20. Contando estrellas

Cuando Alice logró organizar a los invitados y consiguió que todos abandonaran su casa, Jasper miró a su alrededor en busca de los numerosos coches en los cuales, supuestamente, irían hacia Helthon. pero, curiosamente, allí solo había un coche y, teniendo en cuenta que era el vehículo del dueño de Golpes y Sangre, Jasper desechó la opción de ocupar uno de sus asientos.

—Bien. —Alice respiró hondo—. Rose e Irina me han dicho que irán con Emmett en su coche, así que quedan dos asientos libres. ¿Queréis ir con ellos, Jacob, Seth? —preguntó, señalando a los dos amigos del brother de Jasper.

Ellos asintieron gustosos y se dirigieron hacia el coche siguiendo al grandullón. Jasper agradeció perder de vista aquellos puños y sintió una calma profunda que invadía su cuerpo, desde los pies hasta la cabeza. La chica del pelo rosa y las horripilantes gemelas ya no parecían tan malas opciones en comparación con «aquello» que acababa de marcharse.

—¿Y cómo vamos los demás? —le preguntó a Alice.

—¡En mi superfurgoneta! —respondió Garrett, mientras terminaba de liarse el décimo porro (aproximadamente) de la noche.

—¿Tu super… qué? —Jasper miró de reojo el garaje abierto de la casa de los Brandon. Entonces lo entendió todo, y el mundo pareció derrumbarse bajo sus pies.

Mientras todos caminaban directos hacia una furgoneta maltrecha y con un aire hippie, pintarrajeada de grafitis, Jasper permaneció quieto en el césped de la entrada, pálido como la luna que se alzaba sobre ellos.

Alice le tiró de la manga de la chaqueta.

—Venga, vamos, ¿a qué esperas?

—No pienso montar en ese estercolero con ruedas.

—Jasper, la superfurgoneta de Garrett no es un estercolero —le reprochó Alice.

—¡Pero seremos como inmigrantes, todos amontonados atrás! —clamó él—. Y, además, ¡ni siquiera es legal!

—¿Qué importa que sea legal o no?

—Verás, he trazado ciertos planes respecto a mi futuro y, como espero puedas comprender, el hecho de que la policía me encuentre en la parte trasera de una furgoneta ilegal junto a un montón de personajes estrafalarios, y siendo conducida por un Mendigo que va fumándose un porro, no es lo más aconsejable para que mis magníficos planes acaben cumpliéndose.

Alice cerró los ojos con fuerza y se armó de paciencia. Después, sabiendo que ya todos se habían acomodado en los dos banquitos que había colocado Garrett en los extremos de la superfurgoneta, miró a Jasper casi a punto de llorar.

—¿No puedes olvidar quién eres solo una maldita noche?, ¿no puedes comportarte como un chico de dieciocho años normal y corriente?

—No —contestó él, sin un ápice de compasión.

—¡Jasper, por favor, esta noche pretendo divertirme! No me apetece seguir siendo tu niñera.

—Es que no lo eres.

—¡Ya lo creo que sí! —Le miró suplicante—. Te lo ruego, Jasper…

El rostro del inglés se tornó pensativo un instante. Después, sorprendentemente, asintió en silencio y caminó junto a Alice hacia la furgoneta que, probablemente, provocaría el fin de su existencia.

Los ojos de Alice le habían mirado de un modo tan desgarrador que casi había llegado a sentir cierta compasión hacia ella. Sacudió la cabeza, alejando esos desagradables pensamientos que provocaban que se sintiera ligeramente culpable.

Al llegar a la puerta trasera de la superfurgoneta de Garrett, advirtieron que no quedaban sitios libres. A decir verdad, Tanya ya estaba sentada sobre Edward a falta de espacio.

—Siéntate tú encima de tu hermana —le pidió Alice a una de las gemelas.

Quedó un hueco libre. Jasper, sin demasiados miramientos, se acomodó en él. Mike, situado al fondo de la furgoneta, se giró hacia Alice y agitó una mano en el aire, llamándola.

—Puedes sentarte aquí —le indicó, señalando sus piernas.

Jasper sintió que algo extraño comenzaba a bullir en su interior. Posiblemente, se trataba de una especie de rabia incomprensible. Así que, cuando vio que Alice subía a la furgoneta dispuesta a sentarse sobre el idiota de Mike, la cogió de la cintura y tiró de ella hacia atrás, sentándola sobre sus rodillas.

—También puedes sentarte aquí —dijo, sin saber demasiado bien por qué narices acababa de hacer aquello—. Seguro que no pesas nada —añadió, intentando reparar el estropicio.

Alice no se movió. Y Jasper descubrió que Mike apretaba la mandíbula en exceso, cabreado tras el resultado final. Edward, con la chica del pelo rosa acomodada sobre él, cerró la puerta trasera de la superfurgoneta, y Garrett se puso en marcha, adentrándose en la carretera principal de la urbanización directo hacia Helthon.

El Mendigo les deleitó con una música desconocida, una mezcla de rock y reggae, y todos los que se encontraban en la parte trasera de la furgoneta comenzaron a beber, a excepción de Mike y Jasper.

Este último se animó un poco cuando Alice le tendió una botella pequeña y sin abrir de cerveza. Aquello no estaba bien. Él no bebía. Pero recordaba que Alice le había rogado que intentase comportarse como un chico normal de dieciocho años y supuso que, si todos allí se alcoholizaban, eso sería lo habitual y socialmente aceptado.

Casi podía escuchar el rechinar de los dientes de Mike a distancia. Le sonrió, mientras dirigía una mano escurridiza por la cintura de Alice, medio abrazándola.

—Hay muchas curvas —le dijo. Y acto seguido fijó la vista en Mike, deseoso de ver cómo reaccionaba al respecto. Sus ojos destilaban una furia incontrolada.

A decir verdad, a Jasper no le desagradó en exceso el hecho de llevar a Alice sentada en sus piernas. Desde aquella posición (y gracias a los tirantes de la camiseta que cruzaban su espalda), podía admirar la piel que quedaba al descubierto. Tenía aspecto de ser bastante suave, y eso a él le agradaba. Respiró hondo, Olía a champú de frutas exóticas… olía bien.

—¿Vas bien ahí? —le preguntó Alice, volviéndose un poco.

—Sí, tranquila.

Alice se sentía nerviosa y cohibida. Si unas horas antes le hubieran dicho que terminaría sentada sobre el inglés, no lo habría creído de ningún modo. Le temblaban ligeramente las piernas, pero intentaba disimularlo para que él no notase lo mucho que todo aquello llegaba a afectarle. Sentía un extraño cosquilleo en el estómago, exactamente en el lugar donde Jasper había decidido posar una de sus grandes manos. Tomó una gran bocanada de aire y siguió hablando con Tanya, intentando no advertir cómo Jasper respiraba cerca —muy cerca— de su cuello, haciéndole cosquillas y produciéndole pequeños escalofríos.

Cuando llegaron hasta Helthon y Alice se levantó de sus piernas, Jasper notó la falta de calor y la siguió rápidamente. Mientras el resto bajaban de la furgoneta, sus miradas se cruzaron. Él sonrió tras descubrir que Alice tenía los mofletes rojizos y se sentía avergonzada. Le gustó aquel toque de inocencia.

—¡Arrasemos en Butterfly! —gritó Garrett, clamando al cielo—. Eh, mirad, ahí llega Emmett con los demás.

«Emmett… el gigante.» Jasper observó temeroso cómo se acercaba el coche hacia ellos y aparcaba al lado. Antes de entrar en la discoteca, decidieron que tomarían unos cubatas fuera; Garrett les sirvió a todos un vaso. Jasper terminó cediendo ante un poco de Vodka rojo.

—¡Menudo cuñadito que tengo! —exclamó Garrett, pellizcándole un moflete.

—Yo no soy tú cuñ… —comenzó a decir Jasper, pero se calló inmediatamente en cuanto advirtió la amenazadora mirada de Emmett, que agitó felizmente tanto a Golpes como a Sangre. Ambos eran igualmente aterradores. Jasper intentó sonreírle, pero no lo consiguió.

Por el contrario, Alice optó por ignorar los comentarios de su hermano y prefirió aclararle personalmente a Mike que en realidad ellos no estaban saliendo. Este respiró tranquilo.

El Chico Arma se acercó y rellenó el vaso semivacío de Jasper. Después le miró fijamente.

—¿Cómo va la noche?

—Bien, bastante bien —mintió Jasper.

Alice se había alejado de él y ahora charlaba con su grupo de amigos, a unos metros de distancia. Jasper intentó encontrar una buena excusa para huir de aquel psicópata, pero antes de que se le ocurriese nada él continuó hablando.

—Alice me ha comentado que eres muy inteligente —le informó.

—Ah, ¿sí? ¿De veras Alice ha dicho eso de mí? —Jasper le miró largamente. Abrigaba ciertas dudas al respecto—. Bueno, a mí me ha comentado que tú eras superdotado… o algo así.

El psicópata asintió con la cabeza y le dio un trago a su cubata.

—Yo entiendo que te sientas extraño en este ambiente —le dijo—, pero al final te acostumbras. No son mala gente —añadió, mientras ambos contemplaban cómo Garrett le arrancaba la antena a uno de los coches que había aparcado cerca.

Por alguna extraña razón, a Jasper no le sorprendió que Edward, el atracador innato, le echase una mano entre risas.

—Ya, claro…

Intentó apartar la mirada de los ladrones y centrarse en cualquier otra cosa a su alrededor. Finalmente, volvió a mirar al Chico Arma.

—Oye, llevas los ojos pintados de negro —advirtió.

—En efecto.

—¿Y puedo saber por qué?

El psicópata se encogió de hombros y después le sonrió.

—No sé, me gusta.

—A las chicas también.

—Lo sé. —Le observó con curiosidad—. Tú tienes demasiados prejuicios.

—No, tranquilo. —Jasper sacudió las manos—. Al principio pensé que Alice me lo decía en broma, pero acabo de deducir que realmente eres el más normal de toda la tribu.

Él rio ante su comentario. Cuando Jasper vio que el gigante se acercaba hacia ellos —acompañado por la Chica Cabeza Rapada—, desapareció rápidamente de allí y regresó al lado de Alice, que estaba charlando con Kate y Jessica.

—Es que me gusta muchísimo —decía Kate, mientras fijaba sus ojos en Garrett—. Es tan… salvaje.

—Desde luego —afirmó Jasper, convencido de ello al cien por cien.

—Y siempre me hace reír. —Kate suspiró, enamorada—. ¿Crees que si le insinúo algo me rechazará?

—Lo dudo. En realidad, puede que le gustes. —Alice se encogió de hombros.

—Normalmente los chicos suelen caer ante nuestros encantos —la animó Jessica—; excepto algunos idiotas, claro —añadió, fulminando a Jasper con la mirada.

Él reprimió un escalofrío y casi se alegró cuando Garrett —todavía con la antena robada del coche en la mano— indicó que era hora de entrar en la discoteca. Todos se dirigieron hacia allí en tropel.

Las luces de Buterffly se veían desde lejos. Un cartel enorme se alzaba en lo alto de la discoteca con su nombre. En la entrada había una cola de gente esperando que los de seguridad les permitiesen pasar; ellos se colocaron al final.

—Creo que las únicas que aún no han cumplido los dieciocho son mi hermana y Tanya —dijo Garrett.

Parecía increíble que todavía pudiese hacer esos cálculos, teniendo en cuenta todo el alcohol que había ingerido—. Así que, Jasper, coge a Alice de la mano, y tú, Edward, encárgate de Tanya.

Jasper accedió a enlazar sus dedos entre los de Alice. Ella tenía la mano cálida. La joven rio tontamente ante la situación.

—¿Aún tienes diecisiete?

—Sí, soy de las últimas del curso en cumplir los dieciocho. —Volvió a reírse.

—¿Ya estás borracha? —le preguntó Jasper, que en realidad empezaba a sentirse contento aun en medio de la tribu (lo cual resultaba preocupante).

—No, claro que no… —contestó ella, y se desternilló de risa; por lo cual Jasper supuso que acaba de mentirle.

Alice continuó riendo hasta que el hombre de seguridad les dejó pasar, junto con el resto (a pesar de protestar previamente por las pintas que llevaban algunos).

Dentro de la discoteca el volumen de la música era ensordecedor. La gente bailaba como loca de un lado a otro, y había varias congas dispersas aquí y allá. Las luces intermitentes de colores aturdían a Jasper, y le costó distinguir la barra que se alzaba al fondo del local. Se dirigió hacia ella, siguiendo a los demás y arrastrando a Alice tras él.

—¡Yo quiero una cerveza! —gritó ella, cuando llegaron.

—¿Piensas seguir bebiendo? —le preguntó Jasper.

—¿Y por qué no? —contestó Alice—. ¡Llevaba semanas sin salir! Pediré otra para ti.

Jasper iba a negarse, pero no tuvo tiempo para hacerlo. Una atractiva camarera les sirvió las dos cervezas, mientras el resto del grupo seguía pidiendo cubatas y cócteles. Jasper se alegró de que las gemelas feas acorralasen a Mike, haciéndole diversas preguntas sobre su famoso libro, y consiguiendo que él no tuviese que enfrentarse a su contrincante.

—¿Bailas?

Bajó la cabeza y encontró a Alice. ¿Acababa de preguntarle si quería bailar? No estaba demasiado seguro, así que le dio un trago largo a su cerveza y negó después con la cabeza, por si acaso.

—¡Qué aburrido eres! —exclamó, antes de apartarse unos metros, junto con la chica del pelo rosa y sus amigas, y comenzar a bailar.

Jasper se sentó en uno de los taburetes de la barra, al lado del psicópata, y contempló cómo Alice danzaba agitando las manos al compás de la melodía. Movía las caderas lentamente y las puntas de corto cabello seguían aquellos movimientos como si se contagiasen por todo su cuerpo. Suspiró y le dio otro trago a su cerveza.

Instantes después, comenzó a descubrir que había una gran cantidad de chicos que, poco a poco, se iban acercando a ellas. Finalmente, uno de los jóvenes colocó las manos alrededor de la cintura de Alice, y ella dejó caer los brazos sobre el cuello del chico.

Los ojos grises de Jasper se convirtieron en dos diminutas rendijas. No entendía qué estaba ocurriendo, tampoco entendía por qué Alice no apartaba a ese energúmeno de un brusco empujón.

«Bueno, si no lo hace ella, tendré que hacerlo yo; está claro que es por su bien. Se nota a la legua que solo pretende llevársela a la cama», pensó Jasper, antes de bajar del taburete y acercarse a Alice.

No supo demasiado bien de dónde sacó el valor cuando se interpuso entre ellos y abrazó a Alice, pegando su cuerpo al suyo. El chico al cual acababa de apartar de un empujón le miró con cara de pocos amigos.

—¿Qué cojones haces, tío? —le preguntó.

—Bailar con mi novia —respondió Jasper.

Alice le miró con los ojos desorbitados y se echó a reír.

—Pero ¿qué dices, Jasper? Tú no eres mi…

Pero no pudo decir nada más. Los labios de Jasper presionaron los suyos. A Alice le costó descubrir lo que realmente ocurría: Jasper la estaba besando.

Sintió cómo los latidos de su corazón se disparaban y se volvían mucho más rápidos. La música de la discoteca quedó amortiguada, como si alguien hubiera bajado el volumen, y la sensación de los labios de Jasper junto a los suyos se tornó más real.

Jasper sujetaba con una mano su rostro, mientras la otra presionaba su espalda acercándola más hacia sí. Alice no supo por qué no lograba apartarse de su cuerpo y terminar con aquel beso. Quizá porque los labios de Jasper eran cálidos y suaves; quizá porque todo él olía tremendamente bien, a menta; quizá porque sencillamente había terminado por ser partícipe de ese beso cuando finalmente entreabrió sus labios y dejó que la lengua de Jasper acariciase la suya…

Alice tenía los ojos cerrados, pero gracias al ruido advirtió que la gente aplaudía a su alrededor. Fue en ese instante cuando Jasper se separó de ella y desapareció de su vista internándose entre la multitud que atestaba la discoteca. Miró a su alrededor y descubrió que eran sus amigos los que aplaudían tras presenciar aquel beso.

Garrett se acercó a su hermana, limpiándose una lagrimilla.

—Qué bonito —le dijo—. Me encanta Jasper, creo que será el mejor cuñado del mundo.

La joven tragó saliva despacio. Todos la miraban. Incluso Mike, cuyo rostro estaba ahora rojo y repleto de ira. Se giró, buscando a Jasper, y entonces recordó que acababa de desaparecer entre el gentío.

—Yo… —balbució, confundida—. Ahora vuelvo.

Y salió disparada de allí en la misma dirección por la que había visto partir a Jasper. Se sentía extraña. Las luces la aturdían y mareaban. En realidad, deseaba meterse en su cama y no pensar en lo que había ocurrido. Jasper acababa de besarla. Y, peor aún, ella había correspondido.

Se abrió paso a base de codazos, haciéndose un hueco. De pronto le agobiaba ver tanta gente a su alrededor. Supuso que Jasper habría huido de la discoteca, así que se dirigió hacia la salida y, cuando abandonó el lugar, agradeció el frío de la noche y el brusco viento que le sacudió el cabello.

No le vio por ninguna parte. Se abrazó a sí misma y comenzó a caminar hacia el sitio donde habían aparcado la furgoneta de Garrett, fingiendo no escuchar los verdes comentarios que le dedicaban un grupo de chavales.

Distinguió su figura desde lejos. Jasper estaba apoyado en la furgoneta, con gesto pensativo, y tenía la mirada clavada en el cielo estrellado. El despeinado cabello rubio contrastaba con la oscuridad de la noche. Alice se acomodó a su lado sin decir nada y también fijó sus ojos en el manto oscuro que se extendía sobre sus cabezas.

«Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis…», comenzó a contar mentalmente las estrellas. Aquella noche había muchas, así que perdía la cuenta con facilidad y volvía a empezar.

Habían pasado cinco minutos cuando finalmente los dedos de Jasper acariciaron los suyos, despacio, casi con miedo. Alice alzó la mirada y encontró sus ojos. Respiró hondo y notó cómo su estómago daba un vuelco inesperado.

Jasper quiso decirle algo, cualquier cosa. Pero no pudo. Se perdió en la inocencia de su rostro y dejó que el silencio de la noche les envolviese.

En realidad, habría podido decir muchas cosas. Como, por ejemplo, reconocer que quizá, solo quizá, acababa de darse cuenta de que sentía algo por ella. Notó que le costaba respirar mientras esa idea divagaba por su mente y prefirió pensar en otra cosa. Se puso a contar las estrellas, sin saber que Alice, a su lado, hacía exactamente lo mismo.

«… Cincuenta y tres, cincuenta y cuatro, cincuenta y cinco, cincuenta y seis, cincuenta y siete…» El tiempo corría rápido al compás de sus cálculos. Jasper casi había dejado de sentirse incómodo allí, junto a Alice, cuando el resto de los amigos aparecieron calle abajo, indicándoles que era hora de volver a casa.

Durante el regreso, Alice se sentó de nuevo sobre las rodillas de Jasper, que ahora temblaban incontroladas. Él echó la cabeza hacia atrás y la apoyó en la chapa metálica de la furgoneta, evitando así que el aroma del cabello de Alice lograse confundirle todavía más. Ni siquiera se movió conforme cada uno de los amigos se iba despidiendo de ellos cuando Garrett los dejaba en sus respectivas casas. Hicieron varias paradas, hasta que llegaron al hogar de los Brandon.

Los tres entraron en la casa, y antes de perderse en el interior de su habitación, Garrett les dio las buenas noches tras dirigirles una sonrisa pícara.

Jasper permaneció serio, frente a la puerta del cuarto de Alice, mientras se miraban fijamente.

—Que descanses —le dijo Alice.

Y cuando caminó hacia su cama se tambaleó ligeramente. Jasper intentó no reír, pero se acercó hasta ella para asegurarse de que no caería al suelo. Fue a destaparle la cama cuando advirtió que no estaba hecha. Frunció el entrecejo.

—Ni siquiera has hecho la cama —se quejó.

Alice se giró hacia él.

—Oye, he estado muy ocupada con el cumpleaños de Garrett.

—Ya, pero…

—¿No puedes cerrar la boca un rato y dejar de protestar? —preguntó. Después le miró y sonrió con ternura—. Ven.

Jasper dio un paso al frente, en silencio, situándose junto a ella. Cerró los ojos cuando Alice le besó y dejó que le tumbase en la cama y le tapase, una vez él consiguió quitarse los zapatos. Jasper permaneció muy quieto cuando los brazos de Alice le abrazaron, y ella acomodó el rostro sobre el hueco entre su hombro y su propio rostro.

—Duerme conmigo —le susurró.

Y solo cuando Alice cayó rendida en un profundo sueño, Jasper alzó una mano y la pasó por su espalda, abrazándola también. Bostezó. Y se dijo que mañana sería otro día y que, seguramente, todo volvería a la normalidad.