Capítulo Veintidós
El lunes por la mañana pensó que podría tolerar una más de las llamadas de Jeanne a su niñera. No sabía a qué grado le afectaba sus nervios el hecho de escucharla hablar en un tono meloso a su hijo, pero ahora podría deducir que más que nervioso estaba hastiado. Pasó la primera semana, el primer mes. Pero cuando comenzó a retrasarse con el trabajo comenzaron las rencillas.
—Jeanne—la llamó, ya irritado—¿Será que ya puedes enviarme el informe de los últimos clientes?
—Aún no lo tengo listo.
Masculló entre dientes unos cuantos improperios.
—Te lo pedí hace una hora—siguió él.
—Lo siento, es que aun tengo que compilar unos datos—se excusó—Te llamó después Marie. Adiós, Men, mami debe trabajar.
Suspiró cansado, mientras se levantaba para preparar un café. En días como esos, era cuánto más la extrañaba. No es que no lo hiciera en otros momentos del día, de hecho lo hacía, pero conseguía evitar su recuerdo distrayéndose con otra clase de asuntos. Aquí no, no había modo. Kyoyama era efectiva, rápida e inteligente. Casi le lea el pensamiento y en parte tenía intución de qué hacer sin que alguien más se lo ordenara. Lac clave aquí era la disciplina, algo de lo que Jeanne carecía.
—Hago lo que puedo, señor Hao—le dijo cansada—Pero debe entender que yo tengo otro ritmo, no es mi culpa que este malacostumbrado.
—¿Mal acostumbrado, dices? Tal vez, si perdieras menos el tiempo en llamadas tontas….
—Señor, esas llamadas son para vigilar a mi bebé—le dijo imperante—¿Ha escuchado la cantidad de casos que hay de niños maltratados por sus niñeras? Al menos 40% de los casos confirmados fueron en sus primeros meses de vida.
Él se carcajeo.
—¡Ah! Así que ahora sabes de estadísticas. Por qué no las usas y te pones a ver los datos y las cifras en vez de estar riñendo con tu jefe—dijo bebiendo el café—Y aprende a preparar café.
—Es descafeinado—respondió sonriente.
Eso fue suficiente para hacerle escupir el café. Ella comenzó a reír, mientras esta vez bramaba furioso que el café descafeinado no era café. Así pasó las siguientes tres horas hasta que tuvo su anhelado informe, con detalles que saltaban a la vista.
—No lo voy a repetir—le advirtió—Son casi las seis de la tarde, hasta me tuve que quedar tiempo extra.
—¿Acaso es mi culpa que seas tan lenta?
—¿Por qué siempre está con un humor intolerable? —preguntó sin miedo—Antes era callado, pero no tan tan tan amargado. Ahora parece que todo le irrita.
Comenzó a masajear el puente de su nariz, buscando algo de paciencia. No quería ser un asesino y aparecer en las noticias por arrojar a su asistente por el ventanal.
—Tómese una aspirina o unas vacaciones—sugirió Jeanne, tomando su chaqueta.
—Sí, sí, lo que sea, sólo desaparécete de mi vista.
Pero antes de coger su bolso, se dirigió al archivo. Estuvo ahí parada alrededor de diez minutos, cuando se giró a verlo.
—¿Y ahora qué?
—Bueno, pensé que tendría anotado en algún registro la dirección del negocio de Anna.
—¿Para qué quieres esa información? —preguntó escéptico.
—Porque Anna dejó una agenda, bueno dejó varias—dijo, regresando a su escritorio para tomar el libro—Pero hay una en particular que me llamó la atención. Pensé que era parte de la oficina, hasta que examiné las próximas semanas y vi que tiene anotaciones personales. Entonces supuse que no era parte de la oficina, sino que era parte de sus cosas. Debió haberlo olvidado y quería devolvérselo.
Extendió su mano para ver con mayor detalle la agenda. Al abrirla, en efecto encontró muchos datos de la empresa, pero en las siguientes semanas estaba anotado el calendario de recolección de la cosecha y algunos procedimientos para la generación de productos orgánicos. Era un cronograma sencillo, pero bien estructurado, de esos que rogaba por ver de nuevo. Aunque conociéndola, seguro tenía otras tres agendas iguales. Quizá por el trabajo del último mes que estuvo ahí, simplemente había olvidado quitar esos datos.
—¿Y bien? ¿Me da la dirección?
Cerró el libro, colocándolo en la superficie del escritorio.
—No te preocupes, yo se la devolveré.
—¿Usted? ¿El adicto al trabajo se va a dar un respiro?
—¿Quieres firmar tu carta de renuncia? —le devolvió con la misma antipatía.
Torció la boca y se marchó airada. Estaba seguro que de no estar en problemas financieros su esposo, ya le hubiese botado el trabajo. Sin embargo, la necesidad apremiaba. Así como la suya por volver a verla. Continuó trabajando hasta tarde. Con todos sus retrasos e incidentes con su ayudante, el despacho parecía de nuevo un caos. Y no porque tuviera papeles tirados, sino que todo su modo de operar en línea estaba bastante incompleto.
Al día siguiente despertó temprano, bajó a preparar una lista de pendientes que quería para esa misma tarde. Tenía una cita a las diez de la mañana, así que iba con buen tiempo. Cuando llegó al edificio, encontró al vigilante en la puerta. Él lo reconoció, así que lo dejó pasar sin siquiera tocar el timbre principal del departamento.
Nunca le dio llave, así que oprimió varias veces el timbre de la puerta. Conociéndola, tal vez estaba preparando el desayuno. Esperaba que estuviera en casa. Tal vez ya estaría trabajando. No sabía, sólo se sintió ansioso al reconocer movimiento en el interior.
Entonces comenzó a hablarle, luego un pequeño ruido que llamó su atención. Después, la cadena se recorría y la puerta se abría. Observó su rostro por la abertura, así que añadió el motivo de su visita. Tal vez sonó torpe, pero fue inevitable, más cuando la vio salir por completo, apoyándose ligeramente sobre la puerta.
Vestía una bata negra que le llegaba a medio muslo. Sus cabellos aun estaban algo alborotados, mas toda ella expedía esa sensualidad innata que tanto lo atraía. Ella no dijo nada, solo lo miraba con fijeza. Mientras él intentaba mirar más allá de la tela. Su pecho estaba ligeramente agitado, por lo que le dejó ver un poco de su escote.
Él sabía de esto.
—¿La agenda? —cuestionó por primera vez.
Su estómago se arremolinó con el ligero sonido, mientras le tendía el libro. Ella lo tomó, mientras su mano acomodaba un mechón de su cabello rebelde. Bajó un poco la mirada, mientras ella examinaba el objeto. No llevaba ropa interior y al juzgar por lo delicioso que se marcaban sus pezones, tampoco usaba un camisón. Era la sola bata de dormir.
Algo dentro se le revolvió con la idea que se comenzaba a formar en su cabeza.
—No era necesario que la trajeras, ya había pasado todas esas anotaciones.
—Sí—contestó algo irritado—Supongo que es muy fácil pasar las cosas de un lado a otro, ¿no?
Sus ojos se volvieron a toparse y juró que no caería preso de esa mirada de nuevo. Mas le resultaba inevitable. Tal vez era el tiempo que tenía de no verla, o por el ligero sonrojo que apareció en sus mejillas, que por una parte le encantaba, pero por la otra le estaba haciendo enfurecer.
—Supongo—dijo dándose la vuelta para entrar—Gracias por traerlo.
Sin embargo, su mano sobre la madera frenó su intento por abrirla.
—Espera, señorita Kyoyama, tengo tiempo—murmuró cerca de su oído—¿Por qué no tomamos un café?
Ella subió una mano para apartar la suya de la puerta y luego le miró de reojo con un gesto dubitativo. Juraba que si se mordía el labio, la besaría sin ninguna contemplación. ¿Era su imaginación o eso que tenía en el cuello era una marca roja?
—Ahora no es un buen momento, señor Asakura.
—¿Por qué no? —contestó hostil— ¿Acaso estoy importunando?
La rubia soltó una pequeña risa irónica.
—Usted no tiene idea—respondió abriendo la puerta—Gracias por el paquete.
Apretó un puño, cuando cerró la puerta. Ahora sentía su sangre hervir. Estaba dispuesto a tirar la puerta con tal de sacar al imbécil con el que estaba. Porque era claro que estaba con un hombre en el departamento. ¡Cómo podía siquiera atreverse a tocarla! ¿Dormirían abrazados? Un sinfín de ideas se le vinieron a la cabeza. ¿Desde cuándo? Luego, el teléfono comenzó a vibrar, indicándole que el tráfico estaba más cargado de lo normal hacia el sitio de encuentro. Por primera vez, maldijo su suerte y maldijo con furia al fulano que estaba con ella ahí metido.
Escuchó una maldición a través de la puerta y fue todo. Al menos tenía la certeza de que ya no estaba ahí.
Tenía la opción de gritar todavía, sus manos temblaban un poco por la sorpresa y un tanto por el magnífico trabajo de actuación que tuvo que montar afuera. Estaba impactada, por una parte parecía aliviada de que él estuviera bien. Pero en la otra, su cerebro revolucionó por tordas las posibilidades que implicaba omitir información. Tuvo muchas ganas de abrir la puerta y pedirle que entrara, pero el tono suplicante del otro sujeto la retuvo. Luego los sentimentalismos baratos que se cargaba también la tenían al límite.
Quiso decirle que su visita más que importunarla era como un balde de agua helada.
Botó el libro que le dio en la sala e inspeccionó con la mirada el lugar, buscando a su invitado.
Escuchó un leve movimiento en la cocina y entró con sigilo, Él estaba sentado en un banco, tomando su cabeza con pesadez. Caminó hacia él y antes de que levantara su mirada, cogió un cuchillo de la base donde descansaba el resto. Él alzó la mirada y no dudó en dirigir el arma hacia él.
—¿Quién demonios eres tú? —exigió la rubia.
Él no respondió. Ahora mismo se arrepentía de no haberle permitido entrar a Hao.
—No estoy jugando, ¿quieres que llame a Hao?—dijo buscando su teléfono con la mirada.
Eso pareció alertarlo, porque se levantó, aunque con esfuerzos. Nada de eso le dio buena espina, en especial por su gesto serio. Así que retrocedió unos pasos. Era su cocina, aun así, no advirtió el tapete en sus pies y resbaló. Fue tanto su afán, que terminó soltando el cuchillo en el proceso. Era natural que cayera en su dirección, por el modo en lo había disparado de su mano.
Sintió el golpe en su espalda y cerró los ojos ante su propia suerte. El dolor que eso le causaría por su tremenda torpeza, mas dicho dolor nunca llegó.
—Au….—dijo él en un tono apenas audible.
Abrió los ojos y lo vio encima de ella. Agitado y con un semblante de sufrimiento. Después se dejó caer a su costado. De inmediato se sentó, advirtiendo que el cuchillo en efecto lo había cortado. Tenía una larga línea de su hombro hasta su costilla. Sangraba. Como también el arma había caído finalmente a un lado de ellos. Alcanzó a coger una toalla, presionando fuerte la herida.
Fue cuestión de segundos hasta que eso se tiñó. Él seguía pálido y ella estaba temerosa. No sabía qué más hacer. Hasta que Pilika abrió la puerta.
—Anna, ¿qué no dijiste que Hao estaba agonizando? —escuchó a su amiga—El hombre estaba echando pestes, yo lo vi muy bien. Hasta me di el lujo de decirle idiota—pronunció con orgullo, divertida.
Sentía un nudo en la garganta. A esas alturas, tal vez eso era lo que la frenaba de hablar. Cuando Pilika dejó todo su equipaje y pasó a la cocina. Entonces su sorpresa fue mayúscula.
—¡Anna! ¡Qué pasó! —dijo hincándose hasta ellos—¡Quién es él!
—No… no lo sé—respondió temblorosa—Ayúdalo.
Dejó de hacer presión en la herida y ella pudo examinarlo mejor. Sabía que su aspecto era deplorable por la calidez que ella le transmitía cada vez que la veía.
—Tranquila, es algo superficial—dijo serena—Es normal que sangre mucho los primeros minutos. Con unos vendoletes quedará bien, ¿puedes traerme mi botiquín?
Se levantó y caminó con torpeza a la sala. Tomó lo que le pidió e hizo la curación. Él estaba inconsciente, por lo que no hizo el menor esfuerzo por pararse. Ambas lo giraron y Pilika pudo examinarlo mejor. Lo único que llevaba puesto era el bóxer, así que fue fácil para ella ver las heridas y las marcas.
—No sé si tenga que verlo un internista, al parecer sus heridas son menores. El moretón parece reciente, porque aun es morado. Pero habría que descartar algo más, si no tiene mucho dolor al moverse.
—No, no tiene ese dolor—describió agitada—Sólo el pie, tenía un vidrio clavado. Y lo débil que está.
—Hay que darle antibióticos, hacer una limpieza regular con alcohol y otras cosas… ¿Quieres que llame a una ambulancia? En el hospital podrán hacerle todos los estudios necesarios.
—¿Tan mal está?
—Está deshidratado y por la baja de peso, se ve que le faltan muchas vitaminas, necesitamos ponerle un suero de inmediato. Una radiografía, exámenes de sangre.
Asintió, notando la gravedad del asunto.
—Pero que no sea una ambulancia, eso llama mucho la atención—dijo Anna.
Pilika observó al sujeto, idéntico al Asakura, al menos en los rasgos más simples. Ya que no estaba la musculatura ni el porte de galán irresistible, que ahora le irritaba. Claro, mucho de eso era debido a su condición, por lo demás, bien podría pasar como el clon del castaño.
—¿Por qué no llamas a Hao? Después de todo es su gemelo, ¿no?
Anna tomó la mano del hombre.
—Él me pidió que no lo hiciera—le explicó en voz baja—Con una ambulancia, todos se darían cuenta que es Hao. Eso sólo va a crear un escándalo innecesario.
Pilika la miró, absorta en el rostro de aquel hombre y suspiró con notable cansancio.
—Está bien, llamaré a un amigo para que nos ayude a ingresarlo. Pero sí tendré que hablarle a Horo Horo. No hay modo de que tú y yo nos llevemos a este hombre cargando.
Anna asintió, viendo la lógica de sus palabras.
—¿Tienes algo de ropa para ponerle?
Se paró de inmediato y regresó con las prendas que se había puesto en la noche. Mientras Pilika lo vestía y hablaba con su hermano, ella tomó una ducha rápida. Su mente no dejaba de girar entorno a ese acontecimiento. Fue tan extraño, que cogió el primer vestido que tenía a la mano y una sudadera algo desgastada.
Fueron muy cuidadosos al salir, fueron directo al auto de Pilika.
Horo Horo siguió con las preguntas, a pesar de que entraron al hospital. Su amigo los esperaba en el estacionamiento con una silla de ruedas. Omitieron los nombres, o mas bien llenaron el formulario con otro tipo de registro. Anna le dio su tarjeta de crédito sin ninguna contemplación.
—Las suites no son tan baratas—le advirtió.
Ella autorizó el movimiento, lo único que quería era la privacidad que él mismo le había requerido. De algo le había servido trabajar de forma intensa y sin descansos todos esos meses. Los dejaron en una habitación, mientras él estaba conectado con suero y otros aditamentos.
Pasó horas sentada a su lado. Horo Horo se retiró al cabo de una hora, asegurándole que le compraría insumos en su departamento, muchos de los cuales él se había comido. Pilika fue a descansar a casa, no sin antes encargarle a su amigo que se encargara de la vigilancia.
Entonces, él comenzó a moverse. De inmediato se levantó del sillón, hasta sentarse en la cama donde reposaba. Respiró agitado, al ver que estaba en un hospital.
—¿Qué pasó? —preguntó con claridad.
Por supuesto, su voz sonaba diferente a la de su hermano. Sin embargo, antes no tenía la misma fuerza para pronunciarlo así.
—Te desmayaste y Pilika recomendó que te trajéramos al hospital—notó en él más dudas, sobre todo más alarma—No te preocupes, todo fue muy discreto. Nadie te vio…
—¿Salir ni entrar? —completó él.
—No, nadie te vio—le aseguró ella—Dijeron que no tenías fracturas, ni otras enfermedades, salvo anemia.
—Tuve una pelea—dijo al ver el suelo—¿Ya me puedo ir? Tengo que salir de aquí.
Eso sólo estaba confundiéndola más.
—No te puedes ir, estás débil todavía. Además, tienes que tomar ciertos medicamentos por la infección que tienes de un vidrio. No puedes caminar bien.
Él estaba bastante alterado, aun así se veía analítico. Explorando con sus ojos el terreno.
—¿Y Hao?
Qué bueno que tocaba ese tema.
—Le pedí que se fuera—respondió breve— Me dijiste que no querías que supiera que estabas ahí, ¿por qué?
—¿Sales con él?
—No.
—¿Salías con él? —enfatizó preocupado.
—No.
Él la miró con bastante fijeza. Ambos sabían bien por qué lo decían. Además que esa clase de conversación comenzaba a ser irritante para ella.
—Trabajaba con él, salimos juntos un par de meses—aceptó finalmente.
—¿Hace cuánto?
—¿Por qué quieres saber? Si es una cuestión de…
—¿Hace cuánto? —reiteró él, en un tono más enfático.
—Cinco meses—respondió molesta—Hace cuatro que no trabajo con él. Ni lo había visto, hasta esta mañana.
El castaño pareció más aliviado.
—¿Ya puedes contestar mis preguntas? —cuestionó en un tono más duro—¿O es que sólo tú puedes preguntar?
—Depende, no contestaré si eso me compromete a hablar de algunos temas.
Apretó un puño, llena de frustración, en algo tenía que parecerse a Hao.
—¿Por qué estabas ahí?
—Siguiente.
—¿Por qué no quieres que Hao te vea?
—Siguiente.
—¿Por qué te importa tanto mi relación con Hao?
—Siguiente.
Estaba a nada de quebrarle la jarra de agua a su costado.
—¿Cómo diantres te llamas?
—Yoh Asakura—respondió tranquilo—¿Ahora puedo preguntar yo?
—Depende, no contestaré si eso me compromete a hablar de ciertos temas.
Él sonrió, moviendo negativamente la cabeza.
—¿Por qué me salvaste?
—Desde niña, me han enseñado que incluso un perro callejero es una vida valiosa.
—¿Yo entró en la categoría de animales de la calle? —preguntó divertido.
—Casi vomito, si eso responde tu pregunta.
Una pequeña risa se escapó de su boca, al menos tenía sentido de humor.
—¿Cómo te llamas?
—Anna Kyoyama—respondió, acomodando su cabello—Y tienes que responder mis preguntas o llamaré a tu hermano para que las venga a contestar por ti.
Él pareció asustarse, porque incluso el gesto relajado se esfumó.
—Eres una chica muy difícil, ¿lo sabías?
—Tú y tu hermano son peores—contestó con los brazos cruzados—Entre tú y yo, sabemos quién tiene las de perder. A menos que quieras conservar tu anonimato, debes decirme la verdad.
Él suspiró bastante frustrado.
—Es algo personal.
—Tú yo ya somos demasiado personales—objetó con un notorio sonrojo en sus mejillas.
Ambos, se notaron de inmediato sumergidos en la vergüenza.
—Pensé que me había muerto…
—Es la excusa más patética que he escuchado.
—Bueno, algo de eso es verdad—confesó con una pequeña risa el castaño—Pensé que eras un ángel la primera vez que te vi y no me equivoqué, en verdad eres un ángel hermoso—dijo con voz trémula—En cambio yo… soy peor que lo que viste ahí tirado debajo de esa banca. Y si no quiero contestar tus preguntas no es porque quiera hacerme el interesante, es porque de verdad quiero protegerte.
—¿Por qué?
—Porque soy un criminal.
Continuará
Hola a todos. Tardé un poquito más de lo acostumbrado, aun así, aquí está el otro capítulo. Es gracioso porque me costó trabajo la narración. De repente borre varias partes, hasta que me gustó como quedó. Hao está celoso. Muy muy celoso. Pero bueno él ya anduvo de fiesta por aquí y por allá con sus modelos. Anna de buena fe le tendió la mano y vaya sorpresota que se llevó.¿Qué les parece esa parejita? GRACIAS POR SUS COMENTARIOS. En verdad son energía pura para mi alma y bueno para mi inspiración, cuando comencé esta historia, no pensé que a alguien le gustara. Espero seguir a la altura y bueno aun quedan algunos capítulos, no muchos, pero los suficientes para esta semana y parte de la otra. Gracias por leer.
