Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Hay OOC
20| NAGATO UZUMAKI
—¿Qué significa? —preguntó Hinata.
Naruto estaba de pie ante la chimenea de la biblioteca, sosteniendo la carta que Hinata le había llevado aterrada, mientras el reflejo de las llamas danzaba por las palabras de forma igualmente macabra. Negó con la cabeza, tan aturdido como Hinata al entregársela.
Por lo visto, se llevó a su hijo a América cuando fue a visitar a una amiga que había emigrado hacía unos años, y lo dejó allí con ella para evitar que creciera bajo la influencia de su padre.
Hinata empezó a pasearse agitada.
—¿Cómo pudo hacer algo así? El niño podía haber ido a un internado...
—Pero sin duda habría pasado en casa las vacaciones. Menciona que el niño se estaba volviendo tan odioso como su padre y que corría el riesgo de perderlo de todas formas. Había llegado a odiar a su marido. Al dejar al muchacho con una familia a la que conocía y en la que confiaba, y declarar que había enfermado y muerto, lograba dos cosas: poner al niño fuera del alcance del conde y causarle una inmensa angustia. Parece que no era tan dulce y tierna como tú creías.
—No tienes derecho a juzgarla. Nunca viviste en la misma casa que él. Podía endemoniar hasta a una santa.
O convertirla en condesa de hielo. Naruto no podía negar que había visto pruebas del legado de aquel hombre. Entendía que la madre hubiera querido poner a salvo a su hijo o evitar que siguiera los pasos de su padre.
Volvió a mirar la carta.
—Dice que hizo desaparecer algún dinero para que el chico estuviera bien atendido. No tengo ni idea de cómo lo consiguió.
—Una esposa desesperada siempre encuentra el modo de apartar algo de dinero sin que su marido lo sepa.
Naruto recordó que Lillian le había contado cómo Hinata había escondido parte del dinero que su esposo le daba. Supuso que, posiblemente, con cierta planificación, la primera condesa podía haber ahorrado una suma considerable.
Negando con la cabeza y con los ojos llenos de lágrimas, Hinata se derrumbó en una silla y miró a Naruto.
—¿Y ahora qué hacemos?
¿Pensaba que él tenía las respuestas? Lo único que el conde sentía en aquel momento era rabia y frustración.
—¿Cómo has podido no enseñarle esto a nadie?
—Ella me pidió que no lo hiciera. Me prohibió que la leyera hasta que el conde hubiera muerto. No quería que él pudiera ver la verdad en mis ojos. Ahora me acuerdo. Me dijo: «No podré deshacer todo lo que he hecho», o algo parecido. No lo recuerdo exactamente, y yo nunca he tenido problemas para recordar nada. Jamás se me ocurrió que su hijo pudiera estar vivo. Ella lo lloraba constantemente, conservaba sus habitaciones intactas, como si esperara que volviera algún día. No paraba de decirme cuánto lo echaba de menos. Se comportaba como cabría esperar de cualquier madre desconsolada. No sabes lo mucho que lloró; yo no podía hacer otra cosa que abrazarla, pero no parecía encontrar consuelo.
—Pero ¿y cuándo murió el conde...?
—¡No sabía leer, Naruto! No se me ocurrió que la carta pudiera contener nada de semejante magnitud. ¿Por qué iba a confiarme algo tan importante? ¿A mí?
—Precisamente por eso: porque confiaba en ti.
Naruto miraba fijamente al fuego, incapaz de asimilar el inesperado e increíble giro de los acontecimientos.
—Podría haber muerto —susurró Hinata—. El hijo de la condesa. Por lo que me ha contado Sakura, en América no son del todo civilizados. Hay muchos peligros.
—Según dice en su carta, lo dejó con una familia de Nueva York. Nos facilita su nombre y dirección. —Miró la carta, suspiró y volvió la vista a las llamas—. Tendremos que hablar con Shimura. Quizá él conozca a alguien a quien podamos contratar para que viaje a Nueva York y averigüe si el legítimo heredero sigue vivo.
—Si lo encuentran, perderás tu título.
—¿Propones que ignoremos esto? —dijo Naruto blandiendo la carta con una mirada furiosa.
—No —contestó ella mientras negaba con la cabeza, terriblemente derrotada.
Él se acercó y se arrodilló ante ella.
—Querrán saber por qué no has presentado este documento antes.
—Lo sé —asintió ella humedeciéndose los labios.
—Podríamos decirles que se te traspapeló, o que la habías olvidado... Hinata le selló la boca con los dedos.
—La condesa confiaba en mí, Naruto. Me encomendó la tarea de traer a su hijo de vuelta. Si no hubiera sido tan orgullosa, si le hubiera dicho «Condesa, no sé leer», le habría encargado la tarea a otro.
Él le acarició la mejilla con ternura.
—Pero entonces yo no te habría conocido e, independientemente de cómo termine todo esto, siempre agradeceré el haber tenido al menos eso: el tiempo que he pasado contigo.
Shimura miraba fijamente la carta.
Naruto y Hinata estaban sentados delante de él, en su despacho. Habían ido a Londres expresamente para reunirse con él, un viaje silencioso durante el que ninguno de los dos habló mucho.
—¡Vaya! —exclamó Shimura mientras se recostaba en la silla y daba unos golpecitos sobre la carta que había dejado en su escritorio—. ¡Esto sí que es interesante! ¿Por qué no me lo han traído antes?
—Porque yo he aprendido a leer hace poco y no tenía ni idea de lo que decía
—anunció Hinata.
Naruto le tomó la mano discretamente y se la apretó con fuerza para infundirle confianza. Su voz no contenía ni un atisbo de vergüenza. Hubo un tiempo en que no sabía leer pero ahora sí, y las dudas que pudiera tener sobre sí misma se habían esfumado con los conocimientos adquiridos.
—No sabía leer —repitió Shimura.
—Esa cuestión carece de importancia en estos momentos, pero si lo que quiere es criticarme, quizá le interese saber que no aprendí a leer hasta que lord Uzumaki me enseñó recientemente.
Shimura miró entonces a Naruto.
—Supongo que eso es discutible: ¿fue realmente el conde de Uzumaki o el señor Naruto Namikaze quien la instruyó?
—No sea irritante, Shimura —le espetó Naruto—. Hemos venido a verle porque a los dos nos preocupa que lleve el título el hombre adecuado. Si Nagato Uzumaki sigue vivo, debemos encontrarlo y traerlo de regreso a Inglaterra para que reclame lo que legítimamente le corresponde.
—Esto es de lo más inusual —dijo Shimura frotándose la frente—. No sé por dónde empezar.
—A mi juicio, lo más acertado sería contratar a alguien que vaya a Nueva York para visitar a las personas de las que se habla en la carta. Que averigüe si el muchacho... —negó con la cabeza—... que sin duda ya será un hombre, sigue vivo. Si aún vive, habrá que localizarlo y asegurarse de que comprenda lo que le espera aquí.
—Tiene razón. Supongo que lo primero es averiguar lo que ha sido del chico... hombre... heredero. Conozco a un caballero que trabaja en Scotland Yard. Ahora investiga asuntos particulares. Shikamaru Nara. Me pondré en contacto con él, aunque nos saldrá caro.
—Pagaremos lo que haya que pagar. No es el momento de escatimar en gastos.
—Estoy de acuerdo.
—Sospecho que la búsqueda llevará un tiempo. La condesa y yo regresaremos a Uzumaki Hall. Manténgame debidamente informado de cualquier progreso en la localización de Nagato Uzumaki.
—Por si le interesa, milord, creo que ha sido usted un conde ejemplar — añadió Shimura.
—Gracias, Shimura. No abandono la idea de seguir siendo conde, pero, dados los sacrificios que la primera condesa hizo por proteger a su hijo, confío en que lo encuentren.
—Debo admitir que no la culpo por querer dejarlo en manos de otros. Era una mujer amable pero débil. Tuve ocasión de ver al conde con su hijo, y creo que aquel niño se habría convertido en un hombre insensible y desagradable, incluso cruel. Esperemos que haya tenido mejores influencias.
—No estoy de acuerdo con usted en una cosa, Shimura —dijo Hinata con voz suave—. La condesa era más fuerte de lo que imagina si fue capaz de dejar a su hijo en otro país donde no podía verlo fácilmente, para así hacer frente al viejo Uzumaki; y comunicarle además que su heredero había enfermado y muerto. Sé muy bien cómo desataba su ira cuando se le contrariaba, e imagino que aquella noticia no debió de agradarle. En mi opinión, ella demostró una fortaleza extraordinaria al hacer eso sabiendo que se enfrentaría a la furia del conde. No creo que yo hubiera sido capaz.
—Habrías podido —corrigió Naruto, volviendo a apretarle la mano. Hinata negó con la cabeza.
—Él no me pidió que me casara con él. Me dijo que me casaría con él. Yo era muy joven, y pensé que no tenía elección. Recibía el paso de los meses con una mezcla de tristeza y alivio al saber que no me había quedado embarazada.
—Era un hombre poderoso que abusaba de su poder —añadió Naruto. Asintiendo con la cabeza, Hinata miró a Shimura.
—Encuentre a Nagato Uzumaki. Me encantaría poder decirle lo mucho que la condesa Fusõ Uzumaki su madre lo quería.
Naruto y Hinata volvieron a Uzumaki Hall y se dispusieron a pasar el duro invierno. Se sentaban delante del fuego mientras leían en voz alta el mismo libro y se acurrucaban bajo las mantas, y hacían el amor durante las largas y frías noches.
El conde había previsto alejarse de ella después de que se prometiera al duque de Senju, pero ella necesitaba consuelo por su flaqueza y, aunque no sabía muy bien por qué, él también buscaba sosiego.
No es que le hubiera tomado cariño al título, pero de algún modo empezaba a creerlo suyo. Había añadido libros a la biblioteca y sustituido algunas de las esculturas ofensivas por otras que consideraba más agradables a la vista. También se había acostumbrado al trasiego sigiloso del servicio por la casa.
Para su sorpresa, había aceptado por fin que era el conde de Uzumaki, y lo echaría de menos si encontraban a Nagato Uzumaki.
Los informes de Shimura indicaban que Nara no estaba teniendo mucha suerte en la búsqueda del heredero. La familia con la que la condesa había dejado a su hijo había muerto durante una epidemia de gripe, hacía casi doce años. Al huérfano lo habían metido en un tren rumbo al oeste. El investigador proseguía su búsqueda.
Hacia finales de enero, Naruto recibió una misiva de Shimura que, por alguna razón, le produjo una extraña corazonada mientras se dirigía a su estudio para leerla. Hinata y él solían leer las cartas juntos, pero esta vez quería leerla él solo. Quizá porque sabía que Nara estaba cerca de la respuesta. Si el joven heredero había muerto, habría sucedido recientemente, y Hinata se sentiría responsable por no haberlo traído a Inglaterra antes. Si había muerto hacía mucho, daría igual. Pero si seguía vivo... Naruto aún no sabía muy bien cómo tomárselo.
Se sentó tras su escritorio y abrió la carta. Como siempre, Shimura iba directo al grano.
Han encontrado a Nagato Uzumaki. Llegará a la residencia principal de Londres dentro de diez días.
Naruto se recostó en la silla. Se acabó. Perdería para siempre todo lo que había llenado su vida en los últimos meses. No había previsto que pudiera echarlo de
menos.
Habló con Hinata esa misma noche, durante la cena.
—Debo ir a Londres mañana.
—¿Has tenido noticias de Shimura?
—No, necesito ocuparme de unos asuntos.
—Iré contigo.
—Prefiero que te quedes aquí... al cuidado de esto.
—¿Va todo bien?
—Todo irá bien.
Aquella noche le hizo el amor con un sentimiento agridulce, consciente de que probablemente ésa sería su despedida.
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Continuará...
