20. OSCURIDAD


Al estirarse, casi gritó de dolor pues todos sus músculos estaban agarrotados y terriblemente doloridos. No pensaba que la cabalgata le afectaría tanto y ahora apenas podía moverse. Se acercó al borde de la cama con cuidado, se levantó y se frotó los glúteos.

Al ver que se había despertado, Yuka le trajo a Boruto. Una vez el bebé se hubo dormido de nuevo en la cuna, la chica aplicó un bálsamo sobre los músculos castigados y el trasero destrozado de su ama.

Luego la ayudó a arreglarse para la cena, tras seleccionar un vestido blanco. Hinata se puso el collar de perlas que le había regalado su esposo, que ahora llevaba muy a menudo, y se arregló el cabello con cintas rojas.

A pesar de su estado físico, estaba radiante y tentadora con el collar deslizándose entre sus senos, que sobresalían generosos por encima del escote.

La joven consiguió bajar las escaleras, despacio y con cuidado, y llegar hasta el salón. Menma se detuvo en mitad de la frase al verla entrar con paso vacilante, y Naruto se volvió rápidamente para saludarla con una sonrisa.

Pero su alegre semblante se ensombreció al ver que su esposa permanecía indecisa ante él y murmuraba una disculpa.

—Me temo que esta tarde me he excedido, Naruto —comentó Hinata.

Él se echó a reír expresando sus sinceras condolencias sin percatarse de la importancia de la afirmación. A medida que transcurría la velada, su decepción fue en aumento al ver los movimientos lentos y las muecas de dolor de su esposa.

Ésta se sentó en una silla y se removió incómoda hasta que Karui le trajo un almohadón. Después de haber permanecido sentada durante toda la cena, sus músculos se tensaron impidiéndole levantarse sola.

Naruto la cogió del brazo para ayudarla a ponerse de pie, y al hacerlo, la visión de las perlas entre los pechos sinuosos agravó su estado de abatimiento.

La noche todavía era joven cuando Naruto y Menma desviaron su atención hacia Hinata, que con evidente esfuerzo trataba de levantarse del sofá. Se volvió hacia su cuñado y se excusó:

—Menma, te pido disculpas pues me temo que no he sido una compañía muy agradable esta noche y te suplico que permitas que me retire.

Menma hizo una reverencia acompañada de un taconazo.

—Su belleza es siempre una compañía refrescante, señora —la halagó—, y lamento que deba marcharse ahora, pero me hago cargo. Hasta mañana entonces, dulce hermana.

Hinata asintió y alzó la mano hacia Naruto, rogando en silencio que la asistiera. Él sujetó su brazo firmemente para ayudarla a levantarse, luego la acompañó hasta el pie de la escalera.

Subieron un par de escalones, pero ante el sufrimiento de su esposa, la cogió en brazos y la llevó hasta el dormitorio. Ella colocó los bracos alrededor de su cuello, apoyando la cabeza en su torso con un suspiro.

Abajo, Yuka se dispuso a seguirlos para ayudar a su señora, pero su abuela le agarró el brazo.

—Déjalos solos, niña —le ordenó Karui sabiamente—. La señorita no necesita tu ayuda esta noche.

Naruto empujó la puerta del dormitorio con su mujer en brazos. La dejó suavemente en el borde de la cama y se arrodilló para quitarle las medias y las chinelas. Sus manos dudaron antes de continuar con las ligas de puntilla.

Tragó saliva y, temblando, tocó sus cálidos muslos para deslizar la liga por la pierna. Hinata se levantó y se volvió de espaldas a él, dejándolo indeciso con la liga en la mano.

—¿Puedes desabrocharme el vestido? —le rogó—. Al parecer Yuka no va a venir.

Naruto obedeció. Al caer el vestido al suelo, se agachó para recogerlo mientras ella se frotaba las nalgas doloridas.

—Me temo que he maltratado mis partes más delicadas —se lamentó—. Debería haber sido más precavida. Lo lamento de verdad.

Naruto también lo lamentó, pero en silencio. Fue en busca de un camisón donde los había encontrado la vez anterior y escogió uno. Se volvió para llevárselo, pero se detuvo a medio camino al ver el cuerpo joven y grácil de su esposa desnudo, iluminado por el resplandor dorado de las velas.

La contempló lenta y silenciosamente. El paño no había estropeado su figura ni deslucido su piel sedosa. De hecho, se encontraba ahora en la madurez plena. A Naruto se le secó la boca, las manos empezaron a temblarle, y sus sentidos se embriagaron de placer.

Volvió a tragar saliva y se acercó con el camisón sin poder evitar regalarse los ojos con ella. Cuando Hinata se agachó para ponerse el camisón, Naruto descubrió las señales moradas y los verdugones rojos que marcaban sus, por otro lado, perfectas nalgas.

Naruto exhaló un suspiro y se condenó mentalmente a mantener la castidad varias noches más.

Al oír el suspiro, Hinata acabó de atarse la cinta del camisón y se volvió hacia él rodeándole el cuello con los brazos.

—Te ruego que me perdones, querido —murmuró Hinata—. Parece que el sentido común no es una de mis virtudes. —Atrajo su cabeza hacia sí y depositó un fugaz beso en sus labios, luego se volvió y se dirigió hasta la gran cama.

Naruto hizo rechinar los dientes repitiéndose una y otra vez que no era propio de un caballero poseer a una mujer en ese estado, especialmente si se trataba de su propia esposa.

Sus mejores instintos ganaron la discusión en detrimento de su otro yo. Sopló las velas, luego se marchó a la sala de estar, donde se desprendió del abrigo y el chaleco. Se quedó mirando fijamente la pequeña cama con muy malos pensamientos.

Odiaba tener que pasar otra noche en ella y la maldijo en voz baja. Exasperado, agarró una toalla, salió de la habitación y corrió escaleras abajo. Al pasar por delante del estudio, Menma salió y lo detuvo señalando la toalla.

—¿Adonde demonios vas con eso? —inquinó con curiosidad.

—Voy a darme un baño al arroyo —respondió Naruto tajantemente.

—¡Pero si está helado! —le previno el hermano.

—¡Ya lo sé! —gruñó Naruto siguiendo su camino y oyendo a Menma desternillarse de risa a sus espiadas.


El día siguiente estuvo marcado por los preparativos del baile. Varios invitados, entre los que se encontraba Chiyo Gokyōdai, llegaron por la tarde.

Aunque el bálsamo de Karui había hecho maravillas, Hinata todavía estaba agarrotada y fue una anfitriona un tanto rígida en los modales y en el aspecto. Antes de irse a dormir, le dieron otra friega y, a la mañana siguiente, volvió a ser la joven alegre y brillante de siempre.

Pasó el día en medio de una actividad frenética asegurándose de que todos los preparativos necesarios estuvieran a punto.

Naruto había salido hacia Konohagakure muy temprano para atender unos asuntos de trabajo. Se habían efectuado los primeros envíos de madera y había recibido los primeros pagos, de modo que había algunas cuestiones financieras que requerían su atención.

La mañana transcurrió yendo de un extremo a otro de la ciudad atendiendo diferentes asuntos. A la hora del almuerzo se tomó un descanso. Iba de regreso a sus actividades cuando pasó por delante de una casa de costura y fue atropellado por una señorita Seki cargada de paquetes.

Al verlo, Sari se ruborizó, como era costumbre en ella cada vez que estaba delante de Naruto, e intentó ocultarlo mientras él le ayudaba a recoger las cosas del suelo. La joven iba engalanada y se creía irresistible.

Desde que había salido de su tímido caparazón y los hombres suspiraban por ella, la chica había desarrollado un exceso de confianza. Estaba tan encantada con los halagos expresados por sus admiradores, que no había caído en la cuenta de que sólo perseguían una cosa.

—Imagínese señor Namikaze, topar con usted cuando más necesitaba a un hombre fuerte y atractivo para que me ayudara — observó, pestañeando con coquetería y colocándose las gafas en su sitio. A pesar del maquillaje que llevaba su fealdad era evidente.

Naruto la saludó cortésmente llevándose una mano al sombrero y Sari empezó a apilar los paquetes sobre los brazos del desconcertado hombre, continuando con su charla.

—Estos paquetes son demasiado pesados para una pobre chica como yo. Ahora sígame y le enseñaré dónde está mi coche —dijo.

Naruto así lo hizo, mientras escuchaba educadamente su interminable parloteo.

—Estoy tan emocionada por el baile de esta noche —prosiguió ella—. Encargué que me hicieran un vestido precioso, pero me temo que cada vez que me lo pongo me ruborizo. Nunca había tenido uno tan atrevido. El diseñador asegura que me queda de maravilla. Sabe tanto acerca de trajes femeninos. Viene de Inglaterra y afirma que las mujeres más hermosas del mundo llevan sus creaciones. Pero nunca lo diría con lo extraño que es.

Me daría lástima si no fuera por la forma en que me mira. Sabe, esta mañana he tenido que pegarle en la mano y se quedó tan sorprendido que no me pude aguantar la risa. ¡Imagínese, un hombre como ése pensando que yo iba a corresponder a sus intenciones! —Se detuvo para dejar que pasara un carruaje y lo miró con timidez—. No es la clase de hombre que me gusta —apuntó Sari.

Naruto tosió, incómodo por la situación, mirando a un lado y a otro en busca de su coche.

—¿Sabe, señor Namikaze?, perdón, Naruto—rectificó ella nerviosa—, yo... tengo tantos pretendientes que he perdido la cuenta. —Alzó la vista hacia él—. Pero ninguno es lo que llamaría el amor de mi vida. Sólo hay un hombre que lo es, pero no suele visitarme.

—¿Está su coche por aquí? —inquirió Naruto, cada vez más nervioso.

—¿Me encuentra atractiva, Naruto? —preguntó ella de repente.

—Bueno... sí, sí, señorita Sari—mintió él amablemente. La joven rió, contuvo la respiración y lo miró otra vez.

—¿Tan atractiva como su esposa?

Naruto volvió a buscar el coche pensando en Hinata, delicada y encantadora, y se preguntó cómo Sari podía llegar a formular una pregunta como ésa.

—Oh, eso ha sido injusto por mi parte, ¿verdad? —se disculpó ella a voz en cuello—. Es natural que estando casado diga que su esposa es más hermosa, de lo contrario lo tildarían de sinvergüenza, ¿no?

—Creo que mi mujer es muy bella, señorita Sari—afirmó Naruto, intentando ocultar su fastidio.

—Oh sí, y lo es —repuso Sari rápidamente—. A mí también me han dicho que soy hermosa. Bueno, el otro día me lo dijo el señor Hoshigaki.

Naruto miró a Sari, sobresaltado. Sólo de oír aquel nombre se le erizó el cabello.

—¿El señor Hoshigaki es uno de sus pretendientes? —inquirió.

—Sí — Sari sonrió—. ¿ Lo conoce?

—Sí —musitó Naruto—. Lo conozco. —Dejó escapar un suspiro y añadió— : Dígame, señorita Sari, ¿qué dice su madre acerca de sus amigos?

Sari frunció el entrecejo, confusa.

—No dice nada —respondió—. Ignoro el motivo. Siempre ha deseado que tuviera pretendientes y ahora que los tengo, no se acerca ni a la sala de recibo cuando vienen.

—Quizá piensa que no son una buena compañía, señorita Sari — observó él.

Sari se echó a reír.

—Vaya, Naruto. Creo que está celoso—. Naruto, exasperado, exhaló un suspiro, pero cuando Sari se detuvo frente a un coche respiró aliviado.

Colocó los paquetes en el asiento y se volvió para despedirse, pero Sari se acercó a él para quitar una pelusa imaginaria de su abrigo tal como se lo había visto hacer a su esposa en la iglesia.

—Espero que me conceda un baile esta noche. Naruto —murmuró ella—. No me defraude.

—Pero señorita Sari, probablemente estará tan ocupada con tantos pretendientes que no me podré ni acercar a usted —repuso él, a la defensiva.

Al volverse para marcharse se encontró con un grupo de damas mirándolos embobadas. Se tocó el sombrero saludándolas y siguió su camino.


Naruto buscó su ropa en los armarios y cómodas del dormitorio principal lanzando ocasionales vistazos a Hinata, que sentada frente al espejo vestida con una enagua, dejaba que Yuka le arreglara el cabello en un elegante peinado con cintas turquesas enrolladas a sus lustrosos mechones.

Naruto sacó una caja que estaba escondida en el último cajón y la puso delante de su esposa.

—A mi madre le encantaban las joyas —afirmó con voz ronca, nervioso ante la visión de sus senos casi desnudos—. Me dejó una parte a mí y otra a Menma para nuestras esposas cuando nos casáramos. Esta es mi parte. Quizá encuentres algo que desees ponerte.

Naruto levantó la tapa y Hinata quedó boquiabierta ante la cantidad y variedad de joyas que había en ella.

—¡Oh, Naruto! —exclamó, admirada—, jamás soñé que llegaría a tener una de estas joyas, y ahora me obsequias con una cantidad enorme de ellas. ¿Qué puedo decir? Me mimas demasiado.

Él se echó a reír, depositó un beso en su hombro haciéndole cosquillas en la suave piel, y la miró en el espejo.

—¿Ya no soy un sinvergüenza, cielo? —le preguntó suavemente al oído.

Hinata sacudió la cabeza con una sensación placentera en el cuerpo.

—No, jamás amor mío —respondió.

Naruto la dejó acicalándose, más tranquilo. Se bañó y empezó a vestirse pensando en cómo se había ofuscado al besarla. Se enderezó el alzacuello y se puso el abrigo color azul zafiro sobre el chaleco blanco. Excepto por el abrigo de seda y los zapatos negros con hebilla dorada, iba completamente vestido de blanco, resaltando su piel bronceada sobre la luminosidad de la camisa.

Una vez ataviado, se contempló con ojo crítico en el espejo preguntándose si su esposa lo encontraría atractivo.

Cuando Hinata descendió por las escaleras, el movimiento de los largos pliegues de su vestido color turquesa formó un dibujo extraño al abrirse y cerrarse, y la envolvió el frufrú de la seda.

El traje se ceñía a su cuerpo esbelto y a sus largas piernas, y el corpiño presionaba su busto hasta casi rebasar sus límites. Cuando los hombres la vieron, contuvieron la respiración.

Naruto fue de los primeros en mostrar la peculiar reacción ante el vestido de su esposa. Hinata estaba mirando por la ventana cuando éste descendió por las escaleras silbando alegremente. Ella le echó un vistazo y admiró complacida su espléndida figura.

Al verla, Naruto se acercó a ella y jugueteó con uno de los pendientes de diamantes que pendían de su oreja. Era la única joya que llevaba.

—¿Estás nerviosa, cielo? —preguntó Naruto.

—Sólo un poco —respondió ella. Se volvió hacia él, y lo sorprendió admirando su escote, casi sin aliento. Consciente de que Sāra asistiría a la fiesta, se había puesto ese vestido para acaparar la atención de su esposo y no permitir que sus ojos deambularan por el cuerpo de la otra mujer.

Naruto tosió y recuperó finalmente el habla.

—Quizá deberías llevar algo menos atrevido —sugirió.

De algún lugar detrás de ellos, Menma apareció riendo y se colocó junto a su hermano. Hinata era muy consciente de que ambos hombres la contemplaban.

—Deja que lo lleve, Naruto —rogó Menma con una sonrisa—. Nunca dejas que los demás nos divirtamos. Claro, entiendo cómo te sientes. Si fuera mía, la tendría bajo llave. —Se volvió hacia su hermano y susurró a media -: Sabes que es infinitamente más bella que Sāra.

Hinata puso los brazos en jarra y, enfadada, dio una patada en el suelo.

Naruto palideció, convencido de que saldría disparada del vestido.

—¡Menma, si quieres arruinarme la velada vuelve a mencionar el nombre de esa mujer otra vez! —exclamó.

Menma se echó a reír apretando los hombros de su hermano—Vamos, Naruto. No seas tan estricto esta noche —le suplicó—. Deja que lo lleve. Está endemoniadamente hermosa. No le obligues a cambiarse y te prometo que intentaré no mirarla demasiado.

Naruto le lanzó una mirada llena de furia y empezó a decir algo, pero cambió de opinión y se volvió hacia su esposa.

—Ponte lo que desees —dijo. Menma se frotó las manos, riendo.

—Oh, creo que va a ser una gran fiesta. —Cogió la mano de Hinata y se la colocó sobre el brazo—. Vamos, dulce hermana, debo presumir de ti ante los invitados.

Hinata miró a Naruto por encima del hombro y sonrió, dejando que su cuñado se la llevara, pero aquél frunció el entrecejo mirando alrededor sin saber qué hacer. Al entrar en el salón, Hinata echó un vistazo atrás y vio que Naruto entraba en el estudio.

Poco después se reunió con ellos con una generosa copa de coñac.

Naruto permaneció en la puerta principal dando la bienvenida a los invitados, asegurándose de que todos los solteros pasaban rápidamente a manos de Menma, sin darles la mínima oportunidad de regocijarse con su esposa.

Sāra entró del brazo de un nuevo pretendiente, con una amplia sonrisa en el rostro. Antes de saludar a Hinata reparó brevemente en su escote, y su entusiasmo se apagó.

Su vestido de seda amarillo también poseía una abertura pronunciada y era ligeramente transparente, pero su aplomo se tambaleó al enfrentarse a la evidencia de que Hinata no necesitaba relleno alguno para henchir su vestido.

—Querida Hinata, estás encantadora esta noche —observó Sāra recuperándose del impacto—. La maternidad te ha sentado muy bien.

—Eres muy amable, Sāra —respondió Hinata—, pero estoy segura de que a tu lado debo de parecer muy poco atractiva. Llevas un vestido muy bonito.

Sāra esbozó una sonrisa entornando ligeramente los párpados y pasó una mano por su busto intentando llamar la atención sobre la transparencia del traje.

—Sí, ¿verdad? Yakushi lo diseñó especialmente para mí —informó—. Es bastante hábil con la aguja, ¿no crees?

Hinata sólo tuvo la oportunidad de contestarle con una sonrisa antes de que la mujer continuara.

—¿Te hicieron este vestido aquí, querida? —inquirió Sāra —. No te he visto nunca en las tiendas de Konohagakure. No me digas que Naruto se ha vuelto un tacaño desde que se ha casado contigo. Siempre fue muy generoso.

—Encargó que me lo hicieran en Londres —replicó Hinata crispada.

—Sí, claro —sonrió Sāra —. Debió ser en la misma tienda donde me compró varios trajes.

Hinata decidió ignorar los comentarios groseros de la mujer. Fue Naruto el que se irritó y enojado con su antigua prometida por no reconocer su matrimonio y no tratar a su esposa al menos con un respeto simbólico.

—-¿También te compraste esos pendientes en Londres? —la interrogó Sāra —. Por alguna razón me resultan conocidos.

—Eran de la madre de Naruto —contestó Hinata. Sāra se irguió.

—Sí, ahora los reconozco —respondió, y sin agregar palabra se alejó orgullosa.

Menma se echó a reír y se inclinó hacia el oído de Hinata.

—La has herido profundamente, Hinata —afirmó—. Ya había reivindicado como suyo todo lo que era de Naruto.

Unos minutos más tarde llegó el amigo de Menma que había llegado hace unos días de un viaje, Toneri Ōtsutsuki, era alto, su cabello era plateado y sus ojos eran azules, iba ataviado con la mejor seda de color gris rosáceo.

La chaqueta era violeta para acentuar el tono del resto y el alzacuello era tan alto que parecía tragarse su barbilla. Grandes volantes de encaje caían sobre su pecho y colgaban de sus muñecas cubriéndole las manos.

Se quitó el sombrero, haciendo caso omiso de su anfitrión, se aproximó a Hinata. Naruto musitó una presentación de forma atolondrada y lo instó a que continuara, pero, sin moverse de donde estaba, contestó

—Naruto, siempre he admirado tu buen gusto con los caballos, pero nunca soñé que podrías extenderlo a los reinos de la belleza femenina con tanto éxito, —Comentó volviéndose hacia Hinata con una sonrisa—. Su belleza hace que mi corazón se acelere y sus encantos me dejan sin habla.

El hombre se inclinó sobre su mano durante lo que a Naruto le pareció un tiempo excesivo. Su rostro enrojeció y apretó los puños. Cuando Toneri se enderezó, fue Menma quien lo agarró del brazo y lo empujó hacia el salón de baile donde no pudiera molestar.

Acababa de empezar una pieza cuando Naruto acompañó a su esposa al salón. Se habían formado dos líneas de alegres parejas, una de damas y otra de acompañantes. Hinata se encontró de pronto en medio del grupo.

Al oír los primeros compases de un minué, Naruto se inclinó frente a su esposa, que a su vez sonrió y le hizo una reverencia, e iniciaron el baile.

Durante toda la coreografía, Naruto lanzó constantes miradas voraces al busto de Hinata y, al finalizar, la apartó y se dirigió a ella en voz baja.

—Me estás arruinando la velada con este vestido —espetó—. Te ruego que seas más discreta—. Hinata le dirigió una mirada inocente.

—Naruto, el traje de Sāra es mucho más indecoroso, y no es el único.

—Me importa un comino lo que lleven las demás —le dijo entre dientes—. Es tu atuendo el que me preocupa. Estoy esperando que en cualquier momento salgas disparada de él... y eso me pone nervioso.

—Me siento segura luciéndolo —respondió Hinata con dulzura—. No tienes de qué preocuparte...

—Naruto, amigo... —los interrumpió Toneri, y se reunió con ellos—.¿Me permitirías bailar con tu encantadora esposa? No la alejaré de ti mucho tiempo.

Naruto se encontró acorralado y no tuvo más remedio que cedérsela y contemplar con tristeza cómo otro se la llevaba a la pista de baile.

Mientras bailaban, Hinata sintió cómo el hombre se regodeaba con ella y aprovechaba los pasos del minué para mirarle el busto cuando se inclinaba.

Cada vez que se cruzaban, él la agarraba con firmeza, devorándola con los ojos.

Una vez finalizada la pieza, y tal como había requerido Toneri momentos antes, la orquesta tocó los primeros compases de un vals. El joven atrajo hacia sí a una Hinata reticente para enseñarle los pasos.

—Es bastante sencillo, Hinata querida. Simplemente relájate y sígueme —le indicó.

A Hinata le resultaba imposible relajarse con los brazos de Toneri rodeándola con semejante familiaridad, y luchó con él para que mantuviera las manos quietas. Sabía que iba a enfurecer a Naruto. Cuando estaba a punto de excusarse para marcharse, echó un vistazo a su marido y lo vio en las garras de Sāra, que reía y se apoyaba contra él mostrándole el profundo escote.

Toneri no se apartó de ella y, consumida por los celos, Hinata se irguió perdiendo el ritmo y pisándolo. Inmediatamente se ruborizó.

—Oh, lo siento muchísimo señor Ōtsutsuki —se disculpó—. Me temo que soy demasiado torpe para este baile.

Toneri soltó una carcajada.

—Al revés, Hinata, eres muy grácil. Aunque debes relajarte más. — Le estrechó la cintura—. Ven, no te pongas nerviosa. No voy a morderte.

Hinata intentó seguirlo una vez más sin apartar los ojos de su marido y volvió a pisarlo.

Él se echó a reír.

—Quizá, si tomáramos un poco de vino... —comentó, observando el rostro compungido de la muchacha.

—Sí, tal vez —susurró ella mortificada, y dejó que Toneri la acompañara hasta la mesa de los refrigerios.

Fue un arrebato de celos lo que hizo que Hinata riera alegremente mientras giraba en brazos de Toneri al compás del siguiente vals.

Definitivamente, el champán no tenía nada que ver. Aprendió el baile rápidamente y, tras varias vueltas por la pista de baile, lo encontró de lo más entretenido.

Aunque no era el mejor bailarín del mundo, Toneri era persistente, y cuando Menma pidió que le concediera el próximo baile a Hinata después de varios valses, éste la dejó marchar casi con tanta reticencia como lo había hecho Naruto antes.

—Parece que has cautivado otro corazón, Hinata —comentó Menma con una sonrisa, mientras bailaban.

Escuchándole a medias, ella se encogió de hombros mientras buscaba con la mirada a Naruto por toda la sala. Lo descubrió con un grupo de hombres, sin Sāra; pero ¿dónde había estado cuando lo había buscado antes?

No había podido encontrarlo, y a Sāra tampoco, lo cual la había perturbado mucho. ¿Y si había encontrado irresistible el busto de Sāra y se la había llevado fuera para acariciarla fervientemente? Se mordió los labios al pensar en Naruto mostrándose cariñoso con ella y empezó a sentir un dolor sordo en el corazón.

—¿Que es lo que te preocupa, Hinata? —inquirió Menma—. No parece que te estés divirtiendo.

Hinata consiguió esbozar una sonrisa.

—Me temo que me ha mordido ese amigo tuyo, el monstruo verde — respondió la joven—. No consigo ignorar a Sāra como había creído.

—¿Así que lo amas? —preguntó sonriendo con un brillo en los ojos.

—Por supuesto —repuso Hinata—. ¿Qué te ha hecho pensar lo contrario?

Menma frunció la boca, divertido.

—Oh, no sé —contestó—. Una idea pasajera, supongo.

Cuando los últimos compases de la melodía se apagaron, Menma la llevó junto a Naruto. Éste le lanzó una mirada furiosa a su esposa mientras Menma se iba en busca de otra pareja. El tic nervioso apareció en su rostro.

—¿Has disfrutado aprendiendo a bailar? —inquirió con sarcasmo—. Estoy convencido de que has tenido el instructor más hábil. Yo no hubiera podido enseñarte ni la mitad de bien.

Hinata alzó el rostro.

—No estaba enterada de que supieras bailar el vals, Naruto — respondió con picardía aunque no se sentía de esa manera.

—Oh, ¿y habrías permitido que te enseñara si lo hubieras sabido? — Rió con ironía—. Claro que estar en los brazos de tu esposo no es tan excitante como dejar que te acaricie un extraño.

Hinata le contestó con un comentario mordaz acerca de Sāra y se quedó en silencio.

—Quizá te guste mostrarme lo que has aprendido. —Hizo un gesto a los músicos para que tocaran otro vals—. Vamos, permite que veamos lo que te ha enseñado.

La agarró del brazo no demasiado amablemente, y la condujo a la pista de baile donde los compases de un vals empezaban a sonar. Comenzaron a bailar despacio, hasta que lentamente el ritmo de la música calmó la tensión, y quedaron hechizados por los inolvidables acordes.

Entonces bailaron el uno para el otro, olvidándose de todo lo demás. Se deslizaron y giraron por todo el salón formando parte del fascinante estribillo. Hinata sólo era consciente del brazo de su marido alrededor de su cintura y de su atractivo rostro bronceado por encima de ella; él, de la suavidad de su cuerpo y de los profundos ojos grisáceos que tenía delante; y ambos, del fantástico ritmo que les llevaba por el salón como si fueran dos marionetas.

Al cabo de un rato se dieron cuenta de que en la sala se había hecho el silencio. Estaban bailando solos. Se detuvieron y miraron alrededor como si acabaran de despertar de un sueño.

Los invitados, apartados de la pista, los ovacionaron tras presenciar, sobrecogidos, su maravillosa exhibición.

Naruto se inclinó riendo mientras Hinata les dedicaba una reverencia agradeciendo la cortesía. Luego Naruto indicó a los músicos que tocaran otra pieza, tomó a Hinata entre sus brazos de nuevo e iniciaron el baile, esta vez acompañados por otras parejas.

Desde el lateral y con una copa de champán en la mano, Sāra lanzó una mirada llena de odio a Hinata.

Una vez restablecido el ritmo de la fiesta. Naruto y Hinata fueron en busca de un refrigerio. Ella aceptó la copa de champán que su esposo le ofrecía y vio cómo él pedía algo más fuerte. Luego, dieron una vuelta juntos, para conversar alegremente con sus invitados.

Al comenzar un rigodón, un anciano arrebató de los brazos de su esposo a Hinata. Esta fue pasando de mano en mano hasta que Toneri, ahora muy alegre, se hizo con ella de nuevo para practicar sus habilidades en la pista.

Naruto, sin embargo, bailó con muy pocas mujeres y pasó la mayor parte del tiempo bebiendo.

Hinata consiguió que sus ansiosos compañeros de baile le concedieran un descanso. Al salir de la pista, se encontró a Naruto contemplando el líquido ámbar de su vaso mientras Sāra, colgada de su cuello, intentaba consolarlo pues, según ella, su esposa lo ignoraba por completo bailando con otros hombres.

A Hinata se le alteró la sangre al ver cómo Sāra arqueaba una ceja mirándola burlonamente. Naruto alzó la vista hacia su mujer y consiguió ocultar su agonía tras una expresión sombría. La cogió del brazo muy furioso y se alejó en dirección al estudio. Cerró la puerta y la miró con una mueca de desprecio.

—Parece que te has divertido mucho —espetó—. A primera vista yo diría que te gusta que te toqueteen y te besuqueen.

Hinata se irguió y lanzó a su esposo una mirada llena de ira.

—¡Cómo te atreves! —exclamó—. ¡Cómo te atreves a decirme eso!

Naruto dejó el vaso sobre la mesa y avanzó hacia ella, pero Hinata, que permaneció inmóvil, enfrentándose a él, le espetó:

—Tu mente ebria te engaña. No he hecho más que ser una anfitriona amable y entretener a tus invitados mientras tú hacías de semental en celo cada vez que esa vaca pelirroja meneaba la cola y te mostraba sus ubres susurrándote cosas dulces al oído.

—¡Demonios! —exclamó Naruto—. ¡Arremetes contra mí cuando he tenido que estar toda la noche viendo cómo te tocaba y besuqueaba ese estúpido petimetre que se cree un hombre por acostarse con todas las ingenuas que se encuentra en su camino!

—Ingenua... ¡Vaya! —Sin encontrar palabras, Hinata se volvió, furiosa.

El whisky que Naruto había bebido lo estaba traicionando.

—De modo que no puedes mirarme. Sabes que lo que digo es cierto.—Se acercó a ella, cuyo perfume embriagador lo dejó tambaleando. Se volvió sintiendo lástima de sí mismo—. ¿Por qué me haces esto? — preguntó—. ¿Por qué te alejas de mí y buscas las caricias de otros? Espero en un exilio silencioso, deseando pero nunca tocando, y tú permites que ese estúpido presumido que apenas conoces consuele tu cuerpo con su proximidad.

El sentido común fue vencido por el creciente deseo y la agarró bruscamente desde atrás, aplastándole con una mano un pecho y deslizando la otra hacia su vientre, entre las caderas, besando con ansias su hombro.

Hinata jadeó, en parte por la rabia, en parte por la sorpresa ante el repentino arrebato de pasión de su esposo. Se volvió y lo apartó de sí con todas sus fuerzas tropezando hacia atrás y cayendo sobre el escritorio sin aliento. Su rostro estaba encendido de resentimiento por su grosero ardid.

Naruto, atónito ante la reacción de Hinata, se dirigió a ella casi suplicándole.

—¿Qué tienes en mi contra? Dios, dime por qué debo soportar esta vida monacal si luego me apartas de ti para estimular el apetito de otros.

—¡Estúpido! —exclamó Hinata—, ¡Loco estúpido! —Señaló la puerta con el dedo—. Crees que yo deseo, ¡Oh! —No pudo continuar, abatida por la frustración. Se precipitó hacia la puerta, pero antes de salir se volvió—. Vete —añadió en tono de desprecio—. Ve a buscar a tu compañera de cama para compartir con ella tu borrachera. Están hechos el uno para el otro.

Dicho esto se marchó a toda prisa, dejando a Naruto confuso y dolido. De camino al salón de baile, se detuvo para calmar su nerviosismo y recuperar la compostura. Menma estaba conversando con dos damas y, al ver la expresión de Hinata, comprendió que algo andaba mal.

Pidió que lo disculparan y fue en su busca.

—¿Qué ocurre, Hinata? —preguntó Menma—. Parece como si hubieras visto al mismísimo demonio.

—Sí, y tiene el aspecto de una fulana pelirroja —respondió Hinata con sorna—. ¿Cómo puede un hombre estar tan ciego?

Menma se echó a reír mirando hacia el estudio.

—Imagino que mi hermano ha sacado su parte más encantadora. Pero vamos, princesa, no estés triste esta noche.—Le tomó la mano—.¿Deseas beber algo?

Hinata asintió. Poco después se llevaba a los labios una copa de champán con manos temblorosas.

—Menma, siempre estás a mi lado cuando necesito a alguien que me consuele —murmuró cuando la bebida le había calmado un poco.

Menma se echó a reír.

—Sí, por aquí me llaman San Menma —bromeó. Hinata esbozó una sonrisa, animada por la broma de su cuñado, que la tomó de la mano y la condujo a un rincón apartado.

—Hay algunas cosas que debo explicarte acerca de Naruto — comentó Menma—. Quizá entonces puedas comprenderlo un poco mejor. Sabes, mi padre nunca soportó que otro hombre le pusiera las manos encima a mi madre, aunque fuera de forma inocente. Naruto se ha dado cuenta de que tiene el mismo problema y ahí es donde entras tú. Antes de conocerte, creía que podía controlar sus emociones y se sentía muy seguro de sí. Como no ha conocido el amor sincero, ahora se siente perdido y no sabe qué hacer con los sentimientos que tú le inspiras.

Aunque no lo creas, Hinata, es un hombre de convicciones fuertes y contigo él piensa que está traicionando esas viejas creencias. Has dejado su alma al descubierto y se siente un hombre completamente diferente a lo que él se había imaginado que era. Para un hombre de su edad es alarmante que una mujer pueda trastornar por completo su forma de pensar.

—¿Es eso lo que hago, Menma? —preguntó ella. Menma sonrió.

—Puedes apostar lo que quieras a que cuando Sāra bailaba con otro hombre. Naruto nunca la miró dos veces.

Antes de que pudiera continuar, Toneri se unió a ellos con un entusiasmo desbordante, aumentado por el abuso del alcohol.

—Eh, ustedes dos, están demasiado serios en una velada tan alegre—los reprendió—. Hinata, querida, arriba ese ánimo.

Toneri la miró de arriba abajo, deteniéndose por un instante en su busto.

—Y el doctor Ōtsutsuki le aconseja, para su estado, más ejercicio— bromeó—. Llegados a este punto, lo indicado es una vuelta por la pista de baile. —Le ofreció el brazo decorosamente con una sonrisa encantadora—. Me acompaña mi más querida señora Namikaze.

Con el rabillo del ojo, Hinata vio acercarse a Sāra, y como no deseaba ser de nuevo el blanco de sus celos, aceptó el ofrecimiento.

Al ver a Sāra, Menma comprendió la decisión de bailar de su cuñada. Ella se detuvo para observar a la pareja alejarse. Menma observó cómo entornaba los ojos y apretaba los labios al verlos bailar.

Era obvio que le disgustaba no ser el centro de atención y que hicieran caso omiso de ella mientras los hombres se peleaban para bailar con Hinata, hechizados por su belleza.

En la pista, Toneri intentaba besuquear a Hinata, que intentaba poner coto a sus efusiones. Menma observó la escena, preguntándose si debía interrumpirlos, luego echó una ojeada a la puerta y vio a Naruto, atónito, contemplando a su esposa en los brazos de su pretendiente.

Entonces comprendió que su hermano mayor estaba haciendo un verdadero esfuerzo por mantener la serenidad.

Sin esperar más, se dirigió hacia su cuñada, que alzó los ojos y, al ver que acudía en su auxilio, suspiró aliviada. Pero Toneri se mostró molesto por la interrupción.

—De verdad, Menma, viejo amigo, otra vez no —se quejó—. Es realmente un fastidio no poder acabar un solo baile con ella. Siempre nos interrumpen.

Con los brazos en jarras, Toneri observó, exasperado, cómo Menma se llevaba a su pareja dando vueltas por la pista. Cuando estaban cerca de las puertas que daban al jardín, Hinata miró suplicante a su cuñado.

—El aire fresco es muy tentador, Menma —comentó—. ¿Pensarías mal si te pidiese un paseo por el jardín? Me temo que estoy extenuada de tanto bailar.

Menma se echó a reír.

—Tus deseos son órdenes para mí, princesa.

Se encaminaron hacia la rosaleda y caminaron a paso ligero por el sendero que los alejaba de la mansión, pasando junto a un seto alto hasta un lugar donde el aroma dulce de las flores perfumaba el aire y las ramas de un roble añoso cubrían el cielo estrellado. Hinata se sentó en un banco de hierro forjado, bajo las ramas del árbol, y apartó sus faldas para invitar a su cuñado.

—Podría quedarme aquí fuera toda la noche —lo amenazó—. Definitivamente esto es mucho más tranquilo.

—Lo que necesitas, Hinata, es otra copa —sugirió Menma entre risas—, y creo que a mí también me gustaría una. ¿Estarás bien mientras voy a buscar más champán?

—Por supuesto —respondió Hinata divertida—. Ya soy una niña grande. No me da miedo la oscuridad.

—A estas alturas deberías saber, Hinata —dijo Menma con una sonrisa—, que las niñas grandes tienen más motivos para temer la oscuridad que las niñas pequeñas.

—Oh Menma, ahora que estaba empezando a creer en ti, tú también — bromeó Hinata.

—Cariño, si no fueras de Naruto —susurró con un brillo en los ojos—, ahora estarías mucho más ocupada de lo que lo estabas con Toneri.

Las carcajadas de Menma se fueron apagando a medida que su figura esbelta enmarcada en un frac negro se adentraba en la noche. Hinata esbozó una sonrisa y se recostó en el banco exhalando un suspiro, abriendo y cerrando despreocupadamente el abanico que colgaba de su muñeca.

Al oír unos ruidos en los arbustos, dejó el abanico preguntándose cuál podría ser el motivo por el que Menma regresara tan pronto. Alzó la vista y vio una sombra salir del seto. No era Menma, sino un hombre más bajo con un atuendo de un color más claro. Se aproximó y Hinata reconoció a Toneri. La joven se levantó de inmediato colocándose al otro lado del banco.

—Menma acaba de marcharse, señor Ōtsutsuki —dijo, nerviosa. Ōtsutsuki se echó a reír y la persiguió alrededor del banco.

—Y para qué querría yo verlo, mi amada Hinata, cuando está usted aquí y su visión me trastorna. No hay nadie que pueda interrumpir nuestro baile, así que a lo mejor desea que finalicemos nuestro vals ahora. Le juro que será la única manera de poder hacerlo.

—Gracias, pero no, señor Ōtsutsuki —repuso Hinata—. Me temo que estoy un poco cansada. —Retrocedió hasta el tronco del árbol al ver que Ōtsutsuki seguía avanzando hacia ella, y se apoyó contra él cuando la alcanzó y la rodeó con sus brazos.

—Entonces —comentó Toneri, jadeando en su oído—, quizá desea que no bailemos. —La besó en el cuello apoyándose contra su cuerpo mientras Hinata intentaba sacárselo de encima con todas sus fuerzas.

—¡Por favor señor Ōtsutsuki! —protestó Hinata, indignada—. Naruto se...

—No tiene por qué enterarse —susurró él besándole el hombro—. No se lo dirá, ¿verdad? Tiene tan mal genio.

Hinata intentó desasirse, empujándolo, pero sin conseguir disuadirlo.

—No luches, Hinata —susurró él—. Tengo que poseerte. No puedo evitarlo. Me vuelves loco.

—¡Suélteme! —exclamó Hinata—. Déjeme marchar o gritaré y mi marido lo matará.

—Chist —susurró Toneri —. No te resistas. —Cubrió la boca de la muchacha con sus besos desenfrenados y acarició su cuerpo intentando llegar hasta los senos suaves y tersos. Ella se retorció y chilló bajo los labios de su agresor, golpeándole en el pecho sin conseguir otra cosa más que acabar aprisionada bajo el peso del hombre.

De pronto, dos manos fuertes lo cogieron desde atrás y lo apartaron violentamente de ella. Con una expresión de ira terrible, Naruto lo lanzó contra los arbustos. Toneri intentó levantarse, aterrorizado, pero Naruto le dio una patada en el trasero, dejándolo despatarrado en medio de los matorrales.

Toneri consiguió ponerse de pie y salió huyendo con los faldones del chaqué ondeando tras él. Hinata se apoyó contra el árbol, observando con satisfacción la rápida huida de su agresor y esbozó una tímida sonrisa dirigida a su marido al volverse éste hacia ella. Pero cuando Naruto la apretó contra el tronco, la amable expresión desapareció de su rostro.

—Ese petimetre canijo y afectado ha tenido dificultades en sacarse los pantalones —espetó Naruto—, pero si lo recuerdas, querida, yo no tengo tales problemas.

Bajó la cabeza en picado hacia ella y la besó salvajemente separando sus labios para introducir la lengua.

La boca de la joven quedó totalmente cubierta de moretones por los besos apasionados y hambrientos de su esposo. Se había creído a salvo de la violación, pero ahora temía dirigirse hacia ese mismo destino de nuevo.

No tenía la fuerza necesaria para privar a Naruto de lo que deseaba y se merecía por derecho. Si con Toneri había permanecido impasible ante sus atenciones, ahora veía que con su esposo se mareaba agradablemente y se debilitaba en sus brazos, dejando que le acariciara los senos.

Las manos de Naruto se adentraron en el valle que los separaba y permanecieron en ese agradable lugar disfrutando del momento antes de deslizarse por debajo del vestido.

Hinata gimió y empezó a temblar mientras se preparaba para el arrebato de pasión que levantaría sus faldas y desharía su peinado. No sabía hasta dónde podían llegar el frenesí de Naruto ni sus ardientes caricias.

La excitación creció en su interior como nunca lo había hecho antes, llevándola hacia un extremo que ignoraba. Naruto susurró algo ininteligible mientras le besaba con fervor el cuello y los labios. El aroma cálido de su perfume avivó el fuego de su deseo.

Liberó del corpiño los sensuales senos y sus pálidas aureolas relucieron terriblemente tentadoras en la noche. Las cubrió de besos con avidez, su aliento encendido sobre la carne joven, y Hinata, extática, cerró los ojos apoyándose contra el árbol regocijándose con esta nueva experiencia.

La mano de Naruto se deslizó por el muslo hasta su nalga desnuda, y le separó las piernas introduciendo una rodilla entre ellas. La atrajo con fuerza hacia sí y susurró:

—Eres mía, Hinata. Únicamente yo te poseeré. Sólo yo saborearé los placeres de tu cuerpo. Y cuando chasquee los dedos vendrás a mí — susurró Naruto contra sus labios sintiendo el aliento cálido.

Pero ante el asombro de la muchacha, Naruto la soltó, se volvió y se alejó caminando airadamente, dejándola temblando, débil, hambrienta de sus besos y sus caricias. Hinata se estremeció frustrada, deseando que volviera, a punto de gritar su nombre. Pero de pronto, oyó que Menma la llamaba preocupado. Se volvió apresuradamente para cubrirse el pecho y arreglarse el vestido.

Menma llegó con las copas medio vacías de champán, sus manos mojadas por la bebida derramada, mirando atrás por encima del hombro.

—¿Qué ha pasado aquí? —inquirió—. He visto a Toneri huyendo de aquí y ahora Naruto casi me tira al suelo. —La miró y vio que estaba despeinada—. Hinata, ¿estás bien? Dios mío, como Toneri... si alguno de los dos te ha hecho daño.

Hinata sacudió la cabeza, cogió la copa de champán con las dos manos para no derramar su contenido y la vació de un trago.

—Tenías razón, Menma —dijo con voz temblorosa—. Las niñas grandes tienen más motivos para temer la oscuridad.

—¿Te ha molestado Toneri? ¡Le retorceré el cuello a ese bastardo! — exclamó.

—Vino aquí —explicó ella casi sin aliento—, pero Naruto lo despachó rápidamente—. Menma soltó una carcajada.

—Eso ha tenido que ser digno de ver. Naruto estaba enloquecido al veros bailar juntos. Tendría que haberle retorcido el pescuezo a Sāra por arrinconarme en el salón de baile y hacerme perder la diversión. Seguro que sabía lo que estaba ocurriendo y no quería que interfiriera porque pensaba que Naruto te culparía a ti de todo. —La miró y le preguntó—: No ha sido así ¿no?

Hinata se echó a reír histérica encogiéndose de hombros.

—No tengo ni idea de lo que ha podido pensar—. Menma la contempló durante unos segundos.

—Hinata, ¿estás segura de que te encuentras bien? —inquirió preocupado—. No pareces tú.

—Oh, Menma —dijo con la voz empañada—. Ahora mismo no estoy segura de nada, y de lo que menos, de mí misma. Tengo que recobrar la serenidad. ¿Cómo puedo enfrentarme a nadie en estas condiciones? Creo que será mejor que me retire a mi habitación durante un rato.

Menma la tomó de la mano.

—Entonces vayámonos. Te llevaré de regreso.

—Por el salón de baile no —Hinata suplicó—. Me temo que llamaría demasiado la atención—. Él soltó una carcajada.

—Muy bien. Entraremos por la puerta principal.

Hinata dejó que la acompañara y al entrar se despidió de él. Con la esperanza de que nadie se fijara en su aspecto desaliñado, se apresuró a pasar por delante de la puerta abierta del estudio.

En él varios hombres se habían reunido y estaban conversando de buen humor, disfrutando del licor de su anfitrión. Reconoció de pronto la voz de su marido. Oyó su risa grave, la primera de la velada, y la réplica cordial a una broma. Su corazón se aceleró al pasar por delante de la estancia.

Naruto pudo ver desde donde se encontraba, a su esposa pasando apresuradamente por delante de la puerta. Se disculpó ante sus invitados con una sonrisa y se quedó fuera del estudio.

Contempló el ascenso veloz de Hinata, fumando tranquilamente un puro, con los ojos entornados a causa del humo, observando el balanceo grácil de sus caderas y el modo en que se le adhería el vestido al cuerpo.

Arriba, Hinata se detuvo indecisa, sintiendo que la miraban y se volvió para descubrir a Naruto observándola con una expresión indescifrable en su atractivo rostro. La joven se ruborizó al recordar lo que acababa de ocurrir entre los dos y, cuando estaba a punto de huir a su habitación, Yuka salió del cuarto de los niños tratando de calmar a Boruto.

Hinata lo cogió en brazos y antes de entrar en su habitación lanzó un último vistazo a su marido, que sacó su reloj y miró la hora.


GLOSARIO:

Petimetre Persona joven que se preocupa en exceso de su aspecto y de vestir según la moda.