Disclaimer: Personajes de Gosho Aoyama.
Capítulo 23: Vuelta a casa
La inspectora se encontraba sentada en una pequeña mesa de una terraza de la cafetería que se situaba frente al hotel donde se habían quedado a pasar la noche.
Sus codos estaban apoyados en la superficie del mármol, sujetando una taza de café con las dos manos y llevándosela a los labios para disfrutar de su sabor amargo. Mientras, sus ojos observaban a la gente pasar por la calle, llevando sus vidas con tranquilidad.
Vio que una mano bastante ágil aparecía en su campo de visión desde atrás y dejó un folio blanco con palabras escritas sobre la mesa, justo a su lado.
Miró hacia el papel y dejó la taza en la mesa, cogiendo el nuevo objeto que había llamado su atención. El dueño de la mano se había sentado justo frente a ella y no apartaba su azulada mirada de ella, expectante a su reacción.
Cuando la mujer terminó su lectura, arrugó el entrecejo ante lo que leyó. No veía a dónde quería llegar el mago. Miró a su alrededor, y vio que estaban bastante lejos de la gente como para que escuchasen su conversación. - ¿Has hecho una lista de tus próximos objetivos?
- Como podrás ver, he incluido piedras que se encuentran en museos donde no hemos estado, para apartar toda sospecha sobre nosotros.
- Me he percatado. Pero hacer los robos uno por uno… No llegaremos a tiempo a la fecha límite.
- No lo voy a robar uno por uno. – La mirada de ella no se apartó de la de él. – Pienso enviar esta carta a la comisaría central de Tokyo, y que llegue a tus manos.
Entendimiento apareció en los ojos de Aoko. – Ante eso, me llamarán para que vuelva, y al leerla decidiré que el mejor plan de acción es reunir todas las piedras en Tokyo, donde tendrán mejor protección. Mejor usar toda la fuerza del departamento en protegerlas juntas que no dividir a equipos en diferentes puntos del país.
Kaito asintió. – Exactamente eso es en lo que pensaba.
Se quedó pensativa, releyendo la carta. Debía de reconocer que era un buen plan. Ahorraban bastante tiempo y, bajo un ataque de Lion, estarían en su terreno. Pero ellos también lo estarían. – Ya la has enviado, ¿verdad?
- No. – Negó, sorprendiendo a su acompañante. – Necesito saber que estás de acuerdo con ello antes.
Llamó al camarero para que le trajese otro café, y añadió uno más para el escritor. Con la carta aún en su mano, la dobló y se la extendió sobre la mesa sin apartar sus ojos de él. – Envíamela. – Él la recogió y se la guardó en el bolsillo del pantalón. – Que empiece el juego.
El camarero dejó los cafés delante de ellos y se marchó. – Ya no hay marcha atrás. – Confirmó tomando de su taza aún humeante.
- Vamos a hacer que deseen no haberse metido con nosotros y nuestras familias.
- Debe de salir bien. – Se dijo a sí mismo, porque si algo le pasaba a la mujer, no podría vivir con ello.
La mano femenina cogió la del hombre que estaba sobre la mesa. – Saldrá bien. – Lo dijo tanto para convencer al mago como a ella misma. – Porque si no… - No quería ni pensarlo.
Él sujetó con fuerza su mano, infundiéndose fuerza por lo que iba a decir. – Perdóname. – La policía arqueó una ceja, sin entender por dónde iba su acompañante. – Por todo. Las mentiras que te tuve que decir hace años, por desaparecer y no volver en cuanto pude, por meterte en todo esto…
- No sé a qué viene todo esto. – Le interrumpió. – Creo que ya he dejado bastante claro que te he perdonado por todo eso. Aún hay cosas que aclarar, cierto, pero… Mirándolo fríamente, si yo hubiese estado en tu situación, creo que hubiese hecho lo mismo. Yo…
- Y también por mis palabras de anoche. – Eso interrumpió a la mujer. – No debí de decir eso. Estaba cansado y no pensaba con claridad.
El silencio se instauró entre ellos. El dolor empezó a reflejarse en los ojos de Aoko, no pudiendo evitar pensar que se arrepentía de lo que estaba renaciendo entre ellos. Siendo específicos, lo que ella siempre sintió y guardó para sí en lo más hondo de su ser. - ¿Te arrepientes de lo que ocurrió la otra noche? – No pudo evitar preguntar en un susurro ahogado. Y tampoco pudo evitar rememorar las sensaciones que tuvo cuando el mago la tocaba y besaba.
Kaito vio su reacción y la notó soltando el agarre de sus manos. Maldijo para sí por no ser más preciso. – No. – Sostuvo su mano con fuerza. No la iba a dejar ir, nunca más la dejaría ir. – Sólo me arrepiento de haber sido tan abrumadoramente sincero anoche. – Especificó. – No debí serlo.
La mujer suspiró aliviada y mostró una pequeña sonrisa. – No te preocupes. Lo entendí. – Volvió a hacer fuerte su agarre en la varonil mano. – Y tenías razón. No era el momento, por mucho que los dos lo deseemos.
Una sonrisa ladina asomó en los labios de su interlocutor. – La Aoko de diecisiete años nunca hubiese dicho esas palabras, y menos sin ponerse roja como un tomate.
- Esa Aoko adolescente que recuerdas ha madurado, y tiene experiencia en ciertas áreas que la joven sólo idealizaba. – Dijo con toda la tranquilidad del mundo.
- ¿Ah, sí? – Preguntó curioso. - ¿Y se puede saber con qué fantaseaba la Aoko joven?
Apoyó el mentón sobre sus manos y le miró con intensidad. – Puede… ¿Es cierto que decías mi nombre cuando le hacías el amor a otras? – Preguntó con inocencia.
El hombre se puso serio y tragó seco. - ¡Camarero! – Llamó al empleado al pasar cerca de su mesa. – La cuenta.
Aoko había ganado la partida de ese juego tan peligroso que habían empezado. Puede que en otro momento le dijese que su fantasía era cierto hombre vestido de blanco, tocándola con sus manos de ilusionista haciendo que su cuerpo se encendiese, y cuando ella le empezaba a desvestir se revelaba que era su mejor amigo.
Era irónico que, en aquella época le enfadase esa visión al despertar ya que el ladrón acaparaba parte de su fantasía con Kaito. Y así fue durante muchos años después del accidente, creando un odio más grande hacia el desaparecido ladrón, por robarle su valioso tiempo con su amigo.
Pensando en ello ahora, no pudo evitar sonreír divertida al ver que parte de su fantasía tenía toques de realidad.
Cuando el escritor dejó el dinero en la mesa, los dos se levantaron. La sonrisa de la inspectora no abandonaba su rostro mientras caminaban por las calles. - ¿Qué es tan gracioso?
- Nada. Sólo que… - Le miró. – Es bastante curioso que, con lo pervertido y mujeriego que eres, te escaquees de responder a una pregunta inocente.
- No es tan inocente. – Rezongó mientras se ponía las manos en los bolsillos del pantalón. – Es como si yo te preguntase qué aprendiste con el capullo de Jhonson.
Aoko se quedó pensativa. – No. – Terminó respondiendo. – No es lo mismo. – Se acercó a su oído. – Y es mejor mostrarlo que decirlo, créeme. – Sonrió aún más al notar la reacción del mago.
Él se giró y la miró a los ojos con intensidad mientras la estrechaba entre sus brazos y la pegaba a su cuerpo. - ¿Quién decías que era el pervertido de los dos?
- Digamos que he encontrado la reacción que tendrías ante un pellizco, sin dar necesariamente un pellizco. – Recordó una de las conversaciones que tuvieron mientras él intentaba sacarla de sus casillas.
- Eres malvada. – Susurró mientras achicaba los ojos.
Ella le rozó los labios. - ¿Vamos a enviar esa carta de amor que me tienes preparada? – Se apartó de él. – Pero más que de amor, parece la lista de la compra.
Terminó avanzando por las calles, con Kaito siguiéndola muy de cerca. – Vas a acabar conmigo. – Susurró con una sonrisa en un tono que ella pudo oírlo.
Sonrió. Sabía que lo que habían dicho con anterioridad era cierto, aún no era tiempo para avanzar en su relación. Pero también era cierto que ninguno de los dos podía evitar dejar aflorar sus sentimientos. Y un poco de juego, aunque era peligroso, también era divertido.
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Decidieron que, después de mandar la carta, seguirían su camino como si nada pasase hasta que recibiesen la llamada de la central.
Y así sucedió que, al tercer día mientras visitaban un museo, la inspectora recibió la tan esperada llamada. En cuanto le colgó a Ichimaru, miró a su compañero, que no apartaba su mirada ansiosa de ella. Miró a la agente que los acompañaba, que ya no le importaba tanto que mirase al escritor como si lo desnudase con la mirada. – Gracias, agente Kanaya, por su amabilidad y tiempo al acompañarnos. Pero un asunto urgente nos requiere en Tokyo.
- ¿A los dos? – No pudo evitar dejar entrever sus intenciones para con el hombre, algo que enojó a la inspectora.
- Eso me temo. – Le echó una mirada furibunda a la mujer.
Akira sonrió condescendiente. – El deber nos llama.
Salieron del museo y se encaminaron hacia el hotel donde apenas hacía una hora se habían registrado. La mano del hombre agarró la de la mujer que caminaba a su lado, haciendo que le mirase con la pregunta en sus ojos. – Aoko, cuando todo esto termine…
Ella se detuvo junto a él y se giró para quedar de frente. – Cuando todo esto termine, te voy a atar en corto y no te separarás de mí.
Sonrió con picardía. - ¿Es eso una orden?
Ella le copió la sonrisa. – Estoy acostumbrada a mandar y que se acate. ¿Vas a contrariarme?
- Jamás se me ocurriría. – Sentenció mientras apretaba con fuerza sus dos manos.
Llamaron a la oficina de alquiler de coches y, después de aceptar la multa por no devolver el auto a una de las oficinas, dejaron las llaves en la recepción del hotel, dirigiéndose a la estación de trenes.
Calcularon que, entre trasbordos y esperas, no llegarían a Tokyo hasta la mañana siguiente. Pudieron dar muy pocas cabezadas cuando tenían oportunidad por los nervios de lo que estaba por llegar.
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La luna creciente les daba en el rostro a través del cristal de la ventana del tren cuando el teléfono de la mujer sonó. Kaito, al conseguir por fin que ella se echase a dormir un poco y teniendo su cabeza sobre sus rodillas mientras le acariciaba el cabello para intentar relajarla, lo cogió al ver el nombre del inglés en la pantalla.
- Buenas noches, detective. – Dijo con la voz callada para no despertar a su acompañante.
- ¿Kuroba? – Se sorprendió al principio, pero luego decidió que era exactamente con él con quien quería hablar. – Me ha dicho Koizumi que estáis volviendo a casa.
- Así es, estamos en un tren de camino. – No se extrañó que la bruja supiese su paradero, no por nada parecía que le había pegado un GPS que no podía quitarse de encima. – Por la mañana estaremos ahí.
- También me dijo que la encontrasteis. ¿Ya tenéis un plan? – Ante el silencio que los inundó, el detective no tuvo que escuchar una respuesta. – Mañana veremos el anuncio del golpe en las noticias, ¿verdad? – Suspiró. – Llevamos días esperando alguna noticia de vosotros. Estamos aquí para ayudar, tenéis que contar con nosotros.
- Si todo sale según lo previsto, lo único que tendrá que hacer Akako es destruir esa maldita piedra, o mandarla al jodido infierno para que no vuelva a causar más problemas. Tú tienes familia, Hakuba, y no puedo pedirte que te arriesgues más que buscar pruebas en contra de esa organización. – Dijo con cansancio y un deje de preocupación.
- Yo me metí en esto, Kuroba, no puedes decirme que me quede sin hacer nada. Déjame saber tu plan, déjame ayudaros para evitar lo que vendrá. No puedo… - El detective se detuvo al comprender que había hablado demasiado, deseando que el mago no entendiese su insinuación.
- ¿Lo que vendrá? – Cuestionó el ladrón con las cejas fruncidas. - ¿Qué es lo que vendrá, Hakuba? – Ante el mutismo del inglés, le apuró aún más. - ¿Qué ha visto Akako?
- No importa lo que haya visto. – Aseguró. – Lo que importa es que vamos a evitarlo.
Aoko se removió en su sueño, y el ladrón rogó por que durmiese un poco más. – Nos veremos donde siempre en cuanto llegue el tren.
El inglés suspiró y asintió. – Muy bien. Llamaré a Akako.
- No. – Negó. – Déjala con lo suyo.
- Muy bien. Nos veremos en unas horas.
Los dos colgaron los teléfonos y el mago apoyó la cabeza en el respaldar, mirando la infinidad de la noche.
El tren llegó a la estación ante las primeras luces de la mañana, y Aoko seguía durmiendo ajena del movimiento a su alrededor. El mago no quería perturbar su sueño, pero sabía que no tenía otra opción.
Acarició sus cabellos con delicadeza y rozó su mejilla con cariño. - Aoko… Despierta. - La mujer se removió con pereza, gruñendo. Ese gesto de niña le hizo sonreír, rememorando cuando eran unos simples niños. - Vamos dormilona. - Susurró. - Ya comienza un nuevo día, amor.
La mujer abrió los ojos y le miró sin incorporarse. - ¿Cómo me llamaste?
Sonrió con culpa. - Lo siento, yo… - Puede que fuese pronto para eso.
- No lo sientas. - Sonrió. - Me gusta. - Miró a su alrededor y su rostro pasó a espanto. - ¡Oh Dios! ¿Qué hora es? - Se incorporó y miró por la ventana, viendo a la gente de la estación caminar con prisa. - ¿Ya hemos llegado? - Le miró. - ¡Te dije que me despertases a la hora, Bakaito!
El aludido no borró su sonrisa. - No quería despertarte.
- ¿Y tú has dormido algo? - Con sólo ver su rostro cansado supo la respuesta. - Tienes que descansar.
- En cuanto te levantes y salgamos del tren, podremos ir a descansar. Porque dudo que el controlador que está esperando a tu espalda haya dormido y estará deseando que nos marchemos para poder hacerlo. - Rió divertido al ver la cara de culpa de la inspectora al ver al trabajador.
Recogieron sus pertenencias y tras pedir disculpas se bajaron del tren. - ¿Quieres borrar esa sonrisita de tu cara? - Dijo molesta.
- Lo siento… - Pero seguía con ella. - Debiste ver tu cara.
- Bueno, eres un excelente imitador, ¿por qué no me la muestras?
- ¿Delante de toda esta gente y parecer idiota? No gracias. - Terminó queriendo picarla.
- Serás… - Pero el mago no la dejó continuar.
- ¿Encantador? Lo sé. - Rió. - Antes de que me pegues delante de toda esta gente… - La detuvo en sus intenciones. - Deberías ir a la comisaría.
Suspiró y sonrió. Ese hombre era incorregible, pero no lo quería de otro modo. - Es cierto. ¿Irás a descansar?
Asintió. - Primero tengo que hacer una cosa, luego prometo ir a casa.
- Nos veremos allí en cuanto termine en la oficina. - Le cogió de la mano y se la apretó. - Descansa, por favor.
Sonrió. - Descuida. - La vio marcharse y coger un taxi. - ¿Vas a decirme lo que no quiso Hakuba? Koizumi. - Se giró y vio a la bruja frente a él. - Y debe de ser algo gordo, ya que no dejaste de espiarnos hasta que Aoko se marchó.
Los ojos rojos de la mujer le escudriñaron, y no quiso demostrar el dolor que sintió al ver la felicidad del mago, y que sería ella la que le borraría toda esa alegría con la información que le daría. - Sabía que vendrías a encontrarme para que te la dijese, así que quise ahorrar tiempo.
La mano que tenía libre de bolso la metió en el bolsillo del pantalón. - ¿Y bien?
- Esto no te va a gustar…
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Se hizo la noche, y el mago no respondía a sus llamadas. Cansada y molesta, en cuanto pudo salir de la comisaría se encaminó hacia su casa.
Al llegar, vio las luces apagadas, así que el miedo comenzó a consumirla. ¿Y si le había pasado algo?
Tocó a la puerta con insistencia. Nada. Ni un alma le respondía. A lo mejor estaba aún descansando. Pasó la noche en vela después de todo. Maldijo no tener una llave de la casa a mano.
Rodeó la fachada y vio una ventana abierta, y justo un árbol frente a ella. Barajó sus posibilidades. ¿entrar como una ladrona en la casa de un ladrón? ¿Y por qué no? Ya que iba a ayudar a robar, un allanamiento no era nada.
Trepó al árbol y se encaramó a la cornisa de la ventana. Dio gracias a que no se había cambiado de ropa y llevaba botas y pantalones, y no su característica falda de tubo.
Lo bueno al entrar en la casa, que recordaba la disposición de la casa gracias a su niñez y no tuvo que encender ninguna luz. La claridad de la noche despejada le era suficiente.
Después de recorrer la casa y no encontrar nada extraño, ya sólo le quedaba un sitio que mirar. Se dirigió al despacho y se quedó frente al retrato del progenitor de su amigo.
Observó con detenimiento las facciones del hombre, la sabiduría en su mirada y la convicción de su gesto. Kaito era la viva imagen de su padre, salvo algunos rasgos que le diferenciaban, haciéndolo tan especial.
Escuchó un estruendo tras el cuadro y despertó de su ensimismamiento. Sacó su pistola y empujó el cuadro para bajar prácticamente volando por las escaleras.
Cuando llegó al final, vio al hombre que buscaba dándole la espalda. Se encontraba apoyado con los dos brazos en la mesa, la espalda tensa y con la cabeza gacha. También se percató que habían varios objetos esparcidos sin cuidado por el suelo.
Se acercó despacio y le llamó en cuanto estaba a poca distancia. - ¿Kaito? - Posó su mano en el hombro y él se giró con tanta sorpresa y con tanta rapidez que también sorprendió a la mujer.
- Aoko… ¿Cuándo has...? ¿Y cómo has entrado?
- Tú eres el experto en entrar en sitios ajenos, averígualo. - Se fijó en su rostro. - ¿Has dormido algo? Tienes unas ojeras más grandes que mi puño. - Elevó la mano para tocar su rostro demacrado. - Me dijiste que descansarías.
- Yo… - Miró hacia el desastre que era su mesa.
- ¿Has estado trabajando desde que llegamos? - Asintió. - ¿Quieres morir de cansancio? Te dije que vendría, ¿No podías esperar unas horas?
- El tiempo se está agotando, y necesito idear un plan para que estés a salvo.
- Para que estemos, querrás decir, ¿verdad? - Puntualizó.
Un silencio les inundó durante varios segundos que al mago le parecieron eternos. - Estemos, estés… ¿Qué más da?
Notó el nerviosismo tanto en sus gestos como en el tono de voz. - Kaito… ¿Qué me estás ocultando?
El hombre respiró hondo para tranquilizarse, se cruzó de brazos y apoyó su peso en el borde de la mesa. - ¿Qué te hace pensar que te escondo algo?
- Años de interrogatorios con sospechosos. ¿Qué es lo que pasa? - Vio la incertidumbre en el hombre, aunque él pensase que su cara de póker le protegía. Pero a ella no le podía engañar. Se acercó aún más y le tocó con delicadeza el brazo. Podía sentir la tensión en sus músculos. - ¿Qué es lo que pasa? - Volvió a preguntar con suavidad. - Estamos juntos en esto, ¿recuerdas?
- Y lo maldigo. - Dijo por fin. - Maldigo el haberte metido en todo esto. - Se puso de pie, pero ella no retrocedió. - Maldigo a mi yo joven e inmaduro lleno de venganza, maldigo el haber vuelto…
- Para empezar… Tú no me metiste en esto, me metí yo sola. Y aunque no me hubieras dicho nada, hubiera llegado a este punto igual, pero sin ti. Tu yo adolescente hizo lo que hubieras hecho de adulto. - Empezó a enumerar con los dedos. - Y… Yo estoy muy agradecida de que volvieses. Antes de aparecer en mi vida como el capullo de Akira, no tenía nada que considerase vida. Seguía adelante porque era algo que había que hacer, pero no "vivía."
- Aoko… - Le cogió las manos. - Debes prometerme que, pase lo que pase en los futuros acontecimientos, seguirás adelante y vivirás.
- Por supuesto. Porque tú estarás ahí para ayudarme. - El rostro desencajado del mago hizo que sus alarmas pasasen de un cuarenta a un cien por ciento. - ¿Kaito?
- Puede que yo no esté ahí contigo. Y no sabes cuánto me gustaría. - Vio la pregunta en los ojos atemorizados de su compañera, y sabía que por mucho que lo intentase, no podría mantenerla ignorante. Le había prometido contarle todo, y no se iría sin cumplir esa promesa. - Koizumi… Ha visto el futuro. - Dejó espacio para que asimilase poco a poco lo que decía. - En el enfrentamiento contra Lion, uno de los dos muere. - Apretó el agarre de sus manos. - Y no voy a permitir que seas tú.
Sus palabras tardaron en hacer mella en la mujer. Parpadeó un par de veces, tratando de asimilar sus palabras. ¿Que uno de los dos moriría? ¿Pero a qué juego macabro estaba jugando quienquiera que se encargaba de los destinos? - No… - Negó. - No es cierto. ¿No has dicho que Akako se ha equivocado otras veces? Pues ésta será otra de ellas. - Le miró con determinación. - Vamos a ganar. Y meteremos a Lion y a sus hombres en prisión.
Una cansada sonrisa apareció en los labios del hombre. - Tienes razón, Koizumi se ha equivocado varias veces.
- Mañana veremos todo con una nueva perspectiva. Descansemos, y por la mañana prepararemos todo para esa noche.
Kaito la siguió cuando ella comenzó a avanzar hacia la salida, sus manos siempre en contacto. Cuando llegaron al recibidor él se detuvo, haciendo que ella también lo hiciese. La miró con súplica. - Quédate, por favor. - Dijo en en leve susurro ahogado. No tenía la fuerza para verla irse, quería que estuviese con él todo el tiempo que pudiese. Era un maldito egoísta.
Aoko asintió. - No me voy a ninguna parte. - Le guió por las escaleras hasta el piso superior sin encender las luces. También sabía que no podría separarse de él.
Terminaron lo que quedaba de noche acurrucados en la antigua habitación del hombre, queriendo rememorar recuerdos mucho más felices. Los dos pensaban que les costaría dormir, pero con sólo la presencia del otro, la tranquilidad que les embargaba hizo que ella se durmiese al poco que el mago, queriendo protegerle de sus pesadillas.
Continuará…
