Stiles seguía sentado junto a la mesa de operaciones del veterinario. Sobre ella, Derek continuaba inconsciente después de que Deaton le hubiera curado las heridas. La cicatriz de la puñalada, aunque lentamente, por fin había empezado a regenerarse, así como la de la cara y las que cubrían su pecho y espalda. Pero los restos de sangre seguían estando en su costado, así como sobre la mesa y prácticamente todo su cuerpo.
Aprovechando que estaban solos, Stiles se levantó de la mesa para inspeccionar la mesa donde Deaton guardaba todo lo necesario para atender su clínica. Intentó no prestar mucha atención a las toallas teñidas de negro que había en la papelera con las que habían frenado las múltiples hemorragias, y rebuscó entre los cajones. Finalmente encontró un pequeño barreño que llenó con agua templada, tras lo que cogió la única toalla limpia que quedaba.
Colocó todo sobre la mesa, a la altura de la cabeza de Derek, y le observó en silencio durante unos segundos. Respiró hondo varias veces, sintiendo cómo los ojos se le empañaban al verle tan frágil, pero obligándose a pensar en positivo.
Y lo positivo era que Derek estaba vivo. Que había estado muy cerca, sí. Y que él había sido el responsable de llevarle a ese estado, sí. Pero que al menos estaba vivo.
Dando un respingo para terminar de alejar las lágrimas, introdujo la toalla en el agua y, muy lentamente, comenzó a limpiar la sangre. Empezó con la cara. No porque allí hubiera más sangre, sino porque necesitaba ver su rostro limpio de aquella masa viscosa. Para que así le resultara más fácil aceptar que todo había acabado. Que Helena había muerto, que ellos habían sido los vencedores, y que ahora todo sería como antes.
O casi como antes.
Una vez las mejillas, frente y labios del Alfa estuvieron libres de la sangre, aunque seguían estando más pálidas de lo normal, Stiles se permitió un par de segundos para dejar la tarea de limpieza. Aprovechando que nadie le veía (aunque a estas alturas le daba igual lo que la gente viera o pensara de él), acercó sus labios a los del hombre para besarlos muy levemente. Y aunque los carnosos labios de Derek no respondieron a su beso, exactamente igual a como ocurrió la última vez que le besó, se llenó de la sensación de al menos poder sentirlos y poder notar su calor.
Sólo se concedió unos segundos.
Sabía que si seguía así acabaría teniendo una crisis emocional y se echaría a llorar, hecho un ovillo a los pies de Derek. Y por mucho que fuera justo eso lo que quería, no tenía derecho a ello hasta que Derek no despertara y volvieran a casa… Porque Stiles necesitaba pensar que cuando él despertara, podrían volver a casa juntos y mandar al resto del mundo a la mierda.
Inspirando con fuerza, se limpio las lágrimas con el reverso de la mano y cogió de nuevo la toalla.
Poco a poco, casi de forma reverencial, como si estuviera tratando con un cuerpo de porcelana y no uno de los cuerpos más fuertes y duros que había visto jamás; Stiles siguió limpiando la sangre. Lo hizo en silencio. Dejando que sólo el sonido del agua moviéndose cada vez que introducía de nuevo la toalla en el barreño, se oyera en el interior de la clínica.
Casi media hora después, cuando ya no había ningún resto negro sobre la pálida piel de Derek, tiró el agua a la pila y la toalla en el cubo de ropa sucia. Volvió a colocarse junto al hombre entonces, al borde de la mesa, y cogió una de sus manos para apretar los dedos con cariño.
Lo hizo convencido de que, al notar su tacto, Derek reaccionaría. Que apretaría también su mano o, incluso, abriría los ojos al darse cuenta de que estaba allí con él.
Nada de eso ocurrió. Y Stiles se obligó a pensar que eso no significaba nada malo. Simplemente que estaba agotado y no era consciente de lo que ocurría a su alrededor.
De pronto, los párpados del hombre temblaron levemente, y un pequeño gruñido se escapó de sus labios. Stiles esperó, aguantando la respiración, a que Derek despertara… hasta que comprendió que no lo iba a hacer. Y que aquel gruñido era a causa del dolor que aún estaba sintiendo.
Sin dudarlo un segundo, colocó la mano que no sujetaba la del Alfa sobre la herida del costado. Y pese a ser sólo la segunda vez que lo hacía, no se puso nervioso. Tan sólo dejó que la palma de su mano acariciara la piel, y que todo su instinto de lobo se concentrara en quitar el dolor de su Alfa.
En seguida las venas de su mano se volvieron negras y abultadas, y Derek soltó otro quejido de protesta, temblando levemente.
- Shhh – susurró Stiles – No pasa nada, mi vida. Soy yo.
Soltando la mano que sujetaba la del hombre, la llevó hasta el pelo del Alfa. Y una vez allí, comenzó a juguetear con su cabello. Exactamente del mismo modo que había hecho un millón de veces, después de hacer el amor pero sin querer marcharse ya a casa.
La primera vez que lo hizo ni siquiera se dio cuenta de ello, y tuvo que ser Derek quien se lo hiciera saber; indicándole que su madre hacía lo mismo cuando había tenido una pesadilla.
Y desde aquel día, muchas veces de manera inconsciente y otras con toda la intención del mundo, siempre que podía enterraba sus dedos en aquel frondoso y suave pelo, sabiendo que aquel simple gesto lograba que Derek se sintiera a salvo y querido.
- Ya ha pasado todo – musitó Stiles, apartando la mano de la herida cuando desaparecieron las líneas negras de sus venas – Estás a salvo.
Quiso seguir diciéndole cosas. Aunque fueran cosas sin sentido, que al menos Derek siguiera escuchando su voz. Porque pese a todo lo que había ocurrido, Stiles albergaba la esperanza de que nada habría cambiado en cuanto a su relación se refería, y que Derek seguía necesitando aquellas muestras de afecto. Muestras de lo mucho que le quería.
Al final, sin embargo, no pudo hablar. No porque no quisiera o porque no supiera qué decir. Sino porque el tiempo que llevaba con Derek le había hecho comprender que había veces en que un silencio valía mucho más que un millón de palabras. Sobre todo si ese silencio venía acompañado por una leve sonrisa o un gesto concreto de las expresivas cejas del hombre o… O un millón de cosas que Stiles no sabía cómo demonios lo hacía Derek, pero que lograban que le quedara más que claro todo lo que sentía sin necesidad de decir absolutamente nada.
Y las ganas que tenía de que Derek abriera los ojos y le enseñara otra vez cuánto le quería… eran tan fuertes como la necesidad de respirar.
Sin darse cuenta, nuevas lágrimas empezaron a formarse al tiempo que besaba de nuevo los labios de Derek e inspiraba su aroma. Y pese a que sentir de nuevo su olor, fuerte y constante, le ayudó a superar el momento de crisis; no consiguió que disminuyeran las ganas que tenía de que abriera los ojos.
Justo en ese instante, oyó que la puerta del quirófano se abría y Scott se quedaba esperando en la puerta. Ni siquiera necesitó su olfato lobuno para saber que era él, porque sabía que Scott era el único de todos sus amigos que se habría atrevido a entrar allí. Mejor dicho, que era el único de sus amigos que sabía tenía permiso para entrar allí e interrumpir un momento evidentemente privado.
Stiles no se dio media vuelta para indicarle que podía hablar. Tampoco le preguntó si todo estaba solucionado. Sabía que él y Isaac habían hablado largo y tendido con los Betas de Helena, los nuevos Betas de la manada de Derek, mientras que Chris había sido el encargado de deshacerse del cuerpo de Helena. Y si en todo ese tiempo, lo único que había hecho Stiles era montar guardia junto a Derek, no se arrepentía en absoluto.
Porque bastante había tenido que soportar en las últimas semanas, como para ganarse el derecho a no hacer nada por una mísera vez.
- Deaton me ha dicho que se pondrá bien. Que sólo tiene que descansar – dijo Scott a modo de saludo, aun desde la puerta.
Stiles tan solo asintió.
- Tú también deberías descansar.
- Estoy bien – musitó acariciando la mejilla del Alfa. Por su parte, Scott se aventuró a recorrer la distancia que le separaba de su amigo, e incluso a colocar una mano sobre su hombro en gesto de apoyo.
- Vamos, Stiles. No te hagas esto – el chico miró por encima de su hombro, sin entender del todo a qué se refería – Todos sabemos que es lo único que podías haber hecho. Que si tuviste que hacer daño a Derek, es porque era la única manera de atacar a Helena y salvarle la vida.
- Lo sé.
- Y Derek también lo sabe. No te considera responsable ni te culpa de nada.
- Lo sé.
- Entonces por qué estás así – se quejó su amigo ante la falta de originalidad de las respuestas de Stiles.
Por su parte, Stiles miró fijamente a Scott, endureciendo un poco la mirada con respecto a cómo la había tenido hasta ahora. Y si antes su voz había sido un leve susurro de cansancio, ahora se transformó en un tono de súplica.
- Sabes que te quiero, Scott. Que eres mi mejor amigo, un hermano para mí. Pero te lo pido por favor… No me hagas hablar. Porque no tengo ganas ni fuerzas para intentar explicarte obviedades ahora, ¿vale?
- No te entiendo…
Stiles soltó un suspiro agónico antes de separarse del todo de Derek para centrarse en su amigo.
Por supuesto que Scott no lo entendía.
- Me da igual que fuera lo que tenía que hacerse ¿vale? Y me da igual que Derek lo entienda y me perdone. O que incluso me diga que ni siquiera hace falta que me perdone porque no es culpa mía – vio que Scott iba a hablar, pero levantó una mano para que le dejara continuar – Nada de eso cambia el hecho de que lo hice – sintió un escalofrío - Que le apuñalé, y le ataqué, y le di descargas eléctricas – apretó los dientes con fuerza a causa de la rabia, pero no paró – No cambia que le hice gritar de dolor, Scott. Y que durante horas él me vio hacerlo – los labios empezaron a temblarle – Y durante ese tiempo, hasta que aparecisteis los demás, Derek creyó que le había traicionado.
- Pero no era así.
- Pero él no lo sabía entonces – gruñó de rabia – Y sus ojos… - se limpió las lágrimas con la manga de la camiseta, pues ya apenas podía ver - Dios, sus ojos… Nunca le había visto así… Tan roto y… perdido y… - se llevó una mano al pelo y tiró de él de plena frustración – Sé que era la misma expresión que tuvo cuando descubrió que Kate le había utilizado para matar a su familia y… - soltó un sollozo ahogado – No puedo soportar pensar que por un instante él creyó que yo estaba haciendo lo mismo.
Scott sintió que se le encogía el estómago.
No sólo por ver a su mejor amigo en ese estado, sino por lo que decía. Y aunque ya conocía la historia de Derek y Kate (Stiles se lo contó hace tiempo, bajo pena de muerte de que Derek jamás podía saber que él lo sabía), seguía causándole sorpresa cada vez que oía el nombre de Kate Argent. Cada vez que recordaba lo que una psicópata pudo llegar a hacerle a un pobre chico, sólo por llevar a cabo su obsesión patológica por matar a cualquier hombre lobo que se cruzara en su camino.
Y cada vez que recordaba lo que Derek tuvo que vivir: la humillación, la rabia y la culpa por haber sido utilizado de aquella manera; comprendía un poco mejor por qué Derek era así. Y entonces sentía un orgullo inmenso tanto por su Alfa, que con todo lo vivido se había convertido en el mejor Alfa que podría desear uno; como por su mejor amigo, al que Derek necesitaba para superar de una vez por todas las heridas del pasado.
Aunque sabía que siempre habría veces en que las heridas volverían a sangrar.
Como ocurría ahora.
Y por eso Scott hizo lo que hacía cada vez que estas se abrían. Cada vez que Stiles tenía que reconfortar a Derek cuando algo (una imagen, un olor, una canción, un detalle insignificante) le recordaba al Alfa todo lo que perdió por culpa de una chica guapa; y después Stiles volvía a casa hecho polvo…
Entonces le tocaba el turno a su mejor amigo recoger los pedazos de Stiles, sabiendo que no había nada en el mundo que le doliera más que ver a la gente a la que quería sufrir y no poder hacer nada para remediarlo.
Todas y cada una de esas veces, cuando Stiles se colaba en la casa de su amigo con los ojos rojos de tanto llorar, Scott hacía siempre lo mismo. Lo mismo que estaba haciendo ahora: Recorría la distancia que le separaba de él y, sin decir una sola palabra, le abrazaba con fuerza, casi hasta oír cómo crujían los huesos, y le mantenía pegado a él durante el tiempo que hiciera falta.
A veces era cuestión de minutos. Otras veces necesitaba más tiempo hasta que finalmente era el sueño el que ponía fin a la crisis emocional, y Stiles acababa dormido entre sus brazos, las mejillas empapadas de no haber parado de llorar.
Y las menos de las veces, como estaba ocurriendo ahora, el llanto de Stiles se prolongaba durante horas y no parecía que fuera a terminar nunca.
Pero ninguna de esas veces fue Scott el que rompió el abrazo, convirtiéndose así en la torre que su amigo tanto necesitaba.
