Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Hay OOC
«La hora final»
Hinata tenía que distraer a Hidan. Y tenía que hacerlo rápidamente.
—Lo sé todo sobre Menma —dijo, aliviada de que su voz sonase tranquila.
Hidan se quedó totalmente inmóvil.
—¿Quién?
—Menma. El inglés al que compraste armas el año pasado.
La mujer emitió un quejido amortiguado por la mordaza. Hidan la fulminó con la mirada.
—Silencio, pute. —Centró de nuevo su atención en Hinata—. No sé de qué está hablando.
Ella arqueó las cejas.
—Claro que lo sabes, los vieron en el muelle. —Sacudió la cabeza y chasqueó la lengua—. Actuaste como un vil aficionado. Fue un trabajo de contrabando muy poco profesional.
—¡Taisez-vous! ¡Cierre la maldita boca! Fue un trabajo perfecto, excepto porque ese bâtard anglais me traicionó. —Escupió en el piso de madera—. Pero tendrá exactamente lo que me rece. Morirá. Lentamente.
Sus palabras le helaron la sangre a Hinata.
—Tú sabes dónde está.
—Oui —respondió él con una expresión que anunciaba peligro—. Supuestamente estaba muerto, pero un amigo lo vio hace unas semanas, a unos pocos kilómetros de aquí. Entonces supe que Hikari andaba por los alrededores. Y supe que, una vez que la tuviese prisionera, él vendría a buscarla. Y, en efecto, vino.
—¿Dónde está Menma?
Una sonrisa siniestra le torció los labios.
—Lo bastante cerca para oírla gritar. Quiero que se pregunte qué estoy haciéndole a esta pute. Disfrutaré enseñándole su cuerpo sin vida... antes de matarlo a él.
La mujer soltó otro quejido y Hidan se volvió bruscamente hacia ella.
—¡Cállate!
Varias escenas se arremolinaron en la mente de Hinata, sucediéndose con tanta rapidez que apenas pudo asimilarlas. Menma, atado y amordazado. Pugnando por soltarse. Dios santo, tenía que seguir tirándole de la lengua a Hidan. Una imagen apareció ante sus ojos.
—Hikari... es la esposa de Menma.
El rostro carnoso de Hidan enrojeció de repente.
—No es más que una pute traicionera. Mientras los cerdos ingleses mataban a nuestros compatriotas, amigos y vecinos, a nuestro propio hermano, ella estaba rescatando al bâtard anglais, abriéndose de piernas para él. Tardé más de un año en dar con ella, pero ahora que la he encontrado lo pagará muy caro. Y él también.
Hinata miró a Hikari, a quien las lágrimas le resbalaban por las mejillas.
—Menma estaba herido —dijo Hinata—. Ella lo cuidó mientras se recuperaba, y se enamoraron.
—El amor. —Hidan escupió de nuevo en el suelo; luego echó una mirada cargada de odio a su hermana y, dirigiéndose a ella, prosiguió—: Has olvidado lo que nos hicieron a nosotros, lo que le hicieron a nuestra familia. Los cabrones ingleses nos lo robaron todo. Y ese hijo de perra mató a nuestro hermano. —Su voz se elevó prácticamente hasta convertirse en un grito—. Nuestro hermano murió en la batalla en la que resultó herido tu cerdo inglés. Nos traicionaste a todos al salvarlo y casarte con él. ¿Cuántas de las vidas de nuestros compatriotas sacrificaste para tener a ese desgraciado entre las piernas?
Sus labios se torcieron en una sonrisa sardónica mientras miraba de arriba abajo a la mujer atada.
—Al enterarme de lo que habías hecho —continuó—, de que nos habías traicionado, salí en su busca. Pero cuando di con él, me hizo creer que, gracias a ti, simpatizaba con nuestra causa. Como un idiota, le di la oportunidad de demostrarlo. —Achicó los ojos—. Me vendió armas inglesas. Probé media docena de ellas y comprobé que estaban en buen estado. ¡No podía esperar a matar cerdos ingleses con sus propias pistolas! Pero me había mentido. Sólo las armas colocadas encima funcionaban. Cuando mis hombres utilizaron las demás fueron masacrados. Por tu culpa. ¡Tu culpa!
Se volvió de nuevo hacia Hinata, con un brillo de demencia en los ojos.
—El regimiento del maldito Menma mató a mi hermano. Después el tal Menma deshonró a mi hermana y la convirtió en una traidora. —Su voz se tornó inexpresiva—. Ella tiene las manos manchadas con la sangre de mis compatriotas. La sangre de mi hermano. Y me encargaré de que pague por ello. Es mi deber.
Bajó la vista hacia la pistola que empuñaba, y Hinata intuyó de inmediato que estaba a punto de llegar su hora. Desesperada por distraerlo, abrió la boca para hablar, pero se interrumpió al percibir un sonido en su cabeza. Un sonido apremiante. Palabras.
Con el entrecejo fruncido, intentó concentrarse. De pronto, la voz de Naruto resonó en su cerebro. «Apártate de la ventana.». Era como si él se encontrase a su lado y le hubiese hablado en voz alta.
«Apártate de la ventana. Apártate de la ventana.»
Dio un pequeño paso a un lado y Hidan clavó la mirada en ella.
—No te muevas o disparo.
Dios santo, ¿qué iba a hacer ella ahora? Claramente Naruto estaba a su espalda, ante la ventana, y necesitaba que ella se apartara para tener a Hidan a tiro. Pero si se movía, éste la mataría. Obviamente planeaba matarla de todas maneras, pero ella no quería impulsarlo a realizar la tarea antes de lo previsto.
Sólo podía hacer una cosa.
Justo cuando se le ocurría esa posibilidad, la voz de Naruto retumbó en su cerebro.
«¡Tírate al suelo!»
Hinata se dejó caer como una piedra.
El vidrio se hizo añicos tras ella, y el estampido ensordecedor de una pistola atronó el aire.
Naruto echó un vistazo a través de la ventana rota. Hidan estaba de rodillas, con el rostro contraído de dolor, apretándose el estómago con las manos. La sangre de color rojo brillante le manaba entre los dedos, empapándole la camisa. Su pistola se encontraba en el suelo, detrás de él.
Hinata. ¿Estaba herida? En cuanto le pasó por la cabeza esta espantosa posibilidad, ella se puso en pie de un salto y se acercó a él. Su paso era vacilante, pero estaba bien.
Estaba bien.
El alivio que sintió Naruto casi convirtió sus rodillas en gelatina.
—Abre la puerta —le ordenó en voz baja.
Ella hizo lo que le pedía de inmediato. Él entró en la casa y, protegiendo a Hinata con su cuerpo, recogió la pistola de Hidan. Acto seguido se volvió hacia ella.
—¿Estás herida?
La joven lo observó con inquietud de arriba abajo.
—No. ¿Y tú? ¿Te encuentras bien?
En realidad, no. Había estado a punto de perder todo lo que le importaba. Pero no era el momento de hablar de eso.
—Estoy bien —respondió. Apartó la vista del rostro lívido de su mujer y la posó en Hidan, que luchaba por levantarse—. Quédate detrás de mí —le susurró a Hinata.
Con la pistola de Hidan, apuntó a éste en el pecho.
—No te muevas —le ordenó.
Una ojeada le bastó para comprobar que la herida que el francés tenía en el estómago era mortal. Sin embargo, Hidan logró ponerse en pie y se apoyó con todo su peso en la mesa. Contempló a Naruto un momento y luego soltó una carcajada jadeante.
—Por fin nos conocemos, monsieur le duc. Tiene gracia, n'est-ce pas? Tu hermano mató al mío. Tantos hermanos. Todos muertos.
Conteniendo la ira que hervía en su interior, Naruto empuñó con más firmeza la pistola.
—Tantos muertos —convino con fría serenidad—, y tú serás el siguiente.
Los ojos de Hidan relampaguearon con malevolencia.
—Tal vez. Pero al menos sé que habré librado al mundo del cabrón de tu hermano.
—Te he oído a través de la ventana. Has dicho que está vivo.
—Pero no lo estará cuando lo encuentres..., si es que lo encuentras.
—Lo encontraré en cuanto acabe contigo. ¿Por qué mataste a mi alguacil?
La sangre chorreaba entre los dedos de Hidan, que hizo una mueca de dolor.
—Otro cerdo inglés. Iba por ahí haciendo preguntas sobre mí. Cuando quiso reunirse contigo supe que había averiguado algo. Lo seguí. No podía correr el riesgo de que te revelara lo que había descubierto, especialmente si se trataba de mi escondite o del hecho de que yo estaba enviándote cartas. Lo habría estropeado todo. —Respiró trabajosamente—. Pero el cerdo se negó a decirme nada, así que le pegué un tiro en la cabeza.
Detrás de él, Hinata soltó una exclamación de horror.
—¿Por qué tardaste un año en empezar a hacerme chantaje? —preguntó Naruto.
—Fui herido en Waterloo, debido a las armas defectuosas que nos proporcionó tu hermano. Tardé meses en restablecerme. No supe hasta hace poco que el marido de la pute provenía de una familia tan adinerada. —Entornó los ojos—. Pero tenía que andarme con cuidado..., permanecer oculto. Justo cuando me disponía a mandarte la siguiente carta, me enteré de que el bâtard anglais estaba vivo y se había dejado ver en esta parte de Francia. Volví a casa para encontrarlo.
Una imagen de Menma acudió a la mente de Naruto, como si lo hubiese visto la noche anterior. Conversaba apresurada mente con Hidan, embarcando cajas llenas de armas en un bu que. No estaba traicionando a su país, sino arriesgando la vida en pro de la causa inglesa, entregándole a ese demente armas defectuosas. Apretó con fuerza la culata de la pistola.
—Nunca volverás a hacerle daño a nadie, Hidan. Yo...
Un quejido interrumpió sus palabras. Al mirar hacia el fondo de la habitación, vio que la niña se rebullía y se ponía a cuatro patas.
Naruto percibió un movimiento con el rabillo del ojo y se volvió rápidamente hacia Hidan. Un cuchillo relucía en la mano del francés, cuyos ojos, llenos de odio, estaban clavados en la niña.
—Así que sigues viva, ¿eh? —bramó—. Ningún hijo de ese bâtard anglais vivirá para contarlo.
Naruto oyó un grito ahogado a su espalda. En un abrir y cerrar de ojos, Hidan tomó impulso con el brazo y arrojó el cuchillo. Era imposible que Naruto alcanzase a la niña a tiempo de salvarla. Apretó el gatillo y Hidan se encogió y cayó al suelo.
Naruto se volvió hacia la niña y se quedó petrificado. Hinata yacía boca abajo, con el cuchillo hundido en la espalda.
Un dolor lacerante recorrió el cuerpo de la joven con tal intensidad que le provocó náuseas. Un líquido tibio le resbaló por la clavícula y percibió el olor metálico de la sangre. Empezó a sentirse mareada.
«La niña —pensó—. ¿Estará bien? ¿Habré reaccionado a tiempo?»
—¡Hinata!
La voz de Naruto sonaba muy lejana. Un instante después sintió que unos brazos fuertes la levantaban en vilo. Abrió los párpados haciendo un gran esfuerzo y vio el rostro de su marido, cuyos ojos azules reflejaban un gran temor.
—Dios santo, Hinata —dijo con voz ronca.
Ella tenía que preguntárselo, necesitaba saberlo, pero su lengua era como un trozo de cuero grueso. Tragó saliva y con mucho trabajo logró decir:
—La niña.
—Está viva —aseguró Naruto, apartándole un mechón de la frente—. La has salvado.
La invadió un gran alivio. La niña estaba bien, gracias a Dios, y Naruto estaba sano y salvo. Eso era todo lo que le im portaba.
Lo miró, desconcertada por su aspecto tan abatido. Debería estar contento: la niña seguía viva.
Y sin embargo, aunque el alivio que sentía le aportó cierta paz, a Hinata la embargó el arrepentimiento. Pero ya era demasiado tarde. El mareo y el dolor aumentaron, recordándo le lo preciosa que es la vida..., sobre todo cuando está a punto de llegar a su fin y no queda tiempo para enmendar los errores. Y su error más grande había sido negarse a darle la vida a su hija..., la hija de Naruto. Podrían haber aprovechado al máximo el breve tiempo de que disponían para compartirlo en familia, y ella podría haberlo ayudado a superar la pena. De un modo u otro.
Anhelaba decirle, explicarle, hacerle saber cuánto lo lamentaba, lo mucho que lo quería, pero la lengua le pesaba demasiado para moverla y apenas era capaz de mantener los ojos abiertos.
Quería dormir, estaba tan cansada... El dolor la atenaza ba, dejándola sin respiración. Todo le dolía tanto... Los párpados se le cerraron y la oscuridad la envolvió.
Naruto vio que sus ojos se iban cerrando, y el pánico se adueñó de él.
—¡Hinata!
Ella permanecía exánime en sus brazos, tan pálida como la cera.
Tenía que sacarle ese cuchillo como fuera. Ella tenía que sobrevivir. Pero él necesitaba ayuda.
Con un esfuerzo hercúleo, se sobrepuso al terror que sentía ante la posibilidad de perderla y la tendió con todo cuidado boca abajo. Le costaba alejarse de su lado, pero no tenía elección. Cruzó la habitación en dirección a Hikari. La niña acababa de quitarle el trapo de la boca. Mientras hablaban agitada mente entre sí en francés, Naruto se extrajo la navaja de la bota y cortó las cuerdas con que Hidan la había atado.
En cuanto tuvo los brazos libres, la mujer estrechó a la criatura contra su pecho.
—Harumi, ma petite. Gracias a Dios que estás bien. —Con la niña abrazada a su cuello, Hikari alzó la vista hacia Naruto—. ¿Está malherida la señora?
—Está viva, pero necesitamos un médico inmediatamente.
Hikari sacudió la cabeza.
—El pueblo queda lejos, pero yo soy buena enfermera. —Se puso de pie y se frotó los brazos entumecidos—. Debemos dar nos prisa en ayudarla, para liberar después a Menma.
—Dios mío, ¿dónde está?
—Encerrado en una leñera que hay en la parte posterior de la propiedad. Sé que está vivo y puede esperar un poco más. Pero su esposa no puede esperar un segundo. —Señalando con la cabeza un cubo metálico que estaba cerca de la chimenea, añadió—: Necesitamos agua. Hay un arroyo justo detrás de la casa. ¡Vaya a por agua! ¡Rapidement!
Naruto recogió el cubo, salió a toda prisa y regresó poco después con el agua. Cuando entró en la cabaña, Hikari estaba acomodando a Harumi en un camastro situado en un rincón, al fondo.
Naruto se acercó a Hinata y se puso de rodillas, esforzándose por no dejarse arrastrar por la desesperación. Si ella no se recuperaba...Se negó a considerar esa posibilidad.
Hikari se colocó junto a él y examinó rápidamente a Hinata. A continuación lo miró a los ojos, muy seria.
—La herida es grave y ha perdido mucha sangre. Cuando extraigamos el cuchillo perderá más.
—No puede morir.
Tal vez si lo decía con convicción, si lo pensaba con convicción, su deseo se haría realidad.
—Espero que no. Pero debemos proceder deprisa. Necesitamos vendas. Quítele la enagua y córtela a tiras. ¡Rápido!
Pugnando por concentrarse en lo que estaba haciendo, Naruto siguió las concisas instrucciones de Hikari. La mira da se le desviaba hacia el cuchillo hundido en el hombro de Hinata, y se le revolvió el estómago con una mezcla de miedo y dolorosa impotencia.
—Ahora voy a sacarle el cuchillo —anunció Hikari—. Prepárese para aplicar presión a la herida con las vendas.
Naruto asintió con la cabeza, con la vista fija en el hombro de Hinata. En cuanto Hikari extrajo la hoja del arma, él se enfrascó en la difícil tarea de restañar el derrame de sangre. Se concentró en la labor, sin permitir demorarse en el hecho de que la sangre empapaba las vendas casi al instante.
«No morirá», pensó con fría determinación. Aplicó una venda tras otra al hombro de Hinata, apretando al máximo para contener la hemorragia hasta que los brazos le temblaban a causa del esfuerzo.
Al fin, después de quince minutos que a él le parecieron horas, el flujo de sangre quedó reducido a un goteo. Naruto ayudó a Hikari a lavar la herida y a envolver el hombro de Hinata con vendas limpias.
—¿Cuánto tardará en volver en sí?
—No lo sé, monsieur. Sólo puedo rogarle a Dios que eso ocurra.
—Se pondrá bien. Tiene que ponerse bien. —Su voz bajó hasta convertirse en un susurro—. No puedo vivir sin ella.
—Hemos hecho por ella todo lo que estaba en nuestras ma nos —dijo Hikari—. Ahora debo liberar a Menma. —Corrió hacia la chimenea y de la tosca repisa de madera tomó una llave—. Hidan mantenía la llave a la vista para provocarme.
—¿Debo...?
—No, monsieur. Usted quédese aquí con su esposa. Le pido que vigile también a Harumi. Está dormida.
—Por supuesto.
Ella salió corriendo de la cabaña. Naruto echó una ojeada a Harumi, yacía de costado, con el pulgar en la boquita. Se estremeció al pensar en los horrores que habría presenciado la criatura. Esperaba que con el tiempo pudiera olvidarlos.
Pero sabía que él no los olvidaría.
Se volvió de nuevo hacia Hinata y le acarició cariñosamente el rostro y el cabello. Tenía la cara lívida, los labios blancuzcos, los rizos enmarañados y el vestido manchado con su propia sangre. Él habría dado su alma a cambio de verla abrir los ojos.
Naruto perdió la noción del tiempo. Cada minuto que ella pasaba sumida en la inconsciencia le parecía una eternidad. No tenía idea de cuánto rato había transcurrido cuando de pronto oyó voces. La puerta se abrió y él se puso de pie.
Un hombre entró en la cabaña; un hombre que al momento le resultó extrañamente familiar, pero no del todo. Su rostro presentaba huellas de sufrimiento y cojeaba al andar. Pero los ojos..., esos ojos azules, tan parecidos a los suyos... Eran inconfundibles, incluso desde el otro lado de la habitación.
Se miraron atónitos durante un rato interminable, mientras Naruto pugnaba por recobrar el aliento, por comprender el milagro viviente que tenía ante sí. Aunque había deseado, creído desesperadamente que Menma estaba vivo, en su mente lógica había pervivido un asomo de duda, que le decía que en realidad no era posible. Pero lo era.
Mudo de emoción, cruzó la habitación hasta detenerse a unos palmos del recién llegado. A Naruto el corazón le latía tan fuerte que se preguntó si Menma alcanzaba a oírlo.
Vio que las lágrimas y un montón de preguntas asomaban a los ojos de su hermano.
—Naruto —susurró éste.
Un sollozo brotó de la garganta de Naruto. Asintiendo con la cabeza, extendió los brazos y pronunció una sola palabra:
—Hermano.
.
.
Continuará...
