20
—Pauna, tengo que aventurarme afuera de los muros del castillo antes de que lleguen las tormentas de invierno, si no me volveré medio loca, seguro.
Pauna, que estaba sentada a la gran mesa de la biblioteca, frente a Candy, apartó los ojos de los libros y sonrió ampliamente. No quedaba casi nada de la criatura tímida y vacilante que habían presentado a Candy. Arrugó la nariz. Excepto el parche.
—Queridísima Candy, ya sabes lo que ha dicho Anthony. No es seguro recorrer los bosques ahora, después de los recientes ataques de los Mackenzie.-Sus ojos chispearon traviesos—. Claro que si tú se lo pides, puede ser que Anthony acepte que hagamos una salida corta. Parece incapaz de negarte nada.
Candy se rió incómoda por la pulla de Pauna. Aunque Anthony no lo demostraba abiertamente, cuando la miraba, ella percibía algo que iba más allá del afecto fraterno reflejado en sus ojos azul cielo. Candy sospechaba que él imaginaba que estaba enamorado de ella. Tendría que hablar con él pronto, pero quería darle tiempo para solucionarlo por sí mismo. Sacudiéndose de encima aquellos sentimientos desconcertantes, Candy se levantó y cruzó los brazos resuelta.
—Muy bien, se lo pediré yo a Anthony, esta vez. Lo que sea por salir de estas cuatro paredes. Hace tanto tiempo que no he montado a caballo que es posible que lo haya olvidado. Tal vez podamos convencer a Anthony de que nos deje cazar un poco.
Pauna aplaudió como la chiquilla excitada que tanto recordaba su delicada y esbelta belleza. Parecía muy joven, aunque era cinco años mayor que Candy.
—Me encantaría cazar, pero...-Su expresión se entristeció y su cara de duendecillo pareció vaciarse de su atractiva alegría infantil—. No sé cómo voy a aprender nunca con...
Candy la hizo callar de golpe lanzándole una mirada fulminante, frunciendo los labios, apretándolos con fuerza y enarcando una ceja con fingida sorpresa. Pauna recibió el mensaje y se echó a reír, recuperando la felicidad en un instante.
—Está bien, Candy, ya lo sé. Eres peor que Pony, esa vieja dictadora. Pues claro que me gustaría cazar. Seguro que no hay ningún mal en probar.
Candy le dio un cariñoso abrazo. Incluso ella estaba agradablemente sorprendida de lo mucho que había cambiado Pauna. Casi todos los vestigios de vergüenza por su lesión habían desaparecido. La transformación era tan espectacular que hasta los sirvientes le habían comentado la diferencia a Candy. Puede que le dieran algún mérito por la mejora, ya que su cordialidad había aumentado claramente en las últimas semanas. Candy tenía un plan en lo que respectaba a Pauna, pero todavía necesitaría algún tiempo.
—Nunca te subestimes, Pauna. Te sorprenderá lo que puedes lograr cuando te decidas. Y por cierto, Pony opina que es una corderita... ¡Igual que yo!
Se miraron y se echaron a reír a carcajadas.
Pauna se recuperó primero.
—No sé por qué me estoy riendo; Pony me ha estado mimando tanto como tú últimamente. Tendremos que pensar en algo para distraerla. He visto la manera en que la mira Robert últimamente. A lo mejor podemos evitar que siempre ande dando vueltas a nuestro alrededor si favorecemos un idilio.
Asombrada, Candy abrió mucho los ojos.
—¡Robert, el guardián de la puerta, y Pony! No había notado ningún interés especial de él hacia ella.-Se acarició la barbilla—, pero ahora que lo mencionas, sí que es muy solícito y servicial. Y últimamente ha estado dando vueltas por aquí con más frecuencia. No me había dado cuenta... Dudo que Pony lo haya observado.-Apoyó las manos en las caderas—. Eres muy astuta, Pauna MacAndrew, viendo cosas que otros no ven.
Pauna sonrió.
—Puede que la pérdida de mi ojo derecho haya obligado al izquierdo a trabajar más. Parece que ahora observo más cosas que antes. De hecho, parece que mis sentidos se han agudizado después del accidente.
Pauna tenía aspecto de querer decir algo más.
—¿Qué hay?-preguntó Candy.
—Nada. Solo pensaba lo refrescante que es que no controles lo que dices para evitar cualquier referencia a mi vista. No te creerías lo incómodo que puede llegar a ser. Antes de que tú llegaras, yo nunca hablaba del accidente.-Cogió las manos de Candy—. No sé qué habría hecho sin ti.
Candy sonrió.
—No habrías tardado en encontrar tu camino. Tienes demasiado temple para quedarte inactiva mucho tiempo.-Cerró el libro en el que estaba trabajando—. Y hablando de inactividad, estoy a punto de estallar. Tengo que salir de aquí.
Pauna frunció el ceño preocupada.
—¿Sabes, Candy?, aunque Anthony acepte, Albert se pondrá furioso si descubre que hemos salido del castillo, aunque sea para cazar. Advirtió expresamente a Anthony que no nos dejara salir, por miedo a que los Mackenzie raptaran a una de las dos para pedir un rescate. O algo peor.
Candy se echó el pelo hacia atrás, fue hasta la ventana y se quedó mirando el mar.
—Los Mackenzie no se atreverían a lanzar un ataque tan entrada la estación, no cuando las tormentas podrían cortar su huida. Estaremos bien vigiladas y nos quedaremos cerca del castillo. Y como Albert no está aquí, no puede esperar que le pidamos permiso, ¿verdad?
Candy no podía ocultar su irritación. Era casi noviembre y Albert llevaba fuera cerca de dos meses, dejándola con el recuerdo de aquel beso que la había confundido y quitado el aliento. Un recuerdo al que trataba de aferrarse, pero que iba desvaneciéndose con cada día que pasaba. Había querido creer que, después del desastre de la noche anterior, él trataba de acercársele. Y esa creencia se había reforzado cuando, al llegar a su habitación, había encontrado The Fairy Queen en el centro de la cama. El corazón le había dado un salto, pensando que seguramente era una ofrenda de paz o quizá su manera de disculparse. Esperaba que hubiera algo más. Pero aunque Albert había enviado breves misivas a Anthony y a Pauna, Candy no había recibido ni una palabra de él. Ya no sabía qué pensar.
Y lo más frustrante era que se daba cuenta de que lo echaba de menos.
Había pasado buena parte de los dos meses devorando primero The Fairy Queen
y después otros libros que había descubierto en la amplia biblioteca de Albert, trabajando en la cuentas, como Pauna y ella hacían entonces, y conociendo mejor a Anthony y a Pauna.
Pauna y ella pasaban innumerables horas igual que en ese momento: trabajando, charlando y riendo. Cuando Candy agotó las historias de su tiempo en la corte, de las que Pauna no se cansaba nunca, tanto si eran escandalosas como corrientes, hacían turnos para contarse anécdotas de su niñez.
Candy disfrutaba especialmente de los relatos de un Albert joven, un muchacho despreocupado que recorría la isla antes de que le cayera encima, tan inesperadamente, el cargo de jefe. También comprendía que, aunque ella no se lo había dicho explícitamente, era probable que Pauna hubiera deducido, por las tontas historias de sus escapadas infantiles, cuál había sido su propia situación.
En Pauna había encontrado la primera amiga verdadera que nunca había tenido. Y una hermana.
Pauna la estaba observando atentamente.
—¿Qué pasa?-preguntó Candy cubriéndose las mejillas con las manos—. ¿Tengo tinta en la cara?
—Albert no sabe qué decir, Candy -respondió Pauna en voz baja.
Candy miró a su amiga. ¿Es que sus pensamientos eran tan transparentes? Pauna veía realmente demasiado. Enderezó la espalda.
—No sé a qué te refieres.
—Ocultas muy bien tu desilusión, pero yo veo lo mucho que te duele cuando pasa otro día más y no tienes noticias de mi hermano.
—Lo ves todo, ¿no es así?-dijo Candy secamente.
—A Albert le importas más de lo que quiere reconocer. Hay una dulzura en sus ojos cuando te mira que nunca le había visto antes.
Candy trató de disimular sus esperanzas, pero Pauna le cogió las manos y la obligó a mirarla a los ojos.
—No quiero verte herida, Candy.
—Tiene intención de devolverme a mi familia-dijo con voz triste.
—Lo sé. La enemistad solo se terminará con la destrucción de tu tío y el establecimiento de los MacAndrew en Trotternish. La única manera de que eso suceda es que el conde de Argyll ejerza su influencia con el rey. Una alianza con Annie Campbell, la prima de Argyll, proporcionará esa influencia.
Candy apartó los ojos. Le dolía demasiado ver la compasión de Pauna.
—¿La quiere mucho?-preguntó con una voz que sonaba muy débil.
—Apenas la conoce. Será un enlace horrible. Esa chica no tiene tu misma fortaleza para estar a la altura de mi imponente hermano. Annie Campbell es una cosita dulce pero apocada. Albert la aterrará.-Pauna suspiró—. Pero eso no importa nada. Albert siempre cumplirá con su deber, aunque sea a expensas de su propia felicidad.
Candy sabía que Pauna estaba en lo cierto. Había pensado mucho en Albert durante su ausencia. Más de lo que deseaba. La noche antes de que se fuera, había captado un atisbo del hombre apasionado que había detrás del jefe reverenciado. Pero su posición de jefe dominaría siempre. Su clan lo llamaba Albert Mor, Albert el Grande. El título encajaba bien. Incluso si consiguiera que se enamorara de ella, la enviaría de vuelta con su clan si su deber así lo exigía.
—No estás enfadada conmigo, ¿verdad?-preguntó Pauna.
—¿Cómo podría enfadarme contigo por decir la verdad?-Candy consiguió sonreír. Se esforzó por fingir que las palabras de su amiga no la perturbaban, pero no era fácil engañar a Pauna.
Candy volvió a la mesa y empezó a cerrar los libros en los que había estado trabajando, y a devolver cuidadosamente los pergaminos a su sitio en los estantes. Daba gracias por la distracción que le ofrecían las cuentas. Incluso ya pasada la fiesta de san Miguel, había mucho que hacer. Administrar las rentas de las tierras de Albert, el ganado y las cuentas domésticas ocupaba una buena parte de sus días. Luchó por acallar una punzada de culpa no deseada. Había estado tan ocupada que no había encontrado mucho tiempo para buscar la bandera ni un pasadizo secreto para salir del castillo.
Con Albert fuera, debería haber sido un momento oportuno. Pero no estaba más cerca de alcanzar su objetivo y ya habían pasado tres meses desde que llegara. Tiempo suficiente para forjar sólidas amistades y apegos que hacían que la idea de traicionar a los MacAndrew le resultara insoportable. No era solo la vida de la gente de su clan la que estaba en juego, sino también la vida de los MacAndrew. Si fracasaba, su clan perdería sus tierras y quedaría a merced de los despiadados Mackenzie. Pero si tenía éxito, sería a costa de los MacAndrew. Ojalá pudiera idear un plan para ayudar a su clan que no entrañara perjudicar a los MacAndrew. Tal vez había llegado el momento de escribir a su padre.
Miró a Pauna.
—Bien, ¿vas a escapar de esta fortaleza conmigo o debo hacerlo sola?
El momento de seriedad de Pauna se desvaneció, y se volvió hacia Candy con una gran sonrisa.
—Si tú estás decidida, estoy dispuesta a desafiar la tormenta.
Candy vio la expresión pícara pero confiada aparecer en la cara de su nueva hermana. Lo que solo unas semanas atrás hubiera aterrorizado a Pauna, le parecía entonces una aventura apasionante. Se dijo que, por lo menos, había hecho una cosa buena al ir al castillo.
Con un último y valiente «hurra», se volvió para hacer un gesto de despedida a Pauna, que seguía sentada a la mesa, sonriendo.
—Así pues, está decidido, voy a buscar a Anthony. ¡Deséame suerte!
Las dos sabían que no la necesitaría.
