La reina de tus caprichos

La forzada abstinencia desató una tempestad de sensaciones y emociones en mi interior. Al menor contacto, estallaban maremotos de deliciosas corrientes recorriendo mi cuerpo, mezcla de placentero dolor, por la necesidad insaciable, y de felicidad, al sentirme amada y protegida en tu abrigo. Tus labios apresaban mi razón. Mi mente rezaba para que no la liberaras. Tronabas ansiosos gruñidos reclamando mi total entrega, tratando, inútilmente, de capear el temporal, constatándome que no era la única que sufría por el anhelo, confirmando las compartidas ansias durante la absurda desunión.

Pronto, tus manos desecharon sus papeles a un lado y liberaron de los suyos a las mías. Acariciando, lenta, cuidadosa y posesivamente mi antebrazo, para apegarme a ti. Por un momento, inseguro, te refrenaste, separándote levemente, respirando con evidente dificultad– Princesa… -jadeaste-. ¿Estás bien? –Rozaste nuestros hocicos, mordisqueándome ligeramente.

- Ahora no –Molesta por tu abandono aferré, demandante, tu nuca-. ¡No dejes de besarme! –Me rendí a mi apetito. Qué importaba lo que dijeran las normas del decoro, yo solo entendía lo que añoraban mi alma y mi cuerpo, que deseaban todo y ese todo eras tú. Si tenía que exigirlo, lo haría. Me tranquilicé cuando me abrazaste con mayor apego, mientras yo exploraba con una mano tu incipiente y rasposa barba– Pareces un erizo –Reí sorprendida, paseando y rascando mis uñas en ella.

- ¿Pincho mucho? –preguntaste incomodado.

- Solo si intentas acariciarme con ella –Te miré a través de los cristales.

- Bueno, creo que cuando esté más crecida ya no te pinchará –Acariciaste con tu pulgar mi mejilla sumergiendo el resto de dedos en mis, ahora, cortos rizos–. Sabes, tú también estás muy graciosa así –Repasaste mi semblante.

- Querrás decir, espantosa… Jamás lo había llevado tan corto –Te dediqué un puchero.

- Sigues igual de linda… Creo que podrías ponerte una coliflor en la cabeza y te seguiría sentando bien.

- ¡Albert! –Reíste a mi desazón. Me giré del todo y te apisoné contra el respaldo, consiguiendo que aún rieras con más ganas– ¡No te burles de mí! –Me quejé.

- ¡Ja ja ja! No lo hago –Volviste a atraparme, totalmente tendida sobre ti– ¡Solo digo la verdad! Aunque, si quieres estar más bonita aún, solo tienes que sonreír y no habrá quien se te resista –Reconquistaste mis labios y mi corazón de una vez, paseando tus manos a lo largo de mi corta espalda. En mi pecho, podía notar nuestro enérgico latir, acompasado pero compitiendo por martillear más frenético. Mis manos codiciaban tu piel e intenté colarlas a través de los botones de tu camisa, aún no muy segura de si repulsarías un contacto más directo- No sé cómo tuve el valor para deshacer el compromiso -Confesaste de repente, asombrándome por el lastimoso timbre, mientras abarcabas, exigente, con tus manos, ambos lados de mi cabeza- ¡Prométeme que no harás ninguna locura más!

No dije nada, estaba demasiado sobrecogida por tu arrebato y la repentina seriedad en tu mirada- Prométemelo... No soportaría perderte -Antes de que pudiera reaccionar, fundiste nuestros húmedos alientos, resbalando tus manos hasta mi cintura para encontrar, tú también, el contacto de la piel bajo la tela.

- Albert, yo tampoco soportaría perderte -Admití liberando los botones, confiada por tu entrega- Tú también deberías fiarte más de mí -Continué besándote.

- Solo si me prometes mantenerte a salvo. Eres demasiado impulsiva. No quiero que te expongas porque creas que estoy en peligro -Frenaste severo. Sin embargo, acariciabas tiernamente mi rostro con una de tus manos. Con la otra, abarcabas directamente mi lomo. Yo, con las mías, hacía lo propio con tú, ahora, expuesto torso.

Antes de decidirme a contestar, redibujé con mis labios las marcas del león. Me sumergí en la calidez y la suavidad de tu dorado vello en mis mejillas y de tu varonil aroma. Y acabé mordisqueando uno de tus pequeños pezones, tal como lo hicieras días atrás tú con los míos, cosechando un resuello que escapaba de tu garganta y notando, bajo mi peso, como tu entrepierna cobraba vida- De acuerdo, pero si tú tampoco vuelves a cometer ninguna locura -Te sonreí acariciando con mi nariz la cicatriz, retomando mi pectoral y hambriento asalto, explorando con mis manos, la musculatura en tus costados y tu vientre, rememorando el sendero que recorriste sobre mi cuerpo en el tuyo, sembrando besos, recolectando gemidos, encendiendo, aún más, mi propio deseo de fundirme contigo. Ardoroso, te afanaste por despojarme de mi camisa, sentándote y alzándome contigo para devorar también mis pechos- ¡Yo también quiero tocarte! -Protesté.

Para ti, era mucho más fácil recolocarme, como si no pesara nada en tus manos, debido a tu tamaño y vigor. Bajaste lentamente mi cuerpo, mientras trepabas con tu boca por mi cuello, raspándome ligeramente en tu fervor, saboreando con tu lengua cada centímetro hasta llegar a mi oído para exhalar desbocado- Lo siento, ... no puedo evitarlo -Luego, secuestrando mi boca, nos tumbaste de lado para quedar a la par. Paraste brevemente molesto, para dejar los anteojos en la mesita y proseguir besándome y acariciándome, jadeando. Ya ni siquiera recordaba mi período, hasta que noté tu pierna colarse entre las mías y tu henchido miembro empujando a un costado, bajo tus pantalones. Iba a apartarme, ligeramente apenada, cuando empezaste a rozar con cadencia tu muslo, atizando mi placer y mi deseo, mordisqueando mi cuello.

- Albert -Suspiré, llevada por mi hipersensibilidad.

- Tan solo déjate llevar -Ronroneaste en mi oído. Sí días atrás, en tu despacho, había descubierto nuevos placeres que nunca había llegado a imaginar, por mi falta de experiencia, en ese momento los sentía aún más potentes en mi ciclo. El dolor se mitigaba transformándose en punzadas de placer, relajándome bajo tus delicadas caricias en mis pechos, en mis aureolas, y la firmeza de tu agarre en mi trasero, que mantenía el ritmo de nuestro compás. Alentada y con renovada seguridad, volví a explorarte con mis manos, osando bajar, aún nerviosa, para alcanzar, sobre la ropa y con curiosidad, tu dureza. Desprevenido y sobreexcitado, gemiste-. ¡Candy!

Recordaba haberla visto erguida frente a mí durante la despedida y cuando te atrapé en tu consolatoria ducha. La imagen volvió a mi mente y me concentré en tu semblante, para comparar tu expresión con la de tu solitaria satisfacción. Conmigo me pareciste menos furioso aunque igual de ofuscado, en lo que intuí era manifestación de tu deseo- ¿No te duele? -pregunté fascinada porque la llevabas totalmente inclinada a un lado y apegada contra tu propio cuerpo.

- ¿Eh? -apenas interrogaste en un jadeo. Vi que sin entender. No sabía como llamarla, así que la apreté para hacerme entender- ¡Candy! -Noté que el miembro se convulsionaba contigo y temí haberte dañado.

- Lo siento ¿Te he hecho daño? -me disculpé candorosa.

- ¡No! ¡No! -gemiste- ¡Al contrario!... Me gusta -Rozaste mi rostro de nuevo con tu nariz-. Puedes tocarme cuanto quieras... Es solo que me has tomado por sorpresa -Suspiraste bajo una nueva caricia por mi parte- No me duele, es muy agradable -Volviste a fundir nuestras bocas, recorriendo mi interior con tu lengua, y robando, ahora tú, mis gemidos, aumentando la velocidad e intensidad de nuestro refriego, para llevarme alcanzar, nuevamente, el reconfortante estallido de calambres y oleadas de placer, que me recorrieron entera, empapándome aún más y obligándome a gritar en mi abandono.

- ¡Te quieroooo! -Subí mis manos para quedar abrazada a ti con firmeza, escondiendo mi cabeza en tu hombro, con la piel totalmente erizada, sobrecogida por el repentino frío y totalmente agotada. Me envolviste con tus brazos, sin dejar de balancearte, alargando, así, mis sensaciones, mientras me susurrabas que tú también me querías.

Permanecimos en completa complicidad durante un rato. Finalmente, descubriste mi cara, alzando mi rostro, para cubrirlo de ligeros besos, por mi frente, mi nariz, mis mejillas, mi barbilla para acabar con un tierno beso en mis labios.

- Deberíamos acercarnos a la cocina a comer algo -dijiste mientras recuperabas mi aventada camisa y me la devolvías con una sonrisa.

- Pero ¿Y tú? -Me la coloqué mientras observaba como te abrochabas la tuya y comprobaba que aún te mantenías erecto.

- No pasa nada, ya bajará solo -comentaste despreocupado, ganándote mi asombro, ya que, por lo poco que había oído al respecto, siempre se decía que para un hombre, quedar en aquel estado, podía resultar muy molesto e incluso doloroso. Al observar mi expresión, me ayudaste a levantarme y recogiste los desperdigados papeles del suelo-. En serio, no te preocupes, se bajará.

- ¿Pero no te molesta? ¿No te duele? -me atreví a preguntar.

- Molesta un poco, pero no tanto... -me miraste extrañado-. ¡Oye! que no soy tan delicado ¡Sabes! -Bromeaste-. Venga, vamos a comer. Parece que no haya comido nada en siglos -Te desperezaste estirándote y ofreciéndome tu mano para que te acompañase-. Además, quiero que conozcas a alguien.

Continuará…