22
Kriek
Tuve la ocasión de descubrir muchas cosas en Los Ángeles durante mi estancia en la ciudad. Lugares, comidas, monumentos, modos de vida, etc.… Cosas que evidentemente no me podrían llegar a sorprender como lo haría un coliseo romano en Italia, o algún ejemplar manuscrito de las hermanas Brontë en una vieja biblioteca. Soy consciente que para sorprenderme se necesita algo realmente especial, pero jamás pensé que algo tan simple y banal como una cerveza pudiese lograr algo tan complicado en mí. Santana lo logró al presentarme a Kriek. No, no es el nombre de algún chico polaco o ruso. Tampoco era el nombre de algún monumento sagrado de miles de años de antigüedad, ni parte de algún satélite espacial. Kriek era el nombre de algo que desde esa noche me acompañaría en mis noches de diversión, siempre y cuando lograse encontrarla. Sí, hablo en femenino de Kriek. Kriek es belga, y tiene un intenso sabor a cerezas que me volvió loca, y me hizo beber más de la cuenta.
Una exótica cerveza belga hecha a base de cereza fermentada.
Juro que cuando Santana me lo dijo creí que estaba bromeando, pero no. No lo estaba. Y para más inri, tenía razón al decirme que era lo más especial que había bebido en toda su vida. Yo también podría jurar lo mismo. Tanto me gustó que, en vez de una, cayeron varias mientras cenábamos en uno de los bares que había descubierto en anteriores visitas a la ciudad. Cuando digo varias es porque no puedo contar exactamente cuántas fueron, pero lo que sí puedo describir es mi estado tras acabar la cena y decidir qué había llegado el momento de divertirme. Nos fuimos a bailar. Me olvidé de todo, dejé de pensar y de darle vueltas a todo lo que había pasado por mi mente en las últimas horas, y decidí divertirme como nunca antes lo había hecho gracias al efecto de aquellas cervezas. Descubriendo que era eso lo que necesitaba para acabar con mis bruscos cambios de actitud, y ese cansancio incomprensible que se había apoderado de mí. Necesitaba reírme, divertirme y disfrutar de mis últimos días en la ciudad de los sueños. Detalle del que por aquel entonces no era aún consciente, pero que empezaba a rondar por mi mente.
Santana estuvo conmigo en todo momento hasta que llegó la hora de regresar, y volvió a su hotel particular en el hogar de Mercedes. Aunque yo ya estaba convencida que la mansión Jones no era más que su excusa, y su verdadera cama estaba en Pasadena, en el improvisado hogar de Brittany.
No quise cuestionarla por ello, ya que ella cumplió su promesa de no mencionar absolutamente nada de mi beso con Berry. Simplemente hablamos del dinero, del casting, de la serie de Rachel y del estúpido beso de Zac y su repercusión. Obviamente, el adjetivo de estúpido era algo que solo aparecía en mi mente, y no en mis palabras. Después de eso llegaron las cervezas y con ellas, conversaciones más desinhibidas y livianas. De esas que solo sirven para entretener la mente, y hacen que te olvides de lo que realmente era importante.
No estaba borracha, solo un poco animada. Y lo pude corroborar al acceder perfectamente en el ascensor y colar a la primera la llave en la puerta del apartamento de Rachel. Sin embargo, si hubo algo que se me escapó durante toda la noche; La noción del tiempo.
Cuando abrí la puerta y vi como todo estaba en absoluto silencio y a oscuras, supe que era demasiado tarde, por lo que debía evitar provocar ruido alguno que molestase a Rachel mientras dormía. Así que no lo pensé. Dejé con sumo cuidado las llaves, el bolso y los zapatos para no mover siquiera el aire con mis pasos. Y tras entrar en el baño, fui directa hacia mi habitación. Ni siquiera me atreví a encender la luz por miedo a que el simple click del interruptor fuese demasiado ruidoso. Aunque lo cierto es que creí que no la iba a necesitar. Decidí guiarme por la leve luz que entraba a través de la ventana, suficiente para moverme por la habitación, y comencé a desvestirme hasta que algo llamó mi atención en mi cama; Un carraspeo. Y no, no había sido yo. Escuché una voz grave procedente de mi propia cama y fue entonces cuando distinguí algo voluminoso sobre la misma.
En un estado normal me habría lanzado sobre la luz para ver con claridad qué diablos era aquello, pero por lo visto, mi buena amiga Kriek también tenía propiedades que alentaban la estupidez humana hasta llegar a cotas insospechadas, y anulaban por completo la razón lógica y normal para actuar en una situación como aquella. ¿Conclusión? En vez de averiguar quién o qué era lo que estaba ocupando mi cama, decidí abandonar la habitación con el mismo sigilo con el que había entrado, y el miedo provocándome un temblor de piernas que a punto estuvo de hacerme caer por culpa de un traspié. Cerré la puerta después de salir, y tras recuperar la respiración me fui directa hacia la habitación de Rachel. Así, sin más. Sin preámbulos ni preliminares, como diría Caroline. Entré, volví a olvidarme de pulsar la luz como una persona normal haría, y me acerqué hasta su cama donde tomé asiento.
—Rachel —susurré acercándome sin saber a ciencia cierta cuan cerca estaba de ella—. Rachel, despierta —insistí provocando su quejido— ¡Rachel! —grité inconscientemente y el salto que dio en la cama, me hizo saltar a mí también para terminar estrellándome de culo contra el suelo.
Juro que hasta ese instante no me di cuenta de que estaba medio desnuda, solo cubierta por la ropa interior. Fue notar el frio del suelo en mi culo, y justo la luz se hizo, mostrándome el rostro aterrorizado de Rachel mientras blandía la almohada como si fuera una espada, o una maza con la que golpearme. Por un momento pensé que lo haría, y a juzgar por la fuerza con la que se aferraba a ella temí porque me llegase a doler de veras. Pero verme tirada en el suelo la hizo reaccionar.
—¿Quinn? ¿Qué, qué mierda haces ahí?
—Me he caído.
—Pero, ¿qué haces en mi cama a esta hora? ¿Qué haces aquí? —cuestionó sin dejar de mirarme horrorizada.
—No, no te lo vas a creer —balbuceé como pude tras lograr levantarme y mostrarme en todo mi esplendor ante la atónita mirada de Rachel—. Hay algo en mi habitación, creo…Creo que es un perro o algo. Tal vez un oso.
—¿Qué?
—Sí, te lo juro. He cerrado la puerta para que no se escape, pero tiene que ser grande. Muy grande. Ocupa toda mi cama y gruñe —expliqué sin ser consciente de cómo me mostraba como una autentica paranoica. Al menos eso es lo que parecía reflejar Rachel en su rostro—. ¿Llamamos a la policía?
—¿Qué? Espera, espera, déjame que entienda lo que está pasando.
—Rachel —volví a dejarme caer sobre la cama, esta vez de rodillas para no dejar de mirarla cara a cara—. ¿No lo entiendes? Hay algo en mi cama, y gruñe.
—En tu cama estarán Kurt y Blaine —me dijo y yo creí entrar en una cuarta dimensión completamente desconocida. Llegué a pensar que la cerveza no solo me había provocado aquel leve mareo que me acusaba, sino que además me había hecho olvidar que Kurt y Blaine vivían allí. Hasta donde mi memoria alcanzaba aquella noche, ellos supuestamente estaban en Nueva York—. ¿No has leído la nota?
—¿La nota? ¿Qué nota?
—Te he dejado una nota en la puerta de tu habitación —continuó tras dejar la almohada en el lugar que le correspondía, no amenazante sobre mi cabeza—. Kurt y Blaine han aparecido por sorpresa y no tenían alojamiento hasta mañana. Les dije que podrían quedarse aquí, y te puse una nota para que te vinieras directamente a mi habitación a dormir.
—¿Qué? —balbuceé aun sin ser consciente de lo que estaba sucediendo.
—Lo que te cuento. Te estuve llamando, pero tu móvil no daba señal o lo tenías apagado, así que decidí dejarte esa nota.
—No la he visto. Ni siquiera he encendido la luz.
—Ok. ¿Y entras en la habitación sin encender la luz tampoco? —me cuestionó incrédula, y yo comencé a comprender el ridículo que estaba haciendo. Sobre todo, al bajar la mirada y descubrir mis piernas desnudas, y mi barriga, y lógicamente todo mi cuerpo excepto el pecho y mis partes íntimas.
—Oh dios…
—Ok, esto es bastante surrealista —dijo ella recuperando la sonrisa. Algo que realmente agradecí tras ver su cara de loca queriendo golpearme con la almohada—. ¿Has visto algo raro en tu cama y no se te ocurre encender la luz?
—Surrealista, sí —me excusé sin saber muy bien cómo actuar.
—¿Estás bien?
—Lo siento, Rachel. Siento haberte despertado de esta manera.
—Quinn —insistió justo cuando yo trataba de abandonar su cama—. ¿Estás bien? ¿Has bebido?
—¿Qué? No, no…Bueno, tal vez un poco.
—¿Un poco?
—Un par de cervezas, pero se ve que son alucinógenas.
—Ya, ya veo —volvió a sonreír, y yo me sentí más incómoda que nunca. Tanto que me crucé de brazos para tratar de ocultarme de alguna manera, y caminé directa hacia la puerta.
—Hey, espera… ¿Dónde vas? —me preguntó abandonando ella también la cama.
—No, no sé. Voy a dormir, creo que lo necesito.
—Ya, es evidente que lo necesitas, pero la pregunta es… ¿Dónde piensas hacerlo?
—Pues, no sé…En el sofá, supongo. Voy a ver si consigo…
—No, ni hablar —me interrumpió acercándose decidida para evitar que abriese la puerta—. Hoy duermes conmigo.
—No, no es necesario. Puedo dormir en el sofá.
—Quinn, no voy a discutir a las 2 de la madrugada contigo. O duermes en mi cama conmigo, o sin mí.
—¿Sin ti?
—Puedo dormir en el sofá, pero lo que está claro es que tú no vas a dormir en él. Kurt y Blaine no querían quedarse cuando supieron que estabas aquí, y yo les dije que tú dormirías en mi cama. Así que vamos, ¡a dormir! —me ordenó, pero yo seguí dudando.
No era yo, era el jodido alcohol lo que me hacía actuar como una completa idiota sin conocimiento, y tenerla allí, acorralándome contra la puerta y mirándome sin titubeos, me hizo perder los pocos papeles que me quedaban.
Volvía esa extraña sensación de confusión que se había estado adueñando de mi desde el día anterior, pero en ese instante pude notar levemente lo que parecía sucederme, no como en las otras ocasiones. Fui consciente de como de repente las ganas se adueñaron de mí. Unas ganas que me provocaron un extraño escalofrío por la columna vertebral, e hizo que mis ojos se centraran en sus labios. Sus carnosos y llamativos labios que parecían querer seducirme.
—Ok —balbuceé apena sin voz. La esquivé con toda la soltura que pude tratando de dejar atrás ese improvisado deseo que me embargaba, y regresé hasta la cama sin volver a mirarla. Prefería hacerlo así a tener que enfrentarme de nuevo a su mirada, y a la incomprensible necesidad por besarla que sentí cuando me ordenó que durmiese con ella.
Sí. Necesidad por besarla.
Habían pasado más de cinco horas desde que me dejé llevar por la emoción, o lo que fuera que me llevó a besarla en las afueras del Staples Center. Cinco horas olvidándome de esa estúpida acción gracias a la distracción de Santana, y mi nueva amiga la cerveza Kriek. Cinco horas en las que creí haber recuperado la normalidad que me había abandonado en esas últimas horas. Y fue tenerla de nuevo frente a mí para que la incertidumbre, y, sobre todo, las ganas por repetir el gesto, volvieran a mí. Y lo peor es que ni siquiera sabía por qué.
No me gustaba, no me atraía como lo podría hacer un chico. Ni tampoco sentía nada por ella más que la amistad que por fin habíamos logrado. Yo quería a Rachel, por supuesto que la quería, pero de la misma forma que podría querer a Santana. Era evidente que nuestra relación no era igual que la que yo mantenía con mi amiga, pero respecto a sentimientos no había diferencia alguna. Quería lo mejor para ella, quería que fuese feliz y triunfase porque esos eran sus sueños, al igual que deseaba la felicidad de Santana. Pero no por ello deseaba volver a besarla, ni a meterme en su cama como hice una vez.
Tal vez tenían razón cuando decían que Quinn Fabray no podía vivir demasiado tiempo sin estar con un chico. Tal vez tanto tiempo a solas estaba empezando a pasarme factura, y mis hormonas andaban tan revolucionadas que ya empezaba a necesitar con urgencia que unos labios me besaran. Y Rachel, después de tres semanas viéndola a diario, era la única que parecía suplir con creces esa carencia.
Eso, o es que la jodida cerveza de cerezas también tenía cualidades afrodisiacas que estaba surtiendo efecto en ese instante. No lo sé. Solo sé que me metí en la cama tratando de aplacar esa necesidad imperiosa por besarla, evitando en todo momento que mis ojos se posaran en ella. Algo realmente complicado conociéndola. Era evidente que Rachel no iba a dar por acabada aquella confusión que me había llevado a terminar en su cama. Y sin ser consciente de lo que me estaba sucediendo, decidió pasearse delante de mis narices con su minúsculo pijama. Primero se acercó a su armario para buscar algo en su interior, luego hacia la cómoda donde abrió varios cajones, y de donde terminó sacando una camiseta. Yo la miraba completamente embelesada, a pesar de que mi cerebro me había prohibido hacerlo.
Torpe, idiota, estúpida, me dije a mí misma cuando vi como Rachel decidía meterse en la cama por la parte de los pies, y se plantaba frente a mí de rodillas. Me sonrió y me ofreció la camiseta.
—Toma, imagino que te estará bien. Es mi pijama favorito —me dijo ofreciéndome una camiseta azul con decenas de ovejitas blancas decorándola. Era tan tierna que llegué a pensar que la había diseñado ella misma—. Pero no tengo los pantalones. Tendrás que apañártelas solo con la camiseta.
—Puedo, puedo ir a mi habitación y…
—No, mejor no vuelvas a entrar. Me resulta extraño que no se hayan despertado, pero como lo hagan y vean lo que ha sucedido, vamos a tener discusión por ver quien duerme donde hasta que amanezca.
—Ok.
—¿Te molesta que haya decidido que duerman ahí? Les dije que durmiesen en mi habitación, pero no querían bajo ningún concepto. Así que les he mentido —sonrió—. Les dije que tú estabas de acuerdo y que no te importaba dormir aquí.
—Está, está bien. No me importa —dije cuando decidida me dispuse a colocarme la camiseta, y a deshacerme magistralmente del sujetador sin que se pudiera ver absolutamente nada.
—Siempre que vienen se quedan conmigo, y bueno…Me sabia mal enviarlos a algún hotel. Sé que tendrían que haberme avisado, pero el otro día en la fiesta antes del festival, Kurt me dijo que tenía pensamientos de venir y que, si había algún inconveniente. Yo le dije que no y ya ves…Han querido darme una sorpresa.
—No, no te preocupes, Rachel. No tienes que darme explicaciones. Esta es tu casa.
—Pero tú también estás aquí, y la habitación te pertenece ahora. Si no estás de acuerdo solo tienes que decírmelo. Mañana mismo le busco un lugar en el que quedarse durante el fin de semana.
—No, no es necesario. El viernes me marcho. ¿Recuerdas? Pueden quedarse aquí sin problemas, además…Tú lo has dicho. Puedo dormir aquí. ¿No?
—Yo encantada de que duermas aquí —sonrió divertida, aunque a mí no me hizo tanta gracia como ella esperaba que me hiciera. Sobre todo, después de los pensamientos que estaba teniendo con ella—. Por cierto, ahora que acabas de hablar de tu viaje a Lima, tengo que pedirte un favor.
—¿Un favor?
—Así es. Necesito, necesito que pases por mi casa. Hay algo que quiero tener aquí, pero me da miedo a hacer que me lo envíen por mensajería por si le sucede algo. Es muy especial para mí.
—Claro, no hay problema. Yo, yo lo traigo.
—Es pequeño, así que no tendrás problemas en trasladarlo. De hecho, podrás meterlo en tu bolso de mano. Eso sí, tienes que cuidarlo. ¿De acuerdo?
—No estará vivo. ¿No?
—¿Qué? ¿Vivo?
—No es un animal. ¿No?
—¡No! Claro que no —rio divertida—. Solo es algo que guardo desde que era pequeña. Es, es un colgante, nada más. Pero es muy especial y me gustaría llevarlo siempre conmigo. Llamaré a mi padre para que lo tenga preparado cuando vayas a por él. ¿De acuerdo?
—Ok —respondí logrando que un breve silencio se adueñara de las dos. Yo la esquivaba, seguía desviando mi mirada hacia cualquier lugar que no fueran sus ojos, porque creí que de esa forma no lograría leer mis eróticos pensamientos que no hacían más que expandirse en mi mente. De hecho, empecé a sospechar que dormir con ella aquella noche no iba a ser la mejor de las ideas para controlar el revuelo hormonal que estaba padeciendo. ¿En qué maldita hora decidí guardar un tiempo de castidad y abstinencia? Me dije varias veces a mí misma sabiendo que aquella sensación no era más que el resultado de mi cabezonería, por demostrar que podía vivir perfectamente sin estar con un chico. Lo cierto es que vivir, podía vivir, siempre y cuando la estúpida cerveza afrodisiaca no se adueñara de mi libido. Me quedó claro que cuando el cuerpo empieza a sufrir las consecuencias de la abstinencia, la mente deja de manejar la sensatez para encontrar en cualquier persona, gesto o situación, una buena ocasión para desfogarse. Y después de tres semanas conviviendo con Rachel, era lógico que la única que ocupase mis pensamientos en aquel instante fuese ella. Y no miento cuando digo que estaba completamente convencida de no sentir atracción alguna por ella. Para mí seguía siendo Rachel Berry, a pesar de su cuerpo perfectamente esculpido, de la sensualidad que desbordaba sin ser apenas consciente, y del rubor que llegaba a provocar con una simple mirada. Yo veía todas esas cualidades en ella, pero no sentía absolutamente nada, excepto esas ganas repentinas que me habían entrado por culpa de la cerveza.
Ni siquiera me consolaba el hecho de creer que Santana estaba en la misma situación que yo, porque si ella tenía ganas de besar o que la besaran, Brittany no la iba a privar de ello.
¿Pero yo qué? ¿Qué pasaba conmigo? ¿Qué tenía que hacer para salir airosa de aquella situación, con Rachel sentada frente a mí en su propia cama, y sin dejar de mirarme? ¿Tenía que romper la escena y salir de allí lo antes posible? ¿Tenía que morderme las uñas y hundir mi rostro contra la almohada para dormir cuanto antes, y que todo pasara? ¿O me lanzaba hacia sus labios como lo hice aquella misma tarde sin motivo alguno? Por lógica, por sensatez y cordura, la mejor de las opciones era la de obligarme a dormir, y esperar que a la mañana siguiente mi mente volviera a estar en plenas facultades. Y todo hubiese quedado en una estúpida borrachera sin sentido. Pero Rachel no parecía tener ganas de dormir. De hecho, y supongo que inconscientemente, no hizo otra cosa más que bombardear mi cabeza alentando mis ganas por besarla.
—¿Cómo te lo has pasado con Santana? —cuestionó tras nuestro silencio, aunque yo había mantenido mi perfecto soliloquio atormentándome— Pensé que solo ibais a cenar.
—Fuimos a bailar un poco —me excusé alejándome de ella todo lo que el cabecero de su cama me permitía—. Se nos hizo tarde.
—En esta ciudad nunca es tarde —sonrió—. ¿Te lo has pasado bien? —insistió y yo asentí centrando mi mirada en las ovejitas de la camiseta— Me alegro. Ya iba siendo hora que te divirtieses.
—Eh, hablando de eso…San me dijo que mañana saldríamos con Mercedes y Brittany a cenar. ¿Te apetece?
—¿Mañana? Perfecto.
—Bien… Supongo que Kurt y Blaine también podrían venir.
—Estoy segura de que les encantará la idea —volvió a responderme sin perder la sonrisa mientras yo seguía tratando de mantener la calma.
—¿Cómo te fue con George? —pregunté sacando partido de aquella situación. Tal vez hablando de otros temas los efectos afrodisiacos de la Kriek desaparecerían de mi cabeza.
—Genial, ha sido genial —musitó obligándome a que la mirase a los ojos. No sé si fue una buena idea hacerlo. El brillo que desprendían me mantuvo embelesada mientras explicaba la situación—. Quieren empezar la promoción la semana que viene, así que voy a tener que rodar una serie de spots publicitarios y demás para que vayan emitiéndolo. Y también me ha dicho que pretenden hacer una gira de presentaciones y firmas por distintas ciudades del país. Así que es probable que a mediados del mes comience a viajar.
—Bien. Es genial…Me, me alegro muchísimo.
—Sí, lo es. No te haces una idea de lo feliz que estoy, Quinn. Ha sido como deshacerme de toda esa presión que tenía sobre mis hombros. Sé que aún queda lo peor, pero al menos voy a tener la oportunidad de darme a conocer para que otros puedan confiar en mí. ¿Sabes? Empiezo a creer que todo va a cambiar, que mi vida empieza a tener de nuevo un rumbo. Y todo te lo debo a ti.
—¿A mí? —balbuceé casi sin darme cuenta. Sus ojos me tenían completamente hipnotizada.
—Quinn, antes de que llegaras todo parecía que iba a acabar mal. Fue empezar a salir contigo, ya…Ya sabes, como supuesta pareja, y de pronto todo cambió. ¿Recuerdas que me encontré con dos directivos de la Fox en el festival? Pues bien, me reconocieron sin que yo los conociera a ellos. Fueron ellos los que se acercaron a mí para saludarme, y me dijeron que estaba contentos con tenerme en su cadena. Y que ojalá se diesen las circunstancias para poder emitir. En la reunión del otro día dijeron que gracias al seguimiento que la gente me hacía en las Redes Sociales, podrían tener buenos ratings en los primeros capítulos, que estaba creando expectación y eso era una buena señal. Y hoy, pues hoy ni siquiera nos habían avisado de que fueran a reunirse. Simplemente han llamado a George para confirmarle que todo estaba cerrado y que se iba a emitir. Es evidente que si no llega a ser por ti no habría logrado llamar la atención en las Redes Sociales.
—Rachel, honestamente, no creo que tenga mucho que ver —logré reaccionar antes de que se diera cuenta de mi embelesamiento—. Creo que tú misma has ido conquistando poco a poco a esos productores, o quienes quieran que sean los que están detrás de todo esto. A mí nadie me conoce. De hecho, me conocen gracias a ti. Y creo que ha quedado demostrado.
—Pero…
—Si al menos fuese como Zac Efron, pues podría pensar que sí he tenido algo que ver. Pero estoy convencida de que no ha sido así.
—No, no. Ni me hables de ese. Hoy se ha cubierto de gloria.
—¿Qué? ¿Por qué dices eso?
—Por el beso, ¿por qué va a ser? —masculló justo cuando la vi abalanzarse sobre mí. Juro que no hubo un solo musculo en mi cuerpo que no se tensionara en aquel instante, hasta que descubrí que lo único que pretendía era adueñarse de su teléfono móvil que reposaba en la mesita, justo a mi lado. Volví a tomar aire cuando se apartó y recuperó su posición mientras miraba el teléfono, para luego mostrármelo.
Una captura del beso apareció de repente en lo que parecía ser un tuit del mismísimo Zac Efron, y una descripción que pude leer y que decía;
Buen partido en buena compañía con la gran Rachel Berry. Estos de la Kiss Cam no distinguen entre amigos y parejas. ;)
—Oh dios…
—Eso mismo pensé yo cuando vi que me mencionaba. Es surrealista, pero parece ser que sabía que la cámara nos enfocaría en ese instante, por eso se acercó. No sé lo que pretende con esto. Ya me gustaría ser tan conocida como él para darle publicidad.
—Bueno, tal vez es consciente de que vas a ser muy famosa y quiere ser el primero que aparezca a tu lado —respondí apartando la imagen del beso de mi vista—. O tal vez quiera llamar tu atención de alguna manera.
—¿Para qué iba a querer llamar mi atención?
—Rachel, no pensaba decírtelo, pero…Cuando nos dejaste a solas para atender a George, me preguntó si debía o no pedirte una cita para cenar.
—¿Qué? ¿De verdad te preguntó eso?
—Pues sí.
—¿Y tú que le dijiste?
—Pues le dije lo que creía que tenía que decir, que no estabas en un momento de tu vida en el que querías conocer a chicos. Así que si quería cenar contigo tendría que darte tiempo. No sé, simplemente le animé a que te conociera antes de pedirte una cita.
—¿Le dijiste eso? —me preguntó un tanto extrañada.
—Eh sí. Es lo que me dijiste. ¿No?
—Sí, pero no pensé que fueras a decirle que se tomase su tiempo.
—¿Qué pensabas que le iba a decir en una situación así?
—No sé, tal vez que me pidiera la cita. Santana lo habría hecho sin duda excusándose en que es Zac Efron.
—Rachel, aunque no lo creas escucho cuando me hablas, cuando eres sincera conmigo. Y por mucho que crea que una cita con ese chico sería algo genial para ti, no podría hacer algo así sí sé que no estás preparada para ello. Quiero que las cosas te vayan bien, pero supongo que todo tiene un tiempo establecido, y hay que respetarlo. Precipitar las cosas no es bueno, y creo que ambas lo sabemos bien.
—Cierto —susurró dibujando una tímida sonrisa llena de satisfacción. Supuse que no esperaba que fuese a ser tan prudente con ella.
—¿Tanto te sorprende que decida hacerte caso?
—Supongo que hoy el día va de sorpresas —volvió a mirarme tras detenerse de nuevo en el teléfono—. No lo tomes a mal, no me sorprende que tú hagas algo así por mí. Lo que me sorprende es ver que al fin alguien entiende bien mi necesidad.
—Bueno, yo me alegro de haberte comprendido. Al menos así la sorpresa no es para mal —sonreí por primera vez. Idiota. Creí que mis hormonas ya se habían calmado y me iba a permitir volver a ser yo. No tenía ni idea de lo que estaba por llegar.
—No, no ha sido para mal. Y…Hablando de sorpresas —musitó mostrando un leve nerviosismo con sus gestos mientras seguía observando la pantalla del teléfono—. ¿Te…te ha jodido mucho Santana con lo del…ya sabes?
—¿Con…?
—Con el beso —añadió mostrándome la dichosa foto que la mafiosa nos había sacado. Noté como todo mi cuerpo parecía perder las fuerzas al verme en la pantalla de su móvil besándola—. Me envió la foto y luego varios mensajes burlándose de mí —dijo haciéndome comprender por qué conmigo no había hecho mención alguna al hecho. Obviamente, se estuvo desahogando con ella.
Estúpida mafiosa.
—Yo, yo lo siento Rachel. Te juro que mis intenciones no eran las de hacerte mal, o ponerte en situación comprometida. Y menos que Santana se dedique a fastidiarte con estúpidos mensajes. Te aseguro que lo ha hecho a escondidas, porque no me he dado cuenta en toda la noche.
—No, tranquila. Solo han sido un par de ellos, y al principio de la noche. Supongo que después estaba más distraída bailando contigo.
Silencio. Silencio que retumbaba hasta en mi estómago. Silencio que yo sabía que tenía que romper con una simple y clara explicación de por qué la besé. Y estaba dispuesta a hacerlo cuando ella lo evitó.
—Quinn —susurró mirándome fijamente—. Sé que lo que te voy a preguntar puede resultar un poco incómodo, pero yo necesito que seas honesta conmigo—. Me temí lo peor, pero aun así asentí dispuesta a cumplir con su petición—. ¿Ocurre…Ocurre algo entre nosotras? —soltó y yo noté como una gota de sudor recorría toda mi espina dorsal. Digo noté, no que realmente una gota de sudor cayese por mi espalda. Porque a juzgar por el frio que me entró al escucharla, era físicamente imposible que mi cuerpo estuviera reaccionando de aquella forma. Quise creer que era ese escalofrío que minutos antes también me había recorrido esa zona de mi cuerpo. Tragué saliva tratando de templar los nervios, procurando mantenerle la mirada, y pensé. Pensé y respondí con toda la sinceridad que cabía en mi cuerpo en aquel instante.
—Por mi parte no ocurre nada —dije sin preámbulos—. Si, si te besé hoy fue por pura inercia, por la emoción que me provocó escuchar que tenías tan buenas noticias, Rachel. Yo, yo no he querido confundirte en ningún momento. Te aseguro que fue una reacción instintiva más que un gesto premeditado. No sé por qué, simplemente fue mi forma de decirte que estaba feliz por ti.
—Entiendo…Es, es lo que supuse. No obstante…
—¿Qué? ¿No me crees?
—Sí, si claro que te creo, Quinn. Pero no solo ha sido hoy. Son, son muchas cosas las que me hacen creer que algo sucede, y te aseguro que trato de no pensarlo. Pero me es imposible.
—¿Otras cosas? ¿Qué cosas?
—No, no sé. Algunas veces, quiero decir…En algunas ocasiones en las que nos acercamos mucho, o simplemente nos miramos, noto…Noto como si nos pusiéramos nerviosas. Bueno, yo admito que me pongo nerviosa, pero lo hago porque no sé lo que está ocurriendo. No sé —sonrió nerviosa—. Llámame loca, o tal vez llevo tanto tiempo sin estar con alguien que cualquier muestra de cariño o de confianza me hace pensar que hay algo más.
—No hay nada más —respondí casi con crudeza, y luego me arrepentí al hacerlo así. Tanto que cuando vi su gesto, recapacité y recuperé esa dulzura que me prometí utilizar con ella—. Quiero decir, no, no te ofendas Rachel, pero no, no me gustas de esa manera. ¿Entiendes?
—Claro que te entiendo, y no me ofende, Quinn. Tú a mí tampoco me gustas, quiero decir…Es evidente que eres realmente hermosa, y que podrías gustar a quien te propusiera, pero a mí no me gustan las mujeres. O al menos hasta ahora no me han gustado. Así que entiendo lo que me dices. Solo, solo quería aclarar mis dudas y la única manera de hacerlo era la de preguntarte directamente. Es, es eso lo que me dijiste que hiciera cuando tuviese dudas, ¿no es cierto? Preguntarte directamente y no comerme la cabeza sin razón.
—Así es. Es la única manera de aclarar todo.
—Bien, entonces todo esto nos lleva a la conclusión de que pienso esas cosas porque estar tanto tiempo sin enamorarme, no es buena idea. Es curioso, sabía que el amor puede conducir a la locura, pero no que la falta del mismo pudiese crear tantas conjeturas en mi cabeza. Al final voy a tener que aceptar la invitación de Zac solo por cuidar mi salud mental —añadió buscando mi sonrisa, pero ésta no apareció en ningún momento. No podía aparecer cuando los remordimientos de conciencia empezaban a adueñarse de mí.
Rachel había tenido los ovarios de confesarme justamente lo que yo escondía con estúpidos esquivos, y excusas sin sentido. Tal vez solo me sentí así aquella noche, y probablemente fuese por culpa de las cervezas de cereza. Pero estaba pensando exactamente en lo mismo que parecía haber estado atormentándola a ella en esos días, y no tenía el valor de reconocerlo como ella acababa de hacer. Era evidente que se iba a percatar de mi lucha interna.
—No tienes que temer, Quinn —añadió tras ver como mi sonrisa se le resistía—. Soy inofensiva, te lo juro. E incrédula por naturaleza. Obviamente sabía que es imposible que entre nosotras exista algo, pero tenía que preguntártelo por…
—Yo también lo he pensado —solté interrumpiéndola. Su silencio me invitó a que continuase explicándole—. No, no es que haya pensado que pasaba algo entre nosotras —aclaré—, pero también he llegado a la conclusión de que tal vez estar tanto tiempo alejada del amor, de ese roce con un chico, hace que pienses y sientas las cosas que pueden ser normales con algo más de intensidad.
—Oh…O sea, que no soy la única loca.
—Pues no, no lo eres. Con la falta de afecto íntimo que tenemos, y tener que fingir muchas situaciones como las que nosotras hemos llevado a cabo, es comprensible que nos creemos a nosotras mismas esa necesidad.
—Supongo que tienes razón.
—No tengo otra explicación lógica —respondí cuando el silencio volvía a intentar dar por concluida la conversación. Un silencio incómodo, justamente como los que habíamos mencionado que nos llevaba a pensar en cosas que no existían. ¿O sí? Confieso, admito que en lo más profundo de mí ser algo se removió cuando la escuché cuestionarme acerca de aquello, porque durante todo ese tiempo yo si me había percatado de esas miradas, de esos nervios que parecían acusarla cuando nos acercábamos demasiado, o simplemente actuábamos como una pareja. Pero nunca creí que yo estuviese dando la misma imagen que ella me daba a mí. Yo nunca fui consciente de si mis ojos se desviaban hacia sus labios, o me temblaba el pulso por tomarla de la mano. Gestos que sí le vi a ella, y que en alguna que otra ocasión llegaron a confundirme. Pero nunca lo tomé como algo serio, simplemente lo excusé en esa extraña e incomprensible admiración que siempre me había hecho saber que sentía por mí. En esa inseguridad que de repente había aparecido en su mente.
Curioso, en ese instante, cuando ya la veía deslizarse por la cama para ocupar su lugar, fui plenamente consciente de que Santana podría tener razón al asegurar que, entre ella y yo, existía la tan manida tensión sexual no resuelta. Ojo, solo reconocí que podría tener razón porque la imagen que al parecer proyectábamos era esa, no que realmente existiera.
Por mi parte, la única necesidad que sentí en aquel momento era la de volver a sentir sus labios besándome, excusándome por supuesto en mi abstinencia, y no en sentimiento alguno.
Quinn ilusa Fabray. ¿Recordáis?
—Ok. Si todo está claro, será, será mejor que nos vayamos a dormir —dijo rompiendo el silencio. Yo asentí tras ver como se colaba en el interior de la cama—. ¿Estás bien en ese lado o prefieres…?
—Estoy bien donde tú me digas —respondí casi sin pensar.
—Ok. ¿Apago?
—Claro.
Apagó la luz. Ni siquiera esperó a que yo me acomodase para hacerlo, y de pronto la oscuridad inundó toda la habitación. Yo simplemente la imité, y me deslicé bajo las sábanas creyendo que el alud de pensamientos se esfumaría de mi cabeza como lo hizo la luz en la habitación, y me dejarían dormir en paz. Evidentemente, no estaba en lo correcto al creer aquello.
Lo primero que rondó por mi mente tras acomodarme en mi lado, fue pensar en cómo diablos había llegado hasta aquella situación, cuando hacía apenas una hora estaba divirtiéndome a mas no poder en una discoteca. ¿Cómo había llegado a estar allí, y sentir como el corazón parecía querer salirse de mi pecho solo porque ella estaba a mi lado? Podía sentir su presencia, escuchar su respiración e incluso sus parpadeos, haciéndome ver que al igual que yo, parecía no poder cerrar tan siquiera los ojos para intentar dormir. No me equivocaba en absoluto.
Le di la espalda pensando que de esa manera nada podría distraerme, pero su idea de dormir junto a una amiga parecía distar mucho de la mía. Y aunque la situación bien merecía un respiro para ambas, ella no creyó que la tensión que nos había hecho mantener esos silencios improvisado, fuese lo suficientemente incomoda como para no poder disfrutar del momento.
Lo dicho, ella tenía los ovarios de hacer lo que yo ni siquiera me atrevía a pensar.
—Quinn —susurró y yo, sin saber por qué guardé silencio. Noté como sigilosamente comenzó a acercarse a mi espalda, y sin apenas mover las sabanas fue deslizando su mano por mi cintura por encima de mi camiseta de ovejitas sin intimidarme lo más mínimo. Lo siguiente que recuerdo es cerrar los ojos tras ver como todo giraba a mí alrededor, probablemente por culpa de la cerveza, y sentir su respiración en mi nuca llevándome a un estado de relajación absoluta.
No hizo nada más, o al menos yo no fui consciente que de que lo hiciera. Mi cuerpo y mi mente cayeron fundidos, vencidos ante el sueño que me llegó gracias a sentir su cuerpo junto al mío, a su brazo rodeando mi cintura y ese calor indescriptible de su aliento en mi espalda. Solo pude oír su voz por última vez antes de perder totalmente la consciencia. Su voz convertida en un susurro embriagador que dio por finalizado aquel día, y nos lanzaba al mejor de los sueños.
—Buenas noches, Quinny.
