Giros del Destino - Capitulo 22
Atención : Escenas con sexo explícito. Quedan advertidos que lo leen bajo su riesgo. Puede no gustar. Perdón Sra. Riyoko Ikeda…
Del limón fugaz al helado de París .
El acero del sable se dejó escuchar cuando volvió a tocar la punta de la vaina en la cual se guardó. Los trozos de madera del anterior bastón, seguían girando en el piso. El rostro desencajado de Mr. Thénardier traslucía sorpresa, agravio e impotencia. Un jovencito de poco más de veinte años, con uniforme militar le estaba haciendo afrenta a sus anchas.
-Vuestra merced, vos...
-Si, Monsieur. Vine a ver cómo se encontraba mi amiga, y ahora confirmo que os encontráis lastimándola como si de una bestia se tratara. - André se agachó hasta Marianne y la tomó del brazo y la cintura para tratar de apearla. Ella emitió unos quejidos apenas perceptibles, pero que dieron cuenta de que había más de un músculo adolorido.
-¡Pero claro que es una bestia! ¡Ni siquiera sabe leer esta idiota! ¿Quién sois vos, pedazo de gazmoño, que venís aquí a querer interferir con mi negocio? Que trate a mis putas como bestias o como mejor me plazca, es asunto mío y de nadie más.
Los ojos de André refulgieron de indignación. Recostó sobre un sillón a Marianne, y en dos pasos, alcanzó al hombretón hasta tomarle de las solapas de un traje adornado a la usanza parisina.
-¡Como volváis a mencionar que podéis hacer lo que os plazca con estas chicas, os parto la cara, crápula!. - Lo soltó empujándolo hacia la pared. - Supongo que al Duque de Orleans, no le gustará saber que tenéis estas costumbres en su recinto.
Thénardier trastabilló un momento, intentando tomar un candelabro de hierro para ¿defenderse? ¿atacar?
-No tenéis pruebas. Esta chica, bien pudo haberse roto la cara y las costillas bajando las escaleras, o tal vez en un accidente con su cliente favorito. Sabéis muy bien que hay caballeros que tienen esos gustos... ¿Qué os hace pensar que el Duque os creerá a fe ciega lo que vayáis a contarle? - Dijo atusándose el bigote mal llevado a la usanza de los mosqueteros.
-Porque el Duque me conoce... y porque seguro también os conoce.- Afirmó André, que en su fuero interno tenía sus dudas, pero se encargó de aparentar seguridad en sus palabras.
-Y porque el joven, tiene una testigo. - Dijo Claudette en el quicio de la puerta con algo de miedo. André volvió a llenar de aire sus pulmones con esta aparición.
Thénardier al verse expuesto, levantó más alto el candelabro como para dar un golpe a la chica, pero André se interpuso.
El seguro que sostenía el martillo con su pedernal sonó secamente en el aire, anunciando un disparo inminente.
- Ni se os ocurra, malnacido. - Amenazó el Comandante - Porque siquiera logréis rozar a esa mujer, al instante, se podrá ver el tapiz de ese muro por el agujero que os haré en la cabeza.
- Tranquilo, tranquilo, señorito. - Dijo el rufián bajando el artefacto - Vamos a hablar para entendernos mejor - Se refregó las manos contra la solapa de su saco - En fin... Entiendo que os guste interpretar el papel de justiciero, sólo que, debéis de entender, negocios son negocios... Y si esta chica no trabaja, no hay dinero, y sin dinero, no somos felices, ni ella, ni el Duque, ni quien os habla.
André tomó una pequeña bolsa de terciopelo de su guerrera y la arrojó al suelo cerca de Thénardier. Como la correa estaba floja, las monedas se esparcieron en el piso. El reflejo de las velas revelaron un brillo dorado, lo cual significaba que se estaba despojando de una pequeña fortuna en oro.
- Con esto, podéis cubrir los días que Marianne dejará de prestar sus servicios en vuestro negocio. - Dijo André con asco al ver como el miserable ponía una de las monedas entre sus dientes para probar el metal.
-Si, pero esta zorra, digo, señorita me debe la paga de tres meses junto con su adorable hermana. Como veis Monsieur, con estas monedas cubrimos solo dos meses de los seis que me deben ambas. - Sus amarillentos dientes daban cuenta de su perversa sonrisa. - Ante la Ley de Su Majestad, ella debe cumplir con el trato pactado en un documento que me firmó hace tiempo.
André miró a Marianne para conocer si era verdad lo que el rufián anunciaba, y ella con un gesto respondió que así era.
-Como veis, caballero, por muy oscuro que sea este oficio, los documentos y contratos son todos legales y los cumplimos para el bienestar del reino.
- No cuestiono vuestra legalidad. Entiendo muy bien a dónde queréis llegar; así como espero que comprendáis que no podemos dejar pasar los daños infringidos en una súbdita de Su Majestad, por muy oscura que también sea su profesión...
-Perdonadme... no os comprendo muy bien... el alcohol hace mella en mi entendimiento cuando de explicaciones largas se tratan.
- Así como hay un dinero que se os debe, creo que el daño a esta muchacha también se puede cuantificar en una indemnización... además del tiempo que no podrá ejercer su oficio, por lo que, sostengo que con esa suma, podríamos arreglar una compensación mutua. Marianne Valois de St. Remy deja de prostituir su cuerpo, pagándole esa suma, y no os demanda por daños y perjuicios en este percance.
-Pero ¿y la otra?
-La otra es asunto vuestro. No podéis reclamar en el cuerpo de una lo que os debe la otra, pero si lo hacéis, sabed que el Duque se enterará de este vejamen contra Marianne. No os conviene un rumor tan miserable contra vuestro negocio, Monsieur.
El hombre gruñó un poco. Miró las monedas de la bolsa y la apretó en sus manos.
-Está bien. No insistiré más en estas mujerzuelas. Lleva tus bártulos de la habitación que ocupas y no vuelvas más por aquí en tu vida. -grito a Marianne.-En cuanto a ti, ramera inmunda - señaló a Claudette …
En una muestra de gallardía, otra vez André se le puso en frente a aquel hombre:
- Como me llegue a enterar que lastiméis a esta chica, el mismo Conde Fersen intervendrá de inmediato. Y ya sabéis que además de buen cliente, él es amante de la Reina. La ruina de vuestro negocio podría ser obra de sus represalias.
-Malditos aristócratas que creéis que todo lo compráis con vuestras influencias y vuestra arrogancia.
-Maldito miserable, que creéis que podéis aprovecharos de la pobreza y debilidad de la gente.
-¡Ve a trabajar, niña! ¡Que la noche tiene que ser rentable! -Grito a Claudette que se apresuró a correr por los pasillos. - Comienza a sacar tus trapos Marianne, y los de tu hermana. Y no intentes robar las prendas del vestuario. Solo los trapos llenos de ladillas y piojos que os pertenecen.
André que se encontraba al lado de Marianne, sosteniendo su mano, la apeó y acompañó hacia la puerta.
-Te acompañaré. Si es mucha carga alquilamos un coche de alquiler.
-Ya no tienes moneda alguna, Comandante.
-Siempre hay un as bajo la manga. -le sonrió- vámonos de aquí.
Ambos salieron ignorando a Mr. Thenardier que se puso a contar y recontar sus monedas, relamiéndose por aquella ganancia imprevista.
En la habitación de Marianne, habían vestidos caros, joyas, y adornos que eran regalos de los clientes. Marianne solo quería retirar las pocas cosas que le pertenecían. Una Biblia, una medalla de su madre, su copia de contrato y la de Jeanne.
-¿Y el resto?
-El resto me recordaría por siempre que fui una prostituta. Además, prefiero compensar a Monsieur antes de que siga con sus amenazas. ¡Quiero olvidarme de todo esto que me hace sentir sucia y miserable! Y cuanto antes, mejor
André notó que le tembló la voz en esa última frase y sus lágrimas brillaban entre sus pestañas. Puso sus manos sobre los blancos hombros de la chica. Le dio un beso en la frente y la abrazó para tranquilizarla.
-Deja de lastimarte pensando en eso. Eres una mujer muy buena, hermosa y no tienes porqué avergonzarte de lo que hiciste en el pasado.
Marianne se refugió en el pecho de André quien la abrazó con un poco de presión, al punto que ella se quejó levemente del dolor en sus costillas.
-Debes revisar esas heridas. Podrías tener un sangrado interno.
-El corsé, me está lastimando. Se habrá roto alguna de sus varillas. ¿Podrías? -Se giró y recogió a un lado su hermoso cabello rubio dejando al descubierto su delicada espalda.
André dudó un poco de cómo desatar el vestido pero le preocupó más que Marianne se hiriera. Cortó con un puñal los listones y al escuchar que ella respiraba mejor soltó también él un poco de aire retenido en sus pulmones.
-Te espero afuera, para que te cambies. - soltó por fin.
Marianne que sostenía con una mano el vestido desatado cubriéndose los senos, se giró y se abrazó a André. Amó el calor de su pecho y la seguridad que encontraba en él. André le correspondió en el abrazo y besó sus cabellos en un instintivo acto de protección.
Quedaron así por unos segundos. Solo escuchando la respiración del otro.
Marianne tomó la iniciativa y se puso en puntas de pie para alcanzar los labios de su amigo salvador y lo besó como hacía tiempo quería hacerlo.
-Marianne, no necesitas hacer esto. Somos amigos…
-No te imaginas lo mucho que si necesito hacer esto, contigo.
Siguió besándolo, y para su sorpresa, André no la rechazaba. Lo tomó del cuello y buscaba sus labios con ganas. Su cuerpo quedó con apenas unas finas enaguas cuando el vestido cayó de lleno al suelo. Efectivamente, el corsé se rompió y reveló unas leves heridas sangrantes en el costado derecho de la chica.
-Seré tu primera vez, André Jarjayes. Y tú serás mi última.
-¿Qué?
Su pregunta quedó sin respuesta. Las manos de Marianne vagaban por entre el uniforme del Comandante y se colaban entre sus calzas. Lo atrajo más hacia ella y lo llevó hasta una cama. Ella se recostó y seguía tirando levemente de la camisa de André.
-Compláceme esta vez. Después de ti, iré a un convento, me arrepiento de la vida que he llevado hasta ahora. No quiero recordar mi última vez como una prostituta. Quiero recordar que hice el amor con alguien a quien quiero. Si, André, me refugiaré en los brazos de Dios - lo dijo con un aire de cierto misticismo, pero cambió de inmediato el tono con una sonrisa cálida en los labios - pero antes, quiero refugiarme en los tuyos. - Se cubrió el rostro con sus blancas manos en un gesto de fingida inocencia.
Aquella confesión sacudió el corazón del muchacho. Le causó algo meridiano entre la tristeza y la gracia. Ya no quiso darle largas al asunto, así que correspondió aquella invitación al lecho y se decidió a llevar a cabo aquel acto. Recordó varias de las conversaciones que tuvo con Fersen "no pasa nada malo con que lo hagas con alguien experta y buena como Marianne"
-Enséñame. Enséñame qué te complace y aprenderé a amarte esta noche. -Fue lo único que se aventuró a decir.
Marianne lo miró a los ojos y luego fijó los suyos en la entrepierna de André. Con hábiles dedos comenzó a aflojar el cinturón. Se incorporó y giró a André a quien sentó en el borde de la cama. Bajó el pantalón y sus bragas y reveló por fin el miembro erecto de André. Desprendió los botones de la camisa y lo dejó casi desnudo. Despojar de los pantalones y botas ya era cosa fácil.
La felación era uno de los actos sexuales reservados solo a las prostitutas desde los siglos de los siglos. Andre lo sabía y Marianne también. Se arrodilló frente a su virilidad rígida y comenzó a frotarla con sus manos delicadas.
Lo miró a los ojos. André se estremeció.
Entonces pasó lo que tenía que pasar. Marianne introdujo el miembro del Comandante Jarjayes en su boca, haciendo que el mismo se perdiera en sus labios carnosos y volviera a aparecer brillante para ser engullido de nuevo por completo en varias ocasiones. Andre cerró los ojos y se entregó a aquellas nuevas sensaciones.
-"Mon Dieu…" - pensó.
La observaba hermosa en su labor y la deseaba como nunca. Movía sus caderas lentamente para introducir más en aquella garganta sin fin y acariciaba su nuca retirando el pelo de ella con la otra mano. Se sentía muy bien.
Tan bien, que sintió explotar cuando la chica bajó a lamer otras partes de aquella zona.
-Veo que el entusiasmo te gana André. - dijo mientras con un paño limpiaba el semen que se corría entre sus dedos.
-Discúlpame, discúlpame por favor- intentó cubrirse con algo, pero ella ignoró ese gesto de modestia y sostuvo con firmeza el miembro del chico antes que se pusiera flácido del todo. Lo dejó en medio de sus senos y comenzó a frotarlo entre ellos. André reaccionó de nuevo y aceptó el estímulo de muy buena gana.
Ya excitado como estaba la subió a la cama y se colocó sobre ella.
-Creo que puedo manejarlo desde esta perspectiva…
La joven asintió con una leve sonrisa. -Desde este punto en adelante, me costará pensar en ti como amigo.
-Marianne… yo… creo que… la verdad no quiero lastimarte. Podríamos detenernos.
-No -Ella negó con la cabeza - Quiero esto desde que te conocí. No me quites esta oportunidad, tal vez la última de ser feliz.
-Pero es que…
-Se muy bien que no me quieres. Y aún así, yo te quiero tanto. Tengo amor para que nos alcance a los dos.-Irguió la cabeza para dar un beso a André y tirarle del listón que sostenía su pelo. Tras esto, tomó su nuca y la atrajo hacia ella para seguir besándolo.
En su mente comenzaron a tejerse mil excusas para con la chica. En verdad era dulce y apasionada, y tal vez él podía tener un afecto más profundo hacia ella… Pero, su corazón tenía dueña. "¿Dueña? Si acaso le perteneciera en verdad a Oscar, entonces qué estoy haciendo aquí? Y peor aún…" Por qué me gusta tanto esta experiencia"
Marianne recorría la espalda del amante con sus blancas manos y llegaba a los glúteos justo cuando ese último pensamiento se borraba de la mente de André.
Ya sin defensas ni excusas se entregó a seguir los besos y caricias de ella, de forma descarada. Ya después se sentiría mal.
-Dime que puedo hacer. Guíame.
Marianne tomó con su mano lo que tenía que tomar y lo posicionó en su entrepierna. Una vez ahí, guió a André hacia el destino final del acto.
Cuando estuvo dentro, y asegurado por el tamaño al punto de existir una adaptación perfecta entre ambos, la joven comenzó a mover levemente sus caderas para conseguir la sensual fricción.
-Debes moverte, primero lentamente, y luego un poco más hasta que tomes carrera. Son como breves embestidas. Sigue mi ritmo.
-Es que tú eres tan suave…
Un profundo jadeo se escuchó de los labios de Nanan. Ella le sonrió.
Pronto André siguió el mismo vaivén y la acompañó en el movimiento.
Prometía un gran paroxismo lo que él aprendía tras aquellas breves enseñanzas, pero ella se encontró con que el joven inexperto de pronto suspiró tras haberse derramado de nuevo en ella. No había pasado ni un minuto.
Percibió un suspiro abrasador alrededor de su cuello y André se dio por vencido en aquella fugaz batalla. Nanán se sintió un poco frustrada. No tuvo suficiente André de Jarjayes para disfrutarlo como ella deseaba.
Marianne… yo…
-Si. Esta bien. Puedes retirarlo.
André se recostó pesadamente a su lado con una gran sonrisa.
-Así que de esto se trata. De sentirse liberado después de tener esa presión y deseo.
-Si.
-Pero… sólo por estos instantes hay tanto secreto en Versalles. ¿Por unos minutos hay tanto noble adúltero y tantos duelos al alba? Intrigas y traiciones, ¿tráfico de influencias a cambio de esta intimidad tan efímera?
La joven la miró divertida. Se recostó sobre un codo y con la otra mano, separó los mechones de la frente de André que se pegoteaban gracias al sudor.
-En verdad suele ser más intenso. Solo que tú no duraste tanto, debido a tu ansiedad por la primera vez… con la práctica te darás cuenta que puedes mejorar ese tiempo.
-Es que… por mi trabajo suelo escuchar en las alcobas de los aristócratas a muchas nobles gritando de placer. ¿Tú acaso te contuviste?
-Es que… como decirlo. No llegué al acmé porque no tuve tiempo. -Se encogió de hombros -No importa. Fui feliz en ese breve instante -Suspiró resignada.
-Te comentaré una infidencia. Hay una mujer muy poderosa en Versalles, quien recibe tratamientos constantes para liberar sus nervios. Sus jadeos pueden durar hasta una hora completa. Sale muy aliviada después de esas sesiones.
La joven se llevó una mano bajo el mentón para sonreírle.
-Es que en mi oficio era la mejor durando en la cama. Una vez un cliente extranjero, tenía ciertas aficiones… pagó muchísimo dinero y… ¿te interesa escuchar lo que te voy a contar?
-Si. Suena divertido cuando lo dices así.
-Me tuvo seis horas gimiendo de placer… sin siquiera estar dentro de mí.
-Supongo que… nada.
-¿Qué? Acaso tienes celos? -Sonrió divertida y posó su mentón en el pecho del Comandante.
-No hablo por celos… sino más bien porque imagino sus métodos y de hecho… me gustaría complacerte como compensación. Después de todo, gracias a ti ahora dejé de ser un niño.
Marianne lo miró fijo. Tenía raras sensaciones debido a que aquellos breves diálogos aliviaban su pena de saber que solo sería una amante casual de aquel joven que se había convertido en el amor de una vida miserable condenada sólo a penurias… y de pronto, ahí estaba, sujeta a las caricias de ese chico que le ofrecía amistad e interés altruista… ¡Ella podría conformarse con tan poco de él!
André la recostó y bajó hacia un lado de la cama. La tomó de las piernas y comenzó a besarla tiernamente la piel interna de cada muslo.
-¡No! ¡Espera aquí!
De un salto, Marianne desapareció de aquella habitación tras un biombo y después de pocos minutos reapareció nuevamente frente a André oliendo a jazmines.
Ella era bella. No tenía un solo defecto en la piel, salvo aquellas cicatrices que le había provocado su agresor rato antes. Sus senos eran redondos y voluptuosos. Su piel blanca traslucía por la tenue luz de las velas. Su pelo dorado le daba un marco de ninfa a esa criatura sensual frente a André.
La recostó nuevamente y siguió con la idea de probar aquello que le causaba curiosidad. Le retiró el lustroso merkin que llevaba y comenzó a bordear con los labios aquellas partes donde Venus conoció a Perret.
La chica enterró los dedos entre el pelo azabache de André no sin antes escuchar que dijera
-Espero que ese cliente tuyo no haya sido el maldito de Fersen… y si lo fue, prometo complacerte mejor que nadie. - Y continuó en su tarea.
No duró seis horas, pero Marianne entre almohadas llegó varias veces experimentar dulces y álgidos ardores en su ser, satisfecha con los besos indecentes de André.
Se vistieron y huyeron sobre el lomo del caballo de André rumbo a la Mansión de la Marquesa de Boulainvilliers.
La dejó frente al portón y se dieron un beso apasionado tras apearse.
-Toma.-Le dijo al despegarse de ella - No es en pago. Es porque quiero que tengas este broche contigo para recordarme.
-No podría aceptarlo.
-Marianne, tómalo. insistió con firmeza - Si no es mucha molestia, ¿podrías decirme cuando vas a ir al convento? ¿No hay alguna forma de impedir eso?
El Comandante, ardiendo de deseo y con los sentidos confundidos, no sabía por qué sostuvo con firmeza la mano de la chica entre las suyas y el broche que ahora lo entregaba voluntariamente… y menos por qué sentía en su corazón unas ganas de prolongar ese idilio romántico…
-Supongo que ahora me será más breve la espera. Puede que en dos meses vaya al convento de las hermanas de San Andrés, en Bélgica.
-Te escribiré, Marianne. Sé que es mucho atrevimiento, y mucha torpeza de mi parte, pero en mi próximo día libre, quisiera visitarte.
-Oh, no, no es posible. Mi madrina no lo permitirá. Déjame arreglar algún paseo, pero no puedes rondar por aquí. Debes comprender que soy una carga para la Marquesa, y por eso debo ir al convento. Te escribiré al Palacio, seguiremos en contacto. Te avisaré. Por favor, vete… que no te vean…
Marianne se puso de puntas de pie y se abrazó al Comandante para regalarle otro beso que fue bien aceptado por el joven, como despedida.
Andre subió de un salto sobre su caballo y se alejó. El alba comenzaba a caer sobre París. Las cortinas de una ventana se corrieron tras observar a aquellos amantes furtivos separarse.
-o-
Había pasado más de un mes desde su conversación con André. En cierta forma, ella sabía que había algo de distancia entre ellos y a la vez, un lazo invisible que los mantenía juntos.
Se decidió por escribirle una carta. Se la enviaría a Palacio, pues intuía ella que él siempre estaba más tiempo ahí que en su casa… y, por fin, pondría una necesaria pausa a su confinamiento en aquel claustro.
Estiró los brazos y dejó a un lado la pila de libros con los que se había entretenido desde tempranas horas. Tomó una pluma y comenzó a escribir en el papel, que en unos días, estaría de visita en la Mansión Jarjayes para pasar al menos unas dos o tres semanas con su abuela y con él, claro, siempre y cuando los maestros y autoridades del Liceo le otorgaran dicho permiso, y que él pudiera arreglar algún que otro día libre de sus obligaciones con la Guardia Real.
Salió al balcón de su habitación a mirar cómo comenzaba a caer la tarde, y suspiró un poco por el tiempo de aquella infancia que ya se le fue. Oscar estaba sintiéndose un poco sola por aquellos días. Sus amigos se habían marchado por una temporada a sus respectivos pueblos y durante esas jornadas en soledad, su compañero había sido un pequeño gato regordete que se colaba por entre los viejos libros de la biblioteca, y alguna que otra rata que solía asustarla en su habitación.
Un hombre desde abajo la había observado en el balcón y creyó reconocer al menor de los vástagos de la familia Jarjayes. La saludó con su mano al tiempo de gritar su nombre, asustando un poco a los caballos que estaba cuidando.
-¡Monsieur Jarjayes! ¡Monsieur Jarjayes! ¡Salut!
Óscar que nunca recordaba aquel episodio por el cual dejó de tener un solo apellido, tardó un poco en reaccionar.
-Bonsoir, Monsieur… -Solo le sonrió. No recordaba de quién se trataba, hasta que lo relacionó con el otro hombre más joven que cruzaba la acera hasta su encuentro en compañía del cochero que tenía varias cajas en sus manos.
-Mirad allá, Señor de Fersen señaló el hombre mayor con la cabeza - Se trata del joven Jarjayes.
Fersen alzó la vista y vio como Oscar lo saludaba con la mano. Sin duda una muy grata vista, aunque un poco inoportuna en ese momento.
-iSalut, Óscar!
-¡Esperad, Conde! ¡Bajaré junto a vos en un momento! -Respondió ansiosa al tiempo que desaparecía del balcón, con su carta a medio secar.
-Sin duda alguna, que venga hasta aquí es un verdadero contratiempo, uno muy dulce y bonito, pero contratiempo al fin. - Pensó en voz alta frente a su valet.
-Ah… -Suspiró el otro - Más ahora que el hermano está usufructuando vuestros aposentos con aquella "ninfa".
-No me lo recuerdes por favor, Balthazar. -Fersen se tomó del puente de la nariz- A este ritmo voy a recomendar a André que alquile a sus expensas otra habitación en el hotel para sus clases. Supuestamente esa chica está aprendiendo con él las primeras letras antes de ir con las monjas…¡pero he gastado en estas semanas más del doble en sábanas nuevas que todo lo que yo he utilizado en el año!
Óscar llegó acalorada y sonrojada hasta la calle, por el esfuerzo que le significó bajar las escaleras y cruzar el patio del colegio.
-Hace tanto tiempo que no me ejercito… Me he vuelto algo sedentario durante este tiempo… Disculpad por favor. -dijo tomando bocanadas de aire entre algún que otro jadeo.
Fersen sonrió para sí y se atrevió a imaginarla en otros menesteres que también le significarían similar esfuerzo. Después de todo, el "hermano" estaba ocupando sus pensamientos y sentidos con otra mujer. "Debí imaginarlo. Francesito ridículo y novato. Apenas aprendió a caminar y ahora no para de galopar con aquella chica. Se las daba de puritano y ahora es un pervertido insaciable".
-Tómate un respiro. Adivino que si has podido llegar hasta aquí en tan poco tiempo, no necesitarás de la venia de los profesores por unos minutos para acompañarme a beber un café por aquí cerca. -Tomó un pañuelo de su bolsillo. Ella notó un suave aroma a madera de cerezos. -Sécate la frente. Un señorito de tu alcurnia no debería mostrarse así desordenado jamás.
El rubor en las mejillas de Óscar evidenciaron más aún su vergüenza ante aquel joven tan elegante.
-Si, si puedo ir por ese café. Si me permitís unos momentos subo a buscar mi bolsa de monedas…
Fersen la tomó del brazo. -Si yo invito, yo pago. Además quisiera resolver algo con cierta dama que la verdad, me apremia en demasía.-Tornó el rostro serio y clavó sus ojos en los de Oscar que estaba boquiabierta- Solo será un momento. No os preocupéis por el dinero - suavizó su tono y su expresión al sonreírle nuevamente, mostrando aquella hilera perfecta de dientes que sabía que podía conquistar a cualquier chica y sabía que la que estaba en frente, no sería la excepción.
Y no lo fue, porque a los pocos segundos ella también le devolvió la sonrisa dispuesta a seguir escuchandolo, como la serpiente al flautista. Abordó el carruaje entre desconcertada y tratando de demostrar seguridad y marcharon hacia aquel café donde justamente había visto a André por última vez.
Fersen la observó y se decidió a poner fin aquella farsa en la que le tenían jugando ambos hermanos Jarjayes y que él mismo, se había prestado a creer para ver hasta donde llegaban. Lo cierto era que se aburrió de la mentira y quiso probar suerte con la verdad. Tal vez sería más emocionante.
-Oscar -Carraspeó Fersen - ¿Qué es lo que ha llevado a alejarte de los tuyos durante todo este tiempo? No me digas que has encontrado algún tipo de pasión inquebrantable en el claustro o los libros, o tan siquiera no oses manifestar que tu vida gira en torno al Derecho, porque he estudiado en claustros, y no. No existe persona que se apasione por vivir en lugares así de lúgubres, o de frecuentar gente con gustos un poco… raros.
Ella sonrió tímidamente. - Es que sí, hay algo de verdad en eso. Tengo un poco de apego con este lugar, y también con mis compañeros de estudio.
Fersen hizo un gesto levantando una ceja, mientras hacía girar su anillo sello sobre el dedo en el que estaba. - No creo. Más bien, déjame hablarte de mi hipótesis… de mi teoría sobre lo que es el personaje Oscar de Jarjayes. En primer lugar, sé que tienes ese apellido por una formalidad de la familia Jarjayes. Sé que estás huyendo de algo estando aquí, y sé que hay algo de verdad en que tienes un poco de apego con el liceo donde pululan ideas contrarias al régimen de la monarquía.
Oscar abrió los ojos, sin embargo lo dejó proseguir.
-Además, no soy ajeno a que con tu "hermano" no hay solo sentimientos de fraternidad. Al menos no de su parte… Lo vi aquel día que quedé en la mansión durante la tormenta de nieve. Solo que preferí callar en ese entonces.
-¿Insinuais acaso que André siente un afecto más allá de ser hermanos?
-No lo insinuo. - Apoyó el mentón sobre una mano - Tengo la certeza de que André y tú, tienen, o tuvieron un amorío indecente tiempo atrás.
Oscar calló sin más. Sabía que debía hacer frente a una acusación informal por parte del Conde por sodomía o algo así.
-Y estás huyendo de ese amorío en el colegio. Mientras tanto… André, se encontraba penando por tí día y noche, durante tanto tiempo, sufriendo por no saber qué hacer sin ti, o como expresarte siquiera sus sentimientos, sin demostrar su fragilidad.
-Él es suficientemente fuerte como para olvidar esas correrías de niños, por favor. - Soltó por fin Oscar.
-Entonces lo admites. - El carruaje dio un salto por un bache antes de detenerse.
-¿Admitir qué?
-Ya llegamos al Café Procope- Interrumpió Balthazar que había ido como postillón en el carruaje e ingresó, saltando la etiqueta, al interior del carruaje - ¿Os reservo una mesa dentro o la preferís fuera?
-¡Fuera! - Respondieron al unísono Fersen y Oscar.
-Así será. Podéis bajar en unos minutos.- Dijo el valet un poco apenado al retirarse.
Oscar se encontraba cruzada de brazos mirando fijamente al Conde que, en su típico gesto de superioridad, levantaba la ceja derecha y esbozaba una sonrisa ladeada, en clara señal de triunfo.
-Recapitulando… admites que hubo un… ¿cómo decirlo? ah… si, un "devaneo" con tu pseudo hermano.
-Creo que no es de vuestra incumbencia. Mirad, Conde. No acepté subir a vuestro lujoso carruaje para tomar un café con vos, solo para que me confrontéis con temas familiares - Oscar se levantó de golpe para bajar del interior y llegar hasta el liceo nuevamente caminando. Se sentía ofendida y ofuscada con semejante atropello a su privacidad, más aún sobre sus sentimientos por André. Lo que no previó fue que la altura de la puerta, no era lo suficiente como para que ella la atravesara, por lo que se dio un golpazo con la misma.
-¡Maldición!
Fersen la sostuvo desde atrás para que no llevara la cabeza contra el piso.
-¿Te encuentras bien? ¡Balthazar! ¡Ven urgentemente!
- No es necesario. Estoy bien. Fue solo un golpe. Ya estoy mejor. -Se tocó la frente y sintió una leve protuberancia latiendo ahí donde se lastimó.
-La verdad, deberías dejar de actuar como si no necesitaras ayuda. Deja de esconderte como si fueras un jovencito impulsivo, cuando sé muy bien lo que eres.
-¡Mademoiselle Jarjayes! - exclamó desesperado Balthazar que llegó al pedido de auxilio de su amo - ¡Monsieur Jarjayes, perdón, señorito Jarjayes! ¿Qué os ocurrió? Se ve que habrá un hematoma en la zona. ¿Os ayudo a bajar?
Óscar extendió la mano para que el valet la levantara. Fersen hizo lo propio. Una vez fuera del carruaje, ella se recompuso. Y aceptó la silla que Balthazar le acercó.
Pronto, los dependientes del café armaron la mesa y el parasol alrededor de ellos.
-Traedme un vaso con hielo o nieve o lo que sea, por favor -Indicó Fersen.
-Si, señor.
-No es necesario que gastes tu fortuna por mi causa. -Se quejó Óscar dando suaves toques con sus dedos aquel golpe en su frente.
-Es un lujo que puedo permitirme. Además es culpa mía que te encuentres así. Prácticamente te empujé a que reaccionaras de esa forma. Así que te ruego, acepta mis sinceras disculpas… y creo haberte pedido alguna vez, que dejaras de usar el tratamiento de Vos. Sólo dime Fersen.
Óscar observó el rostro compungido del Conde. Sabía que estaba ante alguien en quien podía confiar, pero la forma poco sutil de sus afrentas era lo que le molestaba.
Apareció un joven trayendo en un recipiente de metal ornamentado, trozos de nieve. Y en una jofaina agua que estaba helada.
Fersen tomó una hermosa servilleta bordada y rodeó con la misma un trozo de nieve. Con diligencia y dulzura procedió a retirar los mechones de pelo que cubrían la frente de la chica para bajar la hinchazón
-Esto puede molestarte un poco, pero créeme, ayudará a que no parezcas un chico peleonero de los arrabales de París.
Ella no pudo evitar reír ante ese comentario e inmediatamente quejarse por el hielo que tocaba su piel.
-Ya, qué más da. Si, me descubriste. Soy mujer.
El sueco en un gesto histriónico, exagerando en demasía, abrió la boca sorprendido.
-¿Tanto te sorprende la verdad?
-En realidad lo supe desde la primera vez que te vi. Lo que me sorprende es que por fin lo sueltas.
-¿Tanto se nota?
-A decir verdad, digamos que no exudas femineidad, es cierto, no obstante, si tienes una belleza delicada que te encargas de esconder tras esos trapos que llamas ropa.
Óscar miró sus prendas avergonzada. Su saco oscuro y hasta algo ajado no tenía punto de comparación con la brillante chaqueta bordada del Conde. Sus ornamentos dorados en toda la solapa y los puños, no solo daban cuenta de su linaje y alcurnia sino también de su buen gusto. El pañuelo alrededor de su cuello denotaba un gran trabajo de los artesanos que se habrán pasado horas haciendo las figuras de los bordes de aquella fina seda blanca.
-Además, tus ojos de ciervo con tantas pestañas y las cejas tan finas -La tomó de la barbilla con apenas un dedo - es innegable que seas mujer. Pero si tienes dinero para vestirte mucho mejor que esta improvisación de sotana. Debes invertir en tu imagen Óscar. Como hombre o mujer debes hacerlo.
-No podría. No podría estar gastando dinero en prendas de vestir mientras sé que tengo compañeros que han dejado de comer durante estos meses para que les alcance pagar las expensas del liceo.
-Oh, entiendo. No sabía que el nivel de estudiantes era así de dispar aquí en Francia. Al menos, déjame invitarte hoy la especialidad de la casa.
-Pensé que tomaríamos un café, Fersen.
Con un gesto, apareció uno de los sirvientes del lugar y con dos o tres palabras del sueco, desapareció.
-Sé que te he acorralado de manera innecesaria hace unos minutos sin embargo, es agradable conversar contigo ahora a la luz de la verdad. Me exasperaba un poco tener que seguirte la corriente con eso se que eres el señorito Jarjayes.
Óscar sonrió. -A decir verdad también es tedioso para mí fingir lo todo el tiempo y frente a todos.
-Imagino que en ese liceo tomas todos los recaudos para que no noten tu situación.
-Totalmente.
Apareció de pronto ante ellos el dueño del lugar acompañando a su empleado.
-Signor Compte di Fersen. Ma che felice sono Io di vederli qui.
-Ma, Signore Procopio, il vostro gelatto e il piu famoso da tutta la regione.
-Grazie, grazie… Aspeto che vi piacia, Signori. A piacere,! Bonne Apetit!
-Prego!
El hombre se retiró y sobre la mesa dejaron dos copas con los primeros helados de París. El aroma a vainilla se percibía fuerte en el ambiente.
-No es café, pero espero que te guste.
Óscar miraba aquello sorprendida. Giró la copa para analizar aquel postre que tenía enfrente.
-¿Es nieve?
-No, o si, bueno, básicamente no es nieve de las montañas, así que puedes consumirlo con seguridad. Te recomiendo que lo hagas en breve. Esa nieve que tienes ahí, tiende a derretirse.
Ella tomó una cucharilla y se llevó a la boca una pequeña cantidad. La sensación del frío en su lengua, fue tan sorprendente que se reveló en su rostro. Fersen lo capto y no pudo evitar sonreírle.
-Con que es la primera vez que tomas helado del Café Procope… desde que lo conocí me he vuelto algo adicto a esto. Es uno de mis pequeños placeres cuando estoy en París. ¿Sabes que aún no saben cómo transportarlo hasta Versalles? Me gustaría tanto que la reina lo probara alguna vez.
-Y ya que estamos analizando uno al otro… a ti te "piace" Su Majestad, verdad?
-Si, como todos sus súbditos.
Óscar aguzó su mirada entre las hebras de su pelo que se agolpaban sobre la pequeña protuberancia que se había formado en su frente.
Fersen ahogó un suspiro. -Ya qué más da tratar se ocultarlo, no?
-Si sois la comidilla de todo el reino.
-Si. Al menos ya no lo es André - sonrió - A veces es un juego inocente entre Ella y yo, pero otras veces tengo tanto miedo de caer en un sentimiento más fuerte y que me lastime o peor aún, le cause pena y dolor a la Reina.
-¿Algo así como "amor"?
-Sé que no me debería importar, y ni siquiera debería albergar esperanza alguna de que esta incertidumbre que pesa en mi corazón sea alguna vez correspondida por Su Majestad, pero, a veces no sé qué hacer con lo que siento.
-No estaba preparada para escuchar este tipo de cuitas.
El joven sueco arrugó una servilleta y miró hacia el horizonte. Oscar pudo apreciar el perfil del mismo, su rostro denotaba tristeza y desesperación.
-Por eso, también me verás libertino, tratando de olvidar a la única mujer que me importa, enredándome con las que no me importan. Cada noche, te lo juro, he tratado de olvidarla, sin embargo, no he podido hacerlo en todo este tiempo.
-Lo siento, Conde. ¿Qué podría hacer por vos para que os compongáis nuevamente el ánimo? - Usó nuevamente el voceo, pero para indicar una posición algo sumisa ante aquel noble afligido.
Fersen la miró y se vio a sí mismo en sus limpios ojos azules. Le sonrió.
-Gracias. La sola idea de que no me juzgues, ha confortado mi alma. Comprendo perfectamente el sentimiento que tiene Andre hacia ti.
Ambos quedaron en silencio, mientras las pequeñas estrellas comenzaban a aparecer en el cielo violeta de París. Un pequeño grupo de oficiales cruzó a caballo esa calle. Eran los oficiales de Andre a quienes Óscar reconoció de inmediato Girodelle estaba al mando. Cruzaron sus miradas y ella le sostuvo el rostro. Recordó esa infausta escena en el liceo.
-Por cierto, iba a enviar a André esta breve carta a Palacio avisando que iré unos días a la Mansión Jarjayes. ¿Podrías entregársela de mi parte?
-Veo que no te llevas bien con su amigo Víctor Clemente.
-Es una historia larga que contar, además de penosa para mi.
Fersen hizo una seña para retirarse del lugar. El eficiente Balthazar se haría cargo de pagar la cuenta y avisar al cochero para que trajera el carruaje.
-Querida, tengo toda la noche para escuchar esa historia.
Fin del capítulo 22.
Avisos parroquiales y notas históricas:
1. El lemon recreado en este capítulo no fue ni más ni menos que lo que Ikeda explicó sobre la pérdida de castidad de André. Entro con esta explicación primero porque no va a faltar quien me salga a decir que he faltado al respeto a la obra original. Si Ud. Leyó hasta aquí, creo que ya conoce mi forma particular de escribir, pongo humor y sarcasmo en todo.
2. Escribir un lemon en plena psicosis por una pandemia… ¡dejate de joder! Es súper difícil hacerlo sin pensar en los protocolos de higiene que ya los tengo incorporados desde mi infancia y sumados ahora a los que nos trajo el Coronavirus. Así que, espero sepan apreciar el esfuerzo.
3. Jean Jacques Perret fue el inventor de la cuchilla inteligente con la que se depilaban, si, ud leyó bien, se depilaban sus zonas íntimas las mujeres del siglo XVIII. Me he leído la historia de la depilación (lo admito, me leí varios artículos sobre eso, que incluían prácticas hasta sadomasoquistas en esta cuestión. Me llamó la atención que la reina Isabel I de Inglaterra se depilaba la entrepierna con pinzas!)
4. El "merkin" era una peluca que usaban las prostitutas sobre los genitales, emulando el vello púbico. La depilación entre prostitutas era común a efectos de evitar contagios de ladillas y otras infecciones sexuales a los clientes.
5. Deje de pensar en la Reina Isabel y las pinzas con que se extraía el vello de forma individual.
6. No sé si han notado, pero André tiene un "breve" problema, propio de los chiquillos con sus "primeras veces"... Se llama eyaculación precoz. Hoy en día es todo un tema asociado al estrés y a la mala alimentación y hábitos insalubres de vida… así como al consumo excesivo de carne... Recomiendo vean el documental de Netflix llamado "Cambio Radical".
7. El café Procope del que hablé en el capítulo anterior, además de ser un sitio chic en el París del siglo XVIII, si, fue el primero en introducir el helado casi casi así como lo conocemos. Nunca llegó a Versalles.
8. Que Fersen hable en otro idioma en un restaurante pues, es una alegoría a Cristhian Grey que no sé en qué libro sorprende a Anastasia haciendo algo parecido... recuerden, el mismo actor de la saga de 50 Shades, Jamie Dornan es Fersen en la película María Antonieta de Sofía Coppola.
9. Gracias a la gente que me escribe reviews, aprecio el gesto. Gracias a la gente que me apura en el Facebook y que me envían mensajes privados preguntándome cómo va ésta y las demás obras. En serio, aprecio sus muestras de cariño e interés. Como se darán cuenta, me pierdo investigando la historia cada cosa antes de escribir y realmente me apasiona la lectura de detalles históricos. Es por eso que también me tardo para exponer todas esas inyecciones de historia en cada capítulo.
10. Y, actualmente mi cabeza está en otros proyectos de la vida real (mejor dicho otros problemas) y supongo que cada quien también está en su propia salsa con pandemia incluida. Así que decidí no molestar a mi super beta. Sepan perdonar si pillan algún error en el texto.
¡Au Revoir Mes amis! ¡Merci beaucoup! Nos vemos en el siguiente capítulo.
Emil Sinclair 77
