¿Acaso es todo lo que quieres decirme?

Aquella noche, Candy seguía presa de la emoción. No podía dejar de pensar en la revelación de la auténtica identidad de su príncipe de la colina y todo lo que había acontecido en el último año. Sentía que su corazón ya no daba para más. Desde la ventana del dormitorio, donde todos los niños dormían, podía vislumbrar su colina. Al partir Archie y Annie, había vuelto a subir a ella para tener un poco de intimidad.

No sabía si Albert era verdaderamente consciente de lo importante que había llegado a ser en su vida, de formas tan variadas que no dejaban de sorprenderla. Cuando descubrió que él era el tío abuelo William, el corazón se le desbocó con tal intensidad que tardó en recomponerse un buen rato. Aún le pasaba cuando recordaba aquel momento y la luz que lo envolvía.

Hoy, lo había vuelto a hacer con su voz, cuando se percató de que por eso le había llenado de calor el corazón desde que la rescatara. Ahora, incluso en el recuerdo, conseguía volvérselo a desbocar, al conocer la verdadera magnitud de la persona poseedora. Sentía unas ganas inmensas de vengarse. De encontrar la forma de hacerle sentir lo mismo respecto a ella.

Aunque durante todos estos meses él le había explicado muchas cosas de su propia historia, seguía siendo un hombre muy reservado respecto a sus sentimientos. Estaba segura de que ni siquiera George los conocía. Albert, a pesar de estar en sus primeros treinta, aparentaba bastante menos edad y eso podía llegar a engañar sobre su experiencia y la complejidad de su carácter.

Él era un hombre de mundo desde que hizo la mayoría de edad, con la carrera de empresariales ya acabada en Londres. En contra de los dictámenes de la familia, continuó estudiando para cursar la de medicina, mientras George le cubría las espaldas, apoyándolo en el resto de responsabilidades, que se suponía debía ejercer ya en solitario. Cuando regresó a América descubrió que lo que le gustaba de verdad eran los animales y la naturaleza. El consejo de la familia no dejaba de presionarlo para que asumiera su lugar como patriarca, pero él no se sentía preparado y escapó, disfrazándose de vagabundo, para no ser reconocido. Habían pasado más de ocho años desde que se encontraran en la colina de Pony. Poco después la adoptó para protegerla contra los Leagan.

Tras la muerte de Anthony, él regresó a Londres. Seguía atendiendo los asuntos de los que le iba informando George, pero se negaba a asumir su lugar como cabeza visible de los Andrew. Candy no lo acababa de comprender y Albert solo le había explicado los hechos. En ocasiones, le daba la sensación que a él le costaba expresar sus sentimientos, quizás, debido a todos los años que había tenido que guardárselos para él mismo, en solitario.

Él la envió al mismo internado donde había estudiado él y del que solo salía para visitar a la tía Elroy en Navidades y en las vacaciones de verano. En esos descansos, unos años había permanecido en Escocia, otros, como cuando conoció a Candy en la Colina, habían regresado a América. Cuando ellos dos coincidieron en Londres, él había logrado encontrar trabajo en algo que realmente lo motivaba, el contacto con los animales en el Zoo de Blue River. Seguía en correspondencia con George, dirigiendo parte de los negocios en la distancia, hasta que comprobó que necesitaba algo más y se marchó a Kenia.

Más tarde, al iniciarse la guerra en Europa, intentó regresar, sufriendo la fatídica explosión del tren que lo dejó sin memoria y a George, sin noticias. Aquello sumió al consejo en un estado de conflictos continuos y a tía Elroy casi la llevó a la desesperación. La mujer perdió aún más cualquier traza de paciencia con Candy. Consideraba que con un miembro conflictivo ya había más que suficiente en la familia. Su prioridad, por aquel entonces, era encontrar a William e impedir que muriera ninguno más de los descendientes más jóvenes.

A Candy le había extrañado muchísimo que tía Elroy no asistiera a la inauguración del nuevo hotel de los Leagan. Se excusó con un ataque de fibromialgia. Candy, después de convivir los anteriores meses en Chicago, tuvo la sensación que era la forma de la tía de reprender a los Leagan, por engañarla durante todos aquellos años. Antes de la fiesta, Eliza y Neal reconocieron, en privado ante la abuela, que ellos habían colocado las joyas para incriminarla. Aquello había sido suficiente para ella pero no para Albert que exigió a Sarah Leagan unas disculpas públicas, si quería que los Andrew siguieran respaldando los negocios de su marido y de su hijo. Albert podía llegar a tener muy mal carácter cuando se lo proponía, resultando intimidante hasta para la propia tía Elroy.

En la foto del evento, le hubiera gustado colocarse al lado de Albert, tal como él le pidió, pero no al lado de Eliza, Neal o la Sra. Leagan. Ella procuraba no ser rencorosa. El odio era algo que detestaba sentir. Había logrado perdonarlos porque, a pesar de ellos, había logrado conocer a personas maravillosas y encontrar pronto su propio camino como enfermera. Pero salir junto a ellos, tras el intento de compromiso de Neal, era demasiado para ella. Las miradas de Neal aún le producían escalofríos al recordarlas. Sentía verdadera lástima por la mujer que acabara siendo su esposa.

En la cima de la colina también recordó a Terry, que había visto, una vez, aquel mismo panorama pero completamente nevado e inerte, tan diferente al actual, lleno de vida y color, con todos sus recovecos al descubierto, sin nieve que los ocultara. En Chicago pudo leer la noticia de la muerte de Susana. Casi se desmayó. Por suerte, Albert estaba desayunando con ella y la atendió enseguida, llevándola a un sofá próximo. Aquel día no fue a trabajar a la clínica. No podía. Constantemente su pensamiento volaba hacia aquella muchacha que no había dudado un segundo en sacrificarlo todo, en más de una ocasión, por Terry. Patty le recordó su reacción tras la muerte de Stear. Ambas estaban dispuestas a morir por aquel a quien amaban. La primera para dejar de ser un obstáculo en la felicidad de él, intentando saltar al vacío. La segunda, intentando reunirse con él, cortándose las venas. A Candy le quedaba el consuelo de saber que el tiempo que le quedó se la veía feliz junto a Terry.

Dudaba que Terry se sintiera verdaderamente liberado por su muerte. Susana no era mala persona y había supuesto un gran apoyo para él, durante los dos años que permanecieron conviviendo. Tiempo antes, Eleanor Baker le hizo llegar una invitación para ver a Terry interpretando a Hamlet. La rechazó por dos motivos; por la promesa que le hizo a Susana y porque aún continuaba preocupada por el paradero de Albert. Recordaba haber escrito cuidadosamente aquella carta, respondiendo diplomáticamente a la preocupada madre. La actriz desconocía muchas cosas de su vida y tampoco era necesario que las llegara a conocer. Cosas que ya ni pertenecían al propio Terry y que Candy apenas empezaba a comprender.

Candy volvió a sentir como se le aceleraba el corazón al pensar en ello. Debía encontrar el modo de resarcirse. No era justo que él no dejara de sorprenderla una vez tras otra. El Dr. Martin había aceptado, finalmente, la oferta de Albert. Construirían una nueva clínica en condiciones en Chicago y volvería a trabajar con él.

Sentada en la colina, aprovechando la última hora de sol, empezó su carta:

"Querido tío abuelo William, ..."

Era breve. Solo deseaba sacar parte de esa emoción que la desbordaba y necesitaba hacerlo en ese momento y hacérselo saber a él. Por el momento, se vengaría de la única forma que le era posible y que sabía que le molestaba. Tratándolo como un anciano. Se lo merecía. Aunque de anciano tuviera más bien poco. Al acabar de escribirla, dejó que se secara y luego la guardó en el sobre. Se preguntó si alguna vez habría estado enamorado. Si había hecho todo aquello por ella ¿Qué podría haber llegado a hacer por la persona que hubiera amado? A pesar de su confianza, nunca se había atrevido a preguntárselo.

Continuará...


Referencias a "Candy Candy La historia definitiva", de Keiko Nagita

Pg. 263 - Carta desde Kenia de Albert para Candy.

Pg. 321 - Recuerdo de Candy adulta de la inauguración del Miami Resort Inn.

Pg. 350 - Estimado Vicent Brown - Se confirma que Candy vive en Chicago antes de irse al Hogar de Pony.

Pg. 322 - Estimada Sara Lagan - Inauguración Miami Resort Inn, Disculpas públicas, Elroy no asiste ni Archie.

Pg. 366 - Muerte de Susana en diario.

Pg. 359 - Invitación de Eleanor Baker para Candy, tras Rockstown. Podía haberla recibido antes de descubrir que Albert era el bisabuelo William. Candy estuvo viviendo un tiempo sola, antes de que la intentaran comprometer con Neal.

Pg. 362 - Carta para Terry, no enviada por Candy, escrita después de recibir la de Eleanor Baker. Candy empieza a hablar de sus sentimientos hacia Terry en pasado.

Pg. 347 - Estimado Dr. Donald Martin - Candy pide que acepte la construcción de una nueva Clínica Feliz por Albert

Pg. 349 - Estimado Dr. Donald Martin - Candy está en Chicago. Los regalos para los niños los puede llevar ella en la visita navideña al Hogar.

Pg. 375 - Carta posterior donde Albert hace referencia a haber estudiado en el internado. La forma en que lo escribe da a entender que ya habían hablado entre ellos de la asistencia de Albert al internado.