Navegamos hacia el sur, remontando la cabecera del río Eren y yo seguí siendo una legado hasta pasado el medio día, cuando Pequeña Nutria se acercó a mí y dijo:

– Alteza, ya estamos lo bastante lejos y ya no hay público que vea nuestro número.

– Bien – respondí secamente y me dirigí hacia la cabina para cambiarme de ropa.

En el interior fui recibida por unas entusiastas Lavina y Dulzagua que me aplaudieron.

– La puta mejor actuación que he visto en mi vida, Erisad – exclamó Lavina.

No pude evitar reír.

– Creo que la túnica hizo la mitad del trabajo.

Dulzagua comentó:

– No fue solo la ropa. Cuando te pusiste a dar órdenes creí que eras una Legado auténtica.

Le quité importancia.

– Llevo toda la vida observándoles, se supone que yo debía convertirme en una. Sé como hablan y actúan. Fue fácil.

Pero había algo más en aquello. El disfraz había sido un blindaje mental ante mi miedo y me dio alas y un atrevimiento que por mí misma no solía tener. Empecé a desvestirme y la gnoma se ofreció a ayudarme.

– ¿Puedo deshacerte el peinado y tejer la trenza otra vez?

– Claro.

Lavina me observó mientras volvía a recuperar mi identidad.

– Ahora entiendo por qué sobreviviste en Theros Obsidia – me dijo –: se te da bien no ser tú. Es como si creases una ilusión alrededor tuyo sin magia.

Resoplé.

– Se llama actuar. Es como contar una historia desde dentro.

– Y tienes un buen par de tetas, deberías lucirlas de vez en cuando.

Me ruboricé hasta la orejas.

– ¡Lavina!

Ella se rió a carcajadas.

Navegamos por el cañón fluvial todo el día. Al final de la tarde, se abrió en un valle que se veía anegado en su mayoría. Dos barcazas se cruzaron con nosotros en sentido contrario. Los gnomos las ignoraron.

– No viajan limpios – me explicó Pequeña Nutria.

Seguimos navegando toda la noche. Al amanecer, cuando me despertaron y salí a la cubierta, vi que estábamos rebasando la confluencia con otro río al Este. Nuestro capitán estaba sentado en la silla de cubierta, con los pies sobre un barril fumando su pipa, observando el sol sobre el agua del afluente. Pude notar una sonrisa en su rostro. Me senté sobre la cubierta a su lado todavía sacudiendo la modorra del sueño.

– Eso – dijo el gnomo señalando con su pipa – es el Aguasverdes, un afluente de esta cuenca. Me encanta ver el amanecer sobre él.

Sus aguas mansas tenían un color habitual, pero pude percibir la frondosidad de la vegetación sobre sus riveras y entendí de dónde procedía el nombre. A lo lejos, sobre lo que parecían colinas, diferencié campos de cultivo.

Rivaverde me lo señaló.

– Todo ese valle es muy fértil. Por encima de la línea de inundación, hay granjas. Cuando las aguas del lago Ardune rebasan, se unen con esta cuenca y es cuando se puede navegar desde el mar de Peluria hasta el Ardune en un barco de poco calado y luego, incluso, descender por el Eren hasta el mar.

Había verdadera devoción y amor en su voz.

– Es muy hermoso – atiné a comentar.

Realmente, aquel paisaje lleno de vida era un contraste con la piedra muerta que rodeaba a Theros Obsidia.

Nuestro capitán siguió observando el paisaje, con una sonrisa en el rostro.

– Encontré mi nombre aquí. Por eso soy Rivaverde. Así lo decidí cuando llegué a la edad de escoger mi nombre.

– ¿Los gnomos escogen su propio nombre a partir de cierta edad? – pregunté sorprendida.

– Sí.

– ¿Y como os llamáis antes de escogerlo?

– Hay varios nombres tradicionales gnomos. Sus traducciones significan cosas como "amado", "querido", "hijo", "dulce", "vida"– se encogió de hombros –… Palabras de amor que las madres suelen dedicar a sus hijos.

Miré hacia Dulzagua... Dulce Agua y Pequeña Nutria. ¿Qué historia habría detrás de los nombres que habían escogido?

En ese momento Pequeña Nutria nos llamó la atención desde la otra borda y acudimos a mirar. Alguien estaba vadeando la orilla de nuestra derecha, en paralelo a nosotros siguiendo nuestro barco con determinación. Era un hombre cubierto de suciedad y limo. Se enredaba en la vegetación y se hundía en el lodo pero seguía cabezotamente tratando de avanzar con sus ojos fijos en nosotros sin molestarse en toser el agua lodosa que se derramaba de su boca.

– Un caído – dijo Pequeña Nutria.

– Me gustaría ver cómo usas esa ballesta tuya, sobrino. Esa pobre criatura merece descansar ya.

– Sí, tío.

El virotazo de Pequeña Nutria voló recto y se clavó con un golpe seco en su cabeza. El muerto viviente se desplomó con un chapoteo, y ya no se movió más.

– Conviene estar atentos. Debe haber más.

Pequeña Nutria y yo nos mantuvimos de guardia mientras el resto de la tripulación descansaba. El clima nos estaba siendo favorable y avanzamos a muy buen ritmo durante casi todo el día. No nos cruzamos con ninguna otra barcaza gnoma y mi compañero no parecía complacido con ello.

– Deberíamos haber tenido noticias ya. Parece que las barcas hayan amarrado.

A lo largo del día, el paisaje se había abierto todavía más en un extenso valle. Había zonas de cultivo y viviendas en los puntos elevados de las colinas. Las inundaciones en aquel lugar parecían parte del paisaje. Pero no se veía ningún movimiento sobre el río.

A mitad de la tarde, Lavina sacó todas las armas y las colocó junto a la borda. Incluso cargó el arco aunque no nos quedaban flechas.

– Ya no hace falta que las escondamos, así que, a partir de ahora, es mejor tenerlas a mano –decretó y luego me señaló–, y tú vas a aprender a usar el arco o la ballesta.

–No tenemos flechas –señaló Pequeña Nutria–. Va a ser la ballesta.

Más que una sesión de entrenamiento, aquello pareció un juego. Me pasé el resto de la tarde aprendiendo a recargar y disparar el virote contra un blanco colgado del mástil mientras Lavina y Pequeña Nutria hacían apuestas. Les sorprendí gratamente, y me sorprendí a mí misma. No tenía mala puntería en absoluto.

La tarde estaba ya muy avanzada cuando apareció la columna de humo ante nosotros, a una distancia indeterminada.

– Eso es demasiado humo para una chimenea o una hoguera – dijo Pequeña Nutria.

– Proviene de Aguasrápidas – comentó Rivaverde.

– Puta mierda sagrada – blasfemó Lavina –. Han llegado antes que nosotros.

Lo primero que vimos en la distancia del poblado de Aguasrápidas fue la roca que se alzaba en su orilla Este, sobre ella se asentaban la mayoría de edificaciones. El río se estrechaba en ese punto, y las aguas aceleraban allí. El Viento Bueno inició suaves bordos para superar la corriente. En cuando nos acercamos un poco más vimos el fuego sobre el agua. Había una barcaza gnoma ardiendo a unas decenas de metros del embarcadero.

Dulzagua lanzó un gemido ahogado de dolor.

– Oh… Aguas sagradas… ¡No! Reconozco el mascarón de proa, es de la compañía Vendaval – dijo.

Había otro barco amarrado en el embarcadero. Tenía velas negras y más eslora que el Viento Bueno. Su casco era de formas más estrechas y profundas. Sobre el mástil ondeaba la bandera de la orden de Izrador: un barco Legado.

Pero, lo que llamó nuestra atención no fueron ni el barco ni las tropas que había en el pueblo, sino los dos cuerpos ahorcados en el muelle frente al río a la vista de todos. Eran un gnomo… y un elfo.

Se me cayó el alma a los pies. "Hemos llegado tarde", pensé.