Capítulo 21

Cuando me desperté Edward no estaba a mi lado, me incorporé lentamente hasta ponerme en pie y comencé a caminar hacia la puerta, mi cabeza comenzó a dar vueltas y tuve que apoyarme en uno de los muebles para no caerme. La puerta se abrió de repente y Edward al verme cruzó la habitación en dos zancadas y me tomó en brazos.

— ¿Estás bien? —preguntó preocupado.

— Sí… no te preocupes… —lo tranquilicé— ¿Dónde estabas?

— Estaba hablando con Esme y haciendo un par de llamadas —me dejó sobre la cama y besó mi frente.

— ¿Algún problema en la oficina?

— No… todo está bien… y ahora que hablamos de la oficina… señorita vas a cambiar tu horario, solo trabajarás por las mañanas y la tarde la dedicarás a descansar —dijo desafiándome con la mirada.

— Ya lo había pensado… y tienes razón —admití sonriendo.

Nos quedamos unos minutos abrazados, solo disfrutando de la compañía del otro. Recordé sus palabras y quise saciar mi curiosidad.

— ¿A quién llamabas antes? —pregunté alzando la cabeza para mirarle desde su pecho.

Suspiró y me miró sonriendo…

— No te enfades —susurró.

Me tensé y me enderecé en la cama como impulsada por un resorte…

— ¿Por qué habría de enfadarme? —pregunté con el ceño fruncido.

— Porque te estoy preparando una sorpresa… —admitió desviando la mirada.

Yo gemí y me dejé caer sobre su pecho de nuevo.

— Sabes que no me gustan las sorpresas… —susurré.

— Lo sé, pero esta te encantará… o eso espero —lo último lo dijo casi para sí mismo— pero debo pedirte un favor.

Volví a enderezarme y lo miré con los ojos entrecerrados.

— No le digas a nadie todavía sobre el bebé… quiero que sea una sorpresa para todos.

— ¿Y qué ganaré con eso? —pregunté haciendo un mohín.

— ¿Que te quiera mucho el resto de mi vida? —contestó con otra pregunta.

— Así que… si no accedo, no me querrás… —afirme.

— Sí lo haré… pero con menos ganas —sonrió.

— Chantajista —dije poniéndome en pie lentamente y caminé hacia la puerta.

— ¿A dónde cree que va Señora Masen? —preguntó poniéndose en pie también.

— A comer… y todavía no soy la señora Masen… —refunfuñé.

— Ya falta menos… —susurró para sí mismo.

La semana pasó lentamente, yo dejé de trabajar por las tardes y solo lo hacía por las mañanas, Edward cada tarde después de volver del trabajo me traía una rosa roja que ponían en un jarrón al lado de mi cama. Nunca creí que mi vida cambiaría tanto en tan poco tiempo, pero en solo una semana había dejado de ser simplemente Bella Swan, para convertirme en la futura señora Masen y también en la próxima madre de los hijos de Edward. Me daba un poco de miedo y en ocasiones me sentía abrumada, pero me tranquilizaba al darme cuenta de que era Edward de quien estaba hablando, todo saldría bien a su lado.

Hoy era viernes… abrí los ojos después de una noche de descanso y me encontré con la mirada divertida de Edward que me sonreía desde el otro lado de la habitación, intenté enderezarme en la cama pero un leve pinchazo en el estómago me indicó que no era buena idea, quise volver a mi posición inicial pero tampoco dio resultado… sentí como mi estómago se ponía del revés y tuve que ir a la carrera hacia el baño. No tardé en sentir las manos de Edward acariciándome la espalda, como lo hacía cada mañana cuando pasaba eso… me gustaba pensar que estaría conmigo siempre en ese sentido.

Mientras me lavaba los dientes crucé mi mirada con la suya, él estaba sentado al borde del jacuzzi mientras se abrochaba la camisa, me miraba con culpa, como cada vez que las náuseas me hacía doblarme sobre el retrete, pero esta vez la culpa era mayor, había algo de temor en sus ojos y eso no me gustó nada.

— ¿Qué pasa? —pregunté con el ceño fruncido.

Se puso en pie detrás de mí y pasó sus manos por mi cintura y las dejó descansando sobre mi vientre.

— Prométeme que harás lo que te pida sin preguntar nada —susurró en mi oído y luego comenzó a dejar besos por mi cuello y por mi hombro izquierdo.

— ¿Por qué debería acceder a eso? —pregunté con un hilo de voz.

— Porque me amas… porque confías en mí… porque quieres que mi sorpresa salga perfecta y porque gracias a ello nos querremos toda la vida —vi como su mirada brillaba mientras cruzaba sus ojos con los míos a través del cristal y no pude negarme.

— Está bien… pero espero que no me tortures… —suspiré.

— Esme vendrá en media hora a buscarte para ir de compras —abrí la boca para protestar pero él me giró y puso un dedo sobre mis labios para silenciarme—, le he pedido expresamente lo que quiero, así que no valdrán de nada tus protestas de "esto no me gusta" o "esto no lo quiero".

— ¿Y qué se supone que compraré? —pregunté en un gruñido.

— Esme lo sabe… solo haz lo que ella te pida —besó mi frente y se miró al espejo para intentar recolocarse los mechones rebeldes de su pelo.

— Menos mal que has dicho Esme y no Alice… no soportaría un día de compras con ella —murmuré.

— Esme será buena… os cuidará muy bien —acarició mi tripa y me besó profundamente en los labios antes de salir del baño.

Esme me tuvo dando vueltas por todo el centro comercial, si creía que ir de compras con Alice era una tortura ir con Esme no era distaba mucho de ello. Me hizo probarme mil vestidos diferentes… cada vez que la dependienta traía uno y me lo ponía encima ella solo negaba con la cabeza, señal que la chica utilizaba para traer el siguiente. Esme era más tranquila que Alice pero más selectiva, no se dejaba guiar por mis protestas y parecía saber muy bien lo que Edward quería que comprase.

Una hora después ya ni siquiera miraba el vestido que me ponían ,estaba agotada psicológicamente y ya todo me daba igual, me dejaba hacer mientras la chica me ayudaba ponerme un vestido más, para después escuchar la negativa de Esme y resoplar en respuesta… si yo me encontraba cansada la dependienta no era otra cosa… me puso un vestido más y yo ya estaba por arrancarme la tela a girones y salir de allí corriendo, aunque fuese en ropa interior, cuando Esme dio un grito ahogado, la miré y tenía los ojos vidriosos y se estaba tapando la boca con ambas manos.

— ¡Ese! ¡Ese es exactamente lo que estaba buscando! —gritaba emocionada mientras intentaba disimular unos débiles saltitos, en ese momento me di cuenta de donde salía la energía de Alice, aunque Esme la tenía un poco camuflada… ahí estaba, exactamente igual a la de su hija.

Me miré al espejo y mi boca se abrió de la impresión, era un vestido precioso, blanco con motivos color bronce y dorados. Me miré atentamente al espejo y no podía creer que la que estaba allí era yo, el vestido parecía hecho a medida ajustándose perfectamente en los lugares precisos, gracias al embarazo mis pechos estaban un poco más rellenos y mis caderas un poquito más pronunciadas, tenía poco más de un mes y todavía no era evidente más que por los síntomas, pero mi cuerpo ya comenzaba a sufrir los cambios.

Después de que Esme pagase el vestido bajo mis protestas sin dejarme siquiera ver el precio, salimos de la boutique y me arrastró hacia otra tienda. Cuando la vi gemí y me puse de cuatro tonos diferentes de rojo… ¿cómo iba a entrar con Esme ahí?

— No te avergüences tonta… yo vengo aquí a menudo aunque no lo creas… Carlisle lo agradece —susurró en mi oído.

— Esme… —protesté en un susurro poniéndome más colorada todavía.

Ella no me escuchó y me arrastró a Victoria Secret mientras intentaba ignorar mis protestas. Prefiero no hablar sobre lo que me obligó a comprar allí. Agradecí enormemente el poder salir de ese lugar, ya que todas las dependientas conocían a Esme y pensar que ella iba allí a comprarle cosas a Carlisle… me daba escalofríos. Era demasiada información para mí.

— ¿A dónde vamos ahora? —pregunté cuando estábamos en el coche y tomábamos un camino diferente.

— A Forks —dijo con tranquilidad.

— Pero… —miré el reloj— ya es tarde… ¿Edward va directo hacia allí?

— Algo así —contestó evadiendo mi pregunta.

Cuando llegamos a la mansión Cullen Alice y Rosalie estaban allí, pero no había rastro de los chicos. Cuando les pregunté dónde estaban me dijeron que tendrían una noche de hombres los tres solos, que nosotras aprovecharíamos también y haríamos una pijamada. Cundo pregunté de quien había sido la idea las dos señalaron a Esme, que sonreía satisfecha por algún motivo desconocido para las tres.

La noche pasó entre risas y confesiones, una pijamada con todas las letras… fue maravilloso poder compartir tiempo con mis amigas, hacía mucho que no teníamos tiempo las tres solas. Aunque echaba terriblemente de menos a Edward, sobre todo a la hora de dormir, cuando me metí en su cama y en lugar de su cuerpo tuve que poner una almohada para poder dormir abrazada a algo para no sentirme tan sola.

A las diez de la mañana Esme me despertó con unas suaves caricias, me desperecé con desgana y me sorprendí cuando vi mi desayuno descansado sobre la mesita de noche.

— Desayuna rápido que no tenemos mucho tiempo —me alentó con una sonrisa.

— ¿No tenemos tiempo para qué? —pregunté confundida mientras mordía mi tostada.

Esme volvió a sonreír y se sentó a mi lado tomando una de mis manos entre las suyas.

— Edward no me deja decirte, pero quiere que te pongas preciosa para esta tarde… tiene una sorpresa para ti —me dijo mientras sus ojos brillaban.

— ¿Y no puedes decirme nada…? —pregunté.

Negó con la cabeza mientras fruncía los labios.

— Al principio me negué a ayudarle, toda mujer tiene derecho a planear algo así… pero cuando me dio sus razones no pude negarme… te ama muchísimo Bella… —confesó emocionada— no sé como lo has hecho pero está loco por ti, nunca lo había visto así.

Mi corazón se estrujó con esa información, sabía que Edward me amaba, me lo decía y demostraba cada día, pero que otra persona me lo confirmara hacían que miles de mariposas revolotearan en mi estómago y se me hiciese un nudo en la garganta.

Después de desayunar Alice y Rosalie entraron también en la habitación para ayudar a Esme a arreglarme. Tuvimos que hacer una parada a media mañana para que vaciara el contenido de mi estómago, no soportaba los síntomas de mi embarazo en momentos como ese… por suerte las chicas lo achacaron a los nervios por la sorpresa de Edward, y pude mantener en secreto mi embarazo hasta que Edward quisiese decírselo a todos. No entendía el punto… pero si él lo quería así, yo no tenía ningún problema.

Eran las cinco y media de la tarde y yo ya estaba completamente lista… aunque no sabía para qué, me miré al espejo una vez más y lo que vi me dejó asombrada… el vestido se veía hermoso, Alice y Rosalie por órdenes estrictas de Esme recogieron mi cabello dejando algunos mechones caer en perfectos tirabuzones sobre mis hombros. Llevaba unos zapatos con un tacón de infarto y me sonrojé cuando recordé que Esme me había obligado a ponerme la ropa interior que compramos la pasada tarde.

Suspiré y miré por la ventana. Era un día soleado… algo muy extraño en Forks, los rayos de sol golpeaban contra la piel desnuda de mis brazos y hombros y me daban un ligero calorcito. Vi que comenzaban a llegar algunos coches, Jasper y Emmett se bajaron del jeep del último, vestidos con un chaqué, me sorprendió, pero no sé hasta cuanto porque no tenía ni idea de lo que Edward había planeado esta tarde. Alice y Rosalie, perfectamente arregladas y enfundadas en unos preciosos vestidos, irrumpieron algo enfadas en la habitación, sobre todo Alice, que no dejaba de farfullar entre dientes.

— ¿Qué pasa? —pregunté.

— ¡Esme! —bramó Alice, nunca utilizaba el nombre de pila de su madre mas que cuando estaba enfada con ella… algo que parecía en ese momento— ¿Te puedes creer que no me ha dejado salir al jardín? Se supone que la sorpresa es para ti, pero solo ella y Edward saben lo que va a pasar.

Me reí de mi amiga, aunque yo no estaba mucho más intrigada que ella. Volví a mirar por la ventana y me sorprendí al ver la patrulla de Charlie avanzando por el camino de entrada a los Cullen, y me sorprendí todavía más cuando vi el Aston Martin de Edward estacionado al lado del Mercedes de Carlisle… ese coche era sagrado para él, solo lo utilizaba en ocasiones especiales… mi nerviosismo aumentó al darme cuenta de eso… ¿qué habría planeado?

Esme entró en la habitación algo emocionada, miró su reloj y yo por acto reflejo miré el mío, eran las seis. Echó a las chicas de la habitación y ellas se fueron murmurando maldiciones, cerraron la puerta a su salida y luego oí un grito ahogado de Alice. Miré a Esme pidiendo una explicación pero ella le restó importancia negando con la cabeza. Me tomó de las manos y me miró a los ojos, podía ver en ellos que estaba muy emocionada, pero no sabía el motivo.

— Tengo algo para ti —susurró mostrándome una caja.

Cuando la abrió tuve que jadear de la impresión, dentro había una gargantilla de oro blanco con diamantes engarzados.

— Fue de la madre de Edward, me dijo que te la diese hoy, a mi hermana Elisabeth le hubiese encantado ver esto… es una joya muy antigua y él quiere que la tengas tú —dijo mientras luchaba para que no se le saliesen las lágrimas.

Yo solo pude tragar en seco intentando aliviar el nudo que se había formado en mi garganta. Me colocó la gargantilla y después de abrazarme me instó a que saliésemos de allí. Cuando baje las escaleras mi padre me estaba esperando en ellas. Vestido también de traje y con una sonrisa imborrable, además del mismo brillo de emoción en sus ojos que tenía Esme.

— ¿Qué haces aquí? —le pregunté cuando me abrazó.

— Cumplir órdenes —dijo… ¿feliz?

— ¿Qué tipo de órdenes? —la curiosidad era suprior a mí.

— Ahora lo sabrás… ¿me acompañas? —me dijo mostrándome su brazo.

Me aferré a él con fuerza, los zapatos me daban miedo, cuando estábamos a punto de salir al jardín Alice y Rosalie nos abordaron impidiéndonos el paso. Ambas sonreían radiantes y me miraban de un modo extraño.

— Toma Bella —me dijo Alice colocándome unos pendientes con unas piedras azules preciosas— los compré para mi graduación y quiero que los tengas tú —pude ver una lágrima saliendo de sus ojos, pero enseguida se encargó de hacerla desaparecer sin que su maquillaje se viese afectado.

— Esto lo quiero de vuelta —dijo Rosalie sorbiéndose los mocos. Me colocó una pulsera en la mano izquierda y luego me miró a los ojos sonriendo.

— ¿Me queréis decir que está pasando? —pregunté con voz temblorosa.

— Ahora lo verás —dijeron a coro.

Me abrazaron y salieron de nuevo al jardín, miré a mi padre y él sonreía con tristeza.

— ¿Qué pasa? —pregunté.

— Que te has hecho mayor muy pronto —dijo con voz ronca por la emoción.

— Papá, eso ya…

— ¡Phil! Coloca bien esa flor… que se va a caer —chilló una voz… esa voz… ese Phil…

— ¿Mamá está aquí? —pregunté con el ceño fruncido.

— No podría perderse este día —susurró mi padre.

— ¿Pero qué está pasando? —pregunté exasperada.

Charlie no contestó, solo comenzó a caminar y yo como todavía estaba agarrada a su brazo fui tras él. Cuando salimos al jardín mi boca se abrió de la impresión. Era la hora del crepúsculo y todo el cielo estaba teñido de un rojo brillante. De los arboles colgaban farolillos azules y blancos iluminando tenuemente el jardín. Había flores… muchas flores que endulzaban el aire con su olor. También había sillas, colocadas estratégicamente formando un pasillo. Al final de pasillo estaba él, Edward, vestido con un chaqué negro y aparentemente muy nervioso. Se me congeló el aire en la tráquea… estaba deslumbrante, sabía que Edward era guapo pero esa tarde estaba… impresionante. Después de un carraspeo de mi padre en el que adiviné que mi boca llevaba abierta demasiado tiempo pude apreciar quien estaba al lado de Edward… ¿el pastor?

Todas las piezas fueron encajando poco a poco en mi cabeza, la petición de Edward:

"Porque me amas… porque confías en mí… porque quieres que mi sorpresa salga perfecta y porque gracias a ello nos querremos toda la vida"

La alegría de Esme al encontrar el vestido perfecto:

"¡Ese! ¡Ese es exactamente lo que estaba buscando!"

Sus palabras cuando le pregunté que estaba tramando Edward:

"Al principio me negué a ayudarle, toda mujer tiene derecho a planear algo así… pero cuando me dio sus razones no pude negarme… te ama muchísimo Bella…"

Algo viejo:

"Fue de la madre de Edward, me dijo que te la diese hoy, a mi hermana Elisabeth le hubiese encantado ver esto… es una joya muy antigua y él quiere que la tengas tú

Algo prestado:

"Esto lo quiero de vuelta."

Y algo azul:

"Toma Bella —me dijo Alice colocándome unos pendientes con unas piedras azules preciosas— los compré para mi graduación y quiero que los tengas tú"

La presencia de mis padres, que todos estuviesen vestidos tan elegantes… la verdad me golpeó como un mazo en mitad del pecho, haciendo que mi corazón comenzase a bombear a toda prisa. La sorpresa de Edward era nuestra propia boda… Sentí las lágrimas descendiendo por mis mejillas ¿podría alguien ser más… perfecto?

Charlie me dio un apretón en la mano y comenzamos a avanzar lentamente, yo no fui consciente de lo que hacía, solo podía ver los ojos de Edward, que me miraban con tanto amor que creí que de un momento a otro me daría un colapso. Cuando estuvimos frente a frente mi padre puso mi mano sobre la suya y él suspiró complacido. Y yo sentí que ese era mi lugar… junto a Edward, tomada de su mano.

La ceremonia fue corta, dije los votos tradicionales porque evidentemente no pude prepararme otros, Edward igual que yo, prometió amarme y respetarme hasta que la muerte nos separase. Y con una hermosa sonrisa deslizó la alianza en mi mano izquierda. Sentí como mi mundo, que hasta ese momento era un caos, se calmaba, todo era como tenía que ser y estaba en el lugar que debía estar. Ahora era la señora Masen y estaba muy orgullosa de ello.

Después de abrazos, lágrimas y felicitaciones de toda la familia, las sillas desaparecieron dejando una improvisada pista de baile, Edward me puso en el centro y rodeando mi cintura con sus brazos comenzamos a bailar el vals.

— Te amo —susurró besando mi frente.

— Y yo a ti —contesté entre lágrimas— ¿cómo y cuándo se te ha ocurrido todo esto? —le pregunté.

Suspiró y besó mis labios con ternura.

— La tarde que te quedaste dormida en mis brazos después de saber que estabas embarazada —confesó.

— De eso hace solo cinco días… ¿te ha dado tiempo a prepararlo todo? —inquirí muy sorprendida.

— Esme me ha ayudado mucho.

— Eres… increíble.

La fiesta pasaba en calma, era como si el mundo se hubiese detenido para que nosotros pudiésemos disfrutar de ese día sin ningún tipo de impedimento. Hasta que llegó el momento del brindis, no era una boda usual, así que Edward fue el encargado en esta ocasión, se puso en pie y golpeó la copa con la cuchara, todos se giraron y lo miraron curiosos, y a mí se me hizo un nudo en el estómago al imaginarme lo que diría.

— Familia… —comenzó— muchas gracias por estar aquí en un día tan importante para nosotros —me miró y yo sonreí—, pero hoy no solo estamos celebrando nuestra boda —me tendió la mano y yo la tomé poniéndome en pie— tenemos que deciros algo más aparte de eso.

— Que te vas le luna de miel… eso ya lo sabemos, Eddie —bramó alguien.

— No solo eso Emmett… —rio Edward— próximamente seremos una más en la familia.

— ¿Una más? —pregunté enarcando una ceja— Creo que ya habíamos hablado de eso…

— Sí... es "una" más y no me discutas —susurró.

Todos nos miraban sin decir nada, con una sonrisa dibujada en sus ojos, menos Emmett que se podía ver claramente como estaban funcionando los engranajes de su cerebro intentando encontrar una explicación ante esa noticia. Alice y Rose se abalanzaron a abrazarme con lágrimas en los ojos, en seguida fueron arrolladas por Renée que me abrazó con tanta delicadeza como si me fuese a romper. Después se acercó Charlie, algo reticente y con una mirada extraña, pero me abrazó y me sonrió con ternura. Jasper fue el siguiente, seguido de Phil y un muy confundido Emmett.

— ¿Quién más se casa? —preguntó frunciendo el ceño.

Rose se acercó a él y le dio un zape, él se sobó el golpe y la miró con los ojos entrecerrados.

— Bella está embarazada, idiota —le dijo casi gruñendo.

— ¿Qué? —sus ojos se abrieron desmesuradamente y taladró a Edward con la mirada —¡Te dije que no le hicieses daño! —lo amenazó.

— Emmett cariño —susurró Rosalie—, daño es lo menos que él le ha hecho para que esté así.

— Rose… Bella no puede… ella no… Edward es… ¡no puede ser! —balbuceaba.

— Emmett —lo llamé—, ven aquí —abrí los brazos y el corrió a abrazarme.

— Lo voy a matar, lo voy a matar —mascullaba contra mi pelo —sí, sí, tú ríete ahora, que después te voy a matar… —le decía a Edward.

— Emmett… —lo regañé— ya basta.

— Pero Bella… no puedo dejar que te haga eso y se quede de rositas… —se quejó como un niño.

— No se queda de rositas… se ha casado conmigo, ¿qué más podría hacer?

— ¿Por eso la boda? —preguntó Charlie— Me dijiste que no estabas embarazada ¿Y ahora?

— Papá… cuando decidimos casarnos no sabíamos nada del embarazo todavía… para nosotros también ha sido una sorpresa —intenté tranquilizarlo.

Después de una conversación larga y tendida, intentando tranquilizar a Emmett y Charlie, Edward me ayudó a subir a su coche y salimos de la mansión Cullen.

— ¿A dónde vamos? —pregunté en un susurro.

— A Por Angeles, he reservado una suite en un hotel —dijo mirándome.

No dije nada más, sabía que discutir con él sobre temas de dinero era una causa perdida, y no tenía ganas de enfrascarme en una conversación en la que sabía que acabaría perdiendo. Después de hacer un viaje de una hora en poco más de cuarenta minutos Edward bajó del coche y le dio las llaves al aparcacoches amenazándolo duramente con la mirada en plan "te cortaré las piernas si le pasa algo" pero pareció controlarse.

Entramos en el hotel y ya subimos directamente hacia la suite sin parar en recepción, lo que me demostró una vez más que Edward tenía todo más que planeado. Antes de cruzar la puerta, Edward me tomó en brazos para cruzar el umbral de esta mientras reía.

— ¿No se supone que eso se hace en nuestra casa? —pregunté riendo.

— En casa ya lo haremos otro día… —susurró.

En cuanto entramos en la habitación estaba todo casi a oscuras, solo iluminado por unas velas colocadas en diferentes puntos de la estancia. Edward me dejó en el centro de esta justo enfrente de la cama, una cama enorme y con un precioso dosel de encaje blanco, a juego con el edredón. Se alejó unos pasos y fue hacia el equipo de música poniendo una suave canción.

(Música: www .youtube watch? v= M4RyBqoFnNk)

Se volvió a acercar a mí lentamente y me tomó de la cintura volviendo a bailar.

— Te amo —susurraba en mi oído— ahora eres mi mujer.

Yo me estremecía entre sus brazos, podía sentir sus manos quemándome incluso a través de la tela del vestido. Podía sentir sus labios marcando mi piel por mi cuello y mis hombros. Podía sentir como mi corazón palpitaba desbocado en mi pecho. Como la sangre circulaba velozmente por mis dedos como si fuesen mil hormiguitas. Podía sentir dos mil mariposas revoloteando en mi estómago y también podía sentir un nudo en la boca del estómago.

— Sólo mía… —decía su voz.

Edward se balanceaba elegantemente mientras mi cuerpo seguía su ritmo mediante impulsos, porque mi consciencia quedó en algún lugar al otro lado de la puerta, solo era un amasijo de músculos y piel entre sus manos, solo podía sentir el amor que me quemaba hasta los huesos, la pasión que se desbordaba por mi ropa interior, y eso solo con su simple presencia frente a mí.

— Mi mujer —volvió a susurrar.

— Te amo —contesté con voz entre cortada.

Edward se apartó ligeramente y me miró a los ojos, apenas pude soportar el escrutinio de esos ojos verdes que me hipnotizaban, sentí como mi alma se desnudaba ante él girón a girón… entregándome totalmente y sin medida. Sonrió de lado haciendo que mi corazón se saltase un latido y me besó dulcemente en los labios.

— ¿Apenas te he tocado y ya estás en este estado? —preguntó engreído.

Le golpeé en el hombro e hice un mohín.

— Son las hormonas… ya lo sabes —mascullé.

— Las hormonas… ya —susurró antes de atacar mi cuello con su boca.

Sus labios se deslizaban lentamente por mi piel, humedeciéndola y haciéndola más sensible al contacto de su aliento, cerré los ojos y me aferré a su chaqueta con fuerza, si no fuese prácticamente imposible juraría que podría tener un orgasmo tan solo con el contacto de sus labios en mi cuello. Se acercó a la zona sensible de mi clavícula y me arañó con los dientes. Yo gemí… gemí vergonzosamente en lo que las manos se Edward avanzaban decididas hacia la cremallera del vestido y después hacia el cierre del cuello.

No me quedé quieta y deshice su pajarita, desabrochando sus botones justo después, deslicé la camisa junto con su chaqueta por sus hombros, él me soltó de la cintura y mi vestido descendió por mi cuerpo llegando a mis tobillos. Edward jadeó por la impresión. No llevaba sostén ya que el vestido no lo necesita, solo una tanguita y un liguero blanco me cubrían. Colocó sus manos en mi trasero y me apretó a él con fuerza mostrándome lo excitado que estaba, yo también gemí cuando su erección chocó con mi vientre. Mis manos se movieron frenéticas hasta su cinturón y me deshice de él en pocos segundos.

Edward estaba con su bóxer y yo todavía con mi ropa interior, cuando me cogió en volandas y me tumbó en la cama. Se tumbó también a mi lado y comenzó a besar cada parte de mi cuerpo que esta descubierta. Se puso de rodillas entre mis piernas y me miró sonriendo. Se inclinó sobre mí y atacó mis labios con fiereza. Agarró una de mis manos poniéndolas sobre mi cabeza, la otra la siguió. Después se alejó sonriendo con picardía, intenté mover mis manos para retenerlo, lo último que quería era que se alejara, pero no pude, mis manos estaban atrapadas. Cuando levante la vista sobre mi cabeza mis muñecas estaban atadas con un pañuelo de seda.

— Edward… —lo llamé con voz ronca —¿Qué…? —tragué saliva— ¿Qué es esto?

— Solo disfruta, amor —susurró contra la piel de mi pecho.

Su lengua se enredó en uno de mis pezones y perdí la noción de todo. Solo era consciente de sus manos, trazando líneas sobre mi piel, líneas que después seguían sus labios. Miles de gemidos, suspiros y gritos salían de mi boca. Fue desnudándome poco a poco, con cada centímetro de piel que dejaba descubierta recibía un beso que electrizaba mi sistema nervioso. Tardé muy poco en estar desnuda frente a él, que alejó mirándome con la adoración pintada en sus ojos.

— No puedo creer que tenga la suerte de tenerte solo para mí —dijo con la voz enronquecida.

Yo solo pude suspirar, sus dedos comenzaron a deslizarse por mi pliegues, explorando esa zona de mi cuerpo que conocía tan bien… tanto que sabía exactamente lo que hacer para volverme loca. Mientras sus dientes torturaban uno de mis pezones, introdujo dos dedos en mi interior haciendo que mi espalda se arquease en respuesta. Grité su nombre y una fina capa de sudor comenzó a cubrir mi cuerpo.

— Estás siempre tan lista para mí… —ronroneó en mi cuello.

— Edward… suéltame… por favor —supliqué.

Negó con la cabeza y se posicionó entre mis piernas de nuevo, cara a cara conmigo, abrasándome con sus dos orbes completamente oscurecidos por el deseo. Me penetró lentamente, haciendo que disfrutase de su longitud centímetro a centímetro, el aire abandonó mis pulmones y me sentí desfallecer. Mis paredes lo apretaron con fuerza como abrazándolo, invitándolo a quedarse en ese lugar para siempre. Comenzó a embestirme, con cada roce, con cada beso, con cada "te amo" salido de sus labios yo sentía que volaba más y más alto.

Mis manos se retorcían intentando liberarse, quería abrazarlo, acercarlo más a mí, hacer que su cuerpo se fundiese con el mío. Era mi marido, mi marido… solo mío… mío…

Con un movimiento rápido de su mano las mías se liberaron y pude rodear sus hombros por fin, acercándolo más a mi pecho, enterrando mis uñas en su espalda y haciendo que gruñera contra mi cuello. Sentí el placer inundando mis venas, acabando con la poca cordura que me quedaba en ese momento, enterré mis uñas con más fuerza en su piel y grité su nombre mientras me dejaba llevar. Edward se dejó caer a mi lado y me abrazó con fuerza, me acomodé en su pecho y suspiré complacida.

— Te amo… —lo oí susurrar —ahora duerme señora Masen, mañana será otro día.