Capítulo 20

―Si yo fuera usted milord, dejaría de insistir.

No dejaban de mirarse el uno al otro. Estaban en un duelo de miradas en que ninguno quería bajar la guardia.

―Así me gustas más, orgullosa – dijo él, acercando sus labios a los de ella y le susurró – Me haces el juego más difícil y eso me encanta.

Sin decir nada, Kagome se soltó de entre sus brazos y salió del cuarto de pintura. Inuyasha esbozó una media sonrisa y siguió el mismo camino de la joven. La alcanzó a medio pasillo y la tomó del brazo.

― ¿Qué hace? – preguntó ella, frunciendo el cejo.

―Estoy siendo un caballero y la conduciré hasta el jardín.

―Gracias milord – esbozó una falsa sonrisa – Pero en algo no coincido, ya que en usted me ha quedado claro cómo se comporta un caballero.

Inuyasha apretó los nudillos de su mano izquierda, ella no le estaba permitiendo entrar en su corazón lo había recibido de manera fría, aunque sus besos le habían dicho otra cosa y aquí estaban de nuevo y esta vez él era atacado por sus palabras.

―Lo que viste fue a un hombre indeciso.

― ¿Sabía usted, que la peor decisión es la indecisión?

―Algo había escuchado al respecto.

―Entonces comprenderá que sus indecisiones lo han llevado a cometer error tras error.

Inuyasha la soltó y ella continuó caminando, pero no por mucho tiempo, porque la volvió a tomar del brazo y entró con ella a la sala de estar. Apoyó su espalda en la pared y él se recargó en el cuerpo esbelto de la joven.

―Admito que he cometido errores – dijo él sin dejarla de mirar a los ojos – Ya que yo mismo los he provocado, pero no pienso dejar que te me escapes y te cases con otro. Y ahora, salgamos al jardín, nuestras tías se estarán preguntando por qué hemos tardado.

Se apartó de ella y le tendió su brazo. Kagome estaba tentada a rechazarlo, pero por alguna razón no pudo hacerlo y terminó aceptando su brazo. Ambos salieron al jardín donde los esperaban sus tías.

Inuyasha hizo a un lado una silla para que ella tomara asiento y él ocupó el suyo, justo en medio de ella y Lady Kaede.

―Lady Kaede me estaba comentando que ha decidido retomar la obra de Romeo y Julieta– comentó su tía con una amplia sonrisa – Tengo entendido que te había elegido a ti para ser Julieta – miró a su sobrina con una gran sonrisa.

―Así es – intervino cuanto antes Kaede ― ¿No me negaras ser mi Julieta, verdad hija?

Kagome estaba a punto de responderle que no podía ser su Julieta ya que tenía muchos pendientes como los preparativos de la boda, pero al ver esos ojos llenos de ternura no pudo negarle el deseo a la anciana.

―Desde luego que no Lady Kaede – respondió con una sonrisa débil – Cuente desde hoy conmigo.

―Perfecto – estalló de alegría la anciana – Porque a partir de mañana iniciamos con los ensayos. Ya tengo todo preparado. La espero mañana en la tarde en casa de mi sobrino. Por cierto, esta noche iremos a la opera ¿Les gustaría acompañarnos?

―Nos encantaría – respondió Marian con una sonrisa ― ¿No es así, cariño?

Kagome se obligó a esbozar una sonrisa, la última vez que había estado en la opera había sido aquella donde se encontró con un enmascarado que había resultado ser Inuyasha.

―Por supuesto – asintió.

―Bien, en ese caso los esperamos en el palco privado de mi sobrino.

Kikyo se encontraba en el jardín de la gran mansión de su primo, observaba los pajarillos cantar. Sus pensamientos se remontaban en la noche en que Lord De la Rosa había entrado a su habitación y le había robado un beso, beso el cual aún no lograba olvidar.

Pero había sido una insensata, si su tía Kaede hubiese entrado a la habitación, seguramente los hubiera visto en una situación muy comprometedora y los obligaría casarse, aunque él estuviese prometido con Lady Kagome.

Había pasado más de una hora desde que ella y su primo Inuyasha partieron a casa del conde Higurashi, seguramente no tardaban en llegar. Justo en ese momento su tía salía al jardín y tomaba asiento a un lado de ella.

―Hija, esta noche iremos a la ópera – anunció la anciana – Así que elije lo mejor que tengas porque vamos a ir.

―Tía – Kikyo se recargó en el respaldo de su silla ― ¿Puedo desistir?

―No – ella negó – No pienso dejarte sola, es probable que Koga vaya con la señorita Ayame. Estaría preocupada por ti durante toda la noche.

―Pero nada va a pasarme – ella esbozó una sonrisa.― Además, no estaré sola. Esta el mayordomo, el mozo de cuadras, aparte no me siento muy bien como para asistir a un evento así.

Kaede hizo una mueca, no le agradaba dejar a su nieta sola, además alguien podría entrar a la casa a robar y ella estaría ahí, indefensa, mientras que ella y sus sobrinos disfrutaban de la ópera.

―No y es mi última respuesta.

―Entonces no asistiré y también es mi última respuesta.

―Pues lo veremos. Pero de que tú vas con nosotros, vas y no quiero que me lleves más la contra.

Kikyo frunció el cejo, su tía en ocasiones era demasiado testaruda y siempre lograba salirse con la suya, como en este momento.

―Está bien – asintió resignada – Los acompañare.

―Perfecto – esbozó una sonrisa – Así podré aprovechar para encontrarte un prospecto como pretendiente.

―Ah eso no – ella negó – Accedí acompañarte, pero no voy a permitir que me encuentres un pretendiente. Aun no quiero casarme.

―Sabes tan bien como yo que aun así me saldé con la mía cariño. Así que vete haciendo a la idea de que te encontrare marido así sea lo último que haga.

Ambas se miraron y por primera vez Kikyo deseó no haber sido expulsada del colegio, así no tendría que estar soportando las tontas ideas de su tía de conseguirle marido. ¿Qué pretendía con esto? Si ella se casaba sería únicamente por amor, no más.

No le interesaba un matrimonio por conveniencia, como el de sus compañeras de colegio, que al salir, ellas lo primero que iban a hacer sería casarse ¿Y de qué había servido el estudio? En nada se ibas estar al frente de una casa, dando instrucciones a los empleados, darle hijos al esposo y fingir ser feliz.

Ese sin duda no era el futuro que ella deseaba.

El cielo estaba completamente nublado y las nueves oscuras, era el anuncio de una tormenta fuerte, como había cambiado el clima.

Kagome contemplaba desde su ventana como las ramas de los árboles se movían de un lado a otro. Ella se encontraba acostada en su cama, con un camisón blanco fingiendo ante su madre sentirse mal para poder excusarse de no ir al teatro.

― ¿Segura que no quieres ir a la ópera, hija? – preguntó su madre, sentándose con ella a un lado de la cama.

Kagome la miró y negó con la cabeza.

―Si mamá, no me siento bien. Me duele la cabeza.

―Bueno – ella asintió y le dio un beso en la frente – Si necesitas algo Tsubaki estará al pendiente de ti.

Ella esbozó una sonrisa y asintió.

―Gracias mamá.

Le dio otro beso en la frente, esbozó una sonrisa y salió de la habitación.

Toda la alta sociedad Londinense se reunía en el teatro, aguardando en la recepción antes de ingresar y ocupar sus asientos.

Los condes Higurashi y Lady Marian descendieron del carruaje, entraron a la recepción y el conde entregó los abrigos a un joven. Al fondo estaba la anciana Kaede junto con su sobrina Kikyo, la anciana parecía que disfrutaba de una conversación con dos de sus sobrinos junto a Lady Ayame y los padres de la joven. Ella al darse cuenta de su presencia les hizo una seña y todos fueron a reunirse con el resto del grupo.

Todos y cada uno intercambiaron cortesías.

― ¿Y su hija, querida? – preguntó la anciana a la condesa.

―Me pidió que la disculpara con usted, pero mi hija en estos momentos se encuentra indispuesta.

― ¿Le sucedió algo? – se alarmó de inmediato.

―Oh no – negó la condesa – Es sólo un dolor de cabeza lo que tiene, pero está bien.

―Bueno – ella asintió – En ese caso hágale llegar mis mejores deseos y que se recupere pronto.

Antes de ingresar al palco, Inuyasha se detuvo, había escuchado la conversación de su tía con la condesa Higurashi. Kagome estaba sola en casa y con dolor de cabeza, debía estar con ella y cuidarla por si algo le llegara a pasar.

― ¿Pasa algo, hijo? – le preguntó la anciana deteniéndose en la entrada principal del palco.

―Si – él asintió – He olvidado algo importante en casa.

―Tonterías – la anciana frunció el cejo ― ¿Qué es eso tan importante que has olvidado?

Él esbozó una sonrisa, se acercó a su tía y le dio un beso en la frente.

―Algo de vida y muerte. Por favor, discúlpame con todos – le guiñó un ojo – Les dejo el carruaje.

Lo vio girar sobre sus talones e irse. Lady Kaede frunció el cejo ante el comportamiento de su sobrino, últimamente estaba actuando muy extraño y eso había sido después de haber terminado con Lady Andrews, cuya historia de que se había enamorado de otro aun no la creía, algo extraño había ahí y debía averiguarlo, pero antes, se centraría en su sobrina Kikyo y en buscarle pretendiente.

Kagome no podía dormir ¿Para qué seguía haciéndose la tonta? Había fingido un dolor de cabeza con tal de no acudir al teatro y encontrarse con él. Era una cobarde por no haber y hacerle frente, pero estaba segura que si lo viera todo su orgullo se vendría abajo y terminaría por confesarle que lo amaba.

Él le había dicho que la amaba, pero no estaba segura de creerle, sus indecisiones fueron lo que la orillaron a seguir con la boda, además, Lord De la Rosa no se merecía esto, él era un hombre que había sufrido en el pasado y merecía ser feliz.

Se levantó de la cama y buscó el estuche de su violín, lo colocó en su hombro y comenzó a tocar una melodía suave, melancólica y nostálgica, era así como su corazón se sentía.

Seguramente los criados se molestarían con ella por no haberlos dejado dormir y se desquitarían mañana en la mañana.

Tomó asiento en un taburete, dándole la espalda a la ventana balcón. Un relámpago iluminó la habitación seguida de un trueno, ella estaba tan sumergida en la música que no pudo notar la sombra que se reflejaba a través de la ventana.

La ventana se abrió lentamente sin hacer ruido, él camino lentamente hacia ella, dejaba a su paso la alfombra mojada. Había caminado desde el teatro hasta aquí sólo para verla, sólo para demostrarle de una vez que la amaba y que ella sería solamente de él.

Sintió una mano fría sobre su hombro y al instante la joven dejó de tocar.

"Un fantasma" fue lo único que fue capaz de pensar, retiró el violín de su regazo y lo dejó encima del tocador. Giró lentamente sobre el taburete y se encontró con esos ojos dorados tan llenos de amor y de dolor a la vez, por primera vez a Kagome le dolió verlo en ese estado.

―Inuyasha – abrió los ojos y se levantó de su asiento ― ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Cómo entraste? – De pronto lo recorrió con la mirada, estaba empapado de pies a cabeza– ¡Estas empapado! – Dijo preocupada ― ¡¿Has venido a pie?!

―Respuesta a la pregunta uno y dos: Estoy aquí porque deseaba verte y he entrado por la ventana – respondió Inuyasha con una sonrisa – Respuesta tres: Si, he venido a pie por eso estoy empapado ya que he dejado el carruaje en el teatro a la disposición de mi familia.

― ¿Es que te has vuelto loco? Puedes pescar un resfriado – su semblante era de preocupación.

Esto le regresó el alma al cuerpo a Inuyasha, verla preocupada por él, en esos bellos ojos chocolates sólo había algo reflejado: Amor.

― ¿Te preocuparía si me enfermara, mon amour? – preguntó, acercándose a ella.

"Mucho, me moriría si te pasara algo" quería gritárselo, pero su orgullo envolvía su corazón.

Kagome asintió – Claro, no me gustaría que te diera una fiebre y terminaras en mi habitación desmayado. Mis padres pensarían lo peor.

Él esbozó una media sonrisa y dejó caer la cabeza hacia abajo, hasta que después alzó su mirada, recorriendo lentamente de pies a cabeza el cuerpo de Kagome, haciendo sentir a la joven desnuda ante su mirada.

Se acercó a ella, ella retrocedió.

― ¿A qué has venido? – preguntó pasando a un lado de él y llegar al otro lado de la habitación.

―Vine a verte – dijo él – Cuando tu madre mencionó que estabas indispuesta, no pude evitar preocuparme y saber cómo estabas. ¿Cómo estás?

―Pues estoy bien – ella asintió – Gracias por preocuparte, ahora puedes regresar por donde entraste – dijo señalando la ventana del balcón.

―Kagome…― susurró él lleno de amor, algo que hico que a ella le latiera el corazón y perdiera fuerza contra él.

―No pronuncies mi nombre de esa manera.

― ¿No te gusta? – preguntó, acercándose lentamente a ella.

Antes de que ella pudiera responder él ya la tenía entre sus brazos, estrechándola contra su cuerpo empapado.

―Suéltame…― ahora la que susurraba pero en tono de súplica era ella – Alguien podría entrar.

―Pues que entre quien quiera que sea – la miró intensamente – No pienso soltarte.

Él no podía dejar de mirar sus ojos chocolates. Así, bajo sus brazos y con ese camisón blanco que no dejaba nada a la imaginación, se veía tan inocente y frágil que no podía resistirse más. Deseaba probar sus labios aunque fuera una sola vez.

―Te quiero…―dijo, acercando sus labios a la curva de su cuello donde depositó un tierno beso – No he dejado de pensar en ti Kagome. Estas y vives en mi mente noche y día. ¿Qué puedo hacer para sacarte de ahí?

―Córtate la cabeza. Seguro así dejas de pensar en mí.

Él esbozó una sonrisa amarga.

―Sería más fácil si me arrancaras el corazón, así dejaría de sentir éste dolor que me hace caer en un vacío sin fin.

¿Dios, que era esto? ¿Otra declaración de amor como la de esta mañana? Sólo que en esta ocasión él se veía más sincero, angustiado y preocupado.

―Creo que esto no nos va a llevar a nada bueno – ella lo miró – Así que es mejor que te marches y no vuelvas.

―Sería muy fácil cruzar por ese balcón y olvidar que estuve aquí– él le colocó un dedo sobre sus labios –Pero sin embargo estoy aquí para que escuches lo que tengo que decirte y si después de esto no consigo mi objetivo, puedes dar por hecho que jamás me interpondré en tu camino.

Ella lo miró e Inuyasha espero a que tomara una decisión, después asintió y la llevó hasta la cama, donde la hizo tomar asiento. Inuyasha arrastró el taburete y lo puso a la altura de Kagome y tomó asiento.

―Tú dirás– Kagome se encogió de hombros, estaba tan nerviosa de lo que pudiera decirle ― ¿Qué es eso que deseas decirme?

―Hace años…― inició él – Asistí a un baile que ofrecieron unos condes. Debo confesar que al principio no deseaba ir, pero mi padre me obligó. Debo decir que estaba aburrido…

― ¿Eso es lo que tienes que decirme?– interrumpió ella.

―No hables y escucha – él la miró serio ― ¿Prosigo? – Preguntó y Kagome asintió – Te decía, no quería ir a ese baile pero mi padre me obligó. Pensaba que sería aburrido, con casamenteras persiguiéndome todo el tiempo, en ese momento aún era joven, tenía a lo mucho diecisiete o dieciocho años.

Kagome abrió los ojos al comprender que el baile era el que habían organizado sus padres. Lo miró a los ojos y él asintió.

―Estaba aburrido, había mujeres bellas, eso no puedo negarlo. Pero un destello blanco llamó mi atención esa noche, una pequeña corriendo por el pasillo de las habitaciones y se detenía en los barrotes de las escaleras para observar el baile.

Ella bajó la cabeza, no esperaba haber sido descubierta por él y mucho menos que se acordara de ello, para ella fue la primera y única vez que se había enamorado de alguien.

Un dedo se colocó debajo de su barbilla obligando a levantar su mirada para encontrarse con esos ojos dorados.

―Y supe que esa niña se iba a convertir en una auténtica belleza, que iba a tener a su alrededor muchos pretendientes. Pero yo sólo esperaba ser testigo de su crecimiento. Poco después ella patrió a Francia y regresó siendo toda una mujer, aunque nuestro encuentro no fue como yo lo había esperado. Tenía o tiene una afición muy extraña, resbalarse por la rendija de las escaleras.

Kagome dejó escapar una risa muy leve.

―No puedo creer que me vieras aquella noche – dijo apenada, llevándose las manos a la cara para ocultar su vergüenza.

―No fuiste la única que te observó aquella noche, pequeña – Apartó las manos de la joven de su rostro y le pellizcó la nariz –O cuando te deslizaste por las escaleras aquella mañana, creí que te ibas a romper algo si te caías. Dime ¿Siempre tienes esa costumbre?

Ella agachó la cabeza y volvió a reír.

―Si – asintió, levantando su mirada para verlo – Desde que era pequeña. Mis tíos se la pasaban regañándome, una vez me rompí un brazo por ello. Tía Marian no dejó de llamarme la atención durante un largo periodo.

Se puso sería de repente, regresando a su postura anterior.

― ¿A dónde quieres llegar con todo esto que me acabas de decir?

―Porque quiero que te des cuenta que llevo tiempo amándote – deslizó sus manos por el cabello de Kagome y luego las detuvo detrás de su nuca.

―Pero ya es tarde – sus ojos brillaban – Me voy a casar con otro – colocó sus manos en los brazos de Inuyasha para retirarlos.

―Aun no es tarde y te lo demostrare.

Dicho esto, la acercó a sus labios y reclamó su boca con ardiente deseo y pasión. Ella no hizo más que responder a ese beso, dejándose llevar por las miles de sensaciones que sentía. Él fue guiándola hasta que la hizo presa entre su cuerpo y la cama.

Primer intermedio las luces del teatro se encendieron y Kikyo abrió los ojos y aplaudió. Todos comenzaban a levantarse y salir a tomar aire fresco, pero ella prefirió esperar ahí.

Tras de ella las puertas del palco se abrieron y entró un hombrecillo enmascarado y disfrazado de duende. Le hizo una cordial reverencia y le entregó un sobre rojo, acto seguido salió por la puerta a toda velocidad.

Kikyo enarcó una ceja al ver el sobre, sin pensarlo dos veces, rompió el sello y sacó del interior de él una carta.

"Las estrellas se reflejan más en tus bellos ojos negros, tus labios rojos tientan incluso hasta el más casto de los hombres y tu cuerpo, él es centro de mi perdición.

Te espero a media noche, justo en la entrada que esta por detrás del teatro.

NO FALTES!

PD. Lleva un antifaz, yo sabré reconocerte.

Tu admirador más ferviente

ADR.

No necesitaba saber de qué color estaba su piel, pues automáticamente comenzaba a sentir mucho calor en el interior de ese palco. Esa nota estaba subida de tono, sabía quién se la mandó, conocía esas siglas.

―Antonio De la Rosa.

Escuchó a su hermano entrar junto con Lady Ayame, guardó la carta en el escote de su vestido por si su tía se le ocurría preguntar, no deseaba armar un escándalo y que a la pobre le diera un infarto. Pero antes de entrar, sintió que le tocaban el hombro, ella alzó la mirada y se encontró con ella.

―Hija, levántate, quiero presentarte a una persona.

Kikyo asintió y antes de hacerlo roló los ojos, seguramente era a un anciano al que le querían presentar ―se levantó ― un horrendo y pervertido anciano que buscaba a una joven como esposa ― giró sobre sus talones – un anci…― se quedó muda al ver a un hombre alto, vestido elegantemente, de cabello ¿plateado?, ojos azules y una sonrisa deslumbrante.

―Kikyo, te presento al duque de Canterville.

Él estiró su brazo y tomó la mano de la joven, donde depositó un beso – Encantado milady – después soltó a la joven y miró a la anciana – Pero prefiero que me digan, Sesshomaru.