la casa inmaculada para que nosotros nos instaláramos. Él ya había vivido en esa casa cuando era más joven por lo que me dio un tour rápido por toda la casa. Me llevó a lo que sería su despacho, nuestras habitaciones, la cocina, el gran comedor, y los jardines, en donde yo seguramente pasaría la mayor parte del tiempo. Tras eso, fuimos interrumpidos.

-Señor Stone, hay un invitado que desea verle.

-Ahora no Ray, acabamos de llegar, queríamos ir a ver el pueblo -dijo él, abrumado.

-Lo siento señor, pero ha insistido.

-De acuerdo -dijo Riley-. acompáñale al despacho.

-Bien Señor.

-Tendrás que ir al pueblo sola -dijo él dándome un beso en la mejilla-. Te veo en la cena.

-Bien -dije un poco desilusionada.

Riley se marchó dentro de la casa y yo cogí lo necesario. Algo de dinero por si se me antojaba comprarme algo, y me marché.

*Parece que por ahora todo bien, las constantes son estables.

La sincronización es buena -dijo una voz en mi cabeza. La reconocí.

-Bien Cath, tu sigue como ahora, nosotros estamos viendo lo que tuves

Monitorizamos todo, tu solo guíate e intenta aprender. *

La ciudad había cambiado mucho desde que nos marchamos. Tenía yo unos 6 años. Ahora había más edificios, y más gente. Las mujeres paseaban con sus ropas deslumbrantes, su sombrilla para que no les diera el sol y siempre con una enorme sonrisa. Otras entraban en tiendas de tela para sus nuevos vestidos, o cintas para decorar los vestidos. Los caballeros siempre tan elegantes con sus chisteras y sus ropas tan sofisticadas. Todo había cambiado, incluso habían construido una biblioteca, o la habían reformado, no lo sé, estaba muy perdida en aquella ciudad, pero caminar entre sus calles me calmaba y me alegraba. Por fin estaba en casa.

Era una mujer poco corriente, yo no era de las que asistía a fiestas, obviamente lo tenía que hacer desde que mi padre me presentó en sociedad, pero yo prefería quedarme en casas con un buen libro en vez de bailando con caballeros a los que no conocía, apenas conocía o conocía tan bien que llegaban a ser muy pesados. Por suerte al casarme, aunque tenía que seguir yendo a bailes, debido al trabajo y el cargo de mi marido, pero ya eran distintos, no tenía que hacerme notar en ningún momento, así las muchachas casaderas eran las nuevas caras de las fiestas.

Me adentré en la biblioteca. Me quedé maravillada al ver los techos tan altos y la cantidad de libros que había.

En mi casa no solía haber muchos. Aunque para mi madre siempre teníamos que saber muchas cosas, siempre prefirió que tocara el piano o pintara, mientras que, a mí, siempre me gustó leer, era música que solo podía escuchar yo, o pintar paisajes privados para mí. Por suerte para mi marido, ese era un hobby para el que normalmente no tenía tiempo. Siempre estaba trabajando. O compraba edificios, o los remodelaba o vete tu a saber lo que hacía siempre reunido con altos cargos.

Caminé por entre las estanterías, solo se podía escuchar un perfecto silencio o pequeños susurros de la gente que comentaba libros. El ambiente estaba cargado de olor a pergamino nuevo y a la tinta de las páginas. No podía decidirme entre tanto libro. Muchos de ellos ya los había leído y no me gustaron, otros me gustaron tanto que los devoraba una vez a la semana. Y después había muchos que hablaban de política, cosa que no me llamaba nada la atención, yo prefería romances, tragedia o novelas de suspense. Tras una hora dentro me decanté por dos libros bien distintos.

Salí de la biblioteca y seguí caminando por las calles. Aunque el sol ya empezaba a ponerse por el horizonte, aun había mucha gente en sus calles, pues también habían abierto pequeños bares y la gente se reunía en ellos, lo que hacía que las calles estuvieran más vivas de lo que las recordaba. Ya casi a oscuras decidí volver, Riley ya habría terminado con esa reunión y podríamos cenar e ir a la cama, estaba demasiado cansada después del largo viaje.

-¿Qué tal la ciudad? Siento no haber podido acompañarte -dijo Riley mientras tomaba un sorbo de vino.

-Ha cambiado mucho, está mas grande y tiene mucho más ambiente.

-¿Qué has hecho?

-He ido a la biblioteca -él se rio de manera cariñosa-. Tu y tus libros, estoy seguro de que si pudieras vivirías en una biblioteca.

-Mmm -dije imaginándomelo-. Eso ni lo dudes -dije sonriendo mientras comía-. ¿Qué tal la reunión? ¿Quién era ese hombre que insistía tanto?

-Alguien de quien no merece la pena preocuparse -dijo en tono burlón y desafiante.

-¿Tan mal ha ido la reunión?

-Tenemos puntos de vista muy distintos en cuanto a negocio se refiere. Yo soy partidario de que el dinero es lo más importante y cuanto más tienes, más puedes construir y más ganarás. Mientras que él apuesta por las personas que trabajan para él -bebió otro sorbo.

-Bueno, realmente un negocio no podría mantenerse sin que alguien trabajara para él.

-Menuda lengua tienes querida -dijo sonriendo-. Puede que sea así, pero la manera que tiene él de ver a esas personas no tiene nada que ver con mi filosofía.

-¿Y cuál es esa filosofía?

- Yo creo que las personas que trabajan para mí están allí para un fin. Si no llegan a ese fin, no son necesarios y se les sustituyen rápidamente -me quedé cayada, preferí no intervenir-. Mientras que, para ese caballero, cada persona es una vida, y si falla se le da otra oportunidad. Para él cuidar de su gente, es cuidar de su dinero -dijo terminando de cenar. Yo me lo quedé mirando con una ligera sonrisa, pues nunca estuve de acuerdo con esa manera de mando, era el mismo que mi padre.

Tras cenar nos marchamos a la sala de estar. Yo me quedé leyendo cerca del fuego, mientras que Riley se quedó releyendo y releyendo documentos. Tras unas horas, empezó a entrarme sueño, cerré el libro, lo dejé sobre la mesa que había al lado del sofá, me acerqué a mi marido. Él dejó de leer en ese momento, se giró hacia mí y me abrazó colocando su cabeza cerca de mi tripa. Tiró de mi mano levemente, me senté sobre sus rodillas. Posó su mano en mi nuca y me acercó a él hasta besarme con dulzura en los labios.

Desperté con el canto de los pájaros y el olor a pan recién hecho. Riley ya se había levantado, seguramente antes de que el sol terminara de salir, no era muy propio de él quedarse a dormir hasta tarde. Me lavé la cara, me cambié el camisón por un vestido de color azul y bajé al comedor. Allí estaba Riley, metido en los documentos que había dejado de lado la noche anterior.

-Buenos días -dije al entrar. Me senté a su lado en la mesa, me serví un poco de café y leche y un poco del bizcocho que nos había hecho la cocinera-, Buenos días-, dijo al terminar la página.

Seguimos un rato más en silencio.

-Mañana tendré que viajar por negocios -dijo él mientras mantenía la nariz en los papeles, sin apenas haber tocado el desayuno.

-¿Tan pronto? -dije un poco triste-. Pero si acabamos de venir.

-Ya lo sé querida, pero, hay varios negocios que requieren mi atención, y por desgracia ninguno de ellos se encuentra cerca de aquí -dijo con tristeza.

-¿Cuánto estarás fuera?

-Un mes

-¡Un mes! -dije sin entenderlo.

-Si, tengo muchas cosas que arreglar, quitar la manera que tenía mi padre de trabajar y hablar con los supervisores para futuros negocios.

-Bien, que puedo decir.

-No me mires así Elena -dijo él cogiéndome la mano con cariño-. Tengo que hacerlo, son negocios.

-Lo sé, lo entiendo.

-Ya veras como estaré de vuelta antes de que te descuenta -dijo con una sonrisa agradable.

Le devolví la sonrisa y seguimos desayunando.

Durante el día Riley me estuvo poniendo al día de las cosas que tenía que hacer. Aunque no entendía la mitad, me gustaba estar al tanto de lo que haría, y él lo agradecía y me dejaba cosas que hacer, aunque ninguna de esas cosas tenía mucho peso en sus negocios, quitando eso, tenía todo el tiempo para mí.

Al día siguiente Riley y algunos de sus inversores partieron rumbo a otras ciudades.

Durante ese día todo se me venía encima, no tenía ganas de hacer grandes cosas, así que me marché a mi sala de estar. En ella tenía todo lo que necesitaba, un piano, artilugios para coser y pintar, y mis libros, mi estantería llena de libros que me había traído, pero los únicos libros que me interesaban eran los que me había cogido en la biblioteca hacía dos días. Durante el día estuve en esa sala, pero la tarde parecía muy agradable para salir a dar un paseo. Cogí lo justo y me marché a la ciudad.

No había mucha diferencia con el día anterior así que esa vez preferí dar una vuelta. El ambiente, aunque agradable, empezaba a levantarse el aire y las nubes amenazaban con descargar en cualquier momento. Y así pasó el primer día sin mi marido, en aquella casa tan grande y nueva para mí. Me quedé leyendo hasta tarde, tanto que me quedé dormida sin darme cuenta.

Me desperté cuando noté que el libro se me cayó de entre las manos. Al despertar estaba en mi salita. Me froté los ojos, mientras me dirigía a la habitación escuché un ruido, el chirrido de una madera en el piso de encima. Miré el reloj, eran pasadas las 3, dudaba que algunos de los sirvientes siguieran despierto a esas horas, así que decidí subir. Caminaba lentamente, intentando que no se escuchara el chirrido de las maderas o mis zapatos chocando con ellas. Me los quité, así sería mas fácil. Una vez descalza seguí subiendo las escaleras.

*La sincronización está siendo perfecta. El pulso se le está acelerando.

El cerebro se está sincronizando con el de Elena.*

Se seguían escuchando ruidos. Se abrían y cerraban cajones, dentro del despacho de Riley. Me acerqué lentamente a la puerta, y la empujé lentamente hasta poder ver dentro de ella. Todo estaba a oscuras, y entre esa oscuridad pude distinguir con total claridad la silueta de una persona que se movía en todas direcciones. Miraba la estantería, los cajones. Por suerte no se había percatado de mi presencia, por lo que me pude dar el lujo de abrir la puerta por completo. Allí estaba. Una silueta sin forma, pero pude distinguir que vestía con un abrigo muy largo. La silueta se quedó parada un segundo, sin hace ruido, ninguno se movía, pero momentos después, antes de que pudiera darme cuenta, estaba contra la pared y algo frio como el hielo me rozaba la garganta. Sin pronunciar palabra, manteniéndome completamente quieta noté que no se parecía a un hielo, si no a un cuchillo, pude notar el filo de este muy cerca de mí. Tenía morir, pero no quería darle el gusto a ese ser de ser una cobarde. Me lo quedé mirando, esperando encontrarme con su rostro. Pero no, imposible, la capucha que llevaba le tapaba completamente el rostro. Pero había algo en su aroma, no era vulgar, no era el típico aroma que te encuentras en los barrios malos de la ciudad. Er aun aroma suave y atrayente. Sin decir nada, se marchó corriendo, lo último que vi de él fue su salto desde la ventana del tercer piso. Me acerqué a la ventana, pero él ya no estaba. Encendí la vela que estaba en el escritorio y lo vi.

Estaba todo abierto. Cajones revueltos, incluso las estanterías tenían los libros sacados. Aún en shock y sin entender que había pasado me puse a recoger todo. Cerré las ventanas por dentro y después me marché a la cama. Por alguna extraña razón, aunque mi cabeza no dejaba de dar vueltas intentando entender lo que había pasado, me quedé completamente dormida.

*-Todo es normal, lleva varias horas dentro de animus, deberíamos dejarla descansar -dijo Mara.

-No, que siga, Creo que aún podemos descubrir algo mas -dijo el supervisor.*

Durante la noche, mi mente no paró de enseñarme la misma imagen, aquella silueta sin rostro solo podía verle la capucha, pero su aroma no paraba de venírseme a la mente. Era una mezcla de cuero, metal, suave, y había algo que no paraba de atraerme.

*Es increíble -dijo Mara-. Está claro que son almas gemelas*

Me desperté, sobre saltada por los sueños. Ya era de día, muy de día para ser exacto. Eran mas de las 11, nunca había dormido hasta tan tarde. Me levanté. Los sirvientes se me quedaban mirando. Desayuné algo y decidí ir al pueblo a hacer compras.

-Señora Stone, han traído esto para usted -dijo una chica entregándome un sobre. Lo abrí.

Queridos Señores Stone:

Los Señores Jones les invitan al baile anual de máscaras en honor a la semana de la cosecha.

Sábado 15 abril 21.00 h

Señor y señora Jones

Tras leerla abrí el sobre, esa letra si la reconocí.

Querida Elena:

Se me olvidó decirte que este fin de semana se celebra en la ciudad una fiesta anual, necesito que vayas en nombre de los dos,

Muchos de los invitados pueden llegar a ser grandes socios empresariales.

Siento no poder ir contigo, te lo compensaré, lo prometo.

Seguro que lo pasas en grande, será una gran distracción mientras yo estoy fuera. Diviértete.

Riley Stone

-Un baile, no tengo muchas ganas de ir -dije a la chica que me había entregado la carta.

-No quiero ser irrespetuosa Señora, pero el baile de máscaras es una tradición en la ciudad. Es el único baile en el que no importa en donde te hayas criado, o de que familia provengas. Esa noche no hay estatus solo diversión, es un gran día para todos. Sobre todo, para las señoritas solteras que buscan marido -dijo el ama de llaves.

-Yo no soy una de ellas, ya dejé eso muy atrás -dije sin querer ir.

-Señora, todas las familias irán a ese baile, si usted no va, será una …

-Vale, vale, iré. Pero no tengo nada que ponerme. tendré que comprar algo en el pueblo.

Y así lo hice, caminé por las tiendas de la ciudad y vi que lo estaban decorando todo, parece que realmente era una gran fiesta. Las muchachas casaderas iban animadas de un lado a otro buscando todo lo necesario para ese gran baile. Algunas tiendas se encargaban de las telas, otras de las cintas y los decorados para la ropa, pero entre ellas solo había una que se encargaba de las máscaras, y obviamente estaba llena de gente, sobre todo de jovencitas con sus madres o sus hermanas mayores.

Cogí todo lo necesario para hacerme el vestido, todo menos la máscara. Aún no me convencía esa idea de que todos fuéramos con el rostro tapado, pero sé que al final lo tendía que hacer. pero de momento me pondría con el vestido.

*Creo que no hay mucho que ver a ahora, será mejor que la saquemos, el cerebro empieza a tener demasiada información en pocas horas -dijo la voz de Mara.

-Debemos encontrar el Orbe -dijo el Supervisor, muy autoritario.

-Pero señor, está empezando a mezclar el pasado y el presente -dijo Mara.

-Con todos mis respetos -siguió Matt-. Será mejor que la dejemos descansar, después de la otra noche aún no está completamente recuperada, y seguramente la mente de Cath intenta ir con Loba. Ella está preocupada por ella. Si no conseguimos que descanse no valdrá de nada -el supervisor suspiró derrotado.

-Sácala, mañana seguiremos con esto, es mejor ir poco a poco.*