Capítulo 33. Rescate y confesión
Después de un momento, aquel movimiento cesó y Draco aterrizó de bruces sobre un suelo alfombrado, lastimándose de paso la mano herida.
Siseando de dolor, se puso de pie enseguida con la varita en ristre y escaneó lo que había a su alrededor. En efecto, se había aparecido en el rincón más alejado del cuarto donde tenían a Teddy: vio su cabecita todavía con brillante cabello rojo delante de él y eso le produjo un alivio enorme. Más aliviado se sintió cuando descubrió que Teddy estaba a solas: no había rastro de Enescu por ahí y la puerta estaba cerrada.
Se había aparecido a espaldas de Teddy, y Draco supuso que esa era una táctica del cuenco Ysbïwr para "sorprender al enemigo". Fue hasta el niño y se paró enfrente de él. Teddy, quien quizá no lo había escuchado llegar, abrió mucho los ojos y comenzó a llorar, abriendo la boca pero sin poder pronunciar palabra. De inmediato, su cabello volvió a ser de color azul.
Draco pudo notar lo lastimado que estaba por culpa de lo apretado de las cuerdas y sintió que la sangre le hervía en las venas.
—¡No te preocupes, voy a sacarte de aquí! —le susurró y lo tomó de las ataduras.
Miró hacia atrás del niño, preguntándose por qué los demás demoraban tanto en llegar. Apretó los labios mientas sopesaba sus alternativas y decidió que la seguridad de Teddy era mucho más importante que su venganza. Sin soltar a su sobrino, agitó su varita, buscando desaparecerse de regreso al rancho.
No obstante, no pasó nada. No pudo desaparecerse. Otro embrujo antidesaparición, seguramente.
—Maldito Enescu —masculló entre dientes. Tendría que improvisar.
Usó su varita para desatar a Teddy. Sólo podía desear que el embrujo que Enescu se había molestado en poner ahí (seguro para evitar que Teddy se desapareciera por accidente), sólo estuviese funcionando en ese cuarto y no en toda la casa. Quizá... si conseguía sacar a Teddy al corredor, ya podrían...
Acababa de aplicarle un finite para devolverle el habla, cuando el niño abrió mucho los ojos y gritó:
—¡Cuidado, tío!
Draco no había escuchado nada, pero se giró de inmediato hacia atrás y arrojó un impedimenta no verbal al mismo tiempo que se movía. Para su enorme satisfacción, le dio de lleno en el pecho a Enescu, quien acababa de abrir la puerta. El rumano salió lanzado hacia atrás y aterrizó de espaldas sobre el piso del corredor a un par de metros de la puerta abierta del cuarto.
A pesar del golpe, Enescu no parecía haber perdido el conocimiento. Draco lo escuchó gimotear de dolor y no pudo evitar sentir una emoción indescriptible ante la posibilidad de darle su merecido. Dio un paso hacia afuera del cuarto, y luego otro, apuntándole con la varita, repasando en su mente todas las maldiciones que había pensado usar en él.
Pero…
Negó con la cabeza. No, no podía perder el tiempo en eso, no podía exponer a su sobrino a ser testigo de un asesinato por más merecido que éste fuera.
Decidió que su venganza podía esperar un poco más. Ya se encargaría de buscarlo después y encontrarse con él a solas, sin testigos inocentes que pudieran salir traumatizados.
Soltó un resoplido de desdén y extendió su mano hacia Teddy sin girarse a ver al niño, pues no quería dejar de vigilar a Enescu.
—¡Ven, Teddy! Tenemos que buscar un sitio donde desaparecernos porque aquí no se pue...
Se vio interrumpido porque, de pronto, una puerta de lo que parecía ser un baño se abrió a su derecha. De ahí salió ni más ni menos que el famoso Manotas, quien pareció comprender en el acto lo que estaba sucediendo ahí. Con los ojos muy abiertos, Draco lo vio venírsele encima como si fuese un toro enfurecido embistiendo.
Apenas había levantado la varita hacia aquel matón, cuando éste lo tomó de los hombros y lo azotó contra la pared. El dolor que sintió en donde lo habían herido con la bala, inundó todo su cuerpo y le nubló los sentidos, dejándolo flojo y débil. Sin duda alguna ese hombre, aparte de enorme y fortachón, también estaba entrenado en algún arte marcial, pues comenzó a golpear a Draco bastante eficientemente, sin darle tregua, desorientándolo por completo y haciendo que la varita cayera de su mano.
—¡Tío! ¡No, tío, no! ¡Usted, deje a mi tío en paz!
Teddy intentó tirar de la chaqueta que traía puesta el Manotas, pero éste sólo tuvo que darle un manotazo (oh, ¿de ahí su apodo?, pudo pensar Draco) y lo mandó volando de regreso al cuarto. Draco aprovechó esos segundos de distracción para gritar:
—¡Accio varita! —Se asombró porque su instrumento mágico sí voló hacia su diestra. Era la primera vez que intentaba eso y no podía creer que hubiese funcionado; seguramente era fruto de su desesperación. Apenas estaba envolviendo la varita entre sus dedos cuando el mastodonte se le echó encima de nuevo. Con las pocas energías que le quedaban, Draco bramó—: ¡Desmaius!
Por suerte, le dio de lleno al Manotas justo cuando éste lo tomaba del cuello con una mano enorme y, con la otra, buscaba su muñeca derecha para hacerlo soltar la varita. No obstante, aunque Draco no erró el hechizo, el Manotas no se desmayó… Quizá fuera debido a su tamaño descomunal, pero aquel muggle sólo se quedó tambaleándose durante unos segundos frente a Draco, agitando la cabeza como para despejársela, pero sin soltarlo.
Draco le apuntó con la varita para repetir el hechizo, pero antes de que pudiera hacerlo, una descarga de energía mágica los golpeó a ambos, arrojándolos hacia el interior del cuarto de manera extremadamente violenta, arrancando un pedazo de la pared donde habían estado parados e incluso casi tumbando la puerta.
El muggle soltó a Draco y cada uno cayó por su lado. Draco se quedó unos pocos segundos así como se había desplomado, adolorido, sofocado y con los ojos y la boca llenos de polvo. Se dio cuenta de que la varita se le había caído otra vez y maldijo entre dientes. Cegado como se encontraba y confiando en que aquella explosión de magia no hubiese lastimado a Teddy, Draco abrió los dedos de su mano derecha e intentó un accio no verbal, sin resultado.
No podía creer que todo estuviese saliendo así de mal. ¿En dónde estaban los demás, por qué no llegaban?
La respuesta acudió a su mente al mismo tiempo en que, con mucho esfuerzo, se ponía a gatas y comenzaba a arrastrarse a ciegas, tanteando el piso lleno de escombros en búsqueda de su varita: seguramente el maleficio transportador del cuenco era para una sola persona y por eso los demás no habían podido seguirlo.
Joder, joder, en sus prisas no se les había ocurrido pensar siquiera en esa posibilidad.
—¡Teddy! —exclamó con voz ahogada. Desorientado, intentaba ver, pero el cuarto estaba inundado de una nube de polvo y aserrín.
—¡Tío! ¿Dónde estás? —respondió la vocecita del niño a pocos metros de donde estaba Draco—. ¡Tío!
Un maleficio le pasó rozando por la cabeza a Draco y éste se dejó caer al suelo.
—¡Sigue hablando, malnacido! —gritó Enescu—. ¡Sigue hablando para saber en donde encontrarte!
El rumano soltó una risa histérica conforme lanzaba más maldiciones que destruían el piso y los muebles que estaban cerca de Draco. Éste no quería ni pensar en el tipo de efecto que tendrían en él si es que conseguía darle.
Se arrastró pegado al piso y llegó hasta la cama. Para su buena suerte, el espacio entre el colchón y el suelo era suficiente para caber en él, así que se metió ahí. Demonios, demonios, ¿y ahora qué?
—¡Deja de disparar, rumano de mierda, yo también estoy aquí! —gritó el Manotas desde algún punto del cuarto.
—¡Jódete tú también, muggle hipócrita!
—¡No digas que no te lo advertí!
Comenzaron a escucharse disparos de arma muggle y a Draco se le congeló la sangre al pensar en Teddy ahí en medio de aquel fuego cruzado. Reptó más velozmente y salió por el otro lado de la cama, dándose cuenta de que los disparos del Manotas y las maldiciones de Enescu estaban provocando más polvo y destrucción que hacían que fuera imposible mirar con claridad.
—¡Teddy, Teddy! —llamaba, cada vez más desesperado y asustado.
—¡Tío, aquí estoy!
En medio de la polvareda y a ras del suelo, Draco y Teddy se encontraron cara a cara. Parecía que el niño se había escondido debajo del sillón donde Enescu solía sentarse a cuidarlo. Aliviado por verlo a salvo, Draco le aferró los brazos y trató de acercarlo a él.
—Teddy, escucha… Necesito que te escondas bajo la cama, yo debo encontrar mi varita para…
Un peso enorme le cayó encima, sacándole el aire y aplastándolo contra el suelo, impidiéndole moverse.
—¡Tío!
Draco luchó para no perder la consciencia a causa del dolor y la asfixia. Se dio cuenta de que lo que tenía encima era al Manotas en persona, quien, aun no completamente fuera de guardia, gemía de dolor mientras despachurraba a Draco con todo el peso de su enorme humanidad.
—¡Quítate de encima... muggle... idiota!
Un chorro de aire sopló encima de ellos y la nube de polvo se dispersó. Draco, como pudo, levantó la vista y vio a Enescu parado ante ellos con la varita en la mano, mirándolo como si por fin todos sus sueños se hubiesen vuelto realidad.
—¡RUMANO! ¿Qué pasa aquí? ¿Qué le hiciste a Manotas?
Todos los demás asesinos a sueldo habían entrado al cuarto y ahora estaban apuntando sus armas alternadamente entre Enescu y Draco.
—¡No me apunten a mí con eso! —bramó Enescu, amenazándolos con su varita—. ¡Yo no le hice nada al imbécil de su amigo, ¿qué no ven que fue Malfoy?!
El calvo miró la escena y pareció creerle. Ordenó a gritos:
—¡Saquen al gigantón de aquí!
Entre cuatro hombres arrastraron a Manotas para quitárselo de encima a Draco y sacarlo por la puerta. Entonces, todos apuntaron sus armas hacia él y Draco no tuvo más remedio que quedarse tirado sobre el suelo, esperando por una oportunidad de hacer algo.
—¿Cómo demonios llegó Malfoy hasta este cuarto? ¿No viene acompañado? —preguntó el calvo, tan asustado como enojado.
Enescu negó con la cabeza.
—No parece venir con nadie. ¿Cómo conseguiste aparecerte aquí, Malfoy? ¿Qué tipo de truco usaste?
Draco se le quedó viendo y le sonrió, burlón.
—Me acosté con tu madre y ella me dio la información.
El calvo y sus subordinados se rieron y Enescu se puso rojo de ira.
—Como quieras, Malfoy. Quizá nunca me entere de cómo hiciste para meterte hasta aquí, pero una cosa sí te digo: no vas a salir vivo. —Le echó un vistazo a Teddy, quien había reculado por el suelo para volver a esconderse debajo del sillón. Enescu hizo una mueca de pena fingida y dijo con voz dulcemente falsa—: Pobre Teddy que va a tener que presenciar como vamos a matar a su tiíto.
Agitó su varita hacia Teddy e hizo explotar el sillón en millones de pedazos. El niño gritó y se agazapó contra el suelo; Draco sofocó, a su vez, un alarido de impotencia mientras trataba de incorporarse, pero el calvo y sus cómplices le gritaron que se quedara quieto y le apuntaron más insistentemente con las armas.
Enescu volvió a agitar su varita y ejecutó una maldición que obligó a Teddy a acercarse a él. El rumano tomó al niño de su ropa y lo zarandeó. Teddy, con las lágrimas limpiándole la mugre de la cara, se retorció intentando escapar de su agarre.
—¡Suéltalo, maldito cobarde... te lo advierto!
—¡Cállate, Malfoy! ¡Estoy harto de escucharte hablar! ¿Por qué no te mueres ya? ¡Crucio mutatis!
Draco intentó cubrirse detrás del sillón destrozado, pero realmente no tuvo oportunidad. La maldición no falló y un dolor agónico y conocido le invadió todo el cuerpo, transportándolo a su adolescencia, a los días oscuros cuando había sido víctima del cruciatus a manos del Señor Tenebroso. Pero en esta ocasión iba a ser diferente, Draco lo sabía. Esa variante ejecutada por Enescu daba como resultado la tortura metamórfica, la cual lo haría retorcerse literalmente del dolor hasta morir.
Draco no quería gritar, no delante de Teddy, pero no pudo ahogar el alarido que brotó de lo más profundo de su garganta: expresión irreprimible de aquel terrorífico dolor. Abrió los ojos y, con horror, pudo ver cómo los huesos de sus manos y dedos comenzaron a moverse en su sitio, retorciéndose y dándose vueltas, apretando tendones, oprimiendo nervios y haciéndole sentir un dolor que no tenía comparación a nada que hubiese experimentado antes. Pronto, no fueron sólo los huesos de sus manos, sino los de todo su cuerpo. Dejó caer la cabeza sobre el piso lleno de polvo para que Teddy no pudiera ver su rostro en agonía, todo mientras gritaba y rogaba interiormente poder morir con rapidez para que todo aquello terminase de una vez.
—No tienen que gastar sus balas en él —comentó Enescu con voz siseante y malévola, mirando a Draco con los ojos llenos de satisfacción mientras éste no dejaba de temblar y de retorcerse en medio del dolor atroz de la tortura—. Este maleficio terminará matándolo en unos cuantos minutos. ¿No les encanta ver cómo sufre?
Draco gritaba de dolor y Teddy de impotencia. El calvo negó con la cabeza.
—No, lo inmediato es más eficiente. —Diciendo eso, cortó cartucho y le apuntó a Draco a la cabeza—. Yo mismo me encargaré.
Draco cerró los ojos y se preparó. De cierta manera, agradecía eso porque el dolor finalmente terminaría, pero, ¿y Teddy…?
Se escuchó una detonación y Draco esperó por la muerte... pero ésta no llegó. Algo le había sucedido al arma del calvo: había estallado entre sus manos, provocando que el matón y un par de sus hombres, los que estaban más cerca de él, salieran disparados hacia atrás. Los matones que quedaron en pie, Enescu y Teddy miraron al mismo tiempo hacia el mismo rincón donde Draco se había aparecido originalmente un par de minutos antes.
—¡Padrino! —gritó Teddy.
A Draco le volvió el alma al cuerpo.
Oh, por Merlín, es Harry…
No podía verlo porque la cama estaba en medio, pero lo escuchó gritar fuerte y claro al mismo tiempo que los matones comenzaban a dispararle:
—¡Protego! ¡Protego! ¡Protego! —Draco no podía mirar, pero se imaginó que aquellos escudos evitarían que las balas les dieran. De pronto, una burbuja mágica de protección envolvió a Teddy, alejándolo de Enescu y mandándolo hasta el otro rincón de la habitación. Enescu se quedó parado como idiota mientras Harry le gritaba furioso—: ¡Mierda, Enescu, voy a matarte, grandísimo cabrón! ¡Inrita! —dijo, dándole a Draco.
La maldición que torturaba a Draco cesó enseguida, pero durante los segundos que sus huesos demoraron en retornar a su lugar, continuó doliendo como los mil demonios y no pudo evitar dejar escapar un grito, el cual trató de sofocar con el dorso de su mano derecha.
—¡Mátenlos! —gritó el calvo desde el suelo, a pesar de tener la cara, las manos y los brazos bastante quemados, o quizá por eso.
Fue ese el preciso instante en el que Harry entró en el campo de visión de Draco. Tirado como estaba en el suelo, agotado por el dolor y sin varita, Draco observó a Harry, con el rostro descompuesto por la furia, agitar la suya hacia él. Un escudo de protección mágica lo envolvió al igual que a Teddy y, por alguna razón, Draco se sintió reconfortado hasta la médula de los huesos, como si la magia de Harry no sólo lo protegiera de los daños externos, sino también se introdujera en él y en su organismo, intentando sanar el daño recibido.
El alivio que experimentó fue instantáneo y pudo percibirlo en el modo en que su visión se aclaró notablemente. No podía quitarle los ojos a Harry y, al parecer, a todos ahí les ocurría igual. Harry brillaba casi literalmente con el poder de su magia desatada por el enojo. Con gran asombro, Draco fue testigo de cómo Harry agitaba su varita por encima de su cabeza como si fuera a dar un latigazo pero, en vez de cualquier otra cosa, lo que surgió de su instrumento mágico fue un chorro de fuego enorme, el cual casi fundió las armas de los pocos matones que habían quedado en pie.
Algunos de ellos gritaron, soltaron sus ahora deformes y ardientes fusiles automáticos y salieron corriendo del cuarto. Otros no tuvieron tanta suerte: el calor ocasionó que sus armas explotaran en sus manos, hiriéndolos y arrojándolos contra la pared.
Uno de los heridos cayó encima del calvo, y éste por fin pareció desmayarse y quedarse en silencio.
Después de unos segundos, no quedó nadie en pie más que Enescu, quien había conjurado una protección a su alrededor para guarecerse del fuego mágico de Harry. Éste movió la mano izquierda hacia Draco (a la cual le faltaba también el dedo meñique, oh por Merlín) y Draco se vio empujado con todo y su escudo protector hacia el mismo rincón en donde estaba Teddy. Sus escudos se fusionaron en uno solo y, de inmediato, Draco se le echó encima al niño para protegerlo con su cuerpo.
—¡Tío! —chilló Teddy con gran angustia, envolviendo sus bracitos alrededor del torso todavía adolorido de Draco.
—Estoy bien, Teddy, estoy bien, no te preocupes. No tengas miedo, tu padrino nos sacará de ésta, ya lo verás…
Mirando por encima de su hombro, Draco fue testigo de la batalla entre Harry y Enescu. El moreno agitó su varita hacia el rumano como si de una antorcha se tratase, pero Enescu gritó y su escudo mágico soportó aquel embate de calor. A su alrededor, todo comenzó a incendiarse: la alfombra, la cama y las cortinas de la ventana. Harry debió darse cuenta de que eso ya estaba saliéndose de control, porque agitó su varita una vez más y dejó de brotar fuego de ella. La agitó otra vez y lo que salió fue un chorro enorme de agua, el cual sofocó todas las llamas en la habitación y, de paso, empujó a Enescu contra la pared con todo y su escudo.
Enescu bramó de rabia y comenzó a atacar a Harry sin tregua: le arrojó varias maldiciones que el moreno repelió con destreza y que terminaban rebotando en las paredes y muebles detrás de él. No obstante, llegó un instante donde la suerte de Harry terminó y una maldición le dio de lleno en el pecho, derrumbándolo al instante y dejándolo inmóvil en el suelo.
El escudo protector hecho con su magia que envolvía a Draco y a Teddy se desvaneció enseguida. Enescu se giró hacia ellos con una sonrisa maníaca en el rostro.
—¡NO! —gritó Draco, horrorizado por lo que le había sucedido a Harry, horrorizado por lo que les iba a suceder a Teddy y a él. Sin pensárselo, abandonó a Teddy en el suelo y se le echó encima a Enescu en un desesperado intento de desarmarlo al estilo muggle.
Su movimiento fue lo suficientemente inesperado como para sorprender a Enescu. Éste vio venir a Draco con los ojos desorbitados, agitó la varita hacia él pero Draco se agachó justo a tiempo. Y así, agachado como iba, tacleó a Enescu, arrojándose hacia sus piernas y haciéndolo caer al suelo chamuscado y encharcado.
El golpe hizo que Enescu soltara su varita, el grandísimo estúpido. Draco sonrió feroz, pensando que ahora sí estaban en igualdad de condiciones, pero no contaba con que Enescu tenía toda su energía mientras él estaba herido y había sido torturado. Al darse cuenta de que Enescu luchaba con fuerza por liberarse de su sometimiento, Draco trató de cogerlo de ambas muñecas y apretarlo contra el suelo con el peso de su cuerpo. Enescu soltó una risotada y, casi sin esfuerzo, consiguió liberar su mano derecha. Prestamente, aferró la mano izquierda de Draco y jadeó con asombro cuando notó que le faltaba un dedo.
—¿Este fue tu boleto para llegar aquí? —se burló.
Volvió a reír y oprimió con rudeza justo en la herida recién cerrada. Draco gritó de dolor y percibió cómo las fuerzas lo abandonaban. Intentó que Enescu lo soltara, pero entonces éste hizo un movimiento ascendente e intercambió lugares con él, quedando ahora encima del rubio y aplastándolo contra el suelo mojado. Le oprimió la mano herida con saña mientras le buscaba el cuello con la otra: sonriendo maquiavélico, comenzó a apretarle la tráquea, buscando asfixiarlo. Draco trató de empujarlo con la única mano que tenía libre, sin éxito. Se sentía agotado. Sintió que comenzaba a perder el aire y los sentidos: escuchó a Teddy gritar pero sonó muy lejano.
Algo negro se enroscó de pronto alrededor del cuello de Enescu, tratando de asfixiarlo a su vez. Aquella cuerda oscura lo apretó tanto que Enescu tuvo que soltar a Draco para tratar de liberarse. Draco aprovechó eso para reunir las pocas fuerzas que le quedaban. Empujó a Enescu y se lo quitó de encima.
Enescu, retorciéndose y peleando contra aquella cosa que lo estaba ahogando, cayó de espaldas sobre los matones que estaban tirados junto a la pared.
Draco se incorporó sobre el suelo hasta quedar sentado y, jadeante, se arrastró hacia atrás. Desesperado, buscó por el suelo por su varita, pero había tantos escombros y objetos chamuscados que era imposible encontrarla. Sólo esperaba que el fuego de Harry no la hubiese dañado.
Draco miró a Teddy y sintió alivio de verlo todavía a salvo en aquel rincón.
—¡Ahí… ahí quédate! —le gritó Draco cuando vio que el niño se levantaba del suelo e intentaba correr hacia él—. ¡No te muevas!
Teddy obedeció y volvió a esconderse como pudo detrás de los muebles destrozados. Draco ahora dirigió sus ojos a Harry, quien yacía sin moverse hasta el otro lado de la habitación. Se moría por correr hacia él y revisarlo, pero primero tenía que neutralizar a Enescu. Sus ojos volvieron hacia el rumano y fue cuando se dio cuenta de que lo que tenía en el cuello no era una cuerda, sino la serpiente negra de Harry.
Enescu, en su afán de salvarse, estaba ahora manoteando por el piso. Encontró a uno de los matones y le sacó una navaja enorme del cinturón. Con ella, cortó a la serpiente negra muy cerca del cuello.
—¡NO! —gritó Draco, echándose hacia delante—. ¡Déjala!
La Negra siseó de dolor y, muy herida, se desenroscó de Enescu y reptó hacia donde Harry estaba tirado, dejando un reguero de sangre a su paso. A Draco se le encogió el corazón y la furia lo cegó. De nuevo se le echó encima a Enescu sin pararse a pensar que éste tenía un cuchillo enorme y él, nada.
Enescu lo vio venir y, con una gran sonrisa, preparó la mano con la que sostenía el arma blanca.
Pero no pudo hacer nada porque un hechizo lo golpeó en la cara y lo mandó un gran tramo hacia atrás, alejándolo de Draco y dejándolo fuera de combate. El cuchillo se le cayó de las manos y Draco, azorado, miró hacia atrás y vio a Teddy de pie con una varita en las manos.
—Teddy —susurró, admirado de que el niño hubiese encontrado su varita de arce entre todo aquel desastre, y de que, además, hubiese hecho magia efectiva con ella. Teddy, todavía apuntando hacia Enescu y jadeando lleno de miedo, miró hacia Draco con sus grandes ojos azules muy abiertos y asustados.
Saliendo de su asombro, Draco corrió hacia el niño. Suavemente, le quitó la varita de las manos, lo abrazó y le dio un beso en la cabeza.
—Bien hecho, Teddy, bien hecho… Eres un gran mago. Ven.
Lo colocó a su espalda y, juntos, caminaron por la habitación hacia donde estaban Harry y la Negra. En su camino, Draco se fijó en los cuerpos tirados y se encargó concienzudamente de amarrar con incarcerous a todos los que parecían estar vivos, incluyendo a Enescu, a quien Draco le dio una fortísima patada en la cara sólo porque sí.
—¡Padrino! —gritó Teddy cuando llegaron hasta Harry—. ¡Mahkate! ¡Oh, pobrecita, tío, mírala, está cortada muy feo! ¡Se va a morir!
Draco, después de asegurarse de que todos los matones y Enescu ya no fueran una amenaza, se dejó caer de rodillas junto a Harry.
—¡Rennervate! —exclamó, apuntándole, deseando que Enescu no le hubiese echado una maldición de la que no pudiera recuperarse.
Para su enorme alivio y el de Teddy, Harry despertó de inmediato. Draco le dio gracias a todos los dioses: menos mal que Enescu sólo le había dado con algo leve, quizá un desmaius o similar. Harry se sentó de golpe y miró a su alrededor, sin perder nota de que todos sus enemigos ya parecían estar neutralizados, desmayados y bien amarrados.
—¡Draco, Ted! Gracias al cielo que están bien —murmuró. Estaba a punto de abrazar al niño, pero entonces vio a la serpiente herida y se horrorizó—. ¡Mahkate! ¿Qué le pasó?
—Me salvó de Enescu enroscándosele en el cuello, pero el muy maldito alcanzó a darle una buena cuchillada… Yo… Lo siento, Harry. No sé qué hacer para ayudarla. Quizá… pueda vendarla, pero no sé si podamos llegar a tiempo con un veterinario o un magizoologista.
Draco no conocía ningún encantamiento para sanar heridas así de graves. Teddy estaba llorando quedamente mientras acariciaba la cabeza de la Negra, quien se retorcía de dolor contra el cuerpo del niño. Harry, sin decir palabra, se revisó los bolsillos de sus pantalones y sacó una botellita. Se la dio a Draco.
—Hermione me dio esto antes de venir. Es díctamo, esperemos que funcione igual de bien en serpientes como en humanos.
Draco asintió y enseguida dejó caer un chorro encima de la herida de la Negra. Ante sus ojos, la lesión comenzó a soltar humo y, luego, lentamente, se cerró. La serpiente pareció relajar su largo cuerpo y se enroscó muy apretada encima del regazo de Teddy, quien ahora lloraba de alegría mientras la acariciaba.
—Merlín bendiga a Granger y su espíritu previsor —masculló Draco y Harry soltó una risita cansada.
Los dos magos observaron a Teddy durante unos segundos y luego intercambiaron una mirada entre ellos, intentando asimilar que, por fin, parecían estar todos a salvo. Entonces, Harry se incorporó hasta quedar hincado sobre el suelo y se les echó encima, abrazándolos apretadamente a los tres: adulto, niño y serpiente.
—Ustedes son todo en mi vida. Yo… Me alegro tanto de que estén bien.
Nadie dijo nada durante un largo rato. Se quedaron así, dándose cariño, reconfortándose los unos a los otros hasta que todos se tranquilizaron, hasta que Teddy recuperó el hermoso y brillante color azul de su cabello, hasta que la serpiente se aburrió de tanta melosidad y escapó de ellos, hasta que a todos no les cupo duda de que, ahora sí, todo iba a estar bien.
Entre Harry y Draco se aseguraron de que todos los asesinos a sueldo que quedaron fuera de guardia en ese piso estuviesen bien atados antes de revisar por toda la casa. No encontraron a más personas: quizá, los pocos que habían escapado de la furia de Harry en el cuarto, se habían largado también de ahí en auto. Draco no podía culparlos: ver a Harry enojado era un espectáculo que daba verdadero miedo. En la cocina hallaron finalmente el puto domicilio de aquella mansión escrito en unos sobres recién entregados por el correo muggle. Con esos datos, Harry envió un patronus a Hermione hasta el rancho, para que a su vez, ella pudiera avisar a los aurores de MACUSA y llegaran a auxiliarlos.
Harry, quien no quería despegarse ni un momento de Teddy, se quedó con él en la planta baja esperando por los aurores mientras Draco cuidaba a los delincuentes en el cuarto donde había ocurrido toda la refriega. Enescu, quien ya estaba despierto y lo miraba con odio detrás de sus ataduras y de su boca mágicamente sellada, se ganaba especialmente su escarnio.
Los dedos le picaban a Draco por hacerle algo, lo que fuera. Le parecía totalmente injusto que Enescu se hubiese librado de la muerte y que ni siquiera estuviera ni un poco herido, y aunque Draco habría hecho gustoso cualquier cosa para solucionar eso, Harry le había suplicado que no se manchara las manos con la sangre de aquel imbécil por mucho que se lo mereciera.
Podía o no podía ser que Harry se hubiese tomado el tiempo de darle a Draco un sermón acerca del pésimo ejemplo que eso sería para Teddy, además de recurrir al argumento de que usar magia oscura (especialmente para vengarse) podía dejar marcas irreversibles en el alma de Draco, así que éste se lo pensaba.
Pero la verdad era que mientras estaba ahí parado observando los destrozos ocasionados por aquella batalla tan desigual, recordando la tortura a la que Enescu lo había sometido a él y lo que le había hecho a Teddy, a Harry y hasta a la Negra, Draco sentía que la cabeza le iba a estallar en llamas del puro rencor. Tanto Draco como Harry habían estado a punto de perder la vida varias veces por culpa de ese grandísimo imbécil, y Draco había perdido su querida varita de espino por su causa. Y ahora, para colmo, tanto Harry como Draco habían perdido un dedo en sacrificio para rescatar a Teddy de sus garras.
Enescu les debía mucho, muchísimo. Y Draco no se iba a ir de ahí sin cobrárselas.
Le sonrió malévolo y tomó una decisión. Enescu, sin poder hablar, sólo lo miró entrecerrando los ojos y le sonrió burlón, retándolo. Draco soltó un resoplido de risa con el mayor desdén que fue capaz.
—Si crees que voy a rebajarme a tu nivel, estás muy equivocado, grandísimo idiota —le murmuró—. No todos somos escoria como tú.
Enescu hizo un gesto como si se burlara de su cobardía.
Draco sólo sonrió. Entonces, caminó hacia la puerta del cuarto y ahí, donde Enescu ya no podía verlo porque le daba la espalda, fue cuando Draco le apuntó con su varita y murmuró una de las tantas maldiciones que había estado repasando para la ocasión.
—Tetanis dabo —susurró apenas audiblemente, no deseando que Enescu se diera cuenta de que lo estaba maldiciendo. Draco lo quería ignorante, así no tendría tiempo de pedir ayuda médica. Ya cuando la maldición se hiciese presente en su cuerpo y él comenzara a sentir los primeros síntomas, sería demasiado tarde y Enescu tendría un final doloroso en extremo, justo como se lo merecía. Y lo mejor era que tenía el transcurso de una enfermedad perfectamente natural, por lo que nadie jamás sospecharía de Draco.
Ni siquiera Harry.
Draco se apoyó de espalda contra la pared y soltó una risotada cansada. Se sentía agotado, prácticamente estaba temblando de debilidad, le dolía todo (especialmente la mano y el hombro), pero estaba más satisfecho que nunca. Su familia completa finalmente estaba a salvo y él, justo él, acababa de condenar a muerte a aquel cabrón que se había atrevido a meterse con los Malfoy. Cuando estuviese en su lecho de muerte, Draco iría a visitarlo para hacerle saber que estaba así a causa de él.
Soltó un largo suspiro mientras mentalmente agendaba una cita con Enescu en la prisión, en unos diez días cuando mucho.
Y, además, ¿no decían que la venganza era un plato que se servía frío?
Valdrá la pena esperar, concluyó mientras se cruzaba de brazos y cerraba los ojos, permitiéndose descansar unos segundos. Escuchó ruido de voces en la planta baja y se sintió aliviado: los aurores habían llegado y, no sólo ellos. Draco pudo distinguir los gritos histéricos de Granger y la voz preocupada de Weasley.
Oír a aquellos dos lo hizo sonreír y se negó a él mismo que fuera porque sintiera cariño o cualquier otra cosa similar por aquel par de inútiles.
Como fuera, finalmente todo iba marchando como debía ser.
Ya anochecía cuando finalmente pudieron encontrarse con Narcisa y Andrómeda. Los aurores y Granger no habían quitado el dedo del renglón al insistir que tanto Teddy, como Draco y Harry, debían ser revisados por personal de salud. Así que los arrastraron a un hospital moderno y muy equipado que, aunque era atendido por sanadores como en San Mungo, también parecía contar con tecnología muggle de última generación.
Ahí fue donde las dos hermanas Black al fin pudieron reunirse con ellos. El encuentro entre abuela y nieto fue lo más conmovedor que Draco había visto en años, y todos tuvieron que disimular las lágrimas que les produjo escuchar el llanto desgarrador del niño mientras se aferraba a su abuela y le pedía perdón por haberse dejado secuestrar.
Después de eso, Andrómeda les pidió disculpas a Harry y a Draco y les agradeció, con el rostro empapado en lágrimas, lo que habían hecho y sacrificado para rescatar a Teddy. Ambos magos repitieron sin cansarse que Teddy era familia y que jamás permitirían que nada ni nadie le hiciese daño.
—Te juro por mi vida misma que, de hoy en adelante, tendré muchísimo más cuidado con el tipo de gente con la que me relaciono y con la legitimidad de los negocios en los que me involucro, tía —le dijo Draco en voz baja, tomándola solemnemente de las manos—. Pero... por favor, no te alejes de mí y de mi madre.
Andrómeda negó con la cabeza.
—Nunca pensé en hacer tal cosa, sobrino —le respondió—. He visto lo que eres capaz de hacer por Teddy. ¿Qué tipo de abuela sería yo si le quito la oportunidad de relacionarse con un tío que lo ama de ese modo tan feroz?
Ella le sonrió cálidamente. Draco, agradecido por aquella segunda oportunidad, le dio un beso cortés en el dorso de las manos.
Siendo que los tres ya habían sido dados de alta del hospital, toda la familia regresó al rancho.
La cena de esa noche fue una de las experiencias más satisfactorias que Draco había tenido en aquellas dos semanas, y mira que después de haber estado en "el vistazo", eso ya era mucho decir.
Alrededor de aquella mesa del comedor del rancho, estaban Draco, Narcisa, Andrómeda, Teddy, Harry, Weasley y Granger. Todos sonrientes, todos relajados y tranquilos después de haber tomado una merecida ducha y, a insistencia de Teddy, haber ordenado una comilona típicamente americana: pizza, hamburguesas, papas fritas, hot-dogs y esas bebidas muy dulces y burbujeantes que ellos llamaban sodas. Y para rematar, Draco había mandado a los elfos a elaborar un enorme pastel que celebraba el regreso de Teddy sano y salvo.
Teddy, Weasley y Harry parecían ser los únicos en disfrutar realmente de aquellas viandas, pero nadie se quejó ni dijo nada. Hasta Narcisa comía alegremente una rebanada de pizza con cuchillo y tenedor, tratando de no perder la elegancia. Todo el cariño y las atenciones giraban alrededor del niño de la familia, a quien no cesaban de demostrarle lo mucho que lo amaban y lo felices que estaban de que hubiese vuelto con apenas un par de rasguños.
Teddy no se cansaba de narrar una y otra vez todos los pormenores de su rescate, resaltando, sobre todo, el momento en que se había encontrado la varita de su tío Draco sepultada debajo de los escombros de la batalla y la había tomado para hacer magia con ella y poner a Enescu fuera de guardia.
—No sé qué hechizo usé, creo que no fue ninguno en realidad… Sólo pensé en lo mucho que deseaba que Enescu nos dejara en paz a todos y se fuera a dormir.
Harry le explicó:
—Seguramente eso bastó, Teddy. A veces nuestra magia no necesita tanto de conjuros sino de la simple voluntad de lograr algo. Te lo digo yo que inflé a mi tía sólo de pensarlo —admitió con un poco de vergüenza, ocasionando que Teddy se riera.
—Síp —asintió Weasley con una hamburguesa en las manos, la cual escurría salsas roja y blanca por todos lados—. Es como cuando te desapareces. Hay que tener las tres D y todo eso, sino de nada te sirve la varita, en realidad.
—Algo me dice que serás un mago muy poderoso cuando finalmente vayas a Hogwarts y te entrenes —añadió Granger, mirando a Teddy con una clara advertencia de "Por favor, no intentes más magia hasta que tengas once años y estés bajo supervisión adecuada".
—¡Me muero por ir a comprar mi propia varita! ¿De qué crees que sea, abuela? ¿Puedes contarme de nuevo de qué eran las varitas de papá y mamá?
Draco sólo los observaba a todos en silencio: se sentía agotado físicamente hablando, pero no era por eso que no participaba en la conversación. Era algo más.
Era la abrumadora sensación de saber que todas esas personas que estaban ahí, tal vez de ese momento en adelante, iban a formar parte de una sola familia unida no por lazos de sangre, sino por pura fuerza de cariño. Resultaba especialmente apabullante para Draco saber que estaban reunidos gracias a él.
No tenía caso andarse con falsas modestias. Draco sabía que era así.
Miró a su madre charlar con Andrómeda, ambas felices, radiantes y viéndose más jóvenes de lo que habían parecido hacía una semana. Miró a Teddy, quien ahora no tenía sólo una abuela y un padrino, sino que también contaba con el cariño, las enseñanzas y la protección de los Malfoy. Y, finalmente, se fijó en el Trío Dorado, a quienes estaba conquistando de a poco, pero a paso seguro. Desde el momento vivido en el estacionamiento donde Draco, realmente casi sin querer, le había salvado la vida a Granger, ella y Weasley parecían sentir un tipo de reverencia por él.
Y Harry… Bueno. Harry era la joya más preciada de la corona, la cereza del pastel, el premio mayor.
Draco miró a Harry al otro lado de la mesa y Harry lo miró a él. Ambos se sonrieron con complicidad y los ojos de Harry brillaron con inmenso amor y un millón de promesas por cumplir, y Draco supo que no podía ser más feliz.
Agachó los ojos porque creyó que iba a perder el control, suspiró profundo para calmarse y luego, ya recuperado, volvió a mirar a Harry. Le sonrió y exclamó:
—¿Qué les parece si servimos el pastel?
Teddy gritó de alegría, Weasley preparó su plato y Harry le sonrió a Draco.
Perfecto, pensó éste. Ahora, sólo faltaba una boda y el nacimiento de su hijo, pero, por el momento, todo estaba más que bien.
Terminando de cenar, Teddy insistió en dormir con Harry, así que éste lo acompañó a su cuarto para acostarse con él.
Ese momento les sirvió a los otros adultos para charlar de temas que no se habían atrevido a mencionar delante del pequeño, como lo que había pasado cuando Draco se hubo desaparecido dentro del cuenco y nadie más lo había podido seguir porque las llamas se habían apagado automáticamente.
—Para una sola persona —le dijo Granger a Draco, jugueteando con los restos de pastel que habían quedado sobre su plato—, llegamos a la inmediata conclusión de que el hechizo funcionaba sólo para la persona que hacía el sacrificio y lo conjuraba. Así que, ni tardo ni perezoso, Harry tomó la daga que dejaste sobre la mesa y decidió que iría tras de ti. Andrómeda corrió por otro cabello de Teddy y yo limpié el cuenco para prepararlo. Harry… pues, se cortó su dedo, al igual que tú, y lo ayudamos a realizar el maleficio. Insistió en que no lo siguiéramos, que él mandaría un patronus cuando tuvieran ubicación de la casa. Pero se tardaron mucho, todos aquí nos estábamos muriendo de los nervios. Andrómeda y Ron ya estaban discutiendo por ver quién sería el siguiente en usar el cuenco cuando finalmente llegó el patronus de Harry.
Draco negó con la cabeza, pensando en lo típico que era que Harry no hubiese dejado que los otros ayudaran cuando había sido dolorosamente obvio que una ayuda extra les habría caído de perlas. Al final, si no hubiera sido por la serpiente atacando a Enescu y el mismo Teddy haciendo magia con la varita de Draco, éste y Harry seguramente estarían muertos.
Pero Draco decidió no decir nada. Afortunadamente, a empujones y tropezones, pero al final todo había salido bien.
—Yo veo a Teddy muy normal y recuperado —dijo entonces Granger en voz baja—, pero recomendaría tenerlo bajo vigilancia y, si ven que muestra cualquier cambio en su comportamiento, quizá sería prudente llevarlo a recibir atención con un medimago especializado en psicología.
Andrómeda se puso un poco triste, pero aceptó el consejo.
—Lo haré si lo considero necesario. Gracias, Hermione.
—De nada. Me alegro muchísimo de haber tomado la decisión de venir aquí —dijo ella en voz baja, mirándolos a todos con cariño, incluso a Draco.
—Y yo me alegro de que hayan venido —dijo éste, poniéndose de pie mientras miraba su reloj—. Ahora, si me disculpan, necesito ir a finiquitar los negocios que me atan a este país, pues mañana es domingo y víspera de Año Nuevo y sinceramente no creo que nadie me responda el teléfono. Les ruego que continúen departiendo entre ustedes. Después de todo, hay mucho alcohol en el bar. —Miró hacia Andrómeda con gesto de disculpa—. Tía, si quieres embriagarte para relajarte, no te culparía. Me encargaré de Teddy y te juro por mi vida que ahora sí lo haré bien.
Andrómeda le sonrió con calidez y asintió con la cabeza.
—Sé que lo harás. Gracias.
Con eso, Draco se despidió de todos con una inclinación de cabeza y se retiró al despacho de aquella casa. Todavía no era muy tarde, así que puso todo su empeño en terminar de arreglar los asuntos pendientes con el equipo de quidditch que iba a comprar y con la demanda a entablar contra Grupo Cenfuel, a quienes además iba a acusar por la vía penal por haber mandado a sus matones a secuestrar a su sobrino. Era una suerte que los aurores norteamericanos trabajaran mano a mano con el FBI y que, después de haberles aplicado un obliviate bastante puntual a los asesinos a sueldo para que no recordaran nada relacionado con la magia, ahora los tuvieran presos y dispuestos a declarar en contra de sus jefes, los altos ejecutivos de la compañía. Grupo Cenfuel estaba acabado, de eso no había duda, le había dicho el FBI a Draco en el hospital, cuando le tomaron su declaración.
Eso era genial porque significaba que, finalmente, también dejarían a los kikapú tranquilos. Draco suspiró, sintiéndose muy en paz.
No dudaba que Lucius estaría orgulloso de su hijo.
Un par de horas después, cuando ya hubo terminado de trabajar, Draco se dirigió lentamente al piso superior. La casa ya estaba en tinieblas y en silencio, y se imaginó que todos se habrían retirado a dormir.
Se encaminó al cuarto de Teddy y entró. Jadeó de la sorpresa cuando notó que el interior de la recámara estaba iluminado por el mismo encantamiento de lámpara musical que le había visto a Harry usar en "el vistazo" en el cuarto de Eltanin: una cálida luz anaranjada que se proyectaba hacia el techo y dibujaba la luna y las estrellas moviéndose lentamente y emitiendo una suave melodía de cuna.
Su entrada pareció despertar a Harry. El moreno se incorporó un poco; estaba acostado muy pegado a Teddy, quien, en el centro de la cama, estaba profundamente dormido, seguramente sintiéndose muy a salvo envuelto en los brazos de su poderoso y cariñoso padrino. La serpiente negra estaba ahí con ellos, hecha un ovillo a los pies de Harry, cuidándolos como si fuera un perro guardián.
El espectáculo era enternecedor. Draco sintió que un nudo de la más pura emoción se le formaba en la garganta, impidiéndole decir palabra.
Caminó hacia la cama, procurando no hacer ruido. Se quitó los zapatos mientras Harry, con ojos soñolientos, lo observaba y le dedicaba una sonrisa bobalicona.
Draco le dio un par de palmaditas a la Negra y ésta siseó en respuesta.
—¿Has terminado con tus asuntos? —le preguntó Harry con un susurro mientras Draco, con todo y ropa, se acostaba al otro lado de Teddy, permitiendo que el niño quedara en medio. Por encima de su cabecita, Draco y Harry se miraron a los ojos.
—Sí, todo resuelto. He dejado un documento firmado para otorgarle poderes a un abogado que me representará en el proceso judicial contra Grupo Cenfuel, así no tendré que volver a América si no quiero hacerlo. También me he encargado de dejar todas las instrucciones necesarias para que ese mismo bufete se encargue de devolverle la propiedad del bosque de los Arces Perdidos a los kikapú. Ah, y aparte… Compré un equipo de quidditch del que ya no quiero hacerme cargo, así que se los he regalado a los kikapú. Les vendrá excelente una entrada extra de dinero.
Harry se incorporó más hasta apoyar un codo sobre la almohada y la cabeza sobre la mano, sonriéndole ampliamente a Draco.
—¿Qué hiciste, qué? ¿Es en serio?
Draco le correspondió la sonrisa y se encogió de hombros.
—Hablando con sinceridad, creo que le había echado el ojo a ese equipo de quidditch porque era la excusa perfecta para venir constantemente a América y, no sé, quizá inconscientemente lo hacía para… Ya sabes.
—¿Para venir a verme? —preguntó Harry, demasiado alegre.
Draco puso los ojos en blanco.
—Yo más bien pensaba en "tener encuentros casuales contigo", pero sí. Básicamente. Pff, Potter, no tienes por qué sentirte tan halagado, ¿eh?
Harry, por toda respuesta, sonrió más.
—Yo creo que sí. Mira que no todos los días alguien compra un equipo de quidditch sólo para tener la excusa de viajar a otro continente para venir a verme.
Draco resopló con burla, pero no lo negó. Se quedaron un par de minutos en silencio, sólo mirándose a los ojos, sus sonrisas apagándose poco a poco. A pesar de todo lo que les había sucedido aquel día, ninguno de los dos parecía tener intenciones de dormirse pronto.
—Draco —susurró Harry en tono de disculpa—, esta noche no podré… Ya sabes. ¿Dormir contigo? Le prometí a Teddy que me quedaría aquí con él porque…
Draco negó con la cabeza, interrumpiéndolo.
—Por favor, ni siquiera lo menciones. ¿En verdad crees que yo no podría entenderlo? Está bien que estoy loco por ti y que no puedo esperar el momento en que por fin pueda follarte —dijo muy bajito, y Harry se rió—, pero comprendo lo que le sucede a Teddy. Tuvo un día espantoso, necesita sentirse seguro y acompañado. Tú eres como su padre y te necesita. Sé muy bien lo que es eso.
Harry se puso serio y lo miró interrogante.
—¿Lo sabes?
Draco suspiró, comprendiendo bien lo que Harry estaba preguntándole.
—Harry… Respecto a ese nombre que me escuchaste mencionar, Eltanin… —Pasó saliva, nervioso y nostálgico a partes iguales—… Lo que tengo que decirte al respecto es que él… Él no es nadie. No todavía —se apresuró a añadir porque la frase anterior le había dolido hasta el alma—. Eltanin simplemente es el nombre que yo desearía darle a un futuro hijo mío. Es una palabra en árabe que significa…
—Significa "serpiente", lo sé —lo interrumpió Harry con una gran sonrisa—. Y es el nombre de la estrella más brillante de tu constelación. Yo también estudié Astronomía en Hogwarts, ¿recuerdas?
—¿Realmente estudiaste algo o sólo le copiabas los deberes a Granger mientras te dedicabas a arreglar las cagadas de Dumbledore? —le cuestionó Draco en tono juguetón. Harry, cuidándose de no darle a Teddy, le arrojó una almohada por la cabeza.
Ambos se rieron un poco lo más quedamente que pudieron y de nuevo se quedaron en un cómodo silencio, viéndose a los ojos. Draco se dio cuenta de que tenía la oportunidad de dejar las cosas así, que podía mantener esa mentira y dejar satisfecho a Harry, pero… Pero la verdad era que no quería.
La verdad era que necesitaba contarle todo.
Carraspeó un poco y dijo:
—La verdad de las cosas, Harry, es que… Durante la Nochebuena pasada, me sucedió algo. Algo realmente grande, ¿sabes? Y en verdad quisiera contártelo. Alguien... alguien con un gran poder mágico me hizo una especie de broma. O me dio una lección, por decirlo de mejor modo, porque yo iba por la vida siendo un canalla egoísta y cobarde.
—¿Ah, sí?
—Sí. Y… la lección consistió en realizar un encantamiento de lo más complicado para mandarme a una realidad alterna a ésta, a… Digamos, a algo que pudo haber pasado en mi vida si yo hubiese tomado otras decisiones. El muy maldito me dejó viviendo una semana completa ahí en esa realidad que realmente no era real pero se sentía como tal. —Hizo una pausa—. ¿Me entiendes? —Harry asintió. Draco realmente dudaba que Harry entendiera y menos que le creyera, pero, de todas formas, continuó—: Bien. Y en esa realidad, yo estaba casado y tenía un hijo. Eltanin —finalizó sin poder evitar una enorme sonrisa.
Para su sorpresa, Harry pareció entristecerse mucho con esa revelación.
—¿Y… y con quién estabas casado? —preguntó con temor.
Draco hizo una pausa mientras lo miraba significativamente a los ojos y le sonreía con gran cariño.
—Contigo, Harry.
Harry se quedó impactado.
—¿Conmigo? Pe-pero… ¿Cómo? ¿Y… cómo pudimos tener un hijo?
Draco suspiró y soltó:
—Existen métodos para tener hijos con madres subrogadas, usando el ADN de dos hombres. En esa vida alterna, Pansy era muy amiga mía y ella tuvo el bebé por nosotros. Por tanto, Eltanin era hijo de ambos, Harry. Tuyo y mío —concluyó con la voz temblorosa.
Harry se quedó en algo parecido al shock durante un par de minutos. Entonces, para alivio de Draco, le sonrió ampliamente. Parecía feliz, joder, y eso hizo que Draco experimentara un alivio que casi lo hace desmayarse. Había estado cargando un peso enorme encima de los hombros y no se había dado cuenta hasta ese momento, en que lo soltó.
—¿Y cómo… cómo era? —preguntó Harry con un hilo de voz—. El bebé, quiero decir.
Draco no pudo contenerse más. Lágrimas indómitas comenzaron a correrle por las mejillas y tuvo que ahogar un sollozo para responder:
—Era precioso. Oh Harry, no tienes idea. Era rubio como yo, pero tenía tus ojos. Tenía unos bellísimos y enormes ojos verdes. Y era el bebé perfecto: casi no lloraba, era simpático, adorable, aunque apenas podía sostenerse de pie. Creo que no tenía ni un año. Teddy y él se llevaban súper bien, casi como hermanos. Y era hermoso. Era…
—Va a ser —lo corrigió Harry, quien también tenía los ojos húmedos aunque no lloraba a lágrima viva como Draco—. Quizá, algún día, pueda ser. ¿No lo crees?
Draco soltó un resoplido incrédulo, sin poder responder Joder, no hay nada que deseé más que eso, sin saber si sorprenderse más por el hecho de que la confesión había salido así de bien, o porque ahora tenía a Harry ahí afirmándole que sí, que quizá Eltanin podría existir en su futuro.
Harry estiró el brazo izquierdo por encima de Teddy para tocar el rostro de Draco y le limpió las mejillas. Draco fue tranquilizándose poco a poco. No estaba totalmente convencido de que Harry le creyera la historia; quizá el moreno había decidido pensar que Draco había tenido un sueño o una alucinación o algo así, pero estaba bien. Lo importante era que Harry le creía a Draco que éste pensaba que era cierto, y Draco se sentía inmensamente aliviado por habérselo contado al fin.
Después de un par de minutos de no decir nada, Harry le preguntó con gran curiosidad:
—Es por eso… Por el bebé, por Eltanin… ¿A eso se debe la forma de tu patronus?
Draco sonrió.
—Merlín, Potter, y yo pasando tantos años creyendo que eras tonto —bromeó, y Harry resopló.
Sin decir más, Draco sacó la varita del bolsillo de su pantalón. Se mordió los labios y se concentró en la felicidad y satisfacción que había sentido hacía unas horas, cuando estaban todos cenando, su familia en pleno, contentos, seguros, a salvo. Agitó la varita.
—Expecto patronum —dijo en voz muy baja.
Su serpiente bebé, juguetona y regordeta, se formó a partir de las volutas de humo plateado, iluminando el cuarto. Se quedó revoloteando ahí encima de la cama, encima de ellos, y Harry la observó con ojos fascinados y brillantes. La Negra elevó la cabeza y le siseó con disgusto. Harry se rió y dijo algo en pársel que pareció tranquilizar a la serpiente.
—No me había fijado que realmente parece un bebé… Wow. Ahora que lo veo de cerca, me doy cuenta de lo hermoso que es.
—Antes de ir a esa realidad alterna, nunca había intentado hacer un patronus por miedo a fallar. Luego, fui ahí y… fue algo casi automático. Hijo y patronus, parecía algo esperado, incluso. —Hizo una pausa en lo que el patronus comenzaba a difuminarse y desaparecer. Sin mirar a Harry a los ojos, le preguntó—: ¿Realmente me crees?
Harry se tomó su tiempo para responder.
—Cosas más raras he visto, empezando por lo que me sucedió a mí la noche de la batalla final contra Voldemort… Si algún día te sientes inclinado a contarme todo acerca de esa realidad, en verdad te escucharé con gusto.
Draco sonrió triste.
—Quizá. Quizá más adelante.
Harry asintió y de nuevo se quedaron un momento en silencio. Entonces, Harry preguntó en un murmullo:
—¿Fue ahí, en esa realidad alterna, donde yo te conté que leí el libro de La Daga?
Draco se sorprendió de que Harry no hubiese olvidado ese detalle.
—Sí.
Harry sonrió mucho y extendió los dedos de la mano izquierda, mostrándole a Draco la falta de su dedo meñique.
—¿Tú leíste el libro? —preguntó Harry. Draco negó con la cabeza—. Bueno, se trata de un par de niños que encuentran una daga que es lo más afilado que existe y que sirve para abrir ventanas entre mundos alternos. Pero lo curioso es que Will, el niño que la posee, tuvo que perder estos dos dedos para poder hacerse merecedor de la daga —dijo, y señaló el dedo que le faltaba más el dedo siguiente, el anular.
Draco soltó un resoplido de risa.
—Vaya semejante casualidad —dijo—. Pobre pequeño Will, no podrá portar un anillo de matrimonio cuando se case —bromeó Draco al tiempo que también levantaba su mano izquierda y la entrelazaba con la de Harry por encima del cuerpecito durmiente de Teddy.
—No, él no. Pero tú y yo sí —murmuró Harry mirándolo con intensidad.
Draco no supo qué decir. Sonrió con los labios tensos, pues sentía que perdería el control en cualquier momento. Intentó dominarse mientras decía:
—Tú y yo... sí. ¿Algún día, quizá?
Harry asintió con ojos brillantes y ninguno de los dos dijo más.
Draco sentía que iba a explotar de la felicidad.
En verdad, qué duro era creer que, por fin, todo estaba así de bien. Suspiró y se acomodó sobre la almohada sin dejar de ver a Harry a la cara, sin soltarse de las manos.
Los minutos pasaron y el cansancio los venció, al fin. Draco y Harry se quedaron dormidos en algún punto, ambos con las manos entrelazadas sobre Teddy, abrazados los tres y con la serpiente negra enroscada a sus pies.
