¡No puedo creer que llevamos veinte capítulos! (Sin contar el prólogo jajaja) En un principio tenía considerados sólo diez, en fin, la hipocresía jajaja Les aviso que será algo muuuucho más liviano que el capítulo anterior. Quiero que lo pasen bien, no que sufran jajajaja Bueno, igual tiene algo de drama. Pero menos que el último capi, eso es seguro.

¡Muchas gracias a cada uno de ustedes por su apoyo! Estoy verdaderamente agradecida por la recepción que ha tenido este fic entre ustedes. Es una motivación enorme saber que me leen, me escuchan, me sienten ajajajaja

De a poco iré incorporando algunas sugerencias que me han dado, así que no os impacientéis.

Bien, siempre me excedo aquí arriba, así que bye bye. ¡Saludos y cariños a ustedes!


Capítulo 20

Los rayos del sol se colaron a través de la ventana, llegando directamente a su rostro. Anna frunció el ceño, y abrió los ojos con un esfuerzo sobrehumano. Lo primero que vio al despertar, fue parte del cuello de Yoh, que permanecía dormido, mirando hacia otro lado. Inhaló profundamente, moviéndose sin muchas ganas para retirar el pesado brazo de su novio de sus hombros. Se sintió ligeramente sofocada, entre las sábanas y el cuerpo del Asakura. Aún era verano, y dormir juntos en una cama individual no era lo ideal.

Volvió a dirigir su mirada a Yoh, quien se encontraba durmiendo plácidamente a pesar del calor. Se sentó sobre el colchón, para luego inclinarse hacia el muchacho, retirando algunos cabellos castaños de su rostro. Agradeció ser la única despierta en la habitación, para que nadie notara la estúpida sonrisa que se había formado en su rostro al contemplar a su novio.

—Yoh… —susurró, meciendo su hombro con suavidad—. Despierta.

El castaño asintió, sin abrir los ojos, recostándose sobre su costado para darle la espalda a Anna. Ella suspiró exasperada, pero tenía que mantener la calma. Hana estaba durmiendo en su cuna todavía, no quería despertarlo con reproches ni gritos. La rubia suspiró, moviendo nuevamente el cuerpo del castaño.

—Tienes que ir al instituto —recordó, recibiendo como única respuesta un gruñido.

Sintió un tic nervioso en el párpado, y miró hacia el techo pensando en lo mucho que su paciencia estaba siendo puesta a prueba ese último tiempo. Miró hacia la cuna frente a la cama, comprobando que el bebé de un mes siguiera durmiendo, y dirigió sus ojos al castaño, que se mantenía en la misma posición.

Maldijo por lo bajo, sintiendo que entre Yoh y Hana perdía el triple de rápido su juventud. Y para qué mencionar a Hao. Escuchó sus pasos afuera de la habitación, de seguro caminando hacia el baño. Por lo menos uno de los gemelos tenía mayor facilidad para levantarse por las mañanas. Estaba dispuesta a salir de la cama, hasta que sintió la mano de Yoh puesta sobre su muñeca, atrayéndola a él bruscamente.

Anna no alcanzó a replicar cuando los labios del castaño la silenciaron con un beso. Las manos empuñadas de la rubia estaban listas para protestar, pero cedió ante la calidez del momento y se dejó llevar, cayendo rendida contra el pecho de Yoh.

—Buenos días —saludó, ampliando su satisfecha sonrisa cuando notó el rubor en las mejillas de su novia.

—Levántate —ordenó ella, despegándose rápidamente del cuerpo del adolescente.

Yoh la observó levantándose, dirigiéndose hacia la cuna de Hana para echarle un vistazo. Él se sentó sobre su cama, sacudiendo la cabeza ante la actitud de la rubia.

—No entiendo por qué tienes tan mal humor por las mañanas.

Con el bebé acunado en sus brazos, Anna lo miró con cara de pocos amigos. Sin más palabras, abrió la puerta de la habitación, indicando a Yoh que era momento de salir del lugar. Él frunció los labios, evitando que una sonrisa se formara en su rostro para no molestar más a la rubia.


Yoh bajó con el cabello mojado, humedeciendo su uniforme escolar, sobre todo cerca de los hombros y el cuello. Llegó hasta la cocina, en donde su gemelo se encontraba finalizando su desayuno, su uniforme impecable y su cabello peinado en una coleta. Hao levantó una ceja de forma despectiva al ver a su desarreglado hermano, pero omitió comentarios al respecto.

—Buenas noches, Yoh —saludó irónico, llevando la taza de café caliente a sus labios.

—¿Cómo bebes eso? —preguntó el menor, acercándose a la nevera en búsqueda de algún jugo natural—. Hay un calor horrible allá afuera.

Hao sonrió levemente, pero no contestó. Era Yoh quien alzaba una ceja ahora. Solía entender a su hermano con facilidad, sin embargo, apreciaba cuando él no asumía que tenía telepatía y se esforzaba un poco más en hablarle.

—Buenos días —saludó Anna, entrando con el bebé en sus brazos.

—Miren quienes han llegado —Hao dio una media sonrisa, dejando su tazón de lado—. ¿Acaso son mis rubios favoritos?

Su cuñada puso los ojos en blanco —Sabes que te saludo sólo por educación, ¿cierto?

El mayor de los Asakura desvió la mirada. Su energía caótica se había acumulado más y más con el pasar de los días. No poder molestar a Anna, para evitar la tercera guerra mundial, lo sacaba fuera de quicio. Por primera vez, estaba contento de volver al instituto. Ahí podría descargarse con el resto de las almas en desgracia por los siguientes meses.

—Repasemos —pidió Anna, sentándose frente a Hao, mientras que Yoh la acompañaba con un vaso de jugo en cada mano.

—Volveré a las doce —repitió su novio, perdiendo la concentración cuando se encontró sentado al lado de su bebé—. Y me quedo con Hana. Tú entras a clases a las doce y media, y vuelves a casa a las cuatro. A las cuatro me voy yo y… —comenzó a reír cuando vio que el bebé daba un enorme bostezo en los brazos de su madre.

—Yoh —advirtió ella, su severa mirada puesta en él.

—Voy al restaurant a trabajar. Vuelvo a las nueve a casa y duermo…—

—Yoh.

—…estudio un rato —corrigió, apoyando una mejilla sobre la mesa. Su día aún no comenzaba y ya estaba agotado.

Hao lo miró divertido, sacudiendo el mojado cabello de su hermano al levantarse de su puesto.

—Todo eso sería innecesario con una niñera —recordó el de cabello largo, sintiendo la mirada molesta del resto de su familia.

—No tenemos dinero para contratar una niñera —Anna no sabía para qué le respondía. No era la primera vez que el tema surgía en sus conversaciones.

—¿Olvidan que yo también conseguí un trabajo? —dijo él, sonriendo orgulloso.

—No puedo creer que te vayan a pagar como tutor de historia —comentó Yoh, alzando la cabeza levemente.

—Como sea —interrumpió Anna, bebiendo un poco de jugo antes de continuar hablando—. Ya está decidido. Será un esfuerzo doble, pero si aprobamos el examen para convalidar estudios podremos graduarnos antes y todo será más sencillo.

—¿Más sencillo? —Hao soltó una risa incrédula, poniendo las manos en los bolsillos—. ¿Crees que la universidad será más fácil que el instituto?

—¿Estás listo? —le preguntó Anna, confundiéndolo al desviar el tema—. Yoh aún está desayunando, así que me acompañarás a cambiarle el pañal a Hana.

—¡¿Qué?! —el mayor hizo una mueca de asco, pero la rubia lo ignoró y se levantó de la mesa.

—Desayuna tranquilo —le dijo a Yoh, que evidentemente tenía las intenciones de levantarse para acompañarla—. Tendrás un largo día. Y tu hermano puede ayudarme perfectamente, ¿no es así, Hao?

El aludido abrió la boca, pero antes de reclamar Anna puso al bebé en sus brazos, quien comenzaba a inquietarse incómodo por su pañal sucio.

—Anna, por favor…— pidió Hao, que además podría jurar que su sobrino le fruncía el ceño.

—Hana tiene un mes y no tienes idea de cómo asearlo —reprochó la rubia, usando una mano libre para jalarlo de la corbata—. Así que, aprovechando que estás tan enérgico, me vas a acompañar.

Yoh los observó irse, bebió un sorbo más de jugo, sonriendo en la soledad de la cocina.

—El gran Hao Asakura, intimidado por un pañal sucio —rio divertido, y comenzó a masticar el emparedado que había preparado.

Si todo salía bien, sería su último primer día de instituto. Ese año iba a ser distinto, ya que todos se habían puesto de acuerdo en su casa para ir en un horario más acotado, y así poder acomodar el resto de sus responsabilidades para el resto del día. No sería la vida relajada que él hubiese deseado, pero debía admitir que no cambiaría su situación por nada en el mundo.


No extrañaba las miradas de sus compañeros, ni los susurros en los pasillos. Gran parte de ellos pensaba que Yoh no volvería al instituto después del nacimiento de su bebé, pero ahí estaba. Con su desgarbado uniforme puesto, su bolso negro con un único cuaderno, y audífonos de color naranja, que ayudaban a disipar las voces de los adolescentes curiosos.

—Eh, ¡Yoh! —saludó alegremente Horo, quien apenas había visto al muchacho durante las vacaciones.

El Asakura tarareaba una melodía desconocida para él, ignorando los intentos de su amigo para comunicarse.

—¡Oye, idiota! —le gritó, quitándole los audífonos, que se encontraban con el volumen al máximo— ¡Vas a quedar sordo si sigues escuchando música así!

—¡Hoto! —saludó el castaño, dándole un abrazo al de cabello celeste.

—Ay, me vas a dejar sin aire —reclamó él, que terminó cediendo ante el abrazo del chico.

Ren se acercó al par, con una media sonrisa al observar a sus compañeros tan cariñosos.

—Si es el papi Asakura —dijo burlón, riendo al ver que Yoh lo miraba avergonzado—. Admito que me sorprende verte aquí, Yoh.

—Sólo hasta las doce —recordó él, soltando a Horo para saludar a Ren—. ¡Siento que no los veo hace siglos!

—Nosotros te hemos querido a visitar un montón de veces —contó el de cabello azul, cruzando los brazos irritado— Pero sabemos que la bruja de Anna nos va a corretear.

—Deja de llamarla así —reprochó el Tao, dándole un manotazo en la cabeza—. Recuerda que ahora es la madre de su hijo.

Yoh rio, acostumbrado a la actitud de sus amigos. Sin importar lo mucho que hablaran a sus espaldas, sabía que ambos le tenían temor a su novia.

—Ya ha pasado un mes desde que Hana nació —les relató, sentándose con una sonrisa orgullosa en su lugar—. Así que dudo que haya problemas con recibir algunas visitas.

—¿ES EN SERIO? —preguntó entusiasmado Horo. Se abalanzó sobre Yoh, abrazándolo feliz—. ¿Oíste eso, Ren? ¡Por fin podremos conocer a nuestro sobrino!

—¿Hablan de Hana? —interrogó Manta, intrigado ante la alegría de su compañero—. Tiene un carácter especial, pero es súper adorable.

—¿Ya lo conoces? —Ren alzó una ceja, mirando con el ceño fruncido a Yoh—. ¿No es que no podía recibir visitas?

El rubio se encogió de hombros, esforzándose para subir a su silla —Ventajas de los mejores amigos.

Horo y Ren intercambiaron miradas molestas, y luego esperaron una explicación de parte de Yoh, quien sentía una gota de sudor formándose en su frente.

—Pues Manta ya ha ido a visitarnos un par de veces —admitió, rascándose la cabeza—. Es que Anna duda que ustedes vayan a comportarse adecuadamente con Hana.

—¿PERDÓN? —preguntó Horo, poniendo sus manos sobre sus caderas— ¿ACASO PIENSA QUE SOMOS ANIMALES?

El chino suspiró, negando con la cabeza.

—Ya veo por qué no quiere que Horokeu esté con el bebé —comprendió él, llevando una mano a su mentón— Pero no entiendo por qué yo estaba vetado también.

—Ustedes son una mala combinación —dijo Manta, notando que Yoh se ponía nervioso ante dicha confesión.

—Lo dijo él —destacó el castaño, alzando sus manos en señal de paz.

Horo y Ren volvieron a mirarse, pero parecieron más calmados.

—Es verdad —respondieron al unísono.

Por primera vez, las clases pasaron volando. Yoh no sabía si atribuirlo al poco tiempo que se mantuvo en el instituto, o si en realidad había extrañado estar con sus amigos. Compartir con ellos, hablar de las clases, quejarse por aburrimiento y hacer trabajos juntos era una pequeña distracción en medio de su nueva vida. Se retiró a las doce, y caminó pensativo junto a su hermano, quien lucía contento de haber terminado tan temprano las clases.

—¿No es genial tener tanto tiempo libre? —preguntó Hao, con una gran sonrisa.

—"¿Tiempo libre?" —Yoh rodó los ojos ante sus palabras.

Anna había diseñado su plan minuciosamente, y no había espacios para holgazanear entremedio. Hao notó el semblante en su gemelo, y le dio un codazo animado.

—¡Vamos, Yoh! No es como que tengas que estar en casa hasta que entres a trabajar, podemos salir a dar una vuelta un rato y disfrutar del aire libre.

Yoh alzó la mirada. El día era perfecto para descansar bajo el sol, tentativamente con un helado o algún refresco.

—¡Lo sé! —respondió, lamentándose al saber que no podría disfrutar de él.

—Hana ya tiene un mes —Hao estaba seguro de el remordimiento de su hermano giraba en torno a la nueva responsabilidad de ser padre— Ya podemos sacarlo. Llevémoslo en un coche, o puedes ponerte esa ridícula mochila para bebés que te regalaron.

—No estoy seguro —le dijo, soltando un largo suspiro— Tendré que preguntarle a…

—Si vas a decir Anna, te mato —amenazó el de cabello largo, recibiendo una mirada poco amistosa de parte del menor. En lugar de intimidarlo, sólo pareció intensificar su convicción— ¡Vamos, Yoh! —comenzó a sacudirlo enérgicamente de los hombros—. ¡Tú eres su padre, y yo soy su tío! Somos dos contra uno, mientras me apoyes siempre saldremos victoriosos.

Yoh rio con gracia —¿Piensas que podemos ganarle a Anna? Creí que yo era el ingenuo.

—Hermanito —Hao sintió la frustración, y masajeó su sien buscando las palabras adecuadas para empoderar a su gemelo— Utiliza esas bolas con las que engendraste a tu hijo y conviértete en hombre de una maldita vez.

El menor frunció los labios, forzándose para no sonreír.

—¿Cómo puedes tener tanta elocuencia para algunas cosas, pero cuando intentas motivarme eres un desastre?

Hao abrió la boca para hablar, pero Yoh alzó la mano para interrumpirlo, un acto muy irrespetuoso a su juicio.

—Tienes razón —contestó su gemelo, que al parecer había sido contagiado por la energía del mayor—. Aprovechemos la tarde para pasear con Hana.

Su hermano celebró la victoria internamente. Asakura 1, Kyoyama 0.

Estaban cruzando por el portón que delimitaba el antejardín del hogar, cuando notaron que Anna se encontraba en la puerta, despidiéndose de un joven alto y moreno, de cabello rebelde y sonrisa encantadora.

Hao instintivamente se detuvo, y sus ojos se posaron sobre su hermano, que miraba la escena sin felicidad.

—¿Quién es ese? —preguntó Yoh, con una voz grave que Hao desconoció en él.

Le parecía divertido cuando el infantil de Yoh Asakura se mostraba posesivo, pero por respeto al sufrimiento de su hermano prefirió omitir cualquier burla formándose en su mente.

El joven caminó hacia ellos, listo para irse del lugar.

—Buen día —saludó, su perfecta y blanca sonrisa contrastando con el bronceado de su piel.

—Buen día —saludaron al unísono. Yoh mascullando cada palabra, y Hao demasiado entretenido ante los obvios celos de su hermano.

Lo observaron irse, volteando curiosos ante tal enigmático personaje. Era ligeramente más alto que los gemelos, por lo cual se podía intuir que era escasos años mayor que ambos. Aun así, su rostro jovial indicaba que no tendría más de veinticinco años.

Ambos caminaron hacia Anna, que se encontraba en bajo el umbral de la puerta, en la entrada de la casa. Parecía lista para irse, con su uniforme y su bolso en el hombro.

—Hana está durmiendo —dijo ella, sin saludarlos— Le di de comer hace poco, así que no lo molesten para que descanse tranquilo. Confío en los dos, así que mantengan a mi hijo vivo y la casa sin incendios.

Apresurada, caminó hacia la calle, dejando a los gemelos esperando una explicación que nunca llegó.

—¿Qué…? —Yoh se mantuvo con la boca abierta, para luego cruzar los brazos sobre su pecho, su expresión indignada aumentando la diversión para su hermano.

—No sé si te fijaste —dijo el mayor, dándole una palmada en la espalda— Pero el tipo definitivamente estaba usando delineador negro.

—¿Por qué me iba a fijar en eso? —los ojos de Yoh se posaron enfadados sobre los de Hao.

—Deberías ir cotizando maquillaje… si a Anna le gustan rudos, tendrás que adaptarte.

Yoh resopló, entrando a su casa molesto. Hao miró las nubes en el cielo, riendo para sí mismo.


El menor de los Asakura empujaba el coche con vigor, sin darse cuenta de que Hao tenía dificultades para seguirle el paso.

—¿En qué momento te volviste tan rápido? —preguntó el mayor, irritado al no poder disfrutar su helado en paz.

—¿Y si me dejó de niñero para juntarse con ese tipo? —interrogó horrorizado, pero negó con la cabeza en medio de su monólogo—. No puedo ser tan idiota. Ella nunca me haría eso.

Hao alzó una ceja. Llegaron hasta un parque, y el mayor le ordenó a su gemelo que se detuvieran para sentarse en una banca. Yoh acomodó a Hana en sus brazos, mientras que probaba con una mano libre el helado que su hermano le había comprado.

—Yo confío en ella —repitió, y Hao rodó los ojos al escuchar esa frase nuevamente—. No sé por qué de pronto me pongo tan inseguro. Es como si mi instinto protector se hubiese disparado desde que tuvimos a Hana. Sólo quiero que ambos estén seguros, y que nadie extraño se les acerque.

—Linda forma de justificar tus celos —comentó el de cabello largo, escuchando a Yoh suspirar—. No te culpo, Yoh. Si yo fuera una chica, no habría dudado en entregarme a ese sujeto. Era casi tan atractivo como yo.

Yoh se atragantó ante dicho comentario, tosiendo con cuidado para no botar el helado ni manchar a su hijo. Hao decidió ayudar a su gemelo, sujetando al bebé rubio entre sus brazos.

—¿Así que mami le está poniendo los cuernos a papi? —le preguntó Hao, alzándolo con cuidado. Sabía que Yoh lo miraba de mala forma, pero aún no terminaba de toser como para animarse a decirle algo—. Tranquilo, Hanita. Si tus papás se separan, puedes quedarte conmigo.

Su hermano dejó de toser, y dejó caer su espalda sobre el respaldo del banco de madera en el que estaban.

—No lo escuches —dijo Yoh, mirando con pena a su hijo—. Yo y tu mamá estamos bien. El tío Hao te está molestando.

Hao se estremeció al escuchar las palabras de Yoh.

—Tío Hao —repitió, casi con asco—. En eso me convertiste. En un vil tío. Tan joven, y ya me arruinaste.

Yoh rio, mirando hacia las escasas nubes.

—Hoy en clases me llamaron papi Asakura, ¿puedes creerlo? —dio otra probada a su helado, sonriendo al escuchar la risa burlona de su hermano.

Hao dejó de reír cuando notó que Hana también sonreía. El mayor de los Asakura empujó con un brazo a Yoh para que viera al bebé.

—¡Es la primera vez que me sonríe! —exclamó, avergonzándose cuando notó lo feliz que se había puesto—. Es que… pensé que me odiaba.

Yoh contuvo la risa, apoyando su cabeza en el hombro de su hermano.

—Tenemos que disfrutarlo mientras nos quiera —sugirió el menor, haciéndole señas con la mano al bebé para alegrarlo aún más.

—Tengo el presentimiento de que será un dolor en el trasero cuando sea adolescente.

—…—Yoh contempló al infante regordete unos segundos más. Observó sus escasos mechones rubios y sus mejillas rosadas. Era tan dulce— Yo también.

Hao lo alzó nuevamente, meciéndolo con suavidad como si estuviera bailando.

—Recuerda, su cuello…—Yoh no continuó hablando cuando su hermano gruñó y cambió la posición en la que sujetaba a Hana.

—Soy su tío, creo que sé sostenerlo —dijo él, que había recibido la misma instrucción un montón de veces de parte de los padres del bebé— Le estoy enseñando algunos pasos, para que salgamos a conquistar muchachas por ahí.

Yoh miraba a su hermano entretenerse con su hijo. A veces pensaba que su gemelo olvidaba que Hana era un ser humano, y lo trataba como un juguete. La sonrisa del niño comenzó a desvanecerse, y su entrecejo se unió nuevamente para dirigir sus enfadados ojos a su tío.

—Oh, oh —soltó Yoh, sonriendo preocupado ante la expresión molesta del bebé.

—Ya te volviste a amargar —susurró Hao, agradeciendo cuando su gemelo extendió los brazos, listo para recibir a su hijo.

Hao notó que, casi inmediatamente, el semblante del bebé volvió a suavizarse. Cruzó los brazos de mala gana, observando con desprecio al pequeño y regordete rubio.

—Es simpático que siendo tan chiquito perciba una diferencia entre nosotros —comentó Yoh, acomodando la cabeza del bebé contra su mano.

—Gemelo bueno —Hao señaló a su hermano— Gemelo malo —resopló al señalarse a sí mismo.

El menor rio ante la frustración del mayor. Era casi dulce que buscara ganarse el cariño de su sobrino, pero Hana era muy selectivo con sus amistades. Yoh estaba convencido de que, a pesar de no entender aún, su hijo sabía que Hao se burlaba de él, poniéndole apodos y mostrándole la lengua en secreto cuando el niño no quería nada con su tío.

Hao se levantó de la banca y miró la hora en su teléfono.

—Volvamos a casa —sugirió, guardando nuevamente el aparato en su bolsillo.

—¿Qué hora es? —interrogó Yoh, levantándose con cuidado para devolver a Hana a su coche.

—Las cuatro con quince minutos.

Yoh abrió los ojos como plato, apresurándose al asegurar al bebé en su medio de transporte.

—Mierda… —dijo para sí mismo— Ya debería ir camino al trabajo.

—No creo que hagan un gran escándalo por llegar unos minutos tarde.

—No es el trabajo lo que me preocupa.


Anna estaba terminando de beber su tercer vaso de agua. Odiaba beber agua, pero su garganta se había secado. Quería mantenerse serena, pero era la primera vez que se alejaba de su bebé desde que había nacido. Dejó el vaso vacío sobre la encimera, y luchó contra el impulso de morderse las uñas. Se suponía que Yoh debía estar en casa, pero para variar su teléfono estaba apagado. ¿Para qué demonios tenía un celular si nunca lo contestaba?

Sabía que estaba exagerando. Caminó hasta una ventana, mirando a través de la cortina para ver si su novio se dignaba a aparecer con su hijo.

—¿Dónde diablos están? —preguntó en voz alta, a pesar de estar sola.

Respiró profundamente. ¿Por qué estaba tan ansiosa? Habían pasado cuatro horas, sólo cuatro horas.

Quería golpear su cabeza contra la pared. Era increíble lo vulnerable que se había vuelto. Necesitaba alejar la tensión acumulada, pero las ganas de llamar a Hao para saber si estaba con Yoh y Hana eran difíciles de ignorar. Negó con la cabeza ante ese pensamiento, ¿en qué momento se había convertido tan controladora? Sí, le gustaba que todo resultara a su modo, aunque nunca había llegado al nivel en donde se sintiera físicamente mal por no saber dónde estaba su bebé.

Masajeó el puente de su nariz abrumada, pero su angustia se disipó enormemente cuando escuchó la puerta abrirse, y los cuchicheos de los Asakura en la entrada.

No quería hacer una escena, sin embargo, su cuerpo parecía actuar de forma autónoma. Avanzó con paso firme hasta en donde estaban los gemelos, y cruzó los brazos sobre su pecho para esconder sus manos empuñadas.

—Lo sé —dijo Yoh, acomodando el coche de Hana en su entrada— Pero no tengo tiempo para eso.

Le dio un superficial beso en la frente y dio media vuelta para irse trotando hacia el trabajo. Hao vio las mejillas de la rubia enrojecerse, implosionando e insultando internamente. Él sabía que lo que Yoh había hecho era una venganza, porque Anna había actuado de la misma forma anteriormente. Le sorprendió su audacia, y su estupidez. Debería aprender a no provocar a alguien con quien compartía la cama.

La rubia sacó del coche al bebé, y sus ojos furiosos se dirigieron a la única persona presente con quien podría descargarse. Hao mentiría al decir que extrañaba ese semblante en ella. La maternidad la había forzado a reprimir gran parte de sus impulsos asesinos, aunque sabía que tarde o temprano dejaría salir al monstruo que tenía dentro. Hao alzó las manos en señal de paz, intentando apaciguar a la rubia que lo fulminaba con la mirada.

—Yo convencí a Yoh de salir a pasear —confesó, viendo que Hana se volteaba en los brazos de su madre para imitarla, mirándolo de forma poco amable.

El bebé tenía apenas un mes y ya conocía con quien aliarse y con quien no.

—Se nos hizo tarde —continuó, notando que el rostro de su cuñada se endurecía aún más— Pero ya volvimos. Hana está bien, disfrutó mucho el paseo. Quería comprarle un helado —la expresión de Anna se volvió demoniaca. Hao se arrepintió instantáneamente—, pero Yoh dijo que no puede comer dulces todavía.

Anna no sabía por dónde empezar. Yoh y Hao se habían organizado en su contra, llevándose al crío sin siquiera avisarle. La hicieron esperar una eternidad, cuando estaba hecha un manojo de nervios. Y el idiota de su cuñado casi le había dado un maldito helado a su bebé.

Hao la observaba estudiarlo con los ojos. No sabía que alguien podría verse tan intimidante, menos con un bebé en sus brazos. Recordó haber visto en internet que las nutrias mostraban a sus crías cuando se sentían amenazadas, porque así sus depredadores podrían sentir compasión por ellas. No tenía idea si era verdad, pero en Anna el efecto era el contrario.

—Tú —siseó ella, dando escasos pasos hasta acortar la distancia entre ellos.

Ok, si se iba a poner así, él también tenía un as bajo la manga.

—No te hagas la santa, Annita —el tono irónico en su nombre la hizo parar de golpe— Yoh y yo te vimos con ese tipo, y tienes el descaro de reclamarnos por unos helados. Las personas infieles siempre terminan echándole la culpa al otro.

Sonrió burlonamente ante la expresión de su cuñada. En realidad, estaba medio satisfecho, medio asustado.

Mierda, pensó, al notar que los hombros de la rubia temblaban. Se había mantenido a salvo de Anna por mucho tiempo. No quería echarlo a perder por actuar impulsivamente.

—Pues, mientras piensas en tus acciones, yo iré a hacer las tutorías —mintió. Tenía que estar allá a las seis, por lo cual tenía algo más de tiempo disponible. Pero, al igual que Yoh, daría media vuelta, dejando a la iracunda rubia sola con su hijo.

Anna continuó temblando, incluso después de que Hao cerrara la puerta. De pronto, se sintió muy sola.

—Esos malditos —susurró, sujetando con mayor firmeza a Hana.

Contempló a su bebé, lo único que podría darle paz en esos momentos. Lo levantó con delicadeza hasta acomodarlo sobre su hombro. La insolencia estaba bien arraigada en su apellido, pero Anna pidió a los dioses que su hijo la respetara más que su padre y su tío.


No había sido un día tan pesado. Eso es lo que pensaba Yoh al regresar a su casa. Como Hao le había dicho, tendría todos los días un par de horas desocupadas. Si bien el propósito era encargarse de Hana, sería agradable estar un tiempo con él en casa, tranquilamente, siempre y cuando su bebé no decidiera tener una rabieta.

Llegó a la sala de estar, y lo primero que encontró fue a Hao comiendo algunos dulces mientras leía un libro.

—Pensé que salías a las nueve —dijo su hermano, ofreciéndole un dulce cuando lo vio acercarse.

—Quise quedarme una hora más —contestó con simpleza, mordiendo la masa esponjosa de la cena de su hermano— ¿Y Anna? —preguntó, intentando no sonar muy interesado.

Vio fugazmente el remordimiento en los ojos de Hao, pero su hermano decidió continuar con su libro. Yoh inhaló profundamente. La principal desventaja de vivir con su novia es que no podía evitarla cuando tenían algún conflicto. Estaban obligados a resolver sus problemas, y eso apestaba.

El castaño caminó arrastrando los pies hacia su habitación. Era tarde y no tenía intenciones de actuar como un adulto maduro. Sólo quería lanzarse sobre su cama y dormir hasta el día siguiente.

Abrió la puerta, y vio a Anna recostada con Hana sobre su pecho.

La tensión surgió de inmediato, pero aun así sonrió levemente al ver a su familia tan pacíficamente. Ver a Hana durmiendo nunca fallaba en darle paz. Además, Anna era hermosa. Notó en su mirada que no estaba contenta con él, pero no por eso iba a dejar de ser endemoniadamente atractiva.

Yoh cerró la puerta, y avanzó hasta sentarse sobre la cama. Descubrió ligeramente el rostro de su hijo, que estaba cubierto por una cobija. Contempló maravillado sus redondas mejillas. ¿Cómo habían hecho algo tan perfecto?

—¿Lo dejo en su cuna? —preguntó por lo bajo, su sonrisa desapareciendo en una línea recta cuando Anna asintió seria y le entregó al bebé.

El castaño llevó al niño a su lugar de reposo, y lo acomodó gentilmente hasta que comprobó que estaba cómodo. Volteó a ver a la rubia, que se había levantado de la cama. Sólo lo miró y pasó por su lado, saliendo de la alcoba. Yoh apagó la luz y la siguió hasta el cuarto de Hana, que -a pesar de los constantes reclamos de Hao- aún no era utilizado por el bebé.

Cuando ambos llegaron a la habitación, fruncieron el ceño inmediatamente. Anna giró para ver a Yoh, sin intenciones de ocultar su enfado.

—Día uno y lo estropeaste todo —le dijo la rubia, aliviada de liberar parte de la rabia acumulada durante la tarde.

—Sólo me atrasé unos minutos, Anna —Yoh cruzó los brazos, pensando en lo exagerada que estaba siendo su novia.

—¿Era tan difícil avisarme que ibas a llevártelo? —preguntó, su tono de voz haciéndose más agudo— ¿Para qué mierda tienes un teléfono si nunca lo contestas?

Yoh frunció los labios. Había pasado mucho desde su última discusión, olvidando la sensación de adrenalina que solía sentir en esas desagradables peleas. Sintió sus manos temblar ligeramente, prefiriendo empuñarlas contra su cuerpo para detener el movimiento involuntario.

—¿Por qué siempre tengo que pedirte permiso para todo? —puso los ojos en blanco, a sabiendas de que eso sería suficiente para disparar el mal humor de su novia— Soy el padre de Hana, y puedo pasear con él cuando se me dé la gana.

—Eres un maldito desconsiderado —le dijo ella, sus mejillas rosadas con ira— Tú puedes irte al demonio si te apetece, no me interesa. Pero tienes la obligación de decirme si te llevas a mi bebé contigo.

—¿Tu bebé? —desvió la mirada, impresionado. ¿Estaba hablando en serio?

—Así es —contestó la rubia, una sonrisa cruel en su rostro— No sabes cómo se sintió estar lejos de él, y para colmo desaparecen juntos.

—Claro que sé cómo se siente, si no lo recuerdas, mi abuela murió hace dos semanas, y estuve dos días lejos, en su funeral. No un par de horas, como tú.

—¡No es lo mismo! —dijo ella, negando con la cabeza— Tú no lo cargaste por ocho meses. Cuando yo estaba sola, él era todo lo que tenía.

—¿Sola? Yo quería estar contigo, pero tú me alejaste en cada oportunidad que tuviste —su mirada seria se fijó en la de Anna— Y, si no lo recuerdas, desde que convivimos hemos estado juntos cada minuto.

Anna lo miró con los ojos entrecerrados. ¿Cómo podía ser tan tonto?

—¡Ese no es el punto! —exclamó, empujándolo de un hombro— Lo que trato de decirte es que quiero a Hana cerca y seguro. Conmigo.

—Yo puedo protegerlo perfectamente —frunció los labios, pero las palabras salieron de todas formas— A menos de que estés considerado a alguna otra persona para eso.

La rubia simplemente no pudo creerlo. Alzó la mano, y una sonora bofetada fue el único ruido que se escuchó en toda la casa. El golpe fue lo suficientemente fuerte para voltear el rostro del castaño en dirección opuesta a su novia. Yoh llevó una mano a su enrojecida mejilla, y giró hasta ver a la rubia.

—¿Estás complacida?

Por alguna razón, la cachetada le había dolido más a ella que a él. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y no precisamente por el entumecimiento de la palma de su mano.

—Eres un completo imbécil —susurró, las lágrimas cayendo por sus mejillas—. Si vuelves a insinuar que quiero otro hombre además de ti, prometo que me voy a largar, y no me volverás a ver nunca más. Me llevaré a Hana, y así tendrás la libertad de ofender a cualquier otra tonta que esté lo suficientemente desesperada como para querer estar contigo.

—¿Quién era él? —preguntó Yoh, quitando la mano de su mejilla. Su semblante frío era muestra de que las cosas no podrían ir peor.

Anna sonrió amargamente. Lo había amenazado con desaparecer de su vida, y la había ignorado por completo. En lugar de preocuparse por ella, se preocupaba por su imaginaria competencia.

—Mohamed Tabarsi, un tutor para el examen de convalidación de estudios —explicó ella, rendida al tener que aclarar algo tan banal— Un chico guapo, ¿no?

Yoh sacudió la cabeza. Exhaló lentamente, y dejó caer su espalda contra la pared. ¿Acaso podía ser más imbécil?

—Sí —admitió, avergonzado al haber caído tan fácilmente.

Había sacado conclusiones apresuradas, como si ver al tipo despidiéndose de Anna hubiese sido una prueba fehaciente de que tramaban algo en contra de él. ¿Cómo podría reclamarle a su novia que era controladora, cuándo él ni siquiera toleraba verla con alguien nuevo? Desconoció esa actitud en él. Yoh nunca había sido así.

Anna esperó algún otro comentario, observando que él había quedado sin habla después de esos eternos segundos. Suspiró exhausta, secando las lágrimas que habían humedecido su rostro.

—¿Ahora qué? —sus tristes ojos miel se fijaron en los de Yoh, quien la contemplaba sin saber qué decir.

No sabía por donde empezar; sus pensamientos estaban regados desordenados en su mente. ¿Por qué cada vez que peleaban, se sentía cómo si hubiese pisado una mina? Miró hacia el techo, el cual estaba adornado con algunas nubes. Era realmente triste estar discutiendo en una alcoba tan adorable.

—¿En verdad lo harías? —fue lo primero que preguntó, una agridulce expresión en su rostro.

La rubia intentó seguirle el paso, pero también estaba agotada mentalmente.

—¿Irte de aquí? —explicó Yoh, quitando sus ojos de las nubes en el techo, para mirar adolorido a la muchacha frente a él— ¿Y llevarte a Hana contigo?

—¿Para qué más querría ver tu estúpida cara? —cuestionó irritada, con una mezcla de condescendencia y dolor en la voz.

Él soltó una breve risa, cubriendo su rostro con ambas manos. Sintió una humedad excesiva recubrir sus ojos, y no esperaba algo distinto. Al igual que su voz, se sentía quebrado.

—Ay, Anna —descubrió su cara, dejando a la vista sus ojos enrojecidos— ¿Qué mierda nos pasa?

Ella permaneció en silencio, odiando la preocupación que la reinó al ver el semblante de Yoh. Quería mantenerse molesta, no sentir compasión por él. Era inevitable, porque lo amaba. Mas dentro de su cabeza, luchaba para que la angustia del muchacho no la hiciera flaquear.

—Pensé que podría con toda esta presión —su tono era irónico, y rio ante la cruel realidad— Pero creo que estoy a un paso de perderme a mí mismo.

—Yo también —confesó ella, recordando la inmensa ansiedad que experimentó durante el día— Las cosas parecen afectarme el doble que antes… Supongo que es normal por este periodo de adaptación, y me tiene harta. Necesito sentirme como yo nuevamente.

—Es que todo ha cambiado… en serio me esfuerzo e intento mantenerme optimista, y creí que íbamos bien, hasta ahora. Volvimos al instituto, tendremos ese endemoniado examen, también está el trabajo, y Hana… —cerró los ojos, apoyando su cabeza contra la pared.

—Veo que los dos estamos al borde de un colapso nervioso —admitió, abrazándose a sí misma.

Ella nunca negaría que se le había hecho difícil habituarse a sus nuevas responsabilidades. Lo irónico, es que no se percató que Yoh también se encontraba tan afectado. Él solía molestarse porque ella se hacía la fuerte, pero últimamente se comportaba de la misma manera, sonriendo cada vez que surgía un inconveniente.

—Quiero poder con todo —Yoh parecía derrotado ante su propia revelación— Es la primera vez que alguien espera tanto de mí… No quiero decepcionarte, ni a ti, ni a Hana.

Él se separó de la pared, con una honesta y afligida sonrisa. Era sólo un chico, intentando dar lo mejor de sí. Miró a Anna, y apreció que, detrás de esos ojos llorosos, aún tenían esa determinación que adoraba en ella.

—No podemos fallarle a Hana —decretó ella, manteniendo el contacto visual firmemente, sin importar las lágrimas que se juntaban en sus orbes miel— Arreglemos esto.

Yoh sabía que se refería a ambos. Y no podría estar más de acuerdo. Habían ignorado su propio estrés, hasta el punto de verse sobrepasados. ¿Cómo iban a cumplir con sus funciones, si seguían ignorando sus problemas? Era normal que en algún punto estallaran así. Sin embargo, no lo hacía menos doloroso. Él asintió en respuesta a la propuesta de la rubia, pasando una mano por su cabello castaño. Ya era suficiente.

—Tienes razón. Busquemos algún acuerdo, juntos. Como el equipo que deberíamos ser.

Con la disminución de la temperatura en aquella discusión, la ira y cualquier sentimiento fúrico comenzaron a disiparse. No obstante, el silencio repentino en la habitación trajo consigo un autoanálisis poco placentero. Los dos se sintieron como los estúpidos más grandes del planeta Tierra.

—Discúlpame, Anna.

Fue el primero en volver hablar, después de esos breves segundos de autocontemplación. Había actuado de forma egoísta, en un día que por lo visto era crucial para Anna. La preocupó innecesariamente, y la culpó injustamente en un ataque absurdo de celos. En lugar de demostrarle que todo podría marchar a la perfección, falló en el primer intento.

Los ojos de Yoh permanecían vidriosos, y su mejilla aún estaba roja y adolorida. Aun así, eso no fue impedimento para continuar con su disculpa.

—Perdóname por ser un cretino. No creí que te afectara tanto estar lejos de Hana, y no pensé en cómo te sentirías al no saber dónde estaba. Además, siento mucho haberte faltado el respeto por lo de tu tutor… no debería desconfiar de ti. Por alguna razón me he estado sintiendo inseguro… Pero créeme, hoy, más que nunca, quiero estar contigo. Me aterra que te vayas, en serio. No hay nada que me cause más temor que una vida sin ti, y sin nuestro hijo.

Ella lo escuchó, muriendo de ganas de hacerlo dormir en el patio. Pero era su Yoh, y ella también tenía que conceder que era tan culpable como él.

—Eres un cretino —confirmó ella, ignorando las lágrimas nuevas que amenazaban con derramarse.

¿Por qué lloraba tanto? Definitivamente, él la descompuso en algún punto de su relación. Tomó una gran bocanada de aire. Ella también necesitaba pedirle perdón.

—También quiero disculparme. No debería ser tan controladora, pero morí de ansiedad cuando no supe dónde estaba Hana —antes de que Yoh la interrumpiera, ella continuó hablando— Sé que tampoco eres un adivino… Te tuve que haber dicho cómo me sentía al respecto. Siendo honesta, estos días me ha costado mantener mis emociones en orden, y con todo lo que está pasando no se ha hecho más fácil.

Yoh escondió las manos en sus bolsillos, como si pudiera ocultar el remordimiento en sus pantalones.

—Creo que deberíamos dedicarnos a conversar más —sugirió él, dando una afligida media sonrisa— Hablamos siempre de lo que tenemos que hacer y cómo vamos a hacerlo. Pero si nos enfocáramos más en nosotros, en cómo nos sentimos, y no tanto en cumplir con tareas, no enloqueceríamos como hoy.

—Podemos intentarlo —concedió Anna, dando algunos pasos hacia el castaño— Si nos sentimos perdidos, el otro podrá mostrarnos el camino.

—Esa es la idea —dijo el Asakura, su voz un poco más animada al ver que llegaban a una conclusión.

Esa ínfima muestra de positivismo logró alivianar la carga que pesaba en el pecho de la rubia. Dio otro paso hasta Yoh, mordiendo su labio al fijarse en el rostro enrojecido de su novio. Levantó una mano lentamente, y acarició su piel con suavidad.

—Me excedí completamente… —susurró, entristeciéndose al sentir el calor en la mejilla del muchacho— Actué como una desquiciada, perdóname.

—Lo tenía bien merecido —él se encogió de hombros, sus conmovidos ante el arrepentimiento de la rubia. Recogió la mano con que lo había abofeteado, y observó su palma, que también se mantenía enrojecida—. Veo que tampoco saliste ilesa.

Anna sintió las cálidas manos de Yoh sobre la suya, y no lo soportó más cuando él llevó la enrojecida palma con que lo había golpeado a sus labios, dándole beso apenas rozando su piel. Las lágrimas comenzaron a brotar nuevamente. Estaba harta de llorar, y cada vez que lo hacía juraba internamente que sería la última.

Yoh la observó llorar y no pudo evitar reír, incluso aún más cuando notó que él también estaba derramando un par de lágrimas.

—Somos un desastre —le dijo entre risas. La atrajo hacia él en un sólo movimiento, envolviéndola en un abrazo.

Anna rodeó su cintura, escondiendo su cara contra el pecho de su novio, riendo por la ridiculez del momento.

—Un maldito desastre —confirmó.

Ella alzó sus ojos vidriosos para ver a Yoh, y limpió las lágrimas del rostro del Asakura, quien la contemplaba con una ternura que Anna sintió que no merecía. Después de secar sus lágrimas, se dispuso a peinar algunos mechones castaños hacia atrás, descubriendo su cara.

—Amo tu estúpido rostro —le dijo, y su voz se quebró, recordando las palabras que le había dicho minutos antes—. Y amo tu tonta sonrisa… Te amo, Yoh. Y no importa si digo lo contrario, quiero que sepas que te amo. Te amo, en serio.

—Yo también te amo, aunque me saques de quicio —le contestó riendo, dándole un beso en la frente.

Enmarcó el rostro de la rubia entre sus manos, y secó las nuevas lágrimas que desbordaba.

—Te amo a ti, y a tus ataques de ira, todos tus planes y horarios disparatados. —agregó, alegrándose cuando vio a Anna sonreír —Amo cada cosa que odias de ti, aunque no sé por qué algo de ti misma no podría gustarte. Eres la persona más especial que he conocido, y no hay día en que no piense en lo afortunado que soy al tenerte a mi lado— la besó en la mejilla, sonriendo aún más cuando ella se paró en las puntas de sus pies para alcanzarlo—. Eres mi maldito sueño, Anna… Te adoro y te adoraré siempre.

La abrazó con fuerza, y sintió las manos de la rubia aferrándose a él. Yoh apoyó su mentón sobre su cabello rubio, sintiéndose completo al percibir su aroma. ¿Cómo podría dejarla ir? La amaba, no había una parte en él que no la quisiera. Apostaría que esa era una de muchas discusiones por venir, pero no le interesaba. Si podía estrecharla entre sus brazos, y arreglar las cosas, todo valía la pena. Era la persona con quien quería estar cada momento de su vida.

Fue ahí, entre lágrimas y la decoración infantil del cuarto de su hijo, que se dio cuenta.

Tenía que hacerlo. No sabía cuándo, pero lo haría. Estaba cien por ciento decidido, y nadie lo convencería de lo contrario.

En medio de dicho descubrimiento, ambos escucharon la puerta abrirse lentamente. No agradecieron su falta de educación al no tocar, sobre todo al haber interrumpido una situación tan personal. Sin ser invitado, Hao entró a la habitación, y se recargó contra el marco de la puerta, alzando una ceja con una expresión despectiva.

—No quería estorbarlos —les dijo, incómodo ante tantos abrazos y mocos— Pero quería verificar que todo estuviera bien.

—Perdona, Hao —Yoh terminó de limpiar su rostro, notando que Anna hacia lo mismo, escondida entre su ropa— No queríamos alarmarte.

El mayor sonrió con sorna.

—He vivido lo suficiente con ustedes —les recordó, cruzando los brazos sobre su torso— Se bien cuando van a discutir. Agradezcan que las paredes aguantaron bien lo que sea que se hayan gritado, o Hana ya estaría chillando y pataleando.

Yoh puso los ojos en blanco. Dudaba si su hermano había ido a verlos por preocupación o mera curiosidad.

—Ya es tarde —Hao dio media vuelta, listo para irse— Deberían ir a recostarse, y duerman, por favor, duerman. El sexo de reconciliación es bueno, pero Yoh y yo tendremos clases temprano.

Anna lo miró con ojos entrecerrados. No era nadie para darle indicaciones de ese tipo. Además, no es que no quisiera hacerlo, pero aún había pasado poco tiempo desde que Hana había nacido. Si bien Yoh no la había presionado al respecto, sabía que su paciencia era cada vez más escasa. Pensó si su repentina actitud posesiva tendría alguna relación con eso. Tal vez la abstinencia lo estaba enloqueciendo.

—Buenas noches, Hao —se despidió el gemelo, viendo a su hermano cerrar la puerta al salir de la alcoba. Dirigió una cálida mirada a Anna, inclinándose para darle un beso en los labios— De todas formas, tiene razón. Deberíamos ir a la cama, ¿no?

—Sí… estoy harta de este día. Necesito dormir.

Volvieron a su habitación, conformes por el cese de conflictos acordado. Su hijo dormía profundamente, ignorando la guerra que se había desatado minutos antes.

Ya acostados y con la luz apagada, se abrazaron como de costumbre. Nadie que los viera tan cómodos y felices pensaría que habían discutido intensamente hace un rato. Anna enredó sus piernas entre las de Yoh, usando su pecho como colchón y su hombro como almohada.

—Buenas noches —susurró ella, su voz dulce erizándole la piel a su novio. Besó sus labios, notando una misteriosa sonrisa en el castaño. Ella sonrió intrigada en respuesta—. ¿Qué tienes?

—Nada —contestó él, dándole otro beso de vuelta— Sólo pensaba en lo hermosa que eres.

—Qué coqueto, Asakura —rio ella, acariciando su rostro con suavidad— Te amo.

Yoh dio una media sonrisa. No solían decírselo a menudo, pero después de esa noche Anna parecía querer dejárselo claro. La miró acomodándose sobre él, hasta encontrar una posición perfecta para dormir. Sintió una de sus blancas manos sobre su pecho, haciendo dibujos y círculos con los dedos. El movimiento se detuvo gradualmente y notó que el ritmo de su respiración cambiaba, quedándose dormida con el pasar de los minutos.

Él continuó deslizando su mano a través del rubio cabello de Anna.

Lo que hace algunos meses le había parecido fuera de serie, hoy era su más grande deseo.

Iba a convertirla en su esposa.

No sabía cuándo, cómo, ni dónde. Pero lo haría, eventualmente.

Sus párpados comenzaron a ceder, hasta que acompañó a su novia al mundo de los sueños.