Todo ocurrió muy rápido.
Derek había vuelto a desmayarse, después de que Stiles hubiera clavado una de sus garras en la herida dejada por el puñal, ante la atenta mirada de Helena. Y como había ocurrido las últimas veces, apenas sus párpados se cerraron y su pulso se volvió mucho más relajado, la Alfa le abofeteó en la cara para que despertara enseguida.
Lo normal hasta ahora había sido que, una vez Derek estuviera de nuevo consciente, Helena le ordenaba a Stiles que continuara.
Pero esta vez no fue así.
Porque esta vez hubo algo que cambió los planes de Helena.
Tanto ella como su Beta lo oyeron a la vez.
El sonido de dos latidos acelerados, y el olor característico de los humanos. Ambos dieron media vuelta, justo en el momento en que los dos hombres de mediana edad entraban por la puerta que había a sus espaldas.
Al verse descubiertos, Deaton y Chris se arrodillaron ya con las pistolas dispuestas, apuntando a la cabeza de la mujer.
Pero dispararon con medio segundo de retraso.
Helena esquivó las balas con facilidad, y acabaron estrellándose contra la pared que había tras ella.
Deaton maldijo por lo bajo, y en un arrebato de rabia disparó hasta que acabó vaciando el cargador. Pero, de nuevo, cada una de los proyectiles fueron evitados por la mujer, quien se movió como si hubiera disparado a cámara lenta.
Al descubrir que se había quedado sin municiones, buscó a Chris con la mirada. El cazador, a su lado, le ordenó que se marchara y buscara ayuda. Pero apenas había dado un paso en dirección a la puerta, Helena ya estaba a su lado.
Acorralado entre la pared y la mujer, el veterinario miró con pavor al Alfa que, sin necesidad de estar transformada, imponía más que respeto.
Sobre todo cuando le sonrió como si se conocieran de toda la vida.
Con las garras ya fuera, Helena Lickson agarró al hombre de la chaqueta y le lanzó contra la pared más alejada, dejándole inconsciente en el acto. Chris Argent aprovechó que ella estaba ocupada, para disparar a la mujer. Y pese a que en el último momento Helena se movió, al menos consiguió alcanzarle en el brazo.
Soltando un aullido de dolor, Helena llegó a su lado en dos rápidas zancadas. Le arrebató la pistola de un manotazo, y con la otra mano le agarró del cuello, elevándole por encima de su cabeza como si no pesara nada.
Lentamente, acercó el arma a su nariz y olisqueó.
- ¿Qué es esto? – preguntó al cazador – No huele a acónito.
Chris no se dignó en responder, pero tampoco apartó la mirada de la mujer.
- Bien. Tendré que ser más sutil.
Sin ningún esfuerzo, arrastró al cazador hasta el lugar donde Deaton seguía inconsciente. Apenas un par de metros desde donde Stiles observaba la escena, completamente paralizado.
Al llegar junto al veterinario, se arrodilló junto a él y colocó una garra sobre su garganta.
- Dime de qué son las balas, o Beacon Hills se quedará sin veterinario – ante el silencio de Chris Argent, Helena empezó a clavar la uña en la carne del hombre, brotando enseguida la sangre.
- Está bien. Está bien – respondió en seguida, pero mirándola con odio - Es Lycium.
- Imposible – rugió el Alfa, mostrando sus ojos rojos - Hace décadas que se extinguió.
- Mis tatarabuelos decidieron guardar unas cuantas semillas, de la última vez que los Argent la tuvieron que usar – se permitió incluso sonreír, porque por muy locura que fuera hacerlo, no tenía ganas de dejar a aquella mujer con la última palabra – Si no recuerdo mal, no es vuestra planta favorita.
Helena respondió a Chris con otra sonrisa de su cosecha, si bien en su caso era mucho más tétrica que la del hombre.
- Y mira para lo que te ha servido.
Soltó entonces el agarre que tenía sobre la garganta del cazador, dejándole caer al suelo. A continuación, colocó un pie sobre el pecho del hombre, inmovilizándole sin esfuerzo, y le lanzó la pistola a Stiles.
Lo hizo justo en el momento en que el resto de la manada de Derek entraba en la estancia, llevando a rastras a sus propios Betas.
- Se acabó – gritó Scott, lanzando un rápido vistazo a todos los presentes e intuyendo lo que había ocurrido – Tenemos a tus Betas. Ríndete.
La mujer miró con curiosidad a los cuatro Betas que estaban atados y a los pies de la manada rival.
- ¿Por qué habría de rendirme?
- Es que no lo ves. Te has quedado sola.
- ¿Tú crees?
Señaló entonces a Stiles.
Stiles. Quien no había dicho una sola palabra desde que llegaron el resto de sus antiguos compañeros de manada, y que seguía sujetando la pistola que Helena le había entregado.
- Mátale.
La orden de Helena fue más que simple.
Y aun así, Stiles tardó en entenderla.
- ¿Qué?
- Ya me has oído. Acaba con él. El Lycium puede provocar la muerte inmediata de un Alfa si alcanza un órgano vital. Y en su estado, con un simple disparo en la cabeza, será suficiente.
- Pero pensé que…
- Acaso me estás cuestionando, Beta – amenazó con una voz terriblemente calmada, casi llena de curiosidad, pero que consiguió que Stiles empezara a temblar – Obedece a tu Alfa ahora mismo. MATA a Derek Hale.
El poder encerrado en la orden fue palpable por todos los presentes. Sintieron cómo se les ponía la piel de gallina con sólo oír aquella voz.
Pero en el caso de Stiles, sintió que salía desde su interior. Como si fuera su propio cuerpo el que le estaba ordenando que disparara a su compañero.
El chico no respondió. No sabía qué decir y, en el caso de que encontrara las palabras adecuadas, estaba seguro de que no le saldrían de la garganta a causa de lo seca que la tenía.
Así que se limitó a asentir para luego, muy lentamente, girar 180 grados y centrarse en el hombre que había frente a él.
Derek apenas estaba consciente. Pese a tener los ojos abiertos, la expresión de dolor y cansancio que mostraban, lograron que Stiles se asombrara de que no se hubiera desmayado de nuevo. En cuanto sus torturadores se distrajeron de él lo suficiente como para que pudiera abandonarse al puro agotamiento.
Al acercarse al hombre, por un instante Stiles temió que Derek fuera a decir algo. Que de nuevo tratara de hacerle entrar en razón, o le animara a intentar revelarse ante la orden de Helena. Era lo que había hecho cada una de las veces que habían estado a solas, durante las interminables sesiones de descargas eléctricas, golpes y dolor… Tanto físico como sobre todo psicológico.
Pero esta vez no lo hizo. Esta vez se limitó a mirarle en silencio.
En un principio Stiles supuso que era a causa del agotamiento. Que le había robado todas las fuerzas, incluso para hablar… Pero al ver la expresión de infinita tristeza que manaba de los claros ojos de Derek, supo que no era por eso. Que si no decía nada esta vez, era porque sabía que no serviría de nada.
Porque Derek ya se había resignado a morir.
Al verle acercarse con la pistola ya apuntando, Derek tuvo sentimientos encontrados. Por un lado, deseó que aquello fuera rápido, porque estaba más cansado de lo que recordara haber estado nunca, y sólo quería que acabara. Pero por otro lado, sabía que aquellos serían los últimos instantes en los que vería a Stiles, y sólo por ello le gustaría que durara todo lo posible… Aunque viniera acompañado de un dolor indescriptible.
Mientras terminaba de decidir qué era lo mejor, que fuera rápido o lento, se encontró con que tampoco sabía qué hacer en los últimos instantes de su vida.
En un principio se esforzó en abrir al máximo los ojos para atesorar cada detalle de aquel chico que le cambió literalmente la vida, y que también se la salvó en un millón de posibles maneras.
Pero mientras veía que Stiles inclinaba el arma para que el cañón apuntara su cabeza, entre ceja y ceja, se encontró con que no quería ver aquello. Porque aquel chico que le miraba con miedo, no era el chico del que se había enamorado. No era el mismo chico que le dijo que le quería.
Unas palabras que nunca antes había oído. Que durante mucho tiempo dio por hecho que jamás las oiría, y pensó que en el fondo era mejor así; pero que cada vez que salían de labios de Stiles, era como si volviera a nacer de lo feliz que le hacían sentirse.
Nada de eso había ahora en aquel rostro juvenil ni en aquellos ojos marrones, más oscuros de lo normal a causa de la falta de luz. Ahora sólo había seriedad. Con unos labios apretados en una mueca de la que no llegaba a identificar su significado, pero que en nada se parecía a la mueca de cachondeo que siempre solía tener, y que adoraba cada vez que la veía.
Y todo aquel cúmulo de detalles, tan opuestos a como era realmente Stiles, hizo que Derek tuviera ganas de vomitar.
Porque aquel chico no era Stiles.
No era la persona con la que deseaba compartir el resto de su vida, ni era el rostro que había anhelado fuera el primero que viera nada más despertar, así como el último antes de cerrar los ojos y dormir.
Una vez más, sintió una rabia infinita hacia Helena. La mujer que no sólo había destrozado su vida, sino también la de la persona más buena que había en el Universo. Pero visto que la rabia no iba a impedir que aquello ocurriera, al final optó por simplemente cerrar los ojos.
Porque, visto que iba a morir, quería irse de aquel mundo con una imagen agradable en la mente.
Derek dibujó en su cerebro la cara de Stiles la primera vez que el chico le dijo que estaba enamorado de él.
Por supuesto, no lo dijo como lo haría cualquier otra persona, con dudas y un poco de vergüenza.
Lo hizo sin realmente ser consciente de lo que había dicho, después de que su característica incontinencia verbal le llevara a pasar de hablar de lo injusto que era que fuera el único humano de la manada, a las ganas que tenía de estar con ellos cuando iban a hacer frente al enemigo de la semana, y de ahí a lo mucho que odiaba tener que esperar en casa a que Derek viniera, cuando lo que más quería era estar al lado del hombre del que estaba enamorado.
Y aquel día, cuando recapacitó lo que había dicho, sobre todo al extrañarle la cara de Derek (todo cejas alzadas y boca abierta de par en par) y fue consciente de lo que realmente había dicho… fue cuando se sonrojó y le sonrió de manera inocente pero lleno de esperanza.
Esa expresión era la que Derek tenía en su mente ahora mismo. Con la que quería abandonar su miserable existencia que, sólo cuando había empezado a mejorar, resultaba que también era el final de ella.
Porque Derek se negaba a permitir que los últimos instantes estuvieran llenos de rabia por el daño sufrido. De dolor por las pérdidas vividas. De culpabilidad por los errores cometidos.
Quería que todos aquellos sentimientos tan negativos y tan presentes en él durante gran parte de su vida, fueran sustituidos ahora por un inmenso sentimiento de amor. De gratitud y felicidad hacia el chico que, por un breve periodo de tiempo, le convirtió en el hombre más afortunado del mundo.
Cuando Stiles puso el dedo en el gatillo, Derek, con los ojos cerrados, estaba sonriendo.
Apenas cerró los ojos, oyó el grito de Scott, pidiéndole a Stiles que se detuviera.
Luego vino el sonido del disparo.
Un sonido atronador.
Y aunque no dejaba de ser la primera vez que le disparaban en la cabeza, Derek no pudo por menos que pensar que aquello era muy extraño. Sobre todo el hecho de que no sintiera ningún dolor.
Por otro lado, supuso que aquello era normal, pues no dejaba de estar muerto. Y se supone que cuando estás muerto, ya no sientes dolor.
Aunque, por otro lado, si efectivamente estaba muerto y no sentía dolor, lo que no tenía ningún sentido es que pudiera oír perfectamente su grito de dolor.
Un grito de dolor que no se parecía en nada a ninguno de los otros que había soltado en las últimas horas, agónicos y desgarradores.
En este caso, sin embargo, la diferencia con respecto a los gritos anteriores no se debía tanto a la intensidad o el volumen… como al tono del mismo.
Y es que aquel grito era, definitivamente, mucho más femenino de lo que habría imaginado.
- ¡Como has osado! – oyó entonces gritar a Helena.
Un grito que, para terminar de dar extrañeza a aquella situación, tenía más de agónico que de rabia.
Sin entender nada de lo que estaba ocurriendo, Derek se atrevió a abrir los ojos.
Y descubrió que Stiles no le había disparado a él.
Había disparado a Helena.
Una Helena que ahora estaba en el suelo, retorciéndose de dolor, con una herida de bala en pleno corazón, y con Chris y Deaton sujetándola con varias cuerdas impregnadas en acónito. Las mismas que seguían en torno a los tobillos y muñecas de los Betas de la mujer.
Pese a que aquel era un espectáculo tan fascinante como dantesco (el hecho de que Helena no estuviera ya muerta pese a tener alojada una bala en pleno corazón ya hablaba de lo poderosa que era), toda la atención de Derek se centró entonces en otro punto.
Un punto llamado Stiles. Quien, tirando la pistola al suelo, miró a Derek al descubrir que el Alfa tenía los ojos abiertos.
Y esta vez la expresión de Stiles era una que ya conocía.
Una que realmente había visto pocas veces, y que le rompía el corazón cada vez que lo hacía. Pero que no le dejó dudas de que aquel chico era su Stiles de siempre.
Porque Stiles le estaba mirando con los ojos llenos de lágrimas, unos labios temblorosos, y una expresión de dolor y culpabilidad infinita.
- Lo siento – musitó sin que apenas se le entendieran las palabras a causa de los sollozos que había empezado a soltar – Tenía que hacerlo.
Derek no entendía muy bien a qué se estaba refiriendo.
¿Sentía haberle torturado? ¿O por el contrario sentía haber disparado a Helena?
En el fondo, nada de eso importaba. Aun en el caso de que fuera lo segundo y que Stiles siguiera sintiéndose ligado a la mujer a la que acababa de disparar, lo único que importaba ahora era que estaba asustado y triste. Y que Derek tenía que tener sus brazos en torno a él ahora mismo.
- Stiles… - la voz sonó rota a causa de lo seca que tenía la garganta.
- No pensé que fueras a venir – sollozó el chico, dando un paso en su dirección, acortando la distancia que les separaba - Cuando apareciste, tuve que seguirle el juego. Porque sabía que si intentaba hacerle frente nos mataría a los dos. Me obligaría a mirar mientras te mataba, y luego acabaría con todos los demás.
- Stiles… - susurró de nuevo, pero esta vez con más insistencia, casi una orden. Porque lo que ahora Derek quería, lo que necesitaba, era que Stiles le desatara de una vez para poder abrazarle y no dejarle marchar nunca más.
- Sabía que vendrían los demás – siguió el chico. Pero afortunadamente, lo hizo al tiempo que daba otro paso más en su dirección – Así que esperé… - nuevas lágrimas se escaparon de sus ojos, impidiéndole ver durante unos segundos – Tenía que engañarla… Hacerla creer que ella me controlaba… Que seguía siendo mi Alfa y podía ordenarme lo que quisiera.
- Stiles…
- Y para ello también tenía que engañarte a ti. Porque sólo si tú creías que te había traicionado, ella también lo creería.
La última frase del chico concluyó con un sollozo tan agónico, que no sólo Derek sintió que se le ponían la piel de gallina. También le ocurrió a Deaton y sobre todo a Chris, quien al ver aquella especie de conversación, todas las dudas que había tenido en torno a la extraña relación entre el adolescente y el Alfa, se borraron de un plumazo.
- Stiles… - gimió entonces Derek, sintiendo cómo se le rompía el corazón al descubrir lo que había tenido que soportar – Desátame.
Pero Stiles no lo hizo. Por el contrario, dejó caer la cabeza sobre el pecho de Derek, logrando que las lágrimas empaparan su pecho desnudo.
- No quería hacerlo – sollozó, llevando ambas manos al pecho del hombre – Por favor, tienes que creerme, Derek. Jamás habría hecho algo así, si no pensara que había otra manera.
- Lo sé – musitó Derek, furioso por seguir atado y no abrazarle como se estaba muriendo por hacer. Pero no por ello negándose a darle el consuelo que se merecía.
Y porque no dejaba de ser la verdad.
Puede que cinco minutos antes, cuando estaba convencido de que iba a morir a manos del chico al que quería, no lo habría creído. Que, por el contrario, había maldecido tener que vivir cómo ese chico tan dulce y perfecto había sido transformado en una máquina de matar que se veía obligado a hacer daño a la gente por culpa de una mordedura.
Pero ahora que Stiles estaba allí, apoyado en él y suplicándole que le creyera, no tenía ninguna duda de que las palabras de Stiles eran ciertas.
- Perdóname… Por favor, perdóname.
La angustia de Stiles, suplicando perdón, llevó a Derek a guardar silencio e inclinar un poco la cabeza sobre el cuerpo del chico. Lo poco que le permitían las cadenas a las que seguía atado, pero lo suficiente para que Stiles notara que seguía allí con él y que necesitaba su contacto tanto como él el suyo.
De pronto, notó a alguien a su espalda. Reconoció el olor de Isaac y Scott, quienes le liberaron por fin de las cadenas.
Apenas estuvo libre, Derek abrazó con fuerza al chico que seguía temblando y sollozando. Lo hizo mientras sentía que sus piernas no eran capaces de soportar su peso y acababa arrodillado en el suelo, pero no soltando un instante el agarre de Stiles.
Quiso decirle un millón de cosas.
Repetirle que lo sabía. Que había hecho lo correcto y que no le culpaba. Que por el contrario, se sentía muy orgulloso de él por haber sido capaz de engañarles a todos para acabar con ella. Y aunque no tenía ni idea de cómo había podido escapar de la autoridad de su Alfa, lo importante es que lo había conseguido.
Eso era lo único importante.
Eso, y que de nuevo estaban juntos.
- Voy a vomitar con tanta cursilería.
Nadie se dignó en prestar atención a la mujer. Se comportaron como si realmente no la hubieran oído.
Pero la voz de Helena, sin embargo, le recordó a Derek que aún faltaba un pequeño detalle por resolver.
En cualquier otra ocasión, Derek se habría enfadado consigo mismo por permitir que sus emociones salieran a la luz estando rodeado de gente, e incluso de sus enemigos. Pero mientras se ponía en pie con esfuerzo, debiendo apoyarse en Stiles para mantenerse en equilibrio a causa del agotamiento, decidió que eso no era importante.
Que incluso se alegraba de que Helena fuera espectadora de la interacción entre los dos, y que por supuesto no iba a permitir que sus palabras de desprecio le cabrearan.
Puede que algo así hubiera ocurrido hace un año, cuando seguía siendo el Alfa solitario y lleno de remordimientos. Pero no ahora que era un nuevo Derek Hale. Alguien que tenía la increíble suerte de contar con una manada que le respetaba. Y de contar con un compañero que le quería tanto, que estaba dispuesto a torturarle sólo para salvarle la vida.
Una vez consiguió ponerse en pie por sus propios medios, miró a Stiles a los ojos. Y sólo cuando el chico asintió, indicándole que todo estaba bien, se acercó a la mujer que seguía flanqueada por los dos humanos.
La mujer miró a Stiles desde su precaria posición.
- Eres un Beta muy malo, ¿lo sabes? No puedes ir por ahí disparando a tu Alfa.
- Tú no eres mi Alfa – respondió Stiles con dureza y una seguridad no mostrada hasta entonces.
- Eso es lo que a ti te gustaría, querido. Pero en el fondo sabes que siempre habrá algo de mí en ti.
- Si fuera así, ¿cómo he podido desobedecer tu orden?
- Porque eres un bicho raro y no te he atado tan corto como debería haberlo hecho.
- O porque desde el principio sabía a quién debía llamar Alfa – explicó al tiempo que se desabrochaba la camisa de cuadros que llevaba, y mostraba bajo ella una camiseta verde oscuro y llena de manchas de sangre.
- Qué demonios se supone que significa eso.
Stiles no respondió.
Por el contrario, devolvió la atención a Derek, que en ese momento le miraba con los ojos empañados por las lágrimas. Lágrimas que, por primera vez desde que todo comenzó, eran de felicidad.
Porque ver aquella camiseta, vieja y sucia, era todo lo que el hombre necesitó para tener la confirmación de que, efectivamente, él siempre fue el Alfa de Stiles.
La misma camiseta de la que hasta entonces ni siquiera se había acordado, dando por hecho que Stiles la tiró a la basura aquel lejano día, después de que obligara a su "primo" Miguel a cambiarse de ropa, porque la suya estaba manchada de sangre.
Pero tenía sentido que no lo hubiera hecho. Y que si Derek guardaba como oro en paño la camiseta que Stiles le dio aquel día, el chico hubiera hecho lo mismo con la suya, usándola también como armadura para sentir cerca el aroma de su verdadero Alfa.
Y sólo así, sin que nadie más se diera cuenta, tuviera a su lado el ancla que le permitió interpretar el papel de sumiso Beta de Helena.
Derek asintió cuando consiguió tragar el nudo causado por la emoción, indicándole a Stiles que lo entendía todo. Y que creía cada una de sus palabras.
Precisamente por ello, no le costó nada proponerle a Stiles la idea que tenía en mente, después de haberle cogido de la mano.
- Si acabas con ella, tú serás el Alfa – Stiles abrió los ojos de par en par, dando un respingo ante la sugerencia del hombre – Serás más poderoso y tendrás tu propia manada.
- Pero…
- Está en tu derecho – le interrumpió sin alzar la voz un instante – Te lo has ganado al derrotarla – miró entonces a los otros Betas de Helena, que habían sido apresados por su manada y contemplaban la escena en silencio, sabiendo que nada dependía de ellos. Y aunque parte de su ser quería acabar con ellos porque ayudaron a Helena con su macabro plan de venganza, sabía que era ella su único enemigo.
Stiles siguió la mirada de Derek, y contempló en silencio a los otros Betas con los que había convivido los últimos días.
- ¿Qué les pasará a ellos?
- No voy a matarles – se apresuró a reconfortarle, pues no le había pasado desapercibido la mirada de preocupación dirigida a los Betas – Si lo desean, pueden volver a Philadelphia porque no fue su decisión atacarnos. Pero también pueden quedarse contigo como su nuevo Alfa.
- ¿Aquí?
- Aquí.
- ¿Es eso posible? Se supone que no puede haber más de una manada en la misma zona y…
- Me dan igual las reglas – le interrumpió alzando un poco la voz, pero para bajarla en seguida - Sólo sé que yo voy a estar donde tú estés.
De fondo, Derek captó los gruñidos de Helena, quien trataba de liberarse de las cuerdas. Pero tras varios intentos inútiles, sólo consiguió que Chris le diera una patada en el estómago, y volvió a quedarse quieta y en silencio.
- Si acabas tú con ella… - dijo entonces Stiles - ¿Ellos serían miembros de tu manada?
- ¿No quieres hacerlo tú?
- Ya te lo he dicho. Tú siempre serás mi Alfa. No me lo imagino de ninguna otra manera.
Derek asintió con una mezcla de tristeza, alegría y orgullo. Y aunque en el fondo aquello era una muestra de poder para él como Alfa, tampoco podía dejar de pensar que le estaba quitando aquel derecho a Stiles.
Pero recordó entonces que Stiles siempre había sido un chico con las ideas muy claras. Y que si decía que no quería ser el Alfa, era porque realmente NO quería ser el Alfa.
Tras asentir levemente, Derek observó a los Betas de Helena.
- Si es lo que desean, siempre serán bien recibidos.
La respuesta del hombre fue seguida por una expresión de sorpresa en los rostros de aquellos jóvenes lobos, aunque también había cierto alivio. Y cuando se miraron los unos a los otros, en silencio, parecía que tenían clara su respuesta.
Todos y cada uno de ellos asintieron al que sería su nuevo Alfa, inclinando levemente la cabeza en señal de respeto.
- ¡Traidores! ¡Cómo os atrevéis! – rugió Helena desde el suelo. Y como la otra vez, nadie se digno en hacerle caso. Por el contrario, ante un gesto de Derek; Erica y Boyd les desataron e incluso les dieron un par de palmaditas, dándoles la bienvenida a la manada.
Puede que aquello estuviera ocurriendo demasiado rápido. Que no dejaba de haber perdonado la vida a los mismos hombres lobo que hacía pocas horas le habían tenido preso y habían permitido que Helena le torturara físicamente a él, y psicológicamente a Stiles. Con lo que darles la bienvenida tan rápido, sin siquiera conocerles, iba más allá de la imprudencia.
Pero una cosa tenía clara. Y esa era que confiaba en Stiles con su propia vida. Y si Stiles confiaba en aquellos chicos, de seguro que él también lo iba a hacer.
Sobre todo cuando recordaba que habían estado a las órdenes de una fanática como Helena, obsesionada por cumplir la venganza de unos antepasados que ya no recordaba. Algo que conocía por el tiempo vivido con Peter como Alfa, por lo que sabía lo duro que era seguir a un Alfa al que ni siquiera entendías.
Una vez aclarada aquella parte, se centró por primera vez en Helena.
Seguía en el suelo, totalmente indefensa y con la sangre brotando de las dos heridas de bala. Sabía que era cuestión de minutos que el veneno acabara con su vida, por lo que debía darse prisa si quería ser él el encargado de hacerlo en su lugar.
Y de nuevo, mientras se acercaba a ella, con Stiles pegado a su lado, fue consciente de lo mucho que había cambiado él en las últimas semanas.
Porque acabar con una vida seguía siendo algo que no deseaba hacer. Que realmente le repugnaba.
Pero aquel rechazo a matar desaparecía cuando era Helena quien estaba frente a él.
Con ella, lo único que deseaba era infringirle dolor durante horas y sentir su sangre recorriendo su garganta.
- Por favor, por mí no te cortes – dijo con desdén la mujer, quien tenía las muñecas y tobillos en carne viva a causa del acónito de las cuerdas con las que estaba atada. Sin embargo, no parecía estar sufriendo, sino simplemente esperando a ver qué ocurría – Creo que la audiencia ya ha esperado bastante.
El cinismo y altanería de Helena se le antojó algo terriblemente triste a Derek. Porque por mucho que aquel fuera su enemigo y estaba claro que no quería mostrarse débil ante él, no dejaban de ser los últimos instantes de vida que le quedaban.
Y Derek habría esperado que utilizara esos momentos para pedir perdón por lo que había hecho. Por haber causado tanto daño a un chico inocente que no tenía culpa de nada, y que no se merecía nada de aquello sólo por ser el chico al que quería el último de los Hale.
Pero precisamente ese comportamiento tan poco humano y racional, tan animal y que era pura maldad, ayudaron a Derek a dar el último paso.
La última y única vez que mató a un Alfa, fue con las garras. Fue rápido y sin dolor, tanto para él como para Peter.
Esta vez no quería que fuera así.
Esta vez quería que ella sufriera. Que fuera consciente del dolor durante cada segundo.
Y él quería saborear cada instante. Dando rienda suelta a la rabia contenida durante tanto tiempo, y de paso utilizando aquel acto como cierre ante todo el sufrimiento vivido.
Arrodillándose a su lado, miró a la mujer fijamente.
- Podría haber sido totalmente distinto – dijo pese a que en el fondo sabía que nada haría que ella cambiara de opinión – No tenía ningún sentido continuar con esta guerra.
- Déjate de palabrería, Hale – escupió como si fuera un insulto – Si hace que te sientas mejor, ahora que eres amiguito de tus enemigos – dijo lanzando una nada discreta mirada a Chris Argent – bien por ti. Yo jamás podría vivir sabiendo que el hermano de la mujer que me utilizó para matar a mi familia, sigue respirando… Pero supongo que unos olvidan más pronto que otros – sonrió tétricamente – Cuando vuelvan a traicionarte tus humanos, te darás cuenta de lo estúpido que fuiste.
- Ese siempre ha sido vuestro problema – explicó con mirada triste – Pese a lo que ocurrió, jamás pensaré en ellos como humanos inferiores – le agarró entonces del pelo, justo detrás de la cabeza, para acercarla a su boca de la que ya salían sus colmillos de Alfa – En el fondo siento pena por ti.
Derek no le dio tiempo a responder esta vez. Sabía que lo que dijera no tendría ningún sentido, y que sólo lograría que se enfureciera aún más con alguien que no merecía seguir viviendo.
Sin pensar un segundo en lo que estaba a punto de hacer, tiró del pelo para dejar bien visible la pálida y delicada garganta de la mujer, y clavó sus dientes en ella.
El sabor metálico de la sangre llegó enseguida. Y el grito de dolor de la mujer fue tan salvaje que Derek sintió que le perforaba los tímpanos. Pero aun así no soltó su presa. Al contrario, clavó más los colmillos, sintiendo cómo desgarraba la piel, la carne y los tendones del cuello.
El grito de Helena se transformó entonces en un sonido desagradable, sanguinolento, cuando su boca comenzó a llenarse de sangre, ahogándose con ella.
Misma sangre que Derek sintió recorriendo su garganta, con su desagradable sabor metálico y caliente. Pero por muchas ganas que tuviese de apartarse de ella y dejar de sentir ese repugnante sabor, se obligó a no parar. A no hacerlo hasta que su corazón no hubiera dado el último latido.
Recordó entonces la noche en que todo comenzó. Cuando Stiles le llamó aterrorizado, suplicándole que fuera a rescatarle, sólo para minutos después ser consciente de que todo había cambiado. Que Stiles no volvería a ser ese humano en apariencia frágil, terriblemente inteligente y lleno de una vitalidad contagiosa. Porque aunque en el fondo siguiera siendo él, y por mucho que le había asegurado que él siempre sería su Beta, nada volvería a ser como antes.
La rabia, al ser consciente una vez más de que aquella mujer había osado cambiar la vida de Stiles sin que nadie se lo hubiera pedido, le ayudó a dejarse llevar por su instinto asesino. Clavándole las garras en el pecho y espalda, sintiendo en seguida cómo la sangre cubría sus manos, terminó de desgarrar la garganta de la mujer, notando como sus colmillos se juntaban y su boca se llenaba de sangre y cartílagos.
Pero no se separó de ella hasta que fue consciente de que su corazón había dejado de latir.
Cuando todo acabó, sacó las garras del cuerpo sin vida de Helena, y apartó sus colmillos de lo que quedaba de garganta. Y al hacerlo, la cabeza de la mujer calló por su propio peso, prácticamente decapitada.
Pero Derek no se molestó en contemplar el resultado de su obra.
Dando media vuelta en el sitio, aún de rodillas, escupió la sangre que seguía en su boca, y dio varias bocanadas de aire para intentar relajarse y recuperar el control.
Pero al hacerlo, el olor de la sangre llegó con fuerza, y las arcadas que había estado intentando controlar regresaron de golpe.
Sólo tuvo tiempo para poner una mano en el suelo y agachar la cabeza, antes de empezar a vomitar. Expulsó una mezcla de negro sangre y amarillo bilis tan desagradable, que el vómito se prolongó durante interminables segundos.
Entonces sintió una mano sobre su nuca, con unos cálidos dedos acariciando su cuello.
Stiles.
Podía olerle y sentirle. Y su presencia no desapareció hasta que no escupió una última vez, con la garganta ardiendo a causa de lo irritada que estaba.
Derek intentó ponerse en pie entonces.
Pero Stiles no lo permitió. En vez de ayudarle a levantarse, se puso de rodillas a su lado y colocó ambas manos en sendas mejillas.
El Alfa no tenía muy seguro de si quería mirarle. Ahora que todo había acabado, era consciente de la imagen que había dado al resto de los presentes: A su manada (incluyendo los cuatro miembros recientemente incorporados), al par de humanos que no terminaban de confiar en él, y a un compañero al que sólo quería asegurarle que nada malo le ocurriría.
Y cabía la posibilidad de que ninguno de ellos confiara ahora en él, tras verle arrancarle la cabeza a una mujer de aquella manera tan salvaje.
- Has hecho lo correcto – oyó la voz de Stiles, clara y firme.
Derek se atrevió entonces a mirarle a los ojos, y se encontró con esa sonrisa que había visto en él un millón de veces. Una cuyo único objetivo era darle ánimos, incluso en momentos tan desesperantes como aquellos.
Intentó decirle algo.
Decirle que no tenía razón. Que nada de aquello era correcto porque él no era un asesino. Que si lo había hecho era por la rabia, el odio y la frustración que sentía por saber que nada de lo que hiciera cambiaría el resultado final. Que no impediría que ocurriera lo que ya había ocurrido, y que lo había cambiado todo.
Pero apenas abrió la boca para hablar, lo que salió de sus labios fue un sollozo ahogado que provenía de lo más profundo de su corazón.
Por un instante, intentó controlarlo. Intentó guardarlo dentro de él, porque no quería que le vieran así, tan roto y frágil. Pero cuando sintió las manos de Stiles sobre su espalda, susurrándole que no pasaba nada, que estaba con él, que estaba muy orgulloso de él y que le quería; no se contuvo más.
Apoyando la cabeza en el hombro del chico y cerrando los ojos, se abrazó a él con desesperación al tiempo que lloraba como nunca antes lo hizo. Ni siquiera cuando un lejano día llegó a casa para encontrarse con que toda su familia había sido asesinada por su culpa. Porque aquel lejano día, ni siquiera tuvo la oportunidad de desahogarse. Porque la vergüenza a que Laura supiera lo que había hecho, era mayor que las ganas de expulsar aquel vacío que atenazó su cuerpo y su vida desde entonces.
Pero ahora era distinto. Ahora tenía a su lado a alguien que le entendía mejor que nadie. Que le entendía mejor que él mismo, y que le había prometido que estaría siempre a su lado.
Y Derek necesitaba creer las palabras de Stiles.
Y por eso lloró, durante minutos, sin importarle que el resto del mundo comprendiera que no era ese Alfa estúpido al que nadie más le importaba. Que en el fondo sólo era un chiquillo asustado que, después de tantos años, seguía viéndose obligado a luchar contra los demonios del pasado. Incluso, los demonios de un pasado que ni siquiera era el suyo.
A medida que el llanto de Derek fue bajando de intensidad, también lo fue haciendo la voz de Stiles, quien no paró de susurrarle en ningún momento. O eso fue lo que pensó en un principio Derek. Hasta que se dio cuenta de que no era tanto que Stiles estaba bajando el volumen, como que sus sentidos se iban apagando poco a poco.
Y aunque aquello no dejaba de ser algo malo, teniendo en cuenta que su cuerpo seguía sufriendo los achaques de las descargas eléctricas, del acónito de la puñalada, de las heridas de las garras y de la pérdida de sangre, Derek no se asustó. Sabía que estaba a salvo, pues estaba rodeado de su manada. Y sabía que, cuando se desmayara, su manada cuidaría de él.
- ¿Derek?
La voz de Stiles sonaba preocupada. Estaba claro que había oído el cambio de ritmo de su corazón, mucho más lento que antes.
El Alfa trató de tranquilizarle. Decirle que no se preocupara. Que simplemente estaba muy cansado y que quería dormir.
Al final no pudo hacer nada. Ni siquiera pudo abrir los ojos de lo pesados que sentía los párpados.
Lo último de lo que fue consciente, antes de desmayarse, fue de la presencia de toda su manada a su alrededor.
