Capítulo 23: Es así, tal como él te imaginó.

Una vez solo, Harry cerró los ojos y masajeó sus párpados suavemente, sintiéndose cansado; ordenó su escritorio con un movimiento de su varita y salió en busca de Ginny, quien le aguardaba sentada, a solas y paciente, en la silla de uno de los escritorios. Al verlo, ella se puso en pie y él la besó suavemente, cariñoso.

—No creo que, disculparme, haga remitir tu enfado —se aventuró a afirmar, con dureza—. Porque sabes que me he retrasado conscientemente. Este asunto nos trae de cabeza, Ginny; esta situación es excepcional y requiere todo el tiempo que podamos dedicarle —explicó, con voz cansada, refiriéndose a la amenaza del violador.

—Lo sé. No te preocupes —ella respondió, conforme.

Lo abrazó para darle ánimos.

Aunque Harry notó cómo el brillo de emoción que aquella mañana se había apoderado de sus bellos ojos, yacía ahora apagado. Ginny se había conformado con no obtener aquello que tanta ilusión le hacía, algo que él no podía consentir, porque sentía que ella merecía toda su atención y mucho más. Así que, aunque sentía que su cuerpo iba a derrumbarse de cansancio en cualquier momento, la tomó de la mano y tiró de ella con energía, sonriente.

—Conozco una tienda pequeñita, pero coqueta, donde nos recibirán sea a la hora que sea. Tiene unos vestidos de boda preciosos —aseguró, ilusionado—. Sé que te encantarán.

—¿De veras? —Ginny buscó su mirada con alegría, de nuevo emocionada. Y él hizo un gesto de asentimiento, jovial.

—Este próximo sábado lucirás el vestido de novia más hermoso del mundo, mi vida. Eso, te lo puedo jurar.

Ella apretó su brazo en un gesto cariñoso, cogida de este. Y apresuró el paso, encantada. Inmediatamente, él acompasó sus pasos a los de ella sintiendo que todo, en la vida, valía la pena por contemplar su felicidad.

Harry y Ginny recorrieron abrazados el Callejón Diagon, que a aquella hora de la recién llegada noche se mostraba casi desierto. Los pocos magos y brujas que aún quedaban en este, se afanaban en concluir sus últimas compras del día, con rapidez, para marcharse al calor de las confortables chimeneas de sus casas. Aunque hacía poco que la primavera se había adueñado de Londres, las noches aún resultaban ser demasiado frías, como para ir paseando alegremente a la intemperie.

Sintiendo unos leves escalofríos de su novia junto a su cuerpo, él la atrajo aún más hacia sí.

—Tranquila, es aquí —anunció con una sonrisa, deteniéndose ante lo que ella habría jurado que era un domicilio particular y no una tienda.

"Madame Orts", rezaba un pequeño cartel, casi oculto tras el magnífico y resplandeciente cartelón de "El Emporio de la lechuza". Él hizo sonar, levemente, la vetusta aldaba en forma de dragón que colgaba de la puerta. Mientras, un mago rezagado que pasó por su lado corriendo hacia su casa, lo reconoció y lo saludó con una respetuosa inclinación de cabeza, a la que él correspondió del mismo modo.

—¿Qué es este lugar? —Ginny preguntó, extrañada—. No lo conozco.

—Realmente, poca gente lo conoce. Porque Madame Orts es muy selecta con su clientela —respondió, nada sorprendido por aquella pregunta—. Ella es hermana de Madame Malkin, la dueña de la tienda de túnicas. Es una mujer algo excéntrica, aunque bondadosa. No acepta a sus clientes por la cantidad de dinero que estos poseen, sino por la impresión que se lleva de ellos en su primera cita, concertada siempre a través de su hermana —explicó.

Ella lo miró, suspicaz.

—Ya verás; te gustará —le aseguró, ilusionado–—. Y sé que tú le gustarás a ella, también.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —quiso saber enarcando una ceja, instintivamente, mientras lo observaba aún curiosa.

—Porque ella te conoce a través de mí —respondió, de forma enigmática.

Ginny no tuvo tiempo de seguir preguntando, ya que la puerta se entreabrió repentinamente y un rostro, viejo y ajado, se perfiló a través de la estrecha rendija, por la que se coló una tenue y cálida luz.

—Harry…

El rostro de la mujer se iluminó con la misma calidez que destilaba su vetusta tienda.

—Y ella…

Al ver a Ginny, mostró tanta sorpresa como sintió la propia joven al darse cuenta de que ella la había reconocido y le sorprendía verla allí.

—Buenas noches, Eliadora. ¿Podemos pasar? ¿No la interrumpimos? —Harry pidió, educadamente.

—Por supuesto que no, muchacho. Vosotros jamás me interrumpís —la mujer afirmó, con un ademán amable.

Ginny no salía de su asombro, sintiéndo que, para aquella mujer tan peculiar, que ella estuviese allí, acompañando a Harry, era lo más normal del mundo.

—Intuyo para qué habéis venido —aseguró tranquilamente, una vez todos estuvieron dentro de la tienda, a salvo del frío primaveral.

La decoración de la entrada parecía tan antigua y clásica como su propietaria, sino más. Nada hacía prever que aquel lugar era realmente un comercio. Más bien parecía el hogar acogedor de una octogenaria amable.

Harry sonrió, radiante.

—Perdone que hayamos venido a estas horas. Pero ya sabe cómo es mi trabajo —se disculpó.

Eliadora lo silenció, inmediatamente, levantando una mano, haciendo ver que no le importaba en absoluto la intempestiva hora de su visita.

—Acomódate, muchacho —le ordenó, señalándole una amplia y cómoda butaca de madera que mostraba un asiento cubierto por un mullido cojín color granate, con un gesto de la mano— Y tú, jovencita: acompáñame. Tenemos mucho trabajo por delante.

Eliadora la cogió por una mano y la arrastró a la trastienda; a lo que parecía su taller de trabajo. Al entrar en la estancia, Ginny se maravilló de lo que vio: hermosos vestidos femeninos colgaban de perchas, suspendidas en el aire mágicamente; algunos de diario, otros de fiesta. Y unos pocos, de novia. Pausadamente, la dueña de la tienda paseó a la joven ante los preciosos vestidos de novia, todos ellos únicos y confeccionados a mano.

—Echa un vistazo, jovencita. Y dime si, alguno de ellos, se parece a la idea que tú llevas en mente—Extendió su mano ante tan bella colección.

—Yo no sé…

No se vio capaz de terminar la frase, pues cada vestido que veía era más hermoso que el anterior. Estaba fascinada. Y aún más lo estaba porque la mujer sabía exactamente para qué Harry y ella habían ido a visitarla.

Caminó entre los magníficos vestidos de novia como si lo hiciese entre algodones, sin dar crédito a sus ojos y sin ser capaz de decidirse por ninguno de ellos; por ninguno. Mas de pronto, su vista se topó con uno que no se hallaba entre la colección, sino que absorbía todos sus sentidos, atrayéndola, hipnotizándola, desde una discreta esquina del cuarto.

—¿Y este? —Ginny preguntó, curiosa, acercándose rápidamente al hermosísimo vestido que, cubriendo a un maniquí, resplandecía desde su coqueto rincón de la pequeña sala. Tocó con reverencia, impresionada, la suave y blanquísima tela que parecía estar siendo iluminada con brillo propio.

—Este, tiene dueña —la rechoncha mujer afirmó, mostrando una cálida sonrisa de satisfacción. Ginny soltó la tela, decepcionada.

—¿Quieres probártelo? —le ofreció, con un ademán de la mano.

—¿Puedo hacerlo? —preguntó, con asombro e ilusión.

—Por supuesto. Es tuyo.

—¿Co-cómo? —Ginny creyó no haber escuchado bien y fijó su mirada en la que la sonriente mujer le ofreció, esperando una aclaración.

—Él está convencido de que yo me deshice de este vestido. Pero no pude hacerlo. No, cuando algo tan bello fue concebido con tanto amor —dijo sin más.

—¿Él? ¿Quién? —preguntó, curiosa.

—Tu prometido; por supuesto. ¿Quién, si no? —Pareció disfrutar, enormemente, de la infinita sorpresa que la pelirroja mostró en su rostro, al escucharla—. Hace poco más de un año, el joven Potter me encargó la confección de este vestido. Él mismo me lo describió, basándose en la imagen del día de vuestra boda que conservaba en su mente como un tesoro.

—¡Oh! —Se llevó las manos a los labios, ahogando un grito de sorpresa.

—Él tenía la intención de sorprenderte… Pero, me temo que, los acontecimientos se desarrollaron de un modo muy distinto a como él los imaginó.

Ginny intentó ocultar su rostro girándose, por un instante, para que la amable señora no se diese cuenta de que estaba apunto de llorar. Pasados escasos segundos, se recompuso como mejor pudo y volvió a centrarse en la contemplación de aquel vestido subyugador.

—Tras romper vuestro compromiso, él vino a mi tienda un día y, en vez de llevarse el vestido para regalártelo, me pidió el favor de que lo destruyese; de que acabase con todo vestigio de su existencia —relató con tristeza—. Me lo pagó, por supuesto. Y generosamente, he de decir. Pero no quiso ni verlo. Tan sólo se marchó, con un dolor en la mirada que jamás olvidaré. Por eso, al veros entrar en mi tienda a ambos juntos, hoy, he creído que el corazón iba a saltar de mi pecho. Siempre he deseado que él regrese a visitarme un día, siendo feliz. Yo no había vuelto a verlo; hasta hoy. Al menos, no como cliente. De vez en cuando, él viene a saludarme. Es un joven muy atento.

—Señora Orts: yo…

—No deseo saber lo que pasó, jovencita; sólo quiero que lo hagas feliz. En mi vida, hubo una vez un hombre como ese. Pero el maldito Señor Oscuro lo arrancó de mi lado. Si él aún viviese, te aseguro que, ahora, yo no sería una viuda melancólica y soñadora que se consuela dando largos paseos por el campo con su hermana solterona y con un perro asmático —le aseguró, amablemente—. El vestido es tuyo; está pagado. Pruébatelo. Pero, te aseguro, que te viene como un guante. No en vano, está hecho para ti.

—Yo… no puedo creerlo… —Lo acarició de nuevo, emocionada—. Es… es perfecto.

—Eso demuestra que él te conoce como nadie llegará a hacerlo jamás —la mujer susurró a su oído, satisfecha–—. Y que mi trabajo vale lo que yo recibí por él. Si realmente deseas sorprenderlo, luce este vestido el día de vuestra boda. Tranquila; yo te lo haré llegar donde tú me indiques, de forma discreta, para que él no se entere de nada hasta ese día.

—¿Lo hará? —Sus ojos se iluminaron con un brillo radiante. Tomó el vestido delicadamente y se lo colocó, ayudada por la modista.

—Por supuesto. ¿Cuándo se celebrará la boda?

—Este sábado; en Hogwarts —. De pronto, miró a la mujer, alarmada—. Por favor, no revele lo que acabo de contarle a nadie. Nadie lo sabe; excepto la profesora Mc Gonagall, un íntimo amigo de Harry y el mago que se encargará de casarnos —le rogó.

—¿Este sábado? ¡Por Merlín! ¡Harry sí que confía realmente en mí, como para creer que yo seré capaz de diseñar y confeccionar un vestido completamente nuevo en tan sólo dos días! —exclamó, asombrada—. Mc Gonagall… ¿eh? Perfecto, perfecto… Le haré llegar el vestido a ella mañana mismo. Ambas poneos de acuerdo y ya está. Y tranquila, que no voy a revelar a nadie vuestro pequeño secreto. Pero, a cambio, voy a pedirte un favor.

—¿Cuál? —le preguntó, escrutando su semblante y temiendo lo peor.

—Que me permitáis presenciar la boda. Desde que le conocí, tengo un cariño especial a ese jovencito que te está esperando ahí fuera, enamorado. ¿Crees que podré?

—¡Por supuesto que sí! —Se echó al cuello de la mujer, para abrazarla.

—Estás divina…

Madame Orts giró alrededor de Ginny, maravillada. Y ella se observó, incrédula, frente a un espejo de cuerpo entero.

El vestido era ajustado, aunque elegante, sin ocultar ninguna de las curvas perfectas del cuerpo de su dueña. Un escote de barca dejaba al descubierto el blanco, terso y pecoso cuerpo de la novia, bajo los hombros, que una coqueta aunque escasa manga corta no llegaba a cubrir. Aunque todo de una pieza, la parte del corpiño se hallaba completamente cubierta de un elaboradísimo drapeado, con formas y motivos intrincados, que no hacía sino realzar los sensuales pechos de la joven, insinuantes bajo este. En cambio, unas ajustadas caderas daban paso a una explosión de pliegues que se mecían hasta el suelo, grácilmente, con cada uno de sus movimientos. Una hermosa y larguísima cola, majestuosa, completaba tan bella estampa.

—Gracias —ella susurró, emocionada.

—Dáselas a él. Es así, tal como él te imaginó.

—Amo a ese hombre. Merlín, cuánto y cómo lo amo…

—Estarías completamente loca, si no lo hicieras. —Eliadora rió, comprensiva—. Anda, quítatelo y déjalo todo en mis manos.

Ginny se desvistió con cuidado, para volver a ponerse la ropa de calle que había traído. Tras ello, ambas mujeres regresaron a la sala de espera, sonrientes. Al entrar en esta contemplaron, enternecidas, a Harry completamente dormido, con la cabeza apoyada en el respaldo de la silla y ligeramente inclinada hacia un lado. Había sido vencido por el cansancio. Ginny caminó hasta él e inclinándose con cuidado, besó sus labios suavemente.


COMENTARIOS DE LA AUTORA

Y es en este punto, donde empieza mi período vacacional en el que, además de no trabajar, no pienso dar palo al agua; si puedo y mi hija me lo permite, jeje.

Dedico este capítulo a Natesgo y a Dayazo, fieles comentaristas de mis capítulos. Y también a Shallito, que ha añadido el fic a sus Alertas.

Un abrazo muy fuerte y hasta dentro de dos semanas.

Rose.