A la mañana siguiente a Hermione le costó un poco aclarar su cabeza. Entre la resaca, el recuerdo del ataque de ansiedad y su confusa relación con Bellatrix, nada parecía real. Pero lo era. Había llegado el día de volver a ver a sus amigos y seguía sin tener nada claro. No dudaba que la mortífaga sería uno de los temas que más les interesaría y ella tenía pocas ganas de hablar de algo que no lograba entender. Sacudió esos pensamientos y se levantó de la cama. Recogió lo poco que le faltaba para el equipaje y se duchó. El tren salía a las nueve de la mañana, y aún eran las ocho, así que le dio tiempo a bajar a desayunar. Probablemente víctimas de la resaca, no había casi ningún profesor. Solo ella, McGonagall, Herbert y Sinistra. Ocupó su asiento y observó que junto al zumo de calabaza había un filtro contra la resaca.

-Los elfos han pensado en todo -murmuró Sinistra.

La sabelotodo asintió y se lo tomó sin dudar. De inmediato se sintió bastante mejor. Picoteó una tostada con mantequilla para acompañar el zumo mientras sus compañeros hablaban de sus vacaciones. Los notó un poco incómodos con ella. Dedujo que no sabían cómo tratarla tras su arrebato de la velada anterior. Por suerte, se centraron en sus planes navideños y la dejaron tranquila. Al parecer, menos la directora, se marchaban todos. De nuevo, sintió lástima por Bellatrix sola en el castillo con McGonagall. Aunque bueno, ser una asesina tenía sus consecuencias... Se imaginó invitarla a ir con ella, ¡la alegría que les haría a Harry y a los Weasley tenerla en su casa!

-¿De qué te ríes, Hermione? -preguntó Herbert.

-Ah nada, recordaba las cenas de la señora Weasley y me hace ilusión.

Le dio igual que no fuese una mentira especialmente graciosa ni elaborada. Coló y fue suficiente. Cuando terminó, se despidió de sus compañeros y quedó en verlos a la salida. La directora le pidió un último favor:

-Ah, Hermione, ¿podrás ayudar a Séptima con los Gryffindor? Yo tengo que coordinarlo todo y...

-Por supuesto -la interrumpió Hermione.

La escocesa le dio las gracias. Desde que ocupó la dirección, Séptima Vector -profesora de Aritmancia- se convirtió en la jefa de la casa de los leones. La sabelotodo no tenía problema en echarle una mano para guiar a los alumnos hacia la salida, sabía que solían ser necesarios dos profesores para que no se desperdigaran. Hermione les tenía cariño a los estudiantes, pero a veces pensaba que sería más sencillo educar a escregutos. Subió a su habitación, recogió su equipaje y se reunió con Séptima junto al retrato de la Señora Gorda. No les costó poco trabajo guiar al rebaño... A pesar de lo estricta que era la bruja, los alumnos mostraban una mezcla de excitación y dispersión preocupante.

-¡Se acabó! -exclamó la profesora mayor- Lo que no hayáis cogido, se queda aquí. Habéis tenido una semana para hacer el equipaje. El resto ya estarán abajo, seguro que hasta los slytherins obedecen mejor que vosotros.

-Bueno... -murmuró Hermione a su compañera- Con la calma con que se lo toma todo Slughorn seguro que ellos tampoco están listos aún.

-Sí, pero a él le ayuda Black y a ella no le rechistan.

La gryffindor alzó las cejas sorprendida de que la mortífaga hubiese aceptado ayudar. Aunque claro, dado que no tenía otra cosa que hacer en todas las vacaciones... Cuando lograron reunir a todos los alumnos, acudieron al patio junto a las verjas de salida. Efectivamente fueron las últimas junto a los hufflepuffs. Los ravenclaw hablaban alegremente entre ellos y los slytherin lo mismo perfectamente organizados. La mortífaga charlaba con algunos de séptimo año que la miraban con veneración. Cuando se abrieron las puertas y empezaron a caminar hacia Hogsmeade para coger el tren, Hermione suspiró aliviada. Los profesores no podían marchar hasta que todos los alumnos partieran sanos y salvos.

-¿Qué? -preguntó una voz socarrona junto a ella- ¿Preparada para ver a tu encantador pero algo limitado mentalmente novio?

-Al menos yo no tengo que quedarme aquí porque ningún adulto responsable quiere cangurearme -comentó la chica con mordacidad.

Bellatrix rió pero no replicó. Estaba de mejor humor del que esperaba la joven. Cuando llegaron el resto de profesores, comprobó que la slytherin y McGonagall eran las únicas que no llevaban maleta. Iban a pasar unas Navidades interesantes... Hermione se despidió de sus compañeros con besos y abrazos y les deseó un merecido descanso. Cuando le tocó el turno, la morena murmuró en su oído: "Procura no ponerte a chillar en medio de la cutre-celebración que hagan los Weasley. No estaré yo para salvarte, monito". La gryffindor sacudió la cabeza y le respondió que ella intentara no prenderle fuego al castillo ni morir congelada. "No lo haré" respondió la mortífaga con su sonrisa de superioridad.

La estudiante miró a su alrededor, le daba la sensación de que faltaba alguien. En ese momento apareció Mirelle corriendo. Siempre dejaba el equipaje para el último momento y luego no decidía qué meter. A Hermione le hacía gracia: la francesa pasaba las Navidades en su palacio de París que tenía más metros que Hogwarts. En absoluto necesitaba equipaje, pero aún así siempre aparecía con varias maletas. "Supongo que eso es ser rico" pensó la joven. La francesa enseguida la abrazó y le deseó que pasara unas Navidades estupendas. Hermione le devolvió el gesto y se acercó a McGonagall para despedirse. Entonces escuchó a Mirelle dirigirse a Bellatrix:

-¿Y tu equipaje?

-Se lo ha llevado Kreacher hace horas. Si le dejara, ese elfo me cortaría la comida para que yo no hiciera el esfuerzo.

-¡Ah, genial! Me han dejado el traslador en la oficina de la Estación de Hogsmeade. ¡Vamos! Sé que has estado muchas veces en París, pero te va a encantar. Podemos comer en mi restaurante favorito y...

Hermione no escuchó más porque las dos espectaculares brujas emprendieron el camino. Su corazón se encogió sin saber por qué. Bellatrix iba a pasar las vacaciones con Mirelle en París. Ese era un plan romántico y no el suyo de meterse en casa de su novio con toda su familia. El mundo no era justo. A su lado la directora murmuró:

-Menos mal que se la lleva. ¡Qué alivio que durante un par de semanas Bellatrix pase a ser problema de los franceses! Mi mejor regalo de Navidad fue cuando Mirelle me pidió permiso para que viajara con ella, nunca he firmado nada tan rápido.

Hermione se obligó a forzar una sonrisa y asintió. Abrazó a su mentora y partió hacia Hogsmeade para subir al expreso. McGonagall le había ofrecido usar su chimenea, pero a la chica le hacía ilusión mantener las tradiciones. Además, el viaje por chimenea era bastante desagradable: mejor no arriesgarse a empeorar el malestar físico y emocional que había vivido los últimos días. Eligió un compartimento vacío para poder disfrutar de un viaje tranquilo. Sacó un libro de su bolso para entretenerse pero no lo abrió de inmediato. Prefirió observar los bosques y lagos que se descubrían tras la ventanilla. Parecían los mismos que cuando hizo aquella misma ruta en su primer año y sin embargo todo había cambiado tanto…

Elegir el tren en lugar de un medio más rápido también se debía al agobio que sentía por volver a ver a sus amigos. Los quería mucho, sin duda, pero no tenía ganas de hablar de su vida. Y además se sentía tan profundamente culpable por haber engañado a Ron… Rezó porque al menos no fuese a buscarla toda la familia a la estación, eso sería demasiado. Intentaban ocupar el vacío dejado por sus padres con demasiada intensidad. Obviamente no iba a ser tan desagradecida como para manifestarlo, pero a veces necesitaba unos minutos para respirar.

La tarde fue cayendo sobre el paisaje y mientras se hacía de noche, alcanzaron Londres. La gryffindor se dio cuenta de que abstraída en sus cavilaciones ni siquiera había abierto el libro, cosa inédita en ella. Lo volvió a guardar y salió de su compartimiento.

-¡Mione! –escuchó dos voces masculinas al unísono.

Tuvo suerte. En cuanto puso un pie en el andén, Harry y Ron corrieron hacia ella. Pero nadie más. Los abrazó a los dos y rieron juntos como si nada hubiera pasado. Le aseguraron que la habían echado de menos y se acordaban mucho de ella en sus misiones.

-No hay nadie que nos salve cuando vamos a hacer alguna insensatez –se lamentó Harry.

-Ni nadie que comente que para librarnos de una planta asesina necesita fuego y leña –se unió Ron.

La sabelotodo le dio un codazo a su novio por recordarle su fallo. Pero los tres soltaron una carcajada. Era agradable volver a estar juntos, se sentía en casa con ellos… Salvo porque también se sentía una traidora. Le costaba mirar al pelirrojo a la cara por haberle traicionado y al moreno por haberlo hecho con su mayor enemiga.

-Bueno, cuéntanos cómo va el curso –la animo Harry.

-¡Sí! ¿Qué tal llevas lo de ser titular?

-Oh, ya sabéis, como siempre, poca diferencia. Me he hecho bien con la clase. Los alumnos son geniales aunque algunos demasiado vagos –comentó ella con desinterés-. Contadme vosotros, vuestras misiones son mucho más emocionantes.

Los dos aurores intercambiaron una mirada de extrañeza. Lo normal en su amiga era parlotear sin parar sobre sus clases, sus alumnos y todos los libros que hubiera leído. No obstante, no dijeron nada y aguantaron las ganas de preguntar por las nuevas incorporaciones al profesorado. Ron empezó a relatarle algunas misiones de bajo riesgo en las que habían participado y ella se esforzó por simular interés. En cuanto llegaron a la Madriguera, la ronda de abrazos fue obligatoria. Enseguida Molly Weasley informó de que la cena estaba lista y se sentaron todos a la mesa.

-¿Y qué tal McGonagall y el resto? –preguntó Ginny.

Hermione aseguró que exactamente igual que siempre. En sus gestos y palabras todos dedujeron su extenuación y no la presionaron. Imaginó que existía un acuerdo para no soltar el nombre de la mortífaga ya la primera noche. Tenían dos semanas por delante y la chica pensó que iban a ser largas… Cuando terminaron con los cuantiosos platos que había preparado Molly, la castaña apenas aguantó diez minutos de sobremesa. Sintió que estaba siendo egoísta, embustera y desagradecida, pero no pudo evitarlo. Odiaba estar con esa gente que la quería tanto sabiendo los había traicionado.

-Estaba todo delicioso, Molly, echaba mucho de menos tu cocina. Estoy muy cansada del viaje, si no os importa que…

-¡No, no, por supuesto! –se adelantó Ron- No vamos a agobiarte, mañana nos cuentas cómo va todo cuando te sientas mejor.

La castaña lo agradeció y les dio las buenas noches a todos. Puso rumbo al dormitorio donde dormía con Ginny. Abrió la puerta y se encontró a la susodicha con ambas manos en el cuerpo de El-Chico-Que-Sobrevivió. Ambos gritaron y la miraron avergonzados. "¡Perdón!" exclamó ella escabulléndose al instante. Tras ella, Ron frunció el ceño y le preguntó si necesitaba algo. La castaña negó con la cabeza intentando borrar la imagen de su mente.

-Vamos a la cama entonces –sonrió él.

En ese momento cayó en la cuenta. Ya no dormía en la habitación que compartía con Ginny (y que ahora compartía con Harry). Dormía con su novio, en la misma cama, como era natural. Y antes le gustaba, se sentía protegida y segura con él. Ahora la sola idea le provocaba angustia. Pero no sabía qué hacer. Quitando lo de los cuernos, no sabía si aún le quería, si sentía lo mismo de antes o si tan siquiera en algún momento fue amor y no solo soledad mal llevada… ¿Debía decirle que ya no le quería o que sentía dudas? ¿Tenía que confesarle la verdad? Y en ese caso… ¿La verdad acompañada de cuántos datos? Era cruel fingir que todo iba bien, pero no tuvo valor para confesar. Se odió por ello, pero decidió que podía esperar un día más.

Cuando su novio intentó un acercamiento físico, ella adujo que no se encontraba bien, mejor otro día. Aunque frustrado, el pelirrojo lo respetó. Cada uno se acomodó en su lado de la cama y apagaron la luz. Ya en la oscuridad, Ron musitó: "Mione, ¿de verdad estás bien?". La chica murmuró un sí intentando no llorar. ¡Por qué todo tenía que ser tan complicado!