Arco 1: Detective Hikigaya Hachiman


Capítulo 21 - Flor de la jungla (Parte I)


Capítulo 21.1 - Si los amigos están cerca, nada está más cerca


Yukinoshita Yukino POV

*Yanaka, Bunkyo

[27 de Agosto / 3:22 PM]

—¡Oh no! —exclamó una voz aguda, de alguna forma logrando sonar como un susurro.

Detuve mi caminata en las escaleras del museo de arte y me di la vuelta lentamente—. ¿Ocurre algo, Yui-san?

—Eh… je je… —La futura profesora me miró tímidamente con una mano detrás de la cabeza—. Creo que olvidé algo en el museo.

—Oh. —Parpadeé, sin sorprenderme para nada—. Debemos apresurarnos entonces, en caso de–

—¡N-no! —Yui-san agitó ambas manos hacia mí con pánico—. Puedo ir sola. ¿Qué tal si vas y nos guardas un banco en el parque? Podríamos ir a comer después de que regrese.

—¿Estás segura-?

—¡Gracias, Yukinon! ¡Volveré enseguida! —Como la tormenta humana que era, Yui-san corrió de vuelta al museo antes de que pudiera terminar mi oración.

Un suspiro se me escapó. No estaba exactamente segura de qué esperaba de mi amiga. Dejaba un poco que desear en ese aspecto.

Esta excursión se había hecho muy de improvisto, ya que Yui-san tuvo un repentino fin de semana libre en su trabajo e inmediatamente aprovechó la oportunidad de venirse a Tokio para "pasar el rato" (palabras suyas). Yo no llevaba viviendo en Tokio mucho tiempo, pero conocía la mayoría de los destinos turísticos populares, por lo que me ofrecí como guía. Comenzamos el viaje apreciando los rascacielos del distrito de negocios y acabamos aquí, en el Museo Nacional de Arte de Tokio, en Yanaka.

Una briza empujó algo de mi cabello hacia a mi cara, haciéndome regresar al tiempo actual. Parada en medio de la escalera de mármol, mis ojos se vieron atrapados por la vista que tenía ante mí. Era una tarde de verano de esas que se contaban en los poemas y libros: un cielo con un sol bajo que teñía al mundo en cálidos tonos rojizos, junto a perezosas nubes que se movían lentamente con la marcha de la caprichosa brisa.

El museo estaba situado en el Parque Ueno. Estar aquí era como estar envuelta en la tranquilidad de la naturaleza, contrastando con la opresiva atmósfera de "humanidad" que tenía en Tokio metropolitano. No era que un lugar fuera mejor que el otro; la calma y el ambiente de la vieja ciudad de Yanaka era necesaria para mantener una buena templanza con el mar de gente y dinamismo de la ciudad.

Colocando cuidadosamente un pie tras otro, lentamente bajé los escalones de mármol que conducían al pie de la colina. Mientras tanto, escuchaba los sonidos a mi alrededor. Los adultos hablaban en voces bajas, a veces indistinguibles del viento. Los niños pasaban a toda velocidad, subiendo y bajando las escaleras del museo en algún juego inventado. Pero entre todo ello, había momentos en los que todo lo que oía era el crujido de las hojas y el sonido de las olas.

Caminé hacia un conjunto de bancos que daban al lago, separados por una valla de metal negro. Tenía una espléndida vista hacia una pagoda de color rojo brillante que estaba a cierta distancia, un faro para la atención. Me senté tranquilamente en la superficie de madera y miré a mi alrededor, observando los diversos carros que servían comida. Se estaba haciendo bastante tarde; ¿tal vez deberíamos comer un pequeño tentempié y simplemente prepararnos para una cena más completa?

—¡Yukinon! —gritó aquella emocionada voz detrás de mí, interrumpiendo mis pensamientos. Suspiré una vez más, sintiéndome mucho más vieja de lo que era en realidad. Me puse de pie y me volteé, separando mis labios mientras preparaba una reprimenda para Yui-san. Pero las palabras se evaporaron en mis pulmones, mientras mis ojos se abrían de par en par por la vista que tenía ante mí.

—¡Hey! —Yui-san me saludó con su mano derecha mientras daba saltos felizmente. Con su brazo izquierdo tenía agarrada, con un vicio visible, a cierta persona desafortunada—. ¡Mira a quién encontré!

—H-Hikigaya-kun…

Delante de mí se encontraba uno de los detectives de Tokio: Hikigaya Hachiman. El hombre lucía demacrado. Tenía ojeras oscuras bajo sus ojos y vestía un traje desordenado. Una corbata estaba torpemente atada a su cuello. Sus ojos marrones parpadearon antes de mirar a otro lado, de repente enamorados de la pagoda del lago. Estaba sintiendo mariposas en mi estómago.

—Es genial que haya podido venir después de todo, ¿verdad? —Yui-san le pellizcó un brazo a Hikigaya-kun, causándole un aullido.

—¡Mira! —gruñó Hikigaya-kun con una rabia que sólo podía tener un hombre sometido al abuso físico—. ¡Sólo vine porque me enviaste un mensaje diciendo que era una emergencia! ¡Vine aquí lo más rápido que pude desde el trabajo!

¿Estaba en el trabajo? Estaba segura de que este día lo tenía libre todas las semanas, ya que usualmente trabajaba hasta el turno de noche el día anterior.

Yui-san le sacó la lengua, aparentemente sin sentir una pizca de vergüenza—. ¡Bueno, era una emergencia! ¡Vine a Tokio de visita y todos mis mejores amigos no estaban aquí!

Una jugada exquisita. Hikigaya-kun fue acorralado por la táctica engañosa de Yui-san. Abrió la boca para decir algo, pero luego la cerró con un sonido audible. Apartó la vista y refunfuñó, usando una mano para rascar el nido de pájaros que tenía por cabeza.

Aguarda…

Entrecerré mis ojos hacia Yui-san—. ¿En verdad olvidaste tu teléfono?

—Ehhhh… ¿tal veeeeeez? —me respondió, con sus ojos tratando de mirar desesperadamente a cualquier lado menos a mí. Sólo pude sacudir la cabeza y noté como Hikigaya-kun ponía los ojos en blanco, probablemente entendiendo la situación y el plan maestro de Yui-san.

Hubo un breve silencio, ninguno de nosotros sabía qué decir.

—… ¿has… comido? —le pregunté a Hikigaya-kun. Llevaba casi tres días sin verlo. No había respondido ni a mis llamadas ni a mis mensajes de texto. Al parecer, mi teoría de que se estaba sobreexigiendo en el trabajo de nuevo era cierta, pero esta vez… se sentía diferente. Tenía una extraña forma de andar y un semblante que irradiaba… algo. Algo que no estaba bien.

Y me asustó.

De repente sentí como si ya no conociera al hombre que tenía ante mí. Como si una nueva alma habitara el cuerpo de mi antiguo compañero de club y querido amigo. Sacudí la cabeza, tratando de asegurarme a mí misma de que simplemente estaba pensando las cosas de más. Sí. Eso era todo… sólo estaba siendo… paranoica.

Hikigaya-kun gentilmente quitó los dedos de Yui-san de su brazo, mientras ella sonreía y le permitía hacerlo. Habló de una manera tan suave que casi no oí sus palabras—… no, no lo he hecho.

—¡Entonces vamos a comer! —Yui-san nos agarró a los dos de los brazos y nos arrastró hacia los vendedores ambulantes.

—¡OW! ¡¿Pero quieres dejar de pellizcarme, mujer?!

—Hikki es un llorón.

—Ustedes dos… por favor… estamos en público.

Tomó algo de deliberación, pero eventualmente nos decidimos por comprar unas tartas de queso. El sabor suave realmente se adaptaba al clima frío de la temporada. No comimos en silencio… o mejor dicho, Yui-san no comió en silencio. Con una energía que sólo ella podía tener, le habló a Hikigaya-kun sobre nuestro paseo al museo de arte con vívidas descripciones y gestos.

Ocasionalmente, mi amiga me pedía que complementara algunas lagunas en su conocimiento, pero en su mayor parte, ella pareció genuinamente disfrutar de la excursión. Me sentí aliviada al saber que no era un completo fracaso como guía. Hikigaya-kun asentía y murmuraba unas cuantas palabras, cumpliendo con la mínima responsabilidad que se esperaba de alguien envuelto en una conversación. Al igual que lo hacía en la preparatoria. Dejé de masticar ante el pensamiento, bajando lentamente hacia mi regazo las manos que sostenían el postre.

Sí… la preparatoria.

¿Cómo solía ser Hikigaya-kun en la preparatoria? ¿Por qué parecía tan difícil de recordar? Por aquel entonces, ¿tenía los mismos ojos vacíos que ahora, con los que miraba al lago? ¿Siempre se sentó despatarrado como si estuviera muerto en vida y sólo fuera capaz de funcionar a base de pura fuerza de voluntad? ¿Podía recordar algún momento en el que sus manos sostuvieron un bocadillo, intacto de no ser por unos pocos bordes mordisqueados, que indicaban que alguien había intentado comérselo?

Sentí un vacío en mi estómago, más denso que cualquier otra cosa que hubiera experimentado en mucho tiempo.

—Hi- —comencé a decir en voz baja, pero fue interrumpida por una frase completa pronunciada por Hikigaya-kun.

—¿Sabes? Nunca pensé que fueras del tipo que disfrutara esta clase de cosas —dijo casualmente—. Como visitar museos, apreciar el arte, y todo eso.

Todos mis pensamientos se detuvieron y el instinto se apoderó de mí.

—¡Hikigaya-kun! —exclamé. Sus ojos se abrieron, probablemente al darse cuenta de cómo habían sonado sus palabras.

Antes de que pudiera empezar a amonestarlo por su grosera declaración, Yui-san comenzó a reírse. La risa pronto se convirtió en una carcajada, con Yui-san sosteniendo su estómago con ambas manos.

—¡N-no! ¡No pasa nada, Yukinon! —se las arregló para transmitir entre respiraciones—. Oh cielos, la risa. Es típico de Hikki ser tan directo, ¿verdad?

Bueno… podía ver lo gracioso en su densidad. Lo hacía querible en un grado pequeño. Un grado muy pequeño. Infinitamente pequeño, de hecho.

—Pero… —comenzó Yui-san, limpiándose las lágrimas de risa de sus ojos, haciendo una pequeña pausa mientras miraba al cielo—. Supongo que es algo fuera de personaje, ¿no?

—Para nada. —Hikigaya-kun dio un resoplido poco digno, dejando que la parte trasera de su cuello descansara sobre el banco—. A menos que no me hayan informado, y se supone que debamos mantener roles de personaje. Tendría que renunciar a mi trabajo de ser ese el caso.

Yui-san dejó salir un respiro, sonriendo con suavidad mientras se paraba junto a la barandilla, para luego mirarnos con las manos cruzadas—. Diría que probablemente enseñarles a los niños me ha hecho interesarme más por esta clase de cosas.

—¿Cómo así? —pregunté.

—La gente siempre dice que los niños odian la escuela, pero eso no es verdad —nos explicó—. Los niños se aburren con facilidad porque no entienden cómo las cosas que aprenden pueden ser importantes para ellos. En realidad, disfrutan de cosas como la historia, porque les encanta saber cómo solía vivir la gente, y lo diferente que era de nuestras propias vidas.

—Esa sí que es una observación. —Estaba impresionada—. Pero tiene sentido.

—¿Verdad? Así que, mientras más lo investigaba y lo pensaba, más me empezaban a gustar estas cosas también. Hacemos visitas a museos también en Chiba y a los niños les encanta cuando el guía les habla y les responde preguntas. Estaba pensando que hay algunas ideas potenciales para una excursión aquí.

Hubo otro momento en el que nadie habló, marcado por los gritos de diversión de los niños que pasaban corriendo con crepes en las manos.

—Y… —Yui-san me miró con confusión en sus ojos, antes de bajar la mirada a sus pies arrastrándose, y con las manos inquietas.

—¿Sucede algo, Yui-san? —le pregunté con preocupación.

—N-no… bueno, más o menos.

—Soy perfectamente feliz prestando atención a cualquier problema que puedas tener. Somos amigas después de todo, ¿no es así?

—Gracias, Yukinon; pero es un poco tonto, supongo. —Yui-san me dirigió una sonrisa tranquilizadora. Se volvió a sentar en el banco, entre el espacio vacío que había entre Hikigaya-kun y yo. Luego de sacar su teléfono de su bolsillo, Yui-san hábilmente navegó con su pulgar hacia la carpeta de fotos que contenía todas las fotos que había tomado hoy.

—¿A qué te refieres?

—Bueno… está todo este increíble arte de hace tanto tiempo, y es realmente obvio el esfuerzo que le dedicaban. Y… —Yui-san se detuvo a mitad de la frase mientras se mordía el labio ligeramente.

—Continúa —dije con suavidad.

—… realmente no puedo ver cómo solían vivir. Todas estas cosas antiguas no le dan un sentido a eso. Casi siempre es sobre la guerra.

La sangre en mis venas se detuvo.

—… Ya veo —dije con cuidado, con el sentimiento de que debía sacar las palabras de mi mente—. B-bueno, el arte de hace tiempo no era viable como como forma de vida. Ya mayor parte solían ser encargos de la élite y la clase dominante. Eran los únicos que podían permitirse el tiempo, la mano de obra, y el coste del material del arte; y como resultado, querían imágenes de sí mismos para sus futuras generaciones, o también por autocomplacencia o estatus. La persona común no era considerada, y por lo tanto la mayoría del arte consistía sólo en eso.

—¿Cuándo cambiaron las cosas? —me preguntó mi mejor amiga, con unos ojos serios que parecían brillar.

Mi respiración era casi un susurro, y mi corazón latía con fuerza contra mi pecho. La ansiedad burbujeaba en mi interior, espesa y pesada como el lodo. ¿Por qué? ¿Por qué sentía como si las palabras de Yui-san me atravesaran? ¿Por qué sentía como si me hubiera golpeado un rayo?

—Creo que el cambio ocurrió en el Renacimiento, cuando los ricos y los nobles comenzaron el sistema de patrocinio. Les dieron apoyo financiero a los artistas y les permitían hacer lo que quisieran, como muestra de su naturaleza culta hacia sus pares. A medida que nos acercábamos al tiempo actual, el día a día se convirtió en un aspecto de fascinación también.

—Ohhh… —Yui-san respiró y asintió con la cabeza lentamente—. Eso tiene sentido.

—Lamento si mi explicación fue insuficiente —me disculpé apresuradamente.

—¡No, no, no! ¡Para nada! ¡Tu explicación fue genial, Yukinon! Sólo estoy triste. —Dejó escapar un pequeño suspiro de frustración—. ¿Por qué creían que la guerra era tan importante? Es algo tan horrible, y malvado, y…. y…

—Yui-sa-

—Porque es lo que nos define. —Las palabras de Hikigaya-kun cortaron como una hoja afilada, silenciándonos a ambas a pesar de que no había hablado más alto de lo normal—. La guerra es todo lo que conocemos.

El pavor regresó a mi cuerpo mientras mi mente procesaba las palabras.

—… ¿qué? —preguntó Yui-san, perturbada, hablando por las dos.

—Es la marca de la civilización. La única métrica que indiscutiblemente muestra avance —continuó, aparentemente ignorando a Yui-san o simplemente no registrando sus palabras—. Cuando dos personas luchan, y una mata a la otra, ¿no significa eso que una ha progresado más que la otra? ¿Y si el vencedor sigue luchando y ganando?

Ninguna de las dos sabía qué decir. Hikigaya-kun se inclinó en su asiento, apoyando los codos sobre las rodillas. El movimiento causó que su corbata se deslizara de su cuello y cayera al suelo sin hacer ruido.

—La guerra es el juez final. ¿Qué dioses son los más fuertes? ¿Quiénes tienen derechos a este recurso? ¿Quiénes deberían poseer toda esta riqueza? El poder da la razón en un mundo simple donde impera la ley del más fuerte. ¿Y por qué no? Toma su agua, su comida, sus tierras para ti mismo. Esclaviza a su gente. Y con todas esas riquezas, erige monumentos a tu "superioridad" que durarán milenios. Eones. La guerra lo dictamina y lo decide todo. Y por eso la disfrutamos.

»Es nuestro instinto primario. Nuestros genes, nuestra misma naturaleza, nos hace amar la guerra. Por eso es que seguimos haciéndolo. Significa superioridad. La guerra da eso: un legado garantizado. Una manera de siempre ser recordado… Sí… eso tiene que ser… la única explicación. Nada más tiene sentido… —Su voz se fue haciendo más débil mientras hablaba, y en un punto comenzó a hablar consigo mismo—. Siempre ser recordado… Monumentos… No los olvides…

Yui-san miró fijamente al detective con los ojos muy abiertos, con su rostro desprovisto de cualquier emoción aparte de confusión. Estaba segura de que yo portaba una expresión similar, asumiendo que mis venas congeladas siquiera permitieran que mis músculos faciales se movieran.

De repente, Hikigaya-kun soltó una risa estruendosa. Carecía de cualquier tipo de jovialidad o ligereza, aunque sus hombros temblaban de emoción. Se sentía más como carámbanos de hielo cayendo dentro de una caverna—. Curioso. Creé un legado tan fuerte que me persigue incluso en mis sueños. Vaya chiste.

¿Qué? Nada de lo que decía tenía sentido. Mi mente estaba en blanco.

—Haaaah —el hombre suspiró con fuerza, agachándose para recoger su corbata caída—. En fin, creo que ha sido suficiente descanso para mí. ¡Hora de volver-!

En el momento en que Hikigaya-kun intentó ponerse de pie, sus piernas se desmoronaron debajo de él, haciendo que cayera hacia adelante. Rápidamente se agarró de la valla negra para apoyarse, con su cabeza colgando sobre el borde y mirando directamente hacia las profundidades del lago. La violenta secuencia fue suficiente para que mi cerebro volviera a encenderse, y rápidamente me levanté para ponerme a su lado. Yui-san hizo lo mismo.

—¡Hikki!

—¡Hikigaya-kun!

Nos miró con los ojos humedecidos, con las ojeras haciendo sus pupilas parecieran más negras que el carbón. Parpadeó varias veces antes de levantarse—. Estoy bien… sólo me paré demasiado rápido… baja presión sanguínea y todo eso. Bajo de sal en mi dieta y toda esa tontería. Tendré que tener cuidado con eso ja ja.

Una risa vacía. Como Nee-san solía hacerlo. Como Madre solía hacerlo.

Envolví mis dedos en la muñeca de la mano con la que sostenía su corbata—. ¿En serio esperas que me crea eso?

Traté de ignorar los alocados latidos de mi corazón, pero éstos resonaban en mis oídos, amenazando con tragarse cualquier sonido que mi antiguo compañero de club pudiera hacer. A pesar de mi mejor juicio, lo miré directamente a los ojos, deseando de alguna manera transferir mi preocupación a través de ellos.

No sé qué fue lo que él vislumbró, pero todo lo que yo vi fue un vacío cansado.

—Hikki —Yui-san habló claramente, con una severidad de la que no la creí capaz—. No te ves bien.

Hikigaya-kun rompió el contacto visual conmigo para mirar a mi mejor amiga, para luego fijar su vista en mi mano que tenía su muñeca aprisionada. Dejó escapar un suspiro de frustración, levantándose y pasándose la otra mano por la cara antes de volver a colocarla dentro de su bolsillo.

—Estoy bien —dijo, con una voz tan plana como el electrocardiograma de un paciente muerto. Había oído esto hace muchos años. Un tono neutro sin agudos ni graves perceptibles que indicaran algún tipo de emoción. Bien ensayado hasta un grado enfermizo. Como si se hubiera dicho suficientes veces como para incluso convencer al hablante de aquella falsedad—. Y estoy ocupado. ¿Podrías dejarme ir, por favor?

—Por supuesto que no. Está claro que no estás en condiciones para-

Súbitamente, un tono de llamada genérico comenzó a sonar, llenando nuestro entorno con un sonido renderizado de campanas. No era mío, así que dirigí mi vista hacia Yui-san, quien sacudió la cabeza.

—Es mío —informó Hikigaya-kun, con su mano deslizándose fuera de su bolsillo, sosteniendo su teléfono. Miró hacia adelante, lejos de nosotras, y se llevó el aparato a la oreja. Tras un momento, habló—. ¿Jefe?

¿Jefe? ¿El jefe de policía Tsurumi?

—Si, ¿qué es-?… sí, no he fichado… n-no, arreglaré la hoja de asistencia… Espere, ¿está seguro? ¿Necesitamos revisar los datos del servidor? Espere un segundo…

Hikigaya-kun bajó el teléfono para mirar la hora en la pantalla. No pude ver ningún reloj colocado de manera extraña en la parte inferior de su muñeca—. Estaré allí en 20 minutos.

Tocó la pantalla para terminar la llamada y me miró con una expresión vacía—. Tengo que irme.

—S-sí… —Solté su muñeca lentamente. El Jefe Tsurumi le había llamado. Él y Hiratsuka-sensei estaban casados. Se habían encargado de Hikigaya-kun cuando regresó de Sri Lanka. Cuidaban de él. Lo veían como si fuera de la familia. No estaría presionando a Hikigaya-kun a propósito. El hombre era una buena persona, si la unión con su esposa era suficiente indicación. Estaba bien dejarlo ir. Estaba bien soltar mis dedos.

—Gracias —dijo con voz baja, para luego alejarse de nosotras—. Siento irme tan de improvisto, Yuigahama. Te lo compensaré en otro momento.

—¡N-no hay problema, Hikki! —aseguró ella, en un patético intento de sonar animada. Él asintió con la cabeza y se marchó, siguiendo el borde del lago que eventualmente lo llevaría a la salida cerca de la estación de metro. No pude evitar comparar su silueta alejándose con la de un débil fantasma.

Muchos años después, me enteraría de que el Jefe Tsurumi no había llamado a Hikigaya-kun. Es más, no se había realizado ninguna llamada.

Lo había falseado todo.


Capítulo 21.2 - Mar de luces


Hikigaya Hachiman POV

*Locación desconocida, Sri Lanka

[Hace 4 años / Hora desconocida]

Va a llover.

Pero estuvo despejado todo el día, Sargento. ¿Estás seguro?

Volví la cabeza para mirar a Danny, quien extrañamente había decidido unirse a mi sesión de observación a las estrellas. El cielo podía verse a través de una pequeña abertura en el dosel de los árboles "Banyan", como los llamaban los lugareños. En la religión popular cingalesa, estos árboles eran sagrados y adorados, por lo que fueron la primera flora que pude reconocer a la distancia.

Bastante seguro. Los granjeros del pueblo me contaron sobre algunas señales que usan para predecir el tiempo.

¿Sí? ¿Cómo cuáles? —Danny tomó un sorbo de la taza que venía en nuestro kit de cocina. Recientemente nos habíamos estado familiarizando con el café "artesanal". Y con "artesanal" me refería a que nos habíamos encontrado granos de café silvestre y habíamos preparado un poco de ácido de batería con él. Algunos de los aldeanos de nuestro grupo habían dicho que el café no era nativo de la isla, sino que había sido plantado aquí por los holandeses y luego por los británicos. Probablemente sabía a mierda, pero a muchos de los hombres les recordaba a casa, y eso revivió un poco sus almas. Se podía ver en sus ojos y en sus pequeñas sonrisas.

Bueno, si hubieras mirado al cielo durante el día, hubieras notado grandes nubes esponjosas. No oscurecieron el cielo ni nada, pero son nubes de lluvia comunes. El airé se enfrió un poco a medida que pasaba el día, con un olor más fuerte a ozono también. Y además, ¿oyes eso?

Me quedé en silencio. Danny siguió mi ejemplo y también dejó de hablar. Forzamos los oídos, para escuchar algo en el entorno que nos rodeaba.

No oigo nada, Sargento.

Exacto. No hay llamadas de peligro de los animales. No hay ningún sonido. Los animales siempre pueden notar cuando se acerca una tormenta mucho más rápido que los humanos, es una buena idea confiar en ellos. Un bosque silencioso significa que algo se acerca.

Wow, Sargento. Eso es asombroso. ¿Crees que sea preciso?

Lo suficiente, supongo. —Me encogí de hombros—. Mira, no siempre hemos tenido pronósticos meteorológicos satelitales-

—… Sargento, no seré el más listo del equipo, pero no soy estúpido.

Déjame terminar, lerdo.

Perdón, Sargento.

Ejem. —Me aclaré la garganta para poner mis pensamientos en orden—. Lo que intentaba decir es que la gente de entonces no tenía mucho con lo que seguir adelante. El cielo era su televisión, podría decirse. ¿Qué más había que mirar? Las personas durante miles de años recopilaron datos y notaron las tendencias con estas observaciones. Si esas ideas siguen existiendo, ha de significar que por lo menos tienen algo de razón. Creo que está bien confiar en el legado de cientos de generaciones.

Ya te pusiste pretencioso de nuevo, Sargento.

—… tienes razón. Lo siento.

Nos quedamos en silencio una vez más mientras observábamos el cielo nocturno. Aparte del sonido ocasional de Danny bebiendo su café o el susurro de los árboles debido a los vientos cada vez más rápidos, todo estaba sereno y tranquilo.

Los cielos de Sri Lanka eran increíblemente brillantes durante la noche. Antes, en Japón, apenas me fijaba en las estrellas, e incluso si miraba hacia arriba, nunca pude ver tantas como veía ahora. Sin duda se debía a que estábamos lejos de cualquier tipo de modernidad, por lo que la contaminación lumínica se había reducido al mínimo. Había leído una revista científica durante la preparatoria que hablaba sobre este fenómeno. Sobre cómo las bombillas y la electricidad que permitieron a la humanidad conquistar la noche nos habían robado esta vista de la frontera final.

Era difícil describir lo que tenía ante mí como algo más que "impresionante". Millones de puntos brillantes plagando el cielo. Tan lejanos, y aún así dando a conocer su presencia a pesar de aquella distancia tan masiva. Pero todos eran fácilmente abrumados por la cinta blanca que se desplegaba a través del cielo, llegando hasta donde alcanzaba la vista. Como si alguna deidad hubiera dejado caer innumerables canicas celestiales a través de los confines del espacio, creando una estructura en el universo llena de trillones de estrellas. Más allá de las fotos, nunca había visto una visión tan clara de la Vía Láctea.

En verdad ponía las cosas en perspectiva. Piénsenlo: estábamos en una isla diminuta, que estaba en una roca diminuta que giraba alrededor de una estrella común y corriente como lo hacía cualquier otro planeta del universo. Y eso sólo constituía un sistema solar de entre los millones que residían en nuestro brazo espiral de la Vía Láctea. No éramos nada especial, o mejor dicho, no debíamos ser nada especial. Pero si el hecho de que yo estuviera vivo era un indicio, la Tierra era un fenómeno estadístico atípico.

¿Era la vida en la Tierra sólo un accidente? ¿Era la realidad en la que me dejaba enredar sólo una serie de coincidencias? Quizás. Pero, por alguna razón, no me gustaba esta respuesta. Todo este sufrimiento tenía que ser por algo, al menos. ¿Cómo llamaba Lovecraft a esto? ¿Horror cósmico?

Vaya sujeto…

Mi mirada se desplazó hacia arriba y exploró la atmósfera superior cuidadosamente hasta que encontré la estrella más brillante y la usé para reorientarme a mí mismo y a mi brújula mental. Mañana nos moveríamos en esa dirección. Desde el rincón de mi visión vi una manta oscura de nubes que caía sobre el cielo, desde el sur.

Oye, ¿Sargento? —Danny me hizo una seña con una voz silenciosa—. ¿Quieres un poco de café?

Sin la luna, la noche lo volvería todo inquietantemente negro. Pero por fortuna, era luna llena y aquello daba suficiente luz para iluminar la figura corpulenta de Danny. Me volví hacia él y levanté una ceja.

—… Danny. ¿Estás bien?

Estoy bien, Sargento… eh, ¿quieres un sorbo o no? —Pude detectar algunos matices de inquietud en su voz. El sonido característico de la traición.

PFC —llamé a Danny por su rango, en un tono bajo pero severo. Una habilidad que había aprendido a base de ensayo y error al tener que mantener la paz en el barril de pólvora que eran los otros siete hombres; cada uno de los cuales estaba comprensiblemente estresado y propenso a estallar al menor conflicto—. Se te da fatal mentir. ¿Qué hay en el café?

Danny suspiró de forma dramática—… algunos sedantes…

¿Sedantes? —repetí incrédulo—. Danny, ¿me ibas a drogar?

Danny frunció el ceño—. Suena terrible si lo dices así.

¡Porque lo es! ¡¿Qué demonios, Danny?! ¡¿Y por qué suenas tan confundido?!

Sargento. Escúchame. Yo y el resto de los chicos estamos preocupados por ti. No has dormido en tres días. —Danny me habló con una seriedad inusual, invalidando mi preocupación de que su brújula moral se hubiera invertido cuando yo no estaba pendiente. Sentía cómo la culpa subía por mi estómago con garras que se clavaban dolorosamente en los pliegues de mi órgano.

Bien. Me iré a dormir cuando termine mi guardia-

Sargento —Danny me interrumpió, una hazaña que no creí que tuviera el valor de hacer—. Fuiste el primero en hacer guardia esta noche. Han pasado tres días, y hemos quemado el puente. Necesitas dormir, el enemigo no va a perseguirnos.

—… —Entrecerré los ojos hacia él.

—… —Danny me miró con una expresión neutral. Podría haber pasado por Buda en aquel momento.

—… no te vas a ir hasta que me lo beba, ¿verdad? —Hice colgar la cabeza con un suspiro de resignación.

No estamos ciegos, Sargento. Sabemos que no puedes dormir sin sedantes durante una semana después de una pelea. ¿Creíste que el Doc no se iba a dar cuenta? Bébetelo.

¡Maldita sea, Murdoch! ¡Creí que teníamos un pacto!

—… esto es un motín. Los mandaré a todos ustedes simios a una corte marcial —dije con toque de ira fingida, tomando la taza extendida hacia mí. Mis manos disfrutaron el calor refrescante que se transfería de la bebida a través del recipiente de metal.

Danny se rió—. Si conseguimos regresar, te dejaré tomar todos mis rangos, Sargento. Demonios, llévate mi paga por riesgo también.

Oye, si sigues diciéndome cosas dulces como esa, podría hacerlo.

Conseguí dormir unas sólidas cinco horas aquella noche. Como un zombie, me había dormido en medio de la tormenta que había predicho que se avecinaba.

La tormenta pasó sin mucho escándalo, y nosotros estábamos relativamente seguros en este campamento que habíamos montado en lo alto de una colina. Otros lugares no tuvieron tanta suerte. No habíamos sido sólo los humanos los afectados por esta guerra civil. La lucha había dejado marcas permanentes en la naturaleza, y justo ahora estábamos viendo las consecuencias.

Los ríos habían sido bloqueados para formar represas y negarle al enemigo el acceso al agua. Esto creó terrenos baldíos en los que la flora se marchitó y la fauna evacuó. Las bombas de las escaramuzas habían diezmado árboles a lo largo de todo el bosque y luego se vieron exacerbados por los ataques aéreos en nombre de la "intervención" americana. Dudaba que a cualquiera de los dos bandos le importara el cómo esto destruía el mecanismo natural de la naturaleza para mantener la tierra anclada, y ahora cualquier tipo de lluvia provocaría deslizamientos de tierra que podrían arrasar pueblos enteros en cuestión de segundos.

Incluso la colina en la que estábamos tuvo una avalancha de tierra y roca durante la tormenta. Había hecho el campamento en el bosque, así que la evitamos. Fue una decisión tácticamente acertada, a pesar de todo. Desde la cima de la colina podíamos ver a cualquier enemigo que se acercara, y el alud de lodo haría más difícil para cualquiera que nos persiguiera el continuar haciéndolo.

Ingenio. Podía convertir horribles desastres naturales en estrategias de supervivencia.

A pesar de toda mi inteligencia, todavía necesité de sedantes para dormir durante el resto de la semana.


Levanté la cabeza y dejé escapar un gemido de dolor ante la luz ardiente que asaltaba mi rostro. Cerré bien los párpados y tanteé débilmente en la dirección que brillaba, como si fuera un gato. Pasaron unos momentos antes de que recobrara la orientación y me diera cuenta de que se trataba de la lámpara de mi escritorio en el cuartel general. Me senté y di un bostezo mientras me estiraba. Los sonidos satisfactorios de las vértebras de mi columna hicieron eco por toda la oficina vacía. Como el departamento había estado en alerta máxima desde esta mañana temprano, el Jefe había dado permiso anticipado para poder marcharse. Incluso Shiba se había ido a casa.

Con toda la oficina para mí solo, me había tomado la libertad de apagar las luces del techo y de todas las lámparas en los escritorios de mis compañeros de trabajo. Mis ojos me estaban matando, y todavía tenía testimonios que revisar.

Parpadeé rápidamente y me froté los ojos para deshacerme de cualquier rastro de somnolencia. ¿Cuánto rato había dormido? Había dejado cargando mi teléfono junto al teléfono del escritorio. Toqué la pantalla dos veces y entrecerré los ojos. Eran las 00:01. Acababa de pasar la medianoche, y el 27 de Agosto se había vuelto el 28. Habré dormido una hora como mucho, ya que recuerdo haber dejado abierto un email alrededor de las 23:00

Oh… También tenía unas 15 llamadas perdidas, conformadas por Shiba, el Jefe, Rumi y Shizuka. Y una llamada perdida de… ¿Haruno, de todas las personas…? Oh, y unas cuantas de Yukinoshita.

Bloqueé mi teléfono una vez más y volví a los informes. Tenía trabajo que hacer. Trabajo importante. Necesario.

La vida podía esperar.