Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.
Capítulo 24: Cautiverio Pt. II
"A veces disfruto saborear la soledad.
Es similar a tenerte en frente, fingiéndote enamorada
No entiendo cómo lo haces, eres un bello cuerpo
Pero sin alma."
-AlexMedSan
Canción para el capítulo: Dinner & Diatribes - Hozier
Narrator's POV.
—¿Alguna vez te has enamorado de alguien, Isabella?
Imagina la respuesta: "No". ¿Cómo podría Bella haber amado alguna vez? O quizás si, solo que se le antoja la inmortalidad del ser humano como un hecho más factible. La contempla largamente, no queriendo presionar a obtener una respuesta. De hecho, tiene miedo de lo que ella dirá.
¿Y si dice que sí? ¿Qué haría él? Buscarlo, seguramente; buscar al bastardo y matarlo, pero antes rogaría por que le confesara cómo hace uno para que Isabella Swan lo ame.
Ella resopla, un mechón oscuro le resbala sobre la mejilla y sobre un ojo y Edward aprovecha para acariciarle la cara y retirar el pelo de su rostro.
—He amado —contesta con firmeza, alejándose de su toque.
Edward suprime una sonrisa amarga y deja caer la mano a su regazo. —¿Sí, a quién?
—Amo a Anthony, incluso desde antes de conocerlo.
—No hablo de esa clase de amor, hablo del amor pasional, del romántico, de la clase que una mujer siente por un hombre.
—¿Por qué de pronto tienes tanto interés? —ella rechina los dientes—. Durante todos los años que nos hemos conocido jamás me hiciste esta clase de preguntas. ¿Acaso averiguaste algo cuando me fui? ¿Indagaste en mi pasado como el maldito enfermo acosador que eres?
Isabella baraja la posibilidad de que quizás Edward esté demente. No es ninguna psicóloga, pero está segura de que varias veces ha notado que él tiene comportamientos inapropiados, y está también esa noche, que ahora le parece tan lejana, en que él la había amenazado con una navaja contra su rostro.
Él levanta una ceja— ¿Eso es un sí?
—Dímelo tú. Si es que ahora me conoces tan bien.
—No puedo decirlo con certeza, pero si me baso en mis instintos diría que no. Amar a alguien requiere de mucho sacrificio; es aceptar ser vulnerable ante otra persona. No te imagino aceptando esa clase de debilidad.
—Acepté ser tu amante, acepté vivir encerrada, aislada y humillada. Aprendí a depender completamente de tí; sabía que si por alguna razón tú un día decidías desaparecer de mi vida yo no tendría los medios para sostenernos a Anthony y a mí, al menos no inmediatamente —ella rechina los dientes y se remueve contra las esposas que impiden su movimiento—. Así que ya ves, no soy alguna clase de superhumano. Soy una mujer, y una muy estúpida.
Edward se queda en silencio por un instante, repitiendo las palabras de Bella en su cabeza. Jamás hubiera adivinado que ella se sintiera de esa manera. Siempre había sentido que el único dependiente en su bizarra relación era él.
Él se levanta del borde de la cama y sirve un poco de agua en una de las copas de cristal; regresa y apoya la copa sobre los labios de ella.
—Bebe. Has tomado demasiado vino esta noche y no quiero que vayas a desmayarte.
Ella solo da un par de sorbos y luego se aleja, acomodando su posición contra la dura cabecera.
—Cinco y ocho.
Isabella apenas puede creerlo. Ha conseguido dos números, y la confesiones que acaba de hacer ni siquiera le han costado trabajo. Eso la hace ver un poco de luz al final de todo esto; yergue la espalda. Tal vez sobreviva esta noche.
—¿Vas a responder finalmente? Estás dejando muchas preguntas en el tintero, no creas que lo olvido —Edward regresa a su asiento, su muslo derecho presionado contra su cadera.
—¿Qué preguntas? ¿El accidente? Me pregunto cuánto tiempo puedes esperar a que te lo diga, dices que tienes toda la noche, pero Tanya empezará a buscarte en algún momento —sonríe triunfalmente.
Edward lleva una mano a su vientre y comienza a acariciar de arriba a abajo de manera suave. —Quizás es mi turno de confesarte algo. Un pequeño capítulo de mi vida después de que te fuiste —hace una pausa, sin dejar de tocarla, y su mirada cae al piso—. Cuando Tanya supo que tenía un hijo… ella simplemente colapsó. Tomó la pistola que guardo en mi estudio y la apuntó hacia mí. Desde entonces ella ha ido a terapia y toma pastillas para dormir cada noche. Todos los días yo debo despertarla por las mañanas, si la dejo por su cuenta ella se levanta hasta entrada la tarde.
Eso es demasiada información para el cerebro de Isabella, que aunque no quiera admitirlo, está aletargado por el alcohol. Si Tanya sabe sobre Anthony, ¿cómo es posible que no la haya reconocido esta noche? Edward parece entender perfectamente la duda en sus ojos y se apresura a responder.
—Ella no sabe cómo luces, tampoco cómo luce Anthony. Jamás permitiría que les hiciera daño.
—Esto es una bomba de tiempo, Edward. Yo puedo aceptar perfectamente mi destino, porque lo merezco, pero no él. Debes dejarme ir, ¿no lo ves? ¡Estás poniendo en peligro a tu propio hijo!
—Puedes salir de aquí en el momento que terminemos con las confesiones que quiero obtener de tí. Si dejaras de darle tantas vueltas, ya estarías en camino a encontrar a Anthony.
Los labios de Isabella tiemblan —Está bien, te lo diré. Jamás he estado enamorada.
Edward sonríe sobriamente, parte de él lo considera un triunfo; la otra parte una desgracia. ¿Qué mujer llega a los veintisiete años sin haberse enamorado?
—Lo imaginaba —murmura—, ¿pero, por qué?
Bella echa la cabeza hacia atrás y se ríe. —¿No lo deduces? ¡Soy un demonio, un sucubo! Robo el alma de los hombres y guardo sus corazones para la cena —Edward alza una ceja ante lo irónico de la situación, pues es exactamente lo que ella ha hecho con su alma. Robarla, comerla y escupirla—. No todo debe tener una explicación, simplemente nunca me ha pasado, así como hay personas que jamás se han fracturado un hueso y usado férula, por más común que parezca.
—Hmm, Isabella, tus comparaciones entre amor y un yeso me parecen… ordinarias. Poco poéticas.
—Soy una economista, no una erudita en letras. Ahora, quiero mi número.
—Eres más inteligente que eso. Creo que ya sabes que darle vueltas al asunto no cuenta como confesión. ¿Así que, por qué? Puedes confiar en mí, no le diré a nadie —él guiña un ojo.
Isabella está segura que sus secretos estarían mejor guardados si los gritara a los cuatro vientos en medio de la quinta avenida que confiándoselos a Edward. Toda la información que él lograra extraer de ella esta noche solo la volverá más vulnerable ante él. Pero él está cada vez más impaciente, puede verlo en las aletas extendidas de su nariz y en la vena que está comenzando a marcarse en su frente. Pero no puede sólo rendirse, nunca ha sido su naturaleza. Sabe que al final la perdedora de esta noche será ella, pero quiere saber que al menos dio batalla, que dio su último hálito con honor.
Mientras ella divaga sobre las inexistentes posibilidades que tiene de correr a la puerta y gritar por ayuda no se da cuenta que él se ha levantado de la cama, de nuevo, y sólo es consciente de su ausencia cuando escucha el agua de la ducha. Él regresa segundos después, se ha retirado el chaleco y recogido las mangas de la camisa hasta los codos. Sin decir palabra va hacia ella e introduce la llave en las esposas, liberando sus manos en un instante.
—¿Qué es lo que haces? —pregunta, aunque se imagina bastante bien lo que pasará.
—Ven aquí —dice él al tiempo que coloca un brazo en su espalda y otro debajo de sus rodillas.
—¡Edward, bájame ahora mismo! —ella patalea y golpea su pecho, ofendida ante su atrevimiento. En primera porque no es ninguna inválida y en segunda porque su vanidad nunca ha logrado aceptar los kilos que ha ganado desde que Anthony nació, y le preocupa que él note que no es tan esbelta como cuando se conocieron.
Ante este pensamiento ella detiene su lucha, molesta consigo misma. ¡Qué idiota es, pensando en banalidades cuando hay cosas más importantes!
Edward la deposita suavemente en la bañera, y ella nota un aroma flotando en el aire; algo floral y dulce que no sabe identificar. Se da cuenta que está rodeada de burbujas y una espesa espuma que agradece le cubra hasta los senos. Al menos así podría dejar de sentirse tan pudorosa, ¿cierto?
—Vertí un poco de aceite de jazmín en el agua —explica él entonces—. No quiero oler a Jacob en ti cuando te toque.
Ella siente su barbilla caer a centímetros del suelo. El atrevimiento de este hombre la tiene sin palabras.
—¡Tú no vas a ponerme una mano encima! —y para reafirmar su punto recoge las piernas y las lleva hasta su pecho.
—Hum, ¿estás segura? Hace un momento me dijiste que tú también me deseabas. ¿Acaso me mentiste? —él frunce el ceño y lo pregunta con tal dolor en su rostro que ella no puede evitar pensar que es un excelente actor. Casi creería su decepción si no fuera por el brillo malicioso en sus ojos.
—Claro que sí, mentí. No te quiero, no te deseo, no nada –dobla aún más sus piernas y las abraza con fuerza.
—Bien, no voy a tocarte, si es lo que quieres —levanta los brazos en rendición.
Isabella suelta el aire que no sabía que estaba conteniendo y asiente con la cabeza, el nudo que se había formado en su pecho deshaciéndose de a poco. Pero de pronto, a una velocidad que no le permite siquiera defenderse, Edward le enreda una mano en el pelo y la otra la cierra alrededor de su cuello; no es doloroso, pero es firme y no da lugar a ningún movimiento.
—Me halaga saber que aún confías en mí, querida, —su boca a centímetros de la suya—, pero sabes que yo no ¿verdad? Tengo que asegurarme que en serio no me quieres.
Su mano baja por su torso hasta dar con uno de sus pechos, suavemente rodea la areola con el pulgar hasta que lo siente endurecerse y crecer bajo su toque. Isabella arquea levemente la espalda, empujando su cuerpo contra su mano sin poder detenerse. Él le dedica su sonrisa torcida, esa que hace cuando sabe que ha hecho una buena inversión en la bolsa o cerrado un trato que parecía imposible.
—¿Duele? —inquiere, al mismo tiempo que acelera la velocidad de su toque. Ella asiente, sin poder creer lo que está permitiendo, y vuelve a constatar que en efecto sólo es una mujer débil que sucumbe ante una simples caricias. Excepto que no son simples, lo sabe. Esta sensación tan hedonista no la tuvo ni siquiera cuando Jacob la penetró con sus dedos al mismo tiempo que la estimulaba con la boca—. ¿Quieres que los bese? Un pequeño beso siempre alivia el dolor —ella vuelve a asentir. Solo sabe que quiere terminar con el suplicio.
Edward retira por un momento su pulgar y lo lleva a su boca, depositando un beso en la yema, para luego regresar a su pezón. —¿Así está mejor?
—N-n-no, no, no… —balbucea. Quiere alargar la mano y hacer que la toque donde necesita, pero saca fuerzas de donde no tiene para no hacerlo. Al menos quiere tener esa victoria.
Él se acerca de nuevo a su rostro y con la mano que no está enredada en su pelo recoge un poco del agua y la vierte sobre ella, así varias veces hasta que la sensación la hace entrar en un estado de sopor. Entonces él la besa finalmente en la comisura de la boca, y baja poco a poco por la orilla de su mentón, debajo de su oreja y la curva de su hombro; es solo un roce de labios contra piel, pero ella se estremece y deja caer la cabeza hacia un lado, exponiendo su garganta. Edward libera un gruñido, demasiado bajo para siquiera considerarse uno, cuando no puede contenerse de cerrar los ojos y disfrutar de tener a Isabella de nuevo para sí. Se supone que él debe seducirla, colmarla de pasión y desespero para extraer esos secretos que tanto lo obsesionan, pero no puede ser ese ente racional y frío. Por el contrario, la mano en el cabello de ella deja de ser cruel y firme para convertirse en un lento masaje a su nuca y sus largos mechones oscuros, los dedos de su mano izquierda enterrándose en la piel tierna de sus caderas mientras la atrae hacia su cuerpo con el impulso casi vampírico de enterrar sus dientes en su cuello.
—Bella… Eres exquisita —musita. Su boca ahora en el valle de sus senos besando, lamiendo, mordiendo—. Arquea más la espalda —él demanda mientras tira un poco de su pelo— …para que pueda besarte bien. Mírate, jamás te había visto tan sonrojada.
Isabella es un cuerpo jadeante y complaciente que flota en el agua, sus brazos tendidos a los lados, lánguidos como sus párpados y como la tenue luz de las lámparas. Si presta atención, se dará cuenta del dolor sordo en su bajo vientre y del palpitar de su centro, de la sensación de vacío en su interior. Está mareada, posiblemente sea el deseo combinando con el vino y su respiración demasiado acelerada para ser saludable. La parte racional de su cerebro sabe que debe detener esta locura; la esposa de Edward está en alguna habitación cerca de esta, esperándolo. Cuando está a punto de protestar, de empujarlo con todas su fuerzas, siente la boca cálida de él succionando su pezón.
—No dejaré que te escapes —confiesa él—. Mírame, mira lo que hago contigo —aplana la lengua sobre su seno y dibuja un patrón circular en su areola, ella tiembla cuando baja su mirada y se topa con la de él; el verde de sus iris casi extinto por sus pupilas dilatadas.
Media eternidad después, o al menos así le parece a ella, Edward finalmente alcanza su sexo, tan suave y receptivo que la simple caricia sobre su monte Venus reverbera desde los nervios de sus pechos hasta el interior de sus muslos. Con sus bocas de nuevo a centímetros de distancia, respirando las exhalaciones del otro, Edward la tienta con un beso que nunca llega y que ella no se atreve a iniciar.
—Estás tan suave aquí… Me vuelves loco, Bella… Quiero devorarte, ¿cómo lo haces? ¿Cómo me convertiste en esto? —él la está tocando finalmente donde lo necesita, pero sus dedos son fantasmas sobre su botón de nervios. Ella trata de levantar las caderas para conseguir esa dulce presión que indudablemente la hará estallar—. Si solamente fuera posible vivir de ti, sin necesitar agua ni alimento, lo haría.
Ella se queja, sus palabras derritiendo su razón y calentando sus entrañas. Él es como un encantador de serpientes que la somete a voluntad con los sonidos que nacen de su voz. No sabe cómo, pero ahora su mano se ha cerrado en un puño alrededor de la camisa de él, atrayéndolo hacia ella hasta que sus tórax chocan violentamente—. Edward… p. favor...
Él le sonríe. —Bienvenida a mi mundo, mi Bella.
En lo profundo de su conciencia ella sabe que es la primera vez que él la llama de una manera tan afectiva, pero no puede detenerse a pensar en eso. ¿Qué hace aquí, qué es lo que necesita para salir? Lo ha olvidado todo. Solo puede concentrarse en las facciones terriblemente atractivas de Edward. Nunca lo ha negado, él es un hermoso bastardo.
—Ven aquí —gruñe antes de chocar sus labios con los de él en lo que, más que un beso, es una serie de mordidas y jadeos. Isabella envuelve los brazos a su alrededor y lo jala hacia ella con toda su fuerza; Edward cae sobre ella dentro de la bañera, el agua derramándose por el borde mientras sus cuerpos luchan y se enredan. Sin más ceremonias ella tira de los botones de la camisa mientras él se apresura a deshacerse del broche del cinturón.
Casi parecen dos adolescentes, demasiado consumidos por la pasión como para ser delicados y estéticos en sus movimientos. Pero hay algo en sus miradas y en las palabras que se dicen que revela la naturaleza mucho más oscura de su relación. Es la batalla copulante de un hombre que ama con locura y una mujer que odia con la misma fiereza.
No pierden el tiempo deshaciéndose de la ropa, tan solo cuando la camisa está lo suficientemente abierta y el pantalón cae por debajo de sus glúteos, ella lo toma por el trasero y lo empuja hacia abajo al tiempo que él embiste tan profundamente que ella pierde el aliento ante la punzada de dolor.
—Ojalá pudiera ir más adentro —declara él—. No es suficiente.
Isabella puede sentirlo en su vientre, la sensación tan abrumadora que esclarece su mente por un instante. —Si lo lograras me matarías, pero a puesto que eso es lo que quieres.
—No —sacude la cabeza—. ¿Si tu murieras con quién podría experimentar esto? Soy un masoquista, prefiero sufrirte que no tenerte en lo absoluto —sale de ella y regresa, el vaivén de caderas mucho más cadencioso de lo que ella esperaba—. Dios mío, Bella —echa la cabeza hacia atrás y la visión es tan erótica como una pintura de algún festival pagano o fiesta Dionisiaca, con los músculos del abdomen tensos, la tela empapada pesando a sus costados y el desprolijo pelo cayendo sobre su frente. La mera imagen es suficiente para que Isabella esté a punto del clímax. No puede recordar alguna vez en la que el sexo entre ellos fuera así de intenso, y se niega a admitir que quizás, y sólo quizás, el tiempo que han estado separados sea algún catalizador.
Edward le abre más las piernas hasta que estas se abrazan a mitad de su espalda, su otra mano soportando por completo el cuerpo de ella mientras la sostiene por la nuca. Él experimenta con la nueva posición, a los lugares que puede llegar y qué tan rápido o lento puede moverse. Los párpados de Isabella se cierran y su boca forma una "o" silenciosa.
—Eso es, nena… Mírate, eres hermosa… y mía, mía, mía —él jadea, habla y embiste. Y otra vez y otra vez.
Bella se afianza a él por sus bíceps, los músculos tensos bajo sus dedos. Puede sentir el final acercarse, la dulce liberación a la vuelta de la esquina, y el desasosiego la embarga. No quiere que termine, aún no. Porque cuando esto pase habrá preguntas que no quiere responder y ellos dejarán de ser dos personas con una química increíble y regresarán a ser Isabella y Edward: un par de seres patéticos y enfermos que sólo son buenos para hacer daño.
Edward parece compartir el sentimiento, ya que gradualmente baja la velocidad hasta quedarse quieto sobre ella y hacer algo que le parte el corazón: besarla. Pero no en la manera carnívora y salvaje de todos sus encuentros, no. Es un beso tan dulce y lento, tan casto que en ellos se siente inadecuado y obsceno.
—¿Edward, qué haces? —pregunta ella, alejándose con el ceño fruncido.
—Shhht —comanda él, mientras continúa besándola de manera lánguida—. Abre la boca, quiero probarte —ella trata de moverse, levanta la pelvis y él la detiene—. Quédate quieta.
Isabella separa los labios, porque no le queda más, y siente cuando él succiona su labio superior entre sus dientes como uno haría con una fruta para extraer su sabor. ¿Acaso Edward había tomado clases de seducción en su ausencia? Cómo es posible que él la haga consciente de partes no erógenas de su cuerpo que de pronto palpitan y se calientan; como sus mejillas y la punta de sus pies.
—Estás humedeciéndote. ¿Te gusta lo que te hago, cierto? —ella asiente y él atrapa su labio inferior entre los suyos, tirando suavemente—. Puedo hacerte acabar solo con esto. ¿Quieres que lo haga? —ella asiente de nuevo—. Entonces confiésame, ¿qué fue lo que pasó en ese accidente?
Su suspiro entrecortado delata lo inesperado de la pregunta. Edward ha aprendido a jugar el juego de la manipulación sexual, y no sabe si sentirse tremendamente orgullosa de él o increíblemente traicionada. Antes de que la rabia la haga salir de su trance, Edward comienza a jugar con sus muy sensibles pezones, acariciándolos con la palma de la mano de manera pausada. Sus caderas presionan contra ella, el hueso de su pelvis ejerciendo una deliciosa presión contra su clítoris; aunado a ello está el sentimiento de él dentro de ella, estrechando su canal. Son tantos los estímulos que casi no puede recordar por qué no puede contarle del accidente.
—Vamos —la insta él—, cuanto antes me lo digas más pronto podré seguir perdiéndome en ti.
Y lo sabe. Va contárselo. Se dice a sí misma que lo hará porque no hay alternativa, y porque más le vale obtener un poco de placer a cambio de su humillación.
—Me escapé de casa para ir a la fiesta con el chico que me gustaba. Él era de último año, pensé que nunca me haría caso… —susurra. Edward no puede creer su suerte, y sin embargo, no puede celebrar su triunfo porque en los ojos de Isabella hay algo que le sabe amargo: dolor. Por primera vez desde que la conoce, en los ojos de ella hay tormento y vulnerabilidad. Y él hace lo que se le ocurre en ese momento, seguir mimándola con caricias y besando su rostro. Bella jadea ante una particular mordida en el lóbulo de su oreja.
—Continúa, te escucho.
Ella no quiere entrar en detalles, y decide que lo mejor es contar la cruda verdad sin darle vueltas. —Nunca llegamos a esa fiesta. En cuanto me subí a su auto supe que él estaba borracho y cuando traté de bajarme él no me dejó. Condujo hasta el bosque y ahí trató de violarme. Comencé a gritar y él se molestó tanto que tomó una de las botellas de cerveza vacías y… bueno, él hizo eso. Comencé a sangrar tanto que él se asustó y me dejó ahí, en medio de la nada, desangrándome. Así fue mi primera vez —nunca había hablado de esto en voz alta, y ahora que lo ha hecho siente que esa historia no es suya. No pudo haberle pasado a ella. Claro que no. Suspira, dejando que el recuerdo regrese al lugar más lejano de su memoria, en donde había vivido por tantos años—. Ahora, quiero que me beses como lo hacías hace un momento.
OoO
Jacob se siente ridículo cuando mira el ramo de flores en su brazo, mientras aguarda frente a la puerta como un adolescente en su primera cita. ¿Cuánto hacía que no cortejaba a una mujer? No podía recordarlo.
La puerta se abre, una mujer de pelo entrecano lo mira extrañada.
—¿Ehhh, está Isabella?
—¿Sabe la hora que es? ¡Dos de la madrugada! —ella lo reprende.
—Sí, lo sé… Solo quiero verla, es todo. Asegurarme de que está bien.
—La señora no está, fue a una cena.
Jacob se extraña y mira el reloj de su muñeca. —Sí, lo sé. Yo vengo de esa cena, pero ella debió haber llegado hace horas.
—Como ya le dije, ella no está aquí aún. ¿Quiere dejarle un recado?
—Ninguno. Tome —se apresura a dejar el ramo de flores con la mujer y acto seguido corre al ascensor y sale del edificio con el celular contra su oído—. ¿Diana, tienes manera de contactarme con Edward Cullen? —su asistente le recita un número de teléfono y él lo marca.
Está seguro que no hay otro lugar en donde Isabella pueda estar más que con el político y su esposa. Lo que no puede adivinar es por qué si claramente había notado que a ella no le agradaba Cullen.
Cuando él numero lo manda a buzón se sube a la limusina y apresura a su chófer a poner el auto en marcha.
—Vamos al hotel Four Seasons, y rápido —si hay algo que ha aprendido en todos sus años como hombre de negocios es a obedecer a su instinto cuando este le dicta que algo no anda bien. Y evidentemente, algo raro había pasado con Isabella desde que había visto llegar a Cullen a la fiesta.
OoO
Estoy muy orgullosa de mí por haber terminado este capítulo luego de, literalmente, años.
Espero que haya sido lo que esperaban. Gracias por seguir aquí.
Amy W.
