Capítulo 19
Regina apretó las manos de Emma mientras su pecho se comprimía con cada respiración irregular. Alzó las manos hacia su rostro, y Regina temblaba junto con ella.
―No sé cómo ni cuándo firmé este documento―explicó Regina ―Pero juro por Dios que esto no va a quedar así
―Regina, lo que importa es que hemos aclarado las cosas―dijo Emma, intentando aplacar la furia reflejada en los ojos de la morena.
―Quiero que me describas cómo era ese hombre que dijo ser mi abogado.
―¿Para qué, Regina?
―Habla, Emma―rebatió ella, luchando por controlar su rabia.
―¡No, Regina! No conocemos a ese hombre, no sabemos de lo que es capaz. Si vas tras él, quizás después quiera vengarse y esto no acabará nunca, o quizás termine en tragedia. ¡Así que, no! No voy a describirte nada, y tú no vas a hacer nada. Por favor.
La expresión en los hermosos ojos verdes combinaba con su suave ruego, dándole a Regina la sensación de estar entre la espada y la pared. Su mente era un caos, totalmente dominada por sus palabras. Dividida entre no querer hacer sufrir a Emma y el deseo de buscar al desconocido y dejarlo cerca de la muerte, Regina se sentía torturada por la tensión. Ella sabía que no sería capaz de escapar de su propia hostilidad si permitiera que ese hombre saliera impune, sin embargo no insistió más para que Emma no se preocupara.
―Mandaré algunos peones para ayudarte con…
―Regina, me voy a quedar aquí.
―Pero…Hemos aclarado las cosas, entonces pensé que…
―Te amo―dijo Emma, acariciándole el hombro ―Pero en este momento no quiero volver a la casa grande.
―Yo también te amo. Y siento mucho todo lo que ha sucedido…
Con su respiración en suspenso y su corazón desintegrado ante la idea de que Regina se culpaba, Emma vaciló un instante antes de presionar sus labios contra los de ella. Hambrienta en diversos sentidos, Regina la besó con intensidad, queriendo ahogarse en todo lo que era ella, su cuerpo en busca de liberación. Un gemido de Emma vibró en su lengua, y aquello la llevó a la locura.
―Las dos necesitamos tiempo y espacio―dijo Emma, jadeante. Apartándose, intentó recomponerse ―Un pasito cada vez, poco a poco hasta que todo mejore. ¿Me entiendes?
―Sí, entiendo.
Aunque Emma veía la vacilación en sus ojos, su tono de voz era sincero. Suspirando, Regina hizo un corto movimiento de cabeza. Imaginaba que la decisión de Emma tenía relación con la presencia de Aurora y Elsa en la hacienda. Mirándose a los ojos, las dos siguieron unos minutos en silencio como si no supieran qué decir.
Queriendo borrar cualquier rastro de rabia en el rostro de Regina, Emma enlazó su cuello y la atrajo hacia ella.
―Todo estará bien―dijo ella. Asintiendo, Regina la besó. Los labios trazaron el perfil de su mandíbula antes de apartarse.
―Tengo que volver a la hacienda. ¿Nos vemos mañana?
―Claro que sí, Regina.
―¿Confías en mí, Emma? ¿Crees que no he tenido nada con Aurora ni con ninguna otra desde el día que te vi por primera vez?
―Creo en ti, mi amor
―Gracias.
Antes de marcharse, Regina la besó una vez más. La besó como si tuviera algo que demostrarle y de hecho, así era. Le demostró a Emma que ese beso solo era el comienzo.
Regina, agarrada con fuerza a las riendas del caballo, llegó a la hacienda más rápido de lo que pensaba. Trabando una batalla en su mente, dejó a Rocinante en las caballerizas y fue en busca de Robin.
―Diga, patrona…
―Ve a la ciudad y busca información sobre el desconocido. Si no es de por aquí, ciertamente se hospedó en alguna pensión del centro o de los alrededores ―ordenó. Aunque Emma no aprobara su comportamiento, Regina estaba dispuesta a poner en limpio aquella historia. A fin de cuentas, ojos que no ven, corazón que no siente.
―¿Ha sucedido algo, patrona?
―El desgraciado se hizo pasar por mi abogado y tenía un documento firmado por mí. Quiero saber quién es él y cómo consiguió eso.
―¿No será mejor avisar a las autoridades?
―No. Búscalo y llévalo a la otra hacienda. Después dile a alguien de tu confianza que venga a avisarme.
―Como desee, patrona
―¿Dónde está Elsa?
―La he visto entrar en la casa grande hace un momento.
―Gracias, Robin. Ahora ve y haz lo que te he pedido.
Asintiendo, Robin se retiró mientras Regina recorría la casa grande en busca de Elsa. La encontró en el despacho, y no dudó en cerrar la puerta, aislándolas de cualquier interrupción.
―¿Regina? ¿Ha sucedido algo?
Regina respiró hondo, determinada a decir rápidamente lo que tenía que decir. Nada de rodeos. Nada de vacilación.
―Esta mañana he tenido un reencuentro con Emma y también una larga conversación―dijo ella, la expresión dura y el tono de voz herido ―¿Por qué me has mentido?
Por un segundo, la voz de Elsa se quedó presa en su garganta y ella empalideció. Paralizada ante la amiga, sabía que la respuesta quizás no fuera la que a Regina le gustaría escuchar, la que necesitaba escuchar.
―Todo lo que he hecho fue para protegerte―dijo ella
―¿Protegerme?―susurró ella, sus ojos llenos de lágrimas y confusión
Mientas esperaba la respuesta, una serie de emociones extrañas que no estaba preparada para afrontar vinieron a la palestra.
―Sí, protegerte de Emma―balanceando la cabeza, Elsa soltó sus temores ―Antes de que murieran tus padres, les prometí que cuidaría de ti. Fallé cuando no pude impedir que hicieras aquel acuerdo con su familia. Pero no podía fallar esta vez.
―Nada de lo que estás diciendo tiene sentido…―susurró Regina, un susurro atormentado. Quería creer en ella, pero no lo conseguía.
―¡Quizás no tiene sentido para ti porque estás ciega! Tu vida es un constante desasosiego porque Emma en un momento te sonríe, y al momento te lo arranca.
―¡Basta!―exclamó Regina ―Primero, no necesito tu protección. Segundo, no tienes ningún derecho a meteré en mi vida. Y tercero…Nunca te perdonaré por esto.
―Regina…
―Habla con mi abogado sobre tu carta de despido―la interrumpió sin dudar ―Los vínculos que existían entre nosotras ya no existen. Ahora por favor, retírate.
Elsa sabía que la mentira que había guardado la iba a dejar triste y dolida, pero su reacción la estaba destrozando. Ella asintió, dando un corto paso hacia atrás. Incapaz de ver la decepción en los ojos de Regina, Elsa desvió la mirada y entonces se marchó.
Cuando hubo salido, Regina se recostó en el respaldo del sillón de cuero intentando librarse del torbellino de emociones que invadía su cabeza tras la confesión. Pasaron algunas horas, pero ella siguió ahí, perdida en sus pensamientos, hasta que unos golpes en la puerta llamaron su atención.
―Con permiso, patrona―murmuró Marian en cuanto Regina abrió la puerta ―Robin ha pedido que le diga que ha encontrado lo que buscaban.
Comprendiendo inmediatamente el mensaje, Regina dejó la casa grande y en pocos minutos llegó a su segunda propiedad en la región. Cuando Robin vino a su encuentro y le explicó que el farsante no parecía dispuesto a hablar, pensamientos perversos pasaron por su cabeza.
―Llévame hasta él―dijo ella. Asintiendo, Robin la condujo hasta la caseta de madera donde se guardaban las herramientas de trabajo.
Al abrir la puerta, Regina estudió su rostro, y a pesar de que nunca lo había visto antes, en aquel momento eso poco le importaba.
―¿Quién te pagó para hacerte pasar por mi abogado?―Regina fue al grano.
―No sé de lo que está hablando. Yo no he hecho nada, han cogido al hombre equivocado―dijo él.
―Ruby estaba con la señora cuando este infeliz apareció. Ella lo ha reconocido, patrona―Robin intervino.
―Última oportunidad―avisó Regina ―Solo dime el nombre de quién te pagó y te podrás marchar.
―Me están confundiendo con otra persona…
Un simple movimiento de cabeza por parte de Regina y el capataz entendió cuál sería el próximo paso. Agarrando el cuello del desconocido, Robin levantó su cabeza y se la aplastó contra el suelo, provocando un sonido sordo.
―Habla…―murmuró Regina, entre dientes, y como no hubo respuesta, dio la orden al capataz para que continuase.
Y entonces Robin lo agarró otra vez por el cuello, apretaba tan fuerte que notaba en sus pulgares los latidos del hombre. Volvió a golpear su cabeza contra el suelo y esta vez tuvo la certeza de que le había rajado el cráneo. Agarrándolo por los cabellos, Robin le dio un puñetazo en la boca, y estaba a punto de golpearlo de nuevo cuando una palabra escapó de los labios ensangrentados.
De repente, el cuerpo de Regina se tensó y una rabia infinita se vislumbró en sus ojos al escuchar el nombre de la veterinaria. Luchando contra la furia que intentaba dominarla, Regina se acercó y esta vez fue ella quien lo agarró por los pelos.
―Cuenta todo lo que sabes antes de que pierda lo poco de paciencia que me queda…
A medida que él explicaba cómo todo había sucedido, Regina echaba humo. La necesidad de borrar a Aurora de la faz de la tierra se enraizaba en cada una de sus células.
―Desaparece de mi vista―dijo ella, interrumpiéndolo. Aturdido, salió tambaleándose y desapareció puerta afuera.
―¿Necesita alguna otra cosa, patrona?―preguntó Robin.
―Manda cuatro hombres de tu confianza a la hacienda del fallecido general. Emma está allí y no quiero que esté desprotegida.
Robin asintió mientras la observaba subir al caballo y partir rápidamente. No había palabras adecuadas para expresar su estado mental aquel mediodía de viernes. Unos momentos después, Regina se vio saltando del caballo en cuanto el animal entró por los portones de la hacienda. A paso apresado, siguió derecha a la consulta de la veterinaria y al abrir la puerta, se encontró frente a frente a Aurora y a Elsa.
Pasando su mirada de una a otra, Regina vaciló un instante antes de fijarla en Aurora. Su cabeza estaba agitada y a cada segundo sus pensamientos se confundían más. Optando por el amor en lugar del odio, Regina respiró hondo para calmarse y fue directo al grano.
―Mi abogado entrará en contacto contigo para finalizar los detalles de tu despido―dijo Regina. Sus ojos castaños fusilaban los azules de Aurora.
―Las cosas no son como estás pensando―murmuró la veterinaria ―Puedo explicar…
―Tu explicación no me interesa―cortándola, Regina se acercó más ―Podría denunciarte a las autoridades, pero no lo haré. Sin embargo, te aconsejo que te busques otro tipo de trabajo porque como veterinaria nunca más vas a ejercer. Yo misma me encargaré de eso―añadió, al darse cuenta de que Aurora casi había matado a Rocinante para conseguir su firma en el falso documento.
―Regina…
―¡No me toques!―haciéndose hacia atrás, Regina clavó su mirada en los ojos de Elsa antes de caminar hacia la puerta ―Espero en el fondo de mi corazón que tú no estés metida en esto.
Con un suspiro, Regina se detuvo un momento y parecía que quería decir alguna cosa, sin embargo abrió la puerta en silencio y dejó la consulta.
Algunos días después…
Da igual si era temprano, media mañana o final de la tarde, los pensamientos de Regina siempre estaban ligados a Emma. Tras atar al caballo, se pasó las manos por los cabellos y entró. Al avistar a Emma, su respiración falló como siempre sucedía, y Regina se dio cuenta de que mientras respirase a su lado, los días estarían completos.
Como si presintiese la presencia de Regina, Emma se giró y sonrió de oreja a oreja.
―Hola…―comenzó Regina ―Sé que estuve por la mañana, pero he decidido venir por…Bueno, yo…
―Puedes venir las veces que quieras―dijo Emma, percibiendo su desconcierto.
―Preferiría que tú volvieras a la casa grande.
―Regina…
―Emma, no puedo prometerte que las cosas siempre vayan a ser dulces y tiernas, porque cuando tú y yo nos peleamos, lo hacemos de verdad. Pero estoy segura de que tampoco será un show de horrores porque nos amamos con más deseo―hizo una pausa, agarrando su rostro entre sus manos ―Lo que puedo prometer es que siempre significarás para mí más que mi propia respiración, y que siempre serás tú en mi vida. Siempre serás tú por encima de cualquier cosa o persona.
En aquel momento, todo lo que Emma temía desapareció, se evaporó. El rostro de Regina la cegó. Su respiración era lo único que Emma podía escuchar. Aunque Regina casi siempre llevaba su máscara de impasibilidad, sus ojos castaños revelaban más de lo que debían.
Con sus ojos llenos de lágrimas, Emma hizo mención de decir algo, pero la voz de Robin seguida de los galopes de caballo se lo impidió.
―¡Patrona!―exclamó él, saltando del lomo del animal ―Los rebeldes han saqueado algunas haciendas en los poblados vecinos y corren rumores de que están de camino para acá.
―No puedes quedarte aquí, Emma. Es muy peligroso.
―La patrona tiene razón. Los rebeldes son muy violentos y podrían hacerle daño si descubren que la señora es hija de un ex general.
―Pero, ¿quiénes son esos rebeldes?―preguntó Emma, asustada
―Son grupos contrarios al gobierno y al no poseer recursos para enfrentar al ejército, saquean haciendas y comercios―explicó Regina ―Por favor, ven conmigo.
Después de aceptar volver a la casa grande, Regina se puso a ayudarla con las maletas mientras Robin buscaba el coche. Aunque las autoridades ya estuvieran alertas, Regina prefirió no arriesgarse, limitándose a preparar solo una maleta con lo indispensable.
―Ven, Ruby―dijo Regina, extendiéndole la mano como apoyo para que subiera al coche ―Perdóname por haberte expulsado de la hacienda. No tienes idea de cuánto me arrepiento y espero que algún día puedas perdonarme.
―No tengo nada que perdonar, patrona―dijo ella, sus ojos cargados de emoción.
―Gracias. Sé de nuevo bienvenida. O mejor…Sed de nuevo bienvenidas.
Y juntas subieron en el coche y partieron. Listas para dar ese salto sin mirar nunca más hacia atrás. Nunca más.
