Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Hay OOC
»20
Hinata exploró la multitud en busca de Neji. Llevaba cerca de dos horas en el baile de los Wilmington y él seguía sin aparecer. Se apoyó en una columna, con los brazos cruzados por delante, dando golpecitos con la punta del pie en la baldosa de mármol. Estrangularía personalmente a Karui si no le había hecho llegar la nota.
Un joven caballero, al que identificó como el hijo menor del conde de Whitstone, se le acercó sonriente. Hinata frunció el ceño y aceleró el ritmo de su golpeteo. Aquella noche no estaba de humor para charlas intrascendentes y, de momento, había tenido suerte.
—Buenas noches, lady Uzumaki —la saludó el joven.
—Buenas noches, señor.
—La estaba observando desde el otro lado del salón. He visto que lleva un rato sin bailar y he pensado que quizá sea porque aún no tiene su carnet de baile completo —le comentó esperanzado.
Hinata forzó una sonrisa.
—¡Ah! No, verá, me he torcido el tobillo dando un paseo por el parque esta mañana y me temo que no estoy en condiciones de bailar hoy —mintió con dulzura.
—¿En serio? No la he visto cojear —observó el joven Whitstone mirando con escepticismo el pie con el que golpeteaba el suelo.
Ella se miró el pie también y frunció el ceño. Tía Kurenai tenía razón: no era capaz de engañar a nadie aunque su vida dependiera de ello. Hasta aquel pequeño caballero lo sabía. Pero Naruto no, ¡maldita sea!
—Lady Uzumaki.
Hinata se volvió al oír la voz de Neji y se olvidó por completo del joven aristócrata. Hizo un leve aspaviento: su primo tenía un aspecto espantoso. Estaba demacrado y ojeroso. Miró inquieta al hijo del conde.
—Si me disculpa, señor... —murmuró, acercándose rápidamente a su primo y dejando a Whitstone boquiabierto con su perfecto caminar. —Temía que no hubieses recibido mi mensaje —le susurró.
Mirando disimuladamente alrededor, agarró a Neji por el brazo y se lo llevó a un rincón oscuro del salón al que se había trasladado una jardinera de plantas inmensas para dejar sitio a los bailarines.
—Necesito tiempo para pensar.
Hinata casi empujó a Neji tras una de las plantas gigantes y le plantó cara con los brazos en jarras. El la miró y luego bajó la vista al suelo, donde la ancló. Ella frunció el ceño. Lo encontraba muy abatido y sólo podía imaginar que fuera porque de algún modo sospechaba que lo habían descubierto.
—Neji, sé lo de las muñecas —empezó.
Neji levantó una mano y negó con la cabeza.—No sigas, pequeña...
—No, ¡no sigas tú! No has sido muy sincero conmigo, Neji. Todo es mentira, ¿verdad? —quiso saber.
Su primo la sorprendió asintiendo con la cabeza, y eso la desarmó de inmediato. Se dejó caer contra la pared, con los brazos a los lados. En parte, había esperado que lo negara. Dios, ¿por qué iba a negarlo?
—Pero ¿por qué? —murmuró ella.
Neji se encogió de hombros y la miró con sus ojos perla.
—Me dejó sin nada, Hinata. Yo era el único familiar varón que le quedaba, y me pareció tremendamente injusto. Uzumaki es un hombre muy rico, no necesita tu dote y, en aquel momento, el plan no me pareció tan horrible.
Aquella confesión la dejó boquiabierta. Jamás se le había ocurrido que su querido primo pudiera hacerle algo así. Sencillamente no lo aceptaba. Este miró nervioso a la multitud y se ocultó un poco más tras las plantas.
—Debí habérselo dicho esta tarde. Ojalá... Su tristeza es tan evidente, prima. Creo que te ama de verdad.
Menuda broma. Una broma de mal gusto. Hinata recuperó el habla.—Naruto no me ama y temo que ya nunca lo hará, gracias a tu pequeña farsa. Sospechaba de ti desde el principio, ¡y yo, como una tonta, te defendí! —dijo al borde del llanto.
El joven asintió con tristeza.
—¿Cómo lo hiciste? Lo del testamento, quiero decir. ¿Y lo de los gemelos y la muñeca? ¿Cómo fue? —quiso saber ella.
Neji suspiró cansado y se metió las manos en los bolsillos.
—Strait —masculló. —Al parecer, por necesidad, aprendió a imitar la firma de tu padre hace años. Había ocasiones en que tu padre no estaba presente para firmar y autorizó a Strait a que firmara por él. Con el tiempo, el abogado llegó a hacerlo muy bien y, cuando se le presionó, firmó el documento falso a cambio de una parte del botín. Los gemelos los tenía Strait en su poder. Había querido enviártelos hacia tiempo, porque sabía que eran importantes para el capitán. Lo de la muñeca fue idea mía. Yo recordaba una que siempre llevabas encima de niña, y hace poco me topé con una muy similar.
—¿El señor Strait estaba implicado?
Él hizo una pausa.—No por su propia voluntad —suspiró.
La confesión de su primo la hizo pedazos. Por un instante, recordó al Neji de su infancia, riendo en las cubiertas del Dancing Maiden, mirándola con sus bonitos ojos perla. Aquel recuerdo le encogió el corazón; le costaba imaginarse a su querido primo tomando parte en semejante intriga. Una intriga que había destrozado su matrimonio.
—Me cuesta creerlo, Neji —le susurró con voz ronca. —¿Por qué no acudiste a mí? Te habría dado todo lo que tenia. —Se le escapó una lágrima que le rodó de prisa por la pálida mejilla.
Neji contempló abatido el rastro de aquella lágrima.
—Lo sé. Por eso he retirado mi demanda. Veía que podía destrozar tu matrimonio...
—¿Que podías? —espetó ella. —Has destrozado mi matrimonio antes de que tuviese ocasión de hacerlo funcionar. Jamás podré recuperar lo que he perdido, ya no. Lo sabes, ¿verdad? Sólo espero que te crea y no siga pensando que yo... —un sollozo le ahogó la voz—... ¡que yo le he hecho esto!
—Podemos ir a verlo ahora si quieres. Se lo contaré todo —dijo Neji solemne.
Hinata se lo quedó mirando, presa de una lucha entre su cabeza y su corazón. ¿Por qué la traicionaban todos los hombres de su vida?
—Ve tú. Cuéntaselo todo —espetó furiosa. —Si voy contigo, sospechará que estamos compinchados. Si te cree, lo sabré. De una forma u otra, lo sabré. Se apartó de la pared y se alejó de él, meneando la cabeza incrédula.
Con las manos metidas en los bolsillos, Neji miró a su prima, derrotada.—Hinata, pequeña, lo siento de verdad. No te imaginas cuánto —dijo en voz baja.
Ella se mordió el labio interior para evitar que un torrente de lágrimas brotara de su interior.
¡Cielos!, también ella lo sentía. Sentía que su padre no lo hubiese incluido en su testamento, que se hubiese visto obligado a tomar medidas tan extremas, que hubiera arruinado la vida casi perfecta que tenía con Naruto.
—Demasiado tarde —susurró y, dando media vuelta, se alejó, con el corazón roto por enésima vez.
También el de Neji estaba roto. Su prima tenía razón, su disculpa no valía nada y llegaba demasiado tarde. Había destruido su felicidad, y jamás había querido eso. Si pudiera volver atrás, lo haría. Si pudiera borrar aquel fatal encuentro casual con Zabuza Momochi en Calais, lo haría. Si pudiera deshacer lo que habían hecho ya para estafar a Uzumaki, lo haría de buen grado. No se había dado cuenta de lo mucho que el marqués la quería hasta que lo había visto aquella tarde. Su mirada era feroz, pero, cuando hablaba de Hinata, brillaba en sus ojos azules algo verdaderamente conmovedor. ¿De qué se extrañaba? También él podía haberla amado.
En los últimos días, la aversión de Neji por aquella inefable conspiración se había hecho tan notable que debería haber huido de ella, pero Zabuza lo había retenido por la fuerza, con amenazas. Al principio se había servido de las cinco mil libras que le adeudaba, si bien no era dinero lo que quería. Aunque había tardado en comprenderlo, el joven había descubierto al fin el odio increíble que aquel hombre sentía por Uzumaki. Lo que lo motivaba era el deseo de verlo arruinado, a cualquier precio. Neji ya no podría deshacer lo que había hecho, pero al menos podía impedir que Zabuza arruinara al aristócrata. Salió de su escondite detrás de las plantas y se dispuso a marcharse de allí, decidido a encontrar al marqués.
Se hallaba ya cerca de la puerta cuando una mano en el hombro lo detuvo.
—¿Ya te vas, Hyuga? —le preguntó Zabuza Momochi muy cordial.
—Se podría decir que sí.
—Esperaba verte esta tarde, amigo mío. ¿Qué te ha retenido? —inquirió ladino.
—No voy a seguir adelante, Zabuza —confeso Neji sin miramientos.
Los oscuros ojos del comerciante lo miraron severos.—¿Cómo dices? —preguntó con una sonrisa forzada de sus labios.
—Ya me ha oído, que no voy a seguir adelante con esto.
Zabuza rio con disimulo y, mirando a su alrededor, agarró a Neji por el brazo con todas sus fuerzas.—Debo de haberte entendido mal. No te queda más remedio que seguir adelante.
Neji sacudió el brazo para zafarse de Zabuza y salió fuera, lejos del atestado vestíbulo, este lo siguió.
—¿Ya has olvidado lo que me debes? —le susurró furioso a la espalda.
Él se encogió de hombros y se metió las manos en los bolsillos.—No, no lo he olvidado. Entrégueme a las autoridades si quiere, pero no conseguirá que tome parte en esto.
—¿Qué pasa, Neji? ¿Tu preciosa primita ya no quiere calentarte la cama? —se mofó.
Neji se volvió de repente y lo estampó contra el muro de ladrillo, ignorando las miradas sobresaltadas de los invitados que llegaban al domicilio de los Wilmington.
—Ni se le ocurra, Zabuza, o le partiré el condenado cuello —lo amenazó entre dientes.
El hombre se enderezó, luego se estiró el chaleco como si nada.—Eres un maldito imbécil, Neji —murmuró mientras se recolocaba los gemelos de la camisa.—¿Tienes idea de lo que he hecho por ti? Yo lo planifiqué, me aseguré de que conseguíamos lo que queríamos de Strait para que pudieras reclamar tu medio millón de libras. Me encargué de que no se interpusiera en nuestro camino...
—¿Qué? —exclamó Neji.
Zabuza puso los ojos en blanco.
—¿No se te había ocurrido que el honrado señor Strait podía contar lo que le había obligado a hacer si alguien le preguntaba? ¿Qué habría pasado entonces con tu reclamación? ¿Nunca lo habías pensado?
—¡Pensé que había aceptado hacerlo a cambio de una parte del botín!
—Pues pensaste mal. Por lo menos, era un hombre honrado —suspiró Zabuza con frialdad.
En aquel momento, Neji se sintió el mayor estúpido del mundo. No sólo había destruido a su prima, sino que había provocado la muerte de un hombre, aunque no hubiese apretado el gatillo, y todo porque el capitán nunca le había perdonado su inmadurez, su falta de responsabilidad. ¡Qué paradójico resultaba todo aquello de pronto! ¡Hiashi tenía tanta razón...! No había más que ver lo que le había hecho a Hinata, a Uzumaki, a Strait.
—Me repugna —murmuró furioso, dirigiéndose a Zabuza, pero también a sí mismo.
Luego dio media vuelta con la intención de alejarse de ese individuo para siempre y encontrar a Uzumaki.
Zabuza entrecerró los ojos. Aquel bastardo de Neji estaba a punto de costarle su única oportunidad de arruinar al marqués. Volvió al vestíbulo, furibundo. Aquello no iba a quedar así. Ni hablar. Puede que Uzumaki hubiera sufrido un golpe de fortuna, pero él se lo iba a hacer pasar mal.
Hinata se encontraba cerca de las puertas del balcón, rechazando a una pareja de baile tras otra. Como de costumbre, era un torbellino de sentimientos contradictorios. Quería ir a casa, meterse en la cama e intentar olvidar todo aquel horrible asunto. Pero le daba miedo ir allí. ¿Y si Neji se encontraba en ella? No estaba segura de lo que haría Naruto cuando averiguara la verdad, pero no se le ocurría nada bueno. Además, tenía un problema de transporte. Hasta que lady Haruno quisiera irse, estaba atrapada. De modo que se quedó allí, sola e incómoda, rechazando a un caballero tras otro, pensando angustiada en Neji. ¡Ay, Dios, cuánto le dolía su traición! Le dolía casi tanto como la del capitán, casi tanto como la de Naruto.
—Buenas noches, lady Uzumaki.
Hinata miró a su derecha y forzó una sonrisa.—Señor Momochi, qué placer —dijo educadamente.
—No, señora, el placer es siempre mío. Discúlpeme, pero la veo muy cansada esta noche. Espero que sus náuseas de principios de semana no fuesen nada grave.
—Ah, no, estoy perfectamente, gracias. Supongo que me encuentro algo cansada. —Sonrió.
—¿En serio? —Los ojos oscuros de Zabuza le sostuvieron la mirada un buen rato, despertando una sensación olvidada que trató de pasar por alto.
—Lo cierto es que no he dormido demasiado bien últimamente. Creo que sufro algo de insomnio.
Zabuza arqueó una de sus finas cejas.—Vaya, cuánto lo lamento, ¿Le apetecería dar un paseo por los jardines?
Aquello le pareció muy buena idea. Si, un paseo por los jardines la alejaría del asfixiante salón y de las atenciones de una decena de dandis londinenses, y quizá la ayudara a aclarar sus ideas.
—Me encantaría —accedió, y sonriendo le tomó el brazo que le ofrecía.
Tras saludar a los Wilmington, Naruto se dirigió aprisa al salón de baile. Exploró rápidamente la estancia, pero no vio a su esposa. Dio media vuelta y se encaminó al gran salón, pensando que lady Haruno podía haberla convencido para que jugase una partida de loo, pero tampoco estaba allí. Ya volvía al salón de baile cuando divisó a sus dos amigos, Itachi y Gaara, sentados a una mesa en la biblioteca, hablando desenfadadamente delante de un vaso de coñac. A pesar de su angustia, sonrió para sus adentros y cambió de rumbo. Sin duda, todas las debutantes de la ciudad debían de estar buscando el modo de meter a los dos solteros más solicitados del país en un salón de baile atestado de gente, mientras los dos solteros en cuestión ponían el mismo empeño en evitarlo.
—Uzumaki, no esperábamos verte aquí esta noche —dijo Gaara, estirando sus largas piernas delante de sí.
Naruto tomó asiento a la mesa y aceptó el coñac que le ofrecía un criado.
—No tenía previsto venir —admitió, —pero hay algo de lo que me gustaría mucho hablar con mi esposa. —No pudo remediarlo; se dibujó en sus labios una leve sonrisa.
Itachi lo miró como si hubiese perdido el juicio; Gaara soltó una carcajada.
—Personalmente, voy a lamentar mucho que los Uzumaki decidan asistir juntos a las veladas —le susurró éste a Itachi en tono conspirador. —Me ha venido muy bien la disponibilidad de lady Uzumaki.
—Yo sólo espero que no haya altercados —se limitó a decir Itachi.
Naruto sonrió enigmático y bebió de su coñac—Que yo sepa, no los habrá, claro que, con lady Uzumaki, nunca se sabe.
—Hablando del rey de Roma, ¿no es ésa la causa de vuestra disputa? —preguntó Gaara en voz baja, señalando a la puerta.
Naruto miró por encima de su hombro, y su semblante se ensombreció de inmediato al ver a Neji Hyuga.
—¿Cómo demonios ha entrado aquí? —murmuró. Dejó la copa de coñac en la mesa y se levantó, mientras Neji, que ya lo había visto, se acercaba a él a toda prisa.
—¿Qué demonios hace aquí, Hyuga? —masculló Naruto. Neji miró nervioso a sus dos acompañantes, que lo estudiaron con desdén, luego alzó las manos con las palmas hacia afuera. —Escúcheme, Uzumaki, es lo único que pido.
—Ya estoy harto de oírlo, Hyuga. Como que se lo he dejado bien claro esa tarde.
—No habría venido hasta aquí sí no fuera porque me preocupa Hinata...
—Ella no es asunto suyo...
—Quizá no —lo interrumpió, —pero he pensado que querría saber que corre peligro en estos momentos.
Aquello hizo enmudecer a Naruto.—¿A qué se refiere?
—Tenía razón en cuanto a mí, Uzumaki. Mi propuesta es una estafa —susurró Neji, mirando por encima de su hombro.
Naruto no le quitaba ojo de encima, pero Gaara e Itachi se miraron alarmados. Los dos se incorporaron de repente y se inclinaron hacia adelante.
—¡Y que lo diga! ¡Menuda novedad! —se mofó Naruto.
—¿Quiere que se lo cuente o no? —inquirió Neji.
Naruto hizo una pausa para decidir, y, finalmente, le hizo una seña para que tomase asiento. El joven se sentó con cautela, rechazó con la cabeza el coñac que le ofrecía el criado y se agarró las rodillas con las manos, intentando serenarse. Luego respiró hondo y empezó a hablar. En un tono monótono y tranquilo, les relató una historia de proporciones fabulosas, protagonizada por el peor enemigo de Naruto, aderezada de falsificación, asesinato y el cambio de parecer de un sinvergüenza.
Su audiencia estaba completamente absorta en el relato. De cuando en cuando, alguno de ellos preguntaba algo y él respondía con calma. Dejó bien claro que Hinata nunca había sabido nada de su embuste y tan sólo había querido ayudarlo, ayudar a un primo al que tenía un cariño especial.
La entusiasta defensa de Neji no terminó de exonerar a su esposa ante Naruto, porque le había mentido, pero sirvió para cerrar casi por completo la herida que tenía abierta. Cuando terminó de hablar, Neji miró a Uzumaki.
—¿Por qué me cuenta esto ahora? —quiso saber Naruto.
—Hinata me ha descubierto. Me ha mandado una nota insistiéndome en que nos viéramos aquí y luego me ha obligado a confesar. Y, cuando iba a buscarlo, Uzumaki, me he encontrado con Zabuza. Le he dicho que no iba a seguir adelante con esto y se ha puesto furioso, supongo que ya se imagina cómo, así que he pensado que debía saber...
Naruto se levantó de inmediato
—¿Zabuza está aquí? —preguntó con una calma absoluta.
—Sí, anda por la casa.
De pronto, sin mediar palabra, salió de la biblioteca. Neji, Itachi y Gaara se miraron un segundo y lo siguieron.
Hinata siguió a Zabuza Momochi por el balcón, disfrutando del aire fresco. Este estaba muy callado.—El aire es muy refrescante, ¿no le parece?
—Supongo —respondió, de pronto muy seco.
Ella lo miró por el rabillo del ojo.
—Parece tenso, señor Momochi.
—Puede que lo esté —dijo él sin más. Hinata experimentó una leve sensación de alarma, que olvidó cuando él la miró y sonrió. —Claro que también puede que no. ¿Ha visto ya el laberinto de lady Wilmington? Al parecer, es el más espectacular de todo Londres.
—No, no lo he visto.
—Pues no debería perdérselo —le aseguró él, y se dispuso a bajar los escalones embaldosados para llevarla hasta allí.
—Pero, señor Momochi, si está oscuro —rio ella.
—Hay luz de sobra, se lo aseguro. Encienden antorchas en el interior por si alguien se pierde.
De camino a la entrada del laberinto, ella tuvo un mal presentimiento.—Creo que no deberíamos entrar. No me parece decoroso —rio nerviosa.
—¿Decoroso? ¿Desde cuándo le preocupa el decoro, lady Uzumaki? —le dijo con una sonrisa tan siniestra que se le puso la piel de gallina.
Hinata lo miró ceñuda, sin saber muy bien que había querido decir.—Tengo entendido que el laberinto está reservado a los amantes, señor Momochi, no a los paseantes esporádicos como nosotros.
—Yo lo considero perfecto para nosotros —murmuró él.
—¿Cómo dice?
—Estoy convencido de que me ha entendido perfectamente —dijo el muy cortante.
Estaban ya casi a la entrada del laberinto cuando él la cogió por el codo y se dirigió brioso al seto tirando de ella. Momentáneamente confundida, Hinata se sobrecogió, pero, por desgracia, ya era demasiado tarde. Trató de zafarse de él, pero el hombre la empujó hacia el estrecho paso abierto en el seto y entró tras ella, tapando la abertura con su cuerpo una vez dentro, la empujó hacia adelante.
Ella dio un traspiés, luego se volvió de golpe hacia él y empezó a caminar de espaldas, mirándolo atónita.
—Señor Momochi, ¿qué demonios le ocurre? ¡No quiero explorar el laberinto!
—Pero yo sí —dijo él despreocupado, acercándose a ella.
El miedo le recorrió el cuerpo entero. Zabuza la miraba muy serio y sus ojos oscuros se habían vuelto tan fríos que Hinata sintió un repentino escalofrío. El sobresalto de ella lo hizo sonreír; esbozó una sonrisa falsa y sarcástica.
—Si le he dado motivos para creer que mi amistad es algo más que simple amistad, lo siento de verdad. Soy una mujer casada, señor, y no me interesa en absoluto citarme con nadie en secreto.—Retrocedió y topó con el seto.
—Es usted una mujer incomparablemente hermosa, ¿lo sabía? —le dijo él con voz dulce mientras la examinaba con languidez, humedeciéndose el labio inferior con la lengua.
Ella levantó en seguida el brazo y lo extendió en un intento inútil de mantenerlo a raya.
—Le agradecería que se apartara, señor. Sus insinuaciones no me agradan —dijo muy seca.
Zabuza le dedicó una sonrisa lasciva.—Se resiste. Así es como me gusta, ma belle.
Cielo santo, aquel hombre se había comportado como un amigo ¿Cómo podía pretender lo que ella estaba interpretando?
—A mí no. Sé que me ha entendido —insistió ella.
—Me parece que usted no me ha entendido a mí —soltó una carcajada siniestra. —Vamos, lady Uzumaki, estoy seguro de que también disfrutaría con otro hombre que no fuese Uzumaki. Debería haber convencido a ese bastardo para que le entregara su dote y haberlo abandonado. No es lo bastante bueno para usted, ¿es que no lo ve? No entiende lo mucho que la degrada. No sabe amar a una mujer, al contrario que yo —murmuró con voz pastosa.
El cuerpo entero de Hinata reaccionó con violencia a aquellas palabras. No conocía nada ni a nadie más repugnante. Cerró los ojos un instante para contener un espasmo de miedo y desprecio y, cuando volvió a abrirlos al cabo de un segundo, lo tenía encima, la joven levantó las manos y le golpeó el pecho.
—Finge cuanto quieras cielo, que yo sé que a las mujeres como tú les gusta tener algo duro entre los muslos —le susurró con la respiración entrecortada.
Hinata le propinó un fuerte pisotón. Él se quedó de piedra y, entrecerrando los ojos le lanzó una mirada venenosa. Ella reculó, introduciéndose sin quererlo en la boca del lobo. Por Dios ¿qué estaba ocurriendo? ¿Se había vuelto loca toda Inglaterra? Tragó saliva para aliviar el pánico que amenazaba con paralizarla. Mientras él estudiaba su rostro con frialdad, ella no se movió. Apenas respiraba. Sólo rezaba. Con fervor.
En los labios de Zabuza se dibujó una sonrisa grotesca que la hizo temblar como una hoja. En su vida había visto una mirada semejante, pero sabía lo que significaba. No iba a tolerar que le pusiese una mano encima.
—Uzumaki ya no te querrá si te han deshonrado, ¿verdad? ¿Es eso lo que le preocupa a esa cabecita tuya?
No esperó una respuesta, con un solo brazo, la atrapó por la cintura y le tapó la boca con una mano. Luego la cogió en brazos como si pesara poco más que una pluma. Hinata se resistió inútilmente; Zabuza se limitó a reírse de sus esfuerzos
—Es natural que estés preocupada, querida. Uzumaki no volverá a tocarte si piensa que has sido mía. Y lo serás hasta el último rincón de tu delicioso cuerpo. —Se detuvo en un pequeño claro y, con una sonrisa lasciva, se pasó la lengua por los labios mientras la miraba. Como le tapaba la boca con la mano, Hinata apenas podía respirar. —¡Qué dilema para el marqués! Su preciosa esposa deshonrada por Zabuza Momochi. Claro que nunca tendrá la certeza de que no fuera consentido, ¿verdad? Me parece que le cuesta creerte. —Rio.
Hinata se resistió, furiosa; a Zabuza se le escapó la mano de su boca.
—Por favor, no lo haga —exclamó ella.
El hombre le respondió agarrándola del pelo y echándole la cabeza hacia atrás De algún modo, Hinata logró zafarse de él y, dando media vuelta, echó a correr. Pero él volvió a atraparla por la cintura y la estrechó contra su pecho y le desgarro el corpiño con tanta fuerza que le cortó la respiración.
—No te resistas, querida. Si lo haces, no disfrutarás —le susurró al oído. Histérica, Hinata gritó. Zabuza le puso fin tapándole la boca con la mano húmeda y obligándola a volverse para que lo mirara. —No vuelvas a gritar, zorra —le dijo furibundo, quitándole la mano de la boca. Para sustituirla por sus labios. Habría conseguido violarla si alguien no la hubiera arrebatado de sus brazos. Sin saber cómo, tuvo la sensación de que la echaban a un lado. Cayó de espaldas golpeándose con fuerza la rabadilla. Anonadada, tardó unos instantes en tomar conciencia de la pelea que estaba teniendo lugar en la hierba, delante de ella. Alguien la agarró con fuerza por los hombros y la puso en pie.
—¿Se encuentra bien? —Lord Gaara la miraba muy preocupado.
Ella asintió con la cabeza. Con un gesto de repugnancia, el duque se volvió de pronto hacia los dos hombres que se peleaban.
Hinata se obligó a mirar la pelea, y el corazón le dio un brinco. Naruto, furibundo, luchaba con Zabuza. Profirió un chillido ahogado cuando este le asestó un puñetazo en la mandíbula, que le echó la cabeza hacia atrás. Naruto se tambaleo y el comerciante se abalanzó sobre él preparado para golpearle. Sin embargo, su esposo logró esquivarlo y el puño de Zabuza se hundió en el seto.
De un salto, Naruto tiró a Zabuza al suelo y lo inmovilizó boca arriba. Luego le asestó un puñetazo en la cara, seguido inmediatamente de otro. Zabuza intentó levantar las manos, pero Naruto estaba decidido a matarlo a golpes. Fue el grito angustiado de Hinata lo que, filtrándose en su conciencia, hizo que se detuviese un segundo. Más que suficiente. Zabuza le propinó un golpe casi letal que lo hizo caer de bruces sobre su pecho. Antes de que Zabuza pudiese volver a atacar de repente, Itachi lo cogió por detrás y le sujetó los brazos a la espalda. Gaara agarró en seguida a Naruto e hizo lo mismo.
—Caballeros —dijo lord Gaara muy serio. —Este asunto puede resolverse al amanecer en un duelo.
Furioso, Naruto se zafó de Gaara y se llevó la mano a la mandíbula para comprobar si la tenia rota.—Encantado —espetó. —Considérate retado, Zabuza, si eres lo bastante hombre.
Este rio.—Estoy impaciente. Si hubiera luz suficiente, le propondría que pusiéramos fin a esto ahora mismo.
Hinata escuchó horrorizada aquella conversación.—¿Un duelo? —exclamó espantada. —¡Dios, no! —gimió.
Zabuza miró a Hinata y sonrió perverso.—Eso es, marquesa. Lo voy a matar. Debí haberlo hecho en Konohagakure Park, pero, por desgracia, en aquel momento, su esposa me pareció mejor blanco.
—¿Pistolas o espadas? —bramó Naruto mientras Itachi se interponía entre los dos.
—Espadas —espetó Zabuza.
Naruto asintió con la cabeza y se alejó de Gaara, con su mirada fija en Hinata. Sin mediar palabra, se dirigió a ella, se quitó la chaqueta y se la puso por los hombros. La gravedad de su semblante la hizo estremecerse. La apartó de Zabuza y, por primera vez, vio a Neji de pie a la entrada del pequeño claro, mirando furioso a aquél.
—Itachi, ¿quieres ser mi padrino? —le preguntó Naruto en voz baja. Este debió de asentir. —Hyuga, vaya por mi coche. La llevaré por el lateral de la casa. —Le pasó el brazo por los hombros, se la arrimó al costado y se dispuso a salir del laberinto, sin mirar atrás.
En el coche, los dos guardaron silencio mientras el vehículo avanzaba a toda velocidad en medio de la noche neblinosa hacia la mansión de Audley Street. Naruto dejó de mirar por la ventanilla para mirarla a ella, que, con las mejillas sonrosadas, contemplaba su corpiño desgarrado. Como detectando los ojos de él, Hinata alzó la mirada. Un intenso anhelo empañó sus ojos fugazmente, luego se esfumó cuando ella volvió a mirarle el regazo.
Naruto se sentía tan responsable... Debería haberla cuidado, haberla protegido, jamás debería haberla dejado salir de casa. Tenía constancia de que la vida de su esposa estaba en peligro, dato que había confirmado Zabuza al confesar que era Hinata el blanco de su disparo. No obstante, su estupidez al creerla cómplice de la intriga de Hyuga eclipsaba incluso aquello.
Cuando el coche llegó a la casa, Naruto bajó de un salto, cogió a su esposa por la cintura y, sin decir nada, la dejó en suelo. Ninguno de los dos dijo una palabra hasta que llegaron al vestíbulo.
—Acuéstate —le dijo él en voz baja, por miedo a que una frase más larga revelara su intensa tristeza.
Ella no rechistó. Subió corriendo la escalera y desapareció de su vista. Naruto giró sobre sus talones y se dirigió con paso firme a la biblioteca principal. No podía pensar en ella en aquel momento. Cuando hubiera matado a Zabuza, podría decidir cómo reparar el daño que se habían hecho.
Itachi y Gaara se reunieron con él para esperar el amanecer y, por más que lo intentó, no logró borrar a su esposa de su pensamiento. Poco antes de la hora en que se habían citado, se dirigió a la habitación de ella y abrió la puerta con la única intención de verla antes de reunirse con Zabuza.
Hinata se irguió sobresaltada. Obviamente no había dormido; envuelta en una bata de seda, se encontraba tumbada sobre la colcha. Naruto cruzó el umbral, sosteniendo en alto el candil.
Hinata echó las piernas por encima del borde de la cama y se agarró a él por ambos lados de las piernas.
—¿Hay algo que pueda decir para que no sigas adelante con esto? —le susurró ella desesperanzada.
Casi con miedo a hablar, el marqués negó con la cabeza y cruzó despacio la estancia. La miró, sus ojos se pasearon por su rostro, por sus pechos, asimilando hasta el último detalle de ella.
¡Cielos, qué bonita era! Viéndola allí sentada, con el pelo oscuro cayéndole por los hombros, sus ojos perla vivos y transparentes, se dio cuenta de que aquélla era una imagen que podría llevar consigo si moría. Bajó la vista a su abdomen y al hijo de los dos que llevaba en las entrañas. Ella inconscientemente, creyó él, se llevó la mano al vientre, protectora. Naruto se puso en cuclillas a su lado. Tenía tanto que decirle, tantas cosas, que no sabía por dónde empezar. ¿Le decía que lo sentía? ¿Que se había equivocado? ¿Le decía que la amaba? No quedaba mucho tiempo.
—Si no vuelvo...
—¡No! No digas eso, por favor, no lo digas —le suplicó, con un nudo en la garganta. Naruto le cogió la mano y la apretó para tranquilizarla.
—Hinata, escúchame bien. Itachi es el albacea de mi patrimonio. Hazle caso, haz lo que te diga. Y prométeme... —Se detuvo, incapaz de seguir adelante viéndola al borde del llanto. —Prométeme—le susurró con voz ronca, —que el bebé que llevas en tu vientre llevará mi nombre.
Hinata abrió mucho los ojos antes de doblarse de dolor. Una pena como jamás había conocido se apoderó de ella.—No... no estoy embarazada —le dijo entre sollozos. —Lo pensé, pero hace un rato lo comprobé, el periodo bajo.
Naruto cerró los ojos, la idea de que algo de él, quedara con ella se esfumo, y lamento que tal vez ahora estuviese embarazada si hubiesen seguido juntos, si no hubiese dejado que las dudas lo gobernaran.
—Vas a volver — ella prosiguió sollozando. —Sé que lo harás. Volverás.
Naruto no dijo nada. Sus ojos azules estaban ribeteados de rojo; ella no sabía si de fatiga o de emoción.
—Hinata...
La miró un buen rato, con el corazón en los ojos, y la besó. Aquella efímera caricia albergaba una eternidad de tristeza y esperanza que decía todo lo que no eran capaces de expresar.
Después, él se levantó despacio y se fue. Cuando oyó que se cerraba la puerta, Hinata enterró el rostro en la colcha y rezó como no había rezado en su vida.
Podría haberse quedado allí todo el día, de no haber sido porque alguien empezó a aporrear la puerta de su dormitorio. Se levantó de un salto y miró el reloj. Era demasiado temprano; no podía haber vuelto ya. Fue corriendo hasta la puerta y la abrió de golpe. Un Neji muy sombrío esperaba al otro lado.
—Vamos, vístete —le dijo.
—Neji, ¿qué demonios...?
—Vamos a ver cómo se bate en duelo por ti. ¡Vamos, no te entretengas! No tenemos mucho tiempo —espetó él.
Hinata no se lo pensó dos veces. Olvidando cualquier pretensión de recato, se enfundó en el primer vestido que encontró.
La carriola que el joven había alquilado recorrió a toda prisa las calles desiertas del Londres y cruzó el Támesis Cuando se aproximaban a los jardines privados de Tarkinton, a las afueras de la ciudad, donde Naruto iba a reunirse con Zabuza, Hinata pudo ver dos carruajes, un caballo y a un grupo de hombres allí reunidos. Se esforzó por distinguir a su esposo entre ellos y, al divisarlo, se llevó la mano a la boca para contener un chillido.
El duelo ya había comenzado.
Neji detuvo en seco el pequeño carro; Hinata ya estaba bajando de un salto.—¿Qué demonios haces tú aquí? —le bramó Itachi a Neji, que lo ignoró.
También Gaara estaba allí, con un caballero que llevaba una bolsa negra. Otro hombre, desconocido para ella, estaba allí solo, sin duda el padrino de Zabuza. Tras echar un vistazo por encima, Hinata clavó la vista en la lucha a espada y corrió al borde de la improvisada liza.
Naruto, era bastante bueno, pero Zabuza era mejor. Se estremeció cuando las afiladas armas chocaron y un clamor ensordecedor resonó por el pequeño jardín.
Zabuza le iba comiendo terreno a Naruto.
Pero a éste lo impulsaba una fuerza interior que el comerciante no podía calibrar. Recuperó su posición y, de pronto, atacó con vehemencia. Pilló por sorpresa a Zabuza, le pareció, porque retrocedió varios metros tambaleándose antes de recobrar el equilibrio. Entrecerrando sus ojos oscuros, imprimió velocidad a sus ataques Imperturbable, Naruto siguió haciendo progresos igualando con su propia espada la extraordinaria velocidad de Zabuza. Sorprendido, oyó la voz de Hinata gritarle. No podía ser, su mente debía de estar jugándole una mala pasada.
Ninguno de los dos hombres lograba robarle terreno al otro A Naruto le parecía que llevaban horas luchando; el brazo empezaba a arderle por el peso del arma. El sudor le caía por la frente y, en ocasiones le costaba ver a su enemigo. Zabuza parecía igual de agotado; ya había bajado dos veces la punta de su espada, ocasión que él había aprovechado para atacar, casi acertándole al corazón negro del individuo. Estaba convencido de que, si contaba con una nueva ocasión, lo derribaría.
Los combatientes habían formado un círculo de barro en el suelo por el que se movían, con un ataque frontal, Zabuza hizo que Naruto patinara hasta el borde de la liza. Detectó de pronto a los espectadores; estaban cerca. ¿Por qué demonios no se movían? Resbaló en el barro; logró evitar la caída, pero Zabuza lo tenía, sin duda, en sus manos. Volvió a atacar y, aquella vez, desarmó al marqués; la espada de Naruto salió disparada.
En un intento desesperado por salvar la vida, el marqués se echó hacia la derecha, recobró el equilibrio y atacó a Zabuza, cegado por su propio sudor, mientras el hombre atacaba a su vez. De pronto, algo azul le golpeó el pecho. Se tambaleó, atrapando el peso que le había caído encima, y alzó la vista justo a tiempo para ver la hoja de Zabuza elevándose por encima de su cabeza. En un instante completamente surrealista, los ojos de éste se abrieron mucho y se clavaron en Naruto.
Se balanceó un poco, agitando la espada precariamente por encima de su cabeza y luego se desplomó de costado. Detrás de él estaba Neji, respirando con dificultad, con la espada ensangrentada del noble en la mano, mirando fijamente el cuerpo sin vida del comerciante.
Naruto miró el peso azul que le había caído de la nada, y oyó un aullido agónico, de su propia garganta, al percatarse de que era Hinata el peso muerto que tenía en sus brazos. La dejó con cuidado en el suelo y vio que un reguero de sangre se propagaba de prisa por debajo de su pecho, por el costado y por el brazo Naruto se quedó anonadado; Hinata se había interpuesto en la trayectoria de la hoja de Zabuza. Le había salvado la vida.
Estrechó contra su pecho el cuerpo inmóvil de su esposa, la cabeza se le cayó hacia atrás y una mata de pelo oscuro cubrió el suelo. No parecía que respirase.
—¡Ay, Dios no, por favor! ¡No! —Naruto enterró su rostro en el cuello de ella; bajo sus labios percibió el débil pulso de Hinata. Notó que Itachi lo obligaba a soltarla y tumbarla en el suelo para que el médico pudiera verle las heridas En medio de la bruma de pánico que lo rodeaba, oyó a Gaara dar orden de que se retirase el cuerpo de Zabuza y gritarle a Neji que huyese en seguida.
—Es una herida muy profunda. Está perdiendo mucha sangre... hay que llevarla a la ciudad —señaló el médico.
Naruto se levantó de inmediato con el cuerpo desmadejado de Hinata pegado a su pecho, mirándole el rostro demacrado.
—¡Vamos tenemos que irnos! —bramó Itachi.
Naruto asintió con la cabeza y empezó a avanzar a trompicones hacia el coche. El miedo lo atenazaba; y si ella no sobrevivía... ¡No quería ni pensarlo! ¡Dios cuánto la amaba! Cuánto la necesitaba.
—Hinata, mi vida, no te rindas —le susurró al pelo. —Te necesito, cariño. ¡Por favor, aguanta!
—Subió en seguida al coche, con su amigo detrás de él, y le gritó al cochero que volviera a la ciudad.
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Continuará...
