Agape to Eros

By Tsuki No Hana

XXVIII

"A Long Time Ago"

Podía recordar mi infancia con mucha claridad. A mi mente llegaban recuerdos hermosos sobre esos tiempos llenos de felicidad, con una familia completa, imperfectamente perfecta. Con un padre, con una madre y un hermano menor, así crecí y viví los primeros años de mi vida. Nada me faltó, nunca me sentí solo y viví rodeado de mucho amor.

Mi padre amaba a mi madre con locura. Aleksi y yo lo notábamos día tras día. Para nosotros era algo normal y cotidiano ver cómo se demostraban amor con sutiles muestras de cariño, tales como: una mirada tierna, una sonrisa o una caricia; incluso había días en los que mi padre, a pesar de su extenuante trabajo, se levantaba antes de que saliera el sol para preparar el desayuno y nuestros almuerzos, todo con tal de darle un poco de descanso a mi madre, pues además de trabajar como maestra de patinaje, se encargaba de dos pequeños diablillos en casa: nosotros.

Lo mejor de todo eran los viernes por la noche, cuando papá salía temprano de la oficina y llegaba a casa para la noche de películas de cada viernes. Los cuatro nos sentábamos en la sala y veíamos película tras película mientras comíamos mucha chatarra hasta caer rendidos.

Los sábados solíamos asistir a nuestras clases especiales, Aleksi tomaba clases de música y yo de patinaje con Yakov, el gran amigo de la familia y ex entrenador de mi madre, quien se convirtió en mi entrenador junto con Lilia, su esposa, quien me daba exhaustivas clases de ballet que me dejaban agotado.

Empecé en el patinaje desde que tenía cuatro años de edad. ¿Por qué decidí comenzar a practicar el deporte? Fácil: ver a mi madre patinando me impulsó a querer hacerlo también. Podía recordar claramente ese día, a mis escasos tres años, cuando la vi participando en una competencia poco antes de embarazarse de mi hermano. Sus pasos eran hermosos, sus saltos perfectos y sus movimientos muy fluidos. Claro que, a esa edad yo no tenía idea sobre lo que era un flip o un Axel, yo sólo sabía que lo que mi mamá hacía era genial y quería hacer lo mismo. Cuando se lo dije, sus ojos se llenaron de lágrimas y me abrazó con mucha fuerza. Recordaba que mi padre no había estado muy feliz al imaginarse a su primogénito practicando patinaje artístico sobre hielo en vez de hockey, pero terminó aceptándolo luego de mis primeras lecciones de patinaje con mi madre, ahí fue cuando ella descubrió que tenía un poco más de talento de lo que se imaginaba. Fue hasta luego de un par de semanas cuando me mandaron a una sesión de evaluación con Yakov, ahí él les dijo a mis padres que tenía el mismo talento que mi madre, o quizás más. Así comencé un entrenamiento en serio con él.

A veces mi padre alegaba que yo era muy pequeño como para decidir dedicarme al patinaje, tal como mi madre; ante eso ella respondía que sí, yo sólo era un niño muy pequeño que disfrutaba pasar las horas y los días deslizándome en el hielo y que merecía disfrutar de ese "hobby". Recordaba que no me había costado trabajo mantener el equilibrio, mucho menos deslizarme; sí me caí varias veces, pero pronto logré controlarlo, sin imaginar que algún día ese deporte se convertiría en algo prioritario en mi vida.

Poco después de comenzar en el patinaje, mis padres me inscribieron en el jardín de niños. El primer día de clases fue muy divertido, hice muchos amigos y jugué todo el día con ellos. Casi al final, noté a cierta niña pelirroja muy llamativa. Y como si no fuera suficiente llamar la atención con su alocada cabellera, además hablaba muy fuerte y de manera entusiasta, había hecho muchos amigos también, y era el centro de atención de ellos.

Días después, esa niña siguió llamando mi atención, y es que era divertido ver lo escandalosa y enérgica que era. Se veía tan chistosa corriendo de un lado a otro, con su cabello pelirrojo y ondulado volando al aire, sin mencionar que era muy bajita y un tanto llenita.

Yo me abstenía de hablar con ella, sentía que era muy revoltosa y escandalosa, mejor me limitaba a verla desde lejos, notando que de vez en cuando me dirigía la mirada, pero la apartaba de inmediato.

Fue hasta la mitad del curso, cuando se me acercó y robó mis colores.

—¡Oye! Eso es mío —me quejé, pero se fue corriendo antes de que pudiera quitárselos. Quise ir y gritarle, decirle que era muy grosera por hacer eso, pero recordé las palabras de mi madre diciéndome que a las niñas no se les gritaba.

Así me quedé en mi asiento, viendo cómo todos mis compañeros dibujaban mientras yo me quedaba de brazos cruzados. Miré a la niña y ella estaba feliz, coloreando su cuaderno.

Suspiré.

Bueno, al menos mis colores la hacían feliz. El enojo se me pasó al ver eso, pero nunca conté con que la niña volvería a mí, con una hoja de papel entre sus manos.

—Ten —me extendió el papel.

—¿Hiciste un dibujo para mí? —alcé una ceja, confundido y sin saber cómo reaccionar ante esas circunstancias.

Ella asintió con una enorme sonrisa que no me dio confianza. Tomé el papel y vi el dibujo. En él me encontraba yo, o al menos eso imaginé, pues era el intento fallido de un niño portando el uniforme de nuestra escuela, de ojos azules y cabello gris. Pero lo que más me impactó fue ver la inmensa frente que le dibujó al niño, acompañada con una fea sonrisa en forma de corazón.

—Eres tú —me dijo sin remordimiento alguno.

Estaba muy indignado, pues, además de que me robaba los colores, hacía dibujos sobre mí, ¡Burlándose!

—Frentón —me dijo entre risitas. En ese momento pasó una maestra, y al escucharla llamarme así, se detuvo, miró el dibujo y luego mi expresión que seguramente era para nada divertida.

—¡Irina! ¿Tú hiciste ese dibujo?

—¡Sí! —admitió con mucho orgullo, ignorando el hecho de que estaban a punto de regañarle por ello.

En ese momento soltó una risa tan linda que no pude evitar contagiarme.

—Eso no se hace, no debes de burlarte de tus… —la interrumpí al ver que la niña se ponía muy triste.

—No maestra, no se estaba burlando. Me dibujó a mí y yo…—saqué de mi pupitre un dibujo que hice antes de que se robara mis colores—…la dibujé a ella.

—¡A ver! —empujó levemente a la maestra y brincó hacia mi pupitre, viendo el dibujo que había hecho de ella. Lo que más resalté de su físico fue su cabello—. ¿Soy yo? —se emocionó.

—Sí. Pelo de zanahoria —lo señalé, riendo al ver que ella reía también.

Ambos empezamos a reír sonoramente, ni si quiera nos dimos cuenta cuando la maestra se fue, dejándonos en nuestras travesuras infantiles.

—Me llamo Irina Novikova —me extendió la mano, mostrándome los colores que me había quitado momentos antes. Descubrí que entre ellos iba una pequeña y delgada barra de chocolate. La acepté con gusto.

—Soy Viktor Nikiforov.

A partir de ese día entablamos una linda amistad que perduró años.

Días después llegó la noticia que cambió mi vida por completo.

—Vitya, cariño —tomó mis manos sobre la mesa. A un lado de ella estaba mi padre, abrazándola y poniendo una mano sobre las nuestras.

—¿Qué pasó, mami? ¿Hice algo malo? —pregunté con inocencia, ajeno a la gran noticia que caería como bomba a mi vida.

—No, mi amor —rio y acarició mi mejilla. Sus ojos celestes brillaban más de lo normal, se veía muy feliz, y cómo no—. Tu padre y yo tenemos una noticia muy importante que darte.

—¿Me van a dejar patinar más tiempo? —pregunté con emoción. Vaya iluso. Mi padre rio ante mi comentario y me miró fijamente.

—No es eso, es algo mejor —dijo él.

—¡Me van a comprar un perrito!

Mis padres se miraron entre sí, un tanto preocupados.

—No, cariño, no es eso. Lo que pasa es que tu padre y yo te vamos a dar un hermanito.

La sonrisa se esfumó de mi rostro y un sentimiento horrible se apoderó de mi cuerpo. Yo no quería un hermano ¡No lo quería! Deseaba seguir siendo el niño de papá y mamá. No me gustaba la idea de que otro viniera a acaparar la atención que me daban.

—¿Hermanito? —mi voz infantil tembló y no sé qué cara tan espantada habré puesto, pues mis padres se preocuparon.

—O hermanita, es muy pronto para saber qué será —aclaró mi padre, apretando mi pequeña manita—. ¿No te emociona?

Mi mente infantil lo meditó unos momentos que seguramente para mis padres fueron eternos.

—Está bien —acepté a regañadientes—. Pero quiero que sea niña, quiero una hermanita, no hermano.

—Pero… ¿Y si es niño?

—No mamá, niño no. Si es niño, lo regresan.

En ese entonces mi corta mente no entendió por qué mis padres se echaron a reír a lo grande con mi respuesta, ahora sabía muy bien por qué.

Los meses pasaron y con cada uno de ellos mi madre iba cambiando de forma. Me parecía muy interesante y extraño ver cómo su barriga crecía tanto, pero no me gustaba que dejara de patinar por eso. También dejó de asistir a mis presentaciones, sólo mi padre iba, pero poco antes de que naciera Aleksi, ni siquiera iba él, pues se quedaba a cuidar de mi madre en casa mientras Yakov se encargaba de mí. Después de todo no era nada importante, sólo presentaciones que organizaban en el centro deportivo, por mera diversión. A mis cuatro años todavía no tenía idea de lo maravilloso que era el mundo de las competencias de patinaje profesional.

Unos meses antes de que mi querido hermano llegara a alegrarnos la vida, ocurrió otra desgracia para mí.

—Vitya, ven a sentarte con nosotros —dijo mi madre, palmeando la cama justo en el espacio que quedaba entre ella y mi padre. Yo me había asomado a su habitación, pues recién había vuelto de una presentación de patinaje y quería decirles que había sido el mejor, quien más aplausos recibió, pero olvidé decírselos luego de saber la gran tragedia que asediaría mi vida por siempre.

No lo dudé y corrí para tomar impulso y brincar a su cama, tumbándome en medio de los dos y recibiendo sus cariños. Ella acariciaba mi rostro mientras que mi padre revolvía un poco mi corto cabello.

—Tenemos que decirte algo importante —dijo él.

—¿Qué es?

—Verás… —el rostro de mi mamá mostraba diferentes emociones, no entendía qué le causaba aquello.

—Tendrás un hermanito —soltó mi papá, así de pronto, sin anestesia.

Recuerdo con gracia que mi madre le soltó un pequeño golpe inofensivo, pero enojada.

—¡Dimitri, no se lo digas así! —refunfuñó y él sólo se encogió de hombros, sonriendo con nerviosismo.

—Hermanita —fue lo único que dije, mirando el techo y cruzando mis manitas sobre mi pecho—. Quiero hermanita.

—Vitya… —la interrumpí.

—¡No! ¡Niño no! —me incorporé e inflé mis mejillas—. ¡Regrésenlo a la fábrica de bebés!

Me enojé más cuando mi padre se echó a reír, pero luego fui yo el que casi ríe al ver cómo mi mamá le daba un fuerte codazo.

—Cariño, no podemos regresarlo. Tu hermanito ya viene en camino.

—¡Niño no! —grité a todo pulmón y salí corriendo rumbo a mi cuarto.

Sí, en ese entonces era un niño muy mimado y consentido, hacía mis rabietas cuando no conseguía lo que quería. Ahora agradecía enormemente el hecho de haber tenido un hermano, eso me hizo madurar al igual que otras situaciones en mi infancia.

Me encerré en mi habitación y me escondí bajo la cama. Momentos después llegó mi mamá.

—Viktor ¿Dónde estás? —preguntó en ese tono de "Ya sé dónde estás, pero juguemos un rato" yo estaba de malas, así que le respondí en vez de seguirle el juego.

—Debajo de la cama, y no voy a salir hasta que tenga una hermanita.

—Sal de ahí —se agachó hasta poder verme, se veía preocupada—. Cariño, no puedo agacharme mucho —suspiró.

Si algo no soportaba, era ver a mi mamá sufrir, así que no tuvo que pedírmelo de nuevo para que saliera de mi escondite.

Nos sentamos en mi cama y ella me abrazó con mucho cariño.

—¿Por qué no quieres que sea niño?

—Porque si es niño… ustedes van a dejar de quererme. Van a tener a otro Viktor y se olvidarán de mí.

Su melodiosa y hermosa risa resonó en todo el lugar. Era algo que mi papá amaba de ella, algo que desgraciadamente heredé, haciéndolo sufrir con eso después de que ella muriera.

—Eso es imposible, mi amor. Tú eres irremplazable, eres mi niño precioso y jamás dejaré de quererte, por ningún motivo.

—¿Y si ese niño es mejor que yo?

—Los dos van a ser perfectos, cada uno a su manera.

—Y si… ¿Y si al bebé le gusta jugar Hockey y papá lo quiere más que a mí por eso? —la miré a los ojos, viendo mi reflejo en esos orbes idénticos a los míos.

Yo tenía ese pequeño complejo: no ser lo que mi padre quería. Siempre sentí que no llegué a ser suficiente para él, nunca cumplí con sus expectativas, y a pesar de que me amaba mucho y me lo demostraba, no podía evitar albergar ese sentimiento en mi corazón.

—Tu padre no va a querer más a uno que a otro. Él te ama, yo te amo y amaremos de igual forma al bebé —acarició mi rostro y dejó un besito en mi frente.

—¿Segura? —me tembló la voz.

—Claro que sí, mi amor —me abrazo con fuerza, apretándome contra ella. Así pude sentir algo que me impresionó mucho.

—¡Ay! ¡¿Qué es eso?! —me espanté al sentir que algo dentro de su barriga se movía. Ella rio un poco y tomó una de mis manos.

—Es tu hermano, siéntelo —puso mi mano sobre su vientre y yo la quité de inmediato, espantado.

—¡Eso da miedo! —estaba asustado y muy impresionado.

—¿Por qué? —volvió a reír—. Vitya, sólo es tu hermano.

Sin apartar la mirada de ahí, volví a acercar mi mano con cautela, como temiendo que de pronto pudiera salir y morderme. Sentí que se movió de nuevo y me maravillé por completo. Mi mente infantil no entendía cómo era posible que un ser humano estuviera ahí dentro. Entonces la pregunta del millón, esa que todos los niños le hacen a sus padres en determinado momento, llegó.

—Mami ¿Cómo se hacen los bebés?

El nerviosismo invadió su ser.

—Uhm, bueno —se llevó una mano al mentón, pensativa—. Cuando un hombre y una mujer se aman mucho…

—Como tú y papá.

—Sí, como nosotros. Cuando eso pasa, deciden casarse. Luego de un tiempo llegan los hijos. Así llegaste tú y ahora tu hermanito.

—Sí, sí, pero… ¿Cómo le hiciste para que el bebé se quedara ahí dentro? —piqué su pancita, causándole cosquillas.

—Tu padre me ayudó.

—¿¡Él metió al bebé ahí dentro?! —me asombré, maravillado de lo que podría lograr hacer mi progenitor.

La cara de ella se tornó de un rojo intenso, estaba incómoda. Y como si él lo supiera, mi padre se asomó por la puerta de mi habitación.

—¡Dimitri! —lo llamó, aliviada de verlo ahí—. Necesito tu ayuda.

—¿Para qué soy bueno? —sonrió, entrando al cuarto.

—¡Papi! ¡¿Cómo le hiciste para poner al bebé ahí dentro!? ¡Cuéntame! —brinqué un poco sobre la cama, emocionado y esperando una respuesta de mi súper papá.

—Oh, creo que dejé la estufa prendida ¡Ahora vuelvo!

Y no volvió.

No recuerdo cómo le hizo mi madre para calmar mi enorme e insaciable curiosidad, pues cuando algo se me metía a la cabeza me volvía la persona más necia del mundo, incluso ahora en mi adultez. A final de cuentas terminamos hablando sobre nombres para niño.

—Tu papá quiere llamarlo como él.

—¿Dimitri?

—Sí.

—¿No te gusta? A mí me gusta el nombre de papá —yo ya me encontraba acostado sobre el regazo de ella mientras con sus dedos me hacía "piojito" en la cabeza.

—Sí me gusta, pero hay tantos nombres bonitos en el mundo como para repetirlo. ¿Cómo te gustaría llamarlo? Anda, ayúdame.

—Uhm… yo quería que fuera niña para que se llamara Yarine ¡Igual que tú!

Ella rio y acarició mi cabello idéntico al suyo.

Más tarde, cuando mi padre se aseguró de que no hablábamos sobre reproducción, se nos unió y a duras penas quedó espacio para los tres en mi cama.

Esa tarde se decidió el nombre de mi hermano: Aleksi Nikiforov. Claro que, nadie contaba con que a la hora del registro, mi padre tuviera la valentía de agregar algo al nombre, quedando como: Aleksi Dimitri Nikiforov. Y digo "Valentía" porque al enterarse mi madre, se armó un escándalo muy divertido. Digamos que ella era un poco dramática a veces, pero era algo que mi padre amaba en ella al igual que todo lo demás.

La llegada de Aleksi a mi vida fue un golpe de madurez repentino. Para mantenerme ocupado y al mismo tiempo para hacerme sentir involucrado, mis padres me dieron pequeñas tareas, tales como ayudarle a mamá a vigilar al bebé mientras dormía, a pasarle los pañales limpios y a tirar los sucios, también le ayudaba a llevar y traer cosas de un lado a otro de la casa. Papá pasaba más tiempo en casa y se la pasaba con mamá y el nuevo bebé.

A veces me sentía un poco solo a pesar de lo mucho que me involucraban. Ellos me decían que sólo debía esperar a que Aleksi creciera un poco para que pudiésemos jugar juntos. A pesar de todo ello, le tenía resentimiento a ese pequeño humano rosado y regordete. Fue así hasta que me permitieron cargarlo, justo en ese momento ocurrió algo dentro de mí, el peso de la responsabilidad que conllevaba ser hermano mayor cayó sobre mis hombros sin piedad.

—Hola bebé —murmuré, cargándolo como mi mamá me había dicho mientras mi papá no se me separaba, poniendo sus manos debajo del bebé sin tocarlo, cuidando que no se me cayera o algo por el estilo.

Entonces el bulto abrió sus ojos ante mi llamado. Tenía unos ojos hermosísimos, de color azul intenso, como los de mi padre. Su cabecita tenía muy poco cabello, pero éste era negro, igual a papá.

Cuando me vio, una mínima sonrisa apareció en su boquita, justo antes de hacer ruiditos chistosos mientras intentaba alcanzar mi rostro con sus manitas gordas.

—Le caes bien a tu hermano —dijo papá.

Yo no respondí. Estaba muy ocupado mirando a mi hermano menor.

Por primera vez sonreí ampliamente al pensar en ello: hermano mayor, era su hermano mayor y tenía una gran responsabilidad sobre él.

Un sentimiento muy agradable invadió todo mi ser. Y ese cariño que no había logrado desarrollar por él mientras estaba en gestación, se presentó con fuerza en esos momentos.

—Prometo que le voy a enseñar todo lo que sé. Le enseñaré a patinar.

—Es muy pequeño para eso, mi amor —rio mi madre—. Pasarán años antes de eso.

—Bueno, entonces le enseñaré a pintar. ¡Pintaremos juntos las paredes!

—Viktor, no.

Reí al ver la expresión seria de mi padre.

—Es chiste —le saqué la lengua—. Rayaremos las paredes, juntos —murmuré en voz muy bajita, cerca del oído de mi hermano, quien soltó una carcajada estridente y al fin alcanzó mi mejilla. Parecía fascinado al verme con sus gigantescos ojos. Se veía chistoso, babeando y haciendo ruiditos.

Los años pasaron y con cada uno de ellos crecía mi amor hacia Aleksi. Los dos nos volvimos inseparables. Era tanto nuestro apego, que cuando me iba a la escuela él se quedaba llorando en los brazos de mi madre.

Durante todo ese tiempo no abandoné mi gusto por el patinaje, al contrario, éste incrementó exponencialmente. Pasaba más horas entrenando que en la escuela, y es que no había nada que amara más que eso.

Mi padre terminó aceptando que el patinaje artístico era mi talento, pues, luego de intentar hacer que me gustara el hockey, se dio cuenta de que era un peligro andante si me daban un bastón mientras patinaba, pues era muy torpe y jamás logré anotar un gol.

En la escuela no me iba mal, mi materia favorita era matemáticas, también me gustaban los idiomas, demasiado.

En mi familia las cosas iban muy bien, mis padres siempre se amaron. Tenían discusiones esporádicamente, como todo matrimonio. Aunque en ese entonces yo no lograba entender que su amor era tan grande que lograban superar cualquier adversidad, sin importar su gravedad. Para mí era natural que mis padres siempre estuviesen unidos, jamás pasó por mi mente la posibilidad de un divorcio o algo parecido entre ellos

La vida era bella.

El único problema que mi familia debía enfrentar, era el simple y sencillo hecho de que la familia de mi papá jamás quiso a mi madre. Según tengo entendido, ellos se conocieron de muy jóvenes. Papá asistió a una competencia local de patinaje artístico sobre hielo y se enamoró de la ganadora: mi madre.

Papá quedó flechado con su hermosura y fue tras ella sin pensárselo dos veces. Pasaron sólo unos meses y ellos ya estaban casados, eso fue algo que la familia Nikiforov no aceptó en lo absoluto. Papá tuvo muchos problemas, pues era heredero de una de las empresas de seguridad más importantes a nivel mundial. Su familia temía que se casara con cualquiera que pudiera quitarle su patrimonio y herencia a futuro. Lo que ellos no sabían era que mi mamá ya tenía su propia fortuna, aunque cuando se enteraron de ello las cosas no cambiaron mucho, siguieron repudiándola a pesar de ser la mujer más amable, bondadosa y amorosa que he conocido en mi vida.

Las visitas a casa de mis abuelos eran muy incómodas. Sólo teníamos a mis abuelos paternos, pues los papás de mamá fallecieron muchos años antes de que mi hermano y yo llegáramos al mundo.

Durante esas visitas, Aleksi y yo nos sentábamos en la lujosa sala de una inmensa mansión. A los dos nos daba pavor respirar fuerte y romper algo con nuestro aliento. El lugar era por demás ostentoso, nunca nos sentimos cómodos ahí. Los abuelos nos querían mucho y siempre nos consentían, pero les teníamos cierto recelo al ver que trataban a mamá con desprecio. Mi papá se enojaba mucho por eso, e incluso tuvo discusiones fuertes con sus padres. Mamá era quien calmaba esas peleas y sugería retirarnos de la casa.

No todo en nuestras vidas era pura felicidad, pero mis padres así lo intentaron.

OoOoOoOoO

La mejor época de mi infancia fue cuando tenía ocho años. Fueron días en los que no me preocupaba por nada más que por patinar, ganar competencias, jugar con Aleksi e Irina, salir al parque, estudiar la primaria y comer todo el chocolate que soportara mi sistema.

Mi hermanito tenía sólo cuatro años de edad y para ese entonces ya trataba de imitar todo lo que yo hacía, absolutamente todo.

Un día, papá le compró patines a Aleksi y yo me emocioné como pocas veces.

—¿¡Vas a dejar que le enseñe a patinar?!

—No. Le enseñaré a jugar hockey en hielo —me sacó la lengua y metió los patines a una mochila, junto con equipamiento para jugar el deporte—. Tú haces lo mismo que tu madre, quiero que Aleksi comparta mi gusto por el deporte.

—Patinar sobre hielo también es un deporte —la cantarina voz de mi madre se escuchó en toda la sala.

—Sí, pero… —se encogió de hombros, sin saber qué más decir—… tú tienes a Viktor, Aleksi es todo mío ¿Verdad, campeón? Sé que te va a gustar jugar hockey como a tu padre —le revolvió el cabello.

—Dimitri, él sólo tiene cuatro años, no puede jugar hockey —se veía angustiada, después de todo era un deporte un tanto salvaje.

—No te preocupes, amor, sólo trataré de enseñarle a patinar.

Pronto comenzaron una conversación sobre los pros y contras que había en el hecho de que Aleksi comenzara ese deporte a tan temprana edad. No vi cabida ahí para mí, así que me dirigí silenciosamente a las escaleras para subir a mi habitación. No podía evitar sentirme triste al no ser lo que mi padre esperaba. Él quería un hijo que disfrutara de sus gustos, que fuera más parecido a él, y no lo culpaba, estaba en todo su derecho, aunque me sintiera apartado. Sólo esperaba que mi hermanito pudiera darle tal gusto, ese que yo nunca podría darle.

—¡Hey! Vitya —me llamó desde lejos—. ¿A dónde vas, hijo? Trae tus patines, vamos a salir un rato.

—Pero yo no sé jugar hockey, no me gusta —respondí, serio.

—¿Y quién dice que vas a jugar hockey? —sonrió de lado—. Anda, trae tus patines y acompáñanos a tu hermano y a mí.

—¡Vamos Vitya! —la vocecilla infantil de Aleksi se unió a la de mi padre.

Una sonrisa de oreja a oreja se formó en mi faz y enseguida corrí como loco por mis patines.

Los cuatro terminamos yendo a patinar a un lago natural, congelado por el crudo frío de invierno. Luego de asegurarse de que todo el lago era seguro, mi padre nos dejó entrar a los tres. Era la primera vez que Aleksi pisaba el hielo con sus patines, así que mis papás lo tomaron cada uno de sus manitas y lo ayudaron a patinar.

—¡Quiero patinar como Vitenka!

Reí al escucharlo llamarme así.

Yo patinaba alrededor de los tres, mostrando mis habilidades y haciendo que mi hermanito se emocionara tanto que se soltó de las manos de mis padres e intentó imitar uno de mis saltos, fallando garrafalmente y cayendo de cara al hielo. Me espanté al ver aquello y llegué a su lado de inmediato. Mis padres ya lo consolaban, temiendo que fuera a romperse en llanto en cualquier momento, pero eso no pasó, se aguantó las ganas de llorar con todas sus fuerzas y conteniendo sus lágrimas me miró fijamente.

—¿Cómo lo haces? Tú patinas muy bonito ¡Yo también quiero!

Al escuchar aquello, los ojos de mi madre y los míos se iluminaron. En cambio, mi padre se palmeó la cara con una mano: sí, otro de sus hijos quería patinaje artístico. Pero eso no pasó. Con el tiempo Aleksi demostró ser pésimo, no era flexible, no tenía la coordinación y en cambio era muy fuerte y tosco. Sin proponérselo terminó practicando Hockey sobre hielo, igual que mi padre.

OoOoOoO

Cada año en su aniversario, mis padres solían darse una escapada a cualquier lugar lejos de nosotros. Solían dejarnos con la tía Julia Plisetskaya, mejor amiga de mi madre, también patinadora profesional.

Yo me la pasaba en grande con ella, pues juntos veíamos videos de ella y mamá cuando participaban en competencias nacionales, internacionales y mundiales. Ella me hacía sentir más orgulloso de mamá, contándome sobre su esfuerzo, dedicación y talento en el patinaje, mostrándome las seis veces que ganó la medalla de oro, tanto en los olímpicos como en el Grand Prix Final.

Yo era el fan número uno de mi mamá, sin duda alguna.

Ese mismo año, a mis escasos ocho años de edad, mamá y papá trataron de explicarme lo que era el amor, y todo surgió a raíz de la pregunta que les hice: "¿Qué es estar enamorado?"

—Algún día te enamorarás y querrás pasar toda tu vida con ella, así como yo con su padre —lo abrazó, besándolo en los labios ligeramente.

—Agh, que asco. No hagan eso frente a mí —exclamé con asco y ellos sólo se rieron con ganas.

—Ya quiero ver que opines lo mismo cuando seas mayor.

—¡Yo nunca le voy a dar un beso en la boca a una niña! —exclamé con seguridad—. Es asqueroso.

—¿No te gustaría tener novia? ¿No quieres encontrar al amor de tu vida, casarte y tener muchos hijos? —inquirió ella con diversión. Yo aún era pequeño, pero ella y papá parecían divertirse con mis respuestas en ese entonces.

—No, yo sólo quiero patinar.

—Eso dices ahora —se rio papá.

—No vas a decir lo mismo cuando veas a la persona indicada a los ojos y sientas que el lugar a su lado es el mejor sitio del mundo, cuando no puedas apartar los ojos de ella y sea lo último que quieras ver antes de dormir y lo primero al despertar —recargó su mentón sobre el hombro de papá, mirándolo con amor—. Cuando conozcas a esa persona especial, no querrás separarte de su lado jamás —se paró de puntillas hasta alcanzar los labios de él, quien le correspondió con el mismo amor infinito.

—¡Qué asco! —exclamó ahora Aleksi, sentado a mi lado.

—No te va a dar asco besar a tu novia —dijo papá, muy seguro.

—Viktor ya tiene novia —aseguró Aleksi, yo lo miré asombrado y sin entender qué quería lograr con eso.

—¡Claro que no! —me defendí.

—Claro que sí. Pasas todo el día con Irina y cuando viene a hacer tarea a la casa no me haces caso por estar platicando con ella. Te gusta Irina, te gusta —insistió, enfurruñado. Estaba celoso de ella.

—Es mi mejor amiga, ella no me gusta.

—Por cierto… —dijo mamá, pensativa—. Hace unos días me mandaron hablar de la escuela. Tu maestra, Viktor, me dijo que has estado tratando mal a las niñas de tu salón ¿Por qué lo haces?

Yo rodé los ojos y suspiré dramáticamente. A mis ocho años no discernía bien las cosas y era aún más impulsivo que ahora.

—Pues porque no me dejan en paz —respondí, como si eso fuera lo más obvio—. Todos los días me dicen que les gusto y que quieren sentarse a comer conmigo en el recreo ¡A comer juntos! —enfaticé ese hecho.

Y es que en mi infancia, sentarte a comer con una niña era señal de que te gustaba y de que eran novios. Yo no quería una novia.

—Pero te sientas a comer con Irina siempre.

—¡¿Y tú cómo lo sabes?! —miré a mi hermano con enojo.

—Te vi desde el patio de mi escuela.

—Bueno, pero ella es… ella es mi amiga, por eso. Ella no me dice que le gusto —hice una mueca de desagrado tan chistosa que hice reír a mi padre—. Las demás niñas siempre me dicen cosas ridículas y me regalan chocolates —esta última parte no estaba tan mal.

Irina no era así, ella me llamaba "Frentón", jugaba conmigo a la pelota y nos ensuciábamos juntos de tierra y lodo. Nos regañaban juntos y hacíamos las mismas travesuras. Lo mejor de todo era que no nos podían correr de la escuela porque éramos excelentes estudiantes, con notas muy altas.

—Entonces… ¿Irina no es tu novia? —insistió mi madre.

—¡Qué no! Ella no es mi novia, que asco.

—Sí lo es, te pusiste rojo —insistió Aleksi, cantando y picándome una mejilla. Sí, estaba rojo, pero de impotencia porque no me creían. ¡A mí no me gustaban las niñas!

Ante eso sólo pude hacer lo más maduro y razonable que pudiera hacer un niño de ocho años:

—¡Sí debieron regresarte a la fábrica de bebés! —espeté con enojo antes de irme corriendo a mi cuarto.

Desde el segundo piso escuché cómo mi pequeño hermanito lloraba desconsolado, eso sólo quería decir que alguno de mis padres no tardaría en subir a mi cuarto y darme un largo sermón por mi mal comportamiento. Y es que a pesar de todo seguía siendo un niño mimado.

Papá subió a mi cuarto y me dio un largo discurso, explicándome que mi hermano se había puesto muy triste por lo que le dije. También me dijo que era muy pequeño y que no debía reaccionar así con él, después de todo yo era el mayor, quien debía poner el ejemplo.

Luego del largo sermón que escuché en silencio, revolvió mis cortos cabellos y con una enorme sonrisa, dijo:

—Así que mi hijo es popular entre las niñas —una expresión llena de orgullo se instaló en su rostro.

No pude negarle nada, se veía feliz por ello.

OoOoOoO

A todos nos llegaba en algún punto de nuestra vida el incómodo momento de "La charla". A mí me llegó cuando tenía diez años.

Y como era de sospecharse: mi padre escapó de esa responsabilidad, dejándole todo el trabajo a mi madre y prometiendo que sería él quien le explicaría ese tema importante a mi hermano cuando llegara el momento.

Mi madre me había llevado a comer un helado y yo felizmente acepté, ignorando el hecho de que horas más tarde mi mente dejaría de ser tan pura e inocente.

Dos horas y media nos quedamos sentados en la heladería. Ella se acabó su cono de helado de fresa, mientras que el mío de chocolate se derritió en mi mano al escuchar todas y cada una de las palabras que dijo. Su explicación fue seria y concisa, lo suficientemente incómoda como para que quisiera meterme bajo la mesa y acostarme en posición fetal hasta olvidar sus palabras.

—¿Entonces el hombre tiene que meterlo… ahí para poder hacer un bebé? —pregunté, tembloroso y espantado.

—Sí, pero no siempre se consigue tener un bebé. En ocasiones hay que intentarlo más veces.

—¿La fábrica de bebés no existe?

—No.

—¿Y debes tener sexo para tener hijos?

—Así es.

Me llevé ambas manos a la cabeza, escandalizado y espantado por lo asqueroso del tema.

—¡Jamás tendré hijos!

La risita cantarina de mi mamá me tranquilizó un poco.

—Claro que los tendrás. Si te explico esto es porque muy pronto comenzarás a tener un interés especial en las chicas, no pasará mucho tiempo para que tengas novia y si algún día tienes sexo con ella, estarás preparado con todo lo que te he dicho para evitar que quede embarazada. No queremos que tengas hijos sin quererlos.

—¡No los quiero!

—Vitya ¿Nunca me darás nietos?

—B-bueno… —me sentí sumamente incómodo—. ¿Podemos hablar de otra cosa? —me sudaban las manos y mi corazón estaba muy acelerado. Sólo quería que esa conversación llegara a su fin.

Mamá tenía razón en cuanto al hecho de que pronto comenzarían a gustarme las chicas, pues en ese entonces ya me llamaba la atención alguien, rompiendo así con mi promesa de que jamás me gustaría una niña.

—Hijo. ¿Tú e Irina son más que amigos?

—Sí —respondí simplemente—. Somos mejores amigos.

—Lo que quiero decir es… ¿Ella no te gusta?

Reí abiertamente.

—No mamá, no me gusta Irina, me gusta alguien más.

Sus ojos idénticos a los míos brillaron cuando le dije eso. A partir de ese momento charlamos varias horas sobre esa linda niña de mi salón de clases.

Luego de terminar la charla, los dos regresamos juntos y felices a casa, encontrándonos con un desorden inmenso en toda la sala, donde papá y Aleksi estuvieron jugando con pintura verde. Seguimos el rastro que nos llevó hasta el patio, donde ambos jugaban futbol soccer en el jardín, disfrutando del poco sol que había en ese día de verano. Yo no era bueno en futbol, pero me les uní y pasamos un día en familia muy agradable.

Los siguientes meses fueron muy complicados para nuestra familia. Papá estaba todo el día en el trabajo, se iba muy temprano en la mañana y volvía a altas horas de la noche. A veces me despertaba en la madrugada, cuando entraba a mi habitación y me arropaba, dándome un beso en la frente antes de salir e ir a hacer lo mismo con Aleksi.

Mamá estaba también muy ocupada con su trabajo, dando clases y al mismo tiempo encargándose de nosotros y de la casa. Se veía muy cansada, pero eso no le impedía asistir a mis competencias junto con Aleksi, éstas eran cada vez más frecuentes y ella se estresaba un poco por confeccionar mis trajes (Sí, ella los hacía a pesar de que podíamos simplemente ir y comprarlos) y en ayudar a elaborar mis coreografías.

Y siempre que estaba a punto de salir a competir, ella me decía:

—Viktor, cariño. No te pongas nervioso, pase lo que pase te seguiré amando. Para mí ya eres el mejor del mundo, no necesitas ganar el primer lugar para demostrármelo. Sólo sal y disfruta, diviértete haciendo lo que te gusta ¿De acuerdo? Te estaré apoyando junto con Yakov y tu hermano.

—¿Y papá?

—Él no podrá venir —entristeció junto conmigo—. Sabes que está muy ocupado en la oficina, pero no te preocupes, traje la cámara conmigo para grabarte y luego enseñárselo a tu padre. ¿Estás listo?

Guardé toda mi tristeza y asentí.

Quería dar todo de mí para que esa presentación fuera un éxito. Si lograba ganar el primer lugar, pasaría a las finales nacionales, asegurando un puesto en las olimpiadas de invierno de ese año en la división infantil. Quizá así lograría enorgullecer a mi padre.

Momentos antes de salir, mamá me dio un abrazo asfixiante, y asegurándose de que estaba bien peinado y arreglado, besó mi frente y me dio una pequeña palmada en el trasero, pero antes de que pudiera quejarme o sonrojarme por ello, mi nombre en las bocinas del centro deportivo me hizo temblar.

Era ahora o nunca.

Repasé la rutina en mi mente, imaginando la canción "The Swan" de Camilla Saint-Saëns y después salí casi con mi seguridad al cien por ciento, ésta se multiplicó exponencialmente cuando vi a mi padre, sentado junto a Aleksi y Yakov, esperando con una gran sonrisa a que yo saliera. Eso fue más que suficiente para que mi motivación se elevara hasta las nubes, en especial cuando me vio a lo lejos y alzó ambos pulgares en señal de aprobación.

Ese día gané el primer lugar con creces y pasé a la final, asegurando un lugar en las olimpiadas de invierno junto con Irina, quien ya había asegurado su lugar un par de días antes, ganando el segundo puesto en su categoría. ¿No lo había mencionado antes? Irina practicaba el patinaje desde que era casi una bebé, al igual que yo.

Ese día, sobre el podio yo estaba muy feliz, pensaba que nada podía ir mejor, me sentía pleno y realizado al estar cada vez más cerca de cumplir mi sueño de ser como mamá.

Pero nada me preparó para aquel fatídico día: el día en que mamá y yo tuvimos un accidente automovilístico.

Fue un día feriado. No hubo clases y hacia mucho frío en San Petersburgo. Mi madre había amanecido con un poco de fiebre, pero ni mi hermano ni yo lo notamos. Papá se había ido a trabajar con la condición de mi madre de que se quedaría en cama todo el día y que nos diría a nosotros si es que necesitaba algo, para que no se levantara. Pero ella era tan desobediente como yo.

Se levantó y nos preparó el desayuno como todos los días en que no había clases.

Mientras tanto, Aleksi y yo nos tumbábamos a ver televisión en la sala y de vez en cuando comenzábamos una divertidas luchitas.

Ese día fui a la cocina para ayudar a mamá en lo que fuese necesario. Ella me dijo que mejor esperara en la sala, pero entonces, se me ocurrió que sería buena idea ayudarle al menos a preparar el chocolate caliente para beber.

—Uhm… mami, no hay chocolate. ¿Quieres que vaya a la tienda?

—No cariño, el clima está muy feo. Comeremos waffles y beberemos otra cosa.

—Pero yo quería chocolate —entristecí—. Déjame ir a la tienda.

—Viktor, la tienda debe de estar cerrada por el mal clima, tendríamos que ir al súper mercado.

—¡Vamos!

Mi corta mente de niño mimado no alcanzaba a ver que mi mamá estaba enferma, que el peligro de salir era mucho y que ella sería capaz de hacer cualquier cosa por mí, incluso cumplirme el capricho de salir a comprar chocolate, sin saber el gran precio que pagaríamos por ello.

Jamás en la vida me arrepentiría tanto por una mala decisión como aquella, jamás.

A pesar de lo mal que se sentía, aceptó llevarnos al supermercado. Nos subimos al auto y salimos del garaje sólo para darnos cuenta del frío que hacía afuera, había nevado un poco y la calle estaba húmeda y resbaladiza. Afortunadamente el supermercado estaba muy cerca de casa, no tardaríamos más de cinco minutos en llegar a él.

Mamá puso música y los tres cantábamos mientras esperábamos a que un semáforo cambiara a verde. Su hermosa voz deleitaba nuestros oídos.

Aún podía recordar cómo antes de arrancar y sin dejar de cantar, me miró a los ojos y esbozó su original sonrisa, una en la que en el carrillo derecho se le formaba un hoyuelo. Su cabello suelto y larguísimo lo traía sujeto en media coleta, dejando varios mechones lacios cayendo sobre su frente y hombros. Se veía tan hermosa y yo en ese momento no imaginé que sería la última vez que la vería así.

Entonces puso su vista al frente, la luz verde encendió y pisó el acelerador.

Lo siguiente que ocurrió fue demasiado rápido. Nuestro auto se frenó instantáneamente, las llantas patinaron sobre el pavimento y enseguida fuimos embestidos de lado por una camioneta que se pasó la luz roja, impactándose de lleno en el lado del conductor y arrastrándonos más de diez metros en la calle.

El susto fue tan grande que, cuando volví en mí, noté a mi madre preguntando con desesperación si me encontraba bien, palpando todo mi cuerpo con sus manos temblorosas.

—Mami, tu cabeza. Estás sangrando —me espanté y alcé mis manos hacia ella, pero me las detuvo y volvió a preguntar.

—¿¡Viktor, te encuentras bien?!

—Sí, sí —asentí repetidas veces, sintiendo sus heladas manos en mis mejillas.

Escuché el llanto estridente de mi hermano en el asiento trasero, me giré para verlo, estaba espantado.

—Ya mi amor, tranquilo —mamá trataba de calmarlo un poco, pero el pobre no dejaba de llorar.

—Mami —la llamé, tembloroso y dubitativo. Estaba espantado al ver tanta sangre caer por su rostro.

—Viktor —se giró hacia mí, cada vez más pálida—. Necesito que llames a emergencias y les des nuestra ubicación. No te asustes si yo… si yo… —no pudo continuar.

—¡Mami! —gritamos Aleksi y yo.

Se había desmayado.

—Mami, despierta. Por favor, despierta —la moví todo lo que pude, luego miré su teléfono en el suelo, lo tomé y llamé a emergencias.

Todo ocurrió ante mis ojos como si se tratara de una pesadilla, yo sólo esperaba a que ésta terminara.

Sentí que la ambulancia y los policías tardaron toda una eternidad en llegar, cuando lo hicieron se demoraron mucho en sacar a mamá del auto. Aleksi y yo habíamos salido ilesos, pero ella… ella estaba muy lastimada y se desangraba muy rápido. Sus piernas habían quedado atrapadas y tardaron mucho en sacarla, cuando lo lograron, nos subieron a todos a la ambulancia.

Sólo puedo recordar que Aleksi no dejó de llorar en todo el camino, aferrándose a mi chaqueta con fuerza mientras yo lo rodeaba con mis brazos y veía a nuestra madre frente a nosotros, postrada en esa camilla y siendo atendida por los paramédicos.

Cuando llegamos al hospital se la llevaron a cirugía de inmediato. Mi hermano y yo nos quedamos en la sala de espera, sentados en silencio y abrazándonos mutuamente.

—Vitya —sollozó—. ¿Mami va a estar bien?

Tuve que contener mis ganas de llorar. Sólo lo abracé más fuerte contra mí, sintiendo su pequeño cuerpo temblar contra el mío.

—Se va a poner bien, ya verás —le dije con mi voz más suave y conciliadora.

—Quiero a papá —sollozó muy bajito.

—Yo también. No tardará en llegar, los policías ya le hablaron a la oficina.

—Había mucha sangre, mucha…

—Ya no pienses en eso —lo separé de mí y estiré sus mejillas hasta deformar su mueca en una "sonrisa". Logré hacerlo reír un poco.

—¡Niños!

La voz de mi padre resonó en la casi vacía sala de espera. Venía muy agitado, su faz estaba pálida y se veía realmente espantado. Se alivió un poco al encontrarnos.

—¿Están bien? —nos dio un fuertísimo abrazo.

—¡Papi! —Aleksi me soltó y se aferró a él.

—Estamos bien, no nos pasó nada. Pero mamá… ella —contuve mis ganas de llorar, no derramaría una lágrima—. Había mucha sangre.

—Entiendo —peinó mi corto cabello hacia atrás con sus manos y besó mi frente—. Ya no pienses en eso. Ella estará bien, iré a pedir informes.

Nos dejó unos momentos y volvió con la misma expresión que tenía cuando entró a la sala. Estaba asustado y muy nervioso.

Esperamos los tres a que mamá saliera de cirugía. Fue hasta después de mediodía cuando tuvimos noticias sobre ella.

—¿Señor Nikiforov? —se acercó un médico a nosotros.

Mi padre fue de inmediato hacia él y ambos hablaron unos momentos.

Supe que no había buenas noticias al ver la expresión desolada y pálida de mi progenitor.

En ese momento le habían dicho a papá que mamá había caído en coma. No sabían cuándo despertaría.

Fue muy difícil para él explicarnos qué había pasado con mamá. Estaba tan afectado como nosotros, incluso se le salieron un par de lágrimas cuando nos explicó que no sabían cuándo despertaría.

Los días posteriores a ese no fueron mejores. Aleksi y yo seguíamos yendo a la escuela, papá se hacía cargo de la casa, de nosotros y además cuidaba de mamá en el hospital. Había pedido vacaciones indefinidas en la oficina para poder hacerse cargo de todo.

El ambiente en casa era deprimente y lúgubre.

Cuando mamá salió de cuidados intensivos fue trasladada a una habitación particular a la cual podíamos ingresar con papá, y así visitarla a diario después de la escuela.

Era muy triste hablarle y que no respondiera. Era desgarrador no saber cuándo despertaría, o si al menos lo haría.

La tía Yulia fue de inmediato a nuestro encuentro cuando se enteró del accidente, estuvo al pendiente de nosotros y ayudó a papá en todo lo posible. Ella nos daba muchos ánimos.

Otra persona que me animaba a diario era Irina. Ella hacía lo posible por levantarme el ánimo en la escuela, incluso hubo días en los que me acompañó a ver a mamá al hospital.

Y antes de que nos diéramos cuenta, habían transcurrido ya casi dos años del accidente.

Yo estaba a un par de semanas de cumplir doce años y aún no me acostumbraba a la ausencia de mi madre en casa.

Papá había vuelto a su trabajo un mes después de que mamá cayera en coma, pues a pesar de que era uno de los dueños, necesitaba imponer su presencia ahí y mantener el control.

Y yo… bueno, a veces me escapaba de la escuela sólo para pasar la mañana con mamá, acostado a su lado en la cama, a veces me quedaba dormido y soñaba que ella me despertaba acariciando mi mejilla, sólo para abrir los ojos y encontrarme con la cruda realidad.

A veces me acompañaba Irina, nos escapábamos juntos de la escuela para ir al hospital.

—¿Crees que algún día despierte? —le pregunté a mi amiga. Los dos estábamos sentados en la orilla de la cama de mamá.

—Lo hará, ya verás que sí —puso su mano sobre la mía en un gesto consolador.

—Yo tengo la culpa —murmuré de pronto—. Nunca se lo dije a papá, pero… fue mi culpa que saliéramos a la calle ese día. Papá dijo que ella había amanecido enferma, pero yo no me di cuenta e insistí para que saliéramos a la calle. Si yo no hubiera… —no pude continuar porque sus brazos me estaban rodeando por completo. En mi cara podía sentir sus cabellos naranjas y alborotados, con su característico aroma a flores.

—No digas eso, tú no tienes la culpa de nada. La persona que no respetó la luz roja fue el culpable. Así que jamás vuelvas a decirlo ¿De acuerdo?

Contuve por enésima vez mi llanto y asentí.

—Frentón —me dijo, separándome de ella y haciéndome reír un poco por el apodo. Se me quedó viendo fijamente y yo no entendí el porqué.

—¿Qué? —me incomodé.

—No lloras ¿Por qué no lloras? Te conozco desde los tres años y nunca te he visto llorar.

—¿Y por qué quieres que llore? —fruncí el ceño.

—Para ver qué eres una persona normal. Sé que has estado triste estos años, deberías desahogarte un poco.

—No lo necesito.

—Lo haces por tu hermanito ¿Verdad? Si quieres puedes llorar conmigo, yo no le diré a nadie.

Abrí los ojos con mucha sorpresa.

—Estoy bien —aseguré y me giré a ver a mi madre.

—¿Estás seguro?

—Muy seguro —la miré y sonreí.

—Sabes que si necesitas hacerlo, estoy aquí ¿Verdad?

—Lo sé. Gracias, pelo de zanahoria —le estiré un mechón de cabello y ambos sonreímos.

Me acompañó el resto de la mañana. Ella se encargó de vigilar que no viniera una enfermera mientras yo me acurrucaba a un lado de mamá y caía profundamente dormido. Esos eran los únicos momentos en el día en que podía verdaderamente descansar.

Momentos más tarde volví a la consciencia, mas no abrí los ojos, estaba muy a gusto acurrucado a un lado de mi madre, con mi cabeza sobre su hombro y sintiendo su brazo alrededor mío, apretándome muy levemente.

¿Apretándome?

Abrí los ojos abruptamente por ese simple hecho y también por sentir que me daban palmaditas en la mejilla, nada delicadas por cierto.

—¡Viktor, levántate! —exclamó Irina en voz baja, tratando de no ser muy escandalosa—. ¡Mira! —señaló a mi madre.

Había despertado, sus ojos estaban mirándome fijamente.

Mi corazón se aceleró y una felicidad infinita invadió todo mi ser. ¡Mi mamá había despertado!

—Vitya… ¿Eres tú? —su voz salió rasposa. A penas abría sus ojos.

—¡Ma-mami! —tartamudeé como tonto—. ¡Soy yo mami, soy yo!

—¿En qué momento creciste tanto? —preguntó con debilidad—. Y tu cabello… —su mano temblorosa me acarició—…está creciendo —miró todo a su alrededor—. ¿Qué pasó? ¿Dónde estamos?

En ese momento entraron un par de enfermeras y el médico de mamá. Irina había ido por ellos. Éstos no dudaron en sacarnos de la habitación a pesar de que yo me negaba a hacerlo ¡Había esperado casi dos años para eso!

—Viktor… —murmuró mi amiga, deteniéndome y mirándome fijamente—. Estas llorando… ¿Por qué lloras? —limpió mis lágrimas con cuidado.

Me llevé ambas manos al rostro, comprobando lo que decía.

—Estoy tan feliz —fueron las únicas palabras que pude articular antes de lanzarme a sus brazos.

Mamá había vuelto.

Papá fue informado de inmediato. Abandonó todo lo que tenía que hacer en la oficina, fue por Aleksi a la primaria y llegó al hospital con mucha prisa.

El amor de su vida había salido del coma.

Estábamos tan felices que olvidaron reprendernos a Irina y a mí por fugarnos de la escuela, eso había pasado a segundo plano.

La felicidad había vuelto a nuestras vidas. La familia Nikiforov estaba unida de nuevo y la salud de mamá iba mejorando gradualmente. Aún puedo recordar el rostro pálido de mi padre llenándose de alegría al ver a su gran amor de nuevo consciente. Jamás imaginé que en un futuro sería algo que ambos tendríamos en común.

—No puedo creer que haya pasado tanto tiempo —no podía dejar de observarnos, como si nos estuviera conociendo—. Han crecido tanto —nos abrazó a los dos, estábamos sentados cada uno a un costado de ella, mientras que mi padre estaba de pie junto a la cama, lo más cerca de mamá posible, poniendo una mano en su hombro y mirándola como si fuera el milagro más grande de este mundo.

No queríamos apartarnos de su lado, pero al siguiente día había escuela y trabajo.

Nos valió todo. Ninguno fue a cumplir sus deberes, nos quedamos con mamá todo el día y la noche. Ella estaba muy cansada y a pesar de que se resistió, terminó dormida muy temprano.

Papá habló con el médico de mamá y éste le había dicho que todo se encontraba en orden. El único inconveniente grave era el hecho de que no patinaría más, sus lesiones en las piernas no se lo permitirían. Esa noticia se le dio hasta al día siguiente y pensé que se entristecería demasiado, pero no fue el caso. Ella estaba feliz de estar con su familia, relativamente sana y sobretodo consciente. No podía creer todo el tiempo que había transcurrido.

Los médicos no la daban de alta porque querían tenerla bajo observación, además que necesitaba cierta terapia física debido al tiempo en que estuvo inmóvil. Papá se había encargado de darle cierto tipo de terapia mientras estuvo en coma, así que no se encontraba en tan mal estado.

Un par de días luego de que mamá despertara, ella y papá se quedaron a solas en el cuarto, charlando sobre cosas de adultos que no quise indagar.

La tía Yulia no tardó en aparecerse en el hospital, llorando de alegría al ver a su mejor amiga despierta. Ambas lloraron en los brazos de la otra, felices y emocionadas, en especial mi tía, pues ahí mismo nos dio la noticia de que estaba embarazada.

Los días transcurrieron con tranquilidad. La felicidad volvía a nuestras vidas, tanto así, que de pronto Aleksi soltó un comentario un tanto imprudente que nos hizo reír a todos.

—Quiero una hermanita.

—Yo la llevo esperando desde que dijeron que vendrías al mundo —me burlé un poco.

—¿No me querías a mí?

—No, quería una hermana.

—¡Eres malo!

Reí más ampliamente al ver que en serio le molestaba.

—¿En serio les gustaría tener otro hermano? —preguntó mi madre con ilusión y emoción. Mi padre también se puso muy feliz.

—HERMANA. —exclamamos los dos.

—¿Y si es niño?

—No de nuevo —suspiré—. Olvídenlo, prefiero que Irina sea mi hermana.

—Vitya, cariño —me llamó después de un rato. Papá y Aleksi habían salido en busca de algo para beber.

—Dime, mami.

—¿Cómo te ha ido en el patinaje?

—No he patinado en un buen tiempo.

—¡¿Por qué?! —se escandalizó.

Me encogí de hombros.

—Cariño, si te sigue apasionando tanto como antes, por favor no lo abandones. Si lo amas debes seguir practicándolo, que mi salud no interfiera con ello, por favor —pidió muy en serio—. Entonces… ¿No fuiste a la competencia de invierno?

Negué con la cabeza.

—No, pero Irina sí —sonreí al recordarlo—. Ganó el primer lugar.

—Tienes que volver. Eres el mejor, mi niño. Eres el mejor de Rusia.

Me sonrojé.

—Claro que no, yo sólo soy un niño como los demás.

—No. Viktor, tú eres especial. Recuérdalo siempre, mi amor —tomó mis manos entre las suyas—. Puedes hacer mucho más de lo que imaginas, si te lo propones llegarás muy lejos.

—¿Ganaré seis medallas como tú? —me aventuré a preguntar.

—¡Muchas más! Claro, si es que así lo deseas —soltó una risita cantarina.

—¡Sí quiero!

—Entonces ve y entrena de nuevo con Yakov, hazle caso siempre y él te llevará por buen camino.

—De acuerdo —me sentí muy motivado.

—Y dime ¿Ya tienes novia?

Me volví a sonrojar.

—No, nunca he tenido novia.

—¿Y la chica de la que me habías platicado hace varios años?

—No volví a hablar con ella.

—Pero todavía te gusta.

—No realmente —le saqué la lengua.

Suspiró larga y pausadamente.

—Ya vas a cumplir doce años, el tiempo se va tan rápido…

—¡Sí! Sólo faltan dos días.

—Siento mucho que yo aún esté aquí. Me hubiera gustado prepararte ese pastel de chocolate que tanto te gusta.

—No importa, mami. Lo importante es que estás bien —me senté a su lado en la cama, acurrucándome contra ella, poco me importaba que alguien entrara y viera a un niño de casi doce años abrazando a su mami.

—Muy pronto vas a ser todo un adolescente —suspiró, abrazándome y acariciando mi brazo mientras yo escondía mi rostro en su hombro—. Te convertirás en todo un hombrecito en un abrir y cerrar de ojos. Crecerás, conocerás a una buena mujer, te casarás y me darás mucho nietos —rio un poco—. Espero que sepas elegir bien a tu pareja y no te decidas precipitadamente. Piénsalo muy bien, cariño, que con el amor y los sentimientos no se juega. Ya tuvimos "la charla" hace mucho, quizás necesite recordártela un poco.

—¡Mamá! No, no es necesario.

—Vitenka. Sabes que te quiero mucho ¿Verdad? Eres mi primer hijo, mi más grande orgullo junto con tu hermano —alzó mi rostro con una de sus manos cálidas, acariciando mi mejilla—. Y eres un muchachito tan apuesto. Estoy segura de que muchas chicas se pelearán por ti.

—¡Mamá! —exclamé por segunda vez, lograba avergonzarme muy sencillamente—. ¿Por qué me dices todo esto? —me preocupaba, sus palabras sonaban a despedida, no me gustaba.

—¿Y por qué no?

Nos quedamos en silencio unos momentos, hasta que el remordimiento que había estado carcomiendo mi alma incrementó a tal grado que tuve que externarlo.

—Mami, tengo que disculparme contigo.

—Uhm ¿Por qué?

Enterré mi rostro en su hombro, no dejándole ver las lágrimas que inevitablemente salieron con fluidez.

—Por mi culpa tuvimos ese feo accidente. Tú estabas enferma y yo insistí en salir. Si no hubiera hecho eso, no habría pasado nada —sollocé audiblemente. Eso fue suficiente para que mamá alzara mi rostro de inmediato.

—Nunca, óyeme bien, nunca repitas eso. No fue tu culpa, cariño, fue un accidente.

—Pero yo…

—Pero nada —me abrazó con fuerza—. No llores, mi bebé. Y borra eso de tu mente. Tú no eres culpable de nada, mi amor.

Luego de un rato logró tranquilizarme. Quizás se debía al hecho de que yo nunca lloraba o tal vez lo hacía de una manera muy escandalosa, no sé, pero en las pocas ocasiones que he llorado, mamá se angustiaba sobremanera.

Estuvimos charlando sobre muchas cosas, sobre papá y mis sentimientos encontrados hacia él. Le externé mi sentir, le dije que a veces sentía que no cumplía con las expectativas de él, que Aleksi era mejor hijo que yo: más obediente, inteligente y con mejores aptitudes que yo. Luego de desahogarme por completo, tuvimos una larga charla en la que logró levantarme el ánimo de manera inimaginable. En parte fue gracias a esa charla que ahora soy lo que soy. Me motivó, me expresó su infinito amor y me dio una seguridad que no tenía del todo en mí mismo. Ese día cambié.

La hora de volver a casa llegó, pero antes de irnos, mamá me aseguró que papá y ella ya habían elegido mi regalo de cumpleaños y de navidad. Dijeron que en esa ocasión sería sólo un regalo de parte de los dos, pues sería tan maravilloso que no aguantaría la felicidad. Yo estaba tan emocionado que al llegar a casa me puse a ver en todos los armarios y cuartos, buscando alguna pista de ese regalo tan maravilloso.

Al día siguiente, saliendo de la escuela papá pasó por nosotros y nos llevó al hospital a ver a mamá. Era noche buena y pasaríamos toda la tarde ahí, y si éramos afortunados, la darían de alta antes del anochecer.

En casa habíamos preparado todo para su regreso. La fachada, el jardín, incluso el techo tenía adornos navideños. Mamá amaba festejar navidad y más amaba el hecho de tener un hijo que cumpliera años en ese día. Así que desde días antes nos pusimos a limpiar toda la casa y a llenar de adornos. Pusimos el pino y dejamos la estrella de cristal en su caja, esa la iba a poner mamá cuando regresara.

Pero las cosas no sucedieron como lo esperábamos.

Llegamos al hospital y entramos a su habitación, encontrándonos con un equipo de enfermeras y doctores tratando de revivir su cadáver inerte. Para cuando llegamos, tenían veinte minutos dándole RCP.

Ese día mi madre murió.

Los médicos nos dieron una explicación un tanto extraña. Ellos dijeron que muchos pacientes terminales tenían una última carga de energía, mejoran antes de empeorar o de finalmente morir. Los signos más marcados se encontraban en la actitud del paciente, pues éste de pronto podía tener epifanías, sentirse muy emocional, querría ver a la familia y arreglar cualquier asunto pendiente. Todo eso lo hacía inconscientemente.

Pero en ese momento yo no fui capaz de escuchar ninguna palabra. Lo único que pude hacer fue correr y brincar sobre su cama, aferrándome a ella como sanguijuela y llorando como nunca jamás lo había hecho en mi vida.

Papá intentó apartarme, pero no se lo permití. Aleksi terminó haciendo lo mismo que yo, y así nos quedamos por no sé cuánto tiempo. Sólo puedo recordar que con ayuda de un doctor, mi papá logró quitarme de la cama. Ya había amanecido, nos habían dejado pasar la noche con mamá y aun así yo no quería separarme. Era mi mami y yo no quería dejarla ir.

Por mucho, ese había sido el peor día de mi vida. Era mi cumpleaños número doce, mamá había muerto un día antes, no me pude despedir de ella, no le pude decir una vez más cuánto la amaba, no pude ver de nuevo sus ojos celestes.

El funeral se llevó a cabo y muchísima gente asistió, entre ellos había familia de papá, gente hipócrita dando sus condolencias; también había muchos amigos de mis padres, muchos fans y personas arraigadas al ámbito del patinaje. Yakov, Lilia y Yulia estaban junto a nosotros, no se nos separaron en ningún momento.

Mi padre estaba deshecho, jamás lo había visto tan mal. Nunca lo había visto llorar.

Luego de la ceremonia llegamos a casa y ahí nos recibió un pequeño caniche color café, era apenas un cachorrito. Cuando papá lo vio, su expresión se volvió aún más triste.

—Él… él es el regalo que tu madre y yo te teníamos —suspiró, se le veía exhausto—. Discúlpame Viktor, con todo lo que sucedió ya ni siquiera te felicité —sonrió de lado—. Feliz cumpleaños, hijo —murmuró con la voz un tanto quebrada.

Supe que se sentía pésimo, quizás igual o más que yo. No lo pensé dos veces antes de estamparme contra él en un fuerte abrazo.

A veces uno quisiera que las circunstancias difíciles que se atraviesan no fueran más que una simple pesadilla de la cual se despierta sólo para invadirse de alivio al ver que no fue más que un sueño. A veces deseamos fervientemente que todo sea una fantasía, o que existiera un botón de "reset" para volver a comenzar y hacer las cosas bien.

Entonces recodé algo que le prometí a mamá que olvidaría.

—Yo tuve la culpa, papá. Mamá murió por mí culpa.

—Pero qué dices. Claro que no —me separó del abrazo sólo para verme a los ojos—. Hijo, no digas eso —acarició mi cabello.

El llanto se fue acumulando en mi garganta, pronto no pude sostenerlo más y lo solté en forma de fuertes sollozos.

—¡Ella murió por mi culpa! El día del accidente salimos porque yo quería ir a la tienda por chocolate. Mamá dijo que sería peligroso, pero yo insistí y salimos. Y tuvimos el accidente. Yo la obligué a salir, yo… yo… —no pude continuar, vi cómo mi padre soltaba mis hombros. Sus brazos cayeron balanceándose a sus costados. Se giró y salió de mi vista, recluyéndose en su habitación.

Me quedé llorando en la sala. Todo lo que no había llorado en años, lo solté en ese momento. Tuve que detenerme cuando escuché pequeñas pisadas acercándose a mí.

—Vitya, no llores —se paró frente a mí y me extendió un papel con un dibujo en él—. Feliz Navidad.

—Aleksi —me limpié rápidamente las lágrimas y sonreí a pesar del dolor que carcomía mi alma—. ¿Es para mí? Es muy hermoso.

—Sí, para ti. Ahí estamos todos juntos, felices —señaló a papá, mamá, a él y a mí—. Y este es tu nuevo perrito.

Sonreí más ampliamente, ahora entendía porque se fue corriendo a su cuarto cuando llegamos a casa. Fue a terminar su dibujo.

—Y ten —me extendió ahora una caja, repleta de sus dulces favoritos.

No pude enternecerme más. Lo abracé y lo tumbé al piso junto conmigo, ambos quedamos sentados lado a lado, frente a la chimenea apagada y con mi nueva mascota acurrucada en mi regazo.

Empezamos a resentir el frío, así que encendí la chimenea y nos quedamos ahí tumbados por largo rato.

—Vitya ¿Cómo llamarás a tu perrito?

—Makkachin.

—Es un lindo nombre.

—¿Verdad que sí? —sonreí y lo apreté entre mis brazos, a mi pequeño y lindo hermanito.

Siempre había querido un perro, así que escogí el nombre desde hace años.

Nos quedamos en silencio un rato, hasta que Aleksi sacó a flote su curiosidad.

—Tengo miedo, quiero que mamá vuelva.

Se me hizo un nudo inmenso en la garganta. Lo abracé más y él se acurrucó sobre mi regazo, compartiéndolo con Makkachin.

—¿Por qué tienes miedo? —acaricié su cabello, intentando que mi voz no delatara mis ganas de llorar.

—Papá está muy raro, no es como antes. Fui a su cuarto y estaba acostado ¡Papá nunca toma siestas!

—Está cansado. Él también está sufriendo mucho —mi voz salió neutra, baja y queda. Mis ojos estaban fijos en las llamas frente a mí.

El hecho de que mi madre estuviera muerta era todavía como una pesadilla, algo que en cualquier momento terminaría. Esa no era mi realidad, no quería que lo fuese. Tenía esa sensación de que en cualquier momento mamá saldría de la cocina y nos daría de su delicioso pastel de chocolate.

—Las cosas ya no van a ser como antes ¿Verdad?

—Nos tenemos el uno al otro, también a papá y a Makkachin —hice un esfuerzo descomunal por sonreír.

Comencé a acariciar sus cabellos negros y lacios. Noté que muy pronto comenzó a dormitar.

—No tuviste la culpa de lo que pasó con mami. Escuché lo que le dijiste a papá —enterró su cabecita más en mi regazo, cerrando los ojos—. No tienes culpa, yo también quería chocolate —fueron sus últimas palabras antes de caer rendido al sueño.

No me quería mover de donde estaba, Aleksi y Makkachin dormían sobre mi regazo y no quería despertarlos. Me quedé dormido muy pronto.

Desperté cuando sentí que alguien intentaba tomarme en brazos. Abrí los ojos de golpe y me topé con mi padre en frente. Miré a mi alrededor, era de día y no había rastros de Aleksi ni de Makkachin.

Al ver que desperté, dejó de intentar cargarme. Lo noté demasiado serio, sus ojos estaban rojos y empequeñecidos, parecía que había llorado por mucho tiempo, eso me contrajo el corazón con tristeza.

—Papá —murmuré, tallándome los ojos y viéndolo mejor.

—¿Por qué se durmieron aquí? Puede darles un resfriado —se molestó. Lo extraño era que en ningún momento me miraba a mí, sino a cualquier punto lejos de mi persona.

—Lo siento, nos quedamos dormidos. ¿Y mi hermano?

—Lo llevé a su cuarto —se dio media vuelta y estuvo a punto de irse, pero lo detuve. Me dolía que no me mirara. Acaso… ¿Acaso ya me odiaba por lo que le confesé anoche?

—¿Qué pasa? —inquirí con cierto temor. Mi padre siempre había sido para mí una persona imponente, seria y al mismo tiempo muy amorosa, pero en esos momentos hacía uso de toda su seriedad.

—Estoy muy molesto contigo —finalmente me miró—. Por el momento no quiero verte —se dio media vuelta y se fue.

Se me fue el aire.

Un sentimiento terrible invadió cada rincón de mi ser, mi pecho dolió por esas palabras con tanto significado. Después de todo era mi padre quien me las decía, y eso jamás había ocurrido.

Me quedé en la sala, sintiéndome más solo que nunca.

A partir de ese día las cosas cambiaron mucho en casa. Papá estuvo encerrado todo el día, Yakov y Lilia nos visitaron y hablaron con él, cuando salieron de su cuarto dijeron que les había pedido que contrataran personal para que se encargara de la casa y de nosotros. Así pasó casi tres semanas encerrado, no iba a trabajar y tampoco salía para comer. La servidumbre se encargaba de hacer todo en la casa, de cocinar, limpiar y de llevarle comida a papá.

Aleksi entraba a su habitación y pasaba a veces la tarde con él. Ellos dos eran muy unidos, muy parecidos. Pero en cambio yo me quedaba afuera, no tenía el valor de entrar y toparme de nuevo con esa mirada llena de odio.

Así se pasaron nuestras vacaciones de invierno. Tuvimos la visita de la tía Yulia en muchas ocasiones, ella se quedaba conmigo cuando papá y Aleksi se quedaban en el cuarto. Estar con la tía Yulia era como estar con mi madre, me inundaba de sentimientos cada vez que la veía, además de que iba a tener un hijo, y ella siempre dijo que sería mi hermano menor, doce años menor, era algo divertido.

Hubo un día en que me animé a charlar con mi tía, le dije cómo me sentía con respecto a papá y…

Ella se enojó mucho y fue de inmediato a hablar con él, le reclamó varias cosas.

—Es tu hijo, Dimitri ¿Cómo puedes culparlo por la muerte de Yarine? —escuché a través de la puerta. Aleksi y Makkachin estaban a mi lado, nerviosos.

—Si no fuera por su capricho, ella estaría ahora mismo con nosotros.

Se escuchó una risa seca e incrédula por parte de mi tía.

—Entonces realmente lo culpas, no puedo creerlo. Es sólo un niño, acaba de perder a su madre y necesita de su padre ¿No cumplirás con tu papel?

—No puedo verlo —admitió con la voz quebrada—. ¿Lo has visto bien? ¡¿Has visto a quién se parece tanto últimamente?!

Hubo un silencio sepulcral.

—Viktor es la viva imagen de Yari, su forma de ser, su forma de hablar, es totalmente ella —continuó mi padre, con una voz tan lúgubre que me causó escalofríos—. Cada vez que lo veo, luego de saber lo que pasó, no puedo evitar pensar en ella y en lo que él provocó —masculló con resentimiento.

—Sólo estás buscando un culpable y te estás ensañando con la persona equivocada —lo regañó—. Estás mal.

—¿¡Y cómo quieres que esté?! Perdí a la mujer de mi vida, a la única a la que he amado y…

—¡Lo sé! Y yo perdí a mi mejor amiga, también estoy sufriendo, pero no me estoy hundiendo. Yarine no hubiera querido eso, y si ahora mirara cómo tratas a su hijo…

—Basta. Largo de mi casa.

—Dimitri, no te pongas así —suspiró.

—Bien, yo me largo —escuché cómo se acercaba a pasos rápidos hacia la puerta, fue tan repentino que no me pude alejar, me inmovilicé en mi lugar.

Tenía tanto de no verlo cara a cara, que no pude evitar sorprenderme al ver cuánto había cambiado. Se veía descuidado y nada prolijo –como solía ser- no se había quitado la barba en mucho tiempo, su cabello negro estaba despeinado e incluso se veía más delgado.

El encuentro fue inevitable. Nuestras miradas se conectaron y en sus ojos pude ver la repulsión que le causaba. Por un momento pude jurar que noté un atisbo de amor y culpa, pero fue tan efímero que dudé que hubiese ocurrido en realidad.

Pasó de largo y salió de la casa. Regresó hasta la noche, sólo para dormir y al día siguiente irse a trabajar.

Durante esas semanas también recibí visitas de Irina, estaba muy preocupada por nosotros y también muy triste por lo ocurrido. Ella y mi madre siempre se llevaron muy bien, pues Irina era su fan número dos (Sí, yo era el primero), así que le estaba costando mucho digerir la noticia.

En una de sus visitas me motivó para que regresara al hielo, pues era lo que mi madre hubiese querido. Y tenía razón, pero yo aún seguía de luto, eso incluso Yakov lo respetó. Pero no ese día, ese día en que mi padre regresó a trabajar, yo también regresé a entrenar, iba a ser el mejor, tal como mi madre lo quería.

Así regresé al patinaje, arrasando con todo y convirtiéndome muy pronto en el mejor. Había dejado de ser un niño mimado, me concentré en mi objetivo y dejé de ser perezoso. Yakov se sorprendió con mi cambio, pero le agradó, pues eso me llevó a estar listo para competencias mayores. Pasé todo ese año preparándome para mi debut como junior en el GPF.

Había días en los que Aleksi tenía pesadillas y corría a mi habitación, tocaba mi puerta y se quedaba ahí parado hasta que yo despertaba con su suave vocecita.

—Viktor. Vitya. Vitenka —me llamaba de todas las manera posibles para que despertara, lo escuché entre sueños y abrí un poco mis ojos—. Frentón —terminó diciéndome y fue más que suficiente para que me levantara con los brazos de mi cama.

—No le robes sus diálogos a Irina —mi voz salió más ronca y pastosa de lo que predije.

Vi su sonrisa y enseguida entró al cuarto. Ya no era necesario que me dijera lo que había soñado, tampoco que me pidiera permiso para meterse bajo mis sábanas y acurrucarse a mi lado. Se había vuelto una costumbre muy arraigada.

Sentí su tibio y pequeño cuerpo buscando el mío para tomar calor, era en esos momentos en los que me hubiera gustado decirle que ser un calentador descompuesto tenía sus ventajas, pues él se burlaba de mí, diciendo que parecía un calentador encendido porque siempre estaba muy caliente.

Tenía ya ocho años, pero eso no le impedía buscar mi cariño y dejarse querer. Eso sí, se había vuelto reservado a un grado increíble. Seguramente ninguno de sus compañeros de escuela se imaginaría que Aleksi Dimitri Nikiforov dormía abrazado a su hermano mayor. Ellos no entenderían.

Acaricié su cabeza y le dije:

—Mi frente no es tan amplia.

—Sí, claro —respondió sin abrir los ojos y haciendo una mueca chistosa cuando sintió que mis cabellos le hacían cosquillas en su rostro. No tardó en jalarme el pelo y quitarlo de su cara—. Córtate el pelo —refunfuñó antes de dormirse al fin.

Claro que no me cortaría el pelo. Quizás sonaba ridículo, pero me lo estaba dejando crecer para parecerme más a mamá, además, ya me llegaba a los hombros, no lo iba a cortar después de tan gran avance.

Suspiré pesadamente y traté de dormir aunque fuera un poco. Había sido un año difícil, pero no tanto como lo iba a ser el siguiente.

A fin de año, las cosas en mi vida dieron un giro impresionante. Papá tomó la decisión de mandar a Aleksi a un internado en Moscú. Su justificación fue que él era pequeño y aún estaba a tiempo de que le dieran educación de calidad, pues, como ya no estaba mi madre, alguien debía hacerse cargo de eso, ya que él siempre estaba ocupado en el trabajo.

Mi hermanito se opuso fervientemente y con lágrimas en los ojos le pidió a mi padre que no lo hiciera, pero él no cambió de parecer. Entonces le propuse que me mandara a mí también, pero ni siquiera me miró, fue como si le hubiera hablado a la pared.

Algo que mi mente de casi adolescente no entendía en ese momento, era el hecho de que papá era un hombre muy ocupado y con dos hijos que necesitaban atención. No podía trabajar y encargarse de nosotros al mismo tiempo sin estar preocupado por nuestro bienestar. También estaba el hecho de que la tía Yulia había dado a luz a principios de año y su pareja se había esfumado, por lo cual estaba totalmente centrada en Yuri, su bebé. El cual, por cierto, era toda una ternura. Me encantaba ayudarle a cuidar de él, aunque nunca fui fan de cambiarle los pañales, menos por el hecho de que era muy travieso y me orinaba encima cuando le cambiaba el pañal, odiaba eso, pero era encantador.

Mi tía también estuvo en desacuerdo con la decisión de mi padre, pero él mandaba a fin de cuentas, y se hizo su voluntad.

Aleksi se fue rumbo a Moscú, con lágrimas en los ojos al tener que separarse de mí.

—Estarás bien —le dije en el aeropuerto, su vuelo estaba a punto de salir y estábamos todos ahí, menos mi padre.

—Tengo miedo.

—Es normal, yo también estaría asustado.

—¡¿En serio?! —se asombró muchísimo.

—Pero claro que sí —sonreí—. Aunque no tienes por qué sentir miedo, eres muy listo y valiente, te va a ir muy bien y estarás en una de las mejores escuelas, además, podrás practicar piano allá, y jugar hockey.

—Pero no estarás tú —suspiró y pateó algo invisible en el suelo.

Mi corazón se contrajo con tristeza.

—No, pero estaremos en comunicación ¿Si? Anda, vete ya, que el avión va a salir.

Nos miramos mutuamente unos segundos antes de acortar la distancia entre nosotros y abrazarnos con mucha fuerza.

—Y si tienes pesadillas, llámame, no importa la hora ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

No volví a verlo en años.

Pasaron los meses y me enfoqué solamente en el patinaje y en mis estudios, en nada más. Irina y yo éramos entrenados por Yakov y de vez en cuando éste nos mandaba a clases de ballet con su esposa, pues siempre se quejaba diciendo que nos faltaba elasticidad y más gracia al patinar. Lilia era titánica, incluso peor que Yakov, ella sí que nos hacía sudar, pero obteníamos buenos resultados de ello.

Yo hacía lo posible por no estar en casa, no quería ni siquiera toparme a mi padre, desde que mandó a Aleksi al internado, podía sentir cómo me enfurecía con sólo verlo. Estuve guardando mi ira día tras día, hasta que de pronto un día estallé.

Quizás fue la combinación de haber tenido un pésimo día y además recibir una llamada de Aleksi, diciéndome lo mucho que odiaba estar allá, que me extrañaba y que quería regresar a casa. Eso fue la gota que derramó el vaso, me sentía enfurecido con mi padre por ser tan insensible.

Luego de tomar un baño, me dirigí a la planta baja para buscar algo qué cenar, pero cuando llegué al inicio de las escaleras pude ver que papá las subía tranquilamente, no se había percatado de mi presencia debido a que no despegaba su mirada del piso. Fue sorpresa para él llegar al término de la escalera y verme ahí parado, observándolo y odiándolo por verse tan tranquilo mientras mi hermanito sufría en otra ciudad.

—Pensé que estarías dormido —dijo con sorpresa, mirándome por primera vez en meses.

—Llegaste temprano —fue lo único que dije, con mi tono más frío e indiferente.

Pude notar la mueca de desprecio que hacía cuando me miraba. Y me cabreaba, me enojaba mucho. Si yo era idéntico al amor de su vida ¿Por qué me miraba así? ¿No debería ser lo contrario?

—¿Por qué me odias tanto? —mascullé cada palabra, apretando puños y dientes.

Vi sus ojos abrirse un poco más de lo normal.

No me dijo nada, se dio media vuelta y estuvo dispuesto a irse a su habitación, ignorándome por enésima vez. Pero yo no lo iba a permitir, ya estaba harto e hice algo de lo que nunca imaginé que sería capaz: caminé un par de pasos y lo empuje con todas mis fuerzas, enojado porque me diera la espalda. Claro estaba, que no lo moví ni cinco centímetros, pero sí se giró lentamente hacia mí, helándome con su mirada, nunca me había visto así.

Sinceramente no sé de dónde saqué ese valor, y de verdad me hubiera gustado saber de dónde, pues de pronto se esfumó y me sentí muy intimidado. Pero ese coraje regresó al recordar la vocecita de mi hermano, triste por estar tan lejos de casa.

—No me ignores, soy un ser humano, por lo menos tómate la molestia de responderme.

—¿Qué quieres que te responda? —preguntó, desganado.

—¿Por qué me odias?

—No te odio.

—¿Por qué mandaste a Aleksi lejos?

—Necesitaba buena educación. Está en la mejor escuela.

—A él no le gusta.

—No sabe lo que quiere, es sólo un niño.

—¿Y tú? ¿Sabes lo que él quiere?

—Ya es suficiente, no seas impertinente.

—¡Eres un mal padre! —exploté—. Sólo buscas la manera de hacernos más infelices porque quieres que suframos como tú. ¿Por qué me alejas de mi hermano? Él sí me quiere, tú no.

—Viktor, no entiendes nada.

—¡Sí que entiendo! —no, no entendía nada, sólo quería sacar mi furia—. Tú me odias por parecerme a mamá, porque por mi culpa salimos a la calle ese día del accidente. ¡En realidad tú nunca me has querido! Eres un mal padre.

—Ya es suficiente.

Había logrado hacerlo enojar, bastante.

—Vete a tu cuarto —me ordenó, pero me reusé, tenía ganas de pelar y sacar un poco más de ese odio/frustración, los cuales aumentaron al ver que de nuevo se daba media vuelta.

—¡Te odio! —le dije a todo pulmón—. Hubiera sido mejor que tú murieras y no mamá —me volví a lanzar sobre él, en un intento de empujarlo por la espalda, pero no salió como esperaba.

—Basta —se giró y se encontró conmigo a punto de empujarlo. Ahí fue cuando con ambas manos me alejó de él, usando no mucha fuerza, pero sí la necesaria para que me fuera de espaldas hacia las escaleras, por donde me caí dolorosamente.

Aún podía recordar cómo se sintió el primer golpe contra el ángulo de uno de los escalones. Había sido directo en mi espalda baja. Pude sentir el piso de mármol incrustándose en mi piel, sólo para seguir cayendo en picada, recibiendo golpe tras golpe en el mismo lugar.

El aire había escapado de mis pulmones y sentía que no podía hacerlo regresar. Mis ojos estaban grandemente abiertos, viendo el techo de mi casa. Yo sólo rogaba que la tortura terminara, pues me pareció una eternidad el tiempo que tardé en caer finalmente al término de las escaleras, donde me golpeé la cabeza con el piso y quedé inconsciente.

Cuando abrí los ojos, de lo primero que fui consciente era del dolor, dolía, dolía jodidamente mucho. Era tan intenso que comencé a gritar. Nunca había experimentado tal dolor físico. Recordaba que unas personas vestidas de blanco se acercaron para detenerme las extremidades antes de que otro de ellos me inyectara algo en el brazo. Luego de eso, todo fue oscuridad.

Volví a despertar y en esa ocasión el dolor no fue tan intenso, era pulsátil, pero nada más. Me sentía embotado, los sonidos a mi alrededor iban y venían, mis párpados pesaban demasiado y era incapaz de mover un solo dedo, me sentía exhausto.

Poco a poco fui recuperando la consciencia, los ruidos fueron más nítidos. Reconocí el repiqueteo del monitor de signos vitales, junto con el olor característico de los hospitales. Vaya que lo conocía bien.

Sentí el tacto cálido de una mano grande envolviendo la mía, pero ese contacto se acabó y yo quise despertar sólo para pedirle que continuara sosteniéndome, que no me abandonara, necesitaba ese calor. Pero no pude hacer nada, pues caí en lo más profundo de la inconsciencia.

Cuando volví a ser consciente de mí y de lo que me rodeaba, me sentía mejor, pude identificar las cosas a mi alrededor con mayor rapidez y abrí los ojos sin tanta dificultad, pero hubiera preferido no hacerlo, pues lo primero que observé fueron un par de ojos azules que me inspiraron demasiado miedo, no, pánico. Mis ojos se abrieron a más no poder y mi cuerpo entero comenzó a temblar.

—No me hagas daño —fue a penas un susurro que se perdió fácil como un eco en los rincones, pero fue lo primero que mi mente maquinó, y lo solté así, sin pensar.

Su mirada se mantuvo estoica, como lo había visto desde que mamá murió. Se dio media vuelta y me ignoró como ya tenía por costumbre.

Desde ese día, pasó mucho tiempo para que volviera a ver a mi padre. No recibí ni si quiera un "¿Estás bien?" de su parte, mucho menos una disculpa. Todo eso me llevó a odiarlo más, a no querer verlo nunca jamás.

Cuando vieron que ya me encontraba totalmente consciente, llamaron a Yakov y a mi doctor, éste me visitó, presentándose conmigo. Stèphane Lambiel era su nombre, fue muy amable y bueno en todo momento. Dijo que ya le había explicado a mi padre lo ocurrido y prosiguió explicándomelo ahora a mí.

Me dijo que sufrí varias lesiones, pero la más grave fue en mi espalda baja, justo en las vértebras lumbares. Tuvieron que hacerme una cirugía complicada y extensa, de la cual tardaría mucho en recuperarme. Al parecer ya había pasado una semana desde el incidente y yo no podía estar más sorprendido y triste al escuchar todo lo que tendría que hacer para recuperarme al cien por ciento.

—Pero… voy a poder patinar de nuevo ¿Cierto? —inquirí con temor.

El doctor miró a mi entrenador con no muy buena expresión. Algo sabían que yo no.

—Verás, Viktor —carraspeó Yakov. Nunca lo había visto tan incómodo—. Lo más recomendable es que te concentres en recuperarte, ya luego veremos eso ¿De acuerdo?

No estuve de acuerdo con esa respuesta, así que miré a mi doctor.

—¿Podré patinar o no?

Me miró unos segundos con tristeza, antes de responder.

—No es muy probable ni recomendable.

Desde ahí mi vida no fue igual. El odio hacia mi padre aumentó hasta niveles inimaginables. Me había quitado todo, me alejó de mi hermano, me dejó incapacitado para hacer lo que más me gustaba. Tal parecía que me quería ver infeliz.

Caí en una densa depresión. Les pedí a Yakov y a Lilia que me aceptaran en su casa, pues no quería volver a toparme con mi padre, jamás. Ellos aceptaron de inmediato y me sorprendieron bastante al comportarse conmigo tan paternales. Es decir, ellos siempre me habían demostrado amor a su manera tan peculiar, pero en esos momentos de dificultad me lo demostraron aún más, y de muchas maneras distintas. Siempre les iba a estar agradecido por ello, por cuidarme en momentos tan críticos.

Mi recuperación fue en casa de ellos, Lilia me cuidaba casi con la misma calidez que mi madre. La tía Yulia iba muy seguido a verme, llevaba a Yuri y así ambos intentaban animarme.

Irina también iba a visitarme, casi a diario de hecho. Estuvo a mi lado durante todo el tiempo posible y con su ayuda logré que Aleksi no se enterara de lo que me había ocurrido, pues ella se había encargado de responder los mensajes que él mandaba a mi celular, simulando ser yo para que mi hermanito no se preocupara innecesariamente.

Había ocasiones en las que me mencionaban a mi padre y la posibilidad de que yo lo perdonase, ante eso mi respuesta siempre fue un rotundo no. Lo odiaba, y no lo iba a admitir frente a los demás, pero la verdad era que también le tenía un profundo miedo. Su expresión antes de tumbarme por las escaleras me perseguía en pesadillas, había quedado tatuada en mi mente para siempre.

Mi depresión no disminuyó con el tiempo, al contrario, fue aumentando conforme pasaban los diasy y perdía la condición que había ganado para patinar en el GPF. Veía mis sueños y esperanzas morir con cada día postrado en esa cama.

El tiempo de levantarme y comenzar de nuevo llegó, pero para ese entonces yo ya no tenía ganas de nada. Todos hablaban conmigo y me decían que el patinaje no lo era todo, me animaban a intentar otras cosas como terminar la secundaria y preparatoria para estudiar leyes, ¡Ja! Sí cómo no. También me decían que me consiguiera un hobbie como cocinar o tocar un instrumento, pero no, yo no quería nada, estaba enojado con el mundo.

Fue así hasta que Irina tuvo una charla conmigo y me hizo reaccionar. Fue nada delicada al lanzarme tantas verdades. Y tenía razón al decirme que debía levantarme y continuar, no debía darme por vencido.

—Quién sabe, quizás si vuelvas a patinar. Después de todo, tú doctor dijo que no era muy probable, pero no que fuera imposible ¿No quieres sorprenderlos al demostrarles que sí puedes? —había dicho. Dando justo en el clavo y tentándome a aceptar ese reto. Ella me conocía, si me ponían un reto, tenía que cumplirlo. Y ella acababa de hacerlo.

Luego de esa charla me decidí a comenzar con la rehabilitación. Tardé mucho en recuperarme, el dolor era muy fuerte, tanto físico como emocional. Pero nada me iba a detener, a partir de ahí me enfoque en mejorar, mejorar y mejorar.

Para cuando cumplí catorce años, ya me encontraba totalmente recuperado. La espera fue larga y el esfuerzo extenuante. Y en ese tiempo –más de un año- no vi a mi padre ni una sola vez.

Estando ya recuperado, le demostré a Yakov que sí podía patinar, y sin ningún problema. Se sorprendió tanto al verme hacerlo igual de bien que siempre, que me llevó al hospital con el doctor Lambiel y le pidió que me hiciera un chequeo general. Ahí el médico explicó que el resultado obtenido había sido nada más y nada menos que por mi esfuerzo y dedicación. Así desde ese día tuve el permiso de mi entrenador para volver a las andadas.

Poco después, Yakov y Lilia hablaron conmigo. Me hicieron ver lo mucho que me querían, pero también me dijeron que era importante que volviera a mí casa, mi hogar. Al principio me entristecí al creer que no me querían más ahí, pero me explicaron que lo hacían por mi bien, pues mi lugar era con mi padre.

Terminé aceptando y así volví a casa. No sé por qué acepté, pero al hacerlo pude por fin enfrentar ese temor tan grande que le tenía a Dimitri Nikiforov.

Cuando nos vimos a los ojos después de tanto tiempo, noté un atisbo de remordimiento en su expresión y yo sólo pude dirigirle mi más grande indiferencia.

—Viviré aquí, no por gusto, pero también es mi casa y tengo derecho de habitarla.

—Tú lo has dicho: también es tu casa. Quédate aquí —su semblante era serio, pero se veía levemente nervioso—. Estos últimos meses he tenido mucho trabajo, casi no estoy en casa, pero si necesitas algo puedes pedírselo a la servidumbre.

—No es novedad —resoplé—. Aunque he de admitir que es lo mejor, no quiero verte tan seguido —rodé los ojos y me fui a mi antigua habitación.

Nuestro distanciamiento era el mismo a pesar de vivir bajo el mismo techo. Su indiferencia y mis hormonas de adolescente me orillaron a ser más idiota de lo usual, comportándome de manera rebelde –honestamente- sólo para llamar su atención.

Tomé la costumbre de llegar muy tarde a casa, y no necesariamente porque estuviera haciendo algo malo, sino que me salía a caminar con Makkachin en la tarde y me iba tan lejos que me costaba muchas horas regresar a casa, a pie. Eso me ayudaba a distraerme un poco y canalizar así mi frustración. Caminar con mi querida mascota por las calles nevadas de san Petersburgo era mi terapia favorita.

En uno de esos escapes, donde mi mente volaba a otros sitios, me llegó un pensamiento que pronto se convirtió en objetivo: Ser el mejor patinador del país, ganar dinero y vivir lejos de mi padre. Si bien había obtenido una enorme herencia por parte de mi madre, no podía tocar ese dinero hasta que fuera mayor de edad, así que quería apurarme y tener mi propio ingreso para ser independiente.

Luego de mis paseos solía llegar a casa, a veces con el temor de que mi padre estuviera esperándome en la sala, listo con un regaño por andar afuera en horarios tan peligrosos, pero eso nunca ocurrió. Él ni siquiera se llegó a enterar de lo que hacía. Estaba tan enfrascado en su trabajo que ni cuenta se daba.

Sin darme cuenta, eso sólo iba haciendo que me sintiera más solo y vacío que nunca.

Y no estaba solo, mi tía Yulia, el pequeño Yuri, Lilia, Yakov, Aleksi e Irina eran mi familia, incluso Makkachin, pero esa soledad que me embargaba en las noches nadie me la quitaba. Y pensándolo bien, si no hubiese sido por Irina, no habría tenido el valor para ser quien era en la actualidad. Ella supo empujarme y motivarme de manera estratégica para que decidiera por mí mismo volver a patinar y recuperarme, para que venciera mis miedos y superara mis limitaciones.

En ese año ella se convirtió en algo más que mi amiga: mi hermana. Pues si no fuera por sus retos impuestos sobre mí, jamás le hubiera podido demostrar al médico que logré desafiar su lógica, comprobando que mi fuerza de voluntad era aún mayor que esas estadísticas y números sobre casos perdidos.

También fue en ese año cuando me volví de pronto muy famoso en la ciudad, pues participé en todas las competencias habidas y por haber. Y en cada una de ellas gané el primer lugar. Logré ser reconocido en muy poco tiempo, la fama me llegó de golpe y con ella llegaron muchas chicas.

No pasó mucho tiempo para que comenzara a salir con una chica de mi escuela, varios años mayor que yo, ella estaba por entrar a la universidad y yo apenas estaba cursando el segundo año de secundaria.

No la amaba y mucho menos la quería para novia, pues había suficiente diferencia de edad como para que pudiera funcionar, pero debía admitir que me atraía tremendamente, pues era hermosa, una bailarina de ballet preciosa.

En una de nuestras citas clandestinas me atreví a besarla. Di mi primer beso a una chica con la cual no tenía futuro. Una chica que estaba conmigo sólo porque era medianamente famoso. Y no me importaba, yo sólo quería saciar mi curiosidad.

—¿Y qué sentiste?

Se encogió de hombros e hizo una mueca extraña con los labios. Irina se veía ansiosa por saber los detalles, pero no había mucho para contar.

—Pensé que se iba a sentir diferente. Creí que un beso era algo más especial, que quizás sentiría una chispa de corriente recorriendo mi cuerpo, pero no. No hubo magia, no hubo "fuegos artificiales", ni mariposas en mi estómago —me encogí de hombros nuevamente—. Pero sí fue algo… digamos que "lujurioso" —solté una risilla al mismo tiempo en que Irina me daba un coscorrón.

—No pensé que fueras de ésos —refunfuñó.

—No soy de "Esos" —reí—. Lo que pasa es que estás celosa porque no has dado tu primer beso.

—¡Claro que no! No estoy celosa.

—Pero quisieras dar tu primer beso ya ¿No? Te veo angustiada por ello, y me lo habías comentado.

—Sí, pero… no, bueno —se calló cuando sintió mis labios presionándose contra los suyos en una caricia casi tierna y sutil. Me separé de ella más rápido de lo esperado.

Sí. Yo, su mejor amigo, la había besado.

—¡¿Pero qué demonios te ocurre, maldito frentón?! —exclamó, muy exaltada y sonrojada. Se había llevado ambas manos a la boca.

—Te di un beso. No es la gran cosa, no significo mucho.

—¡Pero para mí sí! ¡Tonto! —me golpeó repetidas veces en todas las partes de mi cuerpo que tenía al alcance—. Lo estaba guardando para alguien que me amara.

—Yo te amo, amiga. Te amo mucho, zanahoria —me burlé.

—Deja-de-burlarte —con cada palabra dicha me iba asestando un buen golpe—. Que para ti no signifique nada, no quiere decir que sea lo mismo para los demás. Idiota —se puso de pie y se fue.

En ese momento deseé con todas mis fuerzas que mi madre estuviera ahí para explicarme el extraño comportamiento de las mujeres, pues pensé que había hecho bien al quitarle ese peso de encima a mi amiga. Fue como un: "Ahí tienes tu primer beso, ya no te angusties" pero ella se lo tomó muy mal.

Pasaron sólo unos días para que volviera a verla, pero ahora con la noticia de que no era más virgen.

—Espera, ¿Qué dijiste? —casi se le cayó la mandíbula hasta el piso.

—Lo que oíste.

—¡Tienes 14 años!

—Casi 15.

—Aun así, eres un precoz, y esa tipa es una asaltacunas. ¿Sabes que la pueden meter a la cárcel por abuso de menores?

Solté una carcajada inmensa.

—No pueden, apenas va a cumplir los dieciocho —no hubiera dicho eso, pues sólo me gané un golpe nada pequeño—. Cálmate, Irina.

—No me vengas con que "No es la gran cosa", lo que hiciste tiene gran impacto e importancia en tu vida.

—Gané una experiencia. Fue divertido hacerlo —dije con tanta simpleza que se abochornó.

Irina ya no hizo comentarios al respecto, supongo que fue porque era totalmente inexperta en el tema, así que mejor se calló.

—Ya hablando en serio… —suspiré y enseguida fui interrumpido.

—No fue lo que esperabas —me completó.

—No lo fue —ya ni siquiera me sorprendía el hecho de que ambos nos completáramos las oraciones.

—¿Qué sentiste? —tenía mucha curiosidad.

—Nada —no mentía. A pesar de haber dado ese gran paso en mi vida, no me sentía diferente.

—No lo hiciste con amor…

—Por supuesto que no —reí secamente.

—¿¡Entonces por qué lo hiciste?!

—Tenía curiosidad —me llevé un dedo a los labios, sonriendo sugerentemente—. Y ya la he saciado.

—Tonto —en su expresión pude ver las ganas que tenía de regañarme y las ganas inmensas que tenía de preguntarme más—. Pero dime… ¿Cómo supiste qué hacer? —su curiosidad le ganó.

Le guiñé un ojo y sonreí con galantería.

Irina se carcajeó.

—De seguro ella tuvo que explicarte cada paso y dónde meter cada cosa —siguió riendo.

No me pareció gracioso y le reclamé por la poca fe que me tenía, pero terminé contagiándome con su risa.

—Bueno, la verdad estaba un poco nervioso. Pero creo que lo hice bien, me pidió que nos viéramos el próximo martes.

—¿Lo van a hacer de nuevo? —se espantó.

—Claro que no. Como te dije: ya sacié mi curiosidad.

El punto era que no había sentido algo más allá de lo carnal. El encuentro había sido tan superficial, y meramente para tener sexo que… fue frío, sin esa magia que la gente dice que se siente al hacer el amor con alguien a quien aprecias al menos.

El tiempo transcurrió muy rápido. Para mis quince años ya era mundialmente conocido en el patinaje. Había ganado ya muchas medallas de oro como Junior y esperaba ansioso entrar a la categoría de senior para arrasar con todos, demostrando que podía ser el mejor.

Después de un par de años, ocurrió otra desgracia en la familia: la tía Yulia falleció por un infarto al corazón, repentino. Yuri tenía apenas cinco años, y desde entonces comenzó a vivir con su abuelo. Me sentí muy triste por él, lo entendía a la perfección. Y así como mi tía estuvo para Aleksi y para mí cuando mamá murió, procuré estar con él cuando sufrió la misma pérdida.

Cuando cumplí dieciocho, logré independizarme por completo. Accedí a la herencia que me dejó mamá y renté un pequeño departamento nada ostentoso en medio de la ciudad. Mi nueva casa era pequeña y frívola, pero esperaba que se volviese cálida con Makkachin y el regreso de Aleksi, a quien tenía planeado pedirle que se mudara conmigo, pero terminé desistiendo cuando me llamó y dijo que no volvería a la ciudad hasta que terminara la secundaria, así que tuve que ir a visitarlo y no pude estar más feliz por ello. Volvimos a pasar tiempo juntos.

En ese viaje le platiqué muchas cosas a Aleksi, entre ellas mis experiencias con las cinco novias que llevaba hasta esa fecha y también sobre mi vida en el patinaje artístico.

Todo iba bien, hasta que se dio cuenta de mi cicatriz en la espalda. Ahí fue inevitable, tuve que contarle lo ocurrido. No quería hacerlo, para evitar que se invadiera con el mismo odio que sentía yo hacia mi padre, pero fue algo que no pude evitar.

Volví a San Petersburgo luego de esas vacaciones en Moscú con mi hermano y me encontré con la desagradable sorpresa de que Irina tenía novio. Un horrible novio de casi dos metros, cabello oscuro, "apuesto" y con auto.

Lo primero que le dije fue que ese tonto era un perfecto idiota, y que ella se merecía algo mejor, pero sólo me respondió que yo era el tonto por estar celoso.

Y sí, estaba celoso, pues no quería que ella se metiera con cualquiera. No discutí más con ella, pues era muy su decisión. Yo sólo le advertí lo que podía pasar y la aconsejé lo mejor posible.

Pero no pasó mucho tiempo para que un día, muy tarde en la madrugada, me llamara por teléfono para decirme que se había acostado con su novio y que todo había sido maravilloso, especial y que sentía que lo amaba. Estaba tan feliz que pude envidiarla un poco.

Al día siguiente apareció en mi puerta, llorando y con el maquillaje corrido, destrozada porque el tipo la había abandonado luego de haberla usado sólo para tener sexo.

No tuvo que decir ni una sola palabra más para que yo saliera a buscar a ese cretino para molerlo a golpes, lo conseguí, mas no me libré de ser golpeado, pero valió la pena. Le enseñé una lección y le prohibí volverse a acercar a mi hermana.

Después de esa ruptura "amorosa" me la pasé cuidando de ella, consolándola y apapachándola. Hubo una noche en la que ambos nos embriagamos en mi departamento, y estando borrachos prometimos casarnos si se daba el caso en el que ambos llegásemos a los cuarenta años sin tener pareja, así no estaríamos solos el resto de nuestras vidas. Pero estábamos ebrios y no sabíamos lo que decíamos. Sin embargo, esa conversación no se borró de nuestras mentes a pesar de todo.

Cumplí diecinueve años y para ese entonces mi amiga ya me había conocido a seis novias oficiales y a varias conquistas que no pasaron de una noche. Ella a veces me molestaba, diciéndome que era un promiscuo y que algún día iba a pescar una infección o algo por el estilo. Y yo sólo me justificaba diciendo que no había encontrado a la indicada aún.

—Si no encuentras al amor de tu vida, es probable que se deba a que no sea una "Ella" sino un "Él".

—Como si eso fuera posible —me carcajeé a lo lindo con su comentario. Sin saber lo que me deparaba el destino en realidad.

No pasó mucho tiempo para que Irina me presentara a otro novio, y tampoco pasó mucho para que yo fuera a buscarlo para partirle la cara al imbécil por hacerle lo mismo que su ex.

Los ánimos decayeron mucho en mi amiga después de esa relación.

Yo simplemente no entendía por qué no encontraba a alguien bueno siendo ella tan linda en muchos aspectos.

Fue entonces que se nos ocurrió una descabellada y muy, muy estúpida idea: casarnos.

Estábamos tomando un café, charlando sobre sus decepciones amorosas y mis conquistas de una noche, cuando de pronto la idea se nos cruzó por la mente y dijimos: "¿Por qué no?".

Teníamos sólo veinte años, éramos jóvenes y estúpidos.

Fuimos al registro civil, pagamos lo que se tuviera que pagar y nos hicimos marido y mujer. Ambos en jeans, playera y tenis, ella sin maquillaje y yo como todos los días.

Esa tarde nos fuimos de "luna de miel", la cual consistió en meternos a mi departamento y tener sexo todo el día. Recuerdo que fue la primera vez al tener sexo en que me tomé el tiempo de querer a la persona, de acariciar y recrear cada parte de su cuerpo con mis manos. No fue sólo sexo de entrada por salida, no, fue un poco más especial. Sin embargo, no llegué a sentir aquello "tan especial" que todo el mundo decía. Fue mejor que mis experiencias anteriores, sí, pero algo faltaba.

De todas maneras nos disfrutamos mutuamente rindiéndonos a nuestros deseos más bajos con la confianza respaldada por años y años de amistad. Si bien nunca llegamos a amarnos, al menos la pasábamos bien. Aunque ese fue uno de los factores determinantes para que nuestro matrimonio se fuera al caño.

Cuando les dijimos a los demás que nos casamos, fue épico.

Todos se enojaron, nos regañaron y nos dieron una sarta de sermones y charlas aburridas a las cuales ninguno de los dos puso atención. Sólo queríamos que nos dejaran vivir nuestra vida.

Entre los dos compramos una linda casita a las afueras de la ciudad, lejos de los medios de comunicación y de la prensa. Y luego de que a todos se les pasara el enojo por lo que hicimos, comenzaron a decirnos que hacíamos una hermosa pareja.

Nos separamos un poco del patinaje y dedicamos nuestro tiempo de lleno a terminar nuestras carreras.

Durante ese año no tuve noticias de mi padre. Según me dijo Yakov, papá se había enterado que me casé, pero no hizo comentarios al respecto. No le di importancia y dediqué ese tiempo a estudiar y disfrutar a mi esposa, teniendo sexo desenfrenado cada vez que nos diera la gana.

Todo iba de maravilla con mi esposa e hijo (Makkachin), hasta que…

—¿Embarazada?

—Sí, no… ¡No sé!

—¿Cómo que no sabes? ¡Tienes que saberlo! —me agité mucho, tuve que sentarme debido a la impresión.

Había llegado a casa luego de la universidad, cargando la cena que compré en el camino. Irina me recibió como siempre, pero en esa ocasión la noté un poco nerviosa. Y cuando le dije que había comprado comida china para cenar, salió corriendo al baño a vomitar.

Se enojó un poco cuando no fui capaz de entrar y apoyarla como toda pareja normal haría, pero fui sincero y le dije que si entraba ahí lo más seguro iba a ser que me vomitaría con ella.

Después comenzó a hablarme con muchos rodeos, diciéndome que tenía una sospecha y dándome fechas de su ciclo menstrual y cosas por el estilo que a mí no me entraban en la cabeza, esas cosas femeninas eran un mundo desconocido para mí, lo único que entendí fue que estaba embarazada.

—Tengo un retraso, muchas náuseas y mareos.

Seguramente estaba más pálido que la nieve. No me agradaba la idea ¡No quería!

—Viktor, di algo. Me estás poniendo nerviosa.

—¿Nerviosa tú? —le enseñé mis manos temblorosas—. ¡Esto no puede pasarnos a nosotros!

—¿No quieres hijos?

—¡No! —me arrepentí de decirlo tan agresivamente, su expresión decepcionada me remordió la conciencia—. Tenemos solo veinte años, Irina, seríamos unos padres pésimos. No quiero traer un hijo a este mundo tan horrible, no para que sufra. Además, yo no sería buen padre, no con el ejemplo que tuve en casa.

Vi su expresión enojada y estaba seguro de que me gritaría en ese instante, pero se abstuvo de hacerlo al ver que había comenzado a hiperventilar. Sentía que se me iba el aliento y mi pecho dolía. Nunca me había pasado, era horrible.

No supe en qué momento llegó Irina con una bolsa de papel en mano.

—Toma, respira en ella —se sentó a mi lado y frotó mi espalda mientras yo hacía lo que me dijo.

Muy pronto sentí mejoría y logré tranquilizarme. Seguramente Irina pensó que era un exagerado.

—Tú no eres como él —tomó mis manos entre las suyas, calmando mi temblor—. A pesar de todo estoy segura de que serías un buen padre.

La miré con espanto. ¡Claro que no lo sería!

—Eres un hombre bueno, y siempre cuidaste de tu hermanito. También sabes cambiar pañales —rio.

—No, Irina. Yo no quiero hijos. No los quiero, así de simple —le corté el entusiasmo tajantemente.

Me soltó las manos al instante y me miró, dolida.

Ese mismo día hizo cita con su ginecólogo y ambos fuimos a verlo al día siguiente. El médico descartó la posibilidad de un embarazo al hacerle estudios. Todo fue una falsa alarma. Lo que tenía era gastroenteritis.

Yo me sentí aliviado y no me molesté en demostrarlo. En cambio, ella se deprimió mucho.

Fue a partir de ese momento en que nuestra relación comenzó a morir lentamente.

Nos fuimos distanciando poco a poco. Seguíamos teniendo sexo, pero eso sólo lograba enojarnos más el uno con el otro. Pues desde esa falsa alarma de embarazo comencé a ser más precavido, utilizando condón en cada encuentro. No me iba a arriesgar.

Reconocía que en ese entonces yo era inmaduro, nada cursi ni romántico. Llegó el día en que Irina me reclamó aquello. Yo me enojé con ella porque de pronto sentí que comenzaba a exigirme mucho, esperando cosas de mí que jamás iba a obtener.

Pequeñas discusiones se hacían cada vez frecuentes en nuestro día a día. Y en una de esas discusiones ella terminó diciéndome que nuestro matrimonio fue un error y estuve de acuerdo con ella.

—Te amo, Viktor, no me mal entiendas, eres mi mejor amigo.

—Pero me amas como amigo —no lo decía con reproche.

—Así es.

—Yo también te amo mucho, pero como amiga. No estamos hechos para ser un matrimonio.

—Definitivamente. Queremos cosas muy diferentes en la vida.

—Y al estar casados te estoy quitando la oportunidad de formar una familia.

—Quizás deberíamos divorciarnos.

Me quedé callado, pensándolo.

—Estoy de acuerdo.

Y así como nos casamos sin decirle a nadie, nos divorciamos días después, tomando café en uno de los pocos días medianamente soleados de otoño. Los dos firmamos ahí mismo los papeles que nuestros abogados nos habían dado. Nos quedamos bebiendo café en un silencio cómodo y más tarde le mandamos los papeles firmados a los abogados. Quedando así oficialmente divorciados.

Ese mismo día llegamos a casa, nos miramos y dijimos: "Una última vez" sólo para ir directo a la habitación y tener sexo ahí.

Poco después vendimos nuestra casa y cada quien se fue por su lado. Nos distanciamos y no volvimos a vernos sino hasta que descubrimos que éramos vecinos en el mismo edificio de departamentos.

Y sin quererlo realmente, nuestra amistad se deterioró poco a poco.

Volvimos a nuestras carreras en el hielo y nos concentramos por completo en ellas. Nuestros seres más cercanos se sorprendieron demasiado cuando se enteraron de nuestro divorcio, pero se abstuvieron de hacer preguntas.

Gané medalla tras medalla de oro en cada competencia. Muy pronto estuve cerca de alcanzar el mismo número de medallas que mi madre, y me sentí orgulloso a pesar de que había descuidado mucho mi vida personal para poder llegar a eso.

Ya no salía con chicas y tampoco tenía sexo con cualquiera. Tampoco intenté buscar una relación amorosa con alguien. En esos momentos lo único que me importaba era mi carrera.

Terminé mis estudios y me dediqué por completo al patinaje. Muy pronto conocí al que tiempo después se convertiría en mi mejor amigo y un gran apoyo en mi vida: Christophe Giacometti.

Luego me enteré de que Yuri se había interesado en el patinaje artístico de forma seria. Él patinaba desde que tengo memoria, su madre le había enseñado, pero no creí que fuera a interesarse tanto. Nos demostró a todos que había heredado el talento de su madre, pues a su corta edad de diez años ya podía hacer cuádruples.

Yakov comenzó a entrenarlo, regañándolo cada vez que lo desobedecía (Era más desobediente de lo que yo fui) y así nos tocó entrenar juntos. Era muy divertido hacerlo enojar, pues era muy fácil conseguirlo.

Desde que los dos éramos entrenados por Yakov, conseguimos pasar mucho tiempo juntos, tanto que, adopté con más fuerza mi papel de "hermano mayor" y Yakov era algo así como nuestro padre, y Lilia como una madre, sólo para mí, pues a Yuri no le tocó entrenar con ella debido a que se había divorciado de Yakov poco antes, yéndose a viajar por el mundo.

En cuanto a Irina y a mí…

Los dos teníamos encuentros sexuales en esporádicas ocasiones. A veces yo llegaba de una larga temporada de competencias y pasaba un tiempo en mi departamento, solo. A veces era necesario liberar un poco de tensión, así que la buscaba y si estaba libre nos echábamos un polvo rápido, casi no hablábamos, no más de lo necesario como "Hola ¿Todo bien en tu vida?" "Todo bien" y a la cama.

Fue hasta que cumplimos veinticinco cuando decidimos no hacerlo de nuevo. No era sano y realmente ninguno de los dos estaba a gusto con eso. Extrañábamos nuestra hermosa relación de amistad verdadera, esa que arruinamos con nuestras malas decisiones.

Y luego llegué a la edad de veintisiete años. Para ese entonces me sentía vacío, sin un propósito más allá que el de impresionar a mis fans y hacerlos felices, pero eso poco a poco me fue hundiendo en un ciclo vicioso del cual era muy difícil salir. Mi vida era entrenar, coreografiar, elegir música, pensar en qué cosas podrían impresionar a mis fans, etc. Incluso me corté el cabello, esperando con eso causar una gran sorpresa, y vaya que lo hice. Aunque bueno, lo corté también por el hecho de que era muy incómodo traerlo tan largo e incluso una vez se me pegó una goma de mascar en las puntas, Dios, fue horrible.

Creé el programa de "Stay Close To Me" estando ya un poco cansado. Con él gané mi quinta medalla de oro y justo después de eso me puse a coreografiar otros dos programas: "In regards to love: Ágape y Eros" pero para ese entonces ya me encontraba muy cansado, fastidiado de la rutina, de obtener siempre lo mismo. Mi vida estaba llena de monotonía y ambigüedad. O al menos fue así, hasta que lo conocí:

Yuuri Katsuki, 23 años. Se me arrimó en la noche del banquete, pidiéndome que fuera su entrenador. Nunca antes se me había sentido aquella atracción por un hombre. Y es que era hermoso, adorable y erótico al mismo tiempo. Logré reconocerlo porque fue el patinador que quedó en último lugar, pero jamás imaginé que fuera tan desinhibido.

Me había abrazado y mirado con sus preciosos ojos castaños, mostrándome una sonrisa ebria tan adorable y un sonrojo en toda su carita.

Me conquistó.

En ese momento no tenía idea de que ese hombre japonés se convertiría en el verdadero amor de mi vida, en la persona que me quitaría el sueño y me provocaría suspiros tontos a cada rato. Mucho menos creí que al fin lograría sentir esas mariposas, no, cuervos peleándose en mi estómago con el simple hecho de mirarlo, de tocar sus labios con los míos.

Yuuri Katsuki se convirtió en algo mío, y no precisamente porque fuera de mi "posesión", no, él había sido esa parte de mí que había estado perdida por años: Mi amor y mi vida.

Después de todo, Irina tenía razón:

Yo no estaba destinado para una "Ella", sino para un "Él".

Continuará…