Capítulo 34
Guantes sin dedos.
—Uno, dos, tres, uno, dos, tres…
Tres pasos hacia adelante y luego otros tres hacia atrás. Así, uno tras otro, recorría las mismas baldosas de aquella acera mojada por la nieve que había caído durante todo el día.
La noche hacía ya casi dos horas que se había instalado en Nueva York y el frío conseguía helar por completo sus pulmones, pero no su corazón. Él seguía bombeando con fuerza la sangre que se encargaba de oxigenar sus músculos, y calentar cada una de sus extremidades, excepto sus manos o, mejor dicho, sus dedos. Aquellos guantes sin dedos que lucía Quinn habían sido todo un error. No necesitaba más que observarlos para ver como el frío conseguía decorarlos con un tono morado que le otorgaban un aspecto siniestro, sin olvidar el temblor que los acusaba por culpa de los nervios.
Quinn resoplaba y el vaho salía de su boca y nariz formando una burbuja humeante a su alrededor.
Eran las 7 de la tarde, o, mejor dicho, de la noche, y la rubia ya esperaba impaciente la llegada de Rachel.
Habían pasado 29 horas desde que recibió la orden explicita de la chica para que acudiese a su hogar aquel día, a aquella hora, para cenar y "hablar". Pero los planes tuvieron que ser cambiados por culpa de un pequeño imprevisto, otro más para la larga lista que ya las envolvía. Por suerte, éste nada tenía que ver con ellas sino con los padres de Brody. Habían perdido el vuelo que los llevaba de regreso a Vancouver, y Rachel no pudo más que seguir ofreciéndoles su hogar para que pudiesen pasar una noche más con Emily. Resultado de aquel inconveniente; una cena que tenía que ser aplazada, pero no así la charla que tenía pendiente.
Rachel le insistió en una breve llamada; debían aclarar de una vez por toda lo que estaba sucediendo, o mejor dicho lo que le estaba ocurriendo a ella, porque la morena habló en todo momento en primera persona.
Estaba decidida a contarle lo que le pasaba y a tratar de llegar a un acuerdo que no perjudicase a ninguna de las dos.
¿Perjudicarnos?, se repetía una y otra vez Quinn desde que escuchó aquella palabra y aceptó la cita. No entendía a qué tipo de perjuicio se refería y ni porqué tenían que llegar a un acuerdo. Estaban hablando de sentimientos, y cuando los sentimientos existen, no hay acuerdos para evitar daños. Al menos así lo pensaba.
Volvía a mirar el reloj en su teléfono y descubría que habían pasado dos minutos de la hora estipulada. Que Rachel fuese impuntual aumentaba aún más su nerviosismo, y el frío que la castigaba. Agradeció haberse colocado aquel gorro que lucía en su cabeza. Al menos sus orejas y la cabeza estaban cubiertas y protegidas, no como sus dedos.
—Estúpidos guantes—susurró metiendo las manos en los bolsillos de su abrigo.
Un sonido. Un ligero taconeo le llamó la atención.
En aquel instante solo la avenida presentaba el ir y venir de coches, pero las aceras permanecían libres de transeúntes.
Quinn no tardó en lanzar una mirada hacia su derecha y descubrir la menuda figura de Rachel caminando hacia ella. Habían quedado en aquella misma calle, en West Central Park, junto a los bancos que existían en la acera colindante con el parque, solo a unos metros de su propia casa.
Volvía el temblor, esta vez provocado más por los nervios que por el frío, y esa sensación de presión en el pecho que conseguía hacerla suspirar continuamente.
Caminaba cabizbaja y Quinn dudó si la había visto, pero esa duda se desvanecía al comprobar como Rachel le lanzaba la primera de las miradas. La primera tras 29 horas pensando en cómo enfrentarse a ella, a lo que sucedía, a sus miedos, a su corazón.
Sonreía y eso terminó tranquilizándola, aunque solo un poco. Fue llegar frente a ella y sentir como el suelo comenzaba a moverse, o quizás, era producto de su imaginación, daba igual.
—Hola.
Era el suelo, pensó Quinn tras escuchar el saludo de la morena. El suelo se movía, y tuvo que dar un paso hacia atrás para tratar de mantenerse erguida.
—Hola—balbuceó tratando de esbozar sonrisa.
—Hace frío—susurró acercando sus manos la boca y llenándolas del cálido aliento que expulsaba—¿Quieres, quieres que nos metamos en el edificio o…?
—No, no te preocupes—respondía rápidamente—A menos que tú quieras, yo, yo estoy bien—mintió. No estaba bien, estaba congelada, pero su boca respondía antes de que su cerebro enviase la información necesaria. Quizás sus neuronas se habían terminado congelando también.
—Ok…—musitó dudando—Siento, siento haber cambiado los planes, no podía decirles a los padres de Brody que se marchasen. Apenas ven a Em, y pasar un día más con ella, es un regalo para ellos.
—No te preocupes, Rachel—interrumpía con dulzura—Es lógico, son sus abuelos y querrán disfrutar de ella.
—Así es, aunque a Emily…—frunció el ceño—No es que les guste demasiado.
—¿No? ¿Por qué?
—No está acostumbrada a ellos. Los ve poco y bueno, ya sabes que Emily no es muy social.
—Conmigo lo es.
—Exacto—respondía rápidamente—Ni siquiera a mis padres los acepta así, de repente. Necesita un tiempo de adaptación. Tú eres una excepción. Ni Brody ni Kate creen que vosotras dos hayáis estado prácticamente solas en la tienda de juguetes. Dicen que les miento.
—Son juguetes, los niños se irían con el mismísimo diablo si los llevas ahí—sonreía.
—No, Em no, te lo aseguro—respondía sonriente—A ella también le gustas—susurró y el primero de los silencios las invadió. Aquel también no pasó desapercibido para ninguna las dos. A Quinn le provocó la primera de las sonrisas estúpidas, y a Rachel el rubor instantáneo en sus mejillas por haber sido tan directa.
—No sabes cuánto me alegra que así sea—Le dijo sin poder evitar desviar la mirada. Volvía a temblar. Quinn tenía el guion preparado para aquel momento. Había tenido 29 horas para pensar en las palabras que tenía que decirle, palabras que en aquel instante se habían esfumado de su mente, y la dejaban completamente en blanco. —Dios…—susurró sabiendo que aquello iba a ser más difícil de lo que creía.
—¿Nos sentamos? —dijo Rachel lanzando la mirada hacia uno de los bancos, y Quinn asintió rápidamente.
Fue Rachel la primera en tomar asiento, y fue justamente ella la primera en descartar la idea tras sentir el frio en su trasero, a pesar del abrigo que la cubría. La nieve había hecho de las suyas en el banco.
—Oh, mierda, está, está mojado Quinn. No te sientes.
—Ya, ya veo—esbozaba media sonrisa—¿Estás bien?
—Sí, pero creo que me he calado hasta el culo—se quejó mientras sacudía con fuerza el abrigo.
—A ver, déjame que…
Hubo un silencio. Quinn no pudo terminar la frase mientras le ayudaba a sacudir ella misma el agua que empapaba su trasero y ésta, completamente incrédula, la miró.
—Lo, lo siento—se excusó tras ser consciente del gesto y Rachel terminó dejando escapar otra de sus sonrisas.
Una más y Quinn ya había perdido la cuenta de cuántas había recibido, no solo en aquellos escasos minutos que llevaban de conversación, sino a lo largo de su vida.
Era curioso. No recordaba lo que iba a decirle para confesarle sus sentimientos y sí recordaba todas las veces por las que Rachel sonreía. Quizás, porque todas y cada una de aquellas sonrisas habían contribuido a que ahora se sintiese de aquella manera.
—Tranquila, todo bien. Será mejor que nos quedemos de pie.
—Sí, mucho mejor de pie—repitió, y el segundo de los silencios hacia acto de presencia, para empezar a incomodarlas con la situación.
—Oye,—Rachel volvía a tomar la palabra—esto es un poco raro, ¿no crees?
—¿Raro?
—Eh, sí, quiero decir, se supone que estamos aquí para hablar de sentimientos y… Ya casi llevamos cinco minutos y solo hemos hablado de Em y de mi culo congelado—musitó bajando la mirada—¿No crees que es raro?
—Tal vez yo tenga la culpa.
—¿Tú? ¿Por qué?
—Porque yo tenía preparado todo lo que quería decirte, y ahora no soy capaz de recordar nada.
—¿Preparado? —le preguntó curiosa—¿Habías preparado lo que me ibas a decir?
—Mas o menos—respondía bajando la mirada—Bueno, en realidad lo había imaginado.
—¿Imaginado?
—Sí. Llevo, llevo desde ayer imaginándome en cómo sería este encuentro, y pensando en los diálogos que supuestamente vamos a tener—volvía a sonreír—¿Nunca te ha pasado algo así?
—¿Imaginar lo que quieres que suceda? —desvió la mirada mordiéndose el labio—¿Te refieres a soñar despierta?
—Justamente…—Susurró segundos antes de volver a llenar sus pulmones de aire frío. —Soy una idiota, lo sé.
—No, no eres una idiota. Lo cierto es que yo tampoco tengo ni idea de qué decirte, y ni siquiera me había detenido a pensarlo. Eso es más kamikaze, ¿no crees? —confesó—No pensé que fuese a quedarme sin palabras. Nunca me había pasado.
—A mí tampoco—respondía rápidamente Quinn—Quizás, quizás lo justo es que empiece con una disculpa.
—¿Una disculpa?
—Sí. por lo sucedido ayer.
—Oh, no tienes que disculparte por algo así…
—Rachel, me arrepiento muchísimo de lo que pasó. —La interrumpió recuperando la seriedad.
—¿Te refieres a lo de Henry?
—A lo de Henry, y por supuesto a cómo te traté a ti. Lo siento, lo siento muchísimo. Fui una completa estúpida.
—No, Quinn, no tienes que disculparte por algo así. No eras tú, y tampoco dijiste nada que me ofendiera. Me preocupa más lo que te pasó con Henry.
—Ya…
—¿Vas a volver al gimnasio?
—No, no lo sé. De todos modos, también le debo una disculpa a él. Le robé una botella de ron…
—Oh dios, eso, eso no lo sabía. ¿Y con Matt? Me dijiste que habías salido con él, y que discutiste… ¿Eso es cierto? —le preguntó y Quinn dejó escapar un suspiro a modo de lamento.
—A él sí que no sé cómo le voy a volver a hablar. Lo traté muy mal, y sé que solo pretendía cuidarme.
—Quinn, tal vez te moleste lo que te voy a preguntar, pero necesito saberlo—musitó mientras la rubia esperaba a que lo hiciera—¿Por qué a Henry? ¿Por qué no con Matt?
—Porque Henry es un desconocido—le respondió sin dudar— Con Matt…
—¿No querías hacerle daño?
—Exacto. Soy consciente de lo que él siente por mí, y ya sé que no es tanto como parece, de hecho, últimamente nos hemos unido más como amigos, y él ha aceptado perfectamente ese rol. Habría sido más sencillo para mi buscarlo a él, pero… No podía.
—Ya, claro—balbuceó bajando la mirada—¿Sabes? Me dijiste que habías hecho eso para volver a ser la Quinn Fabray del pasado, pero esa Quinn Fabray nunca habría descartado a Matt por evitar hacerle daño. —Le dijo buscando su mirada—¿Ves? Tú no eres así, hasta en los momentos más crueles, cuidas de quien te quiere.
—No, no, Rachel. No quería hacerle daño, pero se lo hice. Me porté fatal con él, básicamente lo usé para sacarte de mi cabeza, y luego lo dejé tirado para irme con Henry. Eso, eso no es de ser buena persona.
—¿Qué has dicho? —la interrumpió confusa—¿Lo usaste para sacarme de tu cabeza?
—Pues claro, Rachel…
—¿Me mentiste cuando me dijiste que habías quedado con tus amigas?
—Sí. Y lo siento mucho.
—¿Por qué? Quinn, si te hubieses quedado con nosotros, con Brody, Em y conmigo, no habrías hecho nada de eso. ¿Por qué elegiste hacerlo?
—Por ti.
—¿Por mí? Yo había deseado con todas mis fuerzas que esa noche estuvieses con nosotros. Conmigo.
—No quería joder tu vida, Rachel. Yo, yo cuando os veo a los tres juntos, pienso en la perfecta familia que formáis, y eso…
—Espera, espera—volvía a interrumpirla—Quinn, Brody y yo no tenemos ninguna relación, ni vamos a tenerla en el futuro. Yo quiero que eso te quede claro, y si en algún momento.
—No se trata de que tengas una relación con él. Se trata de que formáis una familia perfecta, y yo… Y yo sentía y siento que puedo destruir eso. Y nuestra amistad, que se yo… Sentía que sobraba.
—¿Sabes por qué te regalé el jersey? —le dijo tras el tercero de los silencios que las dejó por bastantes segundos lamentándose por la situación—Porque quería que te sintieras dentro de mi familia.
—Lo sé, y eso me hizo sentir peor, Rachel.
—¿Peor? ¿Por qué?
—Precisamente por eso, porque no quiero destruir lo que has formado.
—No vas a destruir nada, Quinn. Eres una jodida bendición en mi vida, siempre lo has sido, a pesar de nuestra relación extraña, y ahora… Dios, ahora has llegado para aportarme cosas hermosas. Y no soy la única que lo piensa, Kate, Brody, mis padres, todos están encantados contigo, Quinn. ¿Te haces una idea la de discusiones que he tenido con Brody porque te estaba ocultando lo de Em? Quinn, es tu decisión, por supuesto, pero para mí ya eres parte de mi familia. Y ojalá que sea así siempre.
—Todos están encantados conmigo, hasta que sepan lo que siento por ti—soltó y el silencio abrumador volvía a aparecer por cuarta vez. —Tienes, tienes muchas cosas a las que enfrentarte en tu vida, y ahora todo esto. Rachel, yo no quiero cargarte con problemas que…
—Ni se te ocurra decir eso—la interrumpió—Quinn, ¿se te olvida por qué estamos aquí hoy? Estamos aquí porque yo te dejé ese mensaje en el dibujo, y tú, tú me respondiste, ¿no es cierto?
—Así es.
—¿Entonces? ¿Por qué no dejas en pensar en lo negativo, y piensas en lo que nos ha traído hasta aquí, ahora? —le dijo y Quinn guardó silencio permitiéndole que continuase—Lo único que a mí me interesa ahora mismo es saber que vamos a hacer con esto que nos pasa. Con lo que sentimos.
—Pues no, no lo sé. ¿Tú, tú estás segura de lo que sientes? —la cuestionó tras aclararse la garganta.
—Tengo 29 años, Quinn—sonrió—He vivido muchas cosas a lo largo de mi vida, tanto buenas como malas, y créeme, saber cuándo siento algo por alguien no es lo más difícil de averiguar.
—El problema no es averiguarlo—intervino—el problema es asimilarlo, Rachel—hizo una pausa—¿Eres consciente de lo que esto supone?
—¿Y tú? Porque para mí no es ningún problema. Yo, yo las dudas que he tenido a lo largo de este tiempo, es porque no sabía que tú, bueno, que tú sentías también cosas por mí. Eres tú la que tiene que pensar bien que es lo que quieres. Yo dejé de sentirme mal en el mismo instante en el que vi esa etiqueta en el marco de la foto.
—¿Yo? ¿Por qué iba a suponer un problema para mí? Espero que no vuelvas a hablarme sobre lo de mi supuesto prototipo de chica inexistente en el universo, porque entonces sí que tendríamos una discusión, y…
—No, no lo digo por eso—la interrumpió regalándole una tímida sonrisa—Eso es algo que prefiero no pensar, la verdad. Lo digo por mis responsabilidades—sentenció—Quinn ya sabes cómo es mi vida, ya sabes todo lo que me envuelve y como tengo que vivirlo, y tú eres libre, no tienes nada que pueda detenerte o te obligue a ser discreta. Yo no quiero que esto se convierta en una frustración.
—No me hables de frustraciones, Rachel—le dijo negando continuamente con la cabeza—Sé cómo es tu vida y he querido entrar en ella incluso antes de sentir esto. La frustración era no entender por qué me alejabas de ti, frustración era creer que tenías una relación con Kate y no querías decírmelo por miedo a qué podía pensar, o quizás, por desconfianza—aclaró—Eso si era frustrante, Rachel. Aceptar lo que me sucede me ha supuesto un alivio… Mentira—recapacitó—El alivio me llegó ayer al verte sentada en el sofá de mi casa, esperando a que me despertase y sonriéndome como, como lo haces siempre.
—¿Y qué hacemos entonces? —le preguntó cuando un escalofrío parecía adueñarse de su cuerpo, y la llevaba a temblar. —¿Qué hacemos, Quinn? —añadió y el quinto de los silencios regresaba acompañando el cruce de miradas, y un acercamiento entre ellas con la intención de resguardarse del frio.
—¿Quieres intentarlo? —susurró Quinn con apenas un hilo de voz, y sin dejar de mirar sus ojos.
—¿Intentarlo? ¿Te refieres a nosotras dos? ¿Como pareja?
—No, si… Quiero decir, no estoy preguntándote si quieres ser mi chica—aclaró tras ver como su mirada se desviaba y el temor se apoderaba de ella—Solo quiero saber si estás dispuesta a mirarme como, como algo más que amigas. —Añadió y Rachel volvió a buscar su mirada.
—Hace días, o quizás semanas, que vengo viéndote de esa forma—confesó Rachel y una sonrisa nerviosa se escapó de los labios de Quinn.
—Entonces ¿Eso es un sí?
—Eso es un sí, y un no tengo ni idea de lo que tengo que hacer…
—Ok—se acercó aún más. —¿Qué te parece si empezamos de cero?
—¿Empezar de cero?
—Sí, imagina que… No sé, que nos hemos conocido por una de esas aplicaciones de citas, que yo me he quedado prendada de tu maravilloso álbum de fotos y a ti te ha hecho gracia mi acento mitad británico mitad chica del medio oeste. Y después de varias conversaciones, hemos decidido conocernos y tener una cita.
—¿Una cita? ¿Te refieres a lo de hoy?
—No, Rachel, hoy no. Me refiero a otro día, no sé, una cena las dos solas, siempre que puedas dejar a Em con Kate o con Brody, por supuesto. No, no quiero presionarte, yo solo…
—Te he entendido—la interrumpió sin poder contener la sonrisa. —Y me parece bien, el problema es que las citas son para conocerse mejor, y yo a ti ya te conozco lo suficiente.
—Pero no me conoces en una cita. Rachel. Me conoces como amiga, pero yo quiero poder mostrarme contigo como cuando tengo una cita con alguien que me gusta. No quiero sentirme cohibida de hacer algo que me apetece hacer, solo porque seas mi amiga.
—¿Y por qué te sientes cohibida? Yo siento lo mismo que tú. Puedes, puedes hacer lo que quieras. No necesitamos fingir que no nos conocemos para algo así.
Volvía aquella sensación de temblor en el suelo. Volvía a sentir como el frío colapsaba todo su cuerpo, menos sus manos que en ese instante lejos de congelarse, quemaban en el interior de sus bolsillos. Quinn no habló, le mantuvo la mirada por varios segundos, y recortó aún más las distancias con ella. —¿Qué te apetece hacer ahora?
—Me muero por besarte—fue directa, y la sonrisa tímida en Rachel la puso más nerviosa de lo que ya estaba. — Me muero por besarte sin sentirme extraña, sin que sea parte de un ensayo, o nos obligue una rama de muérdago. Quiero poder besarte porque me apetece, y a ti también.
—¿Quieres besarme ahora? — susurró decidida al ver como Quinn no dejaba de acercarse.
—Me encantaría, pero no sé si tú…
—Pues hazlo—soltó acabando con las pocas dudas que le quedaban. De hecho, le bastó percibir su mirada, en como vagaba entre sus labios y los de ella, para saber que lo deseaba igual. Pero romper esa barrera era un paso complicado de dar, y Quinn necesitó su permiso para hacerlo.
Y lo hizo.
Con pausa, sin perder de vista sus ojos hasta que no tuvo más remedio que cerrar los suyos, cuando podía sentir el calor que desprendían sus labios y el vaho que las envolvía se hacía más intenso. Quizás podría ser precipitado, quizás no era coherente o algo que solo sucedía en las películas, pero era la mejor opción para confirmar de una vez que lo que estaban viviendo, era real. Solo algo como un beso podría aclarar sus dudas. Solo era eso, un beso.
Un beso.
Un beso sin directores que cortasen la escena ni focos que las iluminasen, de hecho, aprovechaban la oscuridad que producían el descanso entre dos farolas para cobijarse. No había bailarines ni muérdago sobre sus cabezas. Solo estaban las manos de Quinn, que por fin se atrevían a abandonar los bolsillos, y se acoplaban con timidez a la cintura de la morena. Estaban sus labios, olvidándose por completo que pertenecían a dos amigas. Dejaron de serlo en aquel instante y ambas lo supieron.
Se perdieron.
Ni muy largo ni muy corto. Aquel beso duró lo justo y necesario para saciar aquella sensación que no solo Quinn sentía. Rachel también la hacía suya y ahora, al ver como todo se hacía real, como los labios de Quinn se separaban de los suyos y podía comprobar que era ella, la mismísima Quinn Fabray quien la había besado, el bienestar se apoderaba de su menudo cuerpo.
Había besado muchas veces, a muchos chicos y chicas por culpa de su profesión y del amor que había irrumpido en su vida, pero jamás sintió aquel revoloteo de nervios en su estómago antes de un simple beso. Jamás sintió como algo tan conocido podría resultar tan nuevo.
Descubrir como Quinn besaba, a pesar de no ser la primera vez, consiguió prender sus mejillas con un intenso rubor, y Quinn lo notó, pudo sentir como su piel desprendía aquel calor. Tanto, que cuando acertaron a separarse, una sonrisa adolescente se apoderó de ambas y casi las obligaba a desviar la mirada.
—¿Y bien? —susurró Rachel— ¿Todo bien?
—Yo juraría que mejor que bien—respondía apartando sus manos de la cintura de la morena al tiempo que volvía a humedecer sus labios, probablemente por inercia.
—¿Prueba superada? ¿No te arrepientes de besar a Rachel Berry?
Quinn dejó escapar una breve carcajada y entrecerraba sus ojos para luego volver a posarlos en su mirada—No, no me arrepiento, Rachel Berry. La verdad es que besas muy, muy bien—susurró un tanto sonrojada.
—Ya, eso ya lo sabía—bajó la mirada mientras esbozaba una enorme sonrisa—¿Ves? no solo sé hacer bien el café.
Volvía a sonreír. Quinn lograba soltar todos los nervios que la habían mantenido clavada en aquel lugar, y conseguía relajarse tras observar y comprobar que por su parte todo parecía estar perfecto.
—No te rías—añadió— Ya te he demostrado ambas cosas.
—Cierto, no solo sabes hacer bien el café—repetía con dulzura.
—¿Y ahora? —volvía a expulsar una gran bocanada de vaho—¿Qué hacemos?
—Ahora—lanzó una mirada por encima de su hombro—Ahora creo que es mejor que regreses.
—¿Ya? ¿Ya quieres que me vaya?
—Si por mi fuera, organizaba esa cita que vamos a tener ahora mismo, pero me temo que alguien estará echándote de menos en tu casa. No quiero que la hormiguita me deje de querer por retenerte.
—Cierto, la hormiguita—susurró— ¿Algún día me dirás de donde sale ese apelativo?
—Puede, pero por ahora prefiero que quede entre ella y yo.
—Ok… Me quedaré con esa duda. —Le dijo, y Quinn se limitó a sonreírle— Entonces, ¿todo ha quedado claro ya?
—Por mi parte, sí. Ya me ha quedado claro que cuando me apetezca besarte, lo voy a hacer... Aunque procuraré ser discreta.
—Bien, perfecto. Yo también me acojo a esa ley.
—Genial.
—Pero…
—¿Pero?
—Lo cierto es que aún tengo un par de dudas.
—¿Dudas?
—Si. No, no sé cómo tratarte, quiero decir, no sé qué somos… O si somos algo en concreto.
—Shhh—la interrumpió tomándola de la mano—Nada de etiquetas, por favor. Vamos a intentarlo, vamos a olvidarnos de los miedos, dejar que fluya como tenga que fluir, y entonces, veremos qué pasa. ¿Te parece?
—¿Nada de miedos?
—Nada de miedos, Rachel. Si te apetece llamarme en mitad de la madrugada, lo haces, si te apetece besarme, hazlo, tal y como tú me has dicho. Y si quieres invitarme a cenar, a tener una cita o lo que sea, pues lo haces. Recuerda, vamos a conocernos.
—¿Es eso lo que habías imaginado que ibas a decirme? —bajó la mirada mientras sonreía.
—Pues no, pero me temo que la inspiración me ha llegado de repente. Tal vez haya una musa rondando por aquí—sonrió y Rachel se contagió.
—Me, me gusta tu gorro—musitó sorprendiéndola.
—¿Mi gorro? —alzó la mano para tocarse la cabeza, completamente confusa por el cambio de conversación.
—Has dicho que simplemente nos dejemos llevar y que si me apetece algo lo haga ¿No es cierto?
—Ajam…
—Bueno pues, me apetecía decirte que me gusta tu gorro… Y que estás preciosa con él.
Podían descubrirse los suspiros por las enormes bolas de vapor que se formaban alrededor de ellas cada vez que los dejaban escapar, y en ese instante, había sido espectacular, tanto que ambas comenzaron a sonreír sin poder contenerse.
—Pues gracias. Y eso que no has visto mi jersey—espetaba Quinn aun con la sonrisa en su rostro.
—¿Puedo verlo?
—Sí, pero será mejor que vayamos hasta allí—le sugirió señalando hacia la entrada del edificio—no deberíamos tentar demasiado a la suerte y jugar con el frío, ¿no crees?
—Tienes razón—se giró para afrontar el camino de vuelta—¿Vamos?
—Vamos—susurró adelantando varios pasos para colocarse a su lado. Gesto que Rachel aprovechó para llevar a cabo su siguiente deseo, aquello mismo a lo que Quinn había dado vía libre.
Casi sin que pudiera percibirlo, entrelazó su brazo con el de la rubia que ya permanecía de nuevo con las manos en sus bolsillos, y aunque no esperaba aquella reacción, Quinn lo agradeció. Sentirla a su lado, caminar con ella de aquella forma le hizo sentir bien, y acabó con cualquier vestigio de duda que quedase en ella acerca los sentimientos de Rachel.
—Quinn—susurró cuando ya habían tomado la acera opuesta—Hay algo que me gustaría aclarar antes de que te marches.
—Dime—respondía deteniéndose justo en las escalinatas de entrada.
—Esto, esto que tenemos—se mostró dubitativa—es algo entre tú y yo ¿No?
—¿Entre tú y yo? —cuestionó tratando de entenderla.
—Sí, ya sabes, solo lo sabemos tú y yo. ¿Verdad? —añadió con algo de temor, y Quinn no pudo evitar sonreír.
—No creo que sea el momento de ir anunciándolo, Rachel—respondía con tranquilidad—Primero tendremos que averiguar qué nos pasa, y si somos capaces de hacer que fluya, ¿no crees?
—Ok, si claro—Balbuceó aliviada—No es que me preocupe, ya sabes que yo, yo jamás me ocultaría por algo así, pero…
—Lo sé, y puedes estar tranquila—interrumpía—No pienses en eso ahora. Además, te recuerdo que no me gusta ser el centro de atención, aunque toda mi vida haya jugado a lo contrario—masculló con sarcasmo—Que me persigan fotógrafos por estar contigo, no me interesa en absoluto. Prefiero que la gente siga creyendo que solo soy una actriz más de tu gran proyecto.
—Gracias—volvía a sonreír
—No me des las gracias, es cosa de las dos. Yo también necesito privacidad.
—La tendrás, por supuesto—añadió regalándole una caricia en el brazo. Un gesto que, de nuevo, salía de ella sin temor, simplemente porque le apetecía hacerlo—Y ahora… ¿Me muestras tu jersey? Me muero de curiosidad—le dijo contagiando la sonrisa a Quinn, que tratando de asimilar el cambio de actitud comenzaba a desabrochar su abrigo para mostrarle la pequeña sorpresa que tenía preparada. —Oh dios ¡te lo has puesto! —exclamó al descubrir que era el jersey que ella misma le había regalado. Aquellos ciervos blancos sobre la cálida lana roja consiguieron aumentar aún más la sonrisa de Rachel. —Te está perfecto.
—Es perfecto—repetía Quinn.
—Ok, ok, la próxima vez que te lo vayas a poner, me tienes que avisar…
—Entonces no sería una sorpresa.
—Pero yo me pondré el mío, y Em el suyo, y nos haremos una foto las tres—espetaba ilusionada.
—¿Una fotografía las tres con el jersey?
—Sí, como la que nos hicimos en tu casa, pero vestidas para la ocasión. Necesito tener una muestra gráfica de que te lo has puesto, por si algún día vuelves a reírte de mí por mi gusto con los jerséis.
—Oh, o sea que la fotografía solo es como arma arrojadiza.
—Y porque me encantará mirarla—soltó sin dejar de mirar los dos renos estampados en el jersey.
—Ok, te avisaré para que nos hagamos esa fotografía, aunque dudo que algún día las tengas que usar para eso. Realmente me gusta tu gusto por los jerséis. Siempre me llamó la atención, y esas faldas de tablas que solías usar, o las medias por las rodillas.
—Hey, hey…—Le amenazó divertida—Te conozco, y ese tono que estás usando suena mucho a sarcasmo, así que no juegues conmigo, o vas a terminar vestida igual. Ya has visto que puedo conseguirlo.
—Cierto, lo siento, retiro lo dicho. Luciré este jersey con todo mi honor—bromeó sacándole una pequeña carcajada— Pero mejor otro día en el que no corra peligro de sufrir una hipotermia ¿Puedo cerrar mi abrigo ya? Me estoy congelando.
—Sí, sí claro—respondió rápidamente, tanto que fue ella quien se apresuró en cerrar cada botón ante la divertida mirada de Quinn.
Estaba fascinada.
Acababa de besarla, acababa de decirle que sentía algo por ella y que iban a intentar disfrutar de ello, y todo lo que recibía era una enorme sonrisa y el brillo que desprendían sus ojos, los que ahora se esmeraban en asegurarse que aquellos botones y la bufanda que la protegían, quedasen perfectamente acoplados y evitasen que el frío castigase su cuerpo.
Ilusa, pensó Quinn. Era ella misma, eran sus manos y su sonrisa las que le entregaban el calor suficiente para combatir el frío, pero eso ella aún no lo sabía, y quizás, aún no debía saberlo.
El tiempo les iba a regalar lo que estuviese escrito para ellas, y no quería ni debía adelantarse a los acontecimientos.
Quizás el día siguiente podrían tomarse de la mano sin sentir que estuviesen precipitándose, o pudieran darse un beso sin que sus mejillas se encendieran hasta quemar, pero mientras tanto se conformaba con caminar a su lado y que sus brazos se enlazaran sin más, como cualquier par de amigas que salen a pasear. Lo que realmente le importaba era saber que no solo eran amigas, lo importante era sentir que sus corazones latían por igual.
—Es hora de que me marche—le dijo mientras Rachel abrochaba el último de los botones.
—Si, hace mucho frio ¿Te pido un taxi?
—No, prefiero caminar.
—¿Segura?
—Sí. Solo son las 8.
—Pero hace mucho frio—insistió.
—Necesito caminar—repitió y Rachel asintió sin más. —En diez minutos estoy en mi casa.
—Ok. Quinn, no quiero resultar agobiante o algo parecido—murmuró bajando la mirada—pero… ¿Te importa avisarme cuando llegues? Me quedaré más tranquila.
—Rachel, ya tenía pensado escribirte, y no solo por llegar…
—Oh, ok—volvía a mostrarse tímida—pues, en ese caso, hablamos luego.
—Hablamos luego—repetía lanzando una mirada a su alrededor para descubrir que, por allí, por aquella acera, no estaba completamente a solas como lo habían estado junto al parque. A pesar de que ni siquiera el portero estaba ya en su puesto de trabajo. Rachel fue capaz de leer sus pensamientos, y no tardó en hacérselo ver.
—Al menos en la mejilla ¿No? —susurró sorprendiéndola, y tras volver a sonreírle, Quinn no dudó en despedirse de ella como lo habría hecho día antes, aunque la intención fuese completamente distinta.
Un beso en la mejilla.
Un beso que volvía a bañar su rostro de calidez, y dejaba tras de sí una necesidad a la que iban a tardar en acostumbrarse.
—Buenas noches, Berry—le susurró cuando aún podía rozar su mejilla con los labios, y Rachel se estremeció hasta dejar escapar un suspiro que casi la dejaba sin aliento.
—Buenas noches, Quinn—logró responderle cuando ya se alejaba de ella, y descendía las escalinatas para perderse en la acera.
Fueron varias las veces que ambas se miraron al tiempo que se separaban, y todas ellas envueltas en una enorme sonrisa que las hacía brillar más que todas aquellas luces que se dejaban ver en los rascacielos.
Fue Rachel la primera regresar al interior del edificio, sabiendo que ahora le tocaba interpretar el papel más importante y difícil de su vida; ocultarle a Brody sus sentimientos hacia Quinn, y lo que acababa de vivir.
Era todo un reto que tenía que afrontar sin miedos y con valentía. No había mejor actriz que Rachel Berry y lo iba a demostrar en la vida real. Una vida real que ya llevaba a Quinn hasta el cruce de West Central Park con la avenida de Broadway, y donde tuvo que detener sus pasos un par de minutos antes de seguir avanzando.
Ya ni siquiera sentía el frío. Su cuerpo había empezado temblar al ser plenamente consciente de lo que había vivido, pero lo hacía por la emoción, por culpa de aquella fascinante sensación que sientes al abrir tu corazón, y saber que eres correspondida.
Allí, en mitad de aquella avenida llena de coches y personas que iban y venían, con todas aquellas luces procedentes de las farolas, de los rascacielos y los neones que adornaban las marquesinas, encontraba el mundo de Rachel.
Aquello era su vida, allí tenía su mundo, sus sonrisas, sus sueños, su corazón. Si había una ciudad que pudiese representar a Rachel, era sin duda aquella, y en ese preciso instante, a las 20:15 pm del 27 de diciembre, sentía que había conquistado aquel mundo, y con él, a su adorada Rachel Berry.
Quinn repitió un gesto que ya se hacía habitual en ella; Alzó el cuello de su abrigo, se acomodó el gorro hasta cubrir sus orejas, y calentó sus manos con su propio aliento antes de reemprender el camino de vuelta, con la sonrisa dibujada en su rostro.
No había nada que pudiese destruir aquel momento, ni aquella sensación de euforia. Ni siquiera el frio, y mucho menos aquellos estúpidos guantes sin dedos.
