Trigésimo

Tres pequeños puntitos en el derecho. Varios reflejos del brillo de sus lágrimas invadiendo el resto, y un intenso color grisáceo mezclado con tonos verdes. Las pupilas dilatadas y el deseo saliendo a borbotones de ellos.

Su nariz, débilmente desviada pequeña y fina, rozando la mía con dulzura, tanteando el terreno antes de adueñarse de él. Sus labios rosados y suaves, con el brillo que dejaba el rastro de su lengua al humedecerlos y la calidez que desprendía su aliento, avanzando sin temor hacia los míos.

Me miraba a los ojos, me respiraba, relamía sus labios preparándose para lograr que no quedase ningún resquicio de remordimiento en mi castigada conciencia, y hacerme perder la cabeza para siempre. Aunque mi diagnostico hacía ya semanas que me tildaba de demencial paranoica.

No, no era la primera vez que me besaba, pero sí la primera vez que lo hacía con aquella intensidad. De hecho, juraría que el suelo tembló bajo nuestros pies, aunque yo casi que había dejado de sentirlo. Quinn me arremetía con tanta pasión contra la puerta, que mi cuerpo podría mantenerse perfectamente entre sus brazos, sin necesidad de buscar apoyo en el suelo.

Y sus manos. ¿Qué decir de sus manos? Me era imposible poder seguir el rastro que iban dejando por mi cuerpo. Eran tantos los recovecos donde se aferraban que perdí la cuenta, y opté por dejarlas que siguiesen descubriendo caminos mientras yo disfrutaba del recorrido.

Mi cintura, mis caderas, mis piernas, mis brazos, mi barriga, mi espalda, mi cuello, mi cara, mi pelo, mi alma. No hubo nada en mí que Quinn no acariciase mientras sus labios me devoraban. Mientras su respiración se acompasaba con la mía y me daba a entender que ya no había vuelta atrás.

Aquella elegancia y la sutileza con la que solía expresarse en público, había desaparecido para mostrarme a una Quinn salvaje, intensa, despreocupada, abrasiva.

Quemaba. Su piel, sus labios quemaban hasta creer que las quemaduras no iban a tardar en aparecer en los míos, pero no importaba. Tal vez la combustión espontánea no estaba demasiado mal, si era ella quien la provocaba.

Perdí de vista sus ojos cuando no tuve más remedio que cerrar los míos, y dejar que el resto de mis sentidos comenzaran a disfrutar. Tuve que hacerlo porque de esa manera, mi conciencia se esfumaba y dejaba a un lado cualquier intento de recuperar la cordura por mi parte. Aunque eso no iba a suceder. No mientras Quinn continuase con aquel arrebato de pasión que me llevó a golpearme incluso con el picaporte de la puerta.

Y es que por mucho que las películas nos muestren esa increíble escena de unos enamorados haciendo el amor contra la pared, nada tiene que ver cuando es real.

—¡Aww! —exclamé o susurré, no sé muy bien como salió de mi voz, pero sí sé que Quinn se detuvo para cuestionarme.

—¿Estás bien?

—Sí, sí, pero me he golpeado —respondí recuperando la respiración, aunque poco me duró. Lo justo hasta que noté como las manos de Quinn descendían hacia mi cintura y me obligaba a apartarme de la puerta mientras volvía a besarme.

Confieso que no me gustó la idea de hacerlo. Por un momento recordé que así, justamente como estábamos en aquel instante, fue como me imaginé con ella mucho tiempo antes de que todo aquello sucediera. Su cuerpo bloqueándome contra la pared, en este caso puerta, y volviéndose loca con mis besos. Ese era el leve recuerdo que quedaba de mi más explícito y erótico pensamiento con ella. Y eso mismo estaba sucediendo en aquel instante. Podría decir que una de mis fantasías más nuevas, se estaba llevando a cabo. Y por supuesto quería seguir disfrutando de ella.

Pero Quinn pensó que habría otras zonas de mi apartamento que nos iban a regalar mayor comodidad, aunque la técnica fuese exactamente la misma.

Bailamos, o eso parecía que hacíamos mientras nos desplazábamos por el salón, sin dejar de besarnos. Dábamos vueltas, retrocedíamos y emprendíamos el trayecto hacia ningún lugar, hasta que de nuevo algún obstáculo nos interrumpía y nos obligaba a regalarnos otra tanda de besos, de caricias y demás roces que nos lanzaban a un nuevo desafío.

No había palabras entre nosotras, porque de nada servían en aquel momento. Como tampoco nos servían en cualquier otra situación.

Mi conexión con Quinn era tan exacta y especial, que nos bastaba mirarnos para saber qué pensábamos y si estábamos o no de acuerdo. Y en aquel instante, ninguna de las dos poníamos impedimentos a lo que estábamos haciendo, ni a lo que queríamos hacer.

Esta vez no fue una puerta, pero sí la pared.

Mi espalda volvía a notar la dureza de la medianería que dividía la habitación de Santana y la mía, y de nuevo mis pies perdían el contacto con el suelo gracias a la destreza de Quinn. Al menos en esa pared no había picaporte que se clavase en mi espalda. De hecho, era mucho más cómoda que la vieja puerta de madera que presidía mi apartamento.

Me alzó. Quinn logró alzarme lo suficiente como para que mi cabeza quedase por encima de la suya, o quizás no tanto, pero mi mirada tuvo una nueva perspectiva de su rostro, y no podía ser más sensual de lo que ya era.

Si terriblemente hermosa me parecía en su versión sarcástica, o cuando la dulzura ocupaba todos sus gestos, era porque no había tenido la ocasión de descubrir su imagen más sensual y erótica. Su mirada se transformaba y se volvía felina. Sus labios, entreabiertos cuando no me besaban, se volvían carnosos, como si un imán te obligase a devorarlos sin más. Toda ella se transformaba, y la belleza que irradiaba conseguía romper cualquier canon que existiese en el mundo. Qué digo en el mundo, en la galaxia, en el universo.

Habíamos llegado a un punto de no retorno. De manos que dejaban a un lado la ropa para aferrarse a la piel, de caricias que poco o nada tenían que ver con los delicados roces que se regalan dos personas que se gustan, y sí con el deseo que desprenden dos enamoradas. De besos que buscaban algo más que la suavidad de unos labios, y solo se conformaban con el calor y la humedad que desprendían nuestras lenguas.

Era inevitable no pensar en ir a más, en cruzar esa línea desconocida para las dos, pero terriblemente atractiva. Tanto que nuestras caderas no tardaron en buscarse y destruir cualquier resquicio, cualquier hueco que no estuviese ocupado por nuestros cuerpos.

Era inevitable, casi inhumano, no dejar que los suspiros y el aire que se agolpaba en mi pecho, saliese convertido en un reclamo para alterar aún más nuestros sentidos. En gemidos que poco a poco comenzaron a mezclarse con nuestra respiración, y hacían del ambiente una completa e idílica locura.

No dijimos nada. Solo nos besábamos, nos mirábamos, y volvíamos a besarnos. No había palabras en aquel momento, porque sabíamos que cualquiera de ellas podría destruir la escena. Porque ambas conocíamos nuestra debilidad por culpa de la consciencia. Porque las dos supimos que aquello solo lo iba a detener alguna de esas palabras, como la que oímos cuando nuestros cuerpos empezaban a temblar por el deseo.

—¡Zorras!

No sé qué me dolió más, si el golpe de mi cabeza contra la pared al reaccionar con su voz, o el mordisco que Quinn me dio en el labio, presa de la sorpresa.

No hice nada. Abrí los ojos y solo pude ver a Quinn, casi sin respiración, y varias lágrimas asomando por sus ojos. No quise creérmelo. De hecho, recé porque todo hubiese sido una alucinación que mi consciencia se encargaba de regalarme para devolverme a la realidad. Pero una simple respuesta de sus labios me hizo ver que no, que las dos habíamos oído aquella palabra y era real.

—Lo siento —susurró Quinn permitiendo que mis pies regresaran al suelo.

Nunca en mi vida me sentí más vulnerable que en aquel instante. Ni siquiera me atrevía a desviar la mirada por encima de su hombro, y sus manos separándose de mi cuerpo me dejaban a la deriva.

Habría suplicado porque no lo hiciera, porque siguiese abrazada a mí hasta que todo aquello que estaba por suceder, sucediera. Pero Quinn no lo hizo.

—Jodidas zorras —escuchamos de nuevo, y supe que no había más. Alcé la mirada y la descubrí junto a la puerta, observándonos con la mirada inyectada en rabia. Podía sentirlo, podía notar como en su menudo y bien constituido cuerpo no quedaba nada de condescendencia, y sí mucho odio, mucha venganza por la mala fortuna de habernos descubierto así.

Mala fortuna que yo misma busqué al permitirle la entrada a Quinn, pero que ya no tenía vuelta de hoja.

Santana se enteró de mis sentimientos hacia Quinn de la peor de las maneras posibles. Como nunca debe enterarse nadie, y menos aún si es tu mejor amiga la que está involucrada.

Me dolía hasta casi desear desaparecer el imaginar tan solo como podría sentirse. De hecho, creí escuchar como su corazón se rompía, o tal vez fue el mío. No lo sé. Pero aquellos interminables segundos de silencio, no hacían más que acribillarnos, como si la pared que antes me sostenía se hubiese convertido en un auténtico paredón, donde solo yo parecía ser la víctima. Víctima y verdugo a la vez.

—¡Lo sabía! ¡Sabia que eras una zorra! Me la has estado jugando, estúpida hipócrita. ¿Cómo mierda te atreves a mirarme después de esto? ¿Cómo mierda te atreves a decirme que lo intentara cuando te la estabas folland..?

—¡Hey! — e interpuso Quinn.

Santana reaccionó. Rompió el extraño mutismo que la bloqueó y lo hizo descargando toda su rabia sobre mí, acercándose desafiante hasta casi alcanzarme, mientras yo trataba de mantener el equilibrio y no caer por culpa del temblor de mi cuerpo.

Que tenía miedo era algo evidente, pero aquella sensación de horror iba más allá de poder ser agredida por mi amiga. De hecho, tal vez si lo hubiese hecho, me habría sentido mejor que como me sentía en aquel instante.

Era dolor, vergüenza, rabia por no haber sido capaz de controlarme, por no haber cortado aquello cuando todo parecía haberse roto entre Quinn y yo. Por no haber tenido la valentía de dejarla fuera cuando regresó para entrar. Por no haber tenido el valor de contarle toda la verdad desde el principio.

—¿Qué? ¿¡Qué!? —se encaró con Quinn, quien tuvo la osadía de interponerse entre nosotras mientras yo seguía paralizada—. ¿Qué mierda haces? ¡Vete! ¡Fuera de mi casa!

—No, no pienso irme de aquí hasta que te tranquilices.

—¿¡Qué me tranquilice!? ¡Eres una zorra!, ¡Me has estado engañando todo este tiempo!

—¡Yo no te he mentido! ¡No somos nada! ¡No me gustas! —le gritó— ¡Acéptalo de una jodida vez!

—¡Fuera! —le gritó con tanta fuerza, que creí que toda la casa tembló. O tal vez solo era yo. Ni siquiera me salía la voz y mi pulso empezaba a subir tanto que incluso llegué a marearme— ¡Fuera de mi casa! ¡Y tú! —me miró— ¡Tú fuera también! Se ha acabado, no vuelvas a dirigirme la palabra en tu jodida vida. ¿Me oyes? No vuelvas a mirarme a la cara siquiera, y ya vas sacando tus cosas de aquí, porque no quiero verte ni en pintura.

—¿¡Te quieres calmar!? —volvió a interponerse Quinn, no debió hacerlo. Santana perdió la poca cordura que le quedaba y su reacción fue la peor que pudo tener, y la que me hizo reaccionar a mí.

Fue tan rápido que le resultó imposible de esquivar. Solo yo pude ver como Santana soltaba un certero guantazo sobre el rostro de la rubia, y a punto estuvo de hacerle perder el equilibrio.

Salté hacia ella dispuesta a alejarla de Quinn, pero ninguna de las dos sabíamos que la británica no se iba a quedar paralizada después de aquella agresión.

Era increíble, y de hecho jamás creí que me fuera a resultar más sencillo detener a Santana, que a Quinn. Ella, que caminaba como si fuera de cristal, que gesticulaba de aquella forma tan meticulosa y elegante, se convirtió en una bestia imposible de controlar. Y no lo habría logrado si no llega a ser por la bendita intervención de Kurt y Blaine.

No sé de dónde salieron, porque yo estaba tratando de no perder mi cabeza, literalmente, en mitad de aquella pelea, pero la fuerza de ellos dos evitaron un mal mucho mayor.

—¡Hey, hey, hey! ¿Qué diablos hacéis?

—¡Son unas zorras! ¡fuera de mi casa!

—¡Santana! —tiró de ella rápidamente, evitando que volviese a cargar contra Quinn— ¿Qué diablos pasa?

—¡Estás dos! ¡Me han estado jodiendo! ¡Se han estado riendo de mí! ¡en mi cara!

—¡Y tú de mí! —escupí sin poder soportarlo más— ¡Tú has estado jugando conmigo! ¡También me has mentido!

Mi inesperada intervención logró provocar un silencio casi imposible en mitad de aquel descontrol, pero tanto Santana, como Quinn, Kurt y Blaine, me observaron atónitos ante mi desesperada respuesta. Y ver ese gesto de los cuatro, me hizo retroceder de nuevo un par de pasos, pero no me arrepentí en absoluto de lo que dije.

—¿Qué? ¿De qué hablas imbécil? —Santana me recriminó volviendo en sí, o mejor dicho fuera de sí— ¿De qué mierda hablas?

—¿Te has acostado con ella? —cuestioné envalentonada—. Vamos, confiésalo. ¿Te has acostado con ella?

No supo responderme. Vi como la confusión se reflejaba en su rostro y lanzaba una desafiante mirada hacia Quinn, que ya parecía haberse calmado un poco gracias al bloqueo al que la tenía sometida Blaine.

—¡Me has mentido! —volví a recriminarle.

—¡Tú! —volvió a reaccionar— Tú me has mentido todo el tiempo, tú me dijiste que la odiabas y te ibas a su casa, a meterte en su habitación. Me decías que no la soportabas y te ibas a cenar con ella, y a pasear por ahí y a hacerte estúpidas fotos —esgrimió y a mí se me cayó el mundo a los pies—. Tuviste la poca vergüenza de decirme que luchase por lo que sentía cuando tú estabas con ella. Tú eres la falsa, la mierda, la hipócrita…

—¿Cómo, como sabes eso? —balbuceé notando como me quedaba sin sangre, pero Santana no me respondió. Se limitó a fulminar con la mirada a Quinn, y luego volvió a mí.

—No quiero volver a verte en mi vida.

Juro que no sé de dónde saqué el valor, ni cómo estuve tan rápida al responder. Pero lo hice y sentencié aquella disputa dejándola sin más reproches ni insultos.

—¿Sabías lo que sentía y aun así me has puesto contra las cuerdas? ¿Sabías que me había enamorado y me has obligado a romper con todo? ¿Y soy yo la mala amiga?

Serena, sin alzar la voz y con las palabras justas para que todos me entendieran, pero, sobre todo, ella.

Después de la mirada que le lanzó a Quinn tras mi pregunta, ella también había dejado de importarme, al menos en aquel instante. Supuestamente me había fallado. También me había mentido al decirme que había mantenido mi petición de no decirle nada, pero lógicamente solo ella pudo decirle todo aquello a Santana. Porque era la única que lo sabía.

—No quiero volver a verte —repitió a modo de respuesta, sin hallar otra que fuera más contundente contra mis palabras.

—Pues vete —dije sin miedo, mostrándome tan fría que ni siquiera yo me reconocía —. Esta es mi casa, así que tú sabrás.

Saber cuántos insultos llegó a soltar al tiempo que se giraba endemoniada y salía del apartamento, era imposible de contabilizar. Jamás en mi vida había escuchado tal multitud de exabruptos en alguien, pero no me importó.

Seguía en shock tras descubrir como ella también me la había estado jugando, y ni siquiera le pesaba en la conciencia como me pesaba a mí. De hecho, podría afirmar que ya ni siquiera me quedaba consciencia de tanto como la maltraté. Y no solo por ella.

Cuando los insultos cesaron en el interior del ascensor, y el silencio se instaló en el apartamento, fue ella quien se llevó toda mi atención, y mi desilusión.

Hacía pocos minutos creía que era el amor de mi vida, que no habría nadie en el mundo que provocase aquel cúmulo de sensaciones en mi cuerpo con solo una mirada. Y ahora la veía allí, junto a Blaine, con el pelo revuelto por la pelea, o por nuestro intenso encuentro, no lo sé, mientras seguía tratando de calmar la quemazón que debía sentir en su mejilla tras la bofetada que Santana le propinó, y la mirada completamente perdida. Definitivamente supe que me quedé sin corazón.

—¿Cómo has podido? —mascullé sin poder contener las lágrimas. Era curioso. No había llorado al pelearme con mi mejor amiga, y lo estaba haciendo al pedirle explicaciones a ella.

—Yo no he dicho nada, Rachel —se excusó, y a punto estuve de gritarle. Pero entonces recordé que yo no era como ninguna de ellas dos. Que los hechos no eran más ciertos si las palabras sonaban más fuertes—. Tienes que creerme, no tengo ni idea de donde ha sacado todo eso.

—Vete.

—¿Qué? Vamos cielo, no, no he dicho nada —se deshizo de Blaine para acercarse a mí, pero yo me negué. Le di la espalda y caminé hasta mi habitación para detenerme en la puerta.

—Se acabó Quinn —dije conteniendo de nuevo las lágrimas—. Esto se acabó. No quiero volver a verte, no quiero volver a saber nada más de todo esto, así que, por favor, márchate. No compliques más las cosas. Suficiente has hecho ya.

Sé que es cruel. Sé que es injusto cargarla a ella con la culpa de haber roto mi relación con Santana, cuando yo era la primera que tendría que haber evitado algo así. Sé que ella no merecía nada de eso. De hecho, ni siquiera estaba segura de creer que me había mentido.

En todo aquel lío, ella parecía ser la más sincera y honesta de todos, incluso sabiendo que camufló sus sentimientos hacia mí con aquel sarcasmo que tanto me desquiciaba. Pero no pude evitar volcar mi frustración con ella, y ni siquiera me dolió hacerlo. No cuando ya no me quedaba nada que perder. No cuando ni siquiera podía mirarla sin querer gritarle y descargar mi rabia en ella. No cuando ni siquiera sus lágrimas, conseguían provocarme.

Y ella pareció entenderlo.

Tal vez era otra de las indiscutibles cualidades de las chicas de Brighton, tan diferentes a quienes habíamos adquirido la paranoica personalidad neoyorquina. Ella era elegante, a pesar de haberme mostrado ese monstruo que todos llevamos dentro, y que algunos dejan salir con mayor facilidad que otros. Quinn no replicó ni una sola de mis palabras, ni siquiera mi mirada. Se limitó a negar con la cabeza mientras varias lágrimas caían por su mejilla, y me regalaba aquel gesto tan típico de ella al morderse el labio con resignación. Y cuando hizo aquello, se marchó.

Ni siquiera se despidió de Kurt o Blaine, y mucho menos de mí. Quinn abandonó mi casa, y se llevó con ella mi corazón.

Podría ser la persona más melodramática del planeta. Podría ostentar el título de la más trágica, patética, ridícula, exagerada, absurda, anómala, irrisoria, grotesca, extravagante o esperpéntica del universo. Pero tenía corazón. Me había enamorado de ella y eso no se iba a esfumar en un par de minutos, ni un día, ni en una semana, ni probablemente en toda una vida.

No tenía ni idea de cuánto podría llegar a durarme aquel dolor en el pecho, ni si iba a ser capaz de olvidarlo. Pero al menos tenía claro que todo se había acabado, y que ya poco o nada podría provocarme una sensación de auténtica destrucción, como la que viví en aquel instante.

Ilusa de mí.

Deberían crear una flor con la que poder describir lo que significaba ser Rachel Berry. Una flor que dijese algo como; Si crees que esto es todo, estás completa e irremediablemente equivocada.