Capítulo EXTRA:

"Nadie olvida nunca"

[ADVERTENCIA: Mención del Mike x Hanji]

*Berlín, 2018, mañana antes de sacar a Armin e Historia*

Hanji caminaba sola es fría mañana. Había quedado en encontrarse con Erwin a las ocho, y ya eran menos cuarto. Mientras que pasaba al lado de un callejón, comprobaba la hora en su reloj de muñeca. Pero, de repente, una voz se oyó a la entrada del callejón.

Where do you think you're going, sweetheart? [¿Adónde te crees que vas, cariño?]

La castaña se quedó parada en el sitio. Aparte de que, en toda la calle, se suponía que no había un alma, conocía perfectamente ese acento británico.

Such a lady like you shouldn't walk alone; and much less around here, at this hours. [Una mujer como tú no debería de caminar sola; y mucho menos por aquí, a estas horas.]

Hanji pasó de mirar por el rabillo del ojo a girarse por completo, con la mano derecha puesta en su cadera.

Mike Zacharias estaba allí, apoyado de espaldas a la pared del callejón, con los brazos cruzados. Su típica sonrisa de cabrón adornaba su rostro. Arqueó una ceja y, con la mirada, examinó de arriba abajo el cuerpo de Hanji. Metió sus manos en los bolsillos del abrigo y Hanji sonrió, se cruzó de brazos y, acercándose peligrosamente al más alto, decía:

Don't you get tired of being chasing me the whole time, like a dog? [¿No te cansas de estar siguiéndome todo el tiempo, cómo un perro?] —se fue pegando a él y, subiendo la cabeza para que sus rostros quedaran a aún menos distancia, pasó su mano izquierda por su pecho y, con la derecha, jugaba con su cinturón—. I'm sure that, in fact, it was your intention to catch my attention 'cause, you know? I've got very clear that you spy worse than you fuck. [Estoy segura de que, de hecho, fue tu intención llamar mi atención porque, ¿sabes? Tengo muy claro que espías peor que follas.]

Entonces, Mike echó humo por las orejas. Agarró a Hanji de los brazos con fuerza y la retuvo unos instantes. Ella, para zafarse de él, se echó para atrás y pegó su espalda a la pared. Pero el rubio la acorraló, poniendo sus manos en la pared de ladrillo. Hanji sonrió, complacida. «Pillado», pensó.

—¿Ves? Tenía razón, después de todo. Sólo eres un cerdo, primitivo y machista, que se cree que, por ir por ahí mostrando "autoridad" y sacando pecho, le van a ascender. Creo que fue por eso que en París te supe manejar tan bien. Fue hace unos añitos, ¿te acuerdas?

—¡Zorra cabrona! —ladró Zacharias, pegando una patada a un cubo de basura que había a la izquierda de Hanji— ¡Casi me cuestas el puesto que tanto me costó conseguir DOS JODIDAS VECES!

—¿Cuál puesto? ¿El de "perrito faldero de Kitz Weilman"? Pues entonces, aprende la lección: "No aceptes el primer polvo que se te ofrece". Pareciera que estás desesperado —y Hanji susurró a su oído, fingiendo lástima—. Mike, has luchado tanto por tan poco. Qué pena.

—A mí nadie me sermonea, ¡Y menos una puta mujer como tú!

La razón del comportamiento de Mike Zacharias se remontaba a cuando él apenas era un crío. Era el mayor de cinco hermanos —tres niños y dos niñas—, y constante testigo de los abusos que recibía su madre por parte de su padre, un trabajador de clase media-baja. Este mismo, enseñó a Mike el manejo de distintas armas de fuego, cómo la escopeta.

Cuando Mike tenía sólo trece años, su padre fue enviado a prisión a causa de una pelea en un bar de Londres, que causó la muerte de cinco turistas alemanes —tres de ellos, asesinados por el señor Zacharias—. Fue entonces cuando Mike, a la fuerza, se declaró la figura autoritaria de la casa, sometiendo constantemente a su madre y hermanos. La situación siguió así hasta que Mike, con diecisiete años, ingresó a una de las academias militares del ejército británico. Tenía tanto potencial como arrogancia, por lo que rápido pasó a ser el mejor entre todos los cadetes de su promoción, tanto que, en el año 2002 llamó la atención del director del MI6, Kitz Weilman. Este, le ofreció trabajar para el Servicio de Inteligencia Secreto, a cambio de un puesto considerable, lo que traería consigo una muy buena reputación.

Todo eso se tornó cuando, una mañana en 2013, su jefe le encomendó una misión en el lugar dónde se hallaba trabajando: Madrid, España.

—Tienes que traer el reloj AQUÍ, olvídate de los americanos. ¿Ha quedado claro, Zacharias? —decía Kitz, muy seriamente, al otro lado de la línea.

—No se preocupe, señor Weilman. En un abrir y cerrar de ojos, tendrá el reloj de la señorita Fritz en sus manos —contestó Mike, con seguridad, acercándose al ordenador portátil que tenía en su habitación.

—Aun así, hay una leve complicación…

—Dígame.

—La CIA no se fía del todo. Por lo que han mandado a una de sus agentes a que te eche una mano. Tú serás su contacto, pero trata de quitártela de en medio. Debe de haberte llegado su expediente al correo ahora mismo.

Mike, sentado en su escritorio, abrió el correo electrónico y se encontró con unas copias de un expediente. Las abrió y revisó con el más mínimo detalle toda la información del agente del que Kitz hablaba.

—Ah, ya me ha llegado. La señorita Hanji Zoe, ¿no es así? —preguntó Mike, mientras que iba leyendo. De repente, después de que Kitz le contestase que sí, encontró algo bastante interesante para él; sonrió de oreja a oreja y dijo—: Vaya, es un Cisne Negro; entonces debe de ser una chica mala…

—Céntrate, Zacharias. Que eso último que acabas de leer te sirva como una advertencia de que los yankees van en serio. Hoy mismo llega a Madrid.

—Tranquilo, yo me ocuparé de ella. Después de todo: Las mujeres son siempre iguales.

—Eso me da igual, mientras que me traigas el reloj.

—No dude de ello, Señor —dijo Mike, y colgó el teléfono.

Se quedó un momento mirando la imagen que había adjuntada al documento del rostro de Hanji. Apoyó su codo izquierdo y sostuvo su barbilla. Sonrió complacido y dijo:

—Así que, Hanji Zoe, ¿eh? —Mike arqueó la ceja—. Seguro que nos vamos a llevar tan bien…, pero no te hagas ilusiones, no voy a caer en tus juegos, preciosa.

Descargó el archivo, suspendió su ordenador, y se comenzó a arreglar para marcharse al aeropuerto de Barajas.

—En Madrid me jodiste toda la misión. Y luego, en París…

*París, año 2015*

Las coincidencias y casualidades, a veces, parecen estar hechas simplemente para joderte, eso fue lo primero que pensó Mike cuando, nada más comenzar a operar en París, como solía hacer en Madrid dos años antes, se encontró a quién menos quería —por eso, el encontrarse de nuevo con Hanji en Berlín, bien se podría interpretar como "Karma intencionado", por parte de Mike—. Obviamente hablamos de ella, porque no hay nadie que Mike más odie, pero, al mismo tiempo, deseé más.

—¡¿Qué haces aquí?! —espetó ella, al verlo de nuevo, tan campante, sentado en tras el escritorio frente a ella, en la oficina en la que tendría que trabajar.

—¿A ti qué coños te importa? Tengo trabajo, ¿o es que acaso te creías que acabé en la calle por lo de Madrid?

Hanji no contestó. Mike se rio, se cruzó de brazos y se recostó en la silla.

—Serás cabrona. Pero no te preocupes, no te guardo rencor —mintió, provocando que Hanji se sorprendiese un poco.

¿No puedes para de mentir?, pensó Hanji. Entonces hizo lo que pensó que sería con lo que antes se quitaría a Mike. Se acercó y cerró la puerta del despacho. Se paró frente a Mike y se cruzó de brazos.

—A ver, ¿qué quieres esta vez?

—Quiero que dejemos de comportarnos como críos y que maduremos un poco —respondió Mike, levantándose—. Venga Hanji, ¿en serio?

—Te recuerdo que, el que trató de jugármela en Madrid, fuiste tú.

—Estaba haciendo mi trabajo, al igual que tú cuando me pegaste una patada en los huevos, ¿y aún te lo reprocho?

—¿Es que te gustó? —preguntó Hanji, tratando de aguantar la risa. Si quería negociar con Mike para que la dejase en paz, tenía que acercarse a él y conseguir que bajase la guardia. Se sentó en la silla en la que había estado Mike, hincó el codo en el reposa brazos y sostuvo su cabeza—. Venga, te escucho.

—Al fin y al cabo, todos necesitamos un amigo, ¿no crees?

—Bien visto —contestó Hanji.

—¿No sería mejor olvidar nuestras diferencias y tratar de colaborar? Como adultos que somos, ¿Te parece?

Hanji tardó un instante. Las palabras de su instructora, Anka Jones, sonaron en su cabeza: «Tendrás que amar cuando se te ordene, tendrás que arriesgar todo lo que haga falta y entregarte al completo si quieres alcanzar algo». Y luego se acordó de su mentor, Eren Krueger: «Si alguien te la ha tratado de jugar, dale una buena dosis de su medicina a ese cabrón». Esos serían, quizá, los dos consejos más acordes para la situación.

—¿Sabes? Creo que estás en lo cierto… —respondió Hanji.

—Mira que eres testaruda y… espera ¿qué? —espetó Mike, incrédulo, y señaló a Hanji— Tú… ¿me estás dando la razón? —se señaló— ¿a mí?

Zoe puso sus manos en los reposabrazos y se encogió de hombros.

—Sí, claro. Estoy de acuerdo con tu punto de vista —mintió—. Aunque creo que debo de pensarlo —se levantó y se acercó a Mike, y puso un tono suave y coqueto— ¿Te apetece quedar en mi hotel, y así lo hablamos? Si tú quieres, claro…

—No, venga —respondió el rubio, rápidamente—. ¿Me paso a eso de las ocho?

—Cuando quieras —respondió Hanji, arqueó las cejas y esbozó una media sonrisa, luego se acercó a la salida—. Hasta luego, entonces.

—Lo mismo digo…

Hanji curvó sus labios en una media sonrisa y arqueó la ceja. No recordaba que la técnica de la manipulación fuera eficaz tan rápidamente. El truco era saber exactamente qué quería el individuo, saber determinar lo que Mike necesitaba. Y Hanji sabía perfectamente lo que Mike quería y necesitaba: Una mujer dispuesta a ser totalmente suya.

El resto del día pasó con normalidad. Le contó a Niles sobre lo ocurrido, y lo que tenía pensado hacer, y él lo aprobó.

—Por favor, de momento no se lo cuentes a nadie más —después de Eren Krueger, su tío era al único que le contaría lo que había ocurrido—, no quiero lío ni con Pixis, ni con Zackly.

Niles, al otro de la línea telefónica, suspiró. Frotó sus ojos y contestó—: Está bien, Hanji, haz lo que creas conveniente.

—Sin duda.

—Dale su merecido, sobrina —dijo Niles, antes de despedirse y colgar.

Se miró una última vez en el espejo del baño: Un vestido corto y escotado, bien maquillada, pero que tampoco pareciese que su propósito era zorrear a Mike, parecería que trataba de delatarse a sí misma. Se colocó uno de sus mechones de color castaño, se rizó un poco la coleta, y de repente oyó sonar su teléfono. Se acercó al escritorio enfrente de su cama y cogió el móvil, Mike la estaba llamando.

—Dime.

—Ya estoy en el bar de tu hotel, ¿bajas? —preguntó Mike, en este mismo, apoyado tras la barra.

—Oh, no, mi idea es que vinieses a mi habitación —contestó Hanji, cerrando su portátil y dejándolo a un lado. Había estado planeando toda la tarde cómo hacer para que Mike no se resistiera a ella, y todo tenía que salir perfecto si quería sacar beneficios. De repente, añadió un tono más dulce—, ¿no te importa, ¿cierto?

—Oh, no, para nada. Ahora subo, ¿me dices el número?

—Planta cinco, habitación, quinientos doce. No tardes.

—No, claro que no —respondió Mike, con una corta risa, y se pudo oír como sonaba el timbre del ascensor.

Hanji colgó el teléfono y lo dejó en su mesita de noche. Se miró en el espejo de cuerpo completo del armario y decidió quitarse las gafas, y a continuación se quedó sentada de piernas cruzadas en la butaca de al lado de la ventana. Hasta que oyó como Mike llamaba a la puerta de su habitación.

Se puso de pie y se acercó despacio y con calma a la puerta, y no tardó en abrirla, quedando cara a cara con Mike quién, tras un incómodo silencio de apenas cinco segundos, habló cortésmente:

—Buenas noches, Hanji. Te ves genial.

—Buenas noches a ti también —respondió Hanji, sonriendo, y añadió—: me alegro de verte.

Hanji invitó a Zacharias a pasar, y se adelantó al minibar, mientras que él metía sus manos en los bolsillos de su pantalón y miraba la habitación.

—¿Qué te apetece tomar? —preguntó la mujer, bajando la cabeza para ver que tenía el minibar y, sin haberlo planeado, dejándole a Mike una buena vista de su trasero, el cual Mike ya imaginaba sin la faldita del vestido encima.

—Mike —Hanji lo volvió a llamar, y este se espabiló de golpe y porrazo.

—¿Eh? ¡Ah, bueno! —respondió el más alto, y puso un tono normal de nuevo, que no pareciese que estaba distraído— No te preocupes, elige tú…

Hanji sacó dos botellitas pequeñas de vodka, se volvió a poner bien y tras mostrársela a Mike, se la pasó al aire, y luego cogió los dos vasos de encima de la pequeña nevera.

—Tendremos que conformarnos con un vaso sólo —dijo Hanji, dejando los vasos en el escritorio.

—No tenemos por qué —insistió Mike, sirviéndose su minúscula botellita en el vaso—, podemos bajar y…

—No, de veras, quiero quedarme aquí porque… quiero decirte algo, y tiene que ser aquí —dijo Hanji, tratando de coquetear, y sirviéndose su bebida.

—Bueno, si tú lo dices… —respondió Mike, conforme, y bebiendo un poco de su vaso—, ¿y qué es eso que me querías decir?

—Tenías razón: Necesito un amigo.

—¿Te lo dije o no? Yo, por mi parte, estoy a tu disposición.

—Ahí quería llegar. Aunque lo he pensado y… Los amigos estamos para contarnos cosas, ¿no?

—Sí, claro.

Hanji se bebió de golpe el vodka, y dejó alejado el vaso.

—Es que quiero hacer un trato: Me gustaría que fueses mi compañero, y para ello tendría que saber qué estabas haciendo aquí en París —Hanji se acercó poco a poco a Mike, y acarició su brazo derecho.

—Estoy dispuesto a ser tu compañero, pero ¿qué gano yo diciéndote qué hago aquí?

—Mi plena confianza para decirte qué hago aquí y, además, un regalito… —comenzó a enredar sus brazos en el cuello de Mike, quién acababa de dejar en la mesa su vaso, y estaba dispuesto a poner sus manos en Hanji. Entonces, ella susurró a su oído—: ¿Me quieres? Pues si haces este trato conmigo, soy toda tuya.

Dejó un beso en su mandíbula y, antes siquiera de llegar a los labios, se separó y le lanzó una mirada felina a Mike, quien ya había puesto sus manos en su cintura, con intención de bajar.

—¿Y bien?

—Hanji, si estás tratando de jugármela, que sepas que no voy a caer —dijo Mike, añadiendo dureza en sus palabras.

La nombrada rio, se separó y, sin el más mínimo pudor, se separó un poco de Mike y, tras desabrochar la cremallera de la espalda de su vestido, se quitó este, dejándolo a un lado en el suelo. Iba sin sujetador, y con unas braguitas semitransparentes negras —obviamente a Mike se le desencajó la mandíbula y la sangre se le comenzó a calentar—. Volvió a Mike y pasó sus manos por su pecho y luego las metió bajo su chaqueta americana, apoyándolas en los hombros, provocando que el ánimo no fuese lo único que se le comenzaba a levantar.

—¿Sigue pareciendo que te la trato de jugar? —preguntó Zoe, seductoramente, y retirándole la chaqueta a Mike.

Se miraron, él rodeó su cintura con los brazos, y la acercó para besar sus labios con rudeza. Ella agarró el rostro de Mike y cedió a que continuase. Notó cómo su mano derecha descendía hacia su culo, y la daba una nalgada. Ella gimió, y dejó que siguiera recorriendo su cuerpo con sus manos. Fue desabrochando con lentitud su camisa, pero Mike estaba más ansioso, por lo que se la quitó de una, dejando ver su bastante bien trabajado cuerpo, en lo que Hanji se sentaba en el escritorio se quitaba los tacones, y abría sus piernas, para que Mike se pusiera entre ellas. Volvió a atacar su boca, mientras que acariciaba sus muslos, provocando que su excitación fuese poco a poco a más. Mike bajó sus besos, ahora más húmedos, al cuello y pecho de Hanji, y comenzó a lamer sus pezones, provocando que ella recostara su cabeza en la pared, y comenzase a meter su mano derecha en sus braguitas. Aunque Mike no se quedó corto. Se puso de cuclillas, e inhaló el aroma entre las piernas de Hanji.

—Tú si que hueles a gloria, cielo —comentó, volviendo a ponerse un momento de pie, besando a Hanji, y quitándole las bragas de una vez, arrojándolas a un lado.

Aunque Hanji ya estaba tocándose, pulsando su clítoris, Mike comenzó a meter y sacar rápidamente sus dedos corazón y anular en su vagina, provocando que Hanji ahogase un gemido. Mordió su labio, y cesó el movimiento de su mano cuando Mike comenzó a jugar con su clítoris con su lengua. Le agarró del pelo para que continuase, y volvió a echar la cabeza hacia atrás.

Cuando llegó a su primer orgasmo, exclamó el nombre de Mike, y esté terminó de masturbarla. Él trazó una media sonrisa, y le lazó una mirada a Hanji de "apenas hemos comenzado". Se puso de pie y, con la mano izquierda apoyada en el escritorio y la derecha libre, desabrochó su cinturón y el cierre de su pantalón, y bajó este junto con la ropa interior, quitándoselo. Hanji se quedó boquiabierta. "Y encima, el cabrón está dotado", pensó, viendo como Mike comenzó a pasar el glande de su miembro por su entrada, para luego penetrarla de una estocada. Puso sus dos manos en el escritorio, y Hanji enredó sus piernas en sus caderas, y le acercó a ella, para que la besase, mientras que la embestía con rudeza.

—¡Joder, Mike! —exclamó esta, al notar cómo este la daba en el punto perfecto. Clavó sus uñas en su espalda, Mike agarró su muslo derecho y la besó.

Tras un largo rato, se fue parando lentamente, y Hanji supo perfectamente que hacer.

—¿Puedo tener yo el privilegio de dominar esta vez? —sugirió, con picardía, sonriendo, y bajándose de la mesa.

—¿Quién dijo que no pudieras? —respondió el rubio, sugerente y retrocediendo un poco, para acomodarse en la cama.

Hanji se mordió el labio y, cuando Mike se tumbó por completo, se acercó despacio y, encima suya, besó sus labios. A continuación, tomó su miembro, y lo introdujo dentro suya. Puso sus manos en los muslos de Zacharias, y comenzó a mover sus caderas con rapidez, provocando que comenzase a gemir sin preocuparse de regular un poco el volumen. Es más, juraría que oyó a los de la habitación de al lado comentar algo. No le dio mínima importancia, y comenzó a darle sentones a Mike. Él jadeó, y subió sus manos a los pechos de Hanji.

—Ah… ¿Te he dicho alguna vez lo buena que estás Hanji? Joder, así sí que da gusto.

En respuesta, Hanji rió, y comenzó a moverse más despacio, apoyando sus manos en los pectorales de Mike. El de ojos ámbar agarró el pelo de Hanji, y besó sus labios desesperadamente, y aprovechó para dejarla a ella bocarriba, y él encima suya. De repente, Hanji recordó lo que posiblemente le encantaría a Mike: "Sumisa todo el tiempo", y decidió cambiar la posición y ponerse con las rodillas hincadas y con las manos apoyadas en la almohada. Mike pasó su mano por la nalga derecha de Hanji, y la dejó un azote, provocando que se la escapase un gemido. Hundió las yemas de sus dedos en su cadera, e introdujo todo su sexo en Hanji, provocando que ella hundiese su cabeza en la almohada. "Salvaje", era como definía a Mike, al él deslizar su mano hacia su cuello, y pegando su pecho a la espalda de la castaña. Hanji apoyó sus manos en el cabecero, y dejó que Mike inhalase el aroma de su cuello antes de que, tras darla unas últimas estocadas, se corriera dentro de ella, al mismo tiempo que ella llegaba a su segundo orgasmo. Se quedaron en esa posición un momento, y luego Mike sacó su falo de Hanji y se acostó en la cama, y Hanji se quedó abrazada a él, a su lado.

—¿Y bien? —preguntó, recostando su cabeza en el pecho de Mike.

—No ha estado nada mal —respondió Mike, acariciando su pelo.

—Entonces, ¿qué? Hay trato, ¿no? —dijo Hanji y, luego, añadió una sonrisa suave y besó los labios de Mike.

—Claro que sí, encanto —contestó.

—¿Qué haces en París, entonces? —preguntó Hanji, hincando su codo en la almohada y sosteniendo su cabeza.

Mike desvió un momento la mirada. Hanji acarició su pecho, y automáticamente la volvió a mirar.

—Al parecer, una de las secretarias del gabinete del primer ministro francés ha acordado venderle a un agente del SVR unos disquetes con información confidencial de un satélite de seguridad, propiedad del Parlamento y el presidente, François Hollande. Conseguí descubrir quién era esa secretaria, y me voy a reunir con ella para conseguir los disquetes, para llevárselo al MI6.

—Vaya, pero si eso lleva hasta meses de trabajo.

—Conseguí una vía rápida, gracias a algunos contactos. Ahora sabes qué hago aquí, si el MI6 se entera de lo que te he contado, me rajarán el cuello. Ahora, Hanji, dime qué haces aquí.

Hanji ahora no sabía qué contestar porque ella estaba ahí por la misma razón. Se había quedado petrificada, sin saber ahora qué responder. Estaba más que jodida. Se inventó una excusa rápida, que acababa de salir de su cabeza.

—Al parecer hay un traidor en la CIA, que le vende información a la mafia, y creen que ha ido a parar aquí, a Francia. Estoy aquí para investigar y llevarlo de vuelta. Vivo o muerto.

—Nunca falla —dijo Mike—. Ya está todo dicho, entonces…

—Sí, absolutamente todo —contestó Hanji.

Se quedaron un momento descansando. Luego, después de que Mike se marchase y oyera la puerta cerrarse, Hanji marcó enseguida el número de Niles y le contó todo lo que la había dicho Mike.

—No me jodas… —respondió Niles—. Esa cabrona de Berger. Sigamos con el plan, trata de hacerte con los disquetes antes que Mike. Estoy seguro de que eres mil veces mejor negociadora que él.

—Tenlo por seguro —dijo Hanji, y suspiró.

*Unos días más tarde*

—Buenas, señor Weilman, ahora mismo…

—Zacharias, vente de vuelta a Londres ya, es una orden.

—Pero ¿qué? —preguntó Mike, extrañado—. Kitz, si aún no he hablado con…

—La CIA se ha llevado los disquetes. Han negociado con Camille y se los ha dado a ella, a cambio de una "propina generosa".

Mike se quedó sin palabras. Se la había vuelto a jugar.

—Adivina quién ha sido la culpable detrás.

—Me lo puedo imaginar —respondió Zacharias, estrujando uno de los papeles que tenía en el escritorio.

—Ya hablaremos en Londres, ¿vale? Nos vemos, Zacharias.

Mike colgó el teléfono. La misión de su vida, tirada por la borda. Habían vuelto a reírse de él en toda la cara. Respiró fuertemente, y golpeó con los puños el escritorio, desahogándose, aunque era imposible.

—¡Hija de puta!

—Te dejaste engañar de lo loquito que estabas por mí. Me abrí de piernas, y tú no dudaste un segundo.

Mike, tratando de no dejarse llevar por la rabia del recuerdo, respondió—: Sí. Porque, es así cómo trabajas, ¿no? Así os enseñan en la CIA. Engañas a cualquiera con esa cara bonita y esas piernas largas; es más, estoy seguro de que ya te follaste a tu querido amigo, el guaperas ese que siempre te acompaña.

—Él es mi compañero, y no va detrás de mi cómo lo haces tú, jodido pervertido.

Mike se llenó de rabia. Fue a pegar a Hanji en la mejilla, pero ella fue rápida y lo bloqueó, agarrando su mano con fuerza. Ahora habló, muy seriamente, y dijo:

—Atrévete a ponerme una mano encima, y te denunciaré por agresión. Kitz Weilman se enterará y te mandará de cabeza a Londres otra vez, y tú perderás tu querido trabajo. Y, además, no creo que a Erwin le haga mucha gracia que aparezca con un golpe en toda la cara, ¿es que acaso quieres más líos, Mike?

Entonces, se miraron un momento. De repente, Hanji se acercó, cerró los ojos y besó los labios de Mike. Él, cómo era de esperar, correspondió al beso. Tras unos instantes, Hanji se separó, y formó una media sonrisa.

—Al final, sí que voy a estar en lo cierto: Somos los dos igual de rastreros, Mike. La diferencia es que tú nunca cambiarás, siempre serás el mismo. Qué tengas un buen día.

La castaña se alejó de Zacharias, complacida, y se marchó a dónde Erwin había acordado el día anterior. Mike quitó su mano de la pared, se salió del callejón y, viendo cómo Hanji se marchaba, se limpió los labios y siseó:

Fucking slut [Jodida puta].

Se marchó por el lado contrario de Hanji y encendió su teléfono. Al revisar sus contactos, se encontró con uno en concreto: Nanaba Ferrec. Ah, la señorita Ferrec, su guapa ex amante francesa. Ahora ella, prácticamente, le quería matar. Pero, ¿quién comenzó la relación, después de todo?

La Ciudad Más Fría

*Berlín, unos meses atrás*

Mike acababa de tener una reunión con los hermanos Jeaguer y su nueva compañera, Annie Leonhardt. Él mismo la pasó la información de Hanji Zoe, para que la metiese en la lista que durante esos últimos días habían estado planeando realizar. Salió de la casa de Eren y Zeke y, de repente advirtió algo: Una mujer alta, delgada, de pelo corto rubio y atractiva, con una cámara fotográfica profesional colgada al cuello. Justo cuando él salió ella se había puesto unas gafas de sol se había puesto en movimiento, algo ciertamente sospechoso.

Hubo un instante en el que, desde lo lejos, ambos habían coincidido sus miradas, pero de una forma fría e indiferente, cómo si ambos trataran de disimular. Mike frunció el ceño, algo le olía sospechosamente mal. Caminó en la misma dirección que la mujer de antes y llegó justo para poder seguir sus pasos, hasta que la vio de entrar a un bloque de edificios, dónde supuso que viviría. Mike se paró en frente de la placa del portal y leyó en voz baja:

Inn Sight, Potsdamer Platz. Un edificio de apartamentos en la zona más moderna de Berlín… Interesante —se dijo para sí mismo.

Esa chica había captado su atención en menos de un segundo, es más, seguro que ella sabía que le había estado siguiendo. Vigilarla de cerca, esa era su idea. Aunque no tardó menos de unos días en descubrir su identidad. La encontró trabajando en un estudio de fotografía cerca de la misma calle en la que vivía. Mike no entró, le delataría demasiado rápido. Se quedó apoyado a la vuelta de la esquina. Pero, cuando ella salió a fumar un cigarrillo con quién pensó que sería su compañera de trabajo, descubrió su nombre:

—… Nanaba Ferrec, una mujer simplemente única —oyó a la muchacha de pelo castaño, que acompañaba a la rubia más alta, bromear.

«Bingo», pensó Zacharias, y sonrió satisfactoriamente, y se asomó a ver a las dos mujeres conversar.

—Y bien; te veo en el Buck and Breck a las nueve, ja? [¿Sí?]

—asintió Nanaba, apagando el cigarrillo en el suelo.

Mike se alejó y mientras apuntó mentalmente el lugar y hora de la cita. Esa noche tendría una cita interesante. Pero no se percató de que Nanaba fue esta vez quien le siguió con la mirada antes de volver a entrar al estudio. Frunció el ceño de la misma forma que lo hizo Zacharias, y volvió a trabajar con su amiga.

La noche llegó rápido. A las nueve menos cuarto, Mike Zacharias ya salió de su casa y, en coche, se dirigió al bar dónde, supuestamente, Nanaba estaría allí. Aparcó justo enfrente de la puerta del bar a las nueve. Dirigió la mirada a la puerta de cristal, que daba directamente a la barra, y allí estaba: Vestida con un vestido corto de tirantes azul claro, tacones color crema, un reloj bañado en oro en su muñeca, y un maquillaje natural. Se encontraba tomando un Martini junto con la amiga de antes. Sonriente, radiante, atractiva...

Cuando la chica castaña se alejó de su amiga en dirección al baño, fue el pistoletazo de salida para Mike. Salió y cerró su coche, se colocó su chaqueta americana azul marina y entró al local. Se colocó de pie en la barra, a espaldas de Ferrec, y dijo:

Une bonne nuit, tu ne crois pas, madeimoselle? [Una buena noche, ¿No cree, señorita?]

La rubia enfrente suya se quedó petrificada un instante, luego se giró y, tratando de mantener la compostura, miró de abajo a arriba a Zacharias y contestó, con normalidad:

—¿Cómo sabes que soy francesa?

—Lo he intuido… —contestó Mike, tranquilamente, dando a entender que su acento la delataba. Nanaba tragó saliva y apoyó su brazo en la barra.

—Lo hablas bastante bien.

—Bueno, una vez viví en París.

—Ah, ¿sí? —preguntó Nanaba, Mike asintió con la cabeza— ¿Y cómo es que te marchaste?

—Una larga historia —contestó Zacharias, al mismo tiempo que los recuerdos de su encuentro con Hanji Zoe en esa ciudad pasaban por su mente—. ¿Qué haces aquí, en Berlín?

—Trabajo como fotógrafa en un estudio. Llevo poco tiempo aquí —respondió Ferrec, tratando de dar por terminada la conversación. Sabía perfectamente a quién tenía enfrente, y no quería líos que la delataran.

—Ese vestido te queda bien, ¿sabes? —Mike insistía en continuar la conversación.

—¿Nos conocemos? —preguntó Nanaba, con indiferencia.

—Soy Mike Zacharias, y creo que el otro día te vi sacando fotos no sé a qué cerca de por dónde pasaba.

—Yo soy Nanaba Ferrec. Y, ah, ya me vas sonando… el otro día me seguiste hasta mi casa —respondió Nanaba, decidida.

—Creo que te estás confundiendo.

—Quizá, quién sabe…

Nanaba apuró su copa y Mike, que nunca se daba por vencido, decidió ir a por el bote.

—¿Te apetecería quedar mañana por la noche conmigo, en este mismo bar? Te invitaría a una copa y, bueno…

—Estaría bien; tal vez.

Alright [Bien] —dijo Mike—. Entonces mañana te espero a las nueve aquí mismo.

Oui [Sí]. Vendré con puntualidad inglesa, ¿te parece, Mike? —sugirió Nanaba, y guiñó en ojo al rubio.

—De todas formas, mejor tarde que nunca, madeimoselle —respondió Mike, con una sonrisa.

Justo entonces, la amiga de Nanaba volvió del baño. Mike hizo un gesto de despedida y se marchó. En el coche, de camino, aprovechó para llamar a Annie Leonhardt y contarle el nombre de Nanaba y lo sucedido hasta entonces. Annie sólo sabía que era una agente novata del DSGE, lo cual a Mike le venía de lujo para pillarla. Cuanto antes le sacase la información a Nanaba, antes se quitaría eso de en medio. Pero la francesa tampoco era tan torpe para no sospechar de Zacharias.

Al día siguiente, Nanaba llegó puntual a su cita con Mike Zacharias. De esa noche no pasaba, iba a pillarle sin dudarlo. Cuando, a las nueve de la noche justo, apareció en el bar, se encontró a Mike tomándose whisky justo en el mismo lugar del día anterior. Ella guardó su teléfono y, agarrando su cartera de mano, se puso a su lado. Mike se giró y, al verla con su vestido corto blanco palabra de honor, sonrió.

—Al final viniste —dijo, bebiendo del whisky de su vaso.

Nanaba se puso la mano izquierda tras la nuca, rozando las perlas de su gargantilla, y luego apoyó ambos antebrazos en la barra. Pidió ginebra y contestó:

—Yo siempre cumplo mi palabra, Zacharias —dijo, y juntó sus antebrazos, para que se marcase más su escote. Su modus operandi estaba más que claro, pero Mike no se iba a dejar atrapar, la iba a seguir el juego.

—Eso es algo digno de apreciar en alguien. Y estoy seguro de que no es lo único destacable de ti

—Vaya, lo dices con mucha confianza.

—¿No te gustaría que fuéramos amigos? Yo, cuando tengo algo claro, no dudo en decirlo.

—Entonces, ¿no tenías claro que fueras mi amigo?

—Eso es algo que ya sabes desde el principio. Lo que pase después, lo tenemos que descubrir por nosotros mismos.

—¿Sabes una buena forma de descubrirlo? —Nanaba fue acercando su rostro al de Zacharias, con una sonrisa bastante sugerente.

—¿Cómo? Tengo curiosidad.

—Con más alcohol —contestó la rubia, y se bebió de su ginebra de un trago.

Besuqueándose, Mike y Nanaba llegaron al apartamento de él. Mike cerró la puerta de un portazo y, agarrando de la cintura a Nanaba, se fue dirigiendo con ella a la habitación. Nanaba tiraba de la chaqueta de Mike, y este tiraba de la tela de su vestido. Ya, en el dormitorio de él, Nanaba le dejó tumbado en la cama y, sentada encima suya, entrelazó sus manos a las de él y las pegó a la almohada.

—Mmm —él jadeó—. ¿Te gusta así, conmigo atrapado?

—Sí seguro —contestó ella, tratando de evitar que Mike desviara su mirada de ella mientras que deslizaba su mano derecha por el cajón entreabierto de la mesilla de noche. Palpó una pistola, premio.

Agarró el arma y, separándose de Mike, le apuntó con esta al rostro.

—Sobre todo cuando el arma lo tengo yo —dijo seriamente, quitando el seguro de la Beretta 92—. Qué travieso eres, Zacharias. Dentro de un cajón, ¿todos los británicos sois así de predecibles, o acaso eres la excepción?

—Berlín, igual que cualquier ciudad, es peligrosa. Eso es por mera defensa personal —trató de excusar Mike, provocando que Nanaba soltara una risa.

—Eso no me suena convincente; sobre todo en un agente del MI6, cómo lo eres tú, señorito.

—Creo que no eres la indicada para acusar a nadie —respondió Mike, dejando a Nanaba debajo suya, y agarrando sus muñecas. Ella soltó un gemido de dolor y él dijo—: Agente Nanaba Ferrec. Nacida el 30 de junio del ochenta y tres, treinta y cuatro años. Una agente novata del DSGE; fuiste metida a la fuerza por tu papi, ¿me equivoco?

—Cierra tu maldita bocaza, puto bufón británico —se quejó Nanaba, tratando de zafarse del agarre de Zacharias.

—Y, además, estás aquí por los hermanos Jeaguer. Estamos en el mismo negocio, así que mejor cierra tu hermosa boquita y escucha lo que voy a decir.

Mike soltó a Nanaba y se sentó a su lado. Ella se sentó también y se cruzó de brazos.

—Adelante, te escucho.

—Pero, aun así, no trates de querer matarme, me conozco ese truco…

—No seas idiota. Si quisiera matarte, ¡ya lo habría hecho! —escupió Nanaba, con la pistola aún en la mano.

—No te creas la única a la que tampoco la tiembla el pulso, ya también lo hubiese hecho, rubia. El caso es que, los dos estamos en una encrucijada; cómo nuestros jefes se enteren de todo esto, nos pegarán un tiro entre ceja y ceja, y no creo que te guste esa opción…

—¿Qué sugieres, entonces?

—Tú silencio a cambio del mío. Haremos cómo que nada ha pasado, y seguiremos cada uno por nuestro lado, sin interponerse en el del otro, y todos tan a gusto. ¿Y bien, qué me dices?

—Buen punto. Está bien, trato hecho —asintió Nanaba y estrechó la mano de Mike.

—Aun así, ten cuidado por ahí. Soy partidario de la idea de que el espionaje es cosa de hombres.

Nanaba, en respuesta, rio por un segundo. Dejó en la mesilla la pistola y, sentándose encima de Mike —dejándolo boquiabierto—, negó con la cabeza y, con una pícara sonrisa, dijo:

Non, Monsieur [No, señor]. Déjame mostrarte lo que sí es cosa de hombres

Acercó sus manos a la cremallera de su vestido, y mientras que Mike ya había puesto las dos manos en sus caderas, comenzó a bajarla lentamente.

—¿Trato hecho? ¡Sí, seguro! —se dijo para sí mismo, en voz baja, Mike Zacharias, pensando en esa noche en la que selló un trato con la peor mujer que había pasado por su vida (Después de Hanji, claro. A ella no la superaba nadie, pensaba Mike)—. Tendré que ir a refrescarla las ideas, un día de estos…