Disclaimer: Esta historia no me pertenece al igual que los personajes. ADAPTACION


Capítulo 23

Lunes, 10:28 a.m.

El doctor Irving Troust se recostó, dio un sorbo de té helado y se quitó las gafas con un semblante serio.

—Señor Cullen, Ed, no estoy muy seguro de cómo decirle esto. Creo que su pintura es una falsificación.

Edward exhaló el aliento que no se había percatado que estaba conteniendo. Bella tenía razón.

—Sospechaba que podría serlo, doctor Troust. Quería que un experto lo confirmara.

Troust paseó la mirada de él a Isabella.

—¿Quién le vendió esta… cosa?

—Es un poco más complicado que eso, me temo. La pintura era un Picasso original cuando lo compré. —Edward se aproximó a la mesa y se sentó frente al director—. Hay varios objetos más a los que me gustaría que echara una ojeada. Y, por el momento, debo pedirle que no divulgue la información.

—No pienso formar parte de un fraude —dijo Irving, volviendo a ponerse las gafas.

—No te preocupes, Irving —dijo Isabella, disponiéndose a sentarse al lado de Edward—. No intenta endosárselos a nadie. Lo que sucede es que nos gustaría conocer el alcance de los daños.

—Por supuesto.

Jasper Hale llegó mientras Isabella estaba fuera, seleccionando otro objeto para ser examinado.

—Siento llegar tarde. ¿Qué me he perdido?

Edward hizo las presentaciones y rápidamente le puso al corriente de los hechos.

—Sólo lo sabemos nosotros cuatro, así que no abras la boca.

—¿Los cuatro? —repitió Hale—. Eso no es del todo cierto, ¿verdad? Queda al menos un tipo malo suelto.

—Si nuestra teoría se confirma, tengo un muy buen rastro que conduce a Milani. Podríamos convencerlo para que nos ayude.

—Un muy buen rastro circunstancial, quieres decir. ¡Mierda!

Isabella regresó, sujetando con cuidado un pequeño Matisse en las manos. Edward frunció el ceño, y reprimió rápidamente toda expresión al ver la seriedad que reflejaba su rostro. Por lo que sabía, el Matisse era auténtico… pero aquélla era seguramente su intención. Tenía sentido. Si Troust lo declaraba falso, tendrían que buscar a otro experto, u otra teoría para los expedientes que Matteo se había llevado.

Mientras Irving comenzaba con la evaluación del Matisse. Isabella se paseó hasta la ventana. Edward se unió a ella, con Jasper pisándoles los talones.

—Todavía no significa nada —murmuró.

—Bien puede. Ahora tenemos que decidir qué le contamos a McCarty.

Jasper tenía el ceño fruncido.

—Se lo contaremos todo. Si estáis en lo cierto, esto lleva años sucediendo.

—Quiero saber en manos de quién obra ese Picasso en estos momentos —dijo Isabella, con la atención aparentemente fija en su jefe.

—¿Podrías averiguarlo?

—Vais a conseguir que os detengan por obstrucción —siseó Hale—. Dejad que la policía se las apañe; es su trabajo.

—Si logro contactar con Black, podría al menos sacar ventaja en esto —respondió Isabella, haciendo caso omiso de la protesta de Jasper—. En las presentes circunstancias, a menos que Milani nos dé algo, estoy jodida. —Se volvió hacia Edward—. Por supuesto, ante la amenaza de que Matteo pudiera enfrentarse a una larga condena en prisión, si se da por hecho que él es el único imputado, podría persuadirle para que nos dé otro nombre.

—Cuento con eso —admitió Edward.

—Necesito más té —voceó Troust, levantando el vaso mientras mantenía la mirada fija en el cuadro.

—Yo lo traeré —dijo Isabella—. Algunos días en eso consiste la mitad de mi trabajo en el museo.

Hale comenzó a gruñir de nuevo tan pronto como ella hubo salido de la estancia:

—¿Qué narices estás haciendo? Esto no es un episodio de Luz de luna, Ed. Vale que te estés divirtiendo, y que te guste pasar el tiempo con Swan. Pero…

—Hoy se apellida Martine. No lo olvides.

—Lo haré si me vuelve a llamar «Harvard». Pero dijiste que habíais encontrado veintisiete expedientes. Eso viene a ser, ¿cuánto, unos cincuenta millones de dólares en obras de arte y antigüedades robadas?

—Algo por el estilo.

—Esto es serio. Hay gente que ya ha matado por esto, y sabemos que tienen acceso a esta casa. Tú casa, Ed.

—Ya lo sé, Jasper. Y a eso se debe que sea petición mía. —Tomó aire despacio, obligándose a relajar las manos—. Odio ceder el control.

—Actuaré como quiera que prefieras, amigo mío. Pero estás asumiendo riesgos innecesarios y si lo haces para impresionar a tu novia, no creo que llegues nunca a ponerte a su altura en lo que a descarga de adrenalina se refiere.

Detestaba cuando Jasper llevaba razón.

—Veamos qué pasa hoy —respondió—. Si Troust dice que el Matisse es una falsificación, entonces la investigación de Isabella y mía era o bien errónea, o Irving no nos sirve para demostrar nada.

—¿Es auténtico?

—Isabella así lo cree, y el expediente estaba aquí… y actualizado.

—Hablando de Sw… de Martine, le conté a Alice quién es.

«¡Ay, Dios!»

—¿Y bien?

—Y a Alice le gusta de todos modos. Le preocupa que salgas mal parado, pero le gusta Bella.

—Dile que no se preocupe por mí. Puedo cuidar de mí mismo. —Edward echó un vistazo al ocupado director—. ¿Por qué piensa que saldré mal parado?

—Dice que seguramente Bella no está acostumbrada a quedarse en un mismo lugar por mucho tiempo. De hecho, dice que probablemente es más inquieta que tú.

—¿Qué más dice?

—Se supone que no debo contártelo, pero no ve mucho futuro para ti y una ladrona habitual. Uno de los dos tendría que cambiar, y sabe que tú no lo harás, y no cree que Swan pueda hacerlo.

—Bueno, no le cuentes que he dicho que ha sacado demasiadas conclusiones basadas en una corta velada y que la gente sí que cambia.

—¡Dios! Me siento como si estuviera en el instituto. Alice y tú podéis ir a almorzar y comparar apuntes, porque yo no quiero estar en medio de…

Isabella volvió a entrar, con una bandeja de refrescos en sus manos.

—Cierra el pico —dijo Edward entre dientes.

—Té de frambuesa para Irving, agua para Jasper, un refresco para mí, y Hans se ha empeñado en que al señor Cullen le traiga una cerveza sin alcohol bien fría. —Le entregó a cada uno lo suyo, luego se apoyó contra el brazo de Ed mientras abría la lengüeta de su coca cola y tomaba un trago—. ¿Se sabe algo ya? —susurró.

—Por el momento, no —respondió Edward, con cuidado de no moverse. Algunas veces se sentía como un cazador tratando de atraer a un ciervo hasta una trampa. «No te nuevas, o recordará que estás ahí y huirá.»

—Sigo pensando que tenemos que llamar a McCarty —intervino Jasper.

—Esperemos a ver qué dice Irving —insistió Isabella—. He estado pensando. Si Irving evalúa correctamente el Matisse, deberías contratarle a él, o a alguien, para que examine cada antigüedad y obra de arte que posees. No porque puedan ser falsas, sino para confirmar a todos que el noventa y nueve por ciento de tu colección permanece intacta.

—¿Y publicitar todo este fiasco?

—Si Milani va a juicio, saldrá de todos modos a la luz —medió Jasper.

Edward frunció el ceño, y se centró en su cerveza.

—Odio a la prensa.

—Como si a mí me encantara —respondió ella—. Limítate a utilizarlos. De lo contrario, como bien has dicho, toda tu colección acabará devaluada. —Tomó unos sorbos de refresco—. Porque tanto si el público lo descubre como si no, la comunidad artística lo hará. Y no hay mayores cotillas en la faz de la tierra. Confía en mí en esto.

Cinco minutos más tarde, el doctor Troust levantó de nuevo la mirada, vio su té helado y se bebió la mitad de un trago.

—Bueno, Ed, puede que pase algo por alto, pero este cuadro me parece auténtico. He visto fotografías de él, y el estilo de Matisse está bien documentado —dijo con el ceño fruncido mientras se limpiaba las gafas en la corbata—. ¿Qué has encontrado, Isabella?

Ella sonrió.

—No he encontrado nada, Irving. Esperaba que tú tampoco.

—Ah, era una prueba. Y he aprobado.

—Con honores, como suele decirse, doctor Troust. ¿Preparado para otra?

—Esto es realmente emocionante. Por supuesto.

Edward miró a Jasper por encima de la cabeza de Isabella.

—Ya podemos llamar a McCarty.

Al final de la tarde, la biblioteca estaba atestada de obras de arte sin valor alguno. A medida que iban creciendo los montones, Edward tenía ganas de darle un puñetazo a alguna de ellas. Posiblemente Isabella se uniría a él, e incluso Hale comenzaba a parecer irritado, pero apareció McCarty y les dijo que cada falsificación e imitación era una prueba.

—Quince —dijo Isabella, mientras un casco romano del siglo i era arrojado al montón—. Es muy listo para ser un imbécil. Algunos de los expedientes que se llevó y dejó de actualizar son piezas auténticas. Puede afirmar que se trató tan sólo de un desliz, y que no tenía idea de lo que estaba sucediendo. —Miró a Edward de reojo—. Hasta puede echarte la culpa a ti.

McCarty apoyó los codos en la mesa de trabajo.

—O quizá tenía compradores haciendo cola por esos objetos y todavía no había dado el cambiazo.

—Eso podría tener sentido. —Edward le pasó la fuente de sándwiches, de pepino, en honor de Bella, que Hans les había enviado—. Excepto que ninguna de las falsificaciones parece tener el expediente actualizado.

Bella le dedicó una breve sonrisa.

—Eso se debe a que Milani es un quisquilloso.

—Es muy interesante —dijo el detective, eligiendo un sándwich—, pero está fuera de mi alcance y de mi jurisdicción. Puedo perseguir a Milani por intento de homicidio de Bella, pero debemos llamar al FBI si hablamos de un robo a esta escala.

—No, no, no. No vamos a hacerle nada a Milani por Bella —dijo Isabella, sacudiendo la cabeza y apartándose de la mesa—. Le arrestaste por lo de la tablilla y por el lío de las cintas de vigilancia y el asunto de las granadas.

—Soy detective de homicidios —respondió McCarty—. Homicidio, intento de homicidio, es a eso a lo que me dedico. Eso me deja con Anderson y contigo. Anderson no puede testificar, pero tú sí.

Isabella miró a Edward.

—No, no puedo —dijo de forma insegura.

—Ya hablaremos de ello —dijo Edward.

—¿Para qué, para que intentes convencerme? ¡No puedo! —Se levantó y salió a toda prisa de la biblioteca.

—Buena jugada, Emmett —gruñó Edward, poniéndose en pie. Le lanzó otra mirada furibunda a Hale, sólo por sí acaso—. Échale un ojo a Irving.

La encontró en la galería del primer piso, mirando fijamente las paredes y el suelo todavía ennegrecido por el fuego.

—Puede que no sea necesario que testifiques, sabes —dijo, guardando la distancia hasta que pudiera estimar su estado de ánimo—. Podemos mostrarle lo que tenemos a su abogado, y quizá nos entregue a sus cómplices.

Ella resopló.

—Pareces Bella Spade. «Huye, es la pasma.»

—¿Y qué significa eso?

—Francamente, no tengo ni idea. —Todavía mirando el desorden, se plantó las manos en las caderas—. Antes de llevar a cabo un trabajo, lo ensayo en la cabeza. Detenerme en este punto, agacharme allá, girar a la izquierda, subir las escaleras.

—Es lógico —declaró, deseando que ella hubiera empleado un tiempo pasado.

—No logro ver a Laurent en esto. Lo he intentado y carece de sentido.

—Repásalo conmigo —sugirió Edward, acercándose lentamente—. Quiero decir que puede que no tenga tu experiencia, pero sé lo que es lógico y lo que no.

Para su sorpresa, ella asintió.

—Eso podría ayudar. Pero no con McCarty y con Harvard aquí… y mucho menos con mi jefe.

—Por cierto, Jasper te delatará a Irving si vuelves a llamarle así.

—De acuerdo, está bien. Entonces, le llamaré Yale.

—Pondremos a prueba tu teoría después de cenar.

—Sabes —dijo, acercándose a él y rodeándole la cintura con los brazos—, me llevaste a cenar a casa de los Hale, así que he pensado que podría hacer lo mismo.

—Quieres invitarme a cenar. —No se movió, dejando que ella controlara el grado de intimidad entre los dos.

—Sí. —Se puso de puntillas para besarle ligeramente.

—¿Sería algo así como una cita?

Ella dudó durante un brevísimo instante.

—Claro. Y casi puedo garantizarte que después tendrás suerte.

Edward deseaba señalar eso en el calendario. Era la primera vez que Bella daba un paso para hacer avanzar su relación más allá de un sentido físico.

—¿Antes o después de que repasemos la versión del robo de Laurent?

Isabella se echó a reír por lo bajo, apoyándose contra su pecho y deslizando las manos en su trasero. Cuando se enderezó tenía su cartera en una mano. Ed ni siquiera había notado que se la había quitado.

—Tal vez ambos. —Abrió la solapa de piel—. Eso pensaba —dijo con voz cantarina, arrojándole de nuevo la cartera, intacta, según le pareció.

Él la cogió.

—¿Qué pensabas?

—La mayoría de los tíos llevan un condón —dijo, pasando por su lado como una exhalación—. Uno; no tres. Tío, debes creerte muy bueno en la cama.

—Eso me han dicho.

—Pues haremos que sea una cena rápida y podrás demostrármelo otra vez.

—¿Isabella?

Ella se detuvo, volviéndose hacia él.

—¿Mmmm?

—No es lo más romántico que se puede decir, pero ya que has sacado el tema de los condones, las dos últimas veces no hemos utilizado… protección. ¿Estás…?

—Estoy sana, si es a eso a lo que te refieres.

Edward se sonrojó.

—No. Me refería a si tomas precauciones.

—Dios, qué británico eres —dijo, riendo entre dientes—. Tomo la píldora.

—Ah, bien. Sí, a eso me refería.

Isabella se puso rápidamente de puntillas y le besó apasionadamente en los labios.

—Gracias por preguntar.

—Sólo estaba siendo un caballero.

—Eso me recuerda algo. Tienes que ponerte pantalones cortos para cenar.

Con un ceño fingido que parecía muy real la siguió de nuevo hasta la biblioteca.

—¿Pantalones cortos? ¿Qué clase de norma de etiqueta es ésa?

Ella sonrió abiertamente mientras desaparecía dentro de la habitación.

—La mía.