Epílogo. Parte II: Complicación inesperada.
Aquella tarde, Hermione regresó al hogar infinitamente preocupada por su hija, Catherine. Aquella misma mañana había recibido un memorandum de Harry, quien tan sólo decía: "Vigila de cerca a Cathy; temo que cometa una imprudencia o quizá una locura". Viniendo de Harry, algo muy grave debía haber pasado que justificarse una alarma de tal calibre. Lo había hablado con Draco por teléfono a la hora de comer pero, simplemente, él se había negado a escuchar, o al menos, a hacerlo de verdad. Sabía cuantísimo él quería a su hija; de hecho ella, junto con el otro hijo de ambos, Daniel, y la propia Hermione, eran su razón de vida; moriría si algo sucediera a cualquiera de los tres. Pero también era consciente de la amargura, la frustración y el dolor que Draco sentía por dentro, al ver en la conducta de su primogénita todo lo peor de su propio pasado. Por ello, en demasiadas ocasiones él era excesivamente duro con ella, intentando equilibrar todo el mal que, por otro lado, su abuelo le causaba sin cesar, al permitirle todos sus caprichos, todas sus locuras; la mayoría de las veces mucho antes de que sus padres conocieran sus deseos, con la consiguiente imposibilidad de negárselos.
Pensativa, subió las escaleras del primer piso hacia la habitación de Daniel, donde esperaba hallarlo al cuidado de la nueva niñera. Caminó por el pasillo pensando en mantener una charla muy seria con su hija mayor, cuando al llegar al cuarto del bebé, lo que vio la dejó completamente anonadada: Daniel yacía plácidamente dormido en brazos de Cathy, quien lo acunaba con mimo al suave ritmo de una dulce melodía. No podía creerlo. Ambos hermanos se llevaban veintidós años, demasiados para una joven egoísta y egocéntrica como lo era su hija, quien tan sólo pensaba en sí misma y en satisfacer sus propias "necesidades". Así que, Cathy había aceptado con cierta resignación la llegada de su nuevo hermano; pero jamás lo había hecho formar parte de su propia vida. No pudo evitar quedarse plantada ante la puerta mirando a ambos, embelesada, sintiendo una dicha que jamás creyó poder llegar a experimentar.
A pesar de que no hizo ruido alguno para hacerse notar, su hija presintió su presencia y, dirigiendo su mirada hacia la puerta, dejó de cantar. Fue entonces cuando Hermione pasó dentro de la habitación con paso sereno, afrontando su mirada sin titubeos.
—¿Dónde está la niñera? —preguntó con extrañeza, preocupada.
—La he despedido —fue la lacónica respuesta de su hija.
—¿Que tú has hecho qué? ¿Por qué? ¿Qué vamos a hacer ahora? —se lamentó alzando la voz, sintiendo que, de nuevo, la situación familiar se le estaba yendo de las manos.
—Sssssssssssh… No grites. A Dan le ha costado mucho coger el sueño. Déjalo descansar —le pidió, mirando a su hermano con ojos embelesados—. Ella era una arpía, Mamá; la he pillado sacudiéndolo por el simple hecho de que él era incapaz de dormirse y ella se ha puesto nerviosa. —Negó con la cabeza, resuelta—. A ti no te convence ninguna de las niñeras que has contratado hasta ahora, todas tienen miles de pegas. Y tienes toda la razón: no son buenas para él, porque ninguna va a ser capaz de darle el cariño, la atención, que él merece y que tan sólo su propia familia puede darle. De ahora en adelante, no voy a permitir que mi hermano vaya de mano ajena en mano ajena como un objeto cualquiera —declaró.
Sintiéndose herida por aquellas palabras, y a la vez enormemente culpable —pues sentía que era su propio trabajo el que le impedía cuidar a su hijo como él merecía—imprimió un filo cortante en su voz al preguntar:
—¿Y qué vamos a hacer para evitarlo? —Clavó en Cathy una mirada cínica.
Temió una respuesta acusatoria por parte de su hija, que expresase con palabras aquello que a ella misma le dolía en lo más hondo de su propio corazón: que era ella, al priorizar su trabajo por encima de su bebé, la que impedía que el niño tuviera todo el cariño y atenciones que tanto necesitaba. Pero amaba su trabajo, lo amaba. Además, consideraba que era sumamente importante para el buen funcionamiento de la Comunidad Mágica. Y pedirle a Draco que dejase el suyo, sería como enjaular a un león; aunque fuese entre barrotes de oro. No dudaba de que, si se lo pedía, él lo dejaría todo por su familia; absolutamente todo. Pero conociéndolo, pedírselo sería sumamente egoísta.
—Yo voy a encargarme de él. He decidido estudiar por libre para el examen de acceso al Departamento Contra el Uso Indebido de la Magia —Cathy declaró, sacándola de su ensimismamiento con brusquedad—. Sí, el que tú diriges. Pero tranquila, que no espero trato de favor alguno, ni lo deseo. Tampoco pienso volver a la empresa de Papá; organizaré su agenda por las tardes, desde casa, pero nada más —añadió, casi sin respirar.
Si en ese momento, alguien hubiese lanzado un "Petrificus Totalus" a Hermione, no habría habido diferencia entre su resultado y la estatua en que ella parecía haberse convertido.
—¿Tienes una idea mejor? Estoy dispuesta a escuchar —pidió, no con arrogancia, sino con tanta seguridad en que su propia decisión era la única lógica y correcta, que su madre no pudo más que negar con la cabeza.
—¿P-pero tú sabes algo sobre cuidar bebés? —no pudo evitar preguntar, atónita.
—Yo misma fui un bebé. Sé lo que él quiere, y lo que necesita. Además, tengo ojos en la cara; estoy harta de ver cómo papá y tú lo cuidáis. Explícame cómo se prepara su comida. El resto, es cosa mía.
—¿Por qué…? —Se vio incapaz de hallar las palabras correctas para explicar toda la inmensa sorpresa, la preocupación y la duda que la embargaban.
—A cambio, no quiero ni una sola pregunta sobre mi vida privada, ni un solo comentario al respecto —exigió—. Conozco de sobra al tío Harry; siempre velando por todos nosotros como un padre sobreprotector. Y sé que ha perdido el culo por contarte lo que él y yo hemos hablado esta mañana. Necesito tu apoyo, no tus preguntas, ni tus reproches. ¿Puedo contar con él? —preguntó sin ambages.
—Por supuesto que lo tienes. Pero tendrás que reconocer que esto no es muy típico de ti, que digamos. —Se acercó a su hija y le acarició una mejilla con ternura—. Necesito saber que tú estás bien —objetó del mismo modo.
Aquella mirada de inconmensurable tristeza, de infinito dolor, que había encogido el corazón de Harry aquella misma mañana, atravesó a su madre por completo, sumiéndola en la más absoluta zozobra.
—Lo estaré —le aseguró, sin embargo.
Poniéndose en pie, caminó hasta la cuna de Daniel y lo depositó en ella con sumo cuidado, lo arropó, le acarició la carita con mimo y tras depositar en ella un dulce beso, se marchó, dejando a su madre a solas con él.
—Albus… —musitó cuando ya nadie pudo verla, permitiendo que una lágrima solitaria se deslizase hacia su barbilla.
Horas después, mientras Hermione yacía cómodamente en brazos de Draco, en la cama, escuchó a su marido decir con cierto tono de burla:
—Ve buscando a una nueva niñera; porque Cathy te la ha pegado bien.
En silencio, ella se deshizo de su abrazo posesivo para girarse en busca de aquellos labios, húmedos y anhelantes, que tanto la volvían loca de deseo y de pasión. Besó a su esposo con total entrega y devoción. Al poner fin, a regañadientes, a aquel beso que apunto había estado de atraparla en él para siempre, buscó su mirada, solemne.
—Tú creíste y confiaste en ti mismo, en que podías cambiar, ser mejor. Y con ello lograste que yo también lo hiciera por siempre jamás, y que nunca me arrepintiera de haberlo hecho. Tú eres mi vida, mi pasado, mi presente y mi futuro, mi alegría y mi lucha, mi única ambición. Voy a apoyarla, Draco —dejó claro, totalmente convencida—. La vida me ha enseñado que, a veces, dar una nueva oportunidad es ofrecer un futuro lleno de esperanza.
Él no le ofreció ninguna respuesta, pues había quedado totalmente en shock al escuchar aquellas palabras. Pero tampoco ella la esperaba. Sus manos, sensuales, se pasearon con desfachatez por su rostro varonil, por su barbilla, por su cuello, por su pecho… Anhelantes, exigentes, ambiciosas… Y él, reo perpetuo de aquel fuego que consumía su alma por completo, se rindió sin condiciones ante su única Diosa.
Oooo HP oooO
Harry era consciente de que llegar a casa a medianoche, tras un día completo sin haber visto a su esposa después de haber mantenido con ella una pelea, no era el mejor modo de disculparse. Y, por nada del mundo, en ese momento, deseaba luchar un nuevo asalto. Así que, suponiendo que Ginny ya se habría acostado, agotada por un intenso día de ajetreo, caminó con sigilo hasta la cocina, abrió la puerta de la nevera y se dispuso a prepararse un vaso de leche caliente, con la ilusa esperanza de poder conciliar el sueño.
—Menos mal que has regresado —escuchó a su espalda, de pronto.
Nervioso, porque se sentía enormemente culpable por haberse marchado de un modo tan egoísta durante la tarde anterior, se vio traicionado por su mano inusualmente temblorosa, derramando sobre su camisa la inmensa mayoría de la leche del vaso que acababa de llenar.
—¡Maldición! —gritó con disgusto, mientras dejaba el vaso sobre la mesa y sacudía la mano con fuerza para intentar quitarse los restos de leche que goteaban por ella.
Ginny, mostrando una sonrisa divertida, caminó hasta él con pasos tranquilos, depositó un beso fugaz en sus labios y se dedicó a desabrochar su camisa con desenfado. Una vez lo hubo despojado de la prenda totalmente, lamió su pecho despacio, allí donde la leche lo había alcanzado. Harry, estupefacto, la miró sin saber qué decir.
—No tenemos gato. Y me encanta la leche —ella afirmó, mimosa.
—No es que no me guste lo que estás haciendo. Te juro que me encanta. Pero es lo último que hubiese esperado de ti esta noche —dijo por fin, sin dejar de mirarla con la más absoluta sorpresa reflejada en su rostro.
Con mimo, la tomó en brazos y se sentó en una silla con ella en su regazo.
—¿Estás bien? —La observó lleno de preocupación, suspicaz.
—Ahora, sí.
Al escuchar aquellas palabras, se sintió el hombre más imbécil del mundo.
—Lo siento —rogó su perdón, avergonzado—. Lo último que tú necesitaste ayer fue tener que preocuparte también por mí.
—Y lo último que tú necesitaste ayer, fue escuchar cómo yo arrojé sobre ti mis propias inseguridades y temores. —Acarició su rostro con ternura—. Lo siento, amor mío.
—Al estará bien —se obligó a asegurar, sobre sus propios temores.
—Lo sé. Él es tu hijo —afirmó, llena de orgullo—. ¿Sabes cuánto te adoro?
—No sé… no lo tengo nada claro. Sigue con lo que estabas haciendo, por favor, a ver si se me aclaran las ideas —respondió con picardía. Y recorrió su cuello con sus labios, suavemente, haciéndola estremecer.
—En la cama… ¿quizá?
—Perfecto.
Se puso en pie, con ella firmemente sujeta entre sus brazos. Recorrió el pasillo que conducía a las escaleras y la besó; subió estas y la besó; caminó hasta el dormitorio de ambos y tomó sus labios al asalto, vehemente y ansioso… Para cuando hubo cerrado tras ellos la puerta del dormitorio, Ginny ardía cual volcán entre sus brazos.
UN AÑO DESPUÉS
Edward Long, el Director del Departamento de Seguridad Mágica, irrumpió en el despacho del Ministro de Magia sin miramiento, cerrando la puerta tras él de un sonoro portazo. El secretario de Harry no pudo más que quedarse mirando la puerta desde fuera como un tonto, pues no dio tiempo, ni siquiera, a preguntarle qué narices pensaba estar haciendo. Temiendo lo peor, Harry se puso en pie rápidamente.
—¿Es Albus? —Harry preguntó a bocajarro, palideciendo.
Aquella misma mañana, a primera hora, había recibido un pergamino procedente de uno sus contactos internacionales, que incluía una advertencia realmente preocupante: la tapadera que Albus, como Comandante del Equipo de Intervención Encubierta del Ministerio de Magia Inglés había hecho servir hasta ahora, estaba apunto de ser descubierta. Desde entonces, mente bullía de actividad, intentando anticipar los acontecimientos con el fin de poder poner en marcha rápidamente una operación de rescate para su hijo y para su equipo, en caso de ser necesario.
—Es Albus y somos nosotros. Acaba de llegarme un mensaje encriptado de Aliosha, haciéndome saber que la tapadera de Albus y de su escuadrón ha sido descubierta.
Harry palideció como la cera. Lo peor había sucedido sin darle tiempo para estar preparado. Por un momento, Edward lo observó con tristeza, comprensivo. Pero no era tiempo para conmiseraciones.
—Ella me ha alertado, también, de que ha descubierto la presencia de un infiltrado aquí, en el Ministerio de Magia.
Harry pareció no haber escuchado esto último. Observó a Edward en silencio, tras una mirada fría, serena y calculadora, que al hombre sorprendió.
—Ese tipo ha venido a acabar con tu vida, Harry; en venganza por haber inmiscuido al Ministerio de Magia Inglés en los asuntos "privados" rusos. Y como advertencia para que este no vuelva a intentar hacerlo —declaró, sus nervios a flor de piel—. Debemos ponerte a salvo, Harry. Inmediatamente. Debemos sacarte de aquí y esconderte hasta que hayamos averiguado quién es el infiltrado y lo hayamos neutralizado —añadió con urgencia.
Harry, aún en silencio, clavó en sus ojos una mirada penetrante, casi felina.
—Yo me ocupo de mi propia seguridad. Vosotros, localizad y neutralizad a Vladimir Skolov. Él es el tipo que estáis buscando.
Esa era la segunda parte de la advertencia que su contacto internacional le había dado: "Cuídate de Vladimir Skolov, por lo que más quieras", le había escrito con trazos rápidos y descuidados; su propia identidad corría peligro también.
Edward, lo miró, atónito.
—¡Harry, no me vengas con gaitas! ¡No tenemos ni idea de quién es ese Vladimir Skolov! ¡Ni de cómo es, siquiera! No sé de dónde narices has sacado ese nombre, aunque sé que eres capaz de extraer información incluso de las piedras. Pero sea como sea, hasta que logremos atraparlo, debemos sacarte de…
—McThorn. Vladimir McThorn es el nombre que usa como infiltrado —en cambio, Harry añadió sin perder la compostura, interrumpiendo a su amigo sin contemplaciones—. Yo ya temía esto… Y he creído que dispondría de más tiempo para poder orquestar un plan de rescate para Albus… Pero veo que voy a tener que improvisar.
—¿McThorn? ¿De la Oficina Contra el Uso Incorrecto de Artefactos Muggles? —preguntó, atónito—. ¡No me fastidies! ¿Él es el infiltrado? Su padre es ruso, pero lo abandonó siendo él un bebé; a él y a su madre. Y jamás ha vuelto a tener contacto con él.
Harry le dedicó una mirada severa y él asintió, rendido a la evidencia.
—¿Pero cómo te has enterado? —quiso saber, mirando a su superior con mezcla de admiración y de sorpresa—. ¿Y qué narices dices sobre Albus? ¡Albus es cosa nuestra! ¡Nosotros nos encargaremos de organizar una partida de rescate! ¡Tú vas a ponerte a salvo! ¡Ahora mismo!
—No disponemos de tiempo suficiente para organizar una partida de rescate en toda regla, y lo sabes. Además, si envías abiertamente un escuadrón en busca de Albus y de su equipo, el conflicto con el Ministerio de Magia Ruso será inevitable. ¿Aliosha aún es de fiar? —preguntó; quería saber, exactamente, a qué se enfrentaba.
—Ella es totalmente de fiar. Aunque no me ha dicho que vaya a ayudarnos. Ella es finlandesa, no rusa —le recordó.
Harry asintió, asumiendo la situación.
—Aun así, ella es nuestro mejor contacto en la frontera rusa con la finlandesa.
—Lo sé. Pero… No me estarás diciendo que vas a ir a la frontera de Rusia con Finlandia para intentar rescatar a Albus y a su equipo… No puedo creerlo… —Hizo un gesto negativo con la cabeza, vehemente—. Te necesitamos aquí, Ministro de Magia.
—¿Para qué? ¿Para que ese tipo pueda intentar matarme? —respondió con sarcasmo.
—¡Pero tu trabajo no es…!
—Si mi hijo muere, mi trabajo me importará menos que nada, Edward. O lo rescato y volvemos los dos con vida, o no lo hará ninguno. Yo puedo rescatarlo, y también a su equipo; y lo sabes. Ya he trabajado antes en esa zona, y con Aliosha también; aunque no espero que ella aparezca.
—¡Pero de eso hace millones de años…! ¡Por lo que más quieras…! —objetó, desesperado.
Harry le devolvió una mirada asesina.
—Encubre mi partida. Y haz tu trabajo. Para cuando yo regrese, aquí no habrá sucedido "nada". ¿Entendido? —le ordenó—. Tienes un nombre en el que centrarte. Hazlo —añadió con voz gélida.
El hombre boqueó como pez fuera del agua, desprovisto de más argumentos con los que intentar hacerle entrar en razón.
—Edward: si yo no regreso, tú serás el próximo Ministro de Magia. Hace tiempo que mi secretario conserva un pergamino escrito de mi puño y letra, lacrado, dirigido al Wizengamot con esa propuesta. Sé que, una vez expuestos mis argumentos a tu favor, este no se negará a aceptarla; lo sé.
—¡Yo no quiero ser Ministro de Magia! —negó rotundamente, desesperado.
—Ni yo tampoco lo quise en su momento. Si tu país lo necesita, lo harás.
Exasperado y a la vez sintiéndose completamente derrotado ante la determinación y el tesón de aquel hombre a quien tanto admiraba, lo miró lleno de tristeza e infinitamente preocupado por él.
—Por Merlín, Harry… Hazme el favor de regresar.
—No te preocupes. Tú encárgate de apresar a ese malnacido. Y no confíes en que esté solo. Mi fuente me ha revelado un solo nombre; lo que no significa que no haya más implicados en el asunto.
—Cuídate.
—Tú también.
Ambos hombres se dieron un fortísimo abrazo y se dispusieron a abandonar el despacho, cada cual al encuentro de su propio destino. Lo que ninguno de ellos había podido imaginar, en absoluto, fue a quiénes hallarían a salir. Frente a ellos, esperando junto a la mesa del secretario de Harry, se hallaban Ginny y Catherine quienes, al verlos salir, se apresuraron a unirse a ellos. Por un momento, Harry quedó tan afectado por su presencia que temió desfallecer.
—¿Qué demonios hacéis vosotras aquí? —les preguntó recomponiéndose rápidamente, airado no con ellas, sino con cuánto su presencia complicaba el trabajo de Edward en aquel momento. Sin contar con su propia seguridad, que corría un peligro terrible estando allí.
Las dos mujeres lo miraron como si no lo conociesen, al igual que su secretario. Edward mostró la misma palidez que su superior, observándolas con angustia.
—Harry: ese no es modo de…
—Encárgate tú de su protección —Harry ordenó a Edward—. No intentes sacarlas de aquí; todo el mundo las conoce y serían un blanco fácil mientras os dirigís hacia las salidas — añadió. Y se marchó a la carrera.
Su compañero y amigo asintió, impetuoso. Mientras, las dos mujeres lo vieron marchar, atónitas y preocupadas.
—¿Qué está pasando aquí? —Ginny exigió saber, mirando a Edward de un modo amenazador.
—Ginny, Catherine, por favor… acompañadme. Os lo ruego —Edward pidió a ambas, con voz urgente—. Y Nick: el Ministro de Magia se encuentra en su despacho, manteniendo una reunión de suma importancia con el Juez Supremo del Wizengamot. Y nadie puede molestarlo bajo ningún concepto. Ninguno. ¿Entendido? —dijo al secretario quien, por un momento, lo miró sin comprender, pues acaba de ver marcharse a Harry—. Mantén la compostura con firmeza y si es necesario, defiende tu vida con uñas y dientes.
—¿M-mi vida? —el hombre no pudo evitar preguntar, súbitamente aterrorizado—. Yo sólo soy un simple administrativo…
—Haberlo pensado mejor antes de opositar para convertirte en el secretario del Ministro de Magia. Lo harás bien. —Palmeó su espalda con fuerza intentando infundirle valor.
Con firmeza, tomó a Ginny por un brazo y comenzó a andar, logrando que ambas lo siguieran. Pensando rápidamente, decidió que hacer que ellas se encerrasen en su propio despacho sería el mejor modo de intentar protegerlas. Así que, se encaminó hacia los dominios del Cuartel General de Aurores, intentando no llamar demasiado la atención. Sabía que no podría encerrarlas, sin más, sin haberles ofrecido antes una explicación satisfactoria. Pero no sabía de cuánto tiempo dispondría realmente hasta que estallase el conflicto. Por ello, hizo que entrasen en su despacho y habló con rapidez.
—Sé que ambas sois mujeres fuertes, así que iré al grano. No podíais haber elegido peor día para venir a visitar a Harry —declaró.
—¿Por qué? —Ginny exigió saber, rotunda.
Catherine observó a ambos en silencio, infinitamente preocupada.
—El Departamento de Seguridad Mágica cree que, en cualquier momento, el Ministro de Magia va a sufrir un atentado proveniente de terroristas pertenecientes a un país extranjero —explicó de un modo escueto; tampoco les hacía falta saber más al respecto—. El Ministro de Magia sabe protegerse solo. Así que, el Cuartel General de Aurores va a dedicarse por completo a localizar, interceptar y anular dicho ataque terrorista. Pero estando vosotras aquí, todo se complica de un modo exponencial.
Ginny y Catherine se miraron la una a la otra, alarmadas.
—¿A dónde ha ido Harry? —Ginny preguntó, temiendo por su vida.
—Harry ha ido a luchar su propia batalla.
—¿Cómo? ¿Qué estás afirmando? ¿Vais a dejarle luchar solo, sabiendo que es a él a quien pretenden matar? ¿Acaso os habéis vuelto todos locos? —le reprochó con indignación.
—El propio Harry es quien da las órdenes aquí; que no se te olvide —respondió del mismo modo, ofendido. Mas pronto se arrepintió, intentando ponerse en su lugar—. Este asunto es muy complicado de contar ahora. Y no os hará ningún bien conocer sus detalles en este momento. Os ruego que confiéis en mí; ambas. Ginny, tú me conoces, sabes que daría mi vida por Harry, si fuera necesario… —apeló a su confianza, fruto de numerosas experiencias pasadas—. Y ya has escuchado sus palabras. Él quiere que os proteja a vosotras. Como bien sabes, él no estará en mejores manos que las suyas propias.
Las miró a la expectativa, suplicante.
—Tía… —la tenue voz de Catherine se hizo escuchar.
Inmediatamente, Ginny supo qué era lo que la joven mujer quería preguntar.
—¿Albus está aquí? —preguntó a Edward, clavando en él una mirada escrutadora—. ¿Mi hijo está aquí? —insistió, severa.
Edward negó con la cabeza en silencio, rotundo.
—Él no está aquí; no ha estado aquí desde hace más de un año. Ya lo sabes.
Ella sopesó la respuesta, sin dejar de observarlo, suspicaz. Si Catherine y ella habían ido al Ministerio de Magia con tanta urgencia, es porque ambas por separado, sin saber porqué, habían sentido el pálpito angustioso de que tanto Harry como Albus se hallaban en el Ministerio de Magia; y corrían un grave peligro. Al parecer, la sospecha sobre Harry se había confirmado. Pero sobre Albus… Ambas se habían metido en la boca del lobo sin pensar en las consecuencias, intentando paliar el miedo atroz que las había asediando sin piedad. Sin embargo, ese miedo ahora se había convertido en infinita angustia. Ginny comprendió que no podían hacer, sino acatar las órdenes del propio Harry y por ende, de Edward. Ni siquiera deberían haber estado allí…
Asintió, conforme.
—Estate tranquilo, Ed. No temas por nosotras. Permaneceremos aquí durante todo el tiempo que sea necesario —declaró.
Una profunda exhalación de alivio escapó de boca de Edward.
—No os dejaré solas. En este momento, todo el Ministerio de Magia debe saber ya que ambas estáis aquí. Así que, asignaré al mejor escuadrón de aurores para custodiar este despacho. En cuanto yo salga, cerrad y atrancad la puerta con todos los hechizos más poderosos y eficaces que se os ocurran. ¿Entendido? No dejéis entrar a nadie, ni tampoco salgáis. Cuando todo haya terminado, Harry y yo sabremos cómo haceros saber que podéis salir sin peligro.
—¿Todo el Ministerio de Magia corre peligro? ¿Mi madre también? —Catherine quiso saber, angustiada.
—En principio, no. Pero una batalla siempre es una batalla. No sabemos cuánto durará ni hasta dónde se extenderá. Haremos todo lo posible por proteger a todo el personal del Ministerio de Magia, Catherine. Te lo aseguro. Además, acabas de aludir a una heroína de la Segunda Guerra. Confía en ella —le pidió, intentando tranquilizarla.
Ella asintió con firmeza, armándose de valor.
—Debo irme. Preferiría ser yo quien dicte las reglas del juego, si es posible. Y no podré lograrlo si este ya ha comenzado cuando yo salga. Confiad en mí —pidió una vez más. Y se marchó como alma que lleva el diablo.
Una vez las dos se hubieron quedado a solas, Ginny declaró, pensativa:
—Aquí está sucediendo algo más, que Edward no ha querido hacernos saber.
—¿Qué más puede estar pasando, Tía? —Catherine preguntó, sorprendida y aún mas preocupada.
—No lo sé. Pero la mirada de Edward no era completamente sincera. Él nos ha contado la verdad; pero no toda la verdad —sentenció—. Y no es propio de Harry dejar la protección de aquellos a quienes ama a cargo de otra persona; sea esta quien sea. Sea como sea. Ahora lo único que tú y yo podemos hacer al respecto es no convertirnos en un estorbo para el Departamento de Seguridad Mágica; ni para Harry. Ayúdame con los hechizos de protección —ordenó a su sobrina, no sin antes darle un abrazo de ánimo.
Decididas a vender muy cara su vida, ambas dotaron al despacho de Edward de los mejores y más potentes hechizos de protección que pudieron hacer servir a tal efecto.
COMENTARIOS DE LA AUTORA
Hola a todos después de tanto tiempo.
Ahora puedo confesar que, durante más de un año, no he hallado el modo de continuar este epílogo. Si no fuese porque no me rindo nunca, habría llegado a creer que tendría que cerrar el fic sin darle un digno final. No era porque no supiese qué quería contar; sino que no hallaba el modo de contarlo sin liarme demasiado y alargar el epílogo de un modo innecesario. Por fin, en este capítulo he encontrado el modo de dar protagonismo a Catherine, haciendo notar su creciente madurez y responsabilidad. Y ella va a verse incluida en la vida de Albus nuevamente, quiera él o no lo quiera; que es lo que yo pretendía.
Dedico el capítulo a:
—carlos29, quien añadió el fic a sus favoritos y a sus alertas, dejándome un review que me puso las pilas.
—Hermanz, gina lara y jd (yo no pierdo el tiempo leyendo algo que, ni me gusta, ni me interesa; ¿tú sí lo haces?), quienes me dejaron un review al capítulo anterior.
—Beelia, elanillodebeto, Lupita - Resendez, patrylozano14 y hhj08, quienes añadieron el fic a sus favoritos y a sus alertas.
—Mariamarry, quien añadió el fic a sus alertas.
Ahora que ya he encontrado el camino, el final está próximo.
Un abrazo a todos y hasta pronto.
Rose.
