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Es domingo, poco antes del almuerzo. Kyoko estaba conversando con Momose-san y sonreía, con los ojos brillantes y los pulgares de los puños casi tocando su boca, en un indicio claro de emoción apenas contenida. Probablemente —porque hoy la prensa no hablaba de otra cosa—, Momose-san le estuviera contando sobre su próximo papel en una superproducción en el extranjero.
Ren la observaba desde lejos y ladeaba la cabeza con cada nuevo gesto de Kyoko. Hoy ella lo había saludado, con esa distante cordialidad aprendida en el ryokan, neutra y que no comprometía a nada. Se sentía como si Kyoko hubiera extendido el brazo frente a él, robándole la confianza que tanto le había costado ganar. Él estaba seguro de que le había fallado de alguna manera, pero ¿cómo?, ¿en qué?
Quizás haya algo de eso, aunque Ren no sabría decirlo, porque, tristemente, Kyoko estaba demasiado acostumbrada a tragarse el dolor de las decepciones... Ella podía ser muy expresiva, hasta rayar en lo ridículo, cierto, sobre todo cuando las emociones la desbordaban, pero esta distancia fría, como un muro de hielo sólido entre los dos, no hacía más que alejarla de él.
Yashiro llegó y se colocó a su lado. Venía entretenido revisando algo en la agenda y no fue hasta que la cerró que advirtió dónde se dirigía su mirada. Con un suspiro, guardó la agenda en un bolsillo.
—¿Sigue igual? —preguntó. Y Ren no tuvo el coraje de fingir que no sabía de lo que estaba hablando.
—Sí.
—Deberías disculparte… —le aconsejó Yashiro, con la mejor de las intenciones.
—¿Por? —preguntó Ren, aún mirando a Kyoko.
—Algo habrás hecho, hombre —le respondió su mánager, volviendo el torso para mirarlo directamente con el ceño fruncido.
—No tengo ni idea —reconoció él.
—Ay, Ren, Ren… —dijo Yashiro, llevándose los dedos al puente de la nariz, notando la jaqueca incipiente. Pero luego alzó de repente la cabeza con brusquedad (eso tuvo que doler…) y con los ojos brillantes por la idea recién revelada, le dijo—: Deberías hablar con el pollo…
—Pero ¡qué dices, hombre! —exclamó Ren, ahora sí dándose la vuelta para mirarlo de frente.
Yashiro cerró los ojos y suspiró. La verdad, entre los dos idiotas, Kyoko-chan y Ren, no hacían más que sacarle canas de la preocupación. Definitivamente, no le pagaban lo suficiente…
—El pollo parece ser el único que te ha traído claridad e iluminación en momentos clave de tu vida —le explicó, como si Ren fuera un extraño y no una de las partes implicadas—, cuando parecía que nada podría sacarte de tu espiral de autocompasión.
—Yo no diría tanto… —comentó Ren, restándole importancia, más que nada por mantener intacto parte de su orgullo.
—¿Te atreves a negarlo? —le porfió Yashiro.
—Solo he visto al pollo dos veces en mi vida, Yukihito —le contestó Ren.
—Pues ya es una vez más que yo… —le soltó Yashiro, dejando caer los brazos a los costados—. Pero ese no es el punto. Escúchame bien: tienes que hablar con alguien imparcial, y que pueda darte una visión limpia de todo esto. —Ren enarcó una ceja, dudándolo mucho.
—Y según tú, ese sería el pollo…
—Ren, por favor, esto es muy serio —le reconvino, llevándose de nuevo los dedos de la mano al puente de la nariz—. Algún consejo útil sacarás… ¿Confías en el pollo? —La pregunta sonó en su cabeza, la de Ren, como una especie de ultimátum, y a su pesar, se encontró mirándose los pies, como un niño pillado en falta.
—Sí —reconoció de mala gana.
—Pues ya te estás tardando… —sentenció Yashiro.
Meiko agita las manos a tal velocidad que se convierten en un borrón veloz de dedos frente a su cara. Tras ellas, Kim ríe, con ojos de loco, y sigue amenazando con besarla si no se da prisa. Pero claro, evitar el supuesto beso no logra otra cosa más que retrasarlos todavía más, así que es como el pez que se muerde la cola. Por su parte, Kim encuentra muy divertido ver cómo la muchacha arruga el semblante, con los ojos cerrados a más no poder, dando manotazos bruscos y rápidos al aire para mantenerlo a él lejos y que no pueda profanar sus labios de doncella. Así que al final, Kim cruza los brazos, se apoya contra la pared y tan solo disfruta del espectáculo.
Y en algún momento, Meiko debió darse cuenta de que ya no estaba siendo 'amenazada' porque se detiene, con los ojos abiertos de par en par, y ante ella no hay más que el vacío, hasta que un "¿Me echabas de menos?" susurrado desde atrás justo en su oreja, le hace dar un brinco de altura considerable, y que arranca unas carcajadas estentóreas al reportero.
—Vamos, Jackson —le dice él, tomando su bolsa con las cámaras y echando a andar—. Hay trabajo que hacer. —A Meiko le sigue llegando su risa, alta y clara, mucho después de ya no verlo.
Meiko/Kyoko se lleva entonces una mano al pecho, tratando de sosegar su enloquecido corazón, y la otra mano cubre allí donde sintió su aliento recorrerle la piel. Sacude la cabeza, con fuerza, con demasiado brío, tratando de deshacerse de las emociones que un acto tan íntimo le hace sentir. Pequeñas estrellitas brillantes aparecen ante sus ojos, causándole un mareo y las manos se apoyan en la primera superficie que encuentran hasta que el vértigo pasa. Y, acto seguido, recuerda que él no la esperará si no se apresura. O la besará. O las dos cosas… Ah, cielos, tendrá que correr tras él.
Y allá va, efectivamente, Meiko, corriendo como las locas desgreñadas por los pasillos de The Most.
Afortunadamente, el exagerado maquillaje de Meiko disimuló un tanto los rubores reales de Mogami Kyoko.
Por supuesto, fue gracias a su eficiente mánager que Ren se encontró en los estudios TBM la noche en que se grababa Yappa Kimagure Rock, el programa en que trabajaba Bo. No es que le entusiasmara la idea de volver a molestar al pollo con los asuntos de su corazón, pero, de mala gana, tenía que darle la razón a Yukihito. Si ellos dos no sabían cómo arreglar lo que quiera que sucediera con Kyoko, quizás un tercero, un extraño, sí supiera… Así que por eso mismo estaba dando vueltas por los pasillos, bajo las miradas curiosas del personal (y algún susurro descarado), con la esperanza de hacerse el encontradizo con el pollo. Sí, sí, eso… Que parezca una casualidad…
Y quiso la diosa Fortuna (o la deidad a la que le competan estas cosas) que sus esfuerzos pasilliles tuvieran éxito. Alzó una mano para saludar y antes siquiera de decir nada, el pollo se detuvo y quedó petrificado en el sitio. El único indicio de movimiento era la cestita de huevos de mentira (dentro iban las preguntas del público a los invitados) que llevaba en la mano (bueno, el ala), y que se balanceaba con movimientos mecánicos, un tanto rígidos y robóticos… Ren se acercó a él, preocupado por su palidez (dejando al margen la cuestión de cómo puede tornarse pálido un pollo de peluche gigante), y antes de proferir palabra alguna, dicho pollo se le adelantó y le espetó:
—¿Problemas con la muchacha? —Ren se detuvo y se llevó la mano a la nuca, bastante incómodo, a la vez que trató de sonreír, aparentando inocencia, aunque sin demasiado éxito.
Kyoko (y no el pollo) sintió la ira convertirse en fuego en sus venas.
—¿Qué le hiciste? —le preguntó, afianzando su agarre al asa de la cestita.
—Nada —le respondió él, alzando las manos al frente, en ademán apaciguador—. Todo iba muy bien. Nos estábamos acercando más que nunca y de repente… —dejó la frase sin terminar, punteándola con un gesto vago de la mano.
—Algo le habrás hecho…
—¿Por qué todo el mundo me dice lo mismo? —preguntó él, poniendo los ojos en blanco.
—¿Qué hiciste? —insistió el pollo. Y debe decirse que por cierta solidaridad femenina, y habida cuenta de la cara oculta (y mentirosa) de Tsuruga Ren, Kyoko intuía que su caso y el de la muchacha elegida de su corazón, habían de ser similares por necesidad. Y eso la cabreaba todavía más…
—No lo sé —respondió él, cruzando los brazos sobre el pecho, a la defensiva.
—¿De veras? —preguntó el pollo, enarcando una ceja (de peluche).
—No, claro que no —aseguró Ren, y un leve ceño se dibujaba ya en su frente.
—Ya —dijo el pollo, y tan sencilla palabra sonó como un latigazo—. Eso dicen todos… —añadió, con un deje amargo y afilado, mirándolo de arriba abajo.
—¿¡Disculpa!? —exclamó Ren, ahora ya francamente molesto por el ataque pasivo-agresivo del pollo—. ¿Y a cuento de qué tú también estás enfadado conmigo?
—Mira, Tsuruga-san —dijo el pollo, muy despacito, llevándose el ala libre a los ojos. Luego inspiró y la dejó caer al costado—. Cuando una mujer se enfada, SIEMPRE hay un motivo. Más grande o más chiquito, pero siempre con razón —le explicó—. Otra cuestión muy distinta es que el hombre tenga ojos o sesera para verlo. —Y ya habiendo dicho lo que quería decir, se dio la vuelta para irse por donde había venido.
—¿Te vas? —preguntó Ren a su espalda, y había en su voz un pico de ansiedad que a Kyoko no le pasó desapercibido. El pollo se detuvo—. ¿Y ya está?
—Tsuruga-san… —dijo, aún sin mirarlo—. Te lo diré claramente —Ahora sí se dio la vuelta para decírselo a la cara—. ¿No estás cansado de que los demás te saquen las castañas del fuego? —le soltó, cual flecha envenenada. Y Ren acusó el impacto, porque se le mudó el semblante y dio un paso atrás—. Ya eres mayorcito, hombre. Sea lo que sea, es algo que debes resolver tú solo.
Y ahora sí, el pollo se fue, y allí dejó a Ren, viendo cómo el tipo/pollo en el que había puesto sus esperanzas también lo odiaba sin saber por qué.
Poco después, cuando Kyoko se quita la cabeza del pollo, tiene los dientes apretados, tanto que la mandíbula le duele, y en su pecho arde aún la llama de la cólera viva. Pero sus ojos están llenos de lágrimas que ella se niega ferozmente a derramar. Intenta someterlas, porque la ira siempre es mejor y sabe cómo manejarla…, porque ya ha llorado demasiado en esta vida…
No, no, no…, se repite. ¿Cómo podía hacerle esto? ¿Cómo podía venir precisamente a ella? ¿Cómo podía parecer tan desamparado? Como si realmente le importara a un hombre como él… A un mentiroso… A alguien que tenía tantas caras que no sabías cuál era la real… Quizás lo fueran todas, quizás no lo fuera ninguna… ¿Cuántas caras tenía? ¿Las conocía ya todas o guardaba alguna para terminar de romperle el corazón? Ella le había creído, aquella noche, cuando él le pidió que conociera al hombre real… Se había tragado entera esa pantomima, ese supuesto alarde de honestidad. Por completo. Tremenda imbécil.
¿Se había dado cuenta siquiera de que ella ya no buscaba su compañía? ¿Acaso la echaría de menos? No, claro que no. Pobre, pobre Kyoko… Porque los problemas con 'su novia' eran más importantes que decirle la verdad a aquella niña que conoció un verano hace una eternidad.
Hasta el pollo era más importante para Tsuruga Ren que ella.
Al final, e inevitablemente, las lágrimas caen.
